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Resumen
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Fecha de publicación: 30/09/2009
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Valoracion de la obra: 5
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el relato de la primera familia que logro entrar al valle rojo prevenientes de costa verde. llegaron al mando de kcire, quien vio morir a su nieto y luego a su hijo. incluye una breve descripcion de htebsil tsumita, que no era descendiente de luzav
y de la tragica separacion de su amado Goz
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- La Ascensión de Kcire -
Las Memorias de la Primera Entrada al Valle Rojo, el viaje de los luzavianos y la fundación del reino de Luzaveín
Acerca de Costa Verde
Todo lo referente a la fundación y población de Costa Verde fueron descritas en las memorias “La llegada a Costa Verde” que es un relato antiguo escrito por Tsume Nijo, completado por su primer hijo Senjii Nijo y que permaneció archivado en los estantes de la biblioteca familiar de los tsumitas en Costa Verde
Acerca de los luzavianos
Luzav, El Gran Maestro, uno de los primeros habitantes de Costa Verde, fue el padre de una de las cinco casas exploradoras, las que se aventuraron en lo desconocido del bosque virgen que caía sobre los patios traseros de Adamas Grex, y encontraron tierra nueva. Sus hijos, toda su descendencia, fueron grandes constructores igual que él, y vinieron y entraron en el norte de un inmenso valle, valle secreto de tierras rojizas, tomaron por posesión suya tierra bendecida y fundaron un gran reino llamado Luzaveín.
Estos eran los luzavianos: hombres altos y orgullosos, de anchos hombros y brazos fuertes, cabellos oscuros, largos y ondulados, de ojos grises, mirada profunda y vista aguda como ningún otro; veloces para andar, aun durante la noche, no confiaron en nadie que no fuera de su misma sangre y se constituyeron grandes enemigos de las fieras de los bosques. De todos los habitantes de Costa Verde, solo los luzavianos gustaron de vivir dentro de los muros de la ciudad. Fueron amantes también de las armaduras, armaduras brillantes y grandes escudos adornados con plata y oro.
Sin embargo, hubo otra creación de las manos de los luzavianos que se enseñoreó de sus corazones; su espada, las amaron tanto como a si mismos, y era la espada un depositario del alma del guerrero, ahí quedaba su voluntad para luchar, su valor y coraje; todas las virtudes de un guerrero se vertían en el filo blanco y centelleante de su espada, el día que un luzaviano era nombrado soldado su espada era bautizada con un nombre propio, como un hijo al nacer, pues cuando un luzaviano era nombrado soldado, ese día nacía un nuevo hombre que materializaba su espíritu en una espada blanca, brillante, una extensión de sus capacidades, y nunca un soldado luzaviano se retiro de una batalla dejando atrás su espada.
La creación de esta arma era un arte más que un arduo trabajo, encargado sólo a los herreros más sabios y entendidos en el proceso del temple de los metales y creación de aleaciones, solo ellos podían conseguir el filo todo cortante e inamellable, que hacía resonar el aire siempre que era blandida con vigor.
Estos eran los luzavianos, los hijos de Luzav
La partida de Costa Verde
Los luzavianos partieron de Costa Verde a la vista de todo el pueblo. El mismo día en que era celebrada la fiesta de los mil años de fundación de Costa Verde se pusieron en marcha, dejaron atrás esa tierra que acogió a sus antepasados y luego los vio crecer a ellos, tierra que nunca dejó de ser hermosa aún cuando ya no tenia más oro y plata que darle a los viajeros. Partieron durante el crepúsculo, mientras el sol daba sus últimos rayos y las avecillas ya buscaban regresar a sus nidos. Pero no viajaron ese día bajo la oscuridad, ni ese día ni siete días en adelante, pues el cielo estaba despejado y comenzaba la luna llena, aunque ellos no lo programaron así. La lluvia no estorbo su partida, y nada en Costa Verde los invitó a quedarse. Se cumplió una orden dada por Kcire:
-Den fuego a todas vuestras casas, establos y graneros, cuando salgamos de Costa Verde no será posible regresar, nos perderemos para siempre en el horizonte verde del bosque, caminaremos hacia el este y no volveremos sobre nuestros pasos. Cada hombre dejará solo un par de huellas en el barro de las calles de Adamas Grex, nuestro destino está en oriente; donde nace el sol nacerá nuestra nueva era.-
Se dirigieron pues a la plaza del pueblo y de ahí marcharon cantando a lo profundo del bosque inexplorado y mientras se perdían para siempre de la vista de sus coterráneos, la luz de sus edificaciones convertidas en antorchas caía sobre sus espaldas, y los chasquidos de la madera y la paja en llamas se confundía con los pasos de los luzavianos en las hojarascas y ramillas secas del bosque sin sendero que se alzaba ante ellos. Cuando el sol se hubo ocultado por completo la luna les salió al encuentro, y no dejó que el ultimo luzaviano se marchase sin que dejara su rostro dibujado en los ojos de los habitantes de Costa Verde. Su marcha fue lenta, además era un pueblo numeroso, el último luzaviano desapareció de la vista del pueblo cuando la luna alcanzó la cumbre del cielo, y por esa noche, y solo durante unas horas, el cielo se oscureció por completo.
Htebsil tsumita
¿Quién es ella? ¿Quién es Htebsil?
En las entrañas cálidas de una gran costa fue concebida, ahí fue formado su cuerpo. Cuando vio la luz, otro par de ojos se cerraron, y no lloró ella, sin embargo hubo otro llanto que llenó la habitación, el llanto de su padre. Nadie recuerda si fue la cara amarilla del sol quién le dio la bienvenida a la costa, o si fue la cara pálida de la luna quien primero besó sus pequeñas mejillas, aunque es posible que las nubes se ensañaran contra ella, y que no la dejaran conocer luz hasta pasados los días de su venida.
Desde su llegada muchos vinieron a conocerla, algunas pequeñas criaturas que andan o se arrastran. También las aves volando libres, han venido a ver sus ojos.
Pero ¿Cómo es ella en su juventud? Es algo difícil de describir, pero bueno: sus pies recuerdan el color del castaño, cada dedo como pequeñas piedrecillas preciosas sacadas de un riachuelo, subiendo por sus piernas vemos que no son tan delgadas, tienen la gracia de una gacela y su color es como el de sus pies, como el castaño en un verano bañado por el sol, así es el color de todo su cuerpo, todo rima con el paisaje, como un verso que rima en todas sus líneas. Sus brazos son delicados, delgados pero no les falta fuerza; cálidos como la costa misma, y prestos para abrazar.
Luego vemos su rostro, delgado y finamente tallado, un escultor en sus mejores días no podría tallar algo tan hermoso, no hay herramienta, no hay material para igualar tanta belleza, su sonrisa encanta, hechiza al instante, es indeleble ante las circunstancias, resiste el tiempo, es como si fuese tallada en roca viva, pero se deja ver con facilidad.
Su rostro oscuro absorbe la luz del sol y la luna, incluso el brillo de las estrellas, y la devuelve en una mirada arrebatadora que puede congelar la ira y el enojo, transformándolos en expresiones dignas de su presencia. Sus cabellos se confunden con el color de su piel, son ligeros y gustan de juguetear con el viento, además son felices cuando algunos dedillos tienen la dicha de peinarlos y acariciarlos. Son sus cabellos un gran velo que cubre su belleza, atesorándola como un presente sin dueño.
Aun con toda esta belleza, lo más hermoso que posee es su voz. Tienen más gracia sus cantos que su cuerpo, su rostro y sus miradas. Por que su voz, sus palabras pregonan de lo que hay en su corazón, y su corazón es íntegro.
Esta es Htebsil, ella sale a la puerta y bajo el umbral alza su mirada y ve lejos, hasta donde los jilguerillos juguetean entre los árboles y más allá, donde el sol viene bajando la pendiente de la montaña, bañando las primeras arboledas. Ella cruza la puerta y camina sobre el césped con los pies descalzos, es una suave alfombra que ha quedado húmeda con el rocío de la noche.
Esta es ella, y este es su lugar, tierra cálida, aire tibio, viento fresco, con las montañas al este y el horizonte del mar al oeste. Aquí el aire no es prisionero, el viento sopla veloz de un lado a otro con total libertad. No hay caminos para andar, sus pies son como el viento, va por doquier como una nube que se pasea donde quiera, sus horizontes nunca terminan. Su corazón es feliz en su tierra, siente que tiene tanto que andar y que el tiempo no le alcanzará para recorrerlo todo.
Pero algo inesperado vino sobre ella, y sus felices días en la costa llegaron a su fin. Por que esclavos somos del destino, y el suyo la alcanzó mucho antes de lo que deseaba, como una sombra se acercó y no la vio venir hasta que estuvo sobre ella. El árbol que la sostenía, la raíz de donde nació, empezó a crecer y a extenderse, sus ramas se ampliaron buscando nuevas tierras, y de este modo entretejía el nuevo destino de ella. Un día inesperado, parecía un día normal, le llegó la noticia, la nueva de que un viaje se emprendería, y sintió que su vida cambiaría, pues sentía que ella debería participar en el viaje, y cumplir su destino. Su corazón se lo pidióó, por que a su corazón lo estaban llamando.
Así sucedió, a tierras nuevas llegó, y mucho de lo que amó quedó atrás, y de mucho no se despidió, y ella, solo ella sabe si por algo lloró. En su viaje ha encontrado devoradores que procuran mal contra ella, que quieren darse un banquete con sus carnes y hacer un festín alrededor de su cuerpo.
Ella llegó a nueva tierra, los días del sol quedaron atrás, el azul del cielo fue cambiado por un gris que perdura casi todos los días, y las dulces montañas redondeadas se cambiaron en amenazantes picos escarpados que parecen abalanzarse sobre ella. El viento ya no es fresco, si no frío, que hela la garganta, los pulmones, pero sobre todo el corazón.
La marcha
Según los historiadores luzavianos su partida fue a principios de febrero, Las caminatas eran muy lentas, pues cargaban todo tipo de utensilios y herramientas, iban con niños, mujeres y ancianos que no podían soportar un día entero de caminata, además se detenían a recolectar frutos, semillas, raíces y piedras preciosas. El timón de la caravana era Kcire, rey de los luzavianos, tenía a su lado a seis principales de entre el pueblo: Cozveniel, cartógrafo que le ayudaba a tomar las decisiones acerca del la mejor ruta a seguir; Zeveín su hijo, escriba, encargado de la bitácora y era el príncipe del pueblo, el segundo al mando, Zavel principal de los sabios de las estrellas, mantenía a la caravana marchando siempre hacia el este; Htebsil tsumita, doncella arquera, la más hermosa concepción de Costa Verde, principal de los cazadores que proveían alimento al pueblo, no era de los luzavianos, era descendiente de la caza de Tsume; y el joven Goz Lahúr, capitán de la guardia luzaviana.
Su viaje fue tranquilo, la marcha no se interrumpió si no para cazar, descansar o esperar que algunas lloviznas dieran paso a mejor tiempo para continuar, así pues, no hubo mayores contratiempos hasta meses después, cuando tuvieron a la vista el pico de una gran montaña casi desnuda, que Zeveín llamo Úzari la montaña congelada y todo un grupo de montañas la acompañaban; en ese punto tuvieron que esforzarse mucho para poder continuar la marcha, pues a las grandes montañas congeladas se les anticipaba una cierra menor, pero de difíciles accesos. La cierra menor les presentó una gran encrucijada, todo el pueblo marchó detrás de la compañía de Kcire, quien los llevó a través de una pequeña garganta que se abría en medio de la cierra, pero su paso fue truncado a mitad del viaje, pues el paso se cerró abruptamente debido a un gran deslizamiento de rocas y toda la caravana tubo que retroceder dos días de viaje para tomar una desviación que los puso a marchar sobre los cerros mas redondeados del trecho, esto representó un gran retraso para la marcha que ya era lenta.
Dos semanas le tomó a Kcire y sus capitanes llevar a todos los luzavianos a través de la sierra menor, hasta que en una mañana nublada salieron de la espesura del bosque húmedo, con sus ropas empapadas y sus pies enlodados, con frío y manos entumecidas llegaron a un gran claro en una pequeña meseta. Desde ahí Kcire pudo ver el tamaño de las montañas por donde pretendían continuar, y vio Kcire que el rumbo que estaban siguiendo los llevaría por el camino más corto hacia las faldas del Úzari, pero el mas difícil. Si no quisiera tomarlo tendrían que hacer un gran giro hacia el sur, buscando un camino que los llevara a subir por una pendiente mucho más larga pero menos empinada que se divisaba muy lejos. Esto no le pareció buena idea, y el camino por el norte estaba cerrado por grandes rocas, tendrían que regresar otros dos días de viaje, marchar hacia el norte y ver si había mejor paso por ahí. Estas decisiones no las podría tomar Kcire sin consultar a sus principales, así es que decidió hacer consejo a la mañana siguiente.
Acamparon ese día en el claro, hicieron fogatas para ahuyentar el frío y las sombras que atemorizaban a los más pequeños, el claro era muy grande, semejante a un gran lago verde, lo suficientemente grande para toda la caravana. En el centro del campamento se instalo Kcire y sus principales con sus familias, al caer la noche se reunieron alrededor de una fogata y ahí charlaron largamente acerca del viaje, el paso por las malezas de la cierra menor, de lo que quemaron al salir de Costa Verde, de lo cálido del ambiente cerca de la playa, acerca de historias antiguas que vivieron los patriarcas de costa verde en el país lejano; mucho consultaban los viajeros a Htebsil la tsumita, pues sus antepasados guardaban antiguos manuscritos del país lejano y ella los estudiaba, y aprendía mucho de cosas que nadie más conocía. Así fueron pasando las horas, y leyenda tras leyenda, historia tras historia y canción tras canción, hombres y mujeres fueron vencidos por el peso de sus párpados y dormitaban soñando con las tierras del país lejano del que se había hablado, por fin se durmió el ultimo hombre y la vida de una raza entera quedó escrita en el aire húmedo de aquel claro en medio del bosque, entre los árboles, hubo algunos pares de ojos que observaron a las figuras de aquellos hombres que habían arribado a estas regiones silenciosas, hasta que la fogata se apagó.
Kcire se despertó antes de la hora primera, en el bosque, aún estando en un claro, el sol se tardaba más en aparecer, pues debía salvar la altura de los árboles que crecían vigorosamente, así pues al despertar estaba muy oscuro y un silencio de tumba reinaba, por que no habían luces y el silencio aparece cuando las luces se apagan, eso le permitió a Kcire escuchar un ruido muy extraño, nunca en sus largos 110 años el viejo Kcire había escuchado uno semejante, mas sin embargo, esa madrugada sintió un escalofrío que le empezó en sus manos y le terminó en la cabeza, Kcire se estremeció en gran manera y se abrazo a si mismo como queriendo protegerse de algo, pues estaba cerca de un brasero y no era frío lo que sentía. Se acercó a los lindes del bosque y caminó hacia dos siluetas que se recortaban contra el bosque tenuemente iluminado por la claridad del amanecer, amanecer que se rehusaba a aparecer por completo; las dos siluetas eran los jóvenes Goz Lahúr y Htebsil que se miraban uno al otro, y les preguntó Kcire:
-¿Lo has escuchado Goz? ¿Lo has escuchado Htebsil?- A lo que Htebsil respondió: -¡Lobos son lobos.!-
-¿Lobos?- replicaron Kcire y Goz ,
-¿Qué son lobos?-
-Son fieras del campo, más peligrosas que las que conocen, los lobos cazan para comer y no les importa si su presa es hombre o bestia, cazan en manada.
-¿Cómo sabes eso? Dijo Kcire, ¿Dónde lo aprendiste?-
-En casa de mi padre se guardan los libros que trajo Tsume desde el país lejano, aprendí mucho acerca de bestias que nunca he visto y que en el país lejano abundan, entre todo aprendí como suenan, como viven y de que se alimentan, para saber como matarlos, pues como saben soy cazadora. Lo que escucharon son aullidos de lobos, desde que desapareció la claridad de la luna los he estado escuchando, están tratando de reunirse, es una manada grande.-
-Desde este día, dijo Kcire, seré más precavido y no volveré a permitir que el pueblo entero duerma sin que algunos vigilen el sueño de los luzavianos.-
Finalmente se aclaró el día, las nubes se marcharon del claro y permitieron que la luz del alba se mostrara en todo su esplendor, pero las nubes se movieron solamente, no desaparecieron, si no que se fueron hacia el oeste y se posaron sobre la espesura del bosque verde a espaldas de Kcire; tubo Kcire que convocar de inmediato a sus capitanes para celebrar consejo y discutir el tema de la marcha, y se acercaron a el sus principales: Zeveín, Cozveniel, Zavel, Htebsil y Goz Lahúr, y les dijo Kcire:
-Este asunto tengo que discutir con ustedes, Zavel sabe que ya estamos cercanos a junio y el invierno nos caerá encima y nos dejará como ciervos sin pasto, lo ha leído en las estrellas y me lo ha comunicado. Es preciso que nos alejemos de las faldas de la montaña lo más pronto posible, el asunto es que no sabemos cual sea el mejor camino a tomar, cual es el sendero hacia donde hemos de marchar, las montañas se nos amplían hacia nuestra derecha y hacia nuestra izquierda. Podríamos viajar hacia alguno de los flancos buscando algún camino fácil de tomar, nuestro revés es que podríamos tardar meses sosteniendo caminatas inútiles sin conseguir alejarnos de las montañas y sin encontrar una forma para cruzar mas aceptable que esta que tenemos enfrente, entonces moriríamos congelados, cansados y hambrientos. Ya hemos cruzado una pequeña sierra y la otra opción es regresar por ese camino, retroceder dos días de viaje, si marchamos rápido, para luego ir hacia el norte buscando otra forma de cruzar el Úzari sin tener que pasar de nuevo por la sierra menor, si tardamos demasiado y no encontramos camino, no nos dará tiempo de regresar por donde hemos venido, y tratar de cruzar por este mismo paso, el invierno nos atrapará antes de poder salir de este estrecho.-
-Como pueden ver, el camino más seguro que nos queda es marchar directo hacia la montaña, la que Zeveín ha llamado Úzari, y les aseguro que no nos dejará pasar con facilidad.-
Todos estuvieron de acuerdo en seguir el curso que llevaban, pero Goz Lahúr fue precavido con el tiempo de marcha y recordando aquello por lo que ya antes habían pasado, agregó que no era bueno avanzar con el pueblo entero buscando un sendero adecuado para marchar sobre la montaña, que lo mejor era enviar un pequeño grupo que avanzara unos días delante de la caravana, abriendo paso y marcando el mejor camino para que el resto del pueblo pueda pasar. Esto pareció a Cozveniel una idea muy acertada, elogió la cautela del joven Goz , y añadió que no es correcto marchar montaña arriba con todo el pueblo sobre el hombro y devolverse días enteros de viaje. Quedó pues conformado un grupo compuesto por 100 hombres, de los más fuertes de entre todo el pueblo, Zavel y Goz iban con ellos, todos bajo el mando de Kcire. Los hombres que marcharon con ellos eran robustos, altos, hábiles y capaces de caminar muchas leguas sin descansar, entre ellos estaban Inov, mano derecha de Goz , el más fuerte del pueblo, y Garnaz vistaguda, solía cazar con Htebsil, era quien avistaba las mejores presas. Esta pequeña pero valiosísima compañía marchó adelante, muchos días adelante, marcando el mejor camino a seguir, entre tanto el pueblo quedaba a cargo de Zeveín.
Lo que se arrastra en las sombras
Un mes después de que partieran los luzavianos de aquel claro, la compañía de Kcire marchaba según lo previsto, unos quince días delante de la caravana principal, para poder hacer las correcciones del curso a seguir con suficiente tiempo. Con la ayuda de Zavel la compañía había podido marcar un sendero espacioso y seguro, por donde la caravana marchaba rápidamente y sin contratiempos. Cada cinco días, con la primera luz, partía un mensajero de la compañía de Kcire, regresaba por el sendero marcado y llevaba los detalles del viaje a Zeveín que estaba a cargo de los luzavianos, le daba indicaciones y toda clase de información que enviaba Kcire desde el frente de la marcha. El mensajero arribaba hasta la caravana diez días después de que saliera del campamento de avance, durante el amanecer, pues la marcha de un solo hombre era mucho más rápida, y siempre se enviaba mensajeros de los más veloces. Esperando su arribo había otro mensajero que enviaba Zeveín hasta su padre. De esta forma Kcire y su hijo se mantenían informados acerca de la marcha uno al otro.
Sucedió una vez, durante un día en que debía arribar el mensajero, que Zeveín esperó hasta tarde, mucho después de la doceava hora de sol, la última hora del día, el sol ya no rasgaba las nubes del cielo con su luz rojiza del atardecer, esperó Zeveín en la frontera este del campamento junto a Htebsil, la llegada del mensaje de su padre, pero este no llegó. Durante el siguiente día, después de la tercera hora, ordenó Zeveín que partiera el mensajero hacia el campamento de avance, pues tampoco apareció el mensajero de su padre entre los matorrales, ni en el camino. También ordenó que todo el pueblo se pusiera en marcha de inmediato, pues temió algo malo, y sus premoniciones fueron alimentadas con una corazonada de Htebsil, quien le dijo que era muy posible que el mensajero si hubiese salido desde Kcire, pero que no llegaría hasta ellos.
Mientras tanto, en el puesto de avance Kcire se preocupó, pues después de que saliera el mensajero aún no había llegado el que su hijo enviaría.
A la mañana del octavo día de marcha, después de que Zeveín enviara a su mensajero, Htebsil llevo a Zeveín y a Cozveniel hasta su tienda y les dijo: hoy temprano, cuando salía yo a cazar, me encontré entre las malezas del campo rastros de sangre y harapos sucios, ensangrentados que definitivamente son de los nuestros, este debe ser el que enviamos al frente, esto por que en cinco días nuestro mensajero debió acampar justo donde ahora estamos y aquí hay restos de fogata y utensilios de cocina. Goz Lahúr agrego: el de nosotros no llegó hasta ellos y el de ellos tampoco llegó hasta nosotros, ignoro la suerte que habrá corrido, y temo que no es nada alentador; ¿Qué pudo haberles sucedido? Htebsil les informó que había encontrado huellas muy grandes en el lugar donde encontró aquellos rastros, y que definitivamente eran de lobos, los que habían escuchado semanas atrás y que temía por la seguridad de los que marchaban adelante.
Se levantó Zeveín y ordenó que una segunda compañía a cargo de Lanzlov y su medio-hermano partiera de inmediato, por que era Lanzlov un hombre sabio y muy hábil para andar entre los bosques y Lotoz era muy valiente. Sería solo una docena de hombres, veloces y armados, que alcanzaran a Kcire y dieran aviso de lo sucedido.
Partió la compañía de Lanzlov, pero al tercer día, cuando casi caía la negrura de la noche por completo, se escucharon los aullidos que Htebsil conocía muy bien, y mientras resonaban entre el bosque, aparecieron unos hombres corriendo despavoridos entre el camino, eran los mensajeros que partieran con Lanzlov , habían vuelto a la caravana y no podían hablar, estaban pálidos, respiraban muy rápido y los pies les temblaban, no pudieron hablar y decir a Zeveín lo que había sucedido sus lenguas habían enmudecido y por más que trataron no pudieron decir palabra alguna. Hasta el día siguiente Hablaron con los capitanes, les informaron que la pequeña compañía fue asaltada por unas fieras sangrientas cuando apenas había pasado la sexta hora, mientras terminaban de comer; fueron tomados sorpresivamente desde el este y eran varias las fieras por lo que no osaron hacerles frente, si no que prefirieron retroceder, solo defendiéndose en ocasiones contra envestidas directas que las fieras habrían contra ellos, dos de la compañía habían perecido en las garras de las bestias durante el ataque sorpresa, uno era Lanzlov el capitán. Los demás de ellos habían logrado escapar. Además Lotoz el cazador valiente se había adelantado a la compañía y no sabían que había sido de el.
Se entristeció Zeveín en gran manera con esta noticia, y se asustó, y se preocupó por su padre, pero se acercó a el Goz Lahúr diciéndole que no era tiempo de preocuparse por lo que no podían controlar, y le aconsejó que debían estar preparados por si las fieras atacaban el campamento, que ordenara una mejor guardia para el campamento. De ahí en adelante Zeveín se alejo mucho de los puestos de mando, delegando muchas autoridades a sus principales y la mayoría del tiempo permaneció en su tienda, en compañía de su mujer y su hijo Ovein. No se volvieron a recibir mensajeros desde el frente, ni se volvieron a enviar desde la caravana, pero el pueblo continuo marchando, ahora en forma mucho más lenta, pues temprano ya se establecían los puestos de vigilancia por ordenes de Htebsil, quien quedó sola a cargo de los vigilantes, desde la muerte de Lanzlov, añoraba que Goz regresara y la abrasara y prestara su fortaleza, su valor y su espada. Se contristo Htebsil pues en su corazón había un sentimiento por Goz que ella misma no era capaz de explicar, pero que le estrujaba el alma, y ahora que el estaba lejos y en peligro, ella no lograba estar en paz y deseaba verlo más que ninguna otra cosa.
Buscando luz
Lotoz se adelantó a sus compañeros, quería ver un poco más allá, buscaba un horizonte, además aprovecharía para cazar alguna liebre para cocinar. Fue mientras intentaba regresar con sus compañeros, después de haber inspeccionado un largo trecho, que escuchó unos gritos escalofriantes, escucho gritos de guerra, gritos de dolor, dolor de muerte que asalta por sorpresa, y alaridos de fieras tras una presa que se les resiste. Pero Lotoz era intrépido, y se atemorizó pero no se espantó, se acerco cauto y amenazante hasta donde sabía que estaban sus compañeros, desde los matorrales inspeccionó el claro, miró en todas direcciones y se horrorizó con lo que vio, llevo su mano hasta su cintura y empuño su cuchillo de cazador en su siniestra y en su diestra sujeto la lanza con firmeza mientras movía la cabeza para acomodarse el arco y las flechas que cargaba en su espalda, vio Lotoz con horror y espanto una escena atroz que ningún luzaviano jamás nunca antes había visto, tres fieras que andaban en cuatro patas, parecidas a perros pero mucho, mucho más grandes, estaban devorando a dos de sus compañeros de viaje, solo reconoció a uno, Lanzlov su medio-hermano, y Lotoz lo estimaba mucho, y no hallaba que hacer y permanecía ensimismado. Salió Lotoz del trance y se disponía a escabullirse entre el bosque cuando escuchó un lamento, fue silencioso pero desgarrador, Lotoz sintió un escalofrío en todo el cuerpo y estuvo a punto de desfallecer, pero la indignación no se lo permitió, pues el lamento que escuchó era de Lanzlov , y sufría mucho Lanzlov por que las fieras lo habían inmovilizado pero estaba aún con vida y así lo estaban devorando. Tomó pues Lotoz su arco y se puso en pie, pues todo este tiempo había estado de cuclillas, tomó también una flecha y tensó su arco con mucha fuerza, mientras, las bestias lograron notar su presencia y lo observaban, como tratando de saber que era lo que su presa estaba haciendo, estaba la cuerda apunto de romperse cuando Lotoz liberó la flecha y su ira atravesó el aire con tal rapidez que las fieras no tuvieron tiempo de reaccionar y traspaso el pescuezo de una de ellas, matándola al instante. Pero el arco de Lotoz fue demasiado forzado y se daño, por tanto tubo que tomar su lanza y se abalanzo sobre las otras fieras que habían quedado inmóviles con la caída tan repentina de una de ellas, eso le dio ventaja al soldado y cuando quisieron reaccionar ya una no pudo, al tener la lanza de Lotoz atravesada de lado a lado de su costado. La tercera fiera se apartó de un salto y luego se abalanzó sobre Lotoz, pero tardo demasiado, Lotoz ya había recuperado su lanza y la hundió en el hocico de la bestia, que cayó y se revolcó y mientras moría gemía como un hombre con mucho dolor, entonces Lotoz le ensarto el cuchillo en el pescuezo dándole muerte.
Vio Lotoz que no podía hacer nada por Lanzlov , y escuchó los aullidos de más fieras que se acercaban al claro, entonces resolvió liberar a su medio-hermano del sufrimiento con su propia arma y marcharse apresuradamente hacia el este en busca de Kcire.
Viajó Lotoz sin parar, aún después de la última hora de sol, sin embargo sentía, y sabía que algo lo perseguía, aunque estaban lejos de el, así es que quiso descansar un poco pero temía por su vida, y siguió avanzando a la sombra de la noche, no siguiendo el sendero, si no paralelo a él. Subió por entre pequeñas montañas llenas de matorrales que lo invitaban a quedarse oculto entre ellas, pero no eran de fiar, pues sabia que las bestias lo olfateaban y podían encontrarlo si se durmiese; llegó a un pequeño cerro rocoso con poca vegetación y lo escaló hasta la cima, llegó hasta lo más alto, cansado, jadeando, sus pies ya no lograban sostenerlo; vio a lo lejos, muy lejos, sobre las montañas y más allá, y pensaba en el calor de la costa, lo cálido del aire, pero ahora solo podía ver las sombras de las montañas, dispersas y difusas se mostraban en la noche, la luz tenue apenas las mostraba, pero lejos, muy lejos, hasta donde su vista apenas pudo penetrar la oscuridad, vio una luz y se alegró su corazón, y las fuerzas le volvieron a los pies y de pronto no se sintió tan solo ni tan agotado, se puso en pie, corrió por la ladera pedregosa, bajó apresuradamente y se topó con un riachuelo donde pudo tomar agua fresca y llenar su cantimplora, pero no descansó. Caminó Lotoz durante toda la noche y finalmente, cuando el sol de la mañana apartó las sombras de la noche, cansancio lo venció, sus piernas le temblaron, sus fuerzas lo abandonaron, desfalleció su cuerpo, el miedo no pudo controlarlo más, sus ojos se cerraron y se desplomó mientras naufragaban sus pensamientos en un mundo que se oscurecía cada vez más, aun con la presencia del sol de la mañana, estando el alba en todo su esplendor. No sabia hasta donde había llegado, pero en su mente lo último que recordaba era que durante toda la noche había viajado paralelo al sendero que Kcire había dejado marcado, siempre hacia el este, en busca de la luz que vio al llegar al cerro desnudo, pero a la madrugada, antes de que el sol apareciera ya no estaba seguro de hacia adonde estaba corriendo. También recordó que toda la noche escuchó aullidos de las bestias cada vez más cercanos, pero ya no pudo hacer más y cayo profundamente dormido.
Un rayo de sol cayo sobre el rostro de Lotoz y lo despertó, era como la hora cuarta, estaba sediento, hambriento y aún cansado, no logró ponerse en pie, pero sintió la fuerza de un brazo robusto que lo levantaba y reaccionó, se alegró mucho cuando vio que estaba frente a Inov y Garnaz y otros siervos de su rey, habían sido enviados a buscar noticias de los mensajeros, pero hasta ahora lograban encontrar a uno de ellos. Lo llevaron a descansar y por la tarde charlaron largamente el acerca de todo lo que sucedió y de cómo había logrado llegar hasta donde lo encontraron.
Resolvieron volver hasta el campamento principal de Kcire en lugar de ir hacia la caravana de Zeveín, y no buscar más a los mensajeros, pues no había posibilidades de que estuvieran con vida.
Pasaron varios días hasta que pudieron llegar con Kcire y contarle todo lo acontecido.
De vuelta
Kcire y todo su equipo de avance volvieron su mirada hacia el oeste, preguntándose que estaría sucediendo a lo lejos, más allá del horizonte. Juntó Kcire sus fuerzas, los informó de la situación y los preparó para salir al encuentro de sus familias que habían quedado atrás. En su corazón Kcire se sintió impotente, pues se daba cuenta que con la muerte de Lanzlov no quedaban capitanes de batalla en medio del pueblo y que todo estaría a cargo de Htebsil, ella sola, sin otra ayuda para dirigir a los hombres que la que podía brindar un cartógrafo y un escribano.
Goz Lahúr fue el primero en estar preparado para la marcha de regreso, igual que Kcire, pensaba en Htebsil, pero sus pensamientos brotaban de su corazón, no de su mente. Quería correr en su ayuda, en un momento de necesidad.
Pero cuando al compañía de Kcire estuvo dispuesta a regresar, se dieron cuenta que no podrían regresar por el mismo sendero que habían marcado, pues los lobos ya lo estaban vigilando. Lotoz avistó manadas de lobos que se paseaban en el bosque, y calculó un número mayor a diez docenas, era demasiado para la compañía de Kcire, pero los lobos no los buscaban a ellos. Tuvo Kcire y compañía que hacer un gran giro, rodear una gran montaña y marchar hacia el norte, pues descubrieron que hacia el norte el número de las fieras disminuía legua con legua. Esta maniobra mantuvo a Kcire y su compañía muy seguros, y aunque enfrentaban fieras con regularidad siempre salían victoriosos, pues tenían ventaja en numero. Pero también se retrasó el regreso de Kcire muchos días muy valiosos, incalculable fue el tiempo perdido, ya no tenían forma de saber cuando llegarían al campamento de Zeveín.
Lamentos y sollozos
Fue al aproximarse a las faldas del Úzari, que la caravana fue alcanzada por un gran grupo de lobos, y finalmente se dejaron ver, una especie de fieras que no habían conocido antes; eran muy grandes y en extremo fuertes, con colores que vagaban entre el marrón y grisáceo, predominando el marrón, estaban adornados con una raya blanca que les recorría el lomo desde la frente hasta la cola y manchas blancas en las patas delanteras. Había un líder, más grande que los demás, más fiero y más peligroso. Durante una semana fueron asediados los luzavianos, perseguidos durante el día y atacados de noche. Los luzavianos montaban guardia en turnos, pero en más de una ocasión los centinelas fueron devorados y el campamento fue tomado por sorpresa, pues el número de los lobos era grande en gran manera y no se dejaban ver con facilidad.
Atacaban a los más pequeños y débiles, niños, mujeres y ancianos que no representaban ninguna dificultad a la hora de cazarlos, los mordían o rasgaban con grades garras en el torso, cuello y nuca para inhabilitarlos, luego los arrastraban lejos del campamento, para darles una muerte atroz, pues en ocasiones las víctimas aún estaban con vida pero inmóviles cuando los devoraban, como habían hecho con Lanzlov , quien Lotoz salvo de una muerte macabra. A la luz del sol se alejaban de los viajeros hasta donde la vista no llegaba y en las noches de luna llena no atacaban pues los guardias estaban más atentos y podían divisarlos con mayor facilidad; pero sus aullidos resonaban en las laderas de las montañas y eran tan potentes que el bosque no podía absorberlos y llegaban tan claros a los oídos de los luzavianos que estos se estremecían con temor, aún los mas valientes.
El constante ataque de las fieras detuvo por completo el marcha de la caravana cuando ya casi alcanzaban las entradas a las faldas del Úzari, y Htebsil se preocupó mucho, por que el invierno se les venía encima como una avalancha, tal como Kcire les predijo que sucedería si no se apresuraban. Cozveniel no le pudo ayudar a dirigir al pueblo, pues el liderazgo es un don, no un cargo que cualquiera puede tomar, y Zeveín estaba perdido en pensamientos que giraban alrededor de la ausencia de su padre y de su posible muerte, y la muerte de sus capitanes. Días amargos vivía Htebsil, y Goz no se dignaba a aparecer, ella siempre lo esperaba, esperaba que apareciera entre las ramas de los árboles que inundaban el paisaje, por el camino quizás, pero no llegaba, y hacía ruegos Htebsil por el regreso de Goz, y se vestía con atuendos de guerra, esperando luchar a su lado, al lado de Kcire y los demás, y lloraba mucho, pero solo en su corazón, pues el pueblo se aferraba a ella en busca de su valor y su coraje, eso era todo lo que tenían y Htebsil no podía más con la carga de un pueblo tan grande sobre su hombro.
Despertar de un guerrero
Zeveín temió mucho a los lobos, y se ocultaba de ellos, pero solo durante un tiempo, hasta que le sobrevino la tragedia. En un día lluvioso, los lobos atacaron el campamento, estando Zeveín en un pozo sacando agua; uno de los lobos desgarró a su mujer, otro tomó a Ovein su hijo y lo arrastró, Zeveín vio a lo lejos que lo más amado de su vida, estaba en peligro, por que su herencia daría a cualquiera a cambio de la vida de su hijo, y aún su propia vida la entregaría gustoso a cambio de la de su hijo. Apenas tenia siete años Ovein; sin embargo la bestia no lo devoró, pero lo mató de un mordisco, clavándole los filosos colmillos en el cuello, como si fuesen navajas. Entonces Zeveín, que se había ocultado con temor, salió de su letargo y acudió en su ayuda, abalanzándose sobre la fiera le clavó una lanza al en el costado, pero no logró matarla, sino que esta huyó amparada por la oscuridad. El ataque terminó pronto, y mientras el pueblo se reunía las mujeres tapaban los oídos de los más pequeños, para que no escucharan los gritos de los luzavianos que, en lo más profundo del bosque teñido de negro, eran devorados vivos por las bestias infernales, con la complicidad de la noche.
Todos vieron en silencio como tomó Zeveín a su hijo en brazos y lo llevó hasta el centro del campamento y el solo le dio sepultura. Aunque la consternación cayó sobre el pueblo, no pudieron dejar de notar algo, en los ojos de Zeveín brilló un fuego, venía de lo más profundo de su alma. Una furia terrible, indecible, incontenible se asomó a los ojos de Zeveín, y nadie soportó verlo directo a los ojos.
Ese día cambió para siempre el semblante de Zeveín, nunca volvió a sonreír y se acortaron sus palabras, hablando solo lo realmente necesario. Y se maldijo a sí mismo por haberse escondido delante de los lobos en aquella noche, y se llamó cobarde a sí mismo por haberse ocultado, y se odió a sí mismo por su debilidad. Y alzó su puño contra el cielo cubierto de nubes y juró diciendo:
- ¡En tanto estas las fieras no me derriben y coman mis carnes y laman mis huesos y aún quiebren con sus quijadas el más duro de ellos, juro, por lo que me queda de honor y vergüenza que les daré cacería, su enemigo soy yo, y mi enemigo son ellas!
-¡Debajo del sol, de la luna y la lluvia, en frío o en calor no descansaré y las cazaré, por que han provocado a la descendencia de Luzav, y la sangre de mi hijo será vengada hasta la última gota!- Así cayó una maldición sobre los lobos y se esclavizó Zeveín a la cacería de los lobos.
Fue entonces cuando Zeveín desarrolló la Vengasangre, el destello de muerte que vino sobre los lobos. La vengasangre era una espada larga y curvada, tenía un solo filo y en el lomo de la espada talló unos agujeros, de manera que con una mano sostenía el puño de la espada y con la otra sostenía la espada por el lomo, para poder usar la espada como una gran defensa. Además, de la empuñadura se sujetaba una cadena que iba atada al brazo del guerrero, para nunca separarse de ella. Su filo fue el secreto de Zeveín, pues aunque era un escriba también conocía el arte de las armas y conocía secretos para conseguir filos inigualables, ningún arma era de la talla más alta si Zeveín no la afilaba.
Por cualquier parte del campamento que iba, y a cualquiera a quien le hablaba, le hablaba con palabras astutas que encendían el odio contra los lobos en los corazones de los luzavianos. Así ganó seguidores que le apoyaron en la lucha que tendría contra los lobos, para cumplir su juramento y vengar la muerte de su hijo, por que la sangre de su hijo y la venganza lo cegaron y lo enloquecieron.
Pasaron los días y la caravana no se movió, ni hubo señales de Kcire ni nadie de los que lo acompañaban, así es que Zeveín los supuso muertos, aunque Htebsil se negaba a aceptar esta suerte para su rey y mucho menos para su capitán y Cozveniel trataba de consolarla con palabras alentadoras.
Un día oscurecido por las nubes del inverno que se les venia encima, ya cuando el pueblo se disponía a descansar de la jornada diaria de caminata, la mirada aguda y ojos avizores de los vigías descubrieron que un gran grupo de lobos se reunía en una cima debajo del bosque, y con espanto calcularon su número, eran más de cinco centenares los que se habían mostrado y habían logrado contar, y quien sabe cuantos seguían ocultos entre los matorrales o estaban lejos del alcance de la vista.
Zeveín junto a todos sus seguidores, durante un tiempo creyó que tenía suficientes hombres como para atacar a los lobos de frente, pero la nueva noticia lo puso a maquinar un plan para apenas sobrevivir a una envestida. Se reunió con Htebsil y Cozveniel y otros capitanes nombrados por él para idear un plan, pues presintió que los lobos atacarían al caer la noche y sus fuerzas ahora parecían reducidas ante la cantidad de fieras que se aproximaban. Tenía un escaso número de hombres bien armados y unos cientos con armas de pequeña capacidad, no suficiente para enfrentar una embestida de tal magnitud. La reunión se inicio a la novena hora del día, y duro hasta la primera hora de la noche, que es cuando el sol se esconde más allá del horizonte y ya no da su luz.
Llegó la noche y las luces del campamento se eliminaron, y sólo las tiendas del centro del campamento se iluminaron y las mujeres y niños y desvalidos se refugiaron en estas tiendas. No hubo vigías fuera del campamento, la fuerza de los luzavianos se concentró en la estrategia que habían diseñado para defenderse de los lobos.
Zeveín se quedo a la entrada este del campamento, con mirada grave buscaba entre la oscuridad, buscaba entre las sombras alguna señal. En su mano derecha se enrollaba una cadena corta de la que se sujetaba su Vengasangre, afilada y fría, con sed de venganza; y en su mano izquierda se afianzaba un escudo muy pequeño que era la defensa contra las mandíbulas de los lobos, hacia adelante tenía dos puntas afiladas como la misma espada, hacia el codo y hacia el puño tenia un punzón que hería y causaba mucho dolor, pues el material era muy frió; estaba vestido con una coraza liviana y protección en el cuello, brazos, piernas y espalda que era donde los lobos trataban de morder. Igual que él, vestían sus hombres más cercanos, unos cien hombres guerreros para los que se diseñaron armaduras y escudos, el material no alcanzó para más.
Esa noche la luna tardaba en asomarse, y de todas formas una cortina de nubes cubría el negro del cielo y no se asomaban las estrellas, haciendo que la noche fuera negra en gran manera, casi sin sombras.
Por fin, como a la tercera hora de la noche, llegaron los lobos… un aullido vino desde el bosque; estruendoso y escalofriante, y en poco tiempo las fieras se habían acercado al campamento por la entrada principal. Alzaban sus húmedas narices y olfateaban algo no gustoso para ellas, pero no le prestaban atención. En ese momento Zeveín tomo su espada y la sostuvo en alto, dio una señal, y el pueblo entero siguió la orden; las luces se apagaron y el pueblo se movió con rapidez, con tanta rapidez que parecía desorden y los lobos se confundieron y con poca luz no entendían lo que sucedía. Todos los infantes fueron agrupados en el centro del campamento y fueron rodeados por un anillo de mujeres y ancianos que no guerreaban, y éstas a su vez fueron rodeadas por un anillo de varones jóvenes y doncellas con arcos y flechas improvisadas liderados por Htebsil la tsumita, alrededor de todos ellos se formó un último anillo liderado por Zeveín, una fuerza compuesta de los hombres bien armados cercanos a Zeveín, otros que tenían armas de menor poder y un gran numero de hombres con todo tipo de armas, hachas y cuchillos, un anillo que Zeveín creía debería poder proteger el campamento aguantando las envestidas mas duras.
De inmediato los lobos aullaron con fuerza y rodearon el campamento por completo, pero no atacaron, si no que esperaban a su capitán. Pero algunos de ellos se precipitaron en su ataque y no viendo la estrategia de los luzavianos se abalanzaron contra en dirección de Zeveín; unas cuatro docenas de ellos murieron durante el intento, otros quedaron heridos y no llegaron ni al anillo exterior donde estaba Zeveín, ni supieron como fue que cayeron, que fue lo que los hirió de muerte tan rápidamente que no pudieron percibirlo. Los heridos que pudieron se arrastraron hasta el bosque esperando recuperarse o morir, el resto se replegó y esperó la orden definitiva.
Entonces se escuchó de nuevo el aullido aterrador del cabecilla de los lobos y esta vez si era la señal que esperaban, las bestias cargaron contra los anillos, nuevamente muchos cayeron sin saber por que, pero continuaron el ataque. En ese instante las mujeres y niños recibieron una extraña orden por parte de Htebsil, gritar con todas sus fuerzas para confundir a los lobos, y funcionó, pues los primeros atacantes que rebasaron la lluvia de flechas buscaban ir directo al centro de los anillos, al origen mismo de los gritos, sin prestar atención a los anillos exteriores, y caían muertos a espada con gran facilidad. Entonces el capitán de los lobos, viendo lo que sucedía, aulló de nuevo con gran fuerza y rascó el suelo con rabia; la carga se detuvo y los lobos retrocedieron y se mantuvieron entre el bosque, un tanto alejados del campamento. Pero hubo las primeras bajas en el bando de los hombres y múltiples heridos que fueron llevados al centro, para ser atendidos por los curanderos y las mujeres de servicio, aunque sí hubo jolgorio entre los luzavianos por la cantidad de fieras que cayeron por espada, flecha o lanza.
Eso no seria todo, Zeveín lo sabía, los lobos atacarían de nuevo por que ese día se habían reunido con el propósito de acabar con el campamento, Zeveín confiaba en la seguridad de su estrategia y esperaba un nuevo ataque de las fieras, pero ¿Qué estaban esperando? No pudo imaginarlo, hasta que fue tarde. Más de dos horas pasaron y los lobos no atacaron, había zozobra entre el pueblo y un silencio aterrador, se podía escuchar la respiración de los hombres y los pasos de los lobos entre las hojas secas del bosque.
El cielo comenzó a despejarse lentamente, para complacencia de los lobos y malestar de los luzavianos, pero los lobos no atacaron, esperaron algo más. Los ojos de los luzavianos brillaron con ira y asombro cuando comprendieron la malicia del capitán de las fieras, un halo luminoso asomó por encima de las copas de los árboles, y una gruesa nube empezó a enralecerse poco a poco, hasta que dejó por completo descubierta la cara pálida de la luna, y su luz baño toda la escena. Estas bestias no atacaban bajo la luz de la luna, pues los avistaban con facilidad, pero en esta ocasión la esperaron con paciencia y ella les ayudó y mostró a los lobos los círculos que Zeveín había formado, cómo los hombres se acomodaban estratégicamente en anillos uno tras otro, y mostró a los débiles en el centro y vieron los lobos que los fuertes estaban en el exterior y los débiles en el interior, y vieron a Htebsil con sus soldados, erguida, baja pero orgullosa y amenazante, clavándoles una mirada fría; aunque no entendieron la ciencia del arco y la flecha, lo que tanto daño les había hecho, por eso menospreciaron a Htebsil con sus soldados y el arco que tensaban.
Un aullido, el más fuerte que jamás se escucho en el bosque, sonó y rebotó desde de la montaña y resonó de nuevo, y más, muchos más aullidos se le unieron y el círculo de lobos nuevamente se cerró sobre el campamento, sin embargo todavía sentían algo en el aire y no sabían que era. El capitán lobo se vino al frente, cargaron de nuevo contra el pueblo, ahora sabían que solo tendrían que atacar a las primeras filas y olvidarse del resto.
-¡Con temple! Grito Zeveín, con temple y en el instante clavo su Vengasangre en el hocico de un lobo que se le abalanzaba, y el resto de las fieras cayó sobre los hombres, flechas se disparaban por doquier, pues la luz de la luna también favorecía a los arqueros; y las mujeres gritaron de horror al ver la sangre y despojos de los primeros caídos y los infantes lloraron con dolor, mientras se desarrollaba aquella batalla. Vieron los lobos que eran los arcos de Htebsil lo que los mataba en silencio y trataron de ir hacia ella y sus guerreros, pero Zeveín les cerraba el paso, y hombres caían defendiendo a los arqueros, pues eran una gran ventaja que tenían los luzavianos, aunque los lobos tenían la ventaja de los números.
Los momentos se alargaban, las envestidas no mermaban, los lobos parecían no disminuir y las fuerzas de los hombres no disminuían pero su valor si se estaba viendo agotado. Con cada hombre caído las esperanzas se caían también, y los primeros arqueros fueron atacados, luego de mucho intentarlo los lobos estaban logrando atravesar el anillo exterior y las posibilidades de sobrevivir se desvanecían, aunque los lobos caían a cada instante.
-¡¡Con temple!! Vino un grito desde los árboles del norte, -¡con temple! Y seguidamente vinieron de entre los bosques del norte Kcire, Zavel, Goz Lahúr, Lotoz, Inov, y Garnaz con todos los hombres que estaban en el frente, hombres de talla tan alta que las fieras ya los habían visto, pero no se habían atrevido a atacar abiertamente, pues eran astutas y no habían querido atacar por que sabían que muchas fuerzas se habrían perdido en un ataque contra esa compañía. Kcire y los hombres que ya Zeveín había dado por perdidos llegaron a socorrer al pueblo, los lobos los olfatearon, pero no sabían que eran ellos. Una nueva fuerza cayo sobre los lobos, y el pueblo se vigorizo mucho con la presencia de su rey. Y corrió Goz al lado de Htebsil para protegerla.
Zeveín seguía en pie luchando, los lobos eran muy grandes, pero ya habían caído muchos, y el ataque de Kcire los sorprendió y los confundió, pero el jefe lobo no se atemorizó y fue sobre Zeveín y consiguió morderlo, lo mordió tan fuerte que rompió la protección del cuello y lo hirió de muerte; pero Zeveín se había vuelto fuerte y orgulloso, aun agonizando dejó ciego al lobo con las puntas de su escudo y cuando este se retorció de dolor le ensarto la Vengasangre y lo decapitó, luego expiró. Así se consumó la venganza de Zeveín por la muerte de Ovein su hijo.
Y vino Kcire hasta el cadáver de su hijo abriéndose camino entre flechas, fauces y garras, y lo sostuvo en sus brazos, mientras era protegido por sus sirvientes, y lo lloró en su corazón, pero no tuvo lágrimas para él. Se levantó, tomó la espada de su hijo, la sostuvo con firmeza y siguió peleando. Un lobo se vino sobre él y apenas pudo protegerse con el escudo que había tomado de su hijo, contraatacó dando una estocada en el costado de la bestia y esta rodó y se arrastró hasta sus pies, y vio Kcire que tenia una cicatriz en un costado cerca de la que él le propinó y entendió que este era aquel lobo que había tomado la vida de Ovein hijo de su hijo, tomó la espada y lo decapitó, mientras el cuerpo del lobo se desangraba, una leve expresión de satisfacción se asomó en su rostro.
En el anillo interno ya había llegado lo sangriento de la batalla, una fiera ataco a Htebsil por la espalda, y Goz se interpuso con su escudo, la rechazo y mató de una estocada, pero quedo tirado y vino otra fiera y estando en suelo no pudo usar su espada, así que uso su cuchillo para atacar, la corto en el hocico y se disponía a darle muerte cuando una tercera fiera le mordió la mano donde tenia el cuchillo y luego lo mordió en el cuello, causándole la muerte, una flecha de Lotoz le dio muerte a la bestia, y una de Htebsil a la que estaba herida. Fueron estas las últimas fieras caídas dentro del campamento, vivieron lo suficiente para causar dolor al alma de Htebsil.
Se acercó Htebsil al cuerpo de Goz , yacía tirado en el suelo, sobre un charco de sangre, y se movía Htebsil con lentitud y sus brazos estaban temblorosos. Estaba Goz ataviado con traje de batalla, y su escudo le tapaba el pecho, el escudo con el que preservó la vida de la persona más importante para él. Al retirarle el escudo le encontró en su mano una flor que nunca había visto, su hermosura era solo comparable a la belleza de la doncella para quien la había traído, solo él supo de donde la tomó y no pudo entregarla. Tan fuertes eran los brazos de Goz Lahúr y sin embargo la flor estaba intacta, pero si no la hubiese llevado, pudo haber empuñado mejor el escudo y no habría muerto, pero para él, el presente era tan valioso que valió arriesgarse y eso le costo la vida. Htebsil no pudo más, desde muy niña había perdido el hábito de llorar, pero estas lágrimas venían de lo más profundo de su corazón, le brotaron y no pudo contenerlas más, rompió en llanto, llanto amargo, amargo e inconsolable, inconsolable y desgarrador, descorazonador. Pasarán todas las generaciones y no habrá jamás palabras para describir el dolor de Htebsil.
La entrada al Valle Rojo
Por fin terminó la guerra con los lobos, y ninguno de ellos pudo escapar desde que apareciera Kcire y los atacara por sorpresa. Lloró el pueblo, y se lamentó en gran manera por la muerte de Zeveín, Goz , y muchos otros valientes que perecieron ese día, acompaño el pueblo a Htebsil en su dolor y hubo luto durante una semana y no viajaron. Pero a Kcire y al resto del pueblo les quedaron legados que pasarían de generación a generación, y marcarían el destino los luzavianos hasta el fin de sus tiempos, la estrategia para la guerra, el coraje, el valor y el arte de las armas y las defensas.
Apenas hubo pasado la semana de luto, puso Kcire al pueblo en marcha, pues los días de sol se estaban terminando, el bosque se empezaba a deshojar con mayor rapidez y pronto ya no darían sombra, el frío se acrecentaba cada día más y con mayor rapidez. Soplaba viento muy frío desde el norte arremetiendo sin misericordia sobre los conquistadores, los golpeaba con fuerza e intentaba amedrentarlos, pero la marcha era firme y no retrocedían, la nieve los alcanzo y apenas pudieron seguir avanzando, rodeando la montaña, buscando el camino más seguro y más fácil de tomar, hasta que encontraron un camino seguro en el lado norte de la montaña .
Finalmente, después de meses de viajar asechados por las fieras del bosque, el hambre el frío y la desesperación, Kcire consiguió llevar a los luzavianos hasta la cima del Úzari. Caro, muy caro fue el viaje para los luzavianos; seis millares salieron de Costa Verde y muchos meses después, poco más de cuatro mil llegaron a la cima del Úzari.
Mucho aprendieron los luzavianos durante su largo camino, y mucho ganaron en conocimiento de arte y ciencia, pero también fue mucho lo perdido. Grande fue el dolor de Kcire al llegar a la cima sin su hijo y la pérdida del hijo de su hijo no le dolió menos, y tampoco fue insensible a la muerte de muchos de sus valientes en las garras de los lobos.
Al tercer día de haberse instalado en la cima del monte Úzari, salió Kcire de madrugada, en compañía de una docena de sus mejores hombres a explorar la ladera de la montaña, caminaron hacia el sur, pues el pico de la montaña era redondeado y muy ancho, y finalmente a la hora primera del nuevo día, cuando apenas salía el sol en el oriente, llegaron hasta el lugar de lo que sería el descenso, y alzó su vista Kcire y miró, observó con detenimiento en todas direcciones y no decía ni una palabra y los que lo acompañaban solo se miraban unos a otros con mucho asombro. Por fin habló Kcire, y lágrimas le invadieron los ojos que ya se le habían tornado rojos, y dijo en voz alta:
-Hijo, mi muy amado Zeveín, eras la vara sobre la cual esperaba afianzarme, pero me has abandonado… no has visto la tierra maravillosa que para tu pueblo has conquistado… los luzavianos con honores te recordaremos y te tendremos entre nuestras canciones, yo te juro que aquí se fundará mi reino y en honor a nuestro antepasado y en agradecimiento a ti será llamado Luzaveín el reino de mármol, y de la roca que nos sostiene será levantado, y en la roca viva será tallado para que sus días sean largos.-
Y contempló Kcire aquella tierra, y pudo ver que habían llegado a la cima de una montaña que formaba parte de lo que parecía un valle, y que el camino que habían tomado era en realidad el más adecuado, pues todos senderos que habían dejado de lado terminaban en montañas de picos muy pronunciados, con grandes velos de nieve que las cubrían y nubes que las envolvían, las abrazaban todo el día. No tendrían sol en esas montañas, a ninguna hora del día y la leña era escasa. Además Úzari estaba adentrada en la cordillera y dos montañas guardaban sus flancos y la protegían del viento frío. Y vio a su derecha, una gran muralla de montañas de rocas rojas infranqueables que se abrían y se extendían hasta perderse de vista, apenas y notaba que se iban cerrando hacia adentro, y vio que a su derecha sucedía lo mismo, por eso dedujo que habían llegado a un enorme valle. Abajo, desde el este, nacían múltiples riachuelos brillantes, cristalinos, que jugueteaban en la montaña, brotaban y corrían alegres sobre la roca desnuda saludando la mañana y el sol, luego se ocultaban rápidamente bajo la montaña para salir unas millas más adelante, se unían muchos de ellos poco a poco y tomaban fuerza hasta descansar en las serenas praderas del valle mucho más abajo.
El valle era verde, fresco pero no frío, con abundancia de agua y alimentos; un gran bosque lo cubría y no dejaba ver el suelo, el río iba a través de él, pasando de un lado a otro, todo lo regaba para luego descansar en un gran lago, pero Kcire y compañía no lo vieron, pues estaba lejos de la vista, aún para los luzavianos con su mirada aguda. El agua del río era muy fresca, pues venia desde los picos de las montañas, nacía en los deshielos que duraban todo el año. Una gran bandada de aves revoltosas y juguetonas en el viento, pasó sobre las cabezas de los viajeros dándoles la bienvenida al valle.
Vio Kcire que la montaña Úzari no tenia pendiente pronunciada en la cara que daba al interior del valle, y que el descenso sería muy fácil, el flanco de la montaña invitaba a quedarse, parecía haber sido tallada por gigantes, múltiples terrazas de grandes dimensiones se unían por pequeños caminos casi imperceptibles a la vista, como escalones para gigantes. Eso le dio la gran idea a Kcire y decidió fundar en el flanco mismo de la montaña el reino que había anunciado, y una leve sonrisa le invadió el rostro, mientras sus cabellos canosos bailaban en el viento, desde hacia mucho tiempo que no sonreía.
Esta fue la entrada de los luzavianos al valle bajo el mando de Kcire. Lejos quedaron las historias de Costa Verde, del país lejano y las historias de los caminos. Se fundó el reino, se extendieron los caminos, se levantaron las torres, los muros; y Kcire fundó un faro de granito detrás del palacio, en el punto más alto del reino y lo pintó de azul, dijo que esa obra perduraría tanto como el reino de los luzavianos.
Prosperaron mucho los primeros llegados, y sin saberlo vivieron muchos años siendo los únicos habitantes del valle.
Pero se volvieron fuertes y aprendieron el arte de las armas, como crearlas y como blandirlas. Las bestias y fieras del campo tenían en los luzavianos un manjar, sus carnes eran dulces y fáciles de tomar, pero solo al principio, antes de que crearan las espadas.
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