***PARA MI A SU LADO TU NO VALES NADA*** (Escrito por mario treviño ibarra)
...Y DIME DONDE ESTA TODO AQUELLO QUE PROMETISTE DONDE ESTAN ESOS MOMENTOS TAN FELICES HOY ME DOY CUENTA QUE SOLO FUERON PALABRAS...
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Football

Autor: Elio Turmell
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 27/04/2010
Leído: 601 veces
Comentarios (1)
Valoracion de la obra: 5

La amarga realidad del fracaso es una experiencia difícil de asimilar, sobre todo cuando uno es joven y no está preparado para ello.

¿Cuántas veces no me habré planteado dejarlo todo y empezar de cero? Esta frase inicial es un compendio filosófico de mi vida. Un leitmotiv terco y opresivo que invade cualquiera de mis actos. Una extraña mezcla de pregunta y afirmación que no deja de ser materia de contradicción y descrédito de mí mismo. Por que ¿cómo es posible preguntar y afirmar al mismo tiempo?

El día está gris y amenaza tormenta. Camino de forma cansina por entre los hierbajos del camino inhóspito que llevan hasta el campo. El mismo recorrido de todos los días que toca entrenamiento. Normalmente me acompaña alguien del equipo, pero ultimamente no estoy para hablar con nadie. Nunca he sido persona introspectiva, por eso, si cabe, esta situación me alarma aún más. No paro de comerme la cabeza y la visión ácida de la vida ha pasado a convertirse en tragedia cotidiana. A veces me observo caminando por el camino de tierra, con un pesado macuto al hombro, con la mirada perdida, y siento lástima de mí mismo. Afortunadamente la sensación se diluye enseguida y acaba dando paso a una reparadora indulgencia, -como si yo mismo tuviera la acuciante necesidad de perdonarme-. Me veo como un muñeco absurdo, una especie de autómata que ha perdido el control de su vida. Yo antes era un soñador, como supongo le pasa a tanta gente, pero la vida es implacable con los sueños. El mío fue ser jugador de fútbol profesional, vivir de lo que más me gustaba y aún me sigue gustando. Para mí el fútbol lo es todo, la excusa perfecta para mantener vivo el pulso a la vida. Me gusta entrenar, disfruto a tope con la competición de los partidos, y por supuesto, soy un forofo de mi equipo, el Real Madrid. De veras que llegué a pensar en poder vivir del fútbol, incluso jugando en primera, pese a que era cosciente de las dificultades de dicha empresa. Pero para ello había que ser excepcional, como todo en la vida, y yo, claro está, no lo era. De pequeños, todos los críos soñamos en convertirnos en estrellas del balón, pero en mi caso se convirtió en una suerte de predestinación animada especialmente por mi padre y mentor. Defraudarle a él me dolió tanto como hacerlo a mí mismo. Realizé en su día varias pruebas para equipos de primera pero la decisión de los entrenadores fue contundente y unánime. Luego una inoportuna lesión en la rodilla dio definitivamente al traste con mi incipiente carrera de futbolista. Tenía dieciséis años y ya sabía que nunca triunfaría en lo que mejor sabía hacer.

Camino plácidamente solitario por la vereda que va a dar a los campos de entrenamiento recordando aquellos sucesos y esbozo una conmiseradora sonrisa para conmigo mismo. El camino me ayuda a reflexionar, a poner las ideas en orden. Hoy no me apetece entrenar, no me apetece nada, pero sé que no debo darme a la desidia o lo acabaré pagando caro. El maldito macuto pesa más de lo habitual, y me machaca el hombro, pero paso de sacar el coche para venir a entrenar. El cielo sigue encapotado, lo más seguro es que se ponga a llover mientras entrenamos. La verdad es que me da igual. Pienso constantemente en la inmensa fortuna que tienen los cracks del fútbol, en que son los dioses de nuestro tiempo y en el gran regalo que Dios les hizo dándoles el talento necesario para ser los mejores. Yo tengo que desplazarme andando unos tres kilómetros con un chandal desgastado y deshilachado portando un macuto infernal y maloliente. A veces aflora mi instinto más masoquista y disfruto viéndome de esa guisa, como un desarrapado deportista sin oficio ni beneficio, dando patadas al balón en un campo de tierra. Pero ya digo, es pura e insana perversión. Yo era bueno, un delantero hábil, buen cabeceador, rápido, con visión de juego, goleador. Todos los entrenadores destacaban mi facilidad a la hora de hacer goles. Sabía, y aún domino esa técnica, encarar a los porteros en el uno contra uno. Nunca temblaba ni dudaba, el balón siempre acababa dentro. Con el 10 a la esplada eso sí, era uno de los privilegios de ser el goleador, poder elegir tu número. Ahora también lo llevo y así será mientras me vista de corto. Sé que soy el mejor del equipo, -y eso debería alejar en parte algunos fantasmas en torno a mí- ¿pero a quién quiero engañar? un equipo de regional plagado de incompetentes. Tengo un status dentro del club, el de estrella, pero eso nunca suplirá mi fracaso como deportista. A los diecinueve años lo dejé, tiré la toalla y decidí poner tierra de por medio. Me olvidé del fútbol, traté de apartarlo de mi cabeza, dejarlo aparcado hasta asimilar la primera gran decepción de mi vida. Ahora tengo veintiseis años y lo he vuelto a retomar, de forma aficionada, como divertimento, pero matando el gusanillo de la competición. Eran muchos años sin sentir ese cosquilleo en el estómago antes de los partidos, la emoción antes de saltar al campo, la inexplicable felicidad de marcar un gol y celebrarlo como si en ese momento fuera lo más importante que te pudiera pasar en la vida… No sé, tantas cosas que este deporte me ha dado y al que estaré eternamente agradecido.

A lo lejos ya puedo adivinar a los chicos dándole patadas al balón. Han enchufado los focos del campo, pues apenas hay luz para entrenar. Los cosquilleos hacen su aparición, a pesar de todo, me encanta entrenar. A poco concentrado que esté, una vez salto al campo, se me olvida todo. Le he comentado a Carla que si puede se pase por el campo al final del entrenamiento. Carla es mi novia, aclaro, mi chica. Es una excusa, una estrategia de viejo zorro a las que ultimamente me estoy acostumbrando. Sé que ella odia el fútbol, nunca le gustará. Eso de decirle “que si puede” solo pretende ser un estímulo añadido. Me gusta tener la incertidumbre de no saber si vendrá o no. Yo le digo en tono muy formal, -pero que si no puedes nada- es solo que acabo hecho polvo y no me apetece caminar tres kilómetros hasta casa. Solo me queda esperar que ella entre en el juego y se haga la dubitativa y me confirme que no sabe si podrá o no. Es estonces cuando experimento un placer casi infantil, como el niño que espera a Papa Noël. Me gusta recordarme la suerte que tengo de compartir mi vida con ella. Esa incerteza de no saber si aparecerá o no me evita de pensar en cosas que no debo. Me mantiene distraído de los fantasmas que ultimamente me acucian. Así que ahora mismo no sé si mi Carla aparecerá o no por la puerta del campo y eso ya me hace sentir vivo. Yo, claro está, deseo que aparezca y ese beso que nos damos una vez salgo de la caseta de los vestuarios, recién duchado, es lo mejor del día. Ella siempre tan arregladita, con las llaves del coche en la mano, con su pelo envuelto en espuma de efecto mojado y sus botas de piel por fuera de los vaqueros es todo cuanto deseo se repita esta tarde. Predecir esa imagen me hace feliz, en la misma proporción que me aterra que no se repita. Ella ha notado mi estado y se muestra preocupada, aunque aún no me ha comentado nada abiertamente. Yo la noto grave, como si se hubiera contagiado de mi ensimismamiento y le costara mostrarse como ella es, extrovertida y alegre. Supongo que está esperando a que se me pase la tontería. Llevo varios partidos sin marcar, puede que lo achaque a este hecho. Saludo a Piotr una vez en el vestuario, ultimamente me ha dado por “rusizar” los nombres de los compañeros, parecemos rusos cuando jugamos a la defensiva.

-¿Qué hay Piotr?
-¿Te durará mucho la tontería de cambiarme el nombre?
-Bah, no lo creo, Piotr.

Pedro es un buen central aunque siempre tira mal los fueras de juego y ya nos ha costado varios puntos por su culpa. Es muy corpulento pero marca a los delanteros como nadie. Los marca tanto que casi siempre está haciendo penaltis. Se lo repetimos miles de veces, no agarres de la camiseta dentro del area merluzo, pero el ni caso, se sabe titular y esa es la peor de las premisas. Es titular indiscutible. Junto con Mario son una pareja de centrales inexpugnable, menos cuando dejan de serlo, o se ponen a discutir en mitad de encuentro y Arsenio, el entrenador de esta temporada, los tiene que sacar del campo para que se peleen en los vestuarios. Pedro y Mario no se hablan. Se dice que la verdadera razón del enfrentamiento entre ambos es que Mario tuvo un lío con la novia de Pedro hace algún tiempo y que desde entonces surgieron los roces. Solo son leyendas que se cuentan, los dos tienen novia estable. Pero la plantilla es muy escasa y no dá para cambios. No tenemos presión y salimos a divertirnos. Yo apenas llevo unos meses entrenando pero algunos juegan desde infantiles y conocen todos los detalles. Los chicos me recibieron con ilusión, pues carecían de un goleador que les ayudara a resolver los partidos cuando éstos se atascaban. Finalmente Piotr abandona el vestuario y allí me quedo yo solo, en mitad de un cuarto maloliente, con ropa arrugada y desperdigada por todas partes, y una sensación infinita de vacío. Estoy cansado y desganado pero sé que no debo entregarme a la desidia, eso sería mi final. No juego al fútbol para demostrame nada, pude haber sido un profesional, pero ahora todo eso son castillos en el aire. Sé que soy bueno, aunque mi tiempo ya pasó. El tiempo de los deportistas pasa rápidamente. Con 26 años soy una caricatura de futbolista entrenando en un campo de categoría regional.

El hedor de los vestuarios me sumerge en la nostalgia de mis sueños de grandeza. ¿Estaré aún a tiempo de hacer algo grande en la vida?

FIN


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la wea pa fome
nunque e visato algo mas weon en la re
d
Autor: mmmm | Fecha: 24/06/2010 21:33:50

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