Muero, y no es para mal,
me esfumo en el vasto campo de neblina olvidada,
desaparezco debiéndole al mundo,
ensuciándole su falsa vida,
perdiéndome en su monótona respiración.
Fallezco con extintos escrúpulos,
ceroso, acromático, pálido y no por temor,
erosionado por las cáusticas hipocresías,
amedrentado únicamente
por el arma de la desolación y el olvido,
sin merecer las lágrimas de una sola nostalgia.
Muero con vida indiferente,
gélido como los cierzos de invierno,
los mismos que me buscan, que me elevan
y acompañan en un camino todavía más inhóspito
que aquel donde florecen los recuerdos,
donde la soledad se extiende,
donde un aroma de añoranza me perfuma,
¡tan sutíl!, inefable sensación que me cobija,
tanto y mucho más te extrañaré
tierra que exhalas esplendor.
Yerto estoy y mis ojos aún te reflejan,
melosos idilios aún respiro,
tal como el mío, ese que nunca existió,
tu armonioso tropel de acuíferos espiros,
de ululantes vientos y esquilas ceremoniosas.
El tiempo ya me ha emaciado,
me carcomió la podredumbre,
físicamente extinto aún me carcajeo,
mi sonrisa indeleble se burla del tiempo,
mi cráneo vacío dá cabida al espacio,
se fugaron mis memorias con el cierzo,
me olvidaron las esquilas de la iglesia,
se esfumó mi aroma con un alisio que nunca volverá,
se degradaron mis ojos poco a poco de tanto mirarte,
me robaron tu color, tu armoniosa parsimonia.
Me destierran en un fúnebre canto las hurracas,
vestigios de una vida absurda
recorren el tiempo en vientos,
vientos intransigentes que se tornan inocuos
en un lugar que traspasa cualquier confin,
donde seguro me han olvidado
a quienes ya he olvidado.