Ya no puedo negármelo. No consigo ocultármelo más. De nada me sirve ya engañarme. Lo tengo que aceptar. No puedo ignorar su presencia. Ya no consigo fingir que no existe. De nada me sirve intentar vencer lo que se empeña en perdurar. Me tengo que resignar. Y es que yo jamás lo he deseado, aún menos buscado y menos aún provocado. Es un imprevisto, que no un accidente; algo no deseado, aunque no rechazado; un proceso tan sólo ignorado aferrado a la vana esperanza de verlo partir del mismo modo que no lo vi llegar. Lo tengo que asimilar.
Es un sentimiento que creí haber eliminado tras apartarlo de mí y condenarlo al destierro. Representa un oscuro episodio de mi vida que encerré en los profundos calabozos de mi corazón. Y ahora vuelve a mí. En estos días aparentemente apacibles donde la serenidad y el sosiego colmaban la estabilidad en la que convertí mi vida, las primeras ráfagas de este huracán amenazan la insignia de mi estandarte.
¡Cuán paradójico me resulta sufrirlo, habiendo yo, escéptico, huido de él, cuando tú, anhelante, lo buscas por doquier con la esperanza que apacigüe los embravecidos mares por los que sueles naufragar!
¡Quisiera dártelo entero! Dándote con él la libertad de disfrutarlo con quien pudieras desear. Mas tan sólo puedo ofrecerte compartirlo, siempre que tú lo aceptes y lo compartas por igual. Sé que no es así como tú lo esperabas. Sé que jamás creíste poderlo hallar aquí. Sé que siempre pensaste encontrarlo en otro y por eso persigues, suspirando, a quienes nunca van a querértelo ofrecer. Siento decepcionarte al revelártelo pero, lo que tú buscas, lo tengo yo.
Y es que lo siento al posar mis ojos en tu plácido rostro para contemplarte dormida en el sofá. Y me inunda cuando al despertar los buscas para saber que permanezco a tu lado. Y me desborda al dibujarme esa tierna sonrisa con que a menudo premias esa perseverancia. Y me ahogo en él cada vez que me abrazas y me besas en uno de esos momentos en los que el mundo desaparece para concedernos un universo en el que sólo existimos tú y yo.
Mas es tan solo en la penumbra de la noche, bajo la desinhibición de tu propia embriaguez, envuelta en las turbulencias que definen tu atormentada existencia, que recuerdas que soy yo quien está a tu lado, que son mis brazos los que te arropan cuando buscas calor, que son mis manos las que enjugan tu llanto cuando las lágrimas escapan a tu orgullo. Y es entonces cuando, por unos breves instantes, todo me parece perfecto. Y me olvido de la frustración por la que transcurre mi propia vida, me olvido de la discreción y el disimulo en los que oculto lo que siento por ti, e incluso llego a olvidar lo mucho que odio el verbo amar.
Pero cuando la noche sucumbe al amanecer, la embriaguez a la desazón, y la tormenta al cálido rayo de sol, todo vuelve a ser como siempre: bello, pero no hermoso; sincero, pero no transparente; afectuoso, pero no amado. Y es entonces cuando, por una eternidad, todo me parece vacío y sin sentido. Y recuerdo lo absurdo de todo cuanto compone mi propia vida, recuerdo la melancolía y la nostalgia con la que inundo el transcurso de mis días, y vuelvo a recordar que, para ti, seguiré siendo tan sólo un buen amigo, y que nada más cabe esperar.