milagro en mi vida (Escrito por efimero_arto)
As encantado Cada día de mi vida Regalándome noches de felicidad Te has metido en mi mente Como lágrimas...
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UN PAYASO TENEBROSO
Autor/a: José Luis Huerta D.

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Fecha de publicación: 23/06/2007
Leído: 233 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 2

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            UN PAYASO TENEBROSO

 

 

El día que murió Bozo fue el día de mi liberación. La breve nota de un noticiario vespertino de la radio me golpeó el pecho como un rayo, y al expandirse el dolor comprendí que era la catarsis tanto tiempo esperada. «¡Bozo muerto, por fin muerto, bien muerto y para siempre!», berreé en mi perplejidad. Pobre payaso, tanto tiempo cargando con una culpa ajena, sin saberlo; tanto tiempo blanco invariable de mis lindezas. Bufón que rayaba en mamarracho, carente de recursos cómicos pretendía hacer reír a los niños con su ridículo ¡jo, jo, jo, jo, jo!, que me disgustaba aún antes de tener otro motivo para odiarlo.

Muerto Bozo, cancelaba yo mis execraciones. Al fin estábamos en paz, su deceso apagaba mi rencor, o como suele mal decirse: muerto el perro se acabó la rabia. ¿Pero acaso debía morirse para que la figura del siniestro culpable se redujera a la de un mero payaso? No tengo respuesta, no he intentado hallarla, pues a pesar del tiempo transcurrido la exculpación no suprime esa doliente carga sentimental que acompaña al recuerdo e impide la objetividad. Prefiero atenerme a la narración de los hechos y que el lector extraiga sus conclusiones.

Al buscar el inicio de esta historia he enfrentado la dificultad de que la causa inmediata se me fragmenta en varios orígenes mediatos. A su vez, éstos sólo son comprensibles si se atiende al espacio en que se sucedieron: la vecindad. Así pues, empezaré por ella.

Aunque parezca inverosímil, la disposición de las viviendas en esa vieja vecindad no dejaba de reproducir una suerte de jerarquía social de la que se ufanaban las familias de la cúspide y se resentían las de la base. Y no dejaba de ser curioso, pues a final de mes, sin importar el lugar ocupado en esa jerarquía, todos rogaban al casero por una prórroga en el pago de la renta.

Hacia la entrada estaban las mejores viviendas, las de materiales duraderos, baño propio y dos ventanas con vista a las hileras de macetas situadas a un lado y otro del pasillo. Unas puestas ahí por mero ornato: claveles, rosas, geranios; otras de utilidad medicinal y hasta comestibles: ruda, hierbabuena, epazote, cuyas hojas de verdor variable hacían de fondo a las flores de colores encendidos. Al mezclarse los aromas de hierbas y flores se contrarrestaba en algo la humedad, compañera inseparable de la vieja construcción.

Pero la armonía elemental se disipaba treinta pasos adelante, al doblar a la derecha. Ese recodo marcaba la frontera entre quienes, mal que bien, contaban con algo en la despensa y los que se preguntaban si comerían al día siguiente; allí empezaba el tugurio de cuartuchos armados con materiales perecederos: viviendas de una pieza que hacían las veces de sala, recamara, comedor, cocina y baño. El contraste entre las dos secciones era contundente; pero sin duda los excusados marcaban el acento peculiar: allá sólo había un par de ellos para veinte familias numerosas, acompañados en los rincones por sempiternos rimeros de trozos de papel periódico y de estraza. Esos excusados, requeridos perentoriamente desde el amanecer, eran de tipo antiguo, carentes de sello hidráulico y por añadidura recubiertos de un sarro añoso que reproducía fielmente el color de lo que por ellos pasaba. Es inevitable que al rememorar aquella imagen un escalofrío recorra mi espalda y se una a la otra imagen, la del payaso que nunca se enteró de los sucesos en que lo involucré.

Recuerdo que en la vecindad los sobrenombres eran comunes y los motejadores eran certeros hasta el escarnio. Parecía como si antes de apodar se analizara meticulosamente a los sujetos para descubrirles los peores defectos y, entonces, asestarle con toda saña el apelativo, seguros de que al interfecto se lo recordarían hasta en su epitafio. Tanto se adherían los motes a los individuos que terminaban por suprimir el nombre propio. El Basura, huérfano de madre y aprendiz de mecánico vestía la mugrienta ropa de trabajo incluso para dormir. Bozo lucía una boca de las dimensiones que su homónimo, el payaso de la televisión, pintaba en su rostro.

¡Vaya que eran mordaces los motejadores!, si bien es cierto que en algunos casos no se precisaba mayor ingenio para encontrar el apodo preciso. Al Castor, por ejemplo, se le reconocía por una boca protuberante y los labios vencidos por los dos enormes dientes superiores. Del labio inferior del Bembo habría salido abundante carne para un agasajo de tacos de trompa. A la nariz aguileña de Gumaro no podía corresponder otro sobrenombre que el de Condorito, el personaje de la historieta, aunque otros preferían llamarle Cotorrito o Guacamayo; y por si ello no bastara se argumentaba que al nacer, sus padres en lugar de ponerlo en la cuna lo metieron en una jaula y se dieron a la tarea de buscarle nombre de mascota.

        Bozo, ocupante de una de las dos casas ubicadas a orilla de calle, ejercía el oficio de mecánico frente a su domicilio, ello le facilitaba el manejo y resguardo de la herramienta. Vivía solo y, no obstante, al contrario de su ayudante, el Basura, se preocupaba por la presentación, pues no bien concluía la jornada entraba a su casa a bañarse, y cuando salía a veces, al anochecer, lucía cual pulcro empleado bancario.

        En la vecindad también se refugiaban algunos espectros. No eran dados a espantar frecuentemente, quizás porque el exceso de apariciones habría provocado que no se les tomara en serio. Por el contrario, con apariciones esporádicas uno siempre estaba a la expectativa, y cuando se tornaban visibles, aquello se convertía en un suceso comentado a varias cuadras a la redonda, aumentando súbitamente nuestra pavura, que al paso de los días bajaba al temor habitual, hasta que una nueva aparición crispaba otra vez los ánimos. Y aunque los fantasmas espantaban exclusivamente a personas solas, la empatía era tan generalizada que todos narrábamos el hecho como si lo hubiéramos vivido.

A Toña, la del seis, se le apareció una mujer vestida de blanco. Toña no le vio la cara porque el espectro avanzaba delante de ella; más que andar, flotaba. Traspasó la pared en lugar de doblar hacia los cuchitriles y Toña se quedo muda, con los pelos erizados. Se presumió que se trataba de la llorona. Hubo otras apariciones; pero, sin duda, el caso más sonado fue el de Paquita: una ocasión que a su marido le tocó trabajar el turno de la noche una mujer sin rostro (mucho se conjeturó si era la misma que había espantado a Toña) apareció en el interior de su vivienda pasadas las doce. Paquita intentó ahuyentarla con una cruz de palma bendecida un domingo de ramos, pero el fantasma, con sólo posar sus manos sobre la indefensa mujer le provocó sendos moretones en brazos y rostro, porque no era pura visión, por el contrario, contaba con manos tangibles y muy pesadas. Cuando, con el transcurrir del tiempo, algún curioso la interrogaba acerca del caso, Paquita solía responder: «No me pregunten nada. No quiero ni acordarme de esa horripilante aparición».

Periódicamente, mediante una cuota reunida con la cooperación de todos los inquilinos, el cura de la parroquia recorría la vieja construcción, tratando de que los espíritus se fueran a descansar en paz con agua bendita y palabras en latín. Por si la intercesión de un ministro del culto no bastara, en casi todas las casas se colgaban trenzas de ajo a la entrada y se pegaban en las puertas imágenes de San Ignacio de Loyola con la frase: «Di al diablo: no entres». En casa teníamos una de esas estampas. Yo intuía que los ajos estaban demás, pues con la cara adusta del santo fundador de la orden jesuita, difícilmente se habría atrevido el diablo a traspasar el umbral. Incluso se mandó construir un nicho en el que se colocó una Virgen de Guadalupe vistosamente iluminada por las noches. Sin embargo, ni los remedios sacros ni los profanos ahuyentaban a las almas en pena.

Pese a la pobreza y al acecho de los espectros, de tiempo en tiempo se organizaban fiestas en común. Era obligado cooperar en la celebración del día de la Candelaria, de la Independencia, de la Virgen de Guadalupe, de la Navidad y del Año Nuevo. La música resonaba toda la noche. Entre sueños yo escuchaba a Sonia López, la Sonora Santanera, Pérez Prado, Enrique Jorrín, Luis Arcaraz y tantos otros que incitaban al meneo sensual de los cuerpos y al bullicio. La voz de Bienvenido Granda cantando Total marcaba la decadencia de la fiesta; la felicidad encallaba en una sombría algaraza; la fraternidad se enturbiaba; borrachos desinhibidos se propasaban con las mujeres de otros; de las charlas amistosa se pasaba a las discusiones, y de éstas a conatos de riñas. Las personas prudentes calculaban con base en experiencias pasadas y se retiraban a dormir antes de que empezaran los desmanes; unos cuantos prolongaban la celebración más allá del alba.

Así era la vecindad, con sus macetas, sus moradores, sus fantasmas y sus fiestas. Nunca supe si mi padre también tenía apodo, y es que más allá del saludo riguroso no condescendía con los vecinos. Es probable que a sus espaldas le hayan puesto alguno, pero como evitaba el chanceo jamás se lo manifestaron. En su ocupación de conductor de un tráiler se ausentaba de casa en prolongados viajes. Unas veces regresaba de buen humor y nos relataba de lugares calurosos y de mares de aguas verdes y de mares de aguas azules; otras veces venía malhumorado por alguna descompostura del vehículo que lo retenía más de lo planeado y aumentaba sus gastos. Cuando le asignaron la ruta del norte le fue mejor, entonces sus narraciones referían paisajes nevados y de que los copos de nieve se parecían a pequeñas plumas blancas que caían al vaivén. «Al otro lado de la frontera está el progreso –decía entusiasmado–, la vida llevadera... y también las ciudades en que se prohibe a los negros mezclarse con los blancos y se desprecia a los mexicanos».

        A mí también me benefició el cambio de ruta, pues a partir de entonces tuve juguetes jamás imaginados. Pero al mismo tiempo me perjudicó porque me obligaban a mantenerlos en casa y sacarlos de sus cajas cuando no había otros niños, por aquello de que no fueran a estropearlos en arranques de envidia. Esta actitud me aisló de los demás, pues como yo no prestaba mis juguetes, ellos no me invitaban a jugar a los encantados en el pasillo. Desde mi ventana yo los miraba, humillado, correr por el pasillo, y a través de esa misma ventana ellos me veían, rencorosos, maniobrar mis llamativos juguetes compartidos con amigos imaginarios.

        Pero jugar con amigos imaginarios obliga a esforzar el pensamiento hasta la extenuación, así posea uno los mejores juguetes del mundo, de modo que el cansancio de actuar los papeles de mis múltiples amigos ficticios me agotaba y pronto se me hizo costumbre dormir la siesta, cada vez más larga, después de la comida. En una ocasión, al despertar, noté a través de la ventana la luz de la tarde agonizante. Me levanté, abrí la puerta y salí al pasillo. Papá andaba de viaje. Después de la jornada de trabajo el Basura doblaba rumbo a los cuchitriles del fondo, a su cuarto, que también era el de su papá y el de sus hermanas, apodados por extensión don Basura y las basuritas. Salí al zaguán, unas señoras charlaban con Paquita. A mi paso parecieron secretearse y sonreír, mirándome con maliciosa ternura. Sentí vergüenza, como si aquellas mujeres me hubieran desnudado. Al detenerme en el quicio del zaguán vi afuera las primeras sombras que envolvían los últimos remanentes de la claridad. Además de avergonzado me sentí solo como nunca. Retorné a casa y esperé. Mamá no tardó en volver; compensó su ausencia con un chocolate y un abrazo. Al abrazarme le olí una frescura de recién bañada y un perfume distinto a los que poseía en casa.

        Fue la única vez que estuvo ausente en mis despertares al filo del crepúsculo. Sin embargo, algunas ocasiones su perfume y su frescura me despertaban y un chocolate me esperaba sobre la mesa del comedor, señal de que se había ausentado mientras yo dormía. Supe así que si al yo despertar, ella despedía aquella fragancia, había salido de casa y un chocolate me aguardaba en la mesa del comedor. Cuando papá estaba en casa lo que se alejaba no era mamá sino su frescura y su perfume, señal de que no había para mí un chocolate en la mesa. A veces, mientras mamá trajinaba en los quehaceres domésticos y papá leía el periódico arrellanado en el sillón, yo bajaba de la cama después de la siesta y, en un deseo de encontrar el chocolate en su vistosa envoltura, me acercaba a la mesa del comedor sólo para comprobar, decepcionado, el infalible nexo. Cuando papá salía otra vez de viaje, se reanudaba la causalidad de la ausencia, la frescura del baño reciente, el perfume y el chocolate.

        Hubo una tarde, sin embargo, en que papá regresó prematuramente de un viaje. Días antes, al marcharse dijo que regresaría el viernes; pero el martes ya estaba en casa, metiendo a empellones a mamá. Mientras yo dormía la siesta, él la había visto salir de la casa de Bozo, fresca y perfumada. Ella se defendía sujetando con una mano un chocolate. Luego de tirarla sobre la cama salió con la intención de acabar a golpes con Bozo. Mamá tras él, y yo tras los dos.

        –¡No pienses tonterías! gritaba Mamá–. ¡Nunca he entrado a esa casa! ¡Nada más estaba en el quicio preguntándole una dirección!

Papá derribó la puerta de la casa de Bozo, lo sujetó por el cuello y, antes de asestarle el puñetazo, Mamá abrió, sin titubear, un cajón situado en la base de la cama de aquel individuo y sacó un machete oculto bajo unas sábanas, desperdigando en la maniobra las barras de chocolate contenidos en una caja. Blandiéndolo con las dos manos se colocó justo del lado en que papá enfilaba el puño contra la cara de Bozo.

        –¡Te mato si le pones una mano encima a este inocente! –sentenció, brutal.

Incrédulo, papá soltó a Bozo. El hombre con su enorme boca se desplomó en el suelo, tosiendo de asfixia.

Desde entonces no volví a saber de Bozo, el mecánico. Mis padres se divorciaron. Los dos contrajeron segundas nupcias. No hace mucho fallecieron en años sucesivos. Mientras yo crecía en casa de mi abuela paterna y cambiaba de canal o apagaba la televisión para no ver al payaso tenebroso con su malévolo ¡Jo, jo, jo, jo, jo!, me preguntaba cómo había sabido mamá que en el cajón de la base de la cama de Bozo, bajo las sábanas precisamente, había un machete.

La vecindad ya no existe. Se derrumbó en el terremoto del ochenta y cinco. El gobierno construyó ahí un modesto conjunto condominal para familias de bajos ingresos. Pero con el paso del tiempo se retornó a la antigua sordidez: el moho subió gradualmente por las paredes, la balconería se oxidó, los mínimos espacios ajardinados se desatendieron y, finalmente, se les utilizó como depósitos de tiliches.

Por cierto, yo vi el fantasma que atacó a Paquita. Esa noche, después de una larga siesta, se me dificultó conciliar el sueño. En la oscuridad aparté la cortina de mi ventana y me distraje viendo la penumbra del pasillo, situada justo frente a la puerta de su vivienda. Avanzada la noche salió el espectro presuroso. Pero no era mujer, era un hombre, bastante parecido, por cierto, al tendero de la esquina.






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