SU BESO (Escrito por POLgarci)
SU BESO Como un fricción el beso tuyo, apenas nada y todo un mundo de finas caricias sublimes, fugaces y en perpetua llama. Con tu...
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Confesiones de un confesor

Autor/a: Jesus Cano
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 07/06/2015
Leído: 457 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

A veces creemos ver difuntos por los rincones mas oscuros y pedimos socorro... En otras ocasiones, son ellos los que esperan nuestra ayuda.
Sánchez resopló con resignación. Ya había realizado muchos interrogatorios. ¡Quizás más de cien! Pero aquel no sabía cómo llevarlo. El presunto miraba al suelo encogiendo su delgado y viejo cuerpecillo; la potente luz se reflejaba en la blanca mesa y en las canas del interrogado, dignificándolo aún más si cabía. Por la puerta asomó un señor trajeado, grueso y alto, que con impaciencia se dirigió al comisario Sánchez. - ¿Qué? ¡Vamos empezando! -Bramó por debajo del mostacho.- ¡Que nos van a dar las uvas! - ¡Que no puedo, jefe! ¡Que no! -Se levantó de la silla sacudiendo la cabeza.- ¡Que es como si tuviera que interrogar a mi abuela! - Pues aquí está Mari Luz para ayudarte. - ¡Mejor será! - ¡Por dios! –Miró al techo negando con la cabeza.- con tantos años en el cuerpo… Y lo va a tener que interrogar la novata. - ¡Pero jefe! ¿Qué esto no es normal! Me lo hubieran traído de paisano. –Señaló al acusado.- pero así; con la sotana y la cruz al cuello… ¡Que no! Que me siento como judas. - ¡Sí, hombre! Y yo Cristo, porque menuda cruz llevo a cuestas. Por la puesta asomó una delgada mujer que miraba a unos y otros con impaciencia. - ¿Me toca, jefe? ¿Empiezo ya? - ¡Anda! -Gritó con resignación mientras marchaba dando un portazo.- ¡Haced lo que os dé la gana! Mari luz se acerco a la mesa dejando sobre ella uno cuantos folios mecanografiados. Observó con entusiasmo al tembloroso cura que ahora la miraba con ojos como platos. - Mire, padre. –Casi susurró golpeando lentamente las hojas con su índice.- ¿está usted seguro de que quiere firmar esta confesión? - Pues claro. –Su voz era áspera; con cierta tilde de rabia.-Es la pura verdad. - Pues esto… -Sonrió acercando su redonda cara a la del anciano.- No hay quién se lo crea. - Mari Luz… Por dios… -No pudo callar más Sánchez.- Un respeto. - ¿Ve la que ha liado? Normalmente Sánchez es el policía malo y yo la buena… - ¡Mari Luz! Compórtate. - Pero… -Se sentó en la mesa alzando las manos.- ¿Tú has leído esto? ¡Parece las mil y una noches! - Pues es la vedad. –Insistió entre dientes el anciano tornando a sentarse. Mari luz entornó sus pequeños ojos castaños con picardía, y acercando los folios al cura le retó con media sonrisa: - Léalo, Padre. ¡En voz alta! Y si al final sigue queriendo firmar esta confesión, se acabó el interrogatorio. - No lo veo preciso… Lo que está escrito aquí son mis palabras. - Pero quiero que las oiga otra vez. Que se dé cuenta de lo fantástico y absurdo que es. ¿Trato hecho? - Si es para poner fin a este acoso. –Resopló comenzando a leer con desgana: Yo no conocía personalmente a la familia Solano. Pero desde que alquilaron la casa de los manteles mis feligreses no paraban de hablar de ellos. No me extrañaba; en un barrio obrero, de rutinarias e insípidas vidas, aquello fue todo un acontecimiento. Quizás no conocieran la historia de la vieja casa de piedra, o les diera igual los cuentos de viejos. Pero un día… - ¿La casa de los manteles? -Preguntó Sánchez - Una increíble historia que alberga esa casa. Tal vez habladurías, pero suficiente para que nadie del barrio quisiera ocuparla. - ¿Y qué habladurías son esas? -Insistió Sánchez. - Mire… No alarguemos más las cosas y vallamos al grano. - ¿Por qué no? –Saltó Mari Luz con ironía.- Total, un cuento más. - ¡Está bien! A esa casa se la llama así por una leyenda. Se rumorea que hace unos setenta años vivía en ella una familia, y que un buen día desaparecieron sin ninguna explicación. Cuentan que en los tendederos, situados en el jardín trasero de la casa, pendían siete manteles manchados de sangre. De la familia jamás se supo, y la gente comenzó a decir que los había devorado el diablo. - ¡Ostia! –Se le escapo a Sánchez dando un respingo. - Pues aún no has oído nada. Siga, siga con su confesión. Pero un día, una de mis parroquianas consiguió que me preocupara por la familia Solano. Me comentó que nadie los había visto fuera de la casa, ni tan solo en el jardín. Y que las pocas veces, que alguna noche las cortinas estaban descorridas, se les podía ver atemorizados. “¿Cómo sabe usted de sus miedos?” Le pregunte a la charlatana señora. Y me dijo que la noche anterior se detuvo frente a una de las ventanas, pegada a sus cristales estaba la nueva dueña de la casa. Mirándola con los ojos desorbitados, mordiéndose el labio y pálida como la luna. A punto estuvo de acercarse más y preguntar, pero creyó ver una siniestra sombra tras la aterrada señora, y continuó su camino todo lo deprisa que pudo. “¿Tanto te asustó una simple sombra?” Le pregunté divertido. “Esa sí, padre… Yo nunca había visto una sombra sonreír” Al día siguiente no dejé de pensar en los Solano. Y al terminar mis tareas me decidí a visitarlos. Aún era temprano a pesar de haber oscurecido… Pero ya se sabe en invierno que la noche “madruga” Tuve que insistir mucho hasta que aquella puesta se abrió… - ¿Y le abrió el diablo en persona? -Interrumpió Mari Luz - No. –Contestó el anciano con forzada indiferencia.- Era Un hombre de unos cuarenta años, fuerte y alto, que disimulaba muy mal su miedo. Me miró con asombro unos segundos antes de hablar: - ¿qué…? ¿Qué quiere usted? –Preguntó como si yo fuera la muerte. - Saludar a la nueva familia del barrio. Soy el padre Tomás. - Lo siento padre, pero no somos religiosos. –Comenzó a cerrar la puerta. - Espero que eso no sea un problema para dejarme pasar a hablar. Por aquellos castaños ojos se desbordó el terror más puro. Miro un instante a sus espaldas antes de contestarme. - ¿De qué quiere hablar? ¿Tan mal anda la iglesia que busca feligreses en sus propias casas? - La iglesia tiene la obligación de salvar las almas allá donde se encuentren. - Pase, padre, pase. –Me invitó al interior con aire de resignación. Una vez en el comedor, apartó una de las sillas que rodeaban la mesa y me senté en ella. De una de las puertas, tal vez la de la cocina, surgió una delgada mujer de oscuro y largo cabello. - ¡Pero…! -Comenzó a decir con su pálida faz labrada por el asombro. - Le presento a mi mujer, Mónica. - Yo soy el padre Luis. Ella ni siquiera me miró. Se acercó al marido regañándole en voz baja y angustiada. - ¡Estás loco! ¿Quieres empeorar la situación? - ¡Loco me estoy volviendo! Tenemos que buscar una solución. Quizás este cura nos pueda ayudar… - ¿Pasa algo, niña? –Preguntó una gruesa anciana desde lo alto de la escalera. Su pelo era gris y desaliñado, un torpe moño intentaba poner orden en aquel caos capilar. Con su gorda mano se apoyaba en la baranda, mientras que con la otra sujetaba a una dulce niña de apenas tres años. - ¡No pasa nada, mamá! Acuesta a Lucía. –Respondió Mónica con autoridad. La anciana obedeció con lentos y pesados pasos, y la mujer se sentó frente a mí, posando sus prietos puños con solemnidad sobre la pesa. - ¡Usted tiene idea del peligro al que nos expone con su presencia! - Cuéntaselo, Mónica. Si alguien puede poner fin a esto… ¡Será un cura! - ¡Y si empeoran las cosas! –Resbaló una lágrima por su mejilla.- Piensa en tu hija. - En ella pienso. –Casi susurró- ¿De verdad quieres seguir viviendo así? - ¡No, Carlos! –Sollozó mirando a ambos lados con temor.- Claro que no quiero vivir así. - Cuéntame, hija. –La animé abrumado por la afilada angustia de aquella madre. - De acuerdo. Pero prométame que no saldrá de esta casa hasta hacer todo lo posible. - Tienes mi palabra, y la de dios. - La explicación es muy sencilla… ¡Padre! No hace falta que nos repita toda la historia. –Interrumpió Sánchez compasivo, harto de las risitas de Mari Luz.- Cambie la confesión; sea razonable. - ¡No! Ustedes me pidieron la verdad, y verdad solo hay una. - ¿Usted se médica, padre? –Tornó la ironía de la agente. - No, pero después de esto, seguramente. - ¡Firme la confesión y acabemos de una vez! –Se impacientó Sánchez. - ¡No! ¡Que la acabe de leer! Que escuche sus propias palabras en voz alta. El policía encogió los hombros con resignación mientras el cura proseguía con la lectura: - La explicación es muy sencilla. –Aferró mi mano tomando aire.- Estamos secuestrados en nuestra propia casa. - ¿Secuestrado? ¿Por quién? - ¡Esto no es necesario! -Torno a interrumpir Sánchez.- Si no se quiere retractar marchémonos ya. - Ya sé que te esperan en casa; y que con cincuenta añazos debes de estar cansado a estas horas. Pero quiero darle esta oportunidad. - De acuerdo. –Alzó su mano en señal de consentimiento. - ¿Secuestrado? ¿Por quién? –Repitió el cura algo molesto. - No lo sabemos… -Contesto Carlos.- Lo único seguro es que no es de este mundo. - No os comprendo… - Desde que llegamos a esta casa no podemos salir de ella. Lo hemos intentado, pero nos falta el aire; nos sangran los poros y un dolor desgarrador nos invade. - Algo nos empuja hacia adentro. –Cuchicheó Mónica.- Hacemos la compra por teléfono y nos traen las cosas necesarias. A pesar que la chimenea estaba encendida luciendo una amplia llama, la sala se enfrió hasta resentirse mis viejos huesos. El matrimonio proseguía con su macabra historia; parecían estar acostumbrados. - Nos tiene totalmente controlados. –Advirtió el marido.- Hasta que no oscurece la casa no toma su apariencia normal. - ¿No es como la veo ahora? - No… Al amanecer las puestas desaparecen y las distancias pierden la lógica. Procuramos estar juntos antes de que suceda para no perder a nadie, pues por mucho que grites nada suena en el interior de la casa. - Por lo que decís, algo muy poderoso os retiene en la casa… -Saque mi vieja biblia del bolsillo dejándola sobre la mesa.- Podemos intentar alejar de esta casa aquello que os retiene. - ¿Podrá hacerlo, padre? –Sollozó Mónica. - El mal siempre teme la palabra de dios. Y comencé a leer con firmeza: Señor, cuán numerosos son los que me atribulan. ¡Líbrame, Señor, del hombre malvado! Un grito aterrador bramó del piso de arriba. La anciana se asomó aterrada. - ¡Mónica! ¡Hija mía! La niña ha desaparecido… - ¿Desaparecido? –Balbució jadeando. - Delante de mis propios ojos. Carlos se levantó, pero tiré de su brazo obligándolo a sentarse. - ¡No os mováis! Eso es lo que quiere; ha arrastrado a la niña a su mundo como amenaza. ¡Debemos vencerlo y la niña volverá! - ¿Está usted seguro? No contesté a la madre. Proseguí con el ritual: Señor, a Ti clamo: socórreme prontamente… No pude proseguir, sentí mi sangre helarse al ver como la anciana se evaporaba en la nada. - ¡Deténgase, por dios! ¡Mi madre! –Carlos la abrazó entre llantos. - Tal vez sea más de un maligno… Pero debemos proseguir para recuperar a tu familia. Que esté pasando esto es síntoma de que temen nuestros actos: Acércame a tu regazo y que todo mal desaparezca por siempre, mi señor… - ¡Padre! Alcé la mirada ante la llamada de Carlos. Sus brazos estaban vacíos, tal como la silla que apenas un segundo antes ocupaba su temblorosa mujer. - No temas, lo conseguiré. –Intenté tranquilizarlo. - ¡Recupérelos! ¡Déjenos como antes! - Es un mal muy poderoso, de otra forma no podría arrastraros a su oscuro mundo. Pero yo tengo la palabra del señor, y venceré. Te juro que… No tenía sentido proseguir; me había quedado solo… Ni siquiera el frio se quedó para acompañarme. Y tras esto vine aquí para denunciar las desapariciones.. - Pues nada, padre. –Sonrió Mari Luz blandiendo un bolígrafo.- Firme su fantástica confesión. El anciano firmo ante la mirada triste de Sánchez. Mari Luz cogió los folios y se marchó canturreando. - ¿Por qué ha firmado eso? Lo van a acusar de la desaparición de esa familia. - Y en parte será cierto. ¡Tendría que haberme dado cuenta! - ¿De qué? –Alzó una ceja. - Pues de lo evidente… ¡La casa estaba encantada por esa familia! –Le tembló la voz.- Ellos eran los espíritus, y yo los exorcicé. Los arranqué de su hogar. Sánchez abrió la puerta sacudiendo la cabeza. -En unos minutos vendrán a por usted. No se preocupe, le tratarán bien. Tras unas tediosas horas de espera se levantó de la silla. ¿Se habrían olvidado de él? ¿Por qué no venía nadie? Comenzó a caminar por el desierto pasillo hasta llegar a la recepción de la comisaría. Con asombro divisó el maltrecho mostrador y las amarillentas fichas de cartón tiradas por el suelo. Sorteó el destrozado archivador de metal cruzando la puerta sin cristales. En la calle, aún perplejo, se giró para reconocer el solitario edificio; era la vieja comisaria, la que se cerró muchos años atrás. Donde mataron a la joven agente y a su cincuentón compañero. Solo corrió hacia la sacristía todo lo rápido que pudo. Con temor a haber olvidado su propia muerte, o a tropezarse con su tumba. Jesús Cano





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