Fallecen las hojas,
rendidas caen en el manto otoñal.
La caricia del aire fresco,
que llega como crisol de vida,
eriza el bello de mi cuerpo.
Llegará pronto la escarcha,
asustando de frío,
a los gorriones al alba.
Encenderé con troncos una buena lumbre
y echaré piñas para hacer crepitar
mi chimenea
y apagar las soledades de las paredes.
Tiempo apacible,
tiempo de sueños dormidos.
El otoño que crudo,
acrecienta la palidez de los prados
y donde las sombras de la noche
son tempranas.
Abandona ya mi pobre alma, otoño.
La paloma de mi corazón
añora las soleadas primaveras,
donde las semillas brotan,
la fauna está en celo,
y hay alegría en mi jardín del Edén.
Si Dios no se apiada de mi llanto,
¿por qué me hizo ángel sin alas?;
en el vacío se aposenta siempre un otoño,
¡un otoño en el alma!