“El
huerto…”
El
camino que va desde la casa al huerto es una senda, estrecha y misteriosa,
sombreada por grandes avellanos y tilos. A los dos lados, parras, grosellas,
frambuesas y moras y algunas higueras y frutales hacen pared y juntan sus copas, dándole el
aspecto de un túnel, fuera del espacio y del tiempo…
Es
una hermosa mezcla de sensaciones… El olor de la “hierba luisa” que crece bajo las
sabinas…, el sonido mate de las pisadas en la tierra, el roce de los zapatos y
las bocas del pantalón con los tomillos y los romeros en flor…; y la luz… millares
de rayos de sol que, en las primeras horas del día, hacen brillar las gotas de
rocío como si de añicos de cristal se
tratara…
Tengo,
lo reconozco, una gran debilidad por el campo y la naturaleza…El mar, los
espacios abiertos, el cielo…Mi entusiasmo por esta forma de vida contagió a mi
mujer y hace casi treinta años que
decidimos venir a vivir, con nuestras dos hijas, a una parcela, cerca de la
ciudad.
Desde
entonces hemos dedicado, los dos, muchas horas y esfuerzo a organizar nuestro
trocito de cielo en la tierra…y también nos hemos divertido planificando y trabajando… carretillas de tierra para
arriba y para abajo…Aprendiendo a hacer “masa” trayendo y llevando piedras para
hacer los caminos…extendiendo “chinarro” con los rastrillos…
Me
gusta, cada noche antes de acostarme, dar
una vuelta por “los mojones” y disfrutar del silencio y de las sombras y contemplar
en la oscuridad las siluetas de los árboles, el cielo estrellado…, y escuchar
los mil sonidos del lenguaje de la noche.… Basta con sentarse en el tocón de un
pino de los que hubo junto a la casa y
que hace un tiempo cortamos porque en los días de viento peligraba la vivienda;
encender un cigarrillo y aguzar el oído...El canto del ruiseñor en un ciprés
junto a la fuente donde, año tras año cría…, el silbido de un mochuelo que
desde lo alto de un poste de la luz llama a su pareja…, la “musiquita” del aire
en la juma de los pinos; el aleteo casi
imperceptible del búho chico y de las lechuzas que salen de caza y …
Fue
Lucas, mi perro, un bretón español que compramos cuando vinimos a vivir al
campo y al que solo le faltaba hablar el que me puso sobre aviso…El lo sabía,
estoy convencido, y no mostraba el menor interés ni recelo por ello…,solo los humanos
somos tan torpes como para no darnos cuenta de ciertas cosas y tan soberbios
como para, aún dándonos cuenta, no aceptar lo evidente…
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Mis abuelos, por parte de padre, fueron
agricultores en el sur. “Parraleros”. Criaban uva de mesa para la exportación
allá por los años 40 y abastecían su casa de las verduras, hortalizas y frutas que cultivaban en las tierras fértiles de la
vega de un valle en las estribaciones de
la sierra de Los Filabres. Serón.
Era
emocionante cuando, en verano, íbamos allí a pasar el mes de agosto de
vacaciones. El viaje en tren de “tablas”, que marchaba con carbón, duraba casi
veinte horas y llegábamos más negros que “la tizne” por la carbonilla. Era una
hermosa aventura que nos permitía, a mis hermanas y a mi, vivir “asilvestrados”
todo un mes. Sin horarios ni
escuela; mi única “obligación”, desde que amanecía hasta el oscurecer, era
trotar por aquellos pagos con Manolo “Cascarillas”, mi amigo de aventuras, cazando
pájaros con el tirachinas y comiendo melones, higos y moras de los huertos
hasta, como pasó en alguna ocasión, ponernos malos… Disfrutando de los ricos
guisos de mi abuela y aprendiendo a “escuchar el campo”… Bueno, y a cavar
pimientos y atar tomateras y a sulfatar parras…. y a dormir en la era junto a
la “parva” en época de recolección, bajo un cielo lleno de estrellas y
escuchando las historias que contaban los lugareños... Todo aquello que viví en
mi infancia me hizo amar el campo y la naturaleza y sentirme parte de ella…y a darme
cuenta de que aún siendo “especial”, soy “un animalico más”, y a entender muchas cosas…
Ahora
cincuenta años después de aquellas correrías sigo pensando, como entonces, que todo
el mundo debería cultivar un huerto. Es hermoso y gratificante y, aparte del
ejercicio físico que siempre es bueno, enseña algunas cosas que poco a poco se
han ido perdiendo; la paciencia, la fe….y otras que los más observadores han
ido descubriendo con el tiempo y que, para no ser tachados de locos, callan …
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Desde
los ventanales del salón se ve la pequeña piscina que hay en el césped…parece
un lago. Estamos en junio y hay un cielo brumoso que amenaza lluvia. Estoy
sentado en el sillón de orejas con las ventanas abiertas…Lucas, está tumbado a
mi lado, todo lo largo que es, con la cabeza metida entre las patas delanteras
y medio dormido… Su respiración se agita,
gruñe un poco…está soñando…Luego lanza un suspiro y se vuelve a quedar
dormido…
Hortensia,
mi mujer está leyendo una revista en su sillón junto al mío. Alargo la mano y
cojo de la mesa camilla el libro que estoy leyendo…- “Puente al infinito” de
Richard Bach…-empieza a tronar….
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-Abuelo,
cuéntanos el cuento del “huerto” y de los girasoles…
-¡No
papá!- Era Marta mi hija mayor- No les cuentes esas historias a los chiquillos
que son muy pequeños… ¡y tú Elías deja en paz al abuelo…!
-¡Si,
yayo!, corearon Lucía y Natalia- “El del huerto”, que hace mucho tiempo que no
lo cuentas….y lo de Lucas…
-Dejad
al abuelo- terció Laura, mi otra hija…
Vivían
en un pueblo cerca de Madrid y cuando llegaba el verano, con sus maridos y sus
hijos venían de vacaciones. Aquí, en el campo los chiquillos se pasaban el día
“arrestrojaos”, comiendo, jugando y bañándose y riñendo… y “ayudándome” en los
trabajos del huerto. Por la noche, después de cenar, salíamos a tomar el fresco, junto a la piscina. Nos tumbábamos
en una “jarapa” en el enlosado y “panza arriba” mirando el cielo y contando
estrellas fugaces hacíamos los planes para el día siguiente…
-Mañana,
por la mañana, vamos a ir al huerto y vamos a sacar unas pocas patatas….que ha
dicho la abuela que va a hacer una tortilla…
-¡Vale,
abuelo! –Gritaban los chiquillos-
-¡Y
yo con mi carretilla voy a coger tomates!- decía Lucía-
Natalia
se tumbó encima de mí y acercó su boca a mi oído misteriosa y confidente…
-Yayo,
¿vamos al huerto ahora?...-sonrió maliciosa- ¡a ver lo de….!
-Díselo
a tu madre y si nos da permiso…
Natalia
se levantó. Fue corriendo a donde estaba su madre y le cuchicheó al oído… Laura movió la cabeza al tiempo que
sonreía…y le contestó…La niña vino corriendo hasta donde yo estaba y en secreto
dijo…
-Ha
dicho que vale, que mañana por la noche…
-Pues
díselo a tu hermana y a tu primo y mañana, después de cenar…. vamos.
A
la mañana siguiente, después de desayunar, como una expedición por el “camino
secreto” –como dice Elías- fuimos al huerto y estuvimos sacando unas pocas
patatas tempranas que los críos cargaron en sus carretillas de juguete y
algunos tomates y pimientos para la comida… Miraban las plantas y sonreían y
les pasaban la mano como quien acaricia un perro….
-¡Abuelo!...
reía-Lucía- tapándose la boca… y señalaba una mata de tomates, verde y hermosa-
mientras arrancaba con sumo cuidado un tomate rojo como la grana…
El
día transcurrió entre baños, juegos y miradas de complicidad sobre la excursión
que estábamos preparando. Comimos a la sombra de los prunus rojos, junto a la
piscina y después “todo el mundo a echar la siesta” en las frescas habitaciones de la casa.
-Esta
noche abuelo.., ¡eh?- Elías estaba emocionado-
-Si,
pero ya sabes, no se le puede contar a nadie…
-¡Vale!...-
se le reían los huesos-
La
verdad es que nunca pensé que algún día compartiría con mis nietos la
experiencia de aquella noche de primavera, cuando paseando con Lucas aprendí lo
que nunca olvidaré y espero que ellos tampoco…
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Después
de cenar llegaron los nervios…
-Elías,
Lucía… Natalia… ¡Vamos, vamos, vamos que…
-¡¡¡Nos
vamos!!!, - contestaban los críos a coro...- ¡Era la señal!
Risas
contenidas, dedos puestos en la boca pidiendo silencio…, linternas que se
encienden y se apagan para comprobar que funcionan…
Salimos
por la puerta del porche que está junto a la cocina. Pasamos por debajo de la
carrasca grande,… las sabinas y por el “camino secreto” del túnel…al huerto.
Al
llegar a los bancales cogí en brazos a Natalia. La pequeña temblaba. Hablé en
voz baja a Elías y Lucía y les dije que se sentaran en los tocones de pino que
tenía puestos para descansar de la faena cuando iba con ellos a recoger la
hortaliza.
No
hubo que esperar mucho…Pasamos unos minutos en absoluto silencio y, poco a
poco, empezó el rumor…Al principio era como un zumbido casi imperceptible que
poco a poco iba subiendo de intensidad hasta convertirse claramente en voces…, cientos
de conversaciones a la vez….
Y
volvieron a mi cabeza los recuerdos y
las emociones de aquella noche de primavera…
-¡Yayo,
yayo, ya empiezan!...-era Elías-
-¡Mira
abuelo! –Lucía, asombrada, se tapaba la boca con la mano para que no se oyera
la risa…- y Natalia se agarraba a mi cuello con un poquito de miedo ante la
situación…
-No
pasa nada- les dije- Ya os lo he contado en alguna ocasión…Nunca lo habías
visto, pero…ahí está…
De
vez en cuando encendía mi linterna y enfocaba a las plantas y los niños
boquiabiertos miraban y reían…
-¡Mira
abuelo!-insistía Natalia- Mira como se mueve y acerca las ramas… ¿Puedo
tocarla?
-Claro…-y
la niña, despacito, alargaba la mano con su dedo índice estirado hasta casi a tocarla y luego, riendo a carcajadas, lo
retiraba a toda velocidad como si temiera el contacto…
El
cielo, las sombras y Lucas, al que cuando murió de viejo enterré al pié de una
sabina junto al huerto, fueron testigos
de todo lo que ocurrió aquella noche.
……………….
El
camino de vuelta por el túnel fue una algarabía. Luces de linternas, risas,
gritos y algún tropezón por las prisas en llegar al enlosado…
-¡Mamá,
mamá!, -era Elías- las tomateras del abuelo están vivas y hablan…
-Pues
a mí-decía Natalia- una tomatera me ha dicho que está contenta de vivir en el
huerto del abuelo… y que mañana me dará un tomate rojo, rojo…
-¡No
tienen boca, mamá, pero hablan…! -Lucía estaba espírica-
Mis
hijas, que hacía años vivieron la misma experiencia, reían a carcajadas viendo
la emoción y los nervios de los
chiquillos que se trabucaban al hablar tratando, atropelladamente, de contar
cada uno, antes que los demás, lo que había vivido un momento antes en el huerto….
………………………………………….
-Otro
día decidle al abuelo que os cuente lo de los “girasoles”… -Oigo la voz de mi
mujer que al frente de la comitiva que lleva a los críos a dormir les está dando
pié para que esta noche sueñen con lo que han vivido -
-¡Si
abuelo!, cuéntanoslo…-Elías se asoma a la puerta del porche que da al enlosado…
-Mañana,
Elías, mañana…, Ahora a dormir, ¡que viene la tomatera y…!
-Vale,
abuelo…- se acerca, me da un beso y se marcha dando saltos y riendo.
Solo,
tumbado en la “jarapa” mirando el cielo; Peter Tompkins- “La vida secreta de
las plantas”- “Programar semillas antes
de sembrarlas…”, Trabajar la tierra con las manos… “El experimento de los girasoles”…
Mas
recuerdos… y la imagen viva,- como si los estuviera viendo ahora delante de mí-de
aquellos girasoles de más de tres metros de altura, con un pié de quince
centímetros de grosor y una torta de cerca de un metro de diámetro de grande….
-
Mirad niños, -grité-¡Una estrella fugaz!..¡y otra..!, ¡y otra…! ¡Pedid un
deseo!
No
me oyen, se habrán dormido….Mañana será otro día… ¡Gracias, Dios, por el día de
hoy!
-¡Amén!-
contestó mi mujer al tiempo que me
recriminaba- ¡y no hables tan alto que los críos están dormidos!…
©isidromartínezpalazón.
Junio 2009-06-05