5 RELATOS DE 150 PALABRAS
LA EDUCACIÓN Y LA ENSEÑANZA HACE VEINTE AÑOS
La regla del maestro se quebró contra la mesa. Mi mano fue más rápida, pero la represalia sería peor según me auguraban las risas de mis compañeros de clase. Aún no sé dilucidar si el acto de apartar mi mano fue un reflejo instintivo ante la perspectiva del dolor físico o, por el contrario, se trató de una simple muestra de rebeldía. Por entonces, contaba con diez años, edad de travesuras. La furiosa mirada de Don Teodosio junto con el cambio de color de su rostro, del oliváceo pálido al rojo volcánico, bastó para ofrecer mi sumisión y aceptar el castigo, con los brazos en cruz y de espaldas a la clase, soporté el peso de un par de gruesos libros de texto.
Ahora, lustros más tarde, cuento con orgullo mi hazaña. Y puedo presumir de superar con creces la EGB, y de no adolecer de ningún tipo de trauma.
DECEPCIÓN CON LOS REYES MAGOS
Martín había dejado muy claro en la carta de los Reyes Magos lo que deseaba para tal efemérides: el súper casco de juegos virtuales Realidad Fantástica 3000. Con él, podría meterse en la piel de Fernando Alonso o de James Bond, y ser campeón del mundo de Fórmula 1 ó el mejor agente 007 de todos los tiempos. “Este año no me he portado mal. Me lo merezco. Espero que no me decepcionen”, se decía Martín auto-convenciéndose de su expectativas. Sin embargo, la dulce mañana de Reyes se transformó en agria madrugada cuando, tras desembalar su regalo, descubrió un puzle de 500 piezas del Pato Donald. “¡Serán estúpidos! Para eso me molesto en sacar buenas notas”, blasfemó Martín tras la sorpresa. Lo que no sabía es que su padre se encontraba, en la habitación contigua, tratando de adelantar a Louis Hamilton a 3 vueltas del final del Gran Premio de Mónaco.
HACIA LA CUMBRE
La llanura se extendía como un mar verde ante mi mirada. El viento mecía los tallos de cebada y dibujaba olas de vegetal sobre el terreno; pero yo no quería campos lisos, yo buscaba montañas. Montañas tan altas que atravesasen las nubes. No iba a parar hasta encontrarlas. Necesitaba hablar con Dios. Era cuestión de vida o muerte, y Román me dijo que si subía muy alto lo encontraría, que habitaba en todas aquellas montañas que tocaban el cielo, y la montaña que se elevaba frente al patio de mi casa era verdaderamente imponente; hasta tocaba las nubes, sobre todo cuando estaba nevada. Hoy no era el caso. Era primavera. Mejor así porque no pasaría frio al alcanzar la cumbre. Era imprescindible llegar para que Dios me escuchase bien. Mi mamá estaba malita y pretendía hacerle saber que no quería que se la llevase. Yo la necesitaba más que él.
EL HOMBRE NO SÓLO PONE CEPOS PARA RATONES
―No creo que sea tan grave saltarse la alambrada. Solamente es un campo ―me dijo mi amigo Alí.
Se me adelantó en fugaz carrera hacia el abeto mientras yo contemplaba sus espaldas alejándose vertiginosamente. Quién iba a sospechar que en una competición el ganador podría ser el perdedor. Así fue, cruelmente para Alí, en esta ocasión. La escena se me quedó grabada, a cámara lenta, de por vida: cuando una distancia de diez metros nos separó, pude percibir el débil sonido de un clic seguido del estruendoso estallido de lo que, más tarde, supe que era una mina anti-persona. La imagen del despedazado, ensangrentado y exánime cuerpo de mi amigo no se me olvidará jamás. No alcanzó el abeto, pero la ventaja que consiguió sobre mis pasos me salvó la vida.
Si esto es lo que es capaz de hacer un hombre, no entiendo el significado de la palabra “humanidad”.
LA CALIDEZ DEL HOGAR MATERNO
Cuando uno vuelve a casa después de ocho horas subido en el camión de la basura, es muy raro que su aroma corporal desprenda fragancia de rosas. La rotunda sensatez del argumento impide, por tanto, que comprenda la pertinencia de las críticas de mi madre cuando aparezco por la puerta aún sin asear.
―¡Hueles peor que un bidón de leche agria con mofetas! ―me achaca cruelmente.
―¿Qué esperas?...Vengo de trabajar. Dame tiempo a ducharme.
―Espero que busques un trabajo de traje. Para algo te pagué la carrera ―continúa su tortura psicológica.
Estudié empresariales. Todavía no sé si me arrepiento, ya que a mí me gustaba la Historia, y con Empresariales tan siquiera he conseguido un trabajo ni para grapar documentos.
―¡Es que tienes menos sangre que un zombi con leucemia! ―persiste ella, atroz contra mi orgullo.
―Un día de éstos agarro la maleta y me largo ―suelo amenazar yo.
―Ese día me harás feliz, hijo mío.
Sé que tiene razón, pero se está tan bien en casa.
LARGA TRAVESÍA DE UN PEÓN DE NEGRAS
«El destino baraja y nosotros jugamos», filosofaba el muchacho con la mirada clavada en la luna.
Se llamaba Ismael para su familia y amigos; Ismael Torres García para los profesores del instituto, y“El conguito” para gran número de compañeros de clase que solían burlarse de él.
Era un chico de un extenso pueblo de Albacete, con diecinueve años de edad, robusto y de talla proporcional a su corpulencia, alrededor de un metro ochenta. Su piel se teñía de un color tostado que, bien mirado, mejoraba un pelín su corriente atractivo, pero que tras varias apreciaciones con malicia, había servido de base para que se inventaran su mote en el instituto. Al principio, le disgustaba sobremanera, mas pronto aprendió a mostrarse indiferente, por la cuenta que le traía.
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(Éste es el comienzo de una conmovedora novela. No hace falta que la compres. Pídela en tu librería. No te arrepentirás.)