Los ejes de poder como desarticuladores de la vida de los sujetos en Mano de obra de Diamela Eltit
Natali Guerra Steffens
natitatello@hotmail.com
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Somos servidores
de la ley, a fin de poder ser libres- La filosofía del derecho Friedrich, Carl Joachim
Diamela Eltit forma parte neutral de los escritos hispanoamericanos referentes
a la desintegración y esclavización de los sujetos reemplazables y basurizados
en los espacios de poder. La
gran mayoría de la producción literaria de la escritora chilena contemporánea
expone ciertas marcas funcionales en que se mezcla la dinámica del supermercado
con los ejes de poder que se van desentramando en el contexto laboral. Asimismo, es conocida la incesante marca
literaria de Eltit, la cual se subsume en la fascinación por resaltar el
sometimiento de los sujetos públicos que son silenciados y marginados ante los
cambios y consecuencias que trae consigo la metaforización del cuerpo
maltratado por la mano imperante del poder.
Eltit, a pesar de haber sido una literata destacada por su manera
realista de representar la realidad corrompida y fragmentada por los
vicios de la sociedad latinoamericana, jamás se le ha encasillado como
novelista y ensayista contemporánea, sino más bien se le asocia a una mujer que
exalta características socio-políticas en que se desenvuelven los sujetos sin
identidad. Es decir, se centra en la búsqueda del sentido de la vida perdida
dentro de un espacio reducido en que se es prisionero sin escapatoria. Desde este punto de vista cabe preguntarse ¿Qué
sucede con el paso de los clientes y la huella dentro del supermercado? Pues
para la autora las interrelaciones se dan por medio de las clases de poder que
ejercen sujetos opresores a aquellos sujetos oprimidos, centrándose en ¿Cómo
interactúan en la dinámica de transitividad dentro del espacio dominante? Y
fuera de ella, ¿qué implicancias trae consigo a la vida de los trabajadores? Para
tal efecto, exploraremos los conceptos empleados por la autora, destacando cómo
ejerce la acción del poder dentro del supermercado.
En una primera aproximación estableceremos un marco referencial de la
idea de dinámica del supermercado, para luego realizar consecuencias y cambios en las pautas de comportamiento de los sujetos a
partir de los ejes de poder que se ejercen en el espacio.
Para conceptuar la idea de
dinámica, o más bien de dinamismo, nos basamos en el planteamiento de Van Dijk,
quien señala la necesidad de
intercambiar significados transculturales de dos o más culturas, vislumbrándose
la presencia de una porosidad cultural,
evitando, en palabras de Van Dijk, la cristalización o el congelamiento de las
sociedades y de los sujetos que interactúan en ella. Es decir, el concepto de dinámica se asocia a la
posibilidad de dejar abierta y no como bóvedas cerradas y herméticas la
comprensión e interpretación de significados enriquecidos que se comparten
dentro de un determinado lugar, no siendo empobrecidos como realidad cultural
al negarse a mirar allende las fronteras. Desde esta
perspectiva de dinamismo cultural, se puede señalar el punto de partida de
inserción de la dinámica de significantes en el ámbito de la interacción de los mecanismos sociales. Esta
idea se funda preferentemente en la
dinámica del supermercado, en donde se presenta una disposición de los espacios
obstruidos en el que la movilidad esta predeterminada por las fuentes de poder.
Este concepto de poder ejercido sobre un espacio determinado y limitado, trae
consigo el miedo que se inserta desde lo colectivo del ser humano, pues el
poder como factor que predomina la movilidad de los sujetos dentro del espacio,
se fecundará a partir de lo social insertado dentro de un mundo pluricultural. Esta
idea quedará respaldada con lo expuesto por Susana Rotker en su texto Ciudadanías del miedo, en donde exhibe cómo
las ciudades han dado lugar a la generación de espacio escritos por la
violencia. Esta postura que plantea el
sentido del miedo nos llevará a ser parte de la sensación del desvanecimiento
ciudadano. Es decir, la violencia produce crisis en todos los órdenes en donde la lógica
y moral se dan vuelta, estableciendo la figura humana como un ser parte de la
materialidad que conforma el espacio del supermercado.
Eltit, muestra al trabajo
como parte dominante del espacio en que interactúan los sujetos oprimidos y prisioneros
dentro de una prisión que anula su pensar y evolución, claro está cuando en su
novela la autora nos dice:
“Los clientes (el que ahora mismo me sigue y me desquicia o el que me
corta la respiración o el que me moja de miedo)
se reúnen únicamente para conversar en el súper. Yo me estremezco ante
la amenaza de unas pausas sin asunto o me atormento por los ruidos insípidos y,
sumergido de lleno en la violencia, me convierto en un panal agujerado por el
terror”.
Bajo esta mirada de disfunciones del
espacio, es que surge el nexo entre el miedo y el poder que se apodera del sujeto mecanizado, pues es la ciudad la que se
ha convertido en un espacio de desprotección y peligro. O como dice Néstor
García Canclini en su texto Consumidores y ciudadanos y la globalización imaginada, en donde pone de
manifiesto que el vivir y convivir juntos ya no representa lo mismo, pues ha
desaparecido el sentido de interrelaciones entre los seres humanos, predominando
la autonomización de los espacios, desde lo público a lo privado, pues bien nos
dice Rotker que no se trata tan solo de pensar el miedo y de cómo narrarlo,
sino cómo vencerlo a partir de la unión de uno más uno y no desde la visión
individualista en que el ser humano se enfrenta
despojado frente al mundo, como un niño sin su ropaje y dando claras
muestras que el ser humano al enfrentare al mundo desnudo pierde su ropaje
material, quedando como aquello débil sin sentido de la basurización y del
corrompimiento de la sociedad como bien lo expone Edmundo Paz Soldán en su
texto El delirio de Turing, en donde
relata cómo un niño de Quillacollo está descalzo tapado sólo con un calzón
blanco en el patio de tierra, mostrando
al lector la decadencia humana y permanencia en ella si no se aventura e
introduce en un mundo de cambios permanentes y constantes que desplazan al ser
humano, llevándolo a un segundo plano en el que es movido por el juego
laberíntico de Cortázar en Rayuela,
tratando , en todo momento, de encontrar el sentido de la vida al final del
túnel que en palabras existenciales haga desaparecer la angustia y el sin
sentido de las personas utilizadas como
mano de obra reemplazables dentro del supermercado. Este sentido bien lo
presenta la autora cuando:
“En el súper cambiaba y cambiaba el
personal con una rapidez indescriptible. Filas de pendejos parados desde las
cinco de la mañana. Macilentos a la entrada del súper, bien vestidos o mal
vestidos, obsequiosos, zalameros o decididos a cualquier cosa para obtener
nuestros puestos. Una cantidad enorme de pendejos que se desplazaban desde distintos puntos de
la ciudad con el aviso del periódico en la mano, listos para despojarlos.
Pendejos con estudios, desesperados por un trabajo, inmóviles en la fila con sus caras de imbéciles”.
El ser humano que está en zonas
empobrecidas vive bajo el colapso social
y desamparo que se establece en el medio social y material en que actúan las personas
guiadas por la violencia, el caos y la destrucción. Asimismo la competitividad y exigencias que la
sociedad instala en el contexto del trabajo es cada vez más persistente llevando
a crear reglas de manejo para permanecer dentro del sistema social-económico.
Es decir, los códigos y reglas que se presenta en todo espacio laboral son como
mandamientos a seguir, sin exigir ninguna escapatoria para los sujetos
insertos, en este caso, dentro del supermercado.
El paso de
los clientes marca el carácter de movilidad de los sujetos dentro de un espacio
cerrado, en donde se presentan intuiciones reflejadas en otros. Es decir, los
clientes muchas veces ven al personal que trabaja en los supermercados como un
componente más de la infraestructura del lugar, en donde no se cuestiona el
quehacer de estas personas, sino, se les mecaniza en todo momento hasta el
punto de ignorarlos como trabajadores y por sobre todo como personas íntegras y
con vida propia. Desde esta concepción de la conciencia de la vida de las personas,
consideramos preciso determinar la huella tanto física como mental que dejan
los sujetos dentro del supermercado. La primera de ella, es decir, la huella
física se va plasmando como el eje de transitividad en que se ven sometidos los
sujetos, pues el movimiento de las personas y los circuitos que ellos van
realizando dentro del supermercado están predeterminados desde el inicio de la
existencia humana, en donde el ser humano ha intentado reestablecerse como
seres que dejan huellas y, por ende, que logran
un lugar en la época en que desarrollan sus vidas. Volviendo a lo que
representa la huella misma, son los clientes quienes renuevan y resignifican,
con su pasar, el espacio cerrado en que conviven trabajadores oprimidos con
clientes hambrientos y cegados por el consumismo. La segunda de ellas, es
decir, la huella mental en palabras de Tsion Avital son las metas -estructuras atribuidas
fundamentalmente a la percepción de la conexión que se da entre la mente y la
realidad, tales como la complementariedad y simetría que se da entre estos
factores de las estructuras mentales como bien lo expresa Aristóteles, cuando:
“……El alma es
análoga a la mano;
Pues
mientras la mano es la herramienta de herramientas,
Así
mismo es la mente la forma de las formas…”
En un sentido, la mente esta envuelta
sobre si misma, es reflexiva y algunas veces realidad consciente. Así la
conciencia es un modo de enlace mente-realidad.
Los conceptos de huella física y
mental es lo que Eltit manifestará como aquel símbolo que predetermina las interrelaciones
que se dan por medio de las clases de poder que ejercen sujetos opresores a
aquellos sujetos oprimidos, pues la mano de obra que subyace dentro del supermercado
es aquella que se gobierna por un poder central establecido dentro del espacio
cerrado que conforma el lugar comercial. Mientras que el opresor tiene
libertades tanto internas como externas sobre la vida y accionar de los
trabajadores. El autor Juan Carlos Galdo, en su artículo Fronteras del mal –Genealogía del horror señala la idea de la muerte como el báculo de
Latinoamérica y de cómo esta parte del continente americano no puede caminar
sin su báculo, pues las personas americanas viven bajo una nube espesa que no
deja ver con mente clara las posibilidades de progreso y bienestar posibles
para el avance de los sectores más desposeídos, pues este nublamineto, no
permite una salida fiable de los sujetos
sometidos a trabajar para subsistir. Además de vivir pensando que se nace para
morir, limitando la propia existencia del ser. Es decir, se expresan las
limitantes que tienen los sujetos vistos solo como mano de obra, como máquinas
que se pueden desechar por su vejez y caducidad.
Las obras de Eltit, como ya se ha
señalado, tienen un carácter funcional de representar a sujetos oprimidos y
basurizados por la sociedad, vistos sólo como mano de obra o máquinas que no
tienen voz ni voto en las posturas y criticas del sistema avasallador del que
son partícipes. Desde esta perspectiva del planteamiento de la autora, es
preciso señalar cómo el supermercado elabora procesos simbólicos y estratégicos
con el afán de imponer su hegemonía sobre sus trabajadores, afectando no solo
el comportamiento de los sujetos dentro del espacio dominador, sino que también
al eje de producción de lo doméstico y lo cotidiano, asociado al fenómeno de
modernización de la vida urbana y de cómo este ente dominador llega a
experimentar en el otro transformaciones en el ámbito de los estilos de vida y
sociabilidades. Bajo esta postura, Jean
Franco en su texto Narrativas de la
globalización manifiesta el grado de connotación con que actúa el espacio
dentro de la vida de los trabajadores, pues muestra cómo el espacio ya no representa una globalización social,
sino va intersectando las pautas del espacio inherente que llevan a la pérdida de identidad
cultural. Esto generará un contexto de espacio, en donde se cambia o bloquea un
hecho determinado, como es el caso del paso de los clientes por los pasillos
del supermercado en la obra de Eltit, en donde se va construyendo, desde el
espacio, la percepción mental del sometimiento y la muerte de los sujetos. Es
decir, no es cosa olvidada el sometimiento del pueblo autóctono americano por
el yugo español en tiempos prehispánicos, ni tampoco el desconsuelo de aquellas
víctimas oprimidas por un ser culturalizado, sino se trata de cómo se proyecta
la visión eurocentrista en las tierras prehispánicas, en donde somos sujetos de
la suerte y del desamparo que pudiese
tener algún extranjero. Bien es el caso de Bartolomé de las Casas, quien
defiende la postura del indio y no lo ve
como seres débiles e ignorantes, sino como una cultura que tiene solidificada
su identidad y lucha por mantener sus ideales. Este accionar prehispánico, en
nuestros días, se ha perdido debido al sistema y el poder con que se somete al
hombre contemporáneo, no dejando escapatoria ni manera de pensar y criticar su
lugar y accionar en este mundo, acotando
y volviendo la mirada hacia el futuro hostil en donde no tendrán más esperanzas
de llegar con vida, pues la dignidad del sujeto que trabaja hoy en día en
centros comerciales se ve fragmentada y desgastada. Es decir, existe una lucha
constante por ganar dinero o por ser algo más que el otro, desarticulándose la
unidad social, a diferencia de lo ocurrido en tiempos de colonización, en
donde se luchaba por una causa en
conjunto y por sobre todo por mantener la unidad nacional.
La unidad de la identidad perdida se
manifiesta con el carácter de movilidad con que se concibe, en el medio
colectivo, el poder, el cual genera el paso de lo marginado a lo legal. Es
decir, si nos basamos en la cita de Eltit:
“vamos a cargar a los
maricones que nos miran como si nosotros no fuéramos chilenos igual que todos
los demás culpados chuchas de su madre. Ya pues huevones, caminen. Caminemos.
Demos vuelta la página”.
De esta manera se
expresa la simplicidad con que la autora introduce el desgaste humano y de cómo
se va engendrando la perdida de identidad de los sujetos insertos en un espacio
cerrado en donde sólo importa la productividad y ganancias de un sector
superior que no le importa la vida del trabajador, sino tan solo su propio
estatus social-económico por sobre la mesura de la vida humana. Esta pérdida identitaria se
relaciona con el concepto de objeto con
que se concibe a las personas miembros del trabajo en el supermercado, desviando
su concepción del ser a algo más sombrío presente en:
“Sabíamos que adentro uno de los supervisores le estaba lamiendo el
culo. Eso nos dijo ella. “Me lame el culo”. Agregó que ella también era una
lame culos porque dejaba que (ese viejo
asqueroso), (lo dijo despacio), le pasara la lengua por el trasero y afirmó que francamente no le importaba. La
tenía sin cuidado. No le costaba nada ser una lame culos. “Todos ahora lo son” dijo.
“Todos sin excepción”.
El hablar en silencio
implica el respeto o el miedo a un otro castigador. Es decir, se va instaurando
el miedo colectivo que se presenta en el espacio cerrado del supermercado, lo
cual trae implicancias a la vida de los
trabajadores por medio de consecuencias y cambios en las pautas de
comportamiento de los sujetos, a partir de los ejes de poder que se ejercen en
el espacio.
Los cambios y consecuencias que el
poder ejerce en las pautas de comportamiento de las personas
depende de cómo los sujetos van efectuando su trabajo y, por ende, de cómo
ellos son parte del maquiavélico conjunto de manipulaciones con que sectores de
superioridad económica y política utilizan como verdaderas marionetas a
aquellas personas que están sometidas a
vivir humillaciones y alteraciones por logar mantener un trabajo, el cual le
permitirá ser alguien o algo en esta vida. Es decir todo lo que ocurre dentro
del supermercado es de índole circular, en donde se presentan vicios en que se
pone al hombre como la nada misma, sin valor social, sin identidad, sin
opinión, llevándolo desde un inicio a estándares que predeterminen su caminar,
bajando siempre el autoestima, designándolo siempre a la nada, volviéndose
sombra de un poder que lo corrompe y lo envuelve en el más oscuro de los
silencios. La contradicción de las personas también
juega un rol importante dentro del supermercado, pues muestra el pensar humano
limitado a las ganancias y poderío ajeno. Es decir, el hecho de dar todo por mantener un trabajo,
una necesidad de vender la vida al diablo por
permanecer en una prisión. Es paradójico, pues un ser libre completo de
esperanza se sucumbe ante mundo en el que las contradicciones conllevan al
decentralismo y, por ello, a la desintegración de la armonía de la vida de los
sujetos.
El poder, en palabras
de Max
Weber, representa la sociedad moderna amenazada por el fenómeno creciente de la concentración
del poder dentro de las organizaciones, en donde se instala la presencia de un
poder indirecto que se ejerce sobre las personas, es decir, es un poder
trabajado para parecer inconsciente, maquillado e ingenuo, pero que a fin de cuentas
es un poder sociológico:
"Se necesita sin ninguna duda ser
nominalista: el poder no es una institución, ni una estructura; tampoco es una
cierta fuerza con la que estemos dotados; es el nombre que le damos a una
situación estratégica compleja en una sociedad determinada" "La
dominación [no es] ese tipo de dominación sólida y global que una
persona ejerce sobre otras, o un grupo sobre otro, sino las muchas formas de
dominación que pueden ser ejercidas en el interior de una sociedad".
El poder ejercido en las instituciones como centros de
operaciones es lo que predomina en el trasfondo del texto mano de obra, pues se focaliza
en detectar el punto débil de los trabajadores, el cual se determina con
tan solo llamarles la tención, pues éstos ven el temor de ser despedidos,
aislados y marginados de la sociedad, pues bien Eltit señala el poder ejercido
desde un opresor a un oprimido a partir del juego de roles entre trabajador,
cliente y supervisor de la siguiente manera:
“…los
supervisores se pasean (de lo lindo), en un atroz fuego cruzado con los
clientes, para mirarme –a mí- con sus gestos amenazadores cargados de una
reprobación odiosa. En el centro de la indisimulada crueldad, me levantan una
ceja electrónica o mueven sus manos –furiosos- ante el riesgo y el deterioro que
experimenta la mercadería. Pero son así, siempre, los supervisores”.
Foucault en su texto Vigilar
y Castigar, nos presenta y propone el concepto de poder como aquella acción
que actúa sobre otras acciones, en donde se puede presumir la libertad de los
sujetos por la vía en que se considera al poder como aquello que no obliga o
somete a otro inferior, sino más bien se relaciona con la idea de preconcebirlo
como la manera que se tiene para guiara a las personas hacia una conducta esperada.
Es decir, se quiere lograr un cambio en
el accionar de las personas para poder adecuarse al medio social en el que desarrollan su
trabajo. Es por ello que las consecuencias
y cambios en las pautas de comportamiento de los sujetos dentro del
supermercado son en base de las exigencias
del medio social, siendo muchas veces las causantes de cambios de
mentalidad y de cómo se percibe el espacio público, en donde los sujetos, ya
sean clientes, trabajadores o supervisores actúan de acuerdo al rol que creen
les corresponde. Es decir, las marcas sociales están presente en todo momento,
pues los clientes tienen conocimiento de la importancia que se les otorga por
el dueño del local comercial y de cómo ellos son los reyes a los que se les
debe reverencia y atención. Mientras que los trabajadores no son más que
juguetes, seres sin identidad como se expresa en el texto de Eltit:
“Y consigo esta maravillosa sonrisa, mi estatura, el movimiento armónico
de mis manos. ¿Qué les parece? Ya me encuentro en plena posesión. Con mi cuerpo
pegado a mí mismo (como una segunda piel) me desplazo por el interior del súper”.
Los supervisores, en cambio, son aquellos quienes ejercen
poder dentro del supermercado, vigilando como seres parásitos a los trabajadores, ejerciendo su dominio
sobre los débiles seres que se desvelan por dar lo mejor de sí para permanecer
en sus puestos.
Luego de haber examinado la idea de dinámica del supermercado
a partir del paso de los clientes y la huella que representan
dentro del supermercado, podemos descifrar como los sujetos van interactuando
dentro del espacio y las implicancias que este hecho trae a la vida de los
trabajadores.
Finalmente y a partir del estudio realizado, estimamos que Eltit
pese a su pensamiento crítico sobre la realidad que viven los trabajadores del
supermercado, aporta, con sus escritos, una
nueva manera de pensar y ver a los seres indefensos despojados de su identidad.
Es decir, por medio de su manera de ver la literatura se proyecta un nuevo recurso
de valorización y resignificación , en donde no se acota el objeto de estudio,
sino que permite la amplitud de conocimiento referente a la implicancia o
incompatibilidad de la unidad del sujeto que se presentaba hasta antes de la
modernidad, siendo este hecho y aparición modernista la que desencadenarán la
manera de percibir al sujeto ya no desde una cosmovisión de homogeneidad , sino
como un sujeto fragmentado por los vicios que conlleva la globalización,
perdiéndose, muchas veces, la identidad cultural.
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