Agazapado en los lúgubres rincones de mi aposento
observé impaciente el lento transcurrir del tiempo.
Esperando cual felino hambriento
una leve distracción de su presa,
tras la ventana mi mirada acecha
en busca de lo que ceda el viento.
Y en esa rueda cíclica en la que naufraga el tiempo
esperé reencontrar de mi vida los buenos momentos.
Oscuridad, nostalgia, miedo y soledad
asiduas huestes son de mi cordura,
al tiempo que, anhelante de libertad,
mi alma ansía unas migajas de fortuna.
Mas en el arduo oficio de esperar no hallé recompensa,
sólo fue tras surcar los inexplorados límites de mi fuerza.
Pues no hay premio a la holgazanería,
ni recompensa a la expectación.
La felicidad reside en los que día a día
persisten en su lucha con tesón.