El típico escritor de novelas ha
tratado casi siempre de expresar sus historias con el mayor realismo posible.
En ocasiones se acerca mucho a la verdad diaria, incluso se escriben las
propias experiencias, pero siempre hay partes en el relato trastocadas y
manipuladas.
Yo represento a la nueva generación de
escritores, yo soy el primer seguidor y, por razones obvias, probablemente sea
el último. Mi nuevo método es tan simple y fácil que parece mentira que a nadie
se le haya ocurrido antes. Si hasta el momento, el escritor realista escribía
lo que le había sucedido, o lo que perfectamente le podría suceder, ahora se
invierte el proceso: yo trato de que me suceda algo para describir cómo me
siento.
Dicho en palabras más precisas,
manipulo cruelmente mi vida para luego explicar las sensaciones que he
obtenido, sensaciones que en la mayor parte de los casos (por no decir todos)
se basan en un angustioso sufrimiento, no tan real como la vida misma, sino la
vida misma en sí.
Pero vayamos al grano, éste, el mío, es
un caso que puede parecer otro más para el que lee, pero que ocupa la totalidad
de mi vida.
Primero explicaré quién soy yo, y luego
mi situación.
Soy inteligente (sin apena esfuerzo he
conseguido matrícula de honor el COU), las chicas dicen que muy atractivo y
guapo. Mi familia es envidiable, pues todos nos llevamos perfectamente. En mi
hucha tengo dinero para salir de fiesta y para, de vez en cuando, permitirme
algún caprichito (modesto, pero caprichito).
La situación es también bastante fácil
de comprender. Hace poco más de seis meses, empecé a salir con una chica (que
estaba coladita por mí), con el objetivo de olvidar a otra anterior. Con el
paso del tiempo, me fui enamorando de ella. Mucho. Hace poco menos de tres
meses, hice una de las mayores jilipolleces de mi vida, mi chica se enfadó
conmigo, y decidió que lo dejáramos para un tiempo.
Con altos y bajos, durante el tiempo
que no hemos estado saliendo, no hemos perdido contacto. Quedamos como amigos,
y hasta hace poco ella no abandonaba la posibilidad de volver a salir. Hace dos
semanas, estuvimos a punto: decidimos probar a enrollarnos… y a ambos nos
gustó. Pero días después surgió la gran sorpresa: decidió que ya no volveríamos
a salir.
Desde que cortamos hasta que me dijo
esto último, he estado cortejándola continuamente, confesándole lo enamorado
que yo estaba… lo peor es que ella nunca ha negado que me quería, la gran frase
que me repetía era: “yo te quiero mucho,
pero estoy hecha un tremendo lío y necesito tiempo”. Mi mayor defecto (o mi
mejor virtud) es la impaciencia… pero jamás he perdido la esperanza.
Le he pedido salir muchas veces, y
siempre me contestaba lo mismo. Últimamente su argumente es que, a pesar de que
yo he sido el chico de su vida, no está preparada para salir ni conmigo ni con
nadie.
Después de que rompiera mis esperanzas
de volver a salir con ella, estuvimos una larga semana sin hablarnos, pero a la
siguiente volví a atacar, y conseguí hablar cara a cara con ella… para volver a
pedirle salir. Lo bueno que saqué de tal conversación es que le gusto
físicamente y que había llegado a estar muy arrepentida de querer romper
relaciones definitivamente. Me dijo que se lo iba a pensar y que ya me
llamaría. Lo malo es que siempre me ha dicho lo mismo, me he hecho ilusiones y
luego me ha roto totalmente, sumiéndome en sucesivas depresiones. Pero esta vez
iba a ser la última, si me decía de nuevo que no, no se lo volvería a pedir,
porque pasaría de ser un enamorado a un psicópata pesado.
Ayer, aún no sabía la respuesta, aceptó
venir con mis padres y mi hermana (vino porque son bastante amigas) a la playa.
Era mi gran oportunidad de convencerla… pero las cosas no salieron bien. Y no
salieron bien porque se notaba que trataba de evitarme, más que nada para no
hacerme daño cuando me dijera el no definitivo… yo lo intenté, pero no pude
conquistarla.
Ahora tengo su respuesta. Me la ha
escrito en una carta que tengo al alcance de mi mano, pero que aún no he
abierto. Tengo miedo de abrirla y confirmar la respuesta. Ya no siento ni
curiosidad, porque sé lo que dice… aunque bien pensado, no sé cómo lo dice.
De todas formas, como buen enamorado,
siempre tengo en cuenta las improbabilísimas posibilidades de que todo salga conforme
he soñado. La duda está ahora en cómo reaccionaré ante su nueva y última
negativa, y en eso estamos, por esa reacción estoy escribiendo esto: me
deprimiré, me dará igual porque ya la conocía, me enfadaré con ella, me
alegraré…
Es curioso tratar de imaginar cómo me sentiré yo mismo ante una
respuesta que ya sé, pero que todavía no me han dado.
Dentro de breves momentos abriré tan dichosa misiva, de la que se
supone que depende mi determinada vida. Cuando lo haya hecho, escribiré mi
reacción… claro que siempre cabe la posibilidad de que mi depresión sea tan
profunda que no me encuentre ni con ganas de escribir (lo cual no sería la
primera vez que sucede).
Sólo quiero que el lector trate de imaginarse mi situación; que
trate de leer esa carta… y cuando lo haya hecho, que siga leyendo mis líneas.