En busca de un futuro mejor.
Nos
despedimos del trabajo y nos subimos al tren, muy ligeros de equipaje: tan sólo
la ropa que vestíamos, ya que no había mucho más que llevar.
Después
de todo un día de viaje y en uno de aquellos trenes antiguos de vapor,
arribamos cansados y sucios de carbón a la comarca en la que nos habían
ofrecido el trabajo, un pequeño pueblo situado en la provincia de Granada; este
pueblo distaba de nuestra tierra de origen unos doscientos kilómetros.
Apenas
habíamos puesto un pie en la estación,
cuando vimos que nos estaban esperando los dueños de la finca que nos
ofrecieron para trabajar en arrendamiento. Saludaron a mi padre con un fuerte
apretón de manos, y antes de desplazarnos para que pudiéramos ver el terreno y
nuestra futura casa, nos invitaron a comer en un pequeño hostal del pueblo.
Creo que lo hicieron porque era la hora
de comer y el calor era abrumador, pues el trayecto se debía hacer a pie y ello
nos llevaría aproximadamente una hora de camino.
Recién
comidos - como quien dice - emprendimos la marcha, rumbo a la casa en la que
íbamos a vivir. A todos nos causó buena impresión: amplia, muy bien cuidada,
situada en medio de la finca y con abundantes árboles frutales a su alrededor.
La verdad es que nos pareció un palacio al lado de la que dejamos atrás.
En
cuanto a la hacienda, tenía unas setenta hectáreas. Algunas de ellas se podían
regar, y no faltaban las ovejas, cabras, y caballos; lo suficiente para
trabajar los cuatro y no pasar hambre, como en la parcela que dejamos atrás en
nuestra tierra de origen.
Con
el contrato de arrendamiento que se firmó, la mitad de los beneficios sería
para nosotros y la otra para el dueño. Mi padre consideró que era un poco
abusivo, pero terminó por ceder, ya que pensó que, a pesar de todo, las
condiciones eran mejores que en las que nos encontrábamos antes. Eso sí,
tendríamos que hacer un esfuerzo y trabajar duro.
En
los dos primeros años nos esforzamos al máximo en el trabajo, y creo que
mereció la pena: no nos faltaba para comer gracias a nuestro sacrificio. Sin
embargo, la mala situación familiar continuaba igual, los malos tratos
siguieron, y por el mínimo motivo recibíamos sus caricias. Una cosa es el amor
y el respeto que se siente hacia un padre, y otra bien diferente es tenerle
miedo.
Por
este tiempo Elena ya tenía diecisiete años y la podría describir como una
mujercita alegre, pues a pesar del drama que se vivía en casa, nunca le faltaba
la sonrisa para con los demás. Era de estatura alta y ojos azules, contorno bien
marcados y delgada. Mi hermana era muy bella, y no era de extrañar que los
jóvenes de su edad se fijaran en ella.
Elena
siempre tenía que pedir permiso a nuestro padre para poder salir con un
muchacho, pero normalmente casi nunca se lo daba, ya que él pensaba que lo único que hacían los
jóvenes era golfear y por lo tanto, no le permitía que a su edad estableciera
una relación de compromiso. Creo que estaba celoso de su hija, dado el gran
parecido con mi madre, y su único objetivo era que la supliera en las tareas
del hogar.
Al
final pasó lo que era de esperar; mi hermana no pudo aguantar más las duras
exigencias de mi padre, y un día - sin
permiso - se fue con un grupo de amigos a las fiestas patronales de un
pueblo vecino.
Nunca
pude olvidar ese día; cuando echó de menos a mi hermana, perdió el control de
sí mismo y vociferaba como un perro rabioso: “¡La mataré!”. Como un loco salió
en su busca por el pueblo, preguntando a todo aquel que se cruzaba en su camino
si había visto a su hija, pero la gente lo ignoraba y nadie le daba razón de su
paradero, ya que todo el pueblo lo conocía y sabían que éramos objeto de malos
tratos.
Del
regreso de Elena no desearía ni acordarme: mi padre, demencialmente enfurecido,
se abalanzó con idea de matarla. No lo pensamos dos veces y ayudamos a nuestra
pobre hermana, que en tan penosa situación se hallaba. Todos sabíamos del
respeto que se le debe a un padre, pero también éramos conscientes de que mi
hermana estaba en peligro y que debíamos evitar que se volviera a repetir lo de
mi madre. Nuestra intervención dio lugar a que aumentara su agresividad, y al
final todos salimos contusionados. Incluido mi padre.
Pero
la peor parte de esta agresión se la llevó Elena, con una rotura de dos
costillas. Esta lesión la obligó a un reposo absoluto en la cama durante un
mes.
Mi
padre, como siempre, después de las agresiones nos pidió que le perdonáramos,
que los nervios le traicionaran, y que no se pudiera controlar.
Para
la época actual, esto parece de película, porque hechos graves de maltratos
como este - y más en los países democráticos - se pueden denunciar, pero en
aquellos años de recién estrenada la dictadura, en España existía el ordenó y
mando y el patriarcado absoluto del padre hacia su esposa e hijos, y se veía
normal que pudiera pegarles, sin que los agredidos tuvieran posibilidad de
denunciar estos abusos de autoridad. El poder del cabeza de familia sobre su
esposa era absoluto, teniendo esta suprimida su libertad en beneficio del
primero, pues ni siquiera le permitían tener en un banco una cuenta corriente a
su nombre, y en caso de querer viajar al extranjero no podía hacerlo sin el
permiso y firma de su esposo.
Después
de reponerse mi hermana empezamos una vida normal, si es que se podía llamar
así al comportamiento de mi padre hacia sus hijos, pues poco le duraban sus
promesas de cambio que nos había jurado después de la agresión a mi hermana.
Un
día de aquellos y después de una discusión, Elena desapareció. Esta vez iba en
serio, y por muchos años no la volvimos a ver. De nada sirvieron sus pesquisas
ni sus denuncias tratando de buscarla, parecía como si la tierra se la hubiera
tragado, y poco a poco fuimos asimilando su marcha.
Nuestro
bienestar económico empeoró, y se notaba el gran vacío que dejó mi hermana:
sobre todo en las faenas rutinarias del hogar. Aquí fuimos conscientes, y sobre
todo mi padre, de lo que aportaba para el sostenimiento de la economía
familiar, que nunca supimos valorar en su justa medida. En casa reinaba el caos
y el desorden, ya que los tres nos veíamos impotentes para llevar a cabo las
tareas del hogar después de regresar agotados de trabajar las tierras.
Para
mí su ausencia fue muy dolorosa: aparte del cariño que se le puede tener a una
hermana, Elena era como mi segunda madre; la lloraba en silencio sin que me
viera mi padre y mi hermano Miguel, y siempre tuve la esperanza de que en
cualquier momento aparecería.
Se
iban sucediendo meses y la convivencia con mi padre iba de mal en peor. Por si
era poco empezó a beber alcohol, aumentando más su agresividad, ¡cómo si
nosotros fuéramos los culpables de sus problemas!, siendo yo el más afectado
por ser el más indefenso. Pero con mi hermano se lo pensaba más y creo que por
miedo, pues a sus diecisiete años era más corpulento que él, y se le habían
desarrollado en exceso los músculos en los brazos, debido al duro trabajo
repetitivo que realizaba en las labores del campo.
Mi
subconsciente, no paraba de pensar en qué hacer para liberarme de aquel entorno
de agresiones. No contaba con el calor ni el amor que un niño necesita de su
madre y de su padre. Todo funcionaba al revés, sufriendo cada día más golpes y
trabajando más horas: situación completamente inadecuada para un niño de
temprana edad como lo era yo por aquel entonces.
Me
propuse no sufrir más aquellos maltratos y esclavitud. Pondría todos los medios
a mi alcance para salir de mi entorno familiar, y pensé que si Elena marchó,
¿por qué no lo iba hacer yo? Probaría otros caminos diferentes de los que hasta
ahora había conocido. Aunque con sólo catorce años, ¿qué podría hacer yo?