SU BESO (Escrito por POLgarci)
SU BESO Como un fricción el beso tuyo, apenas nada y todo un mundo de finas caricias sublimes, fugaces y en perpetua llama. Con tu...
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El Guappo

Autor/a: Perquin
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 23/01/2016
Leído: 457 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

No hay resumen
El Guappo Él se consideraba un guappo y desperdiciaba los preciosos días de su vida aparentando ser un guappo. Era desafiante ante los hombres y tal comportamiento conllevaba, invariablemente, una tunda de palos. Se mostraba gallardo y calavera ante las mujeres, provocando las risas y mofas de aquellas. Adoptaba los modales y maneras de los camorristas, bravucones y pendencieros, en definitiva: todos aquellos “valores” que él consideraba que habría de tener un guappo como Dios manda; un verdadero mulo, como también se denominaba a estos camorristas profesionales en aquella tierra. Los demás; las personas que le conocían, lo consideraban como lo que realmente era: un infeliz, un majarón. Aquella noche, como tantas otras, estuvo bebiendo vino y jugando a las cartas en el ventorro que había cerca de la desembocadura del arroyo. Y como tantas otras noches, tuvo que salir de allí de manera no muy honrosa para un guappo. Ante el apremio la puerta le pareció muy distante y saltó por la ventana. Fue ágil y rápido; pero aun así no pudo esquivar las dos botellas que se estrellaron en su espalda. Corrió unos metros y al comprobar que no le perseguían tiró del revólver que llevaba al cinto y, ahora con pulso firme, disparó las seis balas al aire fresco de la noche. De cara al ventorro, con la parsimonia que él suponía debía de tener un guappo, fue sacando las vainas del tambor y sustituyéndolas por munición nueva. Vio un fogonazo en la ventana, oyó el siseo de los perdigones sobre su cabeza y a continuación el estruendo del escopetazo que rasgó el silencio de la noche y cuyo eco fue rebotando en las lomas circundantes. Con el revólver a medio cargar corrió despavorido arroyo arriba. Cuando se consideró seguro, adecuó el paso a lo que debía ser el andar de un guappo, acabó de cargar el pistolón y se lo puso al cinto. Y allí iba; con ese contoneo que él suponía que era el correcto de un guappo al caminar. Ya se había acostumbrado a las frecuentes palizas que recibía, fruto de su actitud desafiante y provocativa y su nula capacidad para defenderse; su única defensa era la velocidad con la que movía las piernas. Nunca devolvió un golpe. El revólver siempre lo llevaba al cinto: era lo correcto en un guappo; pero nunca encañonó a ningún hombre con él y mucho menos se le pasó por la cabeza disparar jamás a nadie. Otra cosa era los cartuchos que gastaba; después de cada tanda de golpes que le daban, cuando se sentía a salvo, vaciaba las recámaras del “Orbea” al aire; siempre disparaba al aire. Cierta vez, se acercó demasiado a una colmena y le picaron varias abejas; sacó el arma y disparó las seis balas contra la misma y, a correr. Tuvo ciertas dificultades para sacudirse el enjambre que, en legítima defensa, salió en su persecución. Respiró profundamente con alivio, ya definitivamente a salvo. El aire fresco pasó por sus fosas nasales, inflamadas a causa de los golpes, como una sarta de cuchillas. Esto le hizo recordar la reciente paliza en el ventorro, paliza que ya había olvidado. -¡Que cuadrilla de gaznápiros! Total; todo este zipizape ha venido porque yo, que soy muy mulo, me he negado a pagar los treinta y dos reales, que según ellos, perdí. ¿Pero es que no se han enterado de lo mulo que soy? ¿Qué si yo me encabezono en no pagar no pago? Suerte han tenido que no he sacado el cacharro y los he dejado como una criba. –así murmuraba para sus adentros. Fue a acomodarse el sombrero y se percató de que no lo llevaba; seguramente lo perdió durante la trifulca, o en la huida, o quién sabe adónde había ido a parar el sombrero. La sangre que manó de la ceja partida se había secado sobre su cara y con las muecas que hacía –propias de un guappo- crujía en su mejilla al cuartease. Volvió a olvidarse de la paliza, del sombrero, de la nariz rota, de la ceja partida… Siguió caminando feliz. Las manos en los bolsillos de la chaqueta, los hombros levemente levantados, un imaginario sombrero puesto de medio lado, bamboleándose suavemente… ¡Allí, arroyo arriba, camino de su casa, iba un auténtico guappo! El arroyo se estrechaba en un recodo y la vegetación de la rivera era más densa en aquel tramo. Una brisa suave abanicaba las hojas de los álamos que parpadeaban al mostrar su envés de plata bañado por la luz de la luna llena. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral y finalmente le erizó los pelos del cogote. El corazón empezó a latirle desbocado; quizás para bombear sangre a su rostro que se había tornado blanco como la cal y que a la luz de la luna parecía más la cara de un difunto que la de un guappo. Se quedó inmovilizado; de su cuerpo solo se movía el corazón que golpeaba con fuerza el tambor de su pecho. Con esfuerzo cogió aire y pronunció las palabras de rigor. -¡Alto! ¿Quién va? Su voz le sonó extraña; como si saliese del interior de un cántaro. Solo respondió a su requerimiento el murmullo de las hojas de los álamos y el ladrido distante de unos perros. El hombre seguía allí, inmóvil, al lado del zarzal, mirándole fijamente. -¡Alto! ¿Quién va? –volvió a decir de forma apremiante. El desconocido no se inmutó, no hizo movimiento alguno, no respondió. Allí seguía; con el sombrero de palma, con la chaqueta de pana descolorida, mirándole con insistencia. Intuía los ojos maliciosos de aquel hombre. Estaba claro: fuese quién fuese tenía malas intenciones; querría robarle o quizás quitarle la vida. Su mano temblorosa empuñó con fuerza la culata del revólver, un sudor frío le empapaba todo el cuerpo, todo él temblaba. Intentó una nueva advertencia: no pudo articular palabra. Tenía la boca seca, la lengua entumecida por el terror. Hizo inútiles esfuerzos para tragar una saliva que el miedo había evaporado de su boca. Por fin logró decir con voz entrecortada y tono suplicante: -¡Por última vez! ¡Alto! ¿Quién va? ¡Responde o te dejo frito! Esperó expectante. Nada. El silencio como respuesta. Allí seguía, mudo e inmóvil, aquel hombre que la mala estrella había cruzado en su camino. La brisa se tornó en un viento suave. La alameda empezó a desperezarse. Él no oía nada; ni el crepitar de las hojas, ni el silbido de los zarzales, ni el ladrar lejano de los perros… Solo un pitido de locura en sus oídos. El desconocido hizo un leve movimiento. Él saltó hacia atrás como si estuviese encima de un nido de culebras al tiempo que tiraba del pistolón. El susto, el temblor de la mano, la precipitación, en definitiva: el pánico que lo embargaba, hizo que se le cayese el revólver al suelo. Se orinó en los pantalones. Loco de terror, desesperado, tanteó el suelo húmedo y por fin tropezó con el revólver. Se incorporó al tiempo que lo empuñaba; debía de tener a aquel tipo ya muy cerca, a punto de abalanzarse sobre él. Sin embargo el desconocido seguía allí, al lado del zarzal, quieto, mirándole fijamente. Lo encañonó. Quiso disparar; tenía derecho: él había dado tres veces el “alto” como mandaba la costumbre. Su ofuscada mente se negaba a ello. Algo dentro de él despertó; un instinto primario, quizá el instinto de conservación… Este “algo” tomó el control del dedo índice de su mano derecha, lo agarrotó sobre el gatillo y lo apretó: seis veces. Aquella noche, por primera vez en su vida, no disparó al aire. A unos escasos cuatro metros de distancia y apuntando al pecho del desconocido, no erró ninguna de las seis balas. Oyó un sonido sordo y macabro cuando el hombre se desplomó pesadamente sobre el zarzal y un haz de cañas. Volvió a mearse encima. Como un loco, corrió arroyo arriba; nunca sus piernas se movieron tan rápido como en aquella fatídica noche. Por fin llegó a su casa; ignoró el alegre saludo de su perro, entró, cerró de un portazo y atrancó la puerta. Ya era de madrugada. Pasó una noche de pesadilla. Tembló, lloró y vomitó el vino agrio que bebió en el ventorro. Un frio glaciar se apoderó de él, tuvo fiebre y delirios; vía al muerto por todas partes: en las sombras proyectadas por la débil luz del candil, en los relieves de la pared encalada, en las manchas del suelo… Allá donde posaba sus ojos aparecía aquel cadáver con su sombrero de palma y su chaqueta de pana descolorida perforada con seis agujeros enormes por los que manaba sangre negra. Cantó el gallo en el corral. La tímida luz del alba se asomó por la ventana. Ya se oía el trasiego de los vecinos por la calle. Ya se oían las herraduras de las bestias repicar sobre el empedrado; el pueblo despertaba. Pegó la oreja a la puerta: quizás algún parroquiano comentara el suceso. Nada. Solo comentarios sobre las labores del campo, el tiempo… Nadie habló de un muerto en el arroyo. Así estuvo más de una hora y nadie dijo nada sobre un cadáver cocido a balazos. Se decidió a salir. Aquella zozobra le enloquecía, aquel no saber lo mataba. Sí. Saldría. Iría a la taberna. En la taberna solían pararse los que venían de la playa, por el arroyo, a echarse unos tragos de aguardiente. Ellos habrían visto al muerto. Alguien habría avisado a la guardia civil. Aquella gente sabría algo. Llegó a la taberna. Iba demacrado, tembloroso. -¡Hombre! Mira quien llega –dijo con algarabía un arriero -¿A quién vas a matar hoy? No se volvió a mear en los pantalones porque ya no le quedaban líquidos en el cuerpo. -¿A qué viene esa pregunta? ¿Es que sabes algo? –tartamudeó. -¿Yo? Yo que voy a saber. Yo lo que sé es que tú eres un guappo y los guapos ya se sabe: por menos de un pito ya estáis matando –dijo el arriero con sorna. Se tranquilizó un poco; aquella mañana no le molestó la chanza del arriero, casi la agradeció. Pidió un chato de aguardiente al tabernero, se lo tomó de un trago y le pidió otro. -¿Cómo está el arroyo? –preguntó al arriero. -Cómo va a estar: lleno de polvo. Como siga sin llover estamos apañados. - ¿No has visto nada raro? -musitó. -¿Qué te pasa esta mañana? –respondió el arriero impaciente -¿Qué va a haber de raro en el arroyo? Anda; no bebas más y deja de decir tonterías. ¿Pero cómo era posible? ¿Nadie había visto el cadáver? Pero si estaba allí, a la vista. El primero que pasó tenía que haber reparado en él por fuerza. Se tragó el resto de aguardiente de un trago y salió. Demacrado enfiló arroyo abajo. Se paró en seco. ¡No era posible! ¿Y si no lo hubieses matado? ¿Habría sobrevivido a los seis balazos? Quizás, malherido, se arrastró y estaba por allí escondido, agonizante. Por si acaso puso seis cartuchos del calibre cuarenta y cuatro en el tambor del revolver Orbea, se lo puso al cinto y siguió caminando hacia el lugar por donde la noche anterior juró que nunca más volvería a pasar. Llegó al lugar. Allí era. Solo unos pasos más y se despejaría su incertidumbre. Y el muerto: ¿Estaría allí? No; no podía estar: lo habrían visto. Las piernas no le respondían, sentía que se desplomaba. Despacio, muy despacio, se fue acercando. Los latidos de su corazón retumbaban en el arroyo. Caminaba pegado al ribazo; apartó unas ramas y miró. Se estremeció cuando lo vio allí tumbado sobre el zarzal y el haz de cañas; con el sombrero de palma y la chaqueta de pana descolorida perforada con seis agujeros por los que asomaban briznas de paja reseca. El espantapájaros, abandonado por un hortelano, cayó cuando la noche anterior las seis balas quebraron su esqueleto de cañas.





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