Torres de la Mancha (Escrito por Ort 2)
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MEMORIAS DE PROMETEO, UN SOLDADO DEL INFAME ALEJANDRO.

Autor: diego almansa ortega
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 08/02/2012
Leído: 264 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

Este relato es un breve testimonio de un viejo soldado de Alejandro Magno. En él, muestra la verdadera cara de este general. ¿Fue grande o fue un psicópata?
MEMORIAS  DE  PROMETEO, UN
SOLDADO  DEL  INFAME  ALEJANDRO

_________________


 



La ambición de un solo hombre suele bastar
para llevar a muchos de ellos a la perdición.

Un buen gobernante ha de mirar siempre por
la felicidad de su pueblo.            

 

    ¿Magno! Se me revuelve el estómago hasta provocarme el vómito, ante la indignación que me produce tal calificación respecto a mi difunto general. Para mí, Prometeo, un humilde siervo y fiel combatiente, durante más de diez años, en los ejércitos de Alejandro III de Macedonia, mi rey no fue más que un loco egocéntrico con ansias divinas y universales, más propias de los dioses que de los hombres.
    En estos últimos días de mi vida, puedo asegurar que, en el transcurso de sus campañas de conquista, conforme él agrandaba su imperio, yo perdía a pasos agigantados mi sentimiento de lealtad hacia mi basileus (rey macedónico). Explicaré el porqué. No seré de aquellas gentes que solamente difaman por venganza; si bien, paradójicamente, hoy me veo impulsado por tan vil emoción. En cualquier caso, incluso así, dudo de que la gravedad de mi pecado merezca demasiada consideración si nos percatamos de la gravedad de los suyos. Fue él, el que realmente y en todo su ser, se dejó poseer por la podrida venganza en numerosas ocasiones. Ésta le corrompió hasta las mismísimas entrañas tras la muerte de Filipo, su padre; aquel tuerto, ahora olvidado, con el que yo pude apreciar, aunque solamente fuera durante breves instantes, lo que significaba algo parecido a vivir. Tampoco fue un líder excepcional, pero, hasta que su alma expiró a manos del misterioso Pausanias, mi existencia había transcurrido aceptablemente. De todos modos, son tiempos primitivos que no vale la pena recordar. No me entretendré con más preámbulos y daré comienzo al relato de mis memorias.

    Después del asesinato de Filipo, su hijo Alejandro tomó el control de Macedonia. Nos prometió continuar, hasta la victoria, la lucha contra los persas iniciada por su padre. Por aquel entonces, todos los hombres estábamos de acuerdo. Así, en el año seiscientos treinta y cuatro desde que Zeus creó a los hombres, tal y como Homero dejó escrito, partimos hacia la conquista de la debilitada Persia.
     La primera victoria importante aconteció en Gordion, enclave sometido apenas cruzar el estrecho del Helesponto. La temeridad de Alejandro y la eficacia militar de la falange macedónica, siempre se tradujeron, según mi humilde parecer, en la ventaja clave en nuestras batallas; aunque quizás me halle influenciado por el hecho de que yo, Prometeo, luchaba, con la última gota de mi sangre, en la tercera línea de nuestra escuadra central. Sin embargo, hay que tener en cuenta que nuestra caballería pesada y nuestra maquinaria de asalto ejecutaban los ataques más mortíferos. Mas tampoco deseo presumir de ello, mi única intención es describir, fielmente, el ambiente en el que apostábamos nuestra vida.
    Los citados factores bélicos supusieron, a la vez, la gloria y la ruina de toda mi gente, como pronto comprenderéis según el avance de mi sincero relato. No pretendo aburrir con minuciosas descripciones de batallas; es más, saltaré todo este tipo de acontecimientos. El motivo principal por el que me he detenido en la conquista de Gordion es para poner de manifiesto una prueba evidente de la incipiente estulticia y falta de perspectiva de mi difunto general. En aquella ciudad persa, retaron a Alejandro a deshacer el nudo gordiano, un enmarañado amarre de cuerdas al yugo de unos bueyes, tan complicado, que era imposible desatarlo para los dedos de cualquier hombre. Pues, ni corto ni perezoso, al muy cretino de Alejandro, no se le ocurrió otra cosa que desgajarlo a base de espadazos. ¿Así es cómo se demuestra la grandeza! Yo, y cualquier otro, podría haber deshecho el nudo de ese modo. ¿Qué mérito tuvo semejante solución! Algunos insensatos le vanagloriaron por ello, cegados totalmente con su aureola.
    Fue una simple anécdota; no obstante, la parte mala del hecho fue que, a partir de este momento, aumentó mi preocupación por que nuestro general lograse, mediante tales demostraciones de arrogancia, llevarnos a todos a la tumba en lugar de a la victoria. Afortunadamente, la suerte nos sonrió y pronto llegamos a Egipto. En esta desértica tierra pude contemplar las maravillas más grandes que jamás hayan percibido mis ojos: tres colosales pirámides de piedra de la época del Olimpo. Desconozco quién las construyó; si fueron los hombres o los dioses; pero, quién quiera que fuese, seguro que conseguirá que su civilización sobreviva al inclemente transcurso del tiempo sin necesidad de levantar una sola sarissa, ni de blandir una sola espada, tal y como hizo mi egocéntrico rey macedonio.
    Yo, Prometeo, quise intuir que, tras la conquista de Egipto, regresaríamos al hogar para poder consolidar el nuevo y vasto imperio que se extendía a lo largo de los mares. Un nuevo reino que reclamaba, urgentemente, un gobierno responsable y diligente con Alejandro a la cabeza. Pero mi basileus ambicionaba más. Rezumaba de egolatría y ansiaba que su poder abarcase el mundo entero; por ello, retomamos la marcha hacia el desconocido horizonte del sol naciente.
    Para un humilde soldado como yo, la hazaña de mi general concluyó en Egipto, comenzando entonces el delirio. El punto culminante de éste se alcanzó en Persépolis, la ciudad persa más hermosa e importante de todas, y de la que apenas pude disfrutar. Al parecer, la locura de Alejandro se extendía también entre buena parte de nuestros hombres. Desconozco si por contagio, o por mal endémico de nuestra cultura. La cuestión es que, durante la noche en que conquistamos Persépolis, la enajenación se adueñó de la mayor parte de nuestro ejército e incendiamos la maravillosa ciudad. Nunca más nadie volverá a verla en todo su esplendor por culpa de nosotros, los macedonios. Yo, Prometeo, permanezco con la conciencia limpia. Me mantuve al margen, me quedé en el campamento y no se me ocurrió asomar la cabeza de la tienda. En verdad me disgustaba y me apenaba la ejecución de semejante barbarie, pero nada puede hacer un simple soldado como yo contra toda una muchedumbre. Alejandro era el único capaz de detener la atrocidad; y no solamente  nada hizo por impedirla, sino que fue cómplice de la misma. Mientras tanto, a mí y a otros pocos hombres aún con cordura, nos embargaba la impotencia. El trabajo de siglos, más cientos de vidas de niños, mujeres e inocentes,  aniquilados en una sola noche.

    Tiempo después, sin comprender la protección del Dios bajo el que viajábamos, conseguimos llegar hasta tierras desconocidas, habitadas éstas por exóticas gentes con el don de domar a las bestias más enormes que mis ojos hayan presenciado. Temibles. Provistas de afilados colmillos y capaces de machacar a un hombre con una sola de sus patas. Tras lograr salir airosos de la primera batalla ante tan aterradores monstruos, por fin nos amotinamos. Llevábamos nueve años sin pisar nuestra tierra y sin ver a nuestras familias. Todo era luchar, luchar y luchar. Hacía tiempo que deseábamos regresar y Alejandro no escuchaba. Es más, sus oídos parecían sellados a cualquier consejo o petición proveniente de los suyos. Incluso, en una especie de arrebatos de locura, cruzó los límites de lo permitido atreviéndose a la ejecución de varios de los nuestros; como Calístenes, sobrino de su preceptor Aristóteles; e incluso Clitos, su incondicional amigo de la infancia además de mío. Sentí su muerte en lo más profundo de mi alma; y, desde aquel instante, comencé a odiar a Alejandro. Había consumido toda mi lealtad con sus continuos despropósitos y con su caprichosa arbitrariedad; y cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecemos perdemos el respeto. Se creía un dios como los de oriente, al que todos debían mantener obediencia absoluta; pero aquel día, junto al río Hifasis, le obligamos a dar su brazo a torcer, negándonos a avanzar un solo paso más; por lo que no le quedo otro remedio que ceder, por fin, a nuestras exigencias de retorno.
    Nunca entenderé cómo pudo cambiar tanto. Olvidó sin remordimientos todo lo que le enseñó su gran maestro Aristóteles el ateniense: el equilibrio es la mayor virtud de los mortales, aseguraba éste; sin embargo, al parecer, la balanza de Alejandro se había descompensado por completo, cayendo en la extrema demencia y egocentrismo. Él decía que nos había llevado hasta la gloria; pero, en realidad, nos condujo hacia nuestra destrucción. Ahora lo sé con certeza. Aquí, de nuevo en Pella, la gran polis macedónica, mientras escribo estas memorias, siendo ya un anciano decrépito, treinta años después de mi partida hacia Persia, puedo asegurar que el mito de Alejandro es un completo espejismo.
    Tras volver al hogar una década más tarde, a mi regreso sólo me esperaba un hijo de once años que tan siquiera me conocía. Mis dos mujeres y mis otros tres vástagos varones, de los que me despedí a mi marcha, ya no existían. Al parecer, murieron por enfermedades u otros trágicos sucesos, según me informaron mis conocidos nada más arribar a las puertas de Pella. ¿Qué me quedó entonces! ¿Qué es lo que Alejandro aportó a mi vida y a la de los míos! Solamente destrucción, muerte y miseria. Su ilimitado afán conquistador consumió casi toma mi existencia, y el motivo no fue otro que construir, para su leyenda particular, el mayor imperio jamás creado por un mortal. Un imperio que tan siquiera sería capaz de mantener; y no porque la muerte le reclamase, de repente, a sus treinta y tres años, sino porque suponía, y sigue suponiendo, demasiada tierra y esclavos para tan pocos macedonios. Hoy, quince años después de su muerte, sus sucesores se pelean por los dominios de su extenso e inestable reino. Alejandro no tiene descendientes. Los que eran sus amigos se han convertido en serpientes. No dudaron en asesinar a Olimpia, su madre; a Roxana, su mujer primera; y a su hijo Alejandro IV, al que arrebataron el trono. He aquí los verdaderos éxitos del gran Alejandro. Y, aparte del desafortunado final de todos los suyos, auguro también que este frágil imperio no perdurará demasiado. Probablemente, se reduzca a la mitad durante el próximo siglo; aunque, ¿qué importa de todos modos?, ¿qué supuestos beneficios existen cuando un territorio es gobernado por una cultura helénica en lugar de por una persa? Al final ambas sufren lacras parecidas, y con las cruzadas lo único que se consigue es perjudicar a los campesinos y a otros humildes ciudadanos. Primero mueren los de un bando, luego mueren los del otro,  y después vuelta a empezar en una guerra sin final. ¿Qué le importa el poder al grueso de los ciudadanos?, entre los que me incluyo. Yo, Prometeo, tenía como única pretensión disfrutar de una larga y aceptable vida, no conquistar inmensas tierras. El alocado Alejandro destruyó mi sueño para conseguir el suyo, y tan siquiera ha llegado a viejo. Quizás, por tan ignominiosa ambición, los Dioses le castigaron con la muerte y me hayan mantenido a mí con vida para divulgar mi historia como advertencia a todos aquellos que osen imitarle. Tal vez, sea éste mi destino. Proclamar que nadie queda impune de la ofensa a los Dioses, ni en la vida, ni en la muerte. Por ello presiento que, a mis sesenta y cinco años, yo, Prometeo, a punto de reencontrarme con Hades, se hallan mis manos manejadas por los Dioses con el fin de desenmascarar a Alejandro, revelando así que no ha sido Magno ni lo será nunca, tal y como muchos se empeñan en confirmar. La verdad es que Alejandro III de Macedonia fue un simple hombre que, por abusar de su poder, fue sentenciado con la muerte y con la desgracia de los suyos, incluido yo mismo, Prometeo, un decepcionado soldado a sus órdenes, que tiene por última misión dejar escrito este diario, en el advierto a todo aquel hombre que se atreva a emular a los Dioses, que condenará con su locura a todo su pueblo, incluido él mismo y su familia.


-  FIN  -


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http://www.diegoalmansaortega.blogspot.com/






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