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Apenas
hacía un año desde el fatídico día que él médico me dio la noticia; las piernas
se me doblaron y me quedé sin palabras:
-
Amigo, sabes que tu vida laboral en las minas te ocasionaron daños
irreversibles en tus pulmones, desde que se te diagnostico la silicosis hasta
el día de la fecha, tu enfermedad ha progresado mucho. Yo como profesional de
la medicina he de decirte la verdad, en este estado no aguantarás mucho tiempo,
pero si pones algo de tu parte podrás vivir unos años más. Los tienes llenos de
plomo y la medicina hoy por hoy no da para más, pero en la ciencia nunca se tiene la última palabra, y mañana,
¿quién sabe? Cuando tengas dificultades para respirar se te puede ayudar con
oxígeno, vas a tener días que te va a doler el pecho, pero te recetaré
calmantes que te ayudarán; será mejor para ti el alta, ya que este tratamiento
igual lo puedes hacer en tu casa, sin necesidad de que estés hospitalizado
Desmoralizado
por esta noticia tan drástica para mí, coincidí con el doctor que en casa
estaría mejor que en el hospital. Me dirigí al pequeño piso que en su día compre
en las afueras de Barcelona, gracias a la indemnización que la empresa me tuvo
que pagar, cuando me detectaron la enfermedad que contraje en las minas, El
piso, aunque un poco pequeño, era cómodo y estaba bien amueblado. Disponía de
un espacio de 65 metros cuadrados, más
que suficiente para una persona sin familia - mi propio caso y casi me venía
grande -, además, tenía dos habitaciones amplias y un comedor espacioso, cocina
y aseo; toda la fachada daba a una calle y en mis ratos de ocio observaba desde
el balcón cómo iban pasando los viandantes como si siempre tuvieran prisa.
A
pesar de mi situación y dentro de mi desgracia, supuse que estaría bien
atendido por mi nueva vecina: era una buena enfermera y llevaba varios años sin
ejercer desde que perdió su trabajo. Por supuesto que no lo haría gratis, pero
para mí no era problema: gracias a mi pensión disponía de recursos para pagar
sus servicios. Y en efecto, llegamos a un acuerdo con su salario sin problema por
mi parte, teniendo en cuenta mi situación, su disponibilidad fue inmediata.
María
era quince años menor que yo, separada y sin hijos, su estatura era más bien
alta – metro setenta y dos, calculé – y su cuerpo era más bien delgadito, de
contornos bien formados, ojos grandes color miel, pelo largo castaño oscuro,
cara redondita sonrosada, labios sensuales. Una de las cosas que más gustaba, no
faltarle nunca su bonita sonrisa. En una palabra: bien se podía considerar una
mujer agraciada.
Aparte
de su belleza, su situación de inactividad era una baza que jugaba en mi favor
para contratarla. Al no tener responsabilidades familiares disponía de tiempo
suficiente para ocuparse de mí.
Transcurrido
tres meses que contraté sus servicios mi satisfacción era muy buena. Además de
tratarme muy bien como profesional, era cariñosa y amable conmigo, y hasta se
ofreció para realizar las tareas del hogar.
A
la hora de pernoctar siempre se despedía de mí con una bonita sonrisa al mismo
tiempo que decía: “¡hasta mañana y que
tengas un dulce sueño José!”.
Entre
las dos viviendas la distancia era relativamente corta, y siempre llegaba a mi
casa antes de que me despertara. A pesar de todo, una noche ocurrió lo que
siempre temí: me puse tan malo que pensé que había llegado mi última hora,
sentía dolores en el pecho y no podía respirar ni con ayuda de oxígeno. Intenté
llamar por teléfono a mi enfermera, pero no tuve fuerza para hacerlo. Solo, en
aquella situación angustiosa, aguanté hasta el día siguiente como pude. Ella, al
verme en un estado tan precario, se alarmó mucho y avisó al médico. Éste me
recetó unos antibióticos y empecé a sentirme mejor. Lo había pasado tan mal,
que estuve por comentarle si se podría quedar por las noches en casa, pero
pensé que esto sería pedir demasiado y no me atreví a tanto. Una cosa era ir y
venir cada día para cumplir con su trabajo, y otra quedarse a vivir conmigo: la
gente iba a pensar mal, así que desistí de ello. María pareció intuir lo que
estaba pasando por mi mente cuando, sin más, me miró a los ojos fijamente y me
dijo:
- José,
por qué no hablamos y tratamos de dar una solución a tu problema No te
encuentras bien y de noche no me gusta dejarte solo. He pensado si sería
posible quedarme definitivamente en tu casa, tienes espacio y una habitación
libre, y para mí no va a suponer problema. Sé que eres muy comedido y que me
dirás que no por mi reputación, pero yo nunca tuve perjuicios por lo que otros
digan o dejen de decir y, ahora, en este momento lo único que me importa es tu
salud.
No
me lo podía creer, sus palabras fueron lo mejor que pude oír en mi vida.
Además
de cumplir bien su cometido, era una mujer agraciada y tierna, en mi vida solo tuve
un amor que por razones del azar disfrute por poco tiempo. Desde entonces no
tuve cariño, ni suerte con las mujeres. No porque fuera desagradable o feo ante
el sexo opuesto, sino lo contrario. Siempre me consideraron una persona
simpática, con sentido del humor y agraciado. Creo que mis rasgos se podrían
encuadrar en una persona normal, estatura más bien alta, delgada, pelo rubio y
ojos verdes como mi madre. No obstante, a pesar de mi buen físico nunca tuve
una pareja estable, mis únicos contactos fueron como hoy en día se dice para
hacer el amor. De estos contactos, dos de ellos fueron traumáticos para mí, el
primero, se aprovecharon de mi adolescencia para manipularme y conseguir unos
objetivos concretos, el segundo, ¡mi único amor! fue fugaz en el tiempo, ya que
el destino me lo impidió disfrutar. Pero esto lo dejaré para un capítulo
aparte, ya que por su importancia para mí, creo que bien lo merece.
Me
vi en la obligación de imponerme que no debería encariñarme más de lo necesario
con esta mujer: era una buena profesional y sólo hacía su trabajo. Que me
demostrara cariño no quería decir que sintiera algo por mí, únicamente cumplía
con su deber.
Solo
había transcurrido un año desde que empezó a vivir en mi casa, y me di cuenta de
lo mucho que significaba para mí. Mis ojos me delataban, estaba enamorado, y lo
más delicado para mí, que ella se había percatado de ello. El día de su cumpleaños
le hice un obsequio: me lo agradeció con una cena especial que ella misma había
preparado. Cenamos y reímos contando chistes, y lo pasamos muy bien. Como
postre, nos dimos un beso en los labios, al mismo tiempo que levantábamos
nuestras copas brindando:
-
María es mucho lo que tengo que agradecerte, ¡que seas muy feliz! y que cumplas
muchos años.
Después
de darme las gracias me miró fijamente a los ojos:
- ¡José
soy mujer, y las mujeres intuimos muchas cosas en los hombres! Es como si
tuviéramos un sexto sentido. Te veo muy cambiado, tus ojos te están delatando,
¿qué te sucede? ¡Dime la verdad!, sé que el cariño que sientes por mí, va más
allá del que yo te ofrezco por razones de mi trabajo. ¿No te habrás enamorando
de mí?
Era
lo que temía, había descubierto los sentimientos que siempre traté de ocultar.
Mi corazón se aceleró aumentando mis pulsaciones, y por un momento me quedé sin
pronunciar palabra. Con mucha dificultad balbuceé:
- ¡Así
es María! Ya ves que nunca te quise decir nada, yo solo lo sufrí. En mi situación
no tendría que haberme enamorado, soy un enfermo terminal, y veinte años mayor
que tú. Es un amor imposible, pero no lo he podido evitar, perdóname.
- ¡José,
en este caso deberíamos perdonarnos mutuamente! Si es que se tiene que perdonar
por amar. Está claro que los dos nos hemos enamorado como dos adolescentes y
que el amor no tiene edad.
Ante
aquellas palabras tan dulces, nuestras miradas se cruzaron y nos besamos
ardientes de pasión. Lloramos como dos niños y acabamos en la cama haciendo el
amor. Hablamos de formalizar nuestra situación casándonos lo más pronto posible.
Siendo conscientes de mi esperanza de vida, viviríamos nuestro amor
intensamente. Pero antes de unirnos en matrimonio, había algo en mi vida que mi
prometida debía saber. Le pedí que me escuchara y me dispuse a explicarle todo
mi pasado. Ella me volvió a besar y su contestación a mi deseo fueron estas
palabras:
- ¡Está
bien José! Si es eso lo que quieres estoy dispuesta a escucharte, pero antes
quiero que sepas que lo pasado, pasado está y que sólo tendré en cuenta lo que
ocurra a partir de aquí.
- ¡De
acuerdo mi amor! Sabía que me ibas a dar esta oportunidad y no esperaba menos
de ti. ¡María, tú has dado sentido a mi vida ofreciéndome el amor que por causa
del destino no pude disfrutar! Lo único que lamento es no haberte conocido
antes, porque me perdí en mi rumbo sin norte y sin disfrutar de tu amor. Tú ya
sabes que mi vida no fue fácil, y antes de casarnos me gustaría que conocieras
al hombre que deseas entregar tu corazón. De nuevo te ruego que me escuches y
seas consciente del camino que tuve que recorrer hasta llegar a ti. Es verdad
que me tocó vivir tiempos muy duros, pero también lo es que no supe valorar lo
que la vida me ofrecía. En este momento me viene a la mente la hija que tuve
por razones de azar, que nunca conocí y que nunca pude cuidar. Pero lo más
triste para mí es no tener constancia de si está viva; prefiero imaginarla
feliz y llena de vida junto a su madre. Sé que nunca intenté buscarla, pero de
haberlo hecho habría sido un contratiempo para ella; y es lo que me motivó para
permanecer siempre en el anonimato. Soy consciente de que en la actualidad nada
de esto habría ocurrido, pues por suerte vivimos en un país de libertad y
democracia. Pero en aquellos años oscuros de nuestra posguerra, donde reinaba
el poder del caciquismo, todo era posible en España.