Salí al encuentro de mi amante, tal como solía hacerlo las noches planeadas para vernos a escondidas. Lo recibí... a secas... con un beso en la mejilla, porque él más que yo, no quería que la gente se enterase de nuestra pasión secreta. Caminé a su lado, como una extraña, por las oscuras veredas, abrigada en mi tapado marrón de terciopelo y mi boina gris que parcialmete cubría mi rostro. De vez en cuando... unas pocas palabras rompían trágicamente el silencio, como un vidrio que es golpeado por una piedra... pero inmediatamente todo retornaba al silencio, y caminabamos hacia nuestro lugar privado sin decirnos absoutamente nada.
Ya deseaba tenerlo entre mis brazos, acarciar su pecho belludo y brazos musculosos, mientras me perdía en el abismos de sus ojos verdes, despojada de mis ropas discretas y tristes como las paredes de esta ciudad; quería sentir su boca mordiendo sin piedad mis pezones, sus labios recorriendo, todo mi cuerpo, rozar su piel contra la mía, empapada en su sudor, y sujetar el latido satisfactorio de su vientre sobre el mío. Quería despojarme por unos pocos minutos de mis penas y preocuaciones, que soy cargas eternas, y alimentar un poquito mi alma con sus caricias de amor fingido, aunque estaba yo informada de ello, y totalmente cocvencida de estar realizando solamente un ritual reproductivo, muy mal asociado con el amor... y bien sabía que por más que lo pensase mil veces el jamás iba a llegar a amarme.
Llegamos al Hotel de fachadas iluminadas con luces rosas y ventanas y puertas de espejo. Pedimos una habitación temporaria al hombre que atendía detrás de la ventanilla de vidrio polarizado, quien, luego de tomar por debajo del mismo el dinero, nos dió la ficha con el número de cuarto donde por un corto tiempo viviríamos nuestro simulacro de cariño.
Esa noche lo complací como nadie, y lo escuché gritar agresivamente su placer, para luego caer recostado a mi lado con la mirada indiferente. Una lágrima rodó por mi mejilla.
Al salir del Hotel por la mañana, se
despidió... a secas, como al principio... Y lo ví partir... Un terrible temor de perderlo palpitaba en mi pecho... contemplé su silueta a lo lejos, desconfiada, y sin titubear lo seguí... se perdió en un Shopping. Pasé las puertas eléctricas, hacia el subsuelo por las escaleras de mármol, sujeta de la baranda de la izquierda de barrotes decorados. Una vez abajo, lo ví marcharse por la otra salida cruzando la vereda del frente, con rumbo desconocido, sin voltearse hacia atráz. Lo seguí, sin que me detengan, y lo ví entrar al supermercado de paredes azules, con puerta giratoria, y bajar una escalera de cemento con baranda hacia la derecha, color azul arriba. Bajé también para alcanzarlo y pedirle una explicación, pero se perdió entre las góndolas y la multitud que seleccionaba los productos. Recorrí el local de un lado a otro, aunque ya desconcertada y aceptando mi derrota no completé el otro extremo.
Quize bajar buscando la escalera hacia el subsuelo, por la cual descendí, pero pero simplemente encontré una pared blanca hacia lo lejos, y personas que pasaban indiferentes... Al preguntar a alguien por la salida, me dijo que era la final de la pared, hacia el fondo, donde estaban las góndolas y heladeras de la carnicería. Caminé hacia allí, y subí, tras una ancianita vestida de blanco,unas escaleras de hierro en caracol de escalones anchos pero que no dejaba de ser insegura, mientras los carniceros me decían groserías.
Desperté llorando de ese brutal sueño de las escaleras y mi amante perdido. Volvía a ver a mi amante una o dos veces más, y tuvimos nuestro rato de intimidad, pero luego, solamente por mi bien y para no dañarme le pedí que se fuera, y así desapareció de mi camino, como si con el sueño él se hubiese esfumado para no volver. Soñaría con el mismo lugar pero ya sabía que por más que lo buscase no lo iba a encontrár más. Él quería alejarse por siempre de mi vida, sin importar el horrible hueco difísil de rellenar que podía dejarme... Él nunca iba a llegar a amarme... él ya no quería estar conmigo...