PARA FRANCIA ANTONIA (Escrito por malvinabouffanais)
A VECES LA SOLEDAD ME REFLEJA, TU PEQUEÑA Y AMADA SOMBRA, TU PEQUEÑA SOMBRA SOBRE LOS OBJETOS. PERO NO ES VERDAD, ES SOLO MI TERCA...
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Fue más o menos así

Autor/a: Asia
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 24/06/2010
Leído: 581 veces
Comentarios (1)
Valoracion de la obra: 5

Historia desgraciadamente común y desesperantemente estúpida

No pasó hace tanto tiempo, pero mis recuerdos de aquella época son borrosos y muchas lagunas mentales bañan las imágenes que intento recrear, cerrando los ojos, ubicándome en el lugar exacto, en el momento concreto.

Muchas situaciones las he olvidado, ya sea total o parcialmente, pero recuerdo perfectamente lo que sentía; el dolor, la desesperación, la paranoia, la angustia, el desdeo de morir, la obsesión, la impotencia, la incomprensión, la locura recorriendo mis venas y llegando al cerebro, donde miles de cables convergían y un cortocircuito hacía que mi cabeza explotara, manifestándose en lágrimas, gritos, rabia y una fuerza sobrehumana.

Todavía no estoy del todo segura de que no estuviera poseída.

Ahora, cuando miro atrás, no puedo entender por qué me comportaba así, de dónde sacaba esa fuerza anormal, esas ganas de gritar, de pegar, de destruir.             
Me parece increíble que yo fuera capaz de articular esas palabras, que iban directas a la yugular del que intentaba razonar ante mí, de que pudiera descargar toda mi ira sobre las personas que más quería e incluso sobre perfectos desconocidos por los que se suponía que yo debía mostrar algún respeto.                                                                     

No sabía lo que hacía. No era yo…

Por eso a veces me da por pensar que a lo mejor no era yo la que estaba enferma. Yo no era la dueña de esas ideas destructivas y autodestructivas. Esa violencia no era mía. Quizás algo se había metido dentro de mí. Algo agresivo e irracional me había poseído y yo en realidad estaba inconsciente, mientras ese algo suplantaba mi personalidad.      
No era yo la que escupía esas barbaridades y la que asestaba puñetazos a los armarios si no encontraba a nadie a quien asestárselos.                                    
No era yo.

Pero sé que eso es engañarme, intentar convencerme a mí misma de que mi enfermedad no era culpa mía, intentar inculpar a un ente desconocido por todo el daño que hice a los que se encontraban a mi alrededor, por todo el dolor que me estaba causando a mí misma.                                                                                    

Lógicamente no se trataba de una posesión, si no de una obsesión.                        
Una obsesión que había fabricado yo y que me negaba a abandonar, como si me sintiera a gusto y protegida sintiendo su halo envolviéndome.                                  
Una obsesión que me costó dos años de mi vida. Un capricho que se volvió enfermizo. Un cubito de hielo que se fue haciendo grande con el tiempo y acabó convirtiéndose en una enorme bola de nieve que me absorbió hacia sus adentros y arrasaba con todos los que osaban ponerse delante para pararla.

Muchas veces me pregunto cómo sería mi vida ahora si hace nueve años no me hubiera vuelto loca.

-----------------------------------

 

Yo no quería ser una niña para siempre.                                                                     
No es que no quisiera crecer para evitar tener responsabilidades.                          
No es que no quisiera convertirme en una mujer con todo lo que ello conlleva.       
Complejo de Peter Pan, lo llamaban esos supuestos profesionales; no querer hacerse mayor porque te asustaba lo que te podías encontrar. Estabas tan cómodo siendo un niño que lo de convertirse en un adulto se te figuraba una hecatombe.                 
Ser adulto significaba ser independiente, tener responsabilidades, tener que tomar tus propias decisiones y acarrear con sus consecuencias.                                       
Así las cosas, la solución para seguir siendo un niño para siempre era no comer.

¡Ja! Pues yo me reía de ese estúpido Complejo de Peter Pan. Yo quería crecer, claro que quería hacerlo. Es más, lo deseaba fervientemente. Deseaba ser independiente y no tener que dar explicaciones a nadie. Deseaba poder tomar iniciativas, poder hacer las cosas por mí misma, poder sentirme útil, libre. Que nadie tuviera que ocuparse de mí porque podía hacer las cosas yo solita y a mi manera.                              
¡Claro que quería crecer! Pero quería crecer y convertirme en una chica delgada y esbelta, fina y casi etérea. Mi complejo no era el de Peter Pan, lo mío era más bien el Complejo de Kate Moss.

Visto así parece que mi única obsesión sólo fuese tener un físico lánguido y huesudo, pero no es así. No era así al menos al principio de mi locura. Luego, mientras me adentraba cada vez más en el oscuro fondo de la demencia, puede ser que mi físico sí que se convirtiera en mi droga y la comida en mi mayor pesadilla.

Al principio se trataba sólo de una tristeza sin tregua. Una melancolía que me acompañaba a todas horas y que no me dejaba hacer nada. Una depresión que llevaba cargada a mis espaldas y que me era imposible deshacerme de ella. ¡Y ni siquiera sabía por qué estaba triste! Y ese desconocimiento me convertía en la persona más angustiada del mundo, porque me sentía estúpida y mezquina.                                             

Nunca le había dado mucha importancia a las cosas. Mi máxima en la vida era que no debías recrearte en tu propia desdicha y no debías dejar que tus problemas te dominaran y embargaran todos los ámbitos de tu corta vida. ¿Y qué me estaba pasando en esos momentos? Que una tristeza sin nombre estaba ganando terreno en el campo de batalla que era mi vida. Empezó siendo sólo una gota de aceite en medio de una piscina olímpica y acabó conquistando todo el océano de mi existencia.       

Esa situación me extenuaba; por las mañanas me despertaba muy cansada y me sentía incapaz de salir de la cama, incapaz de emerger de las sábanas y de enfrentarme a un nuevo día gris.                                                                                
Me sentía intoxicada. Mi cerebro era una masa espesa que simplemente estaba ahí. Ya no cumplía sus funciones. Me había convertido en un vegetal.
No podía obligarme a mí misma a salir de ese sopor. No tenía fuerzas para colocarme una falsa sonrisa en la cara y salir de mi cuarto a compartir el espacio con unas personas a las que no podía entender y que no me entendían a mí.                        

Así que me quedaba encerrada en mí misma, dejando que mi mente se durmiera una vez más, intentando así que pasaran los días sin interarme, deseando que llegara el final o que, por algún milagro, me despertara una mañana como quien se despierta de un coma; una persona nueva, que no sabe lo que ha pasado en los últimos meses, que está deseosa de seguir con la vida que había dejado interrumpida, ignorando los enormes cambios que pueden habeer sucedido durante su ausencia.

Pero ese milagro no llegaba, así que me rendí y decidí esperar a que la vida se me consumiera como la llama de una vela. Quizás tardaría bastante tiempo, pero el final llegaría. Además, yo no tenía suficiente valor como para acelerar mi proceso de destrucción. No me atrevía a acabar con mi infierno particular mediante una cuchilla de afeitar o un cúter, y no me fiaba de lo que una sobredosis de barbitúricos podía suponer: ¿y si no me hacía efecto? ¿y si no me moría pero los medicamentos afectaban irreversiblemente a mi pseudo-cerebro, dejándome subnormal de por vida? Prefería no arriesgarme…                                                                               
Así que decidí dejarme consumir, dejarme morir como quien abandona a una perro al que acaba de atropellar en la carretera.                                                       
Para vivir hay que comer. Si comida significaba vida… Si no había comida, se acababa la vida. Fácil. Hasta mi cerebro putrefacto podía entenderlo.
Y eso fue lo que hice. De la noche a la mañana. Mi boca se cerró y sólo se abría para gritar y vomitar atrocidades a los demás. Poco a poco me iba convirtiendo en un monstruo maligno y sádico, que vivía encadenado a su propia locura y odiaba con todas sus fuerzas a todos aquellos seres sanos y sonrientes que vivían en torno a sus dominios.

Y con el paso del tiempo ese monstruo se fue convirtiendo en un cadáver fantasmagórico. Una cara pálida y ojerosa sobre un cuerpo que era un esqueleto envuelto en piel seca, al que cada vez le era más difícil permanecer en la cama porque le dolían  los huesos al entrar en contacto directo con el duro colchón. Un raído títere de madera al que se le caía el pelo a mechones. Una mujer ambigua de edad indefinida que había dejado de ser mujer.
Y lo peor de todo es que ese monstruo despreciable… se había quedado ciego.

No veía lo que me estaba pasando. O mejor dicho, no quería verlo. Me empeñaba en atarme la venda que cubría mis ojos cada vez más fuerte. A veces la venda parecía que iba a caerse, pero entonces yo me daba cuenta y hacía dos nudos más.
Estaba harta de todo aquello; de las blancas e impersonales paredes de los hospitales, de las aprendices de enfermeras con alma de profetas, de los psiquiatras que jamás quisieron escucharme, de las insustanciales terapias de grupo, de aquel arsenal de antidepresivos y sedantes que me debilitaban tanto que mi cuello a penas podía soportar el peso de mi cabeza, de aquel ejército de niñas con microcerebros de goma que parecían pasárselo en grande encerradas entre esas cuatro paredes que olían a antiséptico…

No soportaba las normas, las sanciones, las recriminaciones, los ataques de histeria, las escapadas de las bulímicas fugitivas, las envidias y los celos, las rondas de la verdad, las salidas de grupo obligatorias, las sospechas y las acusaciones sin fundamento.
No me acostumbraba a volver a ser tratada como una niña pequeña, a dormir fuera de mi casa, a sentirme controlada a todas horas, a pelar naranjas con cuchillo y tenedor, a comer pollo sin mancharme los dedos, a tomar café con leche para desayunar, a beber sólo un vaso de agua mientras comía, a tener que hablar sobre mí a todas horas con gente a la que detestaba, a tener que sonreír cuando no me apetecía.

Estaba cansada de ser una hipócrita, una autómata que planeaba todas sus actividades y las apuntaba en una libreta sin anillas, hora por hora, sin espacio para la improvisación, una retrasada mental que debía pedir permiso incluso para comprarse unas chanclas y a la que, por norma general, se lo denegaban.
Me estaba convirtiendo, a los dieciocho años, en una niña indefensa que medía a fondo sus palabras antes de abrir la boca, para no buscarse problemas y retroceder un paso en el largo camino de su “recuperación”.

Y todas las noches me acostaba inundada en sollozos. Lloraba y lloraba mientras hacía ver que dormía, porque era el único momento en el que sabía que nadie me estaba viendo y que podía desahogarme sin ser castigada.
Por las noches era dueña de mi vida.
Lloraba de rabia, de impotencia y de cansancio.

No quería volver a ver a nadie que llevara una bata blanca.                              
No quería volver a dirigir la palabra a ese grupo de niñas pijas con la cabeza llena de serrín a las que la envidia las corroía y se empeñaban en no salir de su enfermedad y en hacerme sentir más enferma a mí, aún cuando yo sabía de sobras que a esas alturas yo ya no tenía anorexia, sino que simplemente necesitaba hablar con una persona sana sobre otras muchas cosas que no guardaban ningún tipo de relación con la comida.

Yo no quería seguir hablando de patatas, chocolate o croquetas, ni de michelines o cartucheras. Todo eso me daba igual.                                                                      
Aprendí a restarle importancia a algo tan efímero como el cuerpo.
Encontraba estúpido pasarme dos horas escuchando a una universitaria adicta a los rayos UVA hablando sobre su enorme culo o sobre si se había mirado en el espejo de una zapatería.                                                    
Repetía que ya no me importaban las grasas o los productos bajos en calorías, pero nadie quería escucharme. A sus ojos yo era una farsante, una actriz. Estaba enferma y punto. Debía sentirme incómoda con mis muslos y mis caderas eternamente. Así que al final tenía que acabar hablando de lo muchísimo que me costaba comerme las galletas del desayuno aunque fuera mentira, puesto que nadie quería oírme hablar de otros temas que parecían banales en aquellas salas cuyas ventanas estaban siempre cerradas.

Creo que fue así cómo decidí que tenía que curarme: observando la ignorancia y la superficialidad que existía a mi alrededor.                              
Me negué a convertirme en una hipócrita profesional como todas las chicas que estaban allí. Si ellas habían acabado así… ¿iba yo a terminar como ellas? Me aterraba la idea. Tenía que salir de allí cuanto antes. Debía curarme ahora que aún estaba a tiempo si no quería terminar convertida en un pelele sin ideas propias y sin derecho a estornudar hasta que su terapeuta le diera permiso.

Así fue. El miedo a ser como ellas me dio fuerzas para salir adelante. No fueron ni las terapias de grupo, ni las sesiones individuales, ni los medicamentos. Fue el pánico a que eliminaran mi personalidad y mi independencia. Fueron las ganas de alejarme de ese ambiente viciado, corrupto y fascista en el que me tenían encerrada.              
Lo pasé muy mal durante un tiempo, pero supongo que debo estarles agradecida, porque sin su empeño por hacerme sentir como una hormiguita en el mundo de los Titanes, yo jamás habría salido de mi locura…
Y al final, salí.


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thu

ola

Autor: yo | Fecha: 10/12/2010 1:55:58

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