Robarle
un beso a una mujer casada o comprometida, es algo que siempre me resulto
sumamente excitante. Aprovecharme de manera despiadada, encontrar el momento adecuado
para hacer de la manipulación, un arte.
Percibir
la vacilación, oler la duda y el resquemor, y atacar ferozmente, poner contra
las cuerdas a una doncella que se ufana de su ilustre enamoramiento, que
alardea una felicidad utópica, que ensaya una satisfacción de telenovela, que
moldea su autoestima intentando ensancharla, pero solo logra deformarla,
desquebrajarla, desgarrarla, arruinarla y por fin…eclipsarla.
Ahí
es cuando encuentro mi ventaja, y se despliegan mis tentáculos, y me regocijo
en su incertidumbre y me elevo, me elevo a la estratosfera de mi ego.
Y
entonces, hambriento y pecaminoso, me zambullo entre sus labios y acorralo su
culpa, impidiendo su aliento, asfixiando su pesadumbre, y no me detengo, me
inundo de ella y de su pecado, y de su miedo y enciendo su excitación al rojo
vivo y forjo su lengua y su deseo a mi antojo.
Y viendo
como su libido se expande y se dilata como un corazón desesperado, me adueño de
su alma y la recorro por dentro, y lo
veo todo claramente.
Entonces,
la hago erizar, estremecer, acalambrar, y como un estampido de gracia,
trasformándome en un oráculo perverso, le muestro lo que fue antes, lo que es
ahora, y lo que “podría” ser después. Y degusto sus lagrimas, satisfecho,
rozagante, orgulloso y engreído…
Y
luego de un tiempo, cabalgando en la obviedad, vuelve por más, pero no me
encuentra, porque estoy lejos, porque no me interesa, porque ya no hay pecado
para cultivar ni culpa para pervertir…