este amor (Escrito por efimero_arto)
quien dira que el amor no espina cuan si fuera una rosa echizada calida en meses de mayo pero sùfrida, toda la etenirdad asi es este...
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Ella son todas

Autor: Elio Turmell
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 23/01/2011
Leído: 697 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

En el título de este relato se encuentra la clave para su posterior compresión, si acaso fuera necesaria.

Dicen que todos los seres humanos tenemos, al menos, un don. Que contamos con
una habilidad innata para desempeñar un determinado tipo de función. Y que, además,
con algo de destreza, se pueden incorporar nuevas facetas a lo largo de la vida. Si
sumáramos todos esos dones, irrepetibles, nos sorprendería saber que estamos rodeados
por más de seis mil millones de personas especiales y únicas para el desempeño potencial
de una determinada actividad. Todos ellos puestos a disposición de la humanidad.
Yo me dedico a estimular y reforzar esas capacidades, en gente que ni tan siquiera
tiene la sospecha de poseerlas. Personas que negando esas habilidades a las que están
predestinadas, se terminan negando a sí mismas. ¿Qué cómo lo hago?, pues volviéndolos
a conectar, a reconciliar, con esos dones. En resumidas cuentas, potencio seguridad y
confianza en personas que creen haberla perdido. Y digo creen, porque jamás la
perdieron, solo las desaprendieron. A veces ni yo mismo me explico cómo diablos he
acabado ejerciendo esta singular actividad. Y la llamo actividad porque ni tan siquiera me
atrevo a denominarla profesión. No lo es. Yo trabajo en un pequeño estudio de
delineación que se dedica a la elaboración de croquis y anteproyectos. Mi especialidad
dentro de la empresa es la digitalización de planos que se encuentran en papel. Me dedico
a pasar esos planos al ordenador para luego trabajar con un programa informático. Esa es
mi verdadera actividad, por la que percibo un salario. La otra ya la acabáis de conocer.
Algunos me llaman gurú, yo siempre digo que soy un “conseguidor”, porque ese es
exactamente el espíritu primordial de mi actividad, ayudar a conseguir objetivos. Y así es
como me gusta que me llamen. Puede sonar a pretencioso, pero es que me gusta que sea
así. Como yo suelo decir a mis escuchantes, y adaptando a mi manera el famoso dicho
popular, los viajes más interesantes en la vida siempre precisan de alforjas. Para
ambicionar cosas antes hay que pretenderlas.
Charlar es una palabra que me reconcilia con mi entorno. Eso es lo que más me
gusta en la vida. Para ello me preparo a conciencia todas mis intervenciones públicas.
Ana, mi ayudante y socia en la empresa, es la encargada de la preparación de las
reuniones. De colgar la publicidad en internet, alquilar el local, adaptar horarios, etc., mi
relaciones públicas y manager. Las clases no son gratis, –no sería conveniente– y ella se
lleva casi la mitad de lo recaudado. Tiene su profesión a parte, en una consultoría, pero
después de acudir como asistente a unas cuantas charlas pasó a querer ser mi
colaboradora, y así seguimos desde entonces. Fuimos pareja, pero por el bien de la
actividad, comprendimos que era mejor mantener nuestra relación personal al margen.
Ella siempre dice que lo difícil es no enamorarse de mí al primer instante, cosa que
resulta engorrosa desde el punto de vista del alumno. Exagera. Yo me encargo de
preparar el material y de estudiar mi intervención en público. Con el tiempo he ido
adoptando una técnica depurada de oratoria basada en modulación de la voz y
gesticulación que consiste en captar al máximo la atención del escuchante. En estos
momentos Ana debe estar acondicionando el local que tenemos alquilado en un bajo de
una céntrica calle de Madrid. A veces nos desplazamos cuando hay la demanda necesaria,
pero me siento más seguro impartiendo las clases en este local de reducidas dimensiones.
A fin de cuentas no dejo de ser un actor interpretando su papel en el escenario de un
teatro, y en ese escenario me desenvuelvo a la perfección. Dejo lugar a la improvisación,
claro que sí. La frescura es importante para llegar a los demás, pero con el paso del
tiempo me he ido convenciendo de que las charlas, para que surtan el efecto balsámico
esperado, han de estar muy bien guionizadas. Pragmatismo, eficiencia. Saber donde se
quiere llegar, en resumen. Hablo de efecto balsámico, pues, aunque a nadie le guste
reconocerlo, a estas charlas suelen acudir gente con verdaderos problemas en el plano de
las relaciones sociales, casi como último recurso antes de tirar la toalla para darse a la
bebida o cosas aún peores. Así que sí, en cierta forma, mis palabras actúan de bálsamo, y
por eso deben haber sido estudiadas e interpretadas para modular su correcta idoneidad.
Horas antes de cada conferencia me gusta salir a pasear por El Retiro grabadora
en mano y registrar todo ese torrente de creatividad que fluye en una soleada mañana
madrileña. Grabo, paseo, me siento. Repito las palabras en voz alta y las interpreto. Me
gusta perder la vista por los anchos paseos de tierra del parque y sus imponentes árboles.
La tranquilidad que solo en estas veredas se puede disfrutar en una ciudad inmensa como
Madrid. Aquí siempre encuentro la inspiración necesaria para mi posterior oratoria.
Visiono el escenario y me adapto para captar la máxima atención del público asistente.
Paseo y observo. La gente está llena de anhelos que creen jamás podrán cumplir. Lo
puedes notar. Hay una insatisfacción no disimulada en sus rostros. Eso me inspira.
Vuelvo a repetir las palabras en voz alta hasta memorizarlas, tratándolas de acompañar de
gestos atractivos, cautivadores. La mímica debe ser concluyente en todo comunicador.
Prosigo con mis pensamientos. No observar los límites, es una clave. Registro ese
pensamiento. Acondicionar la consciencia a nuestro antojo. También lo anoto. Es decir,
no ser conscientes de nuestros límites, no creer tenerlos. Me meto en charcos que ni yo
mismo sé cómo saltar, pero la osadía me hace valiente. La valentía suele venir impulsada
por la rebeldía, que es fruto a su vez de la juventud. Ergo, debemos mantener nuestro
espíritu joven, o lo que es lo mismo, curioso, también lo anoto. Hay frases estimulantes
que sirven para cualquier tema que se quiera tratar. La gente me pregunta de dónde saco
toda esa verborrea ampulosa, he de decirles que me nace sola, espontánea. Que no la
persigo, que viene ella sola. Frescura. Es un don.
Otras veces escribo los pensamientos. Cuando me encuentro en casa sin mejor
cosa que hacer, agarro mi libreta y mi boli y esbozo pensamientos. Tacho, reescribo,
corrijo. Escribo de lo que conozco y de lo que no tanto, para tener la ilusión de saber un
poco de todo. El humanismo me parece una rama clave de las ciencias sociales que
precisa de una constante actualización. Las relaciones sociales en la era de internet. Ese,
básicamente, será el tema de la charla de hoy. Me gusta dejar abiertos los contenidos, la
generalización me permite abarcar un contenido más amplio y divulgativo. Con la llegada
de internet y las redes sociales el campo de estudio se ha implementado hasta niveles
insospechados y yo he debido ponerme al día. Tengo que estar al corriente de lo que se
cocina, así que estoy implicado en chats, en foros y en varias redes sociales de forma
anónima. La mayor captación de clientes de El Conseguidor, mi empresa, las hacemos
vía internet, así que hemos de estar activos.
Luego está la oratoria, empresa nada sencilla y primordial en mi trabajo. Nadie
me enseñó. Es un don. Cautivar, seducir, conquistar, llamadlo como mejor os plazca, al
final todo viene a ser lo mismo. Generar empatía con la otra persona, utilizando
argumentos o situaciones que crean vínculos o conexiones inesperadas.
Así que reuniendo tres de mis mayores capacidades, la escritura, la oratoria, y la
seducción, un buen día me dije: <<¿y por qué no poner en práctica todos esos activos
catalizadores de manera que pueda ayudar a la gente y al mismo tiempo sentirme yo
realizado?>>. Y voilá, el resultado a la vista está. He dado el paso más trascendente de mi
vida, o como yo mismo diría, un viaje cargado de alforjas.
Después de mucho investigar, decidí que tendría que empezar desde abajo, así que
mis inicios fueron muy al estilo de telepredicador, subido en la mesa de un parque y
charlando para algunos amigos que se desternillaban de la risa. Me sentaba encima de la
mesa, con las piernas cruzadas tal y como recordaba a los monitores de los campamentos
cristianos a los que iba de pequeño. Al principio todo era cachondeo, claro está, pero,
poco a poco, la cosa fue adquiriendo un cariz más serio, en donde los presentes
compartían y contrastaban opiniones del tema del cual debatíamos. Gracias al espíritu de
esas charlas en el merendero del parque, mi carisma se fue reforzando, y el liderazgo de
aquellas reuniones me otorgó una legitimidad incontestable. La audiencia se fue
incrementando poco a poco, en lo que llamábamos reuniones campestres, aderezadas con
bocadillos, refrescos y el partidito de fútbol de rigor en el que también participaba alguna
chica. Se asemejaban más a convivencias parroquiales, que a ningún otro concepto
moderno, pero sentaron las bases de lo que hoy es mi actividad.
Luego llegó la genial idea de autodenominarme “conseguidor” una vez decidí
convertirme en autónomo como asesor multidisciplinar. Monté una sociedad limitada que
consistía en un consultorio telefónico abierto las 24 horas del día para la atención a
personas en situación desesperada. Cualquiera que fuera su situación. Una especie de
teléfono de la esperanza que tuvo muchísimo éxito por aquella época. Fui la primera
persona en anunciarse en las Páginas Amarillas como Conseguidor. El anuncio era muy
sencillo y directo: “Le ayudamos a conseguir sus objetivos, cualesquiera que sean”. El
negocio se basaba en la duración de la llamada, la tarifa por aquella época recuerdo que
era de 45 céntimos el minuto. Lo atendíamos entre mi hermana Mónica y yo. Habilitamos
un pequeño cuarto que hacía las veces de trastero en nuestra antigua casa de Carabanchel.
Lo enmoquetamos para estar más cómodos, instalamos la estufa y el viejo sofá de sky
donde muchas veces nos quedábamos dormidos. En el centro la vieja mesa de pino de
papá y presidiéndola aquel teléfono de los de antes con la ruletita giratoria, así de
sencillo. No sé ni cómo pude convencer a mi hermana Mónica de involucrarse en aquel
entuerto, pero ella sabía bien de mi oratoria y que nada me gustaba más que cautivar a las
personas. Vamos, que debió de ver algo razonable en aquella extraña proposición y se
subió al carro desde el primer momento. Papá nos apoyó económicamente y nos financió
campañas publicitarias en distintos medios. Luego llegó internet y todo se hizo mucho
más fácil. Acabé mis estudios en delineación y me puse de meritorio en una pequeña
empresa de la construcción que hacía de subcontrata. Para entonces ya tenía claro mi
faceta de conferenciante y mi deseo de dedicarme, de una manera u otra, a dicha
finalidad, de forma profesional o por simple placer.
Ahora compagino ambas cosas, mi trabajo de delineante y mi pasión de
conferenciante. Los fines de semana me sirven para desconectar del trabajo y entregarme
por entero a una de mis pasiones, la retórica. Sigo caminando por las amplias sendas de
El Retiro. Hace una mañana espléndida, con un sol cálido que calienta en su justa medida
el paisaje primaveral. Llamo a Ana al móvil, para preguntarle por el número de asistentes.
Me indica que la mitad del aforo aproximadamente confirma su asistencia. Todos han
ingresado el dinero en la cuenta. Hago un gesto de resignación, la mitad del aforo no es
mi ideal de reunión, pero la crisis económica hace mella en todas partes. El efecto de
encontrar una sala medio vacía –o medio llena, según se quiera ver– no predispone en
positivo a la persona que va a recibir la charla. Le digo a Ana que retire las sillas que no
vayan a ser ocupadas y que coloque las restantes en forma de círculo. Es una estrategia
que siempre empleo cuando sé que la sala no se va a llenar. Se trata de que todos estén en
el mismo plano y puedan verse las caras. Despido a mi socia y vuelvo a concentrarme.
A lo largo de todos estos años he aprendido más que enseñado. Yo no exhibo
ningún título en mi currículo, solo pongo a disposición de los demás el don que me ha
sido concedido. Los problemas no son tales. Esta figura como una de mis frases más
célebres. Siempre que puedo la saco a relucir, y siempre empleo una sonrisa para
acompañarla. Los asistentes me suelen mirar entre extrañados e indignados, como
esperando una rápida aclaración que les saque del marasmo en el que se encuentran.
Porque ellos están ahí debido a sus problemas, y además han pagado para obtener una
solución, y si puede ser inmediata, mejor. ¿Cómo les puedo decir semejante cosa, que los
problemas no son tales? Mis exposiciones no vienen basadas de ninguna filosofía oriental
ni de ningún espiritualismo lejano, sino de la convicción personal.
Me gusta quedar a tomar algo con la gente después de cada charla, estrechar lazos
con mis alumnos. Me gusta llamarlos así, al fin y al cabo, las palabras están a nuestro
servicio y no al revés, ¿no creéis? Mi actitud en las charlas les predispone para el
colegueo, y al final todos quieren quedar para salir a tomar algo o irnos de fiesta a las
discotecas del centro. En grupo, siempre en grupo. Como un nuevo concepto de familia.
Es curioso comprobar el entramado piramidal en su comportamiento asociativo. Todos
buscan en el otro el ideal de persona en que reflejarse. Así refuerzan carencias tan básicas
como el amor propio, la seguridad en sí mismos y la auto condescendencia.
Miro el reloj, Raquel debe estar a punto de llegar. Me acerco a uno de esos
característicos puestos de bebidas de El Retiro y pido una horchata. Me encanta su sabor
a buena mañana. El parque está animado como de costumbre. Viejecitos paseando a sus
nietos, hombres de negocios poniendo cara de poker, estudiantes resacosos, parejitas de
enamorados disimulando sus verdaderas intenciones, señores panzudos de mediana edad
haciendo footing… Me siento en el sitio acordado para el encuentro. Guardo
definitivamente la grabadora y me dispongo a disfrutar de mi horchata.
Raquel es una chica de 29 años con graves problemas de inseguridad que se
enamoró locamente de un chico por internet, al cual ahora quiere dejar. Resulta que se ha
enamorado de un compañero de trabajo y no sabe como decírselo a su amigo de internet.
La pobre está hecha un lío. Como no tenía valor para acercarse al chico que le gustaba en
la vida real le tuve que recomendar probar a buscar novio por internet. Le aconsejé que se
inventase un personaje con el cual mejorar sus habilidades sociales y entonces conoció a
este hombre.
Los problemas de Raquel vienen derivados de su sobrepeso y de la insatisfacción
que esto le produce. Vino a mí recomendada por una amiga que había asistido a mis
primeras clases en los años 90. Su baja autoestima y la falta de esperanza en solucionar
sus problemas de peso le hacían problemático el único aspecto que le faltaba en la vida,
encontrar novio. Raquel mejoró en sus habilidades sociales y asumió su cuerpo de forma
natural, llegando incluso a gustarse físicamente. Tuvo un par de novietes pero lo dejaron
pronto. Aún no ha conseguido vencer su inseguridad, que sigue presente y la paraliza.
Con ella también me he acostado, me fue imposible negarme, era una chica
entregada a la pasión, dispuesta a complacer a toda costa, y si bien estaba algo rellenita,
tenía una cara muy graciosa y unos preciosos ojos verdes que la hacían cautivadora.
Raquel ya no acude a mis clases, somos amigos y la aconsejo en lo que puedo. Cuando se
siente sola me llama para acostarnos, pero sabe que no debe hacerlo, esa no es ninguna
solución. Acabar en la cama de mis alumnas no forma parte de las clases, es solo una
consecuencia más.
Soy un seductor, y lo soy a tiempo completo. Eso también incluye mis clases. Yo
elijo con quien me acuesto, solo yo. A veces digo que es un extraño reconocimiento al
trabajo bien hecho, pues a fin de cuentas, es en el aula donde imparto la lección y donde
se enamoran. Por el momento no quiero entroncarme en una relación seria, el arte de la
seducción es un caramelo demasiado goloso como para renunciar a él. Además, flirtear
constantemente con las chicas me sirve para no acomodarme en la vacuidad de la teoría.
Tengo treinta y pico años –muy bien llevados, por cierto– y todavía siento las mariposas
en el estómago del enamoramiento espontaneo. He seducido a jovencitas que no llegaban
a la mayoría de edad y a maduritas que sobrepasaban los cincuenta, viudas, casadas y
solteras, todas me atraen. No soy guapo, si acaso resultón. Todo cuanto he conseguido
con las mujeres se lo debo al esfuerzo, a la dedicación. Es un don, nací para conquistar.
La seducción es un arte que consiste en hacer creer especial a la otra persona, mientras
agigantas el tamaño de la tuya propia, proyectando un halo de misterio.
Yo siempre digo que la falta de creatividad es la madre de todas las desafecciones,
el caldo de cultivo de los fracasos más íntimos y personales, los amorosos. El
agotamiento por falta de iniciativa da al traste con muchas parejas formadas e impide que
otras tantas se lleguen nunca a consolidar. Es la pescadilla que se muerde la cola, el
demandado no puede llegar a cubrir nunca las necesidades del demandante. Eso
desestabiliza parejas que funcionan muy bien en el plano comunicativo, pero que en el
plano emocional fracasan. Por eso debemos fomentar nuestro lado más creativo, pues
todos, en mayor o menor medida, lo poseemos. La creatividad implica novedad, que es el
mejor antídoto contra el aburrimiento. Y nada mejor para conseguir esa sensación de
novedad en nuestras vidas que la reinvención personal. Se lo digo mucho a mis alumnos,
reinventaros, explorar en vuestros adentros y sorprended a los demás. No os parapetéis en
vuestros roles, no os acomodéis en vuestros defectos, salid al encuentro de lo
desconocido. Sorprendeos a vosotros mismos en situaciones que jamás llegaríais a
sospechar, y estaréis sorprendiendo a los demás. Y sorprender, casi siempre, es agradar.
Estoy sentado sobre la mesa, con las piernas cruzadas, como solía hacer de joven,
cuando empezaba como orador. Quizá sea una forma de volver a la infancia, de habitar en
ella. Hacer cosas que suponen variar el comportamiento asociado a una determinada
etapa de la vida. A eso se le puede llamar transgredir, pero para quien lo adopta como una
pose, o un fin, deja de cobrar su verdadero sentido aliberador. Por eso, yo lo hago de
manera inconsciente, me hace sentir renovado, actualizado. He conseguido aislarme de
todos mis problemas –en realidad, los problemas no son tales– y dejar mi mente en
blanco cuando así lo deseo. Ahora es uno de esos momentos.
Siento una reconfortante sensación de paz. Los cálidos rayos de sol golpean
tiernos en mi espalda. Noto su agradable sensación de calor. No pienso en nada, solo soy
consciente de que estoy vivo, de que quiero estarlo. Nada perturba mi paz. Contemplo el
vuelo de una pequeña bolsa de plástico que se zarandea al antojo de una racha de viento.
Vuela hacia arriba graciosa y de pronto se desploma hacia el suelo. Zigzaguea caprichosa
dando tumbos entre los bancos y las papeleras del parque, pero sin detenerse un solo
instante. De repente el viento cesa y la bolsa se detiene. El tiempo se ha parado, para
ambos. Soñar lo es todo cuando no se tiene nada. No espero a nadie. Ella son todas.

FIN






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