CONOCIENDO A SOCRATES
A pesar de no haber escrito una sola palabra, Sócrates fue considerado durante mucho tiempo como la línea demarcatoria entre la prehistoria y la historia de la Filosofía. Ello, no constituyó obstáculo para que sus compatriotas, los atenienses, lo obligaran a buscar el sabor amargo de la cicuta, hasta morir. Esa fue la respuesta a su prédica permanente, por las calles de la ciudad, interpelando a los jóvenes para demostrarles que lo desconocían todo y que era necesario que buscaran la verdad.
Aquél ciudadano de aspecto exagerado, burdo y caricaturesco, según lo definiría siglos mas tarde Nietzsche, debió comparecer para ser juzgado, rechazando incluso, la posibilidad de un indulto. Prefirió morir dialogando hasta el final con sus discípulos.
Sócrates enseñaba que la capacidad de conocer, de develar la verdad, de descubrir el bien y de actuar para alcanzarla, está presente en cada hombre. Más exactamente, esa capacidad se encuentra implícita en la facultad humana de lenguaje y, mediante la correcta utilización de esa facultad llega a convertirse en realidad, a hacerse explícita. Este es el sentido de su famoso “conócete a ti mismo”. Por lo tanto, los criterios sobre el bien y el mal, sobre la conducta moral, sobre la verdad y la falsedad dejan de ser el fruto del reconocimiento colectivo en la estructura política y religiosa de la democracia ateniense, tal como se la concebía hasta entonces. Es decir que, de acuerdo a Sócrates, no basta que el hombre actúe según lo establecen las leyes, es preciso que adquiera conciencia clara de su acción, de su significado, de su razón y de su relación con la verdad y el bien, entendidos como valores universales.
La conciencia individual tiene entonces un doble sentido: es el receptor de la verdad y es el camino para llegar a la verdad.
Sócrates elaboró una teoría a partir de la premisa de que no poseía ningún conocimiento verdadero. A través del diálogo, de la dialéctica profunda interrogaba al funcionario, al soldado, al herrero, acerca del sentido último de su quehacer.
El objetivo era abstraer de la suma de actitudes individuales justas y buenas, el denominador común de validez universal, que posibilitara alcanzar la definición de la verdad, el bien y la justicia.
Todo hombre debía conocer -según Sócrates-, el fin último de su vida para poder obrar correctamente. Si llegaba a entender dentro de sí el sentido oculto de cada situación, el valor general a partir del cual era posible juzgarlas, no podría apartarse jamás del camino justo. Por lo tanto, el éxito inmediato en lo económico y en lo político dejaban de ser parámetros válidos. Esto es lo que Atenas aprendió de Sócrates y que, al mismo tiempo, fue incapaz de perdonarle.-