"" CONSAGRADA ORUGA "" (Escrito por JOEL FORTUNATO)
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Una vida en la encrucijada, CapituloIII

Autor/a: Santonio
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 27/02/2009
Leído: 1235 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

Nos despedimos del trabajo y nos subimos al tren, muy ligeros de equipaje: tan sólo la ropa que vestíamos, ya que no había mucho más que llevar.

En busca de un futuro mejor.

 

 

Nos despedimos del trabajo y nos subimos al tren, muy ligeros de equipaje: tan sólo la ropa que vestíamos, ya que no había mucho más que llevar.

 

Después de todo un día de viaje y en uno de aquellos trenes antiguos de vapor, arribamos cansados y sucios de carbón a la comarca en la que nos habían ofrecido el trabajo, un pequeño pueblo situado en la provincia de Granada; este pueblo distaba de nuestra tierra de origen unos doscientos kilómetros.

 

Apenas habíamos puesto un pie en la estación,  cuando vimos que nos estaban esperando los dueños de la finca que nos ofrecieron para trabajar en arrendamiento. Saludaron a mi padre con un fuerte apretón de manos, y antes de desplazarnos para que pudiéramos ver el terreno y nuestra futura casa, nos invitaron a comer en un pequeño hostal del pueblo. Creo que lo hicieron porque  era la hora de comer y el calor era abrumador, pues el trayecto se debía hacer a pie y ello nos llevaría aproximadamente una hora de camino.

Recién comidos - como quien dice - emprendimos la marcha, rumbo a la casa en la que íbamos a vivir. A todos nos causó buena impresión: amplia, muy bien cuidada, situada en medio de la finca y con abundantes árboles frutales a su alrededor. La verdad es que nos pareció un palacio al lado de la que dejamos atrás.

 

En cuanto a la hacienda, tenía unas setenta hectáreas. Algunas de ellas se podían regar, y no faltaban las ovejas, cabras, y caballos; lo suficiente para trabajar los cuatro y no pasar hambre, como en la parcela que dejamos atrás en nuestra tierra de origen.

 

Con el contrato de arrendamiento que se firmó, la mitad de los beneficios sería para nosotros y la otra para el dueño. Mi padre consideró que era un poco abusivo, pero terminó por ceder, ya que pensó que, a pesar de todo, las condiciones eran mejores que en las que nos encontrábamos antes. Eso sí, tendríamos que hacer un esfuerzo y trabajar duro.

 

En los dos primeros años nos esforzamos al máximo en el trabajo, y creo que mereció la pena: no nos faltaba para comer gracias a nuestro sacrificio. Sin embargo, la mala situación familiar continuaba igual, los malos tratos siguieron, y por el mínimo motivo recibíamos sus caricias. Una cosa es el amor y el respeto que se siente hacia un padre, y otra bien diferente es tenerle miedo.

 

Por este tiempo Elena ya tenía diecisiete años y la podría describir como una mujercita alegre, pues a pesar del drama que se vivía en casa, nunca le faltaba la sonrisa para con los demás. Era de estatura alta y ojos azules, contorno bien marcados y delgada. Mi hermana era muy bella, y no era de extrañar que los jóvenes de su edad se fijaran en ella.

Elena siempre tenía que pedir permiso a nuestro padre para poder salir con un muchacho, pero normalmente casi nunca se lo daba, ya que  él pensaba que lo único que hacían los jóvenes era golfear y por lo tanto, no le permitía que a su edad estableciera una relación de compromiso. Creo que estaba celoso de su hija, dado el gran parecido con mi madre, y su único objetivo era que la supliera en las tareas del hogar.

 

Al final pasó lo que era de esperar; mi hermana no pudo aguantar más las duras exigencias de mi padre, y un día - sin  permiso - se fue con un grupo de amigos a las fiestas patronales de un pueblo vecino.

Nunca pude olvidar ese día; cuando echó de menos a mi hermana, perdió el control de sí mismo y vociferaba como un perro rabioso: “¡La mataré!”. Como un loco salió en su busca por el pueblo, preguntando a todo aquel que se cruzaba en su camino si había visto a su hija, pero la gente lo ignoraba y nadie le daba razón de su paradero, ya que todo el pueblo lo conocía y sabían que éramos objeto de malos tratos.

 

Del regreso de Elena no desearía ni acordarme: mi padre, demencialmente enfurecido, se abalanzó con idea de matarla. No lo pensamos dos veces y ayudamos a nuestra pobre hermana, que en tan penosa situación se hallaba. Todos sabíamos del respeto que se le debe a un padre, pero también éramos conscientes de que mi hermana estaba en peligro y que debíamos evitar que se volviera a repetir lo de mi madre. Nuestra intervención dio lugar a que aumentara su agresividad, y al final todos salimos contusionados. Incluido mi padre.

Pero la peor parte de esta agresión se la llevó Elena, con una rotura de dos costillas. Esta lesión la obligó a un reposo absoluto en la cama durante un mes.

Mi padre, como siempre, después de las agresiones nos pidió que le perdonáramos, que los nervios le traicionaran, y que no se pudiera controlar.

 

Para la época actual, esto parece de película, porque hechos graves de maltratos como este - y más en los países democráticos - se pueden denunciar, pero en aquellos años de recién estrenada la dictadura, en España existía el ordenó y mando y el patriarcado absoluto del padre hacia su esposa e hijos, y se veía normal que pudiera pegarles, sin que los agredidos tuvieran posibilidad de denunciar estos abusos de autoridad. El poder del cabeza de familia sobre su esposa era absoluto, teniendo esta suprimida su libertad en beneficio del primero, pues ni siquiera le permitían tener en un banco una cuenta corriente a su nombre, y en caso de querer viajar al extranjero no podía hacerlo sin el permiso y firma de su esposo. 

 

Después de reponerse mi hermana empezamos una vida normal, si es que se podía llamar así al comportamiento de mi padre hacia sus hijos, pues poco le duraban sus promesas de cambio que nos había jurado después de la agresión a mi hermana.

Un día de aquellos y después de una discusión, Elena desapareció. Esta vez iba en serio, y por muchos años no la volvimos a ver. De nada sirvieron sus pesquisas ni sus denuncias tratando de buscarla, parecía como si la tierra se la hubiera tragado, y poco a poco fuimos asimilando su marcha.

 

Nuestro bienestar económico empeoró, y se notaba el gran vacío que dejó mi hermana: sobre todo en las faenas rutinarias del hogar. Aquí fuimos conscientes, y sobre todo mi padre, de lo que aportaba para el sostenimiento de la economía familiar, que nunca supimos valorar en su justa medida. En casa reinaba el caos y el desorden, ya que los tres nos veíamos impotentes para llevar a cabo las tareas del hogar después de regresar agotados de trabajar las tierras.

Para mí su ausencia fue muy dolorosa: aparte del cariño que se le puede tener a una hermana, Elena era como mi segunda madre; la lloraba en silencio sin que me viera mi padre y mi hermano Miguel, y siempre tuve la esperanza de que en cualquier momento aparecería.

 

Se iban sucediendo meses y la convivencia con mi padre iba de mal en peor. Por si era poco empezó a beber alcohol, aumentando más su agresividad, ¡cómo si nosotros fuéramos los culpables de sus problemas!, siendo yo el más afectado por ser el más indefenso. Pero con mi hermano se lo pensaba más y creo que por miedo, pues a sus diecisiete años era más corpulento que él, y se le habían desarrollado en exceso los músculos en los brazos, debido al duro trabajo repetitivo que realizaba en las labores del campo.

Mi subconsciente, no paraba de pensar en qué hacer para liberarme de aquel entorno de agresiones. No contaba con el calor ni el amor que un niño necesita de su madre y de su padre. Todo funcionaba al revés, sufriendo cada día más golpes y trabajando más horas: situación completamente inadecuada para un niño de temprana edad como lo era yo por aquel entonces.

 

Me propuse no sufrir más aquellos maltratos y esclavitud. Pondría todos los medios a mi alcance para salir de mi entorno familiar, y pensé que si Elena marchó, ¿por qué no lo iba hacer yo? Probaría otros caminos diferentes de los que hasta ahora había conocido. Aunque con sólo catorce años, ¿qué podría hacer yo?






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