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Mors mortis
Autor/a: vinafer

Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 23/11/2005
Leído: 1543 veces
Comentarios (1)
Valoracion de la obra: 8

Sólo podría ser mi abuelo...
          Cuando recuerdo la forma de pensar que tenía antes de sucederme lo que me sucedió, hasta llego a avergonzarme de mí mismo. Se que parece un poco fuerte empezar diciendo esto, pero es la pura verdad… con ello se harán una idea de lo que ha sido esta experiencia para mí; y les aseguro que a ustedes les hubiera afectado igual o más.

         Pero no nos precipitemos, una vez me dijeron que la mejor forma de estropear una historia, era contando el final; así que será mejor empezar desde el principio.

         Todo empezó el día en que enterraron a mi abuelo, el ocho de agosto de hace dos años, en mil novecientos noventa y seis. Si les digo la verdad, yo nunca había creído ni en Dios ni en ninguna de esas cosas, pero no dudé en entrar a la iglesia… más que nada por respeto a mi abuelo (muy creyente él), y, sinceramente, tenía un poco de miedo por el “qué dirán”.

         Todo era tan común y normal como cualquier otro entierro… si no hubiera estado tan afectado como estaba, hubiera dicho que estaba aburrido. Yo estaba sentado en el borde que daba con el pasillo interior de la iglesia, en la última fila de las casi treinta que había… no sé porque estaba sentado allí y no con el resto de familia cercana, en las primeras filas, pero allí estaba. Jamás podría haber pensado que el sentarme en la última fila cambiaría mi vida.

         A mi lado estaba una persona mayor, aparentemente poco afectada. No le presté mucha atención, estaba claro que si estaba allí era por cumplir… para que supieran que había ido, y de esa forma, también para cumplir, los demás irían a su entierro. Sinceramente, me daba igual quien iba o no al entierro de mi abuelo.

En cierto momento en el que el cura empezó a hablar de lo bueno que había sido mi abuelo durante mi vida, me llevé la mano a la frente porque tenía vergüenza de que la gente me viera llorar. Cerré con fuerza los ojos, con mucha rabia. Me acordaba lo mucho que nos queríamos mi abuelo y yo. De repente noté una mano que me cogía del cuello y me llevaba hacia fuera de la iglesia. Me sorprendió tanto que no tuve tiempo a reaccionar ni a decir nada, de verdad. Normalmente soy muy temperamental y nervioso, no sé lo que me pasó que ni me dio tiempo a responder. Oí  que se abría una puerta, me empujaban (no violentamente) hacia dentro, y se cerraba la puerta. Levanté la vista (quien quiera que me cogió, se ocupó bien de que no hiciera yo más que mirar al suelo), y me di cuenta que estabamos en el despacho del cura, muy cerca de donde estaba sentado. Imagínense mi sorpresa, cuando al girarme vi al abuelo que estaba sentado a mi lado.

Sin comerlo ni beberlo, y como si nada hubiera pasado, empezó a hablarme.

- Tu abuelo no hubiera querido que un nieto suyo estuviera en la última fila.

- ¿Cómo sabe que es mi abuelo?

- Te gustaría a ti que tus nietos no se dignaran a estar al menos cerca de tu tumba.

         La verdad es que el viejo ese me estaba empezando a dar miedo, así que intenté apartarlo, pues sólo él me separaba de la puerta, e irme de ahí… pero como era de esperar no me dejó salir, y con una fuerza poco común en un simple viejo me sentó de un empujón.

- Sabes, no sé si te lo ha contado, pero tu abuelo me salvó una vez la vida, en la guerra; y juré devolverle el favor. Pero no lo he conseguido. No lo he visto desde hace más de treinta años, y no le he devuelto el favor. Dios sabe que estaba dispuesto a todo por salvarle la vida, pero he llegado demasiado tarde. Ahora ya no tiene remedio, y la única razón por la que estoy aquí es para darte esto, y decirte que siempre que quieras algo, que desees algo, que hables con tu abuelo, él te escuchará.

         Dicho esto, salió del despacho. Yo me quedé como diez segundos más. Por una parte porque quería que aquel viejo se fuera, y por otra porque me hizo pensar un poco. Me hizo reflexionar el convencimiento con el que afirmó que si necesitaba ayuda hablara con mi abuelo. Además, ¿Por qué me lo dijo a mí? Yo sólo era uno de tantos nietos.

Miré mi mano… el viejo me había dado algo; pero no era más que una virgen (no sé que virgen porque no entiendo de eso). La verdad es que era bastante bonita, y el material no era exageradamente malo, aunque se notaba que tampoco era demasiado bueno.

          Salí del despacho. No vi al viejo por ninguna parte. Además la misa había acabado y estaban todos saliendo. Ahora tocaba el ponerse a la cola con mis familiares para recibir el pésame de todos, hipócritas y no - hipócritas.

 

         Pero este no es más que el principio de la historia.

 

No sé si fue casualidad o no, pero a partir de la muerte de mi abuelo, esos típicos dolores de cabeza que solía tener yo de vez en cuando, normalmente después de un examen o de algo que requiriera de mí el pensar en serio, fueron en aumento, tanto en cantidad como en calidad… es decir, cada vez más frecuentes y más fuertes.

         Desde luego que no era nada del otro mundo, pero cuando me dolía la cabeza me dolía en serio. Pasado el tiempo, mi madre, como todas las madres, empezó a preocuparse por los dichosos dolores, y sin pedirme explicación ni consulta, pidió cita con el médico. Le explicamos todo sobre mis dolores de cabeza. Mi madre me obligó a exagerar un poco los hechos, y al parecer me excedí tanto en la exageración, que la doctora me citó con el nosequedólogo… el médico que hace fotos del cerebro para ver si hay algo raro dentro.

         Ello asustó bastante a mi madre, algo menos a mi padre (es muy sereno), bastante poco a mí (porque ni sabía lo que me iban a hacer, ni por qué); y ni decir quiero lo poco que le importaba a mi hermanita (¿qué preocupaciones tiene un bebé de dos años?).

         La cuestión, y para ir más directo al grano, es que me metieron en un tubo en el que no cabrían dos personas más y me dijeron que me estuviera muy quieto… no sin antes haberme inyectado un potingue muy raro. “Ahora eres radioactivo” me dijo la enfermera instantes antes de meterme en el tubo.

         Tiempo después mi madre fue a recoger los resultados mientras yo estaba en el colegio, y cuando llegué a casa, estaba llorando. Ella y mi padre. Siempre me sorprendía ver llorar a mi madre, pero nunca había visto llorar a mi padre.

         Me quedé helado, daba la casualidad de que tenía uno de los dolores de cabeza más fuertes que había tenido hasta el momento.

         Cuando me vieron, intentaron descaradamente disimular y hacer como si nada hubiera pasado. Eso me sorprendió bastante más, y me hizo pensar que la cosa iba conmigo. No lograba comprender qué podía haber hecho yo mal, o que situación extraña hubiera yo últimamente vivido como para hacerles llorar… aunque parándome a pensar, recordé lo preocupada que estaba mi madre cuando fui al médico del tubo.

         Me empecé a preocupar y les pedí a mis padres que me contaran lo que ocurría; y o no me contestaban, o me decían “no es nada, tranquilo”; pero no escuché el típico “no te metas en asuntos de mayores”, con el que solían responderme. Con lo que se confirmaba que si habían llorado era por mí.

         Me puse duro con ellos y empecé a soltarle indirectas… de menor a mayor intensidad. Estaba muy enfadado ¿Por qué los padres no contaban nunca nada a sus hijos? Pero eso ya se había acabado, y les juré con muy mala intención, que si no me contaban lo que sucedía se iban a acordar de ello toda la vida. Cuando les dije que cuando fueran viejos los enviaría a un asilo, mi madre empezó a llorar desconsoladamente, y se fue a su cuarto.

Con ella fue poco después mi padre… pero aunque pudo, no me echó la típica mirada de padre enfadado con que su hijo hubiera dicho algo que enfadara o insultara a la madre.

         Me encerré en mi cuarto, ya bastante más calmado, e hice algo que no solía hacer muy a menudo: estudiar. No es que odiara estudiar, es que no lo hacía nunca. No puedes odiar realmente algo si no lo has sentido o probado. Sin embargo sacaba buenas notas. Quizás fuera mi única virtud: leyendo algo una sola vez, podía sacar de notable para arriba en un examen.

         Metido yo en mis pensamientos, entraron mis padres a la habitación, se sentaron en la cama, e iniciaron la típica escena en la que los padres tratan de hablar muy en serio el hijo adolescente. ¡PUAJJ! odiaba esa escena. Más que nada porque me preocupaba de hablar de algo serio, porque para mis padres, serio significa malo, y eso no iba conmigo.

         Empezó hablando mi padre, yéndose aburridamente por las ramas, que si la vida es muy importante, que si hay que disfrutarla, que si bla, que si blo, que si etcétera.

- Qué ocurre papá. Si es algo malo quiero saberlo ya, y sin irte por las ramas.

- Hijo, te acuerdas de cuando fuimos al neurólogo… pues nos ha confirmado que tienes un tumor en la cabeza. Son la razón de tus dolores de cabeza.

         Vaya, desde luego mi madre no había dicho nada hasta el momento, pero cuando lo hizo, lo hizo, y bien. De forma bastante directa… como yo le pedí. Mas me arrepentí de hacerlo.

         El silencio se hizo en mi interior, lo único que notaba es que un instrumento musical de percusión ensayaba enfurecidamente dentro de mi cabeza. Mi madre siguió explicándome algo.

- Tú no te preocupes de nada, en diez días te operarán y estarás como nuevo.

         ¿Como nuevo? Será posible, mi madre se cree que estoy tontito. No soy demasiado culto, pero sé de sobra que lo normal que le pase a alguien que tiene un tumor el la cabeza, es que muera. ¿Cuánto tiempo me quedaría?, ¿ un mes?, ¿quizás dos? Quien sabe.

 

         A los 16 años pocos tiene claro lo que van a ser, o que les deparará el futuro, pero desde luego, a nadie puede pasársele por la cabeza que va a morir, o que sea muy probable. Al menos tan de repente como me lo dijeron a mí.

Es gracioso, muchas veces, cuando he de hacer algo arriesgado, me digo a mí mismo para autoconvencerme que he de hacerlo: “Y qué es lo peor que ha de pasarme, ¿morirme? Ja, me río de la muerte.”

         Sí, es la pura verdad. Nunca he sido consciente de que la muerte es inevitable, siempre he creído que era inmortal. Pero ahora estaba muy preocupado. Me quedaban muchas cosas que hace en la vida, pero no iba a poder hacerlas… o quizás estaba siendo demasiado pesimista. Puede ser que me salvara, pero podía ser que no… no sabía que pensar.

         Como podrán imaginarse, mi espera a que llegara la hora de la operación se hizo eterna por una parte. Por otra parte, mis dolores de cabeza iban de mal en peor… pero no sólo eso, empezaba a tener vómitos y mareos casi todos los días, por lo que falté al colegio.

         Días largos, fríos y angustiosos. Dolores de cabeza tremendos. Llegaba momentos en los que notaba palpitaciones en la cabeza, como si desde dentro de ella, hubiera alguien intentando salir dando golpes con un mazo. Además de los ya nombrados mareos que me hacían perder el equilibrio. Ya los tenía de hace semanas, pero al estar tanto tiempo en casa, se intensificaron notablemente.

         Pero el tiempo iba pasando, y mis esperanzas iban a rachas. A veces tenía fe en que la operación lo curaría todo. Otras veces creía que nada podría salvarme. Pero creyera lo que creyera, el tiempo iba pasando.

         Sólo fueron diez días, pero parecieron diez años. Diez años de sequía y hambre.

         Al fin llegó el día de la operación. Me ingresarían por la noche, y a la mañana siguiente me operarían. “Que sea lo que Dios quiera” recordé haber llegado a pensar. Algo que ahora me sorprende, porque nunca había creído en Dios. Supongo que fue fruto de mi desesperación. No saben ustedes lo mucho que se puede desesperar alguien que espera una operación en la que no confía, y es lo único que le puede salvar la vida. Y más aún si es de noche, no tienes ningún familiar ni conocido cerca, y estás en un frío hospital. Lo único que se me ocurrió hacer en esa situación, fue pedirle ayuda a mi abuelo. Fue la primera vez que lo hice, y me sentí muy extraño al hacerlo.

Menos mal que me dieron pronto un analgésico.

- Mañana por la mañana te despertarás, verás a tu familia y te daremos otro analgésico. Cuando estés dormido, te operaremos.- me dijo la enfermera con un odioso tono de pena.

 

         Gracias a Dios fue lo último que oí durante ese día… cuando menos me di cuenta ya había salido el sol, y estaba rodeado por mis padres y mis tíos. Noté un ambiente bastante extraño. Quizás sea que raras veces haya yo visto preocupados a mis tíos. Me miraban todos como si fuera una causa perdida. Y quizás lo fuese, pero odiaba que se aceptase.

         Además no me hablaban de forma normal. Lo único que decían es que si necesitaba algo, si tenía sed, si estaba cómodo. Cerraba un poco los ojos y ya me preguntaban si estaba mareado. Me encontraba bastante bien en esos momentos. Sin dolor de cabeza, ni mareos ni nada. Pero lo que me ponía enfermo es que me miraran todos a la vez, todo el rato. Les daba pena.

         Opté por cerrar los ojos y olvidar que estaban allí, pero no duré mucho, pues poco después vinieron los enfermeros y me dieron un analgésico. Me dio tiempo a darme cuenta que me habían puesto en una camilla y que salía por la puerta. A partir de ese momento se me obscureció todo, como cuando estás durmiendo que no te das cuenta de nada, pues así.

        

         No sé cuanto tiempo pasaría, pero me desperté con mucho sueño. Estaba en una amplia habitación para mí solo con tres paredes y una cuarta hecha totalmente de cristal. No veía a nadie cerca de mí. Ni dentro de la habitación ni fuera. En cuanto a mí, yo me encontraba muy bien. Sentía paz en mi cabeza (cosa que a veces ocurría), y mi cuerpo casi ni lo notaba… debía estar aún bajo los efectos del analgésico. Tras unos instantes de tranquilidad, por el reflejo de cristal que estaba delante de mí, vi que se abría una puerta de la pared que daba a mi cama. No pude ver quien era, y quien quiera que fuese, se guardó que no le viera yo, pues estaba en un sitio que la almohadilla que me sujetaba la cabeza lo tapaba.

         Supuse que sería la enfermera. Iba a hablarle, pero no sabía qué decirle. Hasta ahora nadie sabía que yo estaba despierto, por lo que era de suponer que había venido a ver cómo estaba, y al verme despierto avisaría a quien tuviera que avisar.

         Pero no fue así. Noté que cogía una silla y se sentaba al lado de la cama, y me tocó la mano. La cogió y la acarició. Me sorprendí muchísimo, más que nada porque esperaba una fina mano de enfermera, pero la mano era de un hombre, y además algo viejo, pues le notaba muchas arrugas. Esas caricias me resultaban familiares.

         Yo aún no había abierto la boca, y me decidí a hacerlo. Al intentarlo me di cuenta que me resultaba muy difícil mover la mandíbula, pues estaba muy sujeta a la almohadilla que me sujetaba la cabeza. Saqué fuerzas de flaqueza y conseguí poder empezar a hablar.

- ¿Quién es usted?, ¿Qué hace aquí?

- Soy yo hijo, tú me has llamado.

         ¡¡¡Esa voz!!! ¡¡¡esas caricias!!! No había duda, además nadie más que él me llamaba hijo. Como comprenderán ustedes el susto que me pegué fue de muerte (nunca mejor dicho). Fue increíble, en dos o tres segundos pase de ser un incrédulo, a una gallinita asustada, pasando por el más feliz de los felices, y terminar estando muy extrañado. Muy muy extrañado.

- ¿Abuelo?, ¿¿¿Abuelo???, ¡¡¡Abuelo!!!, ¿¡Abuelo?! Tú que haces aquí. ¿No has muerto?, ¿dónde te habías metido?, un momento… soy yo verdad, soy yo que estoy muerto…

- No te precipites hijo mío. Yo sólo estoy aquí porque has pedido ayuda. Si quieres me voy.

- No hombre, tú de aquí no te vas sin explicarme lo que sucede. Qué está pasando, explícamelo.

- Sabes que tienes un tumor maligno en la cabeza, y que te han operado. Ha habido problemas y has entrado en coma. Ahora mismo estás rodeado de tres enfermeras que se ocupan de ti expresamente, y cuando les dejan, tus padres te miran por el espejo. Tú me pediste ayuda antes de la operación, y aquí estoy yo para ayudarte.

- Sí es verdad, te pedí ayuda, pero jamás pensé que me ayudarías, es decir, tú estás muerto, yo vivo, y esto no puede ocurrir, debo de estar soñando. Claro es eso, estoy aún dormido y estoy soñando…¡¡¡AAAAh!!! Dios que bestia eres abuelo, que forma de pellizcar… pero si he notado el pellizco no debo estar muerto…

- Que te quede claro que tú no estás soñando. Yo vengo aquí para ayudarte y tú no sabes la ayuda que necesitas. Pero yo sí se qué está pasando.

- Sí por favor, explícamelo; qué narices me está pasando.

- Siempre te has creído un valiente, pero cuando supiste que podrías morir pronto te transformaste en un cerdito consciente ante la puerta del matadero. Te asusta la muerte de forma exagerada, y eso no es bueno. Te ha estado matando más el susto por la muerte que tu mortal enfermedad. Y cuando a alguien le asusta algo es porque no lo conoce o porque lo conoce demasiado. Desde luego, tú no conoces demasiado a la muerte. La desconoces por completo. Por eso le tienes ese miedo, así que ya puedes empezar.

- Empezar… empezar a qué, abuelo.

- Parece mentira hijo mío, a qué va a ser; a preguntarme acerca de la muerte. Tus dudas, lo que no entiendas. Yo lo sé ya todo, y tú lo sabrás cuando te toque. Dime por qué tienes miedo a la muerte.

- Bueno… eh… yo… Mira abuelo, no sé. Tener miedo a la muerte lo tienen todos. Todos tienen miedo de que se les acabe la vida… en el fondo, a la mayoría de las personas les gusta la vida, han vivido sensaciones muy bonitas, viven de los recuerdos, y no quieren que se acabe. Por eso se han inventado lo de la “vida después de la muerte” o la reencarnación, y cosas así. Pero yo no creo en eso, se que todo es una sarta de mentiras… o por lo menos eso creía.

- Hijo, la verdad es que hay mucho juicio en tus palabras. No hay razón para que la gente le tenga miedo a la gente. Es sólo uno más de los muchos prejuicios arropan a los humanos. Y sólo muy pocos son conscientes. La humanidad está dividida en gente creyente, no creyente y aquellos que no saben si creer o no creer.

En cuanto a la gente creyente, si realmente son creyentes hacen el bien… y si hacen el bien, según sus creencias, cuando mueran irán o a un sitio mejor del que están o se reencarnarán en alguien con mejor situación… sin embargo siguen teniendo miedo. No existen los creyentes que hacen el mal, pero si lo han hecho antes de ser creyentes, deben de estar tan arrepentidos que o cualquiera se lo perdonaría o él mismo querría ser castigado… sin embargo siguen teniendo miedo a la muerte.

         En cuanto a la gente no creyente, no hace falta distinguir entre los que hacen el bien o el mal. Si realmente creen que al morir no hay nada, que la muerte es el fin de lo único, que muerte es una palabra con significado hueco… de qué tienen miedo cuando alguien les apunta con una pistola en la cabeza, de que les maten… de que se les acabe la vida y no puedan disfrutar de lo que les queda… sí quizás sea eso, pero ¿dónde van a lamentarse de lo que podrían haber hecho y no hicieron?… sin embargo siguen teniendo miedo a la muerte

         Finalmente, está la gente piensa que hay algo y no saben qué, o creen tener fe en algo y no están muy seguros. De todas ellas las que hacen el bien no deberían tener miedo de nada. Se puede aplicar todo lo anterior: si hubiera algo, ese algo sería mejor; y si no hubiera nada, no hay de qué preocuparse. Lógico, ¿no?… sin embargo siguen teniendo miedo a la muerte. Y aquella gente que hace el mal, no suele opinar sobre el tema están tan ocupados con conseguir dinero, matar a gente, destrozar o timar, que no tiene tiempo a pensar sobre ello, hacen creer y creen que el tema no les importa… sin embargo siguen teniendo miedo a la muerte.

         Mientras que la gente que hace el mal, la que tienen miedo a que haya algo, pero sin embargo siguen haciendo el mal, esa gente es a la única a la que les puede importar la muerte, los únicos con razones de tener miedo a la muerte… sin embargo no le tienen miedo a la muerte.

         El instinto de supervivencia que decimos tener los hombres, no es más que un feroz ataque de miedo a la muerte.

         Hijo, la muerte es inevitable… no debe preocuparte. Ya llegará cuando tenga que llegar. Debes de procurar mantenerla siempre, pero si no se puede hacer nada no te aflijas… todos hemos de morir, pero no hemos de agobiarnos por ello.

- Pero abuelo, el que tú estés aquí significa que hay algo después de la muerte, que...

- No pienses en eso, si yo estoy aquí es porque una parte tuya es mía, recuerda que una cuarta parte de ti soy yo. Ya descubrirás tú lo que haya después de la muerte… pero a su debido tiempo, te queda mucha vida por delante y hay muchas cosas en que pensar. Una vez un tal Murphy dijo: “el sentido de mi vida, es no pasarme la vida pensando cual es su sentido”. Yo diría que es una muerte pasarse la vida preocupado por la muerte.

         Va a empezar el primer día del resto de tu vida. Aprovéchala hijo.

 

         Acabó de decir sus palabras, me dio beso y salió de la habitación. Yo me quedé pensando en sus palabras, qué razón tenía. ¿Quién sería ese tal Murphy? Mi abuelo tenía razón, empezaba el primer día del resto de mi vida.

         Se abrió otra vez la puerta. Quien sería ahora, quizás mi abuelo hubiera olvidado algo… je, je, je. No, no era él. Esta vez era la enfermera, me vio con los ojos y en seguida apretó un botón que había en la pared, para llamar al médico. A partir de ahí se puede resumir todo muy fácilmente: médico y enfermeras me atienden, mis padres se enteran y los veo fuera a través del cristal. En dos días paso de la UCI a estar en rehabilitación. Un mes después voy a casa… qué ganas tenía. Fue en casa donde me animé a hacer lo que estoy haciendo. Mi abuelo hubiera querido que lo plasmara todo en papel, y así lo he hecho. Aquí me tienen.

 

         Aquí estoy, intentado hacerles comprender que hay una cosa tan inevitable como la muerte: la vida.