Al Maestro, Francisco A.
Ruiz-Caballero
Ad evidentiam itaque dicendorum,
sciendum est quod istius operis non est simplex sensus, immo dici potest
polysemos, hoc est plurium sensuum; nam primus sensus est qui habetur per
literam, alius est qui habetur per significata per literam.
La Divina Commedia. Dante
Alighieri. 1472, Foligno, Perugia, Italia.
El último Dogo ha muerto, la
República anegada lo llora sin una lágrima. En la madrugada siguiente solo su
amante, la hermana del Can Grande Della Scalla, señor de Verona, acompaña el
féretro en la inmensa basílica vacía. Un tufo de algas y mariscos podridos hace
de pestífero incienso. Afuera, en las calles atestadas, el carnaval se ha
desatado y la muerte es una máscara repetida en la muchedumbre, que aparece en
las esquinas, en los puentes, en los canales salpicados de confeti de colores.
La vida sigue su curso, ahora tortuoso, para saciarse de pecados consumados
antes de las miserias de los ayunos de la Cuaresma. La muerte es una máscara
mas entre las máscaras. Allí va la Luxuria con sus rasgos ambiguos de hembra y
macho, de efebo o ninfa, su rostro sonríe libidinoso, es de un blanco casi
absurdo y de labios muy rojos, y en su corona de oro antiguo espejean las finas
agujas de las incrustaciones de diamantes rojos. Un largo manto de terciopelo
carmesí cubre y descubre a impúdicos intervalos su equívoca desnudes. Una turba
de hombres cerdos cruza el Puente de los Suspiros llevando en andas a la Gula,
una madonna muy gorda y desaforada que muerde un jamón serrano al compás de los
sube y baja de los angarilleros que la soportan. Su rostro mofletudo,
abotagado, de un sonrosado enfermizo como la flor del Nelumbo nucifera, es una luna redonda y convexa, pringada por la
grasa del jamón. La Avaritia, rodeada de humillantes y pordioseros baila en el
portal del Palazzo Ducale, su traje de muselina verde esmeralda roza los
andrajos de los miserables seguidores mientras estos aplauden al cicatero
saltimbanqui, todos los ojos siguen con respeto temeroso los ojos de la máscara
que danza; dos cuencas vacías en una faz impersonal de alabastro amarillento.
La muerte pasa por el lado del grupo, se detiene un instante y observa
minuciosa esas oquedades vacías, arruga el seño como molesta y continúa su
camino sin mirar atrás. En la penumbra fresca de un zaguán alguien duerme
tirado con los brazos y las piernas abiertas en una gran equis, el cuerpo se ve
tan lánguido y desarrapado que a primera vista parece que el disfraz estuviera vacío,
cubre su cara la máscara de la Acidia, es de cuero ajado y con un tinte desvaído
del ocre de hematites, pero sus labios poseen la mas perfecta mueca de la
incuria. Desde la esquina opuesta la Ira grita y gesticula con el rostro de
yeso entre el gules y el bermellón, congelado en una contorsión de cólera
insana, y un rictus de fina crueldad en nacarado rojo pálido. Arlequines,
polichinelas, colombinas y morenitas se aprietan contra los muros para evitar
un golpe o un escupitajo de la bestia, que grita y gesticula sin darse cuenta
que el yeso de la máscara ya comienza a resquebrajarse. La muerte, que viene
caminando detrás de un medico en tiempos de la peste es la única que ve esas
grietas y mueve la cabeza en un gesto de lastima. En medio de una alegre comparsa
de bautas y mattacchinos se escurre solapada la Invidia, a medio cubrir su máscara
con el manto de seda azul de Prusia y el bordeado de armiño, el jade teñido de
un turquesa mas celeste que verdoso, posee la bella e imperturbable, pero
triste, fisonomía de la Judit de Botticcelli. Mira y remira los trajes de
cendal que un día antaño fue marca de baja clase y ahora desde que lo vistió la
emperatriz María de Rusia solo se le permite a las Doñas y Marquesas cuyos
primogénitos heredarán un escudo de armas. Solo el tercer día, en el crepúsculo
que abre la noche anterior al miércoles de ceniza, una estilizada silueta
recorre las calles y los puentes, sigilosa y altiva, evitando pisar los ebrios
que duermen en cualquier parte sobre sus propios vómitos, o mirar a los amantes
que hacen un amor de pena en los rincones hediondos a orines. Es la Superbia,
esa mujer siempre virgen, intocada por inútiles afanes o pobres virtudes,
solitaria pecadora perfumada, dulce fruta para el egoísta sibarita, ella, la
mas alta de la altas, la arrogante y la vanidosa, la meretriz insaciable cuya
pervertida caricia nadie evita. Viste un amplio vestido de seda tailandesa
teñida del genuino color púrpura del Murex
trunculus, con sus dos diversos y misteriosos brillos; un matiz para la
deformación y otro para la trama. La máscara, de femenina hermosura es de
porcelana china, blanca impoluta bajo la frente de dorados arabescos y un sutil
toque de rubor en los pómulos. En ese bello rostro no hay una pizca de emoción
o humanidad, y todo como que se adivina mas que se ve, el profundo negro de sus
ojos escondidos, la sonrisa quieta e imperceptible, el perfil de su nariz de
diosa, la tersura increíble de los parpados, en fin, toda esa fría y distante
belleza de los seres que habitan los sueños. Transita a paso rápido, en un
recorrido en espiral hasta cubrir todas las calles de la vergüenza. Solo una
vez se cruza con la muerte y se guiñan el ojo en secreta complicidad. Cuando ya
la noche hace desaparecer las ultimas estatuas cruza el puente de Rialto sobre
el Rivus Altus para perderse en las brumosas sombras de la Serenissima. El
último Dux muerto duerme en la cripta de los grandes, durante tres días nadie más
que su amante lo ha llorado. Hoy es miércoles de ceniza y la basílica está
agobiada por un tumulto de nobles, príncipes de cortes, comerciantes,
artesanos, hombres y mujeres del pueblo, que lloran lastimeros a su líder. Es miércoles
de ceniza, por el Canal Grande se escurren lentamente las ultimas miasmas del
carnevale.