Cierra tus ojos, dame tus manos y déjame besar tus
labios. Frescos. Déjame sentir tu cuerpo pegado al mío, déjame sentir tu calor
de niña, de diosa. Déjame ver atentamente tus ojos. Déjame acariciar tu rostro.
Déjame memorizar cada rasgo, cada línea. Porque la vida es demasiado corta.
Porque el tiempo que estás conmigo es demasiado poco. Mi corazón encendido en
llamas pronto se extinguirá. Tú entiendes cada parte de mí, por ti que eres
perfecta, yo también lo soy. Tú entiendes mi naturaleza. Tú compartes mis
sueños. Tú me das todo lo que siempre he deseado. Tú me llamas para que vaya a
ti. Tú me das un poco, solo un poco de aliento, de alimento. Ámame hermosa que
solo tu amor podrá mantenerme despierto. Toda la noche pensando en ti, soñando
con tus besos cuándo estabas aquí. Conmigo, ahora la soledad, la noche y la
muerte. Ámame ahora amor antes de que mi luz se extinga, que voy a seguirte,
que voy tras de ti. Que añoro la muerte. Mis ojos solo desean verte. Mis manos
tocarte. Mi vida pertenecerte, mis brazos consolarte y mis palabras tranquilizarte. Sueños indefinidos que terminan
abruptamente a mitad de la noche cuando aun escucho tu voz, tus palabras
pronunciadas incesantemente una y otra vez en mi cabeza. Y cierro los ojos
queriendo dormir nuevamente, queriéndote revivir. Otra vez, solo una vez más.
Ojos que no habrán de tocar tu piel, manos aun vacías que añoran tu piel
blanca, fría, muerta. Esta mi alma que sufre. Muerta esta mí inocencia de
hombre, de humano que al tenerte en su vida ha quedado tan vacía. Nocturna
soledad que me acompañas y escuchas mis palabras. Lleva hasta ella el “te amo”,
el “te extraño” mientras mariposas de plomo, mis ojos se postran ante su
fotografía sin poderlos mover ya ni un milímetro. Que avanza tan pequeño, tan
lento, mi pesar que simplemente no se va. Ya viene, mira, ya está. Sepultando
mi alma. Mi conciencia, mi día, mi luz, mi existencia vacía, que esta la cama
donde tantos momentos felices diste a este hombre, ahora fantasma, sombra del
mundo. Desdicha enterrada. Luz apagada, pasado borrado, sueños interrumpidos.
Gritos ahogados, desesperación disimulada. Vas por la calle caminando,
compartiendo, viviendo. ¿Viviendo? Ingenuo corazón mío que ha tiempo dejaste de
latir. No vives ya, amigo mío, estas enterrado. Despierta sueño eterno. Abre
los ojos y come la nieve que ahora te rodea. Que no te fue concedido un
entierro en la tierra, ni tan siquiera en la arena. Vives, ahora. Mueres
mañana, alma mía. Estas muerta, estas enterrada. No en la tierra sino en la nieve.
¿Feliz? Claro que lo fui. Allá, lejos en el pasado, que me persigues,
inteligente y astuto. Lobo fecundo. Consumes mi mundo y te adelantas en mi
camino y nada has de dejar que vea. Solo tú, solo tú mi Betty, mi noche
nublada, mi niña asustada. Claro que las sonrisas fáciles musas del bosque
inundaron mi rostro. Sombrío que es ahora el destino. Desatino de mis pasos.
Borracho de melancolías perdidas y arrepentidas, claro que fui feliz. En sus
brazos, en sus labios. En su sola presencia que ahora me ahoga. Niña, hermosa.
Mi diosa de hielo, mi Betty. Tan soñadora. Embriagadora substancia que de tus
labios manaba. Me envenenaste de nostalgia, de soledad, de estupidez infinita,
de añoranzas malditas. Sea pues mi vida eterno extrañarte. Seas pues mi Diosa de hielo, mi diosa perfecta, mi mujer
eterna y muerta. Mi esperanza bendita, mi niña exquisita, mi noche sin sombra,
mi luz sin aurora. Mis noches tan frías, mis sueños tan solos, mis manos
marchitas, mis días tan cortos, mis ojos tan tristes, recuerdos felices, cuando
estuviste tú. Beatriz Rodríguez Mariscal. Por ti estuve vivo, por ti me
desvelo, por ti ahora muero, mi diosa de hielo. Mi cielo, mi infierno y mi
desconsuelo.