Después de la tormenta viene la calma (Escrito por Luna)
Después de la tormenta viene la calma Lagrimas reales, donde la sabana pareciera pequeña para absorberla y así ocultar la...
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La zanja

Autor/a: Jesus Cano
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 07/06/2015
Leído: 238 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

En una guerra las bajas sólo son números. Pero seria interesante conocer la historia de una de esas cifras
Seguramente aquí enviarían al diablo si fuera castigado. Eran las doce del mediodía, pero el polvo que levantaban las explosiones oscurecía el cielo hasta disfrazarlo de noche. Cuando el suelo cedió bajo mis pies maldije aterrorizado, creí que era el final. No fue así… La inesperada trinchera me salvó de las balas, que sobre mi cabeza silbaban llamando a la muerte con desespero. Pasé unos minutos respirando el polvo con ansia, pensé que había perdido el ojo derecho, pero al instante comprendí que era la sangre que chorreaba sobre él lo que me impedía ver. ¡Maldita sea! Palpé mi frente buscando la herida... ¡Nada! ¡No encontré herida alguna! Alcé por fin la mirada buscando tan macabro manantial. Por el borde de la zanja asomaba el sangrante brazo de un cadáver, no conseguí distinguir el uniforme, ni pensaba asomarme. Me aparté del goteo sorprendiéndome de mi sonrisa ante mi pensamiento: Amigo… Enemigo. ¡Que más daba…! ¡Su sangre escocía igual! Cundo el zumbido de mis oídos me lo permitió, escuché pasos apresurándose a mi posición. Dejé de jadear quedándome lo más quieto posible, agradeciendo la sangre sobre mi cara al desconocido soldado. Algún que otro disparo acompañaba la cercanía de los pasos. ¡Estaban rematando a los heridos! Demasiado cerca para ponerme boca abajo… Para que mi rostro no me delatara. ¡Otro disparo sin ningún lamento! ¿Realmente estaban rematando? Quizás solo se aseguraban de no recibir un tiro en la espalda. La zancada y el pisotón, me indicó que saltaban sobre la zanja. Eso y la tierra que caía sobre mi cara. Tal como en los documentales sobre la naturaleza; ante una estampida lo mejor es quedarse quieto, las vestías te saltaran y evitarás que te maten. Quisiera decir que esperé un tiempo prudencial para moverme; en realidad lo hice, cuando el miedo dejó de paralizarme. Aferré mi fusil para asomarme, como si un fusil fuera un escudo mágico. Pero las armas solo te dan seguridad en tiempo de paz ¡Que incoherencia! Miré las ruinas con temor, a la muerte le encanta jugar al escondite entre ellas… Y sorprenderte. Nada; el silencio que tilda la desolación. A unos diez metros un perro intentaba apartar unos cascotes con el hocico. Su lastimero llanto no dejaba mucho a la imaginación. Era un lebrel, que casi fue rozado por el mugriento gato desorientado. No hubo reacción, tan solo indiferencia. Distraído por aquella lección animal me asomé un poco más, el estampido me arrojó al fondo de la trinchera y noté mi brazo arder… Esta vez la sangre era mía. Reponiéndome del dolor intenté calcular de donde vino aquel disparo. No muy lejos, las ruinas de una casa conservaban alguna pared en pie, aún lucía vivos colores velados por el dominante polvo. En frente, en el otro lado de la calle, el pequeño economato. Se libró del mortero y los misiles de los aviones, pero su persiana estaba arrancada al igual que la reja de la ventana… Con el hambre no pudo. A veces los síntomas eran más devastadores que la propia enfermedad. ¡Algo se asomó en la ventana del economato! Fue un instante, seguramente el malnacido rezagado que me disparó. Tal vez el miedo dibujó aquella silueta en la ventana… ¡No! El miedo no sabe disparar. Yo lo vi, y él me vio; ya nos habíamos presentado y roto el hielo. La muerte se cansó de jugar al escondite y comenzó con el corre que te pillo. Era extraño que aquel soldado estuviera solo. Pero de no ser así ya me habría dado cuenta o estaría muerto. Con un poco de suerte quedó atrás por alguna herida, y estaríamos en igualdad de condiciones. Escuché una carrera en dirección a los escombros. Aquel bastardo estaba en plena forma, y buscaba un buen ángulo de tiro. Sabía que me acertó, y seguramente esperaría a que mis fuerzas mermaran para atacar… No se arriesgaría a asomarse a la trinchera. Espere en silencio viendo como la vida escapaba por mis rotas venas. Cuando tapaba el agujero de la bala, salía más sangre por el de salida. Esperaba que el enemigo me creyera desmallado para sorprenderlo. Esto me permitió oírlo toser, orinar e incluso tararear una desconocida melodía. ¿Cómo se podía ser torpe? Estaba delatando su posición constantemente. Transcurrieron mil años, quizás media hora, y una piedra cayó en la zanja. ¡Se estaba asegurando! A los pocos minutos otra… Ni respiré. Fue entonces cuando no pude salir de mi asombro. Escuché su voz llamándome: “Polnisch! Polnisch!“ ¡No me lo podía creer! Será idiota... ¡Si estoy muerto no te voy a contestar! Asoma tu maldita cabeza para que te la reviente. Apoye la culata del fusil en la tierra apuntando en dirección a los prudentes pasos que cada vez eran más cercanos. ¡Por fin vi su cara! ¡Era un crio! Rondaría la edad de mi hijo. Ni si quera tenía el arma en sus manos. Al ver mi fusil apuntándole palideció abriendo los ojos como platos, un lamento escapó de sus labios y corrió a ocultarse en las seguras ruinas. Mi vacilación le concedió la vida, y probablemente sentenció la mía. Pasó un largo rato en el que mis fuerzas comenzaron a maguar; se me nublaba la vista, a la par que un sabor metálico me provocaba nauseas. De ves en cuando escuchaba los lentos pasos del muchacho aproximándose, pero al oír cualquier ruido corria a su escondite. ¡No debí dudar! Estaban entrenados como perros de caza. ¿Como me pudo recordar aquella máquina velica a mi hijo? Practicamente me habia suicidado. El fusil pesaba demasiado, intenté dejarlo con suavidad para no hacer ruido, pero resbaló de mis dedos. La oscuridad me abrazó con dulzura, como intentando consolarme por los apresurados pasos del muchacho, que sediento de sangre corría a darme muerte. La sonrisa de la enfermera fue lo primero que vi. Tras de ella, una desnuda bombilla recortaba su silueta dándole un aire angelical. - Tuviste mucha suerte cariño. –Me dijo con ronca voz. - Me dispararon en el brazo… -Apenas pude balbucir despegando mi seca lengua del paladar.- Pero lo que me duele es la espalda. - ¡Claro! Llevas tres días en la cama. - ¿Cómo llegue a…? - Te encontraron en una trinchera; ya tenías a un perro enemigo dentro de ella. ¡Por los pelos! Le pegaron un tiro en su dura cabeza. ¡Si no te llegas a hacer el torniquete con la correa del fusil! Naciste dos veces aquel día. - Yo no me hice ningún torniquete… Creo. - Es normal que no lo recuerdes todo; estabas realmente mal. Incluso tuviste la moral de dejar una nota atada a la correa. Tus compañeros la trajeron pensando que sería un testamento o un mensaje para tu mujer. - ¿Dónde está esa nota? - Debajo de la almohada. Pero está tan manchada de sangre que no se puede leer. Cogí la maltrecha nota con curiosidad. A pesar de las manchas aquella no era mi letra. Solo pude leer una frase: ”Habe das gleiche Alter wie mein Vater“ La leí varias veces en voz alta intentando darler sentido. - ¿Tú también conoces el idioma de los perros? –Pregunto mi compañero dese el camastro de la derecha. - No. ¿Y tú? - Lo suficiente para decirte que lo hablas fatal. - ¿Me has entendido? –Interrogué esperando desvelar el misterio dela nota. - ¡Claro! Estas diciendo algo así: “Tienes la edad de mi padre” ¿Qué significa? No conteste. ¡Malditos todos! Solo quería llegar a casa y abrazar a mi hijo. Jesús Cano





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