LARGA TRAVESÍA
DE UN PEÓN
DE NEGRAS
Diego Almansa
Ortega
Agradecimientos
A Miguel Ángel, amigo y poeta villarrobletano
desde tiempos adolescentes, con el que disfruté de transcendentales
conversaciones.
A Nacho, un viejo amigo mío con el que
compartí tardes de ajedrez y que ha servido de inspiración para un personaje de
esta historia.
A Fran, compañero de universidad con el
carácter más alegre que he conocido nunca, y en el que igualmente he basado uno
de los personajes.
Y a la familia que marcó mi condición
como persona, con lo bueno y con lo malo, y ante el hecho de que no podemos
nacer debajo de las piedras, siendo consciente de que uno es quien es, en gran
parte, por estas perennes raíces.
Dedicado,
especialmente, a Marian;
por
su paciencia con mis despistes,
por
alegrar mis despertares, sobremesas u días de lluvia,
y
por ayudarme, activamente, con su apoyo y consejo
sin
los que esta novela no hubiera sido posible.
“Una
cumbre no la conquista aquel que
nunca se cae, sino aquel que nunca desfallece”
“La
felicidad no consiste en poseer todo
lo que se desea, sino en apreciar todo lo que
se tiene”
ÍNDICE
CAPÍTULO 1: Mala idea
CAPÍTULO 2: Odiosas Preguntas
CAPÍTULO 3: Otra dudosa idea
CAPÍTULO 4: ¡A la aventura!
CAPÍTULO 5: La jungla humana
CAPÍTULO 6: Un Poco de orden
CAPÍTULO 7: La balanza se inclina, por fin, a su favor
CAPÍTULO 8: No todo podía ir tan bien
CAPÍTULO 9: Más novedades
CAPÍTULO 10: Navidades
CAPÍTULO 11: El
destino
CAPÍTULO 12: En
blanco
CAPÍTULO 13: Visitas
de cortesía
CAPÍTULO 14: Definitivamente, la vida no es justa
CAPÍTULO 15: Once
años más tarde
CAPÍTULO 1
MALA
IDEA
25 de Septiembre
«El
destino baraja y nosotros jugamos»,
filosofaba el muchacho con la mirada clavada en la luna.
Se llamaba Ismael para su familia y amigos;
Ismael Torres García para los profesores del instituto, y “El conguito” para gran número de compañeros de clase que solían
burlarse de él.
Era
un chico de un extenso pueblo de Albacete, con diecinueve años de edad, robusto
y de talla proporcional a su corpulencia, alrededor de un metro ochenta. Su
piel se teñía de un color tostado que, bien mirado, mejoraba un pelín su corriente atractivo, pero que, tras varias
apreciaciones con malicia, había servido de base para que se inventaran su mote
en el centro educativo. Al principio le disgustaba sobremanera, mas pronto aprendió,
por la cuenta que le traía, a mostrarse indiferente ante las mofas.
No
era un muchacho atractivo, aunque tampoco podía catalogarse en la categoría de
adefesio; no obstante, si en un futuro se propusiese cuidar su imagen con
esmero, podría llegar a mostrar un aspecto bastante interesante; cualidad totalmente
intrascendente para él en este preciso instante. Volviendo al presente, Ismael,
con el esfuerzo de cargar con sus noventa kilos de peso, caminaba, o más bien arrastraba
los pies, a través de una viña cercana al pueblo donde habitaba. Antaño, la localidad
fue conocida más por sus robles que por sus vides; sin embargo, en la
actualidad se habían cambiado las tornas, convirtiéndose incluso en la
localidad con más viñas de todo el país. A pesar de ello aún conservaba su nombre
originario: Villarrobledo.
Se equivocaría aquel que pensase que había
madrugado para ir a vendimiar. La estación era la correcta, pero no llevaba
tijeras, tampoco guantes y la ropa era de calle. Deambulaba completamente solo en
una tenue oscuridad y una fresca brisa barría los campos secos y enmarañados.
Su reloj marcaba las dos de la madrugada y el frío hacía estragos en su
acongojado rostro.
Ismael
deambulaba cabizbajo, tropezando con ambos pies en los numerosos cantos
rodados. Tenía la moral por los suelos. Se encontraba en el más hondo de los
pozos de la amargura y la desgana al caminar le hacía enredarse con las cepas
más frondosas; pero todo esto le traía sin cuidado, tenía pensado acabar con su
caótica situación en un santiamén.
Alcanzó,
por fin, los límites de los viñedos. Ahora sus pies pisaban una cómoda tierra
compactada, y en los cordones de sus deportivas se enganchaban cardos y hierbas
secas del barbecho.
—¡Bueno! ¡Ya estoy aquí! Tendré que dejar de
molestar al mundo. Por su propio bien y por el mío, no sea que por mi gafe nos
caiga un meteorito un día de éstos. Ya no aguanto más, me voy contigo amigo
mío. No hago nada de provecho, ¿para qué mierda voy a seguir aquí! ¿Para
disfrutar del agradable sufrimiento de la vida!
Éstos
eran los “optimistas” pensamientos de Ismael mientras ascendía por una pequeña
cuesta de chinas que se estremecían bajo sus pies y sonaban al chocar unas con
otras.
Después
de hora larga de caminata, se detuvo por fin y sacó de su bolsillo una corriente
y aplastada caja de medicamentos.
—Y
ahora a dormir. A tener dulces sueños.
Hablaba
en voz alta, estremeciendo la serenidad de la noche; de todos modos, ¿quién podría
oírle?
Mientras
murmuraba sus ojos tendían a humedecerse. Con la ayuda de su pulgar sacó todas
las pastillas del envase de plástico y aluminio y, con la palma de la mano, se
las llevó a la boca tragándoselas a palo seco.
—¡VA
POR TI! ¡No te enfades conmigo por lo que voy a hacer Señor Todopoderoso; se
supone que eras tú quién debías evitar que llegase hasta este punto! —dijo
Ismael pronunciando con retintín el
nombre de su dios.
Se
hallaba, prácticamente, al borde del delirio; y no es que estuviera loco, sino
que muchos en su situación habrían reaccionado, en cierta medida, de un modo
parecido..
—Pero…
¿Qué salida me queda?... Me has quitado lo que más quería en este mundo, el
único amigo que me hacía pasarlo bien en esta puta vida. Desde que nací me has
puteao: me quitas a mis padres cuando tengo seis años y me dejas al cuidao del
gilipollas de mi tío; y ahora me quitas a mi único amigo, el único que me
trataba como a una persona y no se reía de mí. Muchas gracias Señor
Todopoderoso, estarás orgulloso de tu obra. Por lo visto, te gusta putear a la
gente ¿eh? A unos los matas de hambre, a otros de epidemias, y a mí me haces la
vida imposible. Pues nada, enseguida estoy contigo, y si tienes huevos me
preguntas que por qué he perdido la fe.
Sin
duda estaba despechado. Todo lo decía en tono de sarcasmo y con lágrimas en los
ojos. Ismael siempre había sido un buen creyente. Había aceptado la religión y
la fe que, como a muchos otros, le habían inculcado de pequeño. Ninguna vez
puso en entredicho estas verdades, pero no entendía que las cosas tuvieran que
ser así. Estaba hecho polvo. No quería admitir que la vida fuera injusta de por
sí, y por ello buscaba un culpable. Además, necesitaba desahogarse, y la mejor
cabeza de turco para este papel fue ese dios que tanto le había decepcionado olvidándose
de él.
Muchísimas
veces se había preguntado por qué, según le habían contado, su madre tuvo que morir
en aquel accidente de coche. Tan cruel fue la fortuna que sus padres fueron a
estrellarse contra el único árbol que había en la carretera. Y por qué, tres
semanas después, a su padre le falló el corazón después de haber sobrevivido a
la tragedia. ¿Acaso hicieron algo malo, tan grave como para ajusticiarlo con su
muerte¡ Y él, ¿qué culpa tenía?, ¿acaso merecía quedarse huérfano? Era injusto,
pero no había bastado con eso, para rematar su desdicha ahora le robaban a su
mejor amigo.
Necesitaba
detenerse a pensar. Era preciso estar seguro de que ésta era la mejor solución
por la que podía optar, y estos recuerdos le sirvieron para demostrárselo.
No le
dio más vueltas. Su decisión era irrevocable. Aunque pareciese un poco
precipitado, era mejor así, sino tal vez nunca se atreviese a hacerlo. No sentía
miedo, solamente se quitaría un gran peso de encima. La tristeza se tornaba
insoportable. La vida le había dejado un mal sabor de boca y no estaba dispuesto a sufrir más. En un
estado de enajenación transitoria, actuaba ya de forma automática, como si
fuera el programa de una lavadora. En silencio y a solas con su pena, se tumbó
sobre las chinas, e hizo de uno de los raíles de la vía, su almohada.
«Espero dormirme antes de que el poco
instinto de supervivencia que me queda me haga echarme atrás. Es mejor así, prefiero
no pasar el resto de mi vida como hasta
ahora, siempre jodido. Esto ya no tiene remedio».
Se
veía a Ismael abrir y cerrar la boca sin ninguna expresión en su rostro. El
pecho del muchacho estaba inundado de miedo, pero más miedo le daba enfrentarse
al futuro; no podía ni pensar en él: su amigo muerto, nadie a su lado, las
odiosas preguntas que le harían… era mejor quitarse todo este lío de encima.
Ante todo, ansiaba descansar; sin embargo, parecía existir un lazo invisible
que lo ataba a la vida y del cual no lograba desasirse.
Las
pastillas empezaban a hacer su efecto y éstas le ayudaron a romper ese último
hilo que lo sujetaba al mundo de los vivos. Acumuló el valor necesario para tumbarse
boca arriba sobre la vía, y acomodó la cabeza en el raíl sin tan siquiera
valorar el trauma que podría ocasionar al maquinista. Desde allí dirigió, susurrando,
las que serían sus últimas palabras, a la luna y a las estrellas, con una risa
tonta y forzada de por medio.
—¡Adiós
mundo cruel! Sé que ya hubo otro que dijo esto, pero no tengo ningunas ganas de
pensar en algo más original.
Cerró
los ojos, y en cinco minutos logró un profundo sueño gracias a esos somníferos
que ahora yacían entre las chinas como si del arma del crimen se tratase.
La
tía Cari estaba preocupada. Su sobrino acostumbraba a salir tarde a dar un
pequeño paseo por las plazas y parques de la ciudad, pero nunca llegaba más tarde
de la una y eran ya las tres de la madrugada. A veces, cuando salía con la
cámara de fotos, de la que era gran aficionado, llegaba incluso a las cuatro,
pues se tomaba su tiempo en captar los bellos paisajes nocturnos. Sin embargo,
esta vez, la cámara fotográfica se hallaba en la estantería de su habitación.
Caridad
pensó en otra causa que pudiera justificar su tardanza. Durante la cena, a eso
de las diez, su sobrino Ismael había tenido una fuerte discusión con el tío Bruno;
otra de tantas que servía de vaga excusa para permitir a éste último, desahogar
sus males contra el pobre chaval. No obstante, ella no estaba muy convencida de
que ésta fuera, realmente, la causa de su retraso. Le rondaba un mal
presentimiento. Miraba el reloj a cada instante. Las tres y un minuto, las tres
y dos minutos, las tres y tres minutos... Después de cada vistazo se dirigía
hacia la ventana y apartaba las cortinas para escudriñar, hacia la solitaria calle,
en busca de siluetas humanas.
«Parece que por allí viene alguien» pensaba
Caridad vislumbrando una sombra al fondo de la calle.
—¡Qué
sea él, Dios mío! ¡Que sea él, por favor! —suplicaba movida por la
preocupación.
—¡Nada,
tampoco! —se echaba las manos a la cara.
«¿Dónde se habrá metido?» la mujer
volvía a mirar por la ventana. Un coche de policía se acercaba con sus luces
rojas y azules encendidas y parpadeantes. Se quedó mirándolo como tonta mientras
divagaba en sus elucubraciones.
«¿Vendrá aquí? ¿No habrá pasado algo malo?
¡Por favor, qué no suceda nada malo, Dios mío! ¡No me hagas sufrir más!».
Miraba
atónita el coche patrulla, cuando éste aparcó frente a su casa, Caridad se
sobresaltó.
—¡Vienen
aquí, Dios mío! ¡Qué no pase nada, que esté bien mi Ismael!
Sin
saber aún qué querrían los oficiales, la tía Cari empezó a llorar. Ahora
persistía con más fuerza ese mal presentimiento, alguna desgracia debía de
ocurrir sino ¿por qué acudiría la policía a horas tan intempestivas?
Los
faros del vehículo policial se apagaron y, simultáneamente, dos agentes se
apearon del mismo, cada uno por su puerta correspondiente. Si algo malo había acaecido,
enseguida se enteraría.
Observó
acercarse a los dos hombres con las manos en el cinturón como si se les cayeran
los pantalones. Fue a abrirles antes de que llamasen.
Con
la mano temblorosa, abrió la puerta y se enfrentó al encuentro con los hombres uniformados.
—Tranquila
señora, no se asuste. Venimos buscando a Ismael Torres, pero no se preocupe, no
ha hecho nada malo.
La tía
Cari estaba muy nerviosa, pero respondió al policía sin hacerle esperar.
—¿Qué
ha ocurrido? Mi sobrino no está aquí. Se fue a las once y aún no ha llegado. Le
estaba esperando. ¿Qué es lo que ha pasado?
—Verá,
un coche ha atropellado a un chico y creemos que su sobrino ha presenciado el
accidente. Como comprenderá, es necesario tomarle declaración ¿No sabrá usted
dónde puede estar?
—Ahora
mismo no sé. Ya le digo que aún estoy aquí esperándolo con el corazón en un
puño. No sé dónde puede haber ido. El pobre se habrá asustado y habrá salido
corriendo, hoy ha tenido un día muy duro.
—No
se preocupe, seguro que pronto aparece y se soluciona todo. Hemos avisado a varios
coches para buscarlo, pues nos urge su ayuda para atrapar a un delincuente. Si
no le importa, esperaremos un rato aquí con usted por si vuelve su sobrino, quizás
no tarde en hacerlo.
—Desde
luego. No me importa. De todos modos, yo en cuanto él llegue les aviso.
—Gracias,
pero el tiempo es crucial. Cuanto antes lo localicemos mejor para todos, así
que le esperemos aquí hasta que vuelva
sino es mucha molestia.
El
otro hombre, hasta ahora callado, se dirigió a Caridad.
—Usted
tranquila, yo me quedo con usted y le esperamos juntos.
—¡Bueno!,
entonces yo me voy —intervino de nuevo el otro agente, más viejo y experimentado—.
Si le encontramos, enseguida le avisaremos para tranquilizarla.
—¡Sí,
Dios lo quiera!
—Pues
nada más. Yo me marcho. Si puede, trate de dormir señora, verá como pronto
aparece.
—Sí,
sí, gracias.
El
policía se dio la vuelta y se encaminó al trote hacia el coche patrulla. El
vehículo arrancó y desapareció en la primera esquina. Mientras tanto, el otro
agente lo despedía desde el portal de la mujer con ella a su lado mirándolo preocupada.
Y allí se quedaron, a la luz de las farolas como dos estatuas que adornasen la
entrada, hasta que uno de ellos se atrevió a reaccionar.
—¡Venga
señora! Será mejor que esperemos dentro, a lo caliente.
—¡Claro,
claro! Pase usted ¿Quiere que le prepare un café?
A
pesar del nerviosismo, la mujer no se olvidaba de la cortesía. Era muy
bonachona y le gustaba agradar a todo el mundo.
—Sí,
muchas gracias. Debería decir que estoy de servicio, pero tampoco se va a
enterar nadie —bromeó el agente para calmar el ambiente—. Y así de paso no me
duermo.
Pasaron
al salón que, como cualquier otro, era de decoración sencilla, acorde con la
apariencia de la mujer que lo habitaba. Un sofá con estampado de flores y dos
sillones a juego se apoyaban en el blanco tabique de gotelé. Justo enfrente, un gran armario de madera
oscura cargaba con dos o tres enciclopedias. En los flancos, dos secciones
acristaladas lucían atestadas de esas bonitas tazas y copas que nunca se
utilizan y que parecen sobrar de la vajilla; y, encajado en todo el centro, el
gran aparato de televisión con vídeo incluido.
Tampoco
faltaban esos rincones vacíos que siempre emergen en este tipo de muebles y que
se rellenan con figurillas de cerámica o cristal que, de vez en cuando, regalan
los parientes. El resto del salón podría imaginarse fácilmente. Al fondo, una
ventanita adornada con cortinas de color pastel por las que entraba la luz
justa para coser con comodidad en una mesa camilla colocada allí mismo; y, para
vestir las paredes, los típicos cuadros sin los que un hogar no sería tal: los
de la boda y la comunión de los niños.
—Siéntese.
Enseguida le traigo el café —Caridad dejó al policía en lo que, esta noche,
serviría de sala de espera. Mientras, ella se dirigió con ligereza hacia la
cocina intentando mantener a raya a sus nervios.
Se
entretuvo un rato preparando una tila y un café. Poco después, yacía postrada
en el sillón tomando sorbitos de la bebida tranquilizante al tiempo que el
invitado hacía otro tanto con su café.
—¿Y
qué dice que es lo que ha sucedido? —preguntó más calmada.
El
oficial hizo un escueto resumen del accidente. Se trataba del grave atropello
de un peatón, en el que el coche implicado se había dado a la fuga.
—¿Y quién
es el muchacho al que han atropellado?
—Creo
que ha sido alguien que conocía su sobrino. Un chico llamado Benito. Lo siento
mucho.
La
mujer ya intuía la respuesta antes de preguntar. Pero, incluso así, no pudo
evitar sobresaltarse.
—¡Ay,
Dios mío! Su mejor amigo —dijo llevándose las manos a la cabeza—. ¿Y sabe usted
cómo está?
—Creo
que es bastante grave. Se lo llevaron en la ambulancia inconsciente, y decían
que estaba perdiendo mucha sangre ¡Ojalá se recupere el chaval!
Después
de la confraternizada respuesta del oficial, Caridad quedó muda, con ese sentimiento de pesar y de
impotencia que te impide hablar en momentos como éste, dejando solamente sitio al lamento, callado y amargo, que incapacita
para pensar en otras disyuntivas; y que, tras un rato de silencio, uno logra desahogarse
y hacerlo desaparecer o, por el
contrario, acaba rompiendo a llorar hundiéndose en la pena.
El
Citröen Dos Caballos color crema avanzaba dando botes por el camino de tierra.
Hubiera levantado mucho polvo de no ser porque, durante la noche, había llovido
un poco. Ahora estaba raso y el sol se posaba en las montañas lejanas como si
éstas le sirviesen de punto de apoyo. Un padre y su hijo mayor ocupaban los
asientos delanteros mientras que tres cuarentonas iban de cháchara en la parte
de atrás.
—¡Papá,
papá! Allí hay un tío. En la vía —gritó, de repente, el hijo.
—¿Qué?
¿Qué dices? —balbuceó confuso su padre.
—¿No
lo ves? ¡Para aquí! Vamos a ver qué pasa.
El
progenitor, extrañado por la excitación de su hijo, paró sin saber que ocurría.
Las cotorras de la retaguardia también se quedaron en silencio con el susto, y
observaron como tontas al chaval, apeándose éste como loco del vehículo, y
lanzándose corriendo hacia la vía, que quedaba justo al lado del camino.
—¡Papá!
¡Allí, en la vía! ¡Hay un tío en el suelo, parece que le pasa algo!— gritaba
sin cesar en su trote mientras señalaba con el dedo en la dirección indicada.
El
padre, algo rezagado, vio la forma de una persona sobre los raíles y se decidió
a seguir tras los pasos de su hijo. La escena era observada por las cuarentonas.
Éstas, permanecieron en el coche (aún en marcha y bloqueando el camino), a las
que pronto se unieron otros dos turismos más y el tractor que completaba la cuadrilla.
Todos se vieron obligados a detenerse al toparse con el inamovible dos caballos
color crema.
Se formó
un numeroso grupo de personas, que habían abandonado los vehículos, para observar cómo pasaba el tren frente a
sus narices. En ese preciso instante, el padre y el hijo traían hacia el
camino, con bastante esfuerzo, el cuerpo
de un chico inconsciente agarrado por brazos y piernas.
—¡Por
qué poco, chaval! ¡Por qué poco! Si no llegamos a verte, no sé dónde estarías
ahora —susurraba el padre a la pesada carga.
Respondiendo
a toda lógica, cuando la tía Cari recibió la llamada del hospital que le
informaba de la aparición de su sobrino, su primera pregunta fue: "¿Se
encuentra bien?”. Y, tras obtener la típica respuesta tranquilizadora de los
médicos, ella y el oficial, sin perder un minuto, se marcharon hacía el centro
sanitario en un coche patrulla que el propio agente había pedido por el
radiotransmisor al tiempo que informaba de la localización del desaparecido.
Ismael
abrió los ojos lentamente, estaba mareado y le dolía el estómago. No le parecía
que hubiese muerto. Pudo contemplar un techo blanco y una ventana con las
cortinas corridas por donde entraba un poco de luz. Enseguida supo que se encontraba
en un hospital y se preguntó: "¿Qué narices habrá fallado?".
Permaneció
unos instantes con la mente en blanco. Después, comenzó a darle vueltas a la cabeza
sobre qué pensarían ahora de él después de su intento de suicidio; sobre de qué
modo sería tratado ante su inestabilidad emocional, y sobre cómo enfocaría ahora su frustrado proyecto de
vida. Todo le daba igual. En estos momentos Ismael deseaba tener un interruptor
con el que poder desactivar su cerebro a voluntad y así descansar en paz sin
tener que soportar los tormentosos recuerdos que se le pasaban por la cabeza ni
los pésimos vendavales que se avecinaban. Su amigo Benito estaba muerto, no
tenía a nadie en quien confiar de verdad, y, además, ahora todos lo tomarían
por un loco. Pronto se convertiría en el protagonista de uno de los chismes del
pueblo, y éste no era un papel que le agradase representar.
Al
rato entraron en la habitación su tía y el doctor. A Caridad ya le habían
informado de lo sucedido y le advirtieron que no sería bueno abordar el
incidente de su sobrino hasta pasado un tiempo, debiendo guardar cuidado de
mencionarlo en las actuales circunstancias.
Ismael
se encontraba bien. Simplemente iban a darle no sé qué porquería, pues su sabor
era poco menos que vomitivo, para limpiarle el estómago, y también unas
pastillas que tenían propiedades tranquilizantes y relajantes.
El
verdadero problema del chico era de índole psicológica. Naturalmente, había estado
sometido a una gran tensión y el impacto del accidente era algo difícil de
asimilar. Mas el problema no sólo radicaba ahí, la raíz profundizaba hasta las
entrañas del pasado: la pérdida de sus padres, la falta de afecto en su nuevo
hogar, el aislamiento escolar, la escasez de amistades, y ahora, la guinda del
pastel para completar una infancia traumática: un intento de suicidio. Pero eso
sí, con el atenuante de las caóticas circunstancias. En cualquier caso, había
expediente para rato.
Para
su restablecimiento habría que ir muy despacio y con mucho cuidado. Basándose
en este consejo, no lo atosigaron con preguntas, ni visitas. Su tía se limitó a
preguntarle cómo se encontraba e intentó animarle contándole que pronto estaría
en casa con todas las atenciones para él solito, absteniéndose de informarle de otras cosas,
como del gravísimo estado de su amigo Benito, que, al contrario de lo que creía
Ismael, aún se mantenía con vida.
Ismael
sólo pasó dos días en el centro. Enseguida se enteró por su tía que Benito no
había fallecido. Permanecía en coma, ingresado en aquel mismo hospital. Le
contó que se encontraba muy bien atendido y que pronto se repondría; según
ella, no había por qué preocuparse. La noticia le animó bastante y al día
siguiente decidió visitar a Benito, a pesar de que su tía le aconsejó que era
mejor esperar un tiempo, pues necesitaba
mucho descanso y aún no podía hablar con nadie; Sin embargo, Ismael insistió
tanto que su tía Caridad acabó por ceder. Encerrado en casa lo único que
conseguiría sería volverse loco. Su mente le impulsaba a aclarar las cosas para
adaptarse y ubicarse en el nuevo escenario que acababa de surgir en su
horizonte.
La
imagen de su mejor y único amigo era irreconocible. Se hallaba entubado y
envuelto en vendas, rodeado de aparatos electrónicos que no paraban de pitar y
a los que estaba conectado mediante un pequeño entramado de cables que se
pegaban con ventosas en sus sienes y en su pecho desnudo. Ese no era el cuerpo
de su compañero de batallas, allí no parecía encontrarse su amigo. De permanecer
en aquella maltrecha carcasa, Benito podría hablarle y hacerle bromas, le
saludaría con un insulto como siempre hacía, y podría disfrutar de sus muecas y
demás gestos característicos. El cuerpo inerte que yacía en esa cama ortopédica
era irreconocible. Se acercó. El durmiente tenía media cara vendada y, aun así,
sobresalían moratones. Era evidente que la cabeza se llevó la peor parte del
golpe. Miraba impávido aquella imagen, sin poder asimilarla en tan breve
instante de tiempo. La impresión nubló su pensamiento, ni en toda la eternidad podría
conseguir arrancar esa escena de su memoria.
La
madre de su amigo, sentada a su lado, le sacó de su hermetismo. Sus ojos
enrojecidos delataban lo mucho que debía haber llorado. Ismael la miró sin
acertar a encontrar un comentario que decir
que pudiese servir de algo.
—Lo
siento mucho —consiguió vocalizar tras un gran esfuerzo.
—Gracias
hijo ¡Ya verás, cómo se recupera!
La
mujer hablaba más para ella que para él, intentando insuflarse ánimo a sí
misma.
—Sí,
seguro que sí —contestó él pronunciando lentamente. No disponía de más palabras. Nada de lo que pudiera decir arreglaría,
ni tan siquiera un ápice, la desmoralizante situación. Ya había visto a su
amigo y ahora se encontraba incómodo en ese lugar, como si parte de la culpa de
lo ocurrido recayese en él.
Tras
unos minutos, al comprobar la inutilidad de su presencia en aquella sala,
decidió salir para despejarse y airearse. El poco ánimo que aún le quedaba se
le vino abajo al contemplar el lamentable estado de su amigo. Puede que no
saliese de ésta y, si algún día lo conseguía, dudaba mucho que las cosas
volviesen a ser como antaño.
—Perdone,
no me encuentro muy bien. Será mejor que venga en otro momento, creo que me estoy
mareando.
—Sí,
hijo. No te preocupes.
—Hasta
luego. Ya vendré a ver cómo sigue.
—Adiós
—la mujer se despidió sin levantarse del lado de su hijo. E Ismael se marchó
con su tía que, prácticamente, permaneció muda en todo momento. Caridad intentó
animarle en la medida de lo posible, tratando de compartir el peso de su lamento;
mas si en verdad la escuchó, dio la impresión de que ninguna palabra había
conseguido adentrarse en sus oídos.
Con
tal panorama, lo único que podía hacerse era llorar. El aspecto del herido era
muy poco alentador a pesar de que los médicos dijeron que existían
posibilidades y que ya había pasado el peor momento.
Ismael
regresó a casa, donde no se le dedicaron todas las atenciones tal y como su tía le había asegurado. Caridad era la
única que estaba pendiente de él. Bruno, su tío político, en lugar de
enternecerse mostraba su habitual frialdad; aunque, en tales circunstancias, a
Ismael le traía sin cuidado.
En
cuanto a sus primos, al principio le preguntaban y se interesaban por él, pero
conforme pasaba el tiempo, aprendieron a escaquearse de la espinosa labor de animar
al apático y trastocado corazón de Ismael. Terminaron por despreocuparse, dándole
por imposible, ya que él nunca reaccionaba ante sus preguntas. Su vida podría
definirse ahora como vegetativa. Comía, dormía y veía la tele como si de una
inadvertida planta decorativa se
tratase. Nada más.
CAPÍTULO 2
ODIOSAS PREGUNTAS
29 de Septiembre
Al
día siguiente de la decepcionante visita a su amigo Benito, la policía se
presentó en casa de Ismael para hacerle unas preguntas. El interrogatorio
correría de manos de los dos agentes que se encargaron de estudiar las
circunstancias del atropello de Benito durante aquella larga y trágica noche.
Al principio, pensaron que él podría estar implicado, dada su extraña huída del
lugar de los hechos. Sin embargo, después de recoger varias declaraciones de
testigos presenciales, y de estudiar la forma en que había sucedido realmente
el accidente, descartaron la opción de inculpar al chico.
—¿Cómo
te encuentras Ismael? —el oficial comenzó suave tratando de romper el hielo, pero Ismael estaba tranquilo
porque, en estos momentos, todo le traía
sin cuidado.
—Bien.
—Verás,
comprenderás que hemos de hacerte algunas preguntas sobre el accidente de tu
amigo. ¿Te sientes con fuerza para ayudarnos?
—Como
quiera.
—Bien,
vamos a ver Ismael, ¿recuerdas a qué hora ocurrió el accidente?
—Serían
alrededor de las once.
El
policía realizó esta pregunta sólo para que el testigo entrase en calor. La
cuestión verdaderamente importante venía ahora.
—¿Podrías
describirme cómo sucedieron exactamente las cosas?
Ismael
se tomó un par de segundos en recordar los hechos y ordenarlos en su cabeza
antes de relatar la maldita desgracia que ya estaba harto de recordar.
—A
ver, Benito y yo salimos de "La
Parroquia" —éste era el nombre de un pub que cualquiera que viviese en
el pueblo conocía—, habíamos bebido unas cervezas, pero estábamos perfectamente;
íbamos hablando y riéndonos mientras cruzábamos la calle, y entonces se acercó
embalado el puñetero coche. El miserable que lo conducía llevaba las luces
apagadas y no pudimos oírlo llegar porque unos tíos que estaban junto a
nosotros tenían la música del coche muy alta. Aun así, yo pude oírlo a tiempo;
cuando lo vi estaba a unos 15 ó 20 metros de nosotros, y no me dio tiempo ni
de avisar a Benito, ni tampoco se me pasó por la cabeza empujar a mi amigo a un
lado o agarrarlo del brazo para quitarlo de en medio. Actué instintivamente; me
quité lo más rápido que pude y mientras lo hacia grité: "¡cuidado!",
pero ya era tarde. Benito no tuvo tiempo de reaccionar. No vi nada más. Lo que
es el accidente, me pilló de espaldas. Cuando me di la vuelta me quedé como tonto. El coche
acababa de pasar por encima de Benito. Ni siquiera paró, el cabrón huyó lo más
rápido que pudo y yo, no sé, no me creía lo que veía, Benito estaba en mitad de
la calle con la ropa rota y manchado todo de negro, empezaba a sangrar por
todos sitios y la pierna le temblaba sola. Yo me asusté mucho y salí corriendo
gritando: «¡Una ambulancia, una ambulancia!» Cuando me calmé,
me parecía una pesadilla, sólo quería despertarme, no quería enfrentarme a todo
eso. Y bueno ya saben, lo demás...
—Sí,
tranquilo. ¿Viste de qué color era el coche, o de que tipo era?
—No, en
ese momento, no estaba yo para darme cuenta de nada. Sólo recuerdo que el coche
era un turismo grande de color oscuro.
—Sí
claro, es normal. En situaciones como esta, a cualquiera se le pasan todos esos
detalles por alto —comprendió el agente sin insistir más en este punto; tan
siquiera se molestó en preguntar por la matrícula u otros detalles minuciosos—.
¿Dices que el coche no llevaba luces? —continuó por otra línea.
—Si
las hubiera llevado nos hubiéramos dado cuenta. O el tío iba muy borracho o de
verdad pretendía atropellarnos, pues ni siquiera intentó frenar.
El
semblante del policía se tornó pensativo: «Eso
es cierto aunque ya lo sabía. En la calle no hemos descubierto huellas de
frenazos ni nada. Pero cómo el chaval no me diga nada más de poco nos va a
servir. Me parece que los mejores testigos van a resultar ser esos chicos que
escuchaban música, a todo volumen, muy cerca de donde ocurrió el siniestro». Éstos, eran los mismos que Ismael ya mencionó en su
exposición de los hechos. Fueron interrogados la misma noche del accidente, y
tampoco observaron el siniestro con suficiente minuciosidad. No supieron decir
de qué coche se trataba, ni precisar el color. Afirmaron que debía de aproximarse
a un tono fuerte: rojo, azul, verde... porque si hubiera sido claro habría
destacado en la oscuridad al reflejo de las farolas. También declararon que creyeron
adivinar un modelo antiguo por la forma en que se dibujaba la oscura silueta del
vehículo y por el ruido del motor; añadiendo, con seguridad, que se trataba de
un coche de tamaño mediano. No sabían nada más. La policía tenía en Ismael su
última esperanza pero, para decepción de la misma, el implicado
no parecía estar mejor informado que los demás.
El oficial gastó sus últimos cartuchos.
—Ismael,
haz memoria ¿Pudiste darte cuenta de algún detalle que nos permita averiguar la
clase de coche que era o una aproximación del mismo?
—No,
ya le dije que me quedé como tonto, bien hubiera podido ser el trenecito de la
bruja que no me hubiera dado cuenta —se reafirmó argumentando una curiosa
metáfora. Ni él mismo podía comprender de dónde sacaba esos atisbos de humor en
momentos tan amargos para él. El agente le dirigió una extraña mueca de
desconcierto y decidió terminar rápidamente.
—A
pesar de eso, ¿hay alguna cosa que creas que debamos saber?, aunque te parezca
poco importante. Comprende que cualquier detalle puede sernos de suma
importancia.
—Lo
siento, lo único que tengo en la cabeza son las imágenes más crudas. Y, la
verdad, es que me gustaría olvidarlas.
—Muy
bien Ismael, gracias por tu colaboración, esperamos coger al culpable y hacerle
pagar por todo. Procura descansar, y si alguna vez recordases cualquier cosa o
crees que hay algo que puede ayudarnos, no dudes en contárnoslo. De momento, no
te molestamos más, nosotros nos marchamos ya. Hasta luego.
—Adiós.
—Les
acompaño a la puerta —se ofreció Caridad, que había escuchado callada,
observando con preocupación cómo reaccionaba su sobrino.
Este
segundo día, desde la desgracia acontecida, no tuvo más sorpresas ni visitas. A
partir de ahora, solamente cabía esperar. En sí, era fácil, pero cuando se ha
de esperar mucho tiempo teniendo como inseparable compañera a la soledad, lo
único que acude a visitarte es la amargura y la desilusión, y éstas son muy
malas ayudantes para seguir adelante en la brecha.
Al
día siguiente, Ismael volvió de nuevo al hospital para ver a Benito. Iba muy
nervioso, imponiendo un paso que le costaba seguir a su tía. Le dijeron que las últimas horas eran cruciales en la
vida de su amigo. Si lograba superar el postoperatorio tendría medio camino
recorrido, y con un poco de suerte quizás no sufriese demasiadas secuelas.
Ya en la sala de espera del hospital, el
continuo paso de las horas martilleaba su paciencia. Todavía guardaba cierta esperanza
de que todo volviera a ser como antes y que pronto pudiesen, juntos, volver a
hacer fotos a parques, calles y plazas.
A las
cuatro horas, el médico que lo operaba abrió la puerta del fondo del pasillo.
Ismael, su tía, la madre de Benito y algunos familiares clavaron sus ojos en el
doctor. Éste, conforme se acercaba a paso lento, les miró fugazmente con
expresión desoladora y volvió a bajar la cabeza hacia el suelo. Todos lo
entendieron, el destino ya había jugado sus cartas y los minutos de incertidumbre terminaron para
siempre. Su amigo le había abandonado definitivamente. No fue capaz de superar
la extrema gravedad de sus heridas. El descanso había llegado para Benito y un
par de arrugas más se marcaron en el rostro de Ismael.
«¿Para
qué voy a mantener la esperanza!», se
preguntaba Ismael, «¿para que luego el golpe de
la decepción sea más duro!». Y tan duro fue que,
totalmente desconsolado, rompió a llorar por primera vez en su vida sin
importarle que lo viese su tía y los allí presentes.
Dos días después se celebró el entierro.
Acudió gran parte del pueblo. La muerte de un joven siempre era más dolorosa y
conmovía a mayor número de ciudadanos. El coche fúnebre circulaba al paso de la
multitud que lo seguía, cargando con un ataúd de oscura madera de cerezo que
contenía el cuerpo inerte de Benito Rodríguez Blanco.
El
trayecto hasta el cementerio transcurría lento y en silencio, tan triste que a
una notable mayoría se le humedecían los ojos involuntariamente. Los llantos de
la madre sobresalían entre el murmullo de la concurrencia. Su pena se acentuaba
ante el hecho de perder al único hijo
que tenía, y en el que había volcado todas sus esperanzas de perpetuar el fruto
de su frustrado matrimonio. Su marido murió estando ella embarazada y nunca
volvió a casarse. Su único vástago era Benito, y la vida de éste constituía la conexión
imprescindible que la ataba a este mundo. Era su razón de existir y ahora el
destino se lo había arrebatado. No alcanzaba a comprender el porqué de
semejante injusticia, hubiera preferido, sin lugar a dudas, sacrificarse a sí
misma para salvar a su niño porque ahora ya no le quedaba nada; todo el esfuerzo
de una vida realizado en balde. Parecía como si esta desgracia fuese un
experimento para comprobar cuánto dolor y sufrimiento es capaz de aguantar una
persona antes de volverse loca. Para ella, el experimento llegó a su fin pocos
días después. Murió dos semanas más tarde, de una neumonía según el informe
médico; aunque, seguramente, fue de tristeza y de impotencia ante la ausencia
de ilusiones que la motivasen a seguir. La muerte era su mejor medicina, el
dulce sueño del que deseaba disfrutar eternamente. De este modo, acabó la
historia de una familia, repleta de tormentos y desdichas que el destino había
preparado para ellos sin ninguna clemencia por su parte. Ismael ni siquiera se
enteró del fallecimiento de la madre de Benito. Su conexión con ella se cortó,
irremediablemente, desde mismo día en que perdió a su amigo.
Ismael también vertía sus lágrimas conforme
caminaba a pocos metros del ataúd. «Estoy harto de esta miseria» se
lamentaba amargamente. El rumbo de su
sino se había doblegado ante un violento
y crudo giro al que nadie hubiera podido adaptarse de la noche a la mañana.
Sabía que quedaba mucho dolor que soportar.
Después
del funeral su vida se inundó en la monotonía. Se tornó triste y solitaria.
Pasados unos días, comenzó a ir de nuevo al instituto. Allí, algunos compañeros
de clase y muchos de sus profesores, le ofrecieron sus condolencias por lo ocurrido.
Un simple "lo siento", algo que ni tan siquiera se atrevieron a
dedicarle sus primos o su tío, aunque Ismael sabía que, en el fondo, ellos
también compartían su pesar. Sin
embargo, todo ser humano suele necesitar consuelo y apoyo ante tamañas
desgracias, y en su familia, solamente su
tía se lo ofrecía.
Mala
época le esperaba. Durante los días
posteriores al reciente desastre recibió visitas de varia gente: tíos, primos,
vecinos y algunos que, ni tan siquiera conocía, y que probablemente acudieron
simplemente con la intención de fisgonear. Así
de hipócrita podía resultar ser la naturaleza humana.
Tras
un par de semanas, las visitas cesaron y todo volvió a la normalidad. Todo excepto
él mismo. Mientras los demás ya habían olvidado, a Ismael le aguardaba la
verdadera crisis por lo sucedido, y ésta no había hecho más que empezar.
La
ferocidad de la soledad es una sensación que únicamente experimentándola se puede
llegar a conocer realmente, y es una emoción nada recomendable para el espíritu.
Ismael
comprobó en sus propias carnes la naturaleza cruel de este desapercibido
castigo. Necesitaba a alguien con quien compartir su dolor, con quien
divertirse, con quien discutir… alguien que le apoyase en momentos como éste. Y,
sin embargo, esperaba inútilmente la aparición de esa persona. Sabía que nadie
vendría a consolarle, sólo su tía se encargaba de tal misión en sus horas
libres. Pero apremiaba el consuelo de alguien más. Desafortunadamente, no tenía
ni remotísima idea de dónde encontrar esa clase de apoyo. ¿Con quién contaba? ¿A
quién llamar?... Absolutamente nadie. No conocía un solo individuo para charlar
con confianza, y además casi toda la gente le trataba como a un trastornado,
como si fuese un salvaje incapaz de convivir armónicamente dentro de la
sociedad.
El
pobre muchacho vivía encadenado a la compañía artificial del televisor o aprisionado entre los fríos
tabiques de su desértico dormitorio. Y en cualquiera de ambos momentos, nostálgicos
recuerdos de días pasados le machacaban el alma. Tan sólo pedía, dirigiendo sus
súplicas al vacío, pequeñas dosis de compañía
y paciencia por parte de algún prójimo comprensivo, a sabiendas de que éstas no
llegarían a oídos de ningún platónico aliado.
Su
tía, a veces, conseguía animarle un poco, pero ella tenía una vida que atender y
los quehaceres propios de la misma. Ismael precisaba, exactamente, de alguien
con quien poder compartir sus años de juventud
pero, ante tales perspectivas, esta fase de crecimiento transcurriría
triste y con escasas posibilidades de aprovechamiento.
Por
parte de su tío Bruno y de sus primos apenas recibía ningún apoyo. Las veces
que le dirigían la palabra solía ser más para achacarle su apatía, lo que contribuía
a que Ismael se sintiera, además de solo, despreciado también por sus más
allegados. Y el resto de conocidos tampoco
parecía dedicarle mucho interés, le miraban como si aún no se hubiera recuperado
del shock traumático o, al menos, ésta era la sensación que él percibía.
Los
efectos de este aislamiento social fueron pronto evidentes. Ismael había dejado de otorgarle un valor importante a
lo que otros llamaban vida. A menudo le asaltaban ganas de morir e imaginaba
que ojalá le hubiera arrollado aquel maldito tren. Ahora, tendría que esforzarse
en acumular el valor necesario para intentarlo de nuevo. De todos modos, por el
momento, no se encontraba con ánimo para nada, ni siquiera para suicidarse,
opción que debía meditarse seriamente, y para la que, además, se precisaba
mucho valor.
Dando
vueltas a tales reflexiones, caía en
la cuenta de lo triste del asunto; yacía
atrapado entre la espada y la pared, y el
pesimismo se apoderaba de sus pensamientos llegando a conclusiones precipitadas
aunque no por ello desencaminadas: «¡Joder, algunas
veces es la vida bastante más cruel que la muerte!».
CAPÍTULO 3
OTRA
DUDOSA IDEA
25
de Octubre
Habían pasado algo más de tres semanas de una
vida invisible para Ismael. Era como si le hubieran encerrado en el limbo. Cada
vez estaba peor, tanto psíquica como físicamente. El único aspecto positivo
podría ser que había perdido unos diez kilos y ahora rondaba los ochenta,
aunque le faltaban ojos para fijarse en ello.
Indudablemente,
su vida necesitaba un cambio y allí no ocurriría nunca. Debía mover ficha inmediatamente. No se sentía a
gusto, no lo trataban como a una persona normal, y estaba harto de sentirse
aislado y sumido en los tormentos del recuerdo. Pensó en qué clase de
estrategia podría utilizar para acabar con este círculo vicioso que le estaba engullendo
el alma. Y lo único que se le ocurría era tomarse unas vacaciones, largarse de
allí hacia un sitio donde nadie le conociese, a un lugar donde poder empezar de
nuevo, donde escapar del pasado que no le dejaba vivir. Esta idea accionó, nuevamente,
los engranajes de su cerebro, y decidió emplear sus malgastadas horas en urdir
un buen plan de fuga, la escapada de un hogar que hacía las veces del peor
calabozo.
¿Sería
éste un movimiento acertado? No lo sabía, pero estaba seguro del perjuicio de
continuar cruzado de brazos, y como decía una famosa frase célebre: "Un hombre cuando ha de hacer algo,
hace algo; aunque no sea exactamente lo que haya que hacer".
A
Ismael no se le ocurrió otro comienzo más original, así que éste le pareció apropiado:
Querida
Tía:
Siento
mucho que las cosas tengan que ser así. He tratado de no daros problemas y que
no tengáis que preocuparos por mí, pero es mejor que me vaya, al menos por una
temporada, a tratar de empezar de nuevo en otro lugar donde no me traten como a
un loco.
Siento
mucho irme de esta manera, pero pensé que no lo comprenderíais y hubierais
intentado hacerme cambiar de opinión. Yo estaré bien, así que no te preocupes
por mí y no organices ninguna búsqueda como esas de la tele. Gracias por ser tan buena conmigo, gracias por portarte
así. Te echaré de menos. Espero conseguir que algún día estés orgullosa de tu sobrino.
Quédate tranquila. Un beso y saluda a los
demás de mi parte.
Ismael
terminó emocionándose al concluir esta última parte. Le resultaba muy duro tomar
tan drásticas medidas, estando a un tris de echarse atrás; algo que, según su
criterio, no debía hacerse una vez se ha tomado detenidamente una decisión.
Tras
doblar el folio e introducirlo en un deslucido sobre alargado, se secó
rápidamente los ojos con los dedos y colocó verticalmente, con ayuda de unos
libros, la carta de despedida en el centro de su escritorio.
Todo
le parecía un sueño, algo irreal. Todavía no entendía que los acontecimientos
hubieran llegado tan lejos, aunque no cabía sino hacerse a la idea. Al fin y al
cabo, su vida siempre había estado llena de alteraciones: la muerte de su padre
y de su madre, una nueva vida con sus tíos, la falta de amigos, la pérdida del único que tenía… Ahora quién sabe lo que le esperaba.
En semejante situación de incertidumbre,
Ismael dudaba bastante de que ésta fuera una buena solución pero necesitaba variar
el rumbo y, para ello, era ineludible asumir ciertos riesgos. Por tal motivo,
aunque esta opción no pareciese muy alentadora, sí que era la menos mala que se
le había ocurrido.
Con su mochila cargada de dudas, miedos, algo
de ropa, su cámara de fotos, determinados documentos importantes y con,
aproximadamente, unas cuarenta mil pesetas que sumaban todos sus ahorros, salió
sin hacer ruido de la habitación. Era la una de la madrugada y confiaba en que
nadie estuviera despierto. El camino se abría a sus pasos sin ningún obstáculo
que le impidiera su fuga. Prácticamente en la oscuridad, amortiguada ésta por
pequeños haces de luz procedentes del exterior, se encaminó sigiloso hacia el
salón. Conocía al dedillo los pasillos y estancias de la casa, no obstante, se
desplazaba con cuidado para no tropezar con nada. Le asustaba encender la luz
ante la idea de que el simple clic del interruptor bastase para que alguien lo
descubriese. Una vez en el salón, echó un vistazo por la ventana. La calle se
mostraba solitaria. Era lunes laborable, y estos días casi toda la gente los
usaba para descansar. Tras recobrar la calma, después de las pertinentes
comprobaciones y de retomar el control del ritmo de sus latidos, Ismael se acercó a la puerta de la calle. La
abrió muy despacio, como si de un ladrón se tratase, y la cerró de igual modo
para que no diera portazo, no sin antes despedirse, con un silencioso
"hasta luego", del que había sido su hogar durante muchos años.
Se marchó cobijado en la soledad de la noche,
dejando atrás las hipnotizantes paredes de aquella casa, ahora oscura y con un
extraño vacío en su interior, un vacío que emanaba de la habitación de Ismael.
¿Qué haría ahora? Avanzando a la deriva a
través de un mar inexplorado, cuál botella de naúfrago en busca de buenas
playas para su mensaje.
En
primer lugar, se proponía, simplemente, buscar un empleo en alguna gran
ciudad donde nadie supiera de él y fuera
fácil pasar desapercibido. Y después, a esperar con optimismo, la aparición de
una oportunidad que le indicase el camino a tomar.
Con
la tranquilidad de la noche tomó las aceras con energía, extrayendo ánimos de
las melodías que su walkman le proporcionaba. Escuchaba un tema de un
consagrado cantautor, inmiscuyéndose en unas letras con las que se identificaba
en gran parte de sus estrofas:
…Últimamente
planeo una huida,
para rehacer mi vida,
probablemente en Marte.
Seguro que allí no hay nadie
empeñado en aconsejarme:
“Ismael, ¿qué te pasa?,
no estudias, no trabajas”
¡Y qué vamos a hacerle…!
…si es que últimamente,
ando algo perdido,
si te necesito.
Si de un tiempo a esta parte
me cuesta tanto, tanto, tanto,
me cuesta tanto no amarte…
(Canción perteneciente al cantautor
madrileño Ismael Serrano; incluida en su álbum “La memoria de los peces”,
titulada “Últimamente”)
CAPÍTULO 4
¡A
LA AVENTURA!
26
de Octubre
Anduvo
durante toda la noche, sin prisa pero sin pausa. No quería que lo reconociesen
en la estación de su pueblo, así que recorrió,
a pie y difuso en la oscuridad de la noche, casi veinte kilómetros por
un polvoriento y desamparado camino que desembocaba en un modesto pueblo vecino
llamado Socuéllamos. Poco antes de llegar, pudo contemplar los primeros albores
de la mañana, y minutos después, los rayos de un bellísimo sol naciente le
recibieron con seducción, una curiosa esfera anaranjada que pintaba las nubes
del típico arrebol que promete un día agradable.
Entró
en la localidad agradecido pero con cierto recelo. Se lanzó hacia las calles mientras
observaba inseguro a los escasos viandantes que se dirigían hacia sus sacrificados
trabajos tempraneros, unos en coche y otros andando. Conforme avanzaba la
mañana iban apareciendo algunos niños de camino hacia sus colegios, unos
acompañados de sus madres, otros con amigos y muy pocos, al igual que él, en
solitario. Empezaba a notar el cansancio
acumulado, tanto por el esfuerzo de la caminata como por la falta de sueño.
Optó, por tanto, por buscar algún cobijado parquecillo que dispusiese, a ser
posible, de un banco indefenso ante los cálidos rayos solares a su disposición.
El día había progresado lo suficiente como para lograr despojar al frío de sus
temperaturas más inclementes. Ahora fue cuando se percató de las consecuencias
del crudo invierno; le esperaban mañanas muy duras, con niebla, lluvia y quizás
nieve. Pensó que, tal vez, habría sido mejor escoger la primavera para
marcharse. ¡Qué importaba! Ya no tenía remedio, era mejor no martirizarse con
los aspectos negativos.
A la
media hora, Encontró, finalmente, un agradable banco acariciado por la luz del
sol y se tumbó un rato con la intención de descansar. Consiguió dormir algo,
pero a rachas. Se sobresaltaba cada poco cuando alguien cruzaba cerca de su
improvisado camastro. Cerca de la una del mediodía, unos chavales jugando al
fútbol, le privaron definitivamente de su letargo. Tendrían unos ocho o nueve
años y no paraban de pedirse el balón a voces. Ismael, desperezándose, se quedó
en Babia mirándolos atentamente; mientras tanto, su estómago empezó a avisarle de que era
necesario proporcionarle nutrientes que digerir. En ese momento, un chico dijo
algo que le llamó la atención.
—¡Aquí
Benito, pásala! —y su compañero intentó pasarle la pelota, pero tan mal le pegó
que el balón se desvió en dirección a Ismael.
Éste
se reincorporó y agarró el balón entre sus manos. Enseguida se presentó ante él
uno de los niños reclamándoselo.
—¡Pase el balón!
—Toma
—Ismael alargó la pelota— ¿Cómo te llamas? —le preguntó intrigado por la
coincidencia con el nombre de su amigo recién perdido.
—¿Yo?
—el muchacho, extrañado, tardó un rato en contestar—. Benito.
—Yo
tenía un amigo que se llamaba como tú —susurró Ismael, dirigiéndose a sí mismo
más que al chaval.
Al niño
no se le ocurrió nada que decir. Mientras tanto, todos sus amigos se acercaron
corriendo.
—¿Queréis
que os haga una foto? —propuso de repente Ismael; pero se quedó con la palabra
en la boca, un chaval agarró el balón y todos volvieron como locos a jugar
junto a los columpios.
«Tengo que tratar de olvidar» recapacitaba
Ismael. «Mi pasado no es más que un lastre. Ha llegado el momento
de decir Adiós si no quiero deprimirme pensando en los viejos tiempos. Adiós
Benito, tú has sido mi mejor amigo y siempre
te recordaré, pero ahora debo intentar centrarme en mí mismo si quiero salir
adelante, aunque para ello tenga que olvidarte un poco».
Sin más demora, salió de aquel parque para
reencontrarse con la realidad. En un supermercado cercano compró unos bollos con
chocolate y unas mandarinas y, en cuanto cruzó las puertas, se dispuso a
engullir los víveres mientras tomaba rumbo hacia la estación de tren. A estas
horas, probablemente, ya lo estuviese buscando la policía; por si acaso, se
movió con cuidado. Se detuvo un momento ante su objetivo para comprobar, a lo
lejos, que no había moros en la costa. Después, se refugió rápidamente en la
terminal y se dirigió nervioso a las taquillas. En el panel de información echó
un vistazo a posibles destinos: Madrid, Valencia, Albacete y Toledo. Él buscaba
una ciudad alejada, al menos, un par de cientos de kilómetros de su pueblo, de
tamaño mediano, no muy cara, con posibilidades de trabajo y donde pudiese
conservar su anonimato. Finalmente y sin pensárselo demasiado, decidió que
Toledo podría cumplir, más o menos, estos requisitos. En la taquilla consiguió
el billete con la única dificultad del previo pago.
El tren no partía hasta dentro de tres horas.
Para matar el tiempo, decidió dar un paseo por el pueblo y comprar algo
baratito con lo que abastecer su alimentación durante el resto del día. Invirtió
una pequeña parte del dinero, dosificándolo sensatamente, en una botella de
agua, un par de plátanos y un bocata de chorizo pamplonica con lo que se apañaría por el momento.
El
viaje transcurrió tranquilo. El contratiempo más grave con que se topó fue
compartir ventanilla con un señor tan corpulento como él, lo que restringía la
libertad de espacio de ambos.
Acababa
de anochecer cuando llegó a su destino. Se apeó entre la muchedumbre, aún con
cierta cautela, y salió de la estación observando de reojo la belleza de un
techo esculpido en madera que le sugería un estilo árabe. Tras cruzar
lentamente la pequeña terminal, emergió por una de las puertas principales para
encontrarse con el frío aire toledano que lo recibió con extrañeza y
desorientación. Pudo contemplar enseguida, en el cercano horizonte, los hermosos
edificios medievales de la ciudad, sin recrearse demasiado, pues estaba cansado
y era tarde. Sabía que no disponía de mucho dinero, por lo que desechó la idea
de dormir en un hostal. La otra opción era buscar un sitio discreto y cobijado
donde pasar la noche. Tomó rumbo por una avenida, solitaria en cuanto a
viviendas, pero con algo de tráfico. En unos minutos se encontró con el río
Tajo bajo sus pies; la avenida hacía las veces de puente. Se asomó a la
barandilla y pudo contemplar el manso caudal que se adentraba en la ciudad.
Desde allí, también observó un parque situado a sus orillas. Decidió ir a
explorarlo, a ver si podía pasar allí la noche.
El
sitio le pareció tolerable. No tenía ganas de complicarse en la búsqueda de una
incierta óptima ubicación, por hoy era suficiente. Cenó algo de lo que le
quedaba del súper, se abrigó bien e intentó conciliar el sueño.
Se
despertó repetidas veces, unas por el frío y otras por el ruido de los coches.
Después de tres horas en el lugar, apenas había conseguido descansar. El clima
estaba pasando de gélido a glacial, lo que no contribuía nada a su reposo.
Tenía toda la cabeza helada, principalmente las orejas y la nariz. Decidió que
era mejor levantarse de allí si no quería morir congelado. No obstante, le
asustaba mostrarse demasiado en público en aquellas horas tan intempestivas. Su
situación era difícil pues huía tanto de la policía como de los ladrones, lo
que restringía bastante su radio de acción. Sin embargo, ante las inclemencias
del tiempo, optó por arriesgarse un poco y acercarse al cobijo de la estación
de autobuses que podía divisarse desde allí.
Las
calles se encontraban prácticamente desiertas. Atravesó una explanada donde se
situaba una parada de taxis, ocupada solamente por dos vehículos a la espera,
con sus conductores al refugio de la calefacción. Le sorprendió muchísimo la
presencia de varias prostitutas patrullando la zona, demasiado ligeras de ropa para la temperatura que marcaban los
termómetros. Tras escuchar el sonido de unas sirenas, sin poder precisar si era
una ambulancia o la policía, apretó el paso hacia la sala de espera que le
serviría de cálido dormitorio por esa noche.
Su
espalda quedó maltrecha y resentida de aquellos asientos, fabricados de duro
plástico azulado, que le sirvieron de colchón durante unas cuatro horas.
Alrededor de las seis de la mañana comenzó a aumentar el caudal de pasajeros
imposibilitando la tranquilidad del descanso que él deseaba. Al menos, pudo
recuperar parte de sus fuerzas, le bastaría para afrontar el día que le
esperaba. Consiguió camuflarse como un viajero más y nadie le incomodó durante
su pequeña siesta. Para ser gratis, la estación de autobuses había resultado
ser un hotel bastante admisible.
Antes
de salir el sol, se marcó su primer objetivo de la jornada: buscar alojamiento. Pasó casi toda la mañana buscando pisos
compartidos; prometían ser lo más
económico y adecuado a su situación. Miró en periódicos, en todos los paneles
informativos de los centros universitarios que encontraba en su camino, y en varias
farolas y cabinas telefónicas, atestadas de papelitos, donde la gente también
exponía sus intereses.
En una
oficina de turismo le regalaron un pequeño mapa con el callejero de la ciudad
que le vino como agua de mayo. Lo utilizó
para guiarse en aquella desordenada capital
donde era difícil orientarse usando simplemente la capacidad espacial de la que
uno dispusiese. Las calles eran sinuosas y poligonales, trazadas sobre una
vasta extensión de terreno complicada de recorrer a pie.
La
mañana avanzaba, había dado muchas vueltas y estaba cansado, por lo que buscó,
entre las notas que había tomado, algún anunció interesante para empezar a
hacer llamadas. Decidió probar suerte con el más económico:
SE
BUSCA CHICO PARA COMPARTIR PISO CON
ESTUDIANTES.
A DIEZ MINUTOS DE LA UNIVERSIDAD.
14.000
PESETAS
TELÉFONO:
555 919551
En
una cabina, rebuscó lo que le quedaba de calderilla, esparció todas las monedas
sobre un pequeño mostrador a disposición de los usuarios, y se dispuso a marcar
números de teléfono hasta dar con algún alojamiento.
—Diga
—contestó la voz de un joven.
—Hola
¿Es ahí donde se busca compañero de piso?
—Sí,
aquí es. Tenemos una habitación libre.
—En
el anuncio pone que el precio es de catorce mil.
—Correcto.
Más dos mil pesetillas más de comunidad. Menos de eso no te podemos ofrecer. De
precio está bastante bien —le aseguró aquella voz educadamente.
—Muy
bien ¿Podría quedar contigo para ver el piso?
—Sí,
sí ¿Cuándo te viene bien?
—En
cualquier momento pero, cuanto antes, mejor.
—Pues
si quieres, dentro de media hora te puedes pasar por aquí. ¿Puedes apuntar la
dirección?
—Sí.
Dime —se preparó Ismael sujetando el auricular entre el hombro y la oreja.
Ismael
se sorprendió de la facilidad con que se desarrollaba el camino hacia sus
propósitos. A la primera llamada, quizás tuviera la suerte de encontrar un
sitio donde
vivir.
Gracias a la ayuda del imprescindible callejero localizó la calle, ubicaba en un
periférico barrio llamado Santa Bárbara, y se presentó allí con diez minutos de adelanto. Tras dudar unos segundos,
ante la frialdad de aquella placa de timbres, pulsó nervioso el botón
correspondiente al 3ºB.
—¿Quién?
—contestaron por el interfono.
—Soy
el que viene a ver la habitación.
—Vale,
sube.
Ismael,
ante la ausencia de ascensor, encaró las escaleras hasta el tercer piso. Se
notaba que el edificio era viejo, pero no estaba mal cuidado. Cuando se abrieron
las puertas, se encontró frente a un chaval joven, de unos veinte años. Al
parecer, por su indumentaria, le gustaba bastante la música heavy. Vestía pantalón vaquero negro con
sudadera de “Iron Maiden” y lucía una
enmarañada melena negra que le llegaba a la altura del hombro.
—Hola.
Yo soy Nacho —el muchacho tendió la mano e Ismael se la estrechó tembloroso.
—Hola,
yo soy Ismael.
—Vale.
Pues nada… —dijo gesticulando con las manos con pretensión de ir al
grano—…Entra a ver el piso. Aquí, a la vuelta a la izquierda, está la
habitación en cuestión —Nacho indicó que le siguiera por un estrecho pasillo
que se adentraba en la casa.
Ismael
echó un vistazo al posible cuarto que podría habitar. El dormitorio era
recogidito, de forma cuadrada, paredes blancas y con el suelo de parquet. El
mobiliario no era nada del otro mundo. Una cama de noventa en el rincón del
fondo flanqueada por una mesita, un escritorio bajo la ventana en la pared de
la derecha, y un sencillo armario justo a la izquierda de la puerta de entrada.
Todo era de madera clara y algo arañada
por el uso indebido de algún antiguo negligente inquilino. Las calidades eran peores que en casa de su tía Caridad, pero a
Ismael le gustó, era más de lo que necesitaba. Tampoco le importaron algunas
manchas de humedad en los tabiques, pues no parecían nada serio.
—No
está mal del todo —comentó Ismael.
—No
es gran cosa, pero está muy bien para lo que vale. Ven que te enseñe lo que
queda.
Todo
lo demás seguía la misma línea. El alojamiento contaba además con una gran cocina,
un salón con terraza a la calle, un cuarto de baño con ducha y bañera, y tres
habitaciones más.
A
excepción de la cocina y el cuarto de baño que estaban embaldosados con gres, el
resto de suelo era de idéntico parquet al de su habitación, si bien estaba ya
para el arrastre. La pintura amarillenta, acumulaba décadas y algunos
desconchones; y en cuanto a los alicatados del baño y la cocina, se plasmaban
en los típicos baldosines blancos y cuadrados, ya descoloridos, del año en que
se hacía la mili con lanza.
A
Ismael le era indiferente. No le quedaban ganas de recorrerse la ciudad
buscando otro piso mejor. Su prioridad era el precio. Además, el inmueble
disponía de calefacción central, particularidad
que le iba a venir excelente para pasar el invierno.
La visita al piso había concluido; ahora, solamente
faltaba solventar la cuestión del dinero.
—Entonces…
¿Serían catorce mil más dos mil de comunidad? —preguntó para cerciorarse de la
inexistencia de gravámenes adicionales.
—Sí,
pero ten en cuenta que en la comunidad se incluye el agua, la basura y la
calefacción.
—O
sea, que todo eso queda ya pagado, ¿no? Y luego, estarían aparte la luz...
—Y el
gas, que tampoco suele ser mucho: unas dos mil pelas al mes.
—De
acuerdo. ¿Y para cuándo podría instalarme?
—Eso…
Cuando tú quieras. Por cierto ¿Para cuánto tiempo sería?
—No
lo sé exactamente, unos meses, un año. Según me vayan las cosas.
—¿Qué
eres? ¿Estudiante también?
—No,
he venido aquí por trabajo.
Ismael
no continuó con su historia, prefirió cortar el tema con un pausado silencio.
Nacho tampoco hizo más preguntas a su futuro compañero de piso, pues no lo veía
con muchas ganas de hablar.
—¡Bueno,
tú mismo! Esto es lo que hay.
—Vale,
si no hay inconveniente, voy a empezar a instalarme ya mismo.
—Pues
nada. Luego te presentaré a mis compañeros de piso cuando vuelvan de clase, y ya
aclaramos el tema del dinero y te explicamos cómo nos vamos organizando en el
piso. Bueno, puedes ir colocando tus cosas, yo mientras tanto voy a ir haciendo
la comida. Si me necesitas para algo estoy en la cocina. ¡Oye!, si quieres te
puedes quedar a comer, voy a hacer espaguetis.
—Gracias
me encantará quedarme así ya me voy haciendo a todo.
—Sí,
sí. Tú como en tu casa. Venga, hasta luego.
—Hasta
luego.
El ambiente era algo frío, como suele ser habitual en cualquier principio.
De todos modos, Ismael no se sentía apartado, quizás un tanto extraño pero
aceptado, provisionalmente, por aquel desconocido que se había tomado la
libertad de admitir al inquilino sin comentárselo previamente a sus compañeros. Por un momento, dejó de pensar en el pasado
para comenzar a dar vueltas a los planes del futuro. Cuando perdió de vista a
Nacho por el pasillo, bajó de las nubes y entró en su nuevo cuarto. Vació, por
fin, la mochila del instituto y el bolso
deportivo con los que había cargado durante todo el viaje. De éstos, extrajo todas sus pertenencias: su ropa, la
cámara de retratar, algunas fotos y recuerdos, el despertador, la calculadora,
folios y bolígrafos, el dinero, documentos personales y algunos casetes de
música, ya que pesaban poco e incluso podría venderlos si necesitase dinero, pequeños
detalles a tener en cuenta si pretendía sobrevivir.
Fue
un día completo para Ismael. Después de preparar la habitación a su gusto,
decorándola con varias fotos de paisajes, monumentos, animales y sólo dos de personas, concretamente de Benito
y de su tía Caridad, fue a disfrutar de la comida con los que, a partir de
ahora, serían sus compañeros de piso y, a ser posible, también amigos.
Conoció
a Fran y Fernando cuando llegaron de sus clases. Fernando era de la misma edad
que Nacho. La primera impresión que tuvo de él fue la de un tío demasiado
serio. Era escuchimizado, de tez blanquecina y pelo corto, muy oscuro; además,
las gafas, de trazo fino, sobre esa nariz puntiaguda, acentuaban su seriedad.
Sin embargo, también hacía sus bromas y se reía de vez en cuando, por lo que
tampoco debía ser mal tipo, pensó Ismael.
En
cuanto a Fran, lo veía como a un ligoncete
risueño amante de la diversión que lanzaba chascarrillos continuamente, de
índole sexual casi siempre. A Ismael, reservado como era, no le agradaba mucho
que Fran se pitorreara de cualquier cosa y que no parase de hablar. Además,
también notó en él un carácter impulsivo, típico del joven juerguista que se
lía a pelear cuando hablan mal de su madre.
Tanto
uno como otro estudiaban Ciencias Empresariales en un antiquísimo centro
universitario. Era el primer año para ambos. Fernando no lo llevaba mal, se
interesaba por los estudios e incluso ya daba la impresión de ser un
empresario, dado su porte, todo serio y formal, y su vestuario, no iba de traje
pero sí elegantemente ataviado.
De Fran podría decirse que era la cara
opuesta de la moneda. Poco entusiasmado con las asignaturas, volcaba su atención en sus ligues y en todo
lo relacionado con ellos. Su pelo era rubio, donde no podía faltarle una
especie de tupé; sus ropas, solían variar dependiendo de la moda que se
llevase. Otros aspectos destacables eran que sólo él fumaba en el piso, si bien
nunca en salas comunes, y que siempre estaba dándole a la lengua, haciendo
gracias para camelarse a las chicas guapas o simplemente para obtener
popularidad entre los conocidos.
Nacho,
el heavy, era ya el colmo de la extravagancia. Estudiaba Informática, pero
tampoco era su sueño. Todavía no tenía claro qué quería ser en la vida. La
música le gustaba bastante; estaba aprendiendo a tocar el bajo con intención de montar un modesto grupillo, si bien, carecía
de cierta iniciativa para conseguirlo; pero donde realmente se mostraba
auténtico era en las conversaciones. Hablar con él era acabar, por lo general,
en resultados absurdos y divertidamente irónicos aderezados con un humor muy
particular. A todo le sacaba punta y le costaba muy poco encontrar el doble
sentido a las palabras. Si le pedían la hora, soltaba que no era dueño del
tiempo, que eso dependía del universo, con el movimiento de los astros; si le
decían que cambiase la tele, contestaba que si por una radio o por una pecera;
y esa era básicamente su línea.
Resumiendo
la situación: resultaba que al final había ido a parar a vivir con Fran el guapetón
ligoncete, Fernando el serio empresario, y Nacho el incisivo heavy metal.
Ismael
estaba muy cansado, por lo que nada más terminar de comer fue a echarse una
siestecilla. Había tenido un primer contacto interesante con sus nuevos
compañeros de piso, pero aún le quedaba mucho de ellos por conocer.
El
resto del día lo dedicó a cerrar todos los asuntos pendientes. Pagó el primer
mes de piso: dieciséis mil pelas de golpe. Por lo menos, disfrutaría de
alojamiento asegurado para todo un mes. Hasta el próximo veintisiete de Noviembre
no tendría que volver a apoquinar. Debía encontrar un trabajo ya mismo si no se
quería ver en apuros económicos pues, según la previsión de su departamento de
tesorería, no iba a disponer de dinero para hacer frente a ese dispendio.
Sus
compañeros, también le explicaron que cada día le tocaba a uno hacer la comida
y fregar. Y que iban a medias en todos los gastos de alimentación, productos de
limpieza y demás. Ismael pudo unirse a esta filosofía de convivencia pero, como
andaba tan justo de dinero, pensó en hacer una auto economía de guerra por su
cuenta, comprando su propia comida y lo mínimo imprescindible. A los compañeros,
de momento, no les importó.
Ismael
salió a media tarde, a dar una vuelta de reconocimiento por el barrio. En un
hipermercado que no caía muy lejos compró pasta, atún, arroz, legumbres,
manzanas, salchichas Frankfurt y un paquete de pan de molde bastante más barato
que el tradicional; total: seiscientas treinta y siete pesetas. Planeó tener
con todo ello suficientes víveres para lo que restaba de semana. Por lo visto, irremediablemente, seguiría el
proceso de adelgazamiento que había tomado
fuerza un par de días atrás; al fugarse de casa y perdiéndose, en consecuencia, las sabrosas comidas que su
tía siempre le preparaba.
Al menos, podía consolarse ante la posibilidad de quedarse hecho un figurín, y con lo alto e
imponente que era, tal vez las chicas se
perdiesen por él.
Ismael
cenó, por su cuenta, una manzana y tres salchichas calentadas al microondas y
cobijadas entre las reblandecidas rebanadas de pan artificial. Mientras tanto,
Nacho, Fernando y Fran disfrutaron de unas apetitosas chuletillas de cerdo escoltadas
por dos brillantes huevos fritos. Se mostraron generosos y le ofrecieron una de
aquellas humeantes chuletas. Sin embargo, él la rechazó con cortesía; aceptarla
lastimaría su orgullo. Además, no quería entrar en la dinámica de que siempre
le ofreciesen, podía ponerles en un compromiso sin quererlo y acabar siendo el
gorrón del piso.
Después
de la cena, se quedó un rato viendo la tele con ellos. Veían "Cuéntame", una serie
inspirada en los años de Franco que
tenía como protagonista a una familia de entonces. Era bastante realista y
divertida y ayudaba a conocer la época de sus padres.
Nacho
y Fran estaban cómodamente sentados en el sofá, mientras que Fernando y él
permanecieron en sus sillas, ya que el sofá había superado su aforo máximo.
Fran, que no estaba muy pendiente de la serie, quiso romper el hielo con el
nuevo inquilino.
—¿De
dónde eres tú, Ismael? —preguntó de repente.
—De
un pueblo de Albacete —contestó Ismael, tímidamente, sin apartar la vista del
televisor.
Cuando
Fernando oyó la respuesta, mostró cara de sorpresa.
—¡Anda!
¡Qué casualidad! Yo también soy de Albacete. ¿De qué pueblo exactamente? —preguntó
Fernando.
—De
Villarrobledo. No es muy grande pero es el pueblo que más viñas tiene de toda
España.
—¡Hostias!
Yo soy de La Roda —esta ciudad distaba solamente unos cuarenta kilómetros de
Villarrobledo. De ahí se explicaba el asombro de Fernando, si bien, Ismael no
mostró el mismo entusiasmo.
—Sí
es casualidad, sí —se limitó él a comentar.
—¡Vaya,
vaya! Así que tenemos a dos albaceteños en el piso. A ver si vais a hacer un monopolio
en el piso y nos jodéis a Nacho y a mí —a Fran, le gustaba utilizar en sus bromas
cosas propias de su carrera—. Pues yo soy de Almadén, y Nacho de Zamora.
—No,
de Zamora no, de Fontanillas de Castro, el pueblo con más cabezas ovinas de
raza judía de España —rectificó Nacho, burlándose
a su estilo, pero sin malicia, del anterior comentario de Ismael.
—¡Ya
ves! Si eso es una aldea que no la conoce ni Dios, de lo pequeña que es —se mofó
Fran del informático.
—Yo
no he dicho que sea grande; y no te metas con mi pueblo que en el tuyo seguro
que te da cáncer de pulmón por el gas de las minas.
—Bueno...
¿Y tú que haces aquí en Toledo? —volvió Fran con Ismael.
—He
venido a cambiar de aires. A trabajar, y a ver si empiezo a hacer mi vida.
—Y
allí en Villarrobledo, ¿qué hacías? —preguntó Fernando
—Nada.
Estaba estudiando, pero he preferido ponerme a trabajar.
Se
entretuvieron hablando un rato más, para conocerse mejor. Si bien, Ismael se
mostró reservado. Se sentía incómodo ante tantas preguntas. No tenía ganas de
inventarse mentiras para hacerse pasar por un chico normal, así que se mostró
algo evasivo para que no le dieran la tabarra que tanto había sufrido
últimamente.
A las
once pasadas se marchó a dormir. Mañana le esperaba otro largo día, en el que
se propuso comenzar la búsqueda de trabajo lo más rápidamente posible.
Antes
de echarse en la cama, quiso hacer un currículum para entregarlo al día
siguiente, en cualquier sitio donde hubiera posibilidades. Lo hizo a mano, eso
sí, con muy buena letra. Si se hubiera atrevido, podía haberle pedido a Nacho
que le ayudara, ya que como todo buen informático que se precie, tenía un potente ordenador, y con estos modernos aparatos solían
quedar mucho mejor los documentos. Además, hoy por hoy, todo el mundo entregaba
el currículum, por lo menos, a máquina.
Pensó
en que mañana tendría que comprar un periódico, o mejor, visitar la sección de
diarios de la biblioteca a ver qué encontraba. No estaba la situación como para
gastar dinero alegremente. Después, llamaría a los trabajos y haría
un extenso recorrido por las principales empresas de la ciudad para repartir
fotocopias de su currículum. Una vez realizadas estas tareas, sólo quedaría
esperar a que le llamasen. Y ahora cayó en otro inadvertido detalle: que le
llamasen… ¿A dónde? No tenía móvil, otro problemón. Intentó pensar una solución
que le permitiese prescindir del teléfono, pero no la encontraba. Debía estar
localizado si quería que le ofreciesen algún puesto. Optó, ante el escollo, cambiar los planes: a primera hora saldría a
por el móvil más barato que encontrase. Una opción, para evitar el gasto,
podría ser pedírselo prestado a Nacho o a Fernando, que eran los que mejor le
caían; sin embargo, carecía de la osadía y la desvergüenza para implorar su
ayuda; los acababa de conocer y no iba a empezar mendigando.
¡Nada,
otra factura más, como mínimo… cinco mil del ala!
Cobijado
entre las añoradas sábanas, alcanzó el despertador de la mesita. Menos mal que
no se le olvidó traerlo de su antiguo cuarto, si no lo mismo le hubiera tocado
gastarse otras mil pesetas más o confiar en que consiguiese despertarlo la
alarma de su indestructible Casio F91,
si bien, apenas se oía estando despierto. Afortunadamente, no era necesario
preocuparse por ello porque, finalmente, decidió introducirlo en la mochila. Era
del año de Matusalén, de esos que funcionan con cuerda mediante un enredado
mecanismo de ruedas dentadas encajadas en el interior de la carcasa de hierro,
y que cuando suenan, despiertan a la primera, y a veces, no sólo a uno mismo.
Una
vez ajustada la hora y preparada toda la
cuerda posible, fijó la alarma a las ocho de la mañana.
A las
ocho y diez de la mañana estaba despierto y vestido. Fue a desayunar y cayó
en la cuenta de que no tenía leche, ni azúcar, ni café, ni magdalenas… Más
gastos aun, ¡Qué cara era la vida!
Salió con diez mil de las veintidós mil ciento
cuarenta pesetas que le quedaban. Fue a pie hasta la biblioteca, situada en El Alcázar, una enorme fortaleza que los
musulmanes construyeron hace más de mil años y que se veía desde fuera de la
ciudad.
La
biblioteca le pareció de lujo, era grandísima y
disponía de una instalación
informatizada. Además de libros, se prestaba música y cine en vídeo,
nada que ver con lo que había visto hasta el momento.
Fue
hasta la sección de periódicos y echó un vistazo. Tenían de todas las clases,
pero llegó un poco tarde, los del día estaban todos acaparados. Se apañó con
uno del miércoles y buscó en la sección de anuncios.
En
unos veinte minutos consiguió copiar en un folio los anuncios de trabajo más
interesantes y algún otro donde se vendían móviles de segunda mano.
Bajó
a la calle, buscó una cabina y decidió preguntar por un móvil de tres mil
pesetas que podía servirle.
—Buenas,
quería preguntar por un móvil que viene en el periódico —solicitó Ismael.
—Lo
siento, ya está vendido —contestó una chica.
—Bueno,
hasta luego entonces.
—Hasta
luego.
Primer
intento fallido. Llamó a otro de cinco mil.
—Buenas,
quería preguntar por un móvil que viene en el periódico —repitió de memoria.
—Sí,
es un Ericsson y lo vendo por cinco
mil pesetas, pero viene sin tarjeta.
—¿Cómo
que viene sin tarjeta?
—¡Claro!,
el móvil necesita una tarjeta. Yo he cambiado de móvil pero me he quedado con
mi antigua tarjeta, entonces aparte necesitarías tu propia tarjeta —Ismael se percató
de su total desconocimiento en cuánto al actual mundo de la comunicación, no
tenía ni idea de cómo funcionaban esas cosas tan habituales ya en la sociedad.
—¿Y no tendrás alguna tarjeta aparte?
—No,
lo siento.
—Bueno,
gracias de todos modos
—De nada.
Hasta luego.
Al menos
ya sabía de qué iba la historia. Probó con otro anunció que venía sin precio,
pero que decía que se vendía móvil con tarjeta.
—Buenas,
quería preguntar por un móvil que se vende.
—Sí,
es un Motorola de Amena, tiene dos
años pero funciona perfectamente. Y viene con tarjeta incluida.
—¿Y
qué vale?
—Seis
mil quinientas.
—Seis
mil quinientas… —repitió Ismael, pensando en lo que tendría que apoquinar por
el dichoso servicio telefónico.
—Está
muy bien de precio. En cualquier tienda te sacan quince mil por lo menos —hablaba su interlocutor intentando convencer,
mientras Ismael consideraba en silencio la inversión.
—Ya,
pero yo no es que ande muy bien de dinero.
—Mira,
te lo dejo en seis mil si quieres, pero menos no puedo.
—Bueno,
a ver… ¿Cuando podríamos vernos?
Era
la una y cinco, e Ismael no paraba de mirar a toda la gente que pasaba por la
plaza. Vio acercarse a un hombre bastante joven, con una chupa negra y gafas de
sol. Se aproximaba hacia él.
—¿Eres
tú el del móvil? — preguntó el hombre cuando llegó a su altura.
— Sí.
Hablaron
unos diez minutos antes de cerrar el negocio. El hombre enseñó el móvil a
Ismael, le quedaban unas cien pesetas de saldo y se utilizaron en demostrar que
el aparato funcionaba correctamente. Desde una cabina, hicieron una llamada al
mismo, no parecía tener pegas, realizaba y recibía llamadas y se oía bastante
bien. Sólo quedó por comprobar la batería, pero Ismael se fió del hombre y no
se molestó en hacer más pruebas. El chico le explicó el funcionamiento y el tipo
de tarifa que tenía activado para el cobro de llamadas. Después, el negocio se
saldó con el precio fijado: seis mil pesetas.
De
las diez mil pesetas con las que salió de casa, volvía con tres mil seiscientas
treinta, y aún le quedaba pasar por el supermercado para comprar leche, azúcar,
café, la tableta de chocolate más económica que hubiese y un bote de tomate
para hacer los espaguetis que tenía pensados de comida. Al final, cuatrocientas
ochenta pesetas menos.
Antes
de que terminase la mañana también le
dio tiempo a hacer unas cuantas fotocopias de su currículum en las que ya se
incluía su nuevo número de teléfono. Decidió que dedicaría la tarde a repartir las mismas y a llamar a
los ofertas de trabajo que había anotado de los periódicos.
Tras
degustar rápidamente sus modestos espaguetis con tomate, se marchó a repartir currículos
sin apenas parar en casa. Pensaba ir a las empresas del polígono industrial,
pero quedaba muy lejos y era necesario coger el autobús. De momento, probaría
suerte en los sitios más cercanos.
Anduvo
una hora repartiendo en supermercados, tiendas, talleres, bares, carpinterías y
en alguna que otra empresa donde veía posibilidades.
Eran
ya casi las cinco de la tarde. Supuso que a esta hora debía empezar,
aproximadamente, el horario de oficina correspondiente a la tarde. Se decidió,
por tanto, a llamar a alguno de los anuncios que había cogido por la mañana.
—Buenas.
Llamaba por lo del trabajo del periódico.
—Sí.
Espere un momento —Ismael tuvo que soportar la tediosa musiquilla con la que,
como en esta ocasión, las empresas entretenían a sus clientes para que la
espera se hiciese más agradable—. ¿Podrías llamar sobre las seis? Es que ahora
mismo no se encuentra el que lleva esto —contestaron de repente.
—De
acuerdo. Luego llamo —a ver que otro remedio le quedaba.
La cosa
empezaba mal, pero lo intentó con otro anuncio.
—Buenas.
Llamaba por lo del trabajo del periódico.
—Muy
bien. Consiste en captar clientes para nuestra compañía. ¿Tienes experiencia
como comercial?
—No.
—Es
igual, sería aconsejable, pero no es imprescindible. ¿Cuándo te podría hacer
una entrevista?
—Tengo
todo el día libre.
—¿Mañana
a las... —el hombre buscó un hueco libre en su agenda—...nueve y cuarto? Yo es
que viajo mucho y tengo el día bastante apretado.
Definitivamente,
después de enrollarse un rato más, quedaron a las nueve y cuarto en la Plaza de Zocodover. El trabajo consistía
en conseguir clientes para una compañía telefónica. Según se lo explicó,
parecía sencillo y se podía ganar dinero.
Hizo
otras cuantas llamadas más que se recompensaron con otro par de entrevistas,
una para camarero a las doce y cuarto, y otra para una hamburguesería a las cinco
de la tarde.
No le
quedaban más teléfonos para seguir insistiendo y aún le sobraba más de media
tarde. En su carpeta todavía guardaba doce currículos, por lo que decidió
repartirlos en algunos bares mientras se daba una vuelta turística por la
ciudad de Toledo para ir conociéndola un poco mejor.
Decidió
reservar cinco de aquellas fotocopias de su vida laboral por si le hicieran falta
para las entrevistas o cualquier otro imprevisto, dando por terminada por hoy
su lista de tareas.
Eran
ya casi las ocho, tenía un hambre de mil demonios y no podía parar de pensar en
los donuts, gofres, helados y demás tentaciones alimentarias que veía en los
escaparates de las pastelerías. Pero no quería permitirse malgastar en
caprichos el poco dinero de que disponía. Se compró, simplemente, una pequeña
barra de pan y emprendió el camino a
casa. Arrancando las migas poco a poco con los dedos, iba engullendo la barra
casi sin darse cuenta. En una fuente se hinchó de agua, para que el líquido
colaborase en la digestión de su merienda. Cuando llegase a casa complementaría
el tentempié con, por ejemplo, media
tableta de chocolate. Una vez allí, se conformó con sólo cuatro onzas y una
manzana que equilibrase el conjunto. De momento, había apaciguado el hambre. Acto
seguido, se fue a descansar a la habitación.
Se
levantó para cenar y se ventiló un paquete entero de salchichas con guarnición de arroz a la cubana. Se
hubiera comido también un par de huevos fritos más ración de patatas y un bocadillo
de chorizo a la plancha pero su parte del frigorífico estaba desangelada. Mañana
compraría más salchichas Frankfurt, huevos, patatas y una botella de aceite
para no gastar el de sus compañeros de piso.
En la
cena, Fran, al igual que el día anterior, fue el primero que se atrevió a
preguntarle cómo se le había dado el
día.
—Ismael,
¿qué tal hoy?
—Bien.
—¿Y a
qué te has dedicado? ¿Tienes ya curro?
—He
estado entregando currículums y llamando a los anuncios de los periódicos. Para
mañana tengo tres entrevistas.
—¡Qué
rápido! ¿Y de qué son las entrevistas?
—Una
de camarero, otra para Mcdonalds y la
otra, no lo sé.
—¿Y
al Inem no te has apuntado?
—No,
de momento no.
—De
todos modos, en el Inem no se consigue trabajo, nunca tienen nada —saltó
Fernando, que también estaba pendiente de la conversación—. Son mejores las
empresas de trabajo temporal.
—¿Las
empresas de trabajo temporal? —Ismael no tenía ni idea de qué era eso.
—¡Eso
es una estafa! Te quitan parte de tu sueldo y sólo te dan trabajo para unos
días, o para unas semanas como mucho —Nacho entró fuerte en el tema de debate.
Para él, las injusticias sociales no tenían perdón, y cualquier cosa que
permitiese a la gente aprovecharse del más débil le hacía protestar.
—¿Y
el empresario, qué? De algún sitio tendrán que sacar para vivir—respondió
Fernando, que sí estaba a favor de las empresas de trabajo temporal.
—Pues
que en lugar de quitarle una parte al trabajador que se la quite a la empresa
que lo contrata, que es la que tiene las pelas —volvió Nacho a la carga.
—Entonces,
le saldría más caro a la empresa que si lo contrata ella misma directamente
—seguía Fernando ejerciendo de abogado de la parte fuerte sin conocer realmente
el funcionamiento de este servicio. La verdad es que todos hablaban basándose
solamente en lo que su imaginación les sugería.
—Pues
que lo contrate.
—Pero
a las empresas les hacen un servicio, ¡qué eso de estar contratando
trabajadores es un jaleo! Además, me parece que al trabajador no le quitan nada
del sueldo, ¿de dónde has sacado eso?
El
ambiente se estaba caldeando. Para calmarlo un poco, Fran intentó desviar la
conversación a su curso inicial.
—Bueno,
lo que importa es conseguir trabajo, ¿no? Pues que se apunte a ver si hay
suerte. Ismael, tú mañana vas a todas las empresas de trabajo temporal, te
inscribes y a esperar.
La
idea era de lo más lógica, por lo que ni Nacho ni Fernando se atrevieron a discutirla. Aun
así, al rato siguieron con la discusión ya que, en realidad, disfrutaban bastante
con ellas.
CAPÍTULO 5
LA
JUNGLA HUMANA
29
de Octubre
El
señor de la entrevista se retrasó un poco pero, a cambio, le invitó a un café.
Así, mientras desayunaban, aquel hombre, de mediana edad y todo trajeado,
comenzó a explicarle directamente en qué consistía el trabajo.
—Este
trabajo, en realidad, es muy sencillo. Sólo hace falta ganas de trabajar y un
poco de esfuerzo. Tengo a varios trabajando por la comunidad y algunos han
llegado hasta las doscientas mil, para que veas. Si uno se esfuerza, puede
ganar dinero.
—Pero
¿qué he de hacer? —Ismael empezaba a impacientarse, mucha palabrería pero aún
nada claro.
—¿Decías
que no tenías experiencia como comercial?
—No,
lo siento.
—No
es imprescindible, pero se te tiene que dar bien desenvolverte con la gente.
Porque el trabajo consiste en una simple venta. El producto es muy bueno pero
la gente, hoy en día, tiende a desconfiar. Y tú deberás mostrarles que no es
ningún engaño, y explicarles las ventajas de nuestro producto que ahora mismo
te las voy a explicar yo a ti —el hombre de negocios hizo una pequeña pausa
para reestructurar sus argumentos—. Nuestro producto es un contrato telefónico,
el servicio es idéntico al de cualquier otra empresa, pero nuestras tarifas son
mucho más económicas. Aquí lo puedes comprobar —el hombre sacó unos papeles
donde se hacía una comparativa de los precios de su empresa con los del resto
del mercado y, con un bolígrafo, fue indicando a Ismael todas las diferencias
de precios, una por una, y todas las ventajas en el horario de llamadas sobre
el cual se tarificaba.
A
Ismael le convenció. Su producto era el mejor. Pero no sabía cómo había que
venderlo.
— ¿Y
cómo tengo yo que vender esto?
—Bueno.
No sé si conocerás el sistema de puerta fría —el hombre miró a Ismael animándole
a ofrecer una respuesta.
—No.
—Bueno.
La misma palabra lo dice. Consiste en llamar casa por casa. Y decir:
"Buenas, soy representante de tal y si usted tiene cinco minutos puedo
mejorar bastante su factura de teléfono". Pero claro, si vas de esta
guisa, mucha gente te dirá que no le interesa y te dará con la puerta en las
narices. Hay pequeños trucos para que los clientes sepan que vas a venir, y
para conseguir que estén más receptivos. Lo mejor, desde luego, es empezar por
gente conocida y que estos mismos te vayan proporcionando más clientes. Pero si
esto no fuese suficiente, puedes hacer pequeñas cosas para evitar la puerta
fría. Por ejemplo, uno o dos días antes, puedes pasarte por las casas que vayas
a visitar y colocar en los portales un cártel anunciador que diga:
"Mañana, la empresa tal enviará a uno de sus representantes para informar
gratuitamente de las ventajas de sus productos y tal, y tal". Y de este
modo, los clientes ya están preparados, al menos, para tu visita"
—¡Vale,
vale! —Ismael estaba atento, a simple vista todo parecía sencillo, pero
empezaba a abrumarse de tanto enredo.
—Muy
bien. Ahora te explicaré como deberás rellenar el contrato y hacer que el
cliente lo firme —el hombre sacó un papel con un montón de casillas en blanco a
rellenar: nombre, DNI, dirección... y, por supuesto, lo más importante, número
de cuenta bancaria. Esto último se lo explicó con más detalle—. Verás Ismael,
en este apartado, puedes pedir al cliente que busque cualquier recibo del banco
que tenga a mano y, de ahí, copias el número de cuenta. Después, le tiendes la
estilográfica amablemente, de este modo —con el índice y el pulgar cogió la
estilográfica por la punta y la tendió a Ismael para que pudiera empuñarla
directamente en la posición de escribir. Ismael hizo el amago de agarrarla—. ¡Lo
ves!, el cliente inconscientemente, tiende a quitártela de las manos. ¡Y otra
cosa! Como te habrás dado cuenta, he dicho estilográfica, no bolígrafo.
Comprenderás que hay que dar imagen y seriedad al asunto. Si vas con un
bolígrafo cualquiera, tú también parecerás un cualquiera, y lo que tienes que
aparentar es ser un representante de nuestra empresa. Con traje a ser posible y,
si no, elegantemente vestido, con tu maletín, o una carpeta de cuero. En fin,
ya sabes. Te digo todo esto como consejo, tú puedes hacer lo que quieras, pero
ya te darás cuenta de que lo que te estoy comentando es verdad.
Ismael
empezaba a ver la cosa un poquito negra. No sabía si aquel hombre se lo estaba
notando o no, porque parecía insistirle
en que aceptase el trabajo sin tan siquiera valorar sus aptitudes, y por otra
parte, parecía no importarle demasiado la cantidad de clientes que Ismael pudiese
ser capaz de conseguir. Le entregó cinco contratos para que probase a ver cómo
se le daba. Y le informó de que cobraría mil quinientas pesetas por contrato.
Le pidió un teléfono de contacto y le dijo que, en unos días, lo llamaría a ver
cómo se le iba dando. Ismael le dejó hacer porque ya, ni él mismo, sabía si eso
le convenía o no.
Así
quedó el asunto. Cada uno se marchó por su lado. Una hora más tarde, Ismael se
encontraba de nuevo en la Plaza de
Zocodover, con una carpeta llena de papeles, que difícilmente entendía, con
la duda de si gastarse o no quinientas valiosas pesetas en una estilográfica y
con la certidumbre de que, por el momento, iba a olvidarse de lo del traje.
Faltaban casi dos horas para las doce y
cuarto, instante en que se fijaba su siguiente entrevista, esta vez para
camarero. Mientras tanto, lo único que se le ocurría era darse otro paseo por
Toledo a ver si conseguía, al menos, familiarizarse con el casco antiguo. En una
panadería compró un bocadillo, lo sujetó bien con la mano izquierda, y cada vez
que le asestaba un bocado levantaba la cabeza para contemplar iglesias y
monumentos en todo su esplendor hasta acabar de masticar el trozo, momento en
el cual volvía a atacar la modesta vianda para repetir el proceso de nuevo.
Su
improvisada ruta le llevó a parar a unas grandes escaleras mecánicas al aire libre, las más curiosas que había
visto nunca. Se situaban al norte de la ciudad, en la
frontera de la zona antigua con la nueva,
salvando la gran altura existente entre ambos terrenos, lo que era muy de
agradecer para los cansados turistas que se pateaban a pie la escarpada ciudad.
La
caminata fue más larga y pesada de lo previsto mas consiguió llegar puntual a
su segunda entrevista de trabajo. El lugar de encuentro se trataba de una
pequeña pizzería situada en la esquina de un barrio de calles cuadriculadas. En
enormes letras verdes contorneadas de rojo se podía leer encima de la entrada
el nombre del local: “Pastucci”. Al
parecer, pretendía imitar, o al menos sugerir, el romántico estilo italiano.
Se
armó de valor y se adentró a su interior encaminándose hacia la solitaria barra.
Era un local pequeño, decorado con madera de colores granates. Al parecer
acababan de abrir pues se encontraba totalmente solitario. Detrás de la barra,
un hombre de inapreciable estatura, con bigote y algo regordete, se fijó en él.
—¡Buenos
días!
—¡Buenas!
¿Qué va a ser? —Ismael pensó: «espero que camarero», pero no se atrevió a lanzar la broma.
—Venía
por una entrevista de trabajo, para un puesto de camarero.
—¡Ah
vale! ¿Tienes alguna experiencia? —preguntó el hombre seriamente, sin sonreír
lo más mínimo.
—La
verdad es que no, pero no creo que sea difícil, con echarle ganas…
—No,
si difícil no es, pero siempre es mejor tener algo de experiencia. Pero bueno…
¿Qué años tienes?
—Diecinueve.
—Pues
nada… El trabajo sería para la barra pero, sobre todo, para el restaurante que tenemos
abajo, y ahí si necesitamos gente, sobre todo los fines de semana. Se trabaja
de doce a cuatro y de siete a doce, durante toda la semana excepto los martes,
que es el día que libramos. Se cobra unas ciento veinte al mes y poco más. ¿Cómo
lo ves?
—Bien,
no tengo ninguna pega, yo lo que quiero es trabajar.
—¿Estás
apuntado en el Inem?
—No.
—Es
que eso nos hace falta.
—Pues
nada, me apunto hoy mismo y problema resuelto.
—Además
de ti, tenemos otros cuantos. Y para la semana que viene ya queríamos tener
todo arreglado. Así que si te cogemos te llamaremos pronto. ¿Tienes algún
número de teléfono?
—Aquí
tienes un currículum, ahí te viene el teléfono y todo. ¿Vale?
—Muy
bien.
—¿Nada
más entonces?
—De
momento no. Gracias por venir y ya te avisaremos si nos decidimos por ti.
—Vale.
Hasta luego.
—Hasta
luego.
Esta
vez había sido todo más rápido. En principio, le agradaba el puesto pero
dudaba que lo seleccionasen. Aun así,
por si acaso, fue al Inem a inscribirse. Sería la primera vez que utilizaría
este servicio público. Tan siquiera sabía cómo funcionaba; sin embargo, pensaba
con esperanza en que le proporcionase alguna ventaja.
Allí disponía
de más ofertas de trabajo. Si lo hubiera sabido habría ido el primer día.
Después
de inscribirse, ojeó algunas de aquellas ofertas expuestas, mediante
chinchetas, sobre un maltratado panel de anuncios hecho de corcho. Tampoco le
aportaron grandes perspectivas. No aparecía nada que se adecuase a su perfil; encontrar
trabajo estaba resultando más difícil de lo que se había imaginado en un
principio.
Decidió
relajarse un poco y volver a casa a comer. A las cinco tenía la siguiente
entrevista en aquel restaurante americano tan famoso. Debía darse prisa para
llegar a tiempo, pues debía cruzar el rio y llegar más allá de la estación de
Ferrocarril para acercarse hasta su barrio, que distaba unos tres kilómetros
del centro. Después, sin tiempo para hacer la digestión, no le quedaría otro
remedio que volver a recorrer, a la inversa, este tremendo trecho.
Tras tanto
esfuerzo a la vista, pensó en que se merecía una recompensa. Y no se le ocurrió
otro sitio mejor que el supermercado para encontrarla. Estaba tan harto del pan
de molde y de los bocadillos baratos, que no dudo en permitirse el lujo de una suculenta
chapata. También compró huevos, patatas, más salchichas Frankfurt, una lechuga,
zanahorias y aceite de girasol.
Entró
en casa con la idea de prepararse un par de huevos fritos con patatas. Mientras
colocaba sus cosas en la cocina, Fran apareció con una libretita y un bolígrafo
en la mano.
—¡Hombre,
Ismael!, no sabía que eras famoso, ¿me firmas un autógrafo?
—le
abordó Fran.
—¿Qué¡
¿Estás de cachondeo? —contestó Ismael extrañado por esa broma tan rara.
—¡Sí,
hombre!, si te acabo de ver por la tele. Tu tía Caridad te echa mucho de menos.
—¡No
me digas! ¿Me están buscando?
—Tranquilo.
A mí no me importa mientras sigas pagando todo. Pero, no sé, a lo mejor
tendrías que llamar para que no se preocupen por ti.
—La
única que se preocupa es mi tía, el resto de la familia prefiere mantenerme lo
más lejos posible.
—Bueno.
Haz lo que quieras, pero no nos metas en ningún lío.
Ismael
se quedó en blanco. ¿Qué podía hacer? Probablemente, a sus compañeros de piso
les molestase esta situación.
—Puedo
llamarla desde el móvil y decirle que estoy bien. No tiene por qué saber dónde
estoy —dijo Ismael hablando para sí.
—¡Claro,
llámala hombre! Le dices que estás bien y que no hace falta que te saquen por
la tele —intentaba Fran, sutilmente, hacerle entrar en razón.
—Bueno.
Voy a comer primero, y después ya veremos.
—Yo
voy al salón con éstos. Ahí te quedas.
—Vale.
Ismael
mantuvo el menú que tenía pensado. Con el nerviosismo de la nueva noticia, le
había entrado ansia por prepararlo todo rápidamente, lo que le llevó a cometer el error de dejar
poco hechos tanto los huevos como las patatas. Preparó todo con demasiada
prisa, mucho más preocupado por la extraña situación que centrado en la comida.
Con
el plato en una mano y los cubiertos en la otra fue hacia el salón para ver si
volvían a decir algo por la televisión. Allí estaban Fran, Nacho y Fernando, todos
ellos con los estómagos llenos y sentados en el sofá frente al aparato.
Ismael
entró un poco nervioso, esperando la reacción entre sus compañeros. Éstos no
dijeron nada, mantenían una aparente actitud de normalidad. De todos modos, aún
no tenían mucha confianza con él.
Fran,
que era el más abierto, no se encontraba cómodo con la situación. «Hay que romper el hielo»
pensaba éste. Anduvo cavilando un rato cómo empezar hasta que, finalmente,
decidió sacar el tema.
—¿Qué
tal, Ismael? ¿Estás más tranquilo?
—Sí.
—Vas
a llamar a casa. ¿No?
—Sí,
ahora a las cuatro, que me cuesta mucho menos. Y así lo voy pensando —contestó
para que lo dejasen en paz.
—Bueno…
¿Y qué tal tu día? —siguió Fran con la conversación, con la intención de
conseguir un clima de confianza.
—Bien.
—Tenías
alguna entrevista ¿no?
—Sí.
He tenido dos.
—Entonces…
¿Tienes curro o no tienes curro?
—No
sé. Uno de los trabajos me parece un poco malo y, del otro, me tienen que
llamar.
—¿Y Cuál
dices que es una mierda? —lo expresó Fran en su lenguaje.
—Uno
de hacer contratos de teléfono. Si quiero ganar algo decente, tengo que hacer
casi cien contratos al mes. Y la verdad es que hacer uno ya me parece bastante
complicado.
—¿Es
a comisión? ¿No?
—Sí.
—Eso,
por lo general, suele ser una auténtica caca de vaca. Lo único que te llevas
son chascos. Tengo amigos que han estado de comerciales y lo han dejado
enseguida. Y el otro curro… ¿Para qué es?
—De
camarero.
—Ahí
te van a hacer echar más horas que un reloj pero, bueno, si pagan bien, puedes
ahorrar algo de pasta.
—Da
igual, trabajaré en lo que salga.
—Pero
a ser posible que no te exploten —saltó Nacho con su vena revolucionaria—. A no
ser que trabajes de granada de mano, o algo así.
—¡Ya
está con sus súper chistes! No le hagas mucho caso— dijo Fran.
—¡Qué
cachondo! —contestó Ismael, escuetamente, sin saber qué responder.
Pasó
un rato en el que todos estuvieron en silencio, viendo en el telediario una
noticia sobre los teléfonos móviles. Según informaban, utilizarlos asiduamente
podría llegar a producir tumores cancerígenos en la cabeza, aunque no estaba
comprobado científicamente. El dato le dio pie a Nacho para hacer otra de sus
peculiares bromillas.
—Entonces
dará más cáncer de culo que de cabeza, porque la gente lleva más tiempo el
móvil en el bolsillo que lo que habla por él. ¡A estos científicos españoles se
les pasan unos detalles por alto que así va el país!
—Eso
son cosas que se inventan para llamar la atención. Hoy en día, casi cualquier
cosa puede tener riesgo de cáncer dependiendo de cómo y cuánto la uses —habló
Fernando, al que siempre le gustaba opinar sobre temas serios—. Mientras no
encuentren una relación directa, no se puede decir nada.
—¡Eh!,
si en la tele han dicho que da cáncer, es que da cáncer —contestó Nacho
irónicamente.
Tras
reír la gracia del informático heavy, surgió otro rato de silencio, hasta que,
de nuevo Fran, sintió la necesidad de romperlo.
—¡Oye
Ismael!, ¿te puedo hacer una pregunta personal?— le comentó con mucha
delicadeza. La verdad es que Ismael no tenía muchas ganas de dar explicaciones de su vida privada pero, por educación, no se
atrevió a dar un no por respuesta.
—Bueno.
—¿Por
qué te has ido de casa?
—Pues
para independizarme y hacer mi vida.
—No,
si está bien, pero así, de una forma tan radical... —Fran acarició su barbilla
con los dedos manteniendo el gesto pensativo—. Como se te pongan difíciles las
cosas, a ver quién te ayuda.
—Peor
de como lo he pasado, no creo que pueda estar. En mi pueblo, estaba hasta las
narices, nadie me trataba bien y no tenía ninguna libertad. Así que, lo mejor,
ha sido coger las maletas y ¡qué le den por saco a todo! Al menos, ahora puedo hacer lo que me dé la
gana sin que nadie me juzgue.
—¡Di
que sí! ¡Qué le jodan a la gente! —saltó Nacho, dándole ánimos.
—¿No
vivías a gusto con tu tía? —Fran se había informado bien cuando apareció la
noticia en televisión. Sabía que los padres de Ismael habían muerto y que, desde
entonces, vivía con su tía.
—Con
mi tía sí estaba a gusto; lo que fallaba era todo lo demás. Pero bueno, ahora
estoy mejor y eso es lo que cuenta.
Era
suficiente por hoy. La charla terminó definitivamente y todos volvieron su
atención hacia el televisor, pasando así el rato hasta que, pocos minutos
después de las cuatro, Ismael se marchó
a su habitación a llamar, desde el móvil, a su tía Cari.
CAPÍTULO 6
UN
POCO DE ORDEN
29
de Octubre
—Dígame
—contestó Caridad.
—Hola
tía, soy yo.
—¡Hijo
mío! ¿Dónde estás? ¿Estás bien? —preguntaba precipitadamente la mujer.
—Sí,
tranquila, estoy muy bien.
—Pero…
¿Dónde estás? ¿Por qué te has ido?
—Estaba
harto de que todos me trataseis como a un bicho raro y de dar pena a todo el
mundo.
—Pero…
¿Cuándo te he tratado yo mal? ¡Por Dios!
—Tú
nunca, pero todos los demás me tienen hasta las narices. Ahora, al menos, nadie
me señala por la calle y puedo hacer lo que quiera.
—¿Dónde
puedes hacer lo que quieras? ¡Si no tienes dinero ni nada! ¿Puede saberse de
qué estás viviendo?
—Estoy
buscando trabajo y vivo en un piso compartido sin que nadie me reproche nada,
ni me digan lo que tengo que hacer, y te guste o no, voy a seguir aquí una
temporada.
—Pero…
¿Dónde estás si puede saberse? ¿Te parece bonito irte así, sin decir nada a
nadie y sin dar explicaciones? —tía Cari empezaba a alterarse; le dolía mucho
que las consecuencias hubiesen alcanzado tal punto.
—Es
que no tengo por qué dar explicaciones. Soy mayor de edad y ya es hora de
sacarme las castañas del fuego yo solito. Si la gente no se preocupa de mí, yo no
tengo por qué preocuparme de nadie.
—¿No
me he preocupado yo siempre por ti?
—Bueno,
tú sí tía. Pero el tío y los primos pasan de mí totalmente, les parezco un
estorbo, así que lo mejor es dejar de estorbar a todos.
—¡Pero
hijo mío! ¿Cómo dices eso? ¿Cuándo te han molestado tu tío y tus primos? —Caridad
sabía que, en parte, su sobrino llevaba razón, pero no quería aceptarlo.
—Bueno,
tranquila. Si estoy bien, no tienes por qué preocuparte. Estoy buscando trabajo
y no me falta de nada. Sólo te he llamado para que no te preocupases y dejes de
salir en la tele para que me busquen. Estoy bien y, de momento, no quiero que
nadie sepa donde estoy. Compréndelo, por favor.
—No
sé, no sé… ¿No ves que así no se hacen las cosas? Dime por lo menos dónde
estás.
—No
te lo voy a decir. Por ahora, deja que las cosas se calmen, y luego ya se verá.
Yo te seguiré llamando, no te preocupes.
—Pues
nada hijo. Haz lo que quieras —se resignaba Caridad dándose por vencida—. Pero
llámame y dime si te falta algo, que yo te mando lo que sea. Abre una cuenta o
lo que sea para que pueda enviarte dinero.
—Ya veré
tía, gracias. Ya te llamaré otro día, hasta pronto —terminó despidiéndose
Ismael colgando inmediatamente después sin esperar respuesta.
—¡Espera
un momento! ¡Ismael! ¡Ismael! —llamó ella desesperadamente sin obtener más
respuesta que el pitido de la línea telefónica.
Se
había quitado un gran peso de encima. Hasta ahora, siempre había tenido una
sensación de incomodidad al pensar en su tía; le venía a la cabeza lo mucho que
podría estar sufriendo y le causaba una especie de remordimiento de conciencia.
Ahora, al menos, ella ya no sufriría el dolor de la incertidumbre en cuanto a
su sobrino.
A
pesar de que la conversación no fue tan bien como él hubiera deseado, supuso
que, prácticamente, había logrado su objetivo: apaciguar los nervios de su tía
que, con toda seguridad, hasta hoy los
habría mantenido desbocados.
Cuando
Ismael regresó al salón, Fran le preguntó
de nuevo.
—¿Qué
tal?
—Bien.
Ya está todo arreglado, no tenéis que preocuparos.
—Pues
nada, me alegro.
—¡Sí
señor! Todos nos alegramos. La vida es bella. Vamos a montar una orgía para
celebrarlo —saltó Nacho con intención de sosegar el ambiente, utilizando como
arma su habitual estilo humorístico.
El
resto de la sobremesa transcurrió sin acontecimientos de interés. Cuando Ismael
se quiso dar cuenta, tenía que marcharse a enfrentarse con su tercera
entrevista laboral del día en aquel curioso restaurante. No podía entender que
un negocio subsistiera dedicándose solamente a ofrecer hamburguesas con
patatas. Sin embargo, no sólo sobrevivía sino que resultaba ser tan rentable
que lograba extenderse por todos sitios con suma facilidad.
Las cuestiones
variaron muy poco de las ya tratadas por la mañana en la solicitud al puesto de
camarero, y la respuesta fue idéntica: “Muy bien, gracias. Ya te llamaremos”.
Ahora simplemente cabía esperar. Aunque
mientras tanto, no permanecería con los brazos cruzados. Seguiría buscando más opciones
porque siempre existía la posibilidad, y bastante probable, de que no lo contratasen
a primeras de cambio.
Ismael
pasó ese mismo viernes y todo el fin de semana esperando, ansiosamente, una
llamada de carácter laboral en su nuevo móvil. Por desgracia, muy a su pesar,
ésta no se produjo, y el aburrimiento unido a una incipiente desesperación
comenzaron a agobiarle.
Aún
guardaba esos cinco contratos en blanco que aquel hombre de cierta compañía telefónica le confió para
que probase el oficio de comercial de ventas. Ante la ausencia de actividades
que le mantuviesen entretenido, su mente deambulaba dando vueltas a esa opción.
Intentaba imaginar de qué forma podía enfrentarse a desconocidos clientes sin
que le diesen con la puerta en las narices. Se le habían ocurrido cientos de
frases con que abordarlos cuando lo encontrasen allí plantado en su portal,
pero ninguna le convencía. Creía imprescindibles grandes dosis de valor y
desparpajo para enfrentarse a semejante misión, y estaba seguro de carecer de
ambas.
Salió
poco de casa; un par de incursiones al supermercado y al “Todo a Cien” para
comprar nuevas provisiones, fijándose
meticulosamente en los precios para poder estirar lo máximo posible las trece
mil quinientas pesetas que le quedaban.
El lunes, cerca de las diez de la mañana, lo
despertó de su sueño una llamada telefónica.
—Sí,
dígame —respondió sobresaltado, a sabiendas de las pocas personas que conocían
su número.
—¿Ismael
Torres? —preguntó una voz de hombre.
—Sí,
soy yo —el corazón le latía nervioso, podría ser su primer trabajo.
—Era
para ver si aún estás interesado en el trabajo de camarero.
—Sí,
sí, por supuesto —contestó acelerado.
—Bueno,
pues cuando puedas, pásate por aquí para firmar el contrato.
—¡Ah,
vale, gracias! ¿Dónde tengo que ir?
—Aquí,
a la pizzería donde hiciste la entrevista. A partir de las doce.
—Vale,
gracias. Luego voy para allá.
Noviembre
empezaba bien. Recorrió el largo trayecto hasta la otra punta de la ciudad como
un niño con zapatos nuevos, dando grandes y alegres zancadas mientras lanzaba
sonrisas a pájaros, árboles y edificios, como si les tuviese algo que
agradecer. El día era soleado y se entusiasmaba contemplando el paisaje, que
parecía tener otro color. Hasta cuando cruzó el río creyó encontrarlo más
limpio que de costumbre, las mismas aguas que le dieron la bienvenida aquella
oscura noche del martes, y que tan turbias se mostraron ante sus ojos.
Ismael
empuñó aquel sencillo bolígrafo decorado con el nombre del restaurante para
firmar el contrato. En principio, serían tres meses de prueba. Empezaría mañana,
así que hoy se dedicaría a celebrarlo. Compró unas buenas chuletas de aguja, un
caprichoso tetra-brik de zumo de naranja y un pequeño pan de pueblo, y volvió
de nuevo a casa para prepararse un buen banquete, dado el tiempo que hacía que no
probaba un buen menú.
Su horario
era infernal. Sumaba unas cincuenta
horas de trabajo a la semana, librando sólo los martes, tal como le
advirtieron en la entrevista. Pero
estaba tan contento que nada le importó. Prefería estimularse con los aspectos
positivos, a más horas más ganancias tendría.
Le precisaron que su sueldo rondaría las 125.000 pesetas por mes de 30 días. Le pareció bastante, ya
que nunca había tenido ninguno para poder comparar. Era en definitiva, un día
feliz. Por fin el viento soplaba a su favor. Una vez superado el duro trecho de
tormentas y tempestades, el cielo se había despejado y el sol iluminó generosamente
la anhelada tierra a la vista que buscaba, convenciéndole de que el rumbo que
había tomado era correcto.
Sus
compañeros de piso le dieron la enhorabuena por su nuevo trabajo y le desearon
buena suerte. Fran, sin embargo, le advirtió que no echase tan rápido las
campanas al vuelo. Le comentó la dedicación que suponía ese trabajo, él ya
tenía experiencia en el sector y sabía que era muy sacrificado.
El primer
día fue bastante entretenido. Conoció el local. Era medianamente grande.
Albergaba dos plantas: abajo se encontraba el comedor, donde Ismael
desempeñaría la mayor parte de sus labores; arriba estaba el horno, donde se preparaban
las pizzas; y la barra, desde donde se servían los cafés y se facturaba la
cuenta a los clientes.
Aprendió
por encima cuales iban a ser sus tareas: disponer las mesas del comedor,
reponer las bebidas, servir cafés, hacer los bocadillos, y fundamentalmente,
atender a los clientes durante los fines de semana, ya que el local se llenaba
hasta reventar.
También
conoció a sus compañeros de trabajo. Se sorprendió de que, gran parte de ellos,
fueran extranjeros. La cocinera era ucraniana; su ayudante, colombiana; de los
otros dos camareros, uno era español y otro marroquí, aunque éste último, no
tenía aspecto árabe en absoluto; y el jefe, toledano de toda la vida y con una
fisonomía que le recordaba muchísimo a la de Mario Bros., un conocido fontanero algo violento que hacía de
protagonista en un famoso videojuego.
La
que más le gustaba era Marion, la colombiana; que a pesar de ser un poco
bajita, le pareció muy guapa y simpática. Además, sólo era cuatro años mayor
que él, existiendo así, a partir de la juventud, un punto en común.
Hoy fue
un día tranquilo para Ismael pero Miguel, el camarero marroquí que tras diez
años en el país había hasta adaptado su nombre, anteriormente Mohamed, le advirtió
de que “lo gordo” llegaba el fin de semana, pues según le dijo textualmente: “el
local se pone como si repartiesen putas gratis”; a Marion y a Ana, la cocinera,
no les hizo mucha gracia el comentario, sin embargo, a Ismael el chascarrillo le
pareció bastante más divertido que despectivo.
Después
del trabajo, Fran, como siempre, fue el primero en preguntarle qué tal le había
ido el día, y tras contárselo a sus compañeros de piso, notó que empezaba a
sentirse muy a gusto con aquellos muchachos, antes extraños para él; y también, con su nueva vida cargada de
actividad.
Ismael
pronto se acostumbró al puesto de camarero, a pesar de que enseguida salieron a
la luz las pequeñas pegas del oficio. Resultó que, en realidad, trabajaba más
horas de las contratadas, bastantes más, y de forma obligatoriamente altruista.
De momento, no le importaba, pues se sentía muy cómodo en el desempeño de sus
labores y tampoco estaba en situación de protestar, el periodo de prueba y su
precariedad económica se lo impedían.
Cuando
surgía la ocasión trataba de entablar conversación con Marion; la chica, encargada
de fregar los platos, se mostraba muy guapa y simpática aun sufriendo la
tediosa tarea. Era la primera vez que a Ismael le atraía tanto una persona. A
veces, incluso se ponía nervioso cuando se acercaba mucho a ella.
Con
Miguel se divertía bastante, contaba muchos chistes y solía estar de buen
humor. Con el que peor se llevaba era con Fonsi, el otro camarero. Mandaba las
tareas con demasiada seriedad y, pocas veces, se le veía contento.
Un
sábado, el comedor bullía como una olla de presión. Todo eran prisas. Ismael y
Miguel no paraban de salir y entrar de la cocina con platos llenos y, en pocos
minutos, vacíos. El jefe envió a Fonsi para que echase una mano allá abajo. Éste
último, cuando bajaba por la escalera se topó con dos clientes sentados en los
escalones.
—Perdonen,
pero aquí no pueden estar. Si lo desean pueden esperar arriba hasta que dejen
una mesa libre —pidió Fonsi con la típica cortesía hostelera.
—Llevamos
más de media hora esperando y hay gente a quien han atendido antes que a
nosotros. Hasta que no nos den una mesa no nos movemos de aquí —contestaron los
clientes indignados.
—Bueno,
en cuanto quede libre una mesa yo les prometo que les aviso.
En
ese momento Ismael, que había estado escuchando, apareció en escena.
—Fonsi,
no te preocupes, hay una mesa que ya ha pedido la cuenta —se dirigió entonces a
los clientes —enseguida la preparo para ustedes— concluyó resuelto. Se
sorprendió de hablar con tal seguridad. La adrenalina, que se apoderaba de él
como consecuencia del revolucionado ajetreo de atender todas las mesas, parece
ser que le ponía las pilas, lográndose transformar en todo un profesional. Sin embargo, a Fonsi,
mano derecha del jefe, no le hizo ninguna gracia que el novato de la plantilla
fuese de listillo intentando arreglar los problemas con los que él ya estaba
acostumbrado a tratar.
—Bien,
pero para otra vez pide que esperen arriba, pues se puede molestar a los
clientes que están comiendo —expuso cortésmente Fonsi, guardando la compostura
delante de la hambrienta pareja, aunque en su fuero interno se estaba sintiendo
ridiculizado por Ismael y la rabia le ardía cada vez con más fuerza.
—Sí
hombre, pero para un minuto, no van a estar subiendo y bajando
—respondió Ismael que no se percataba del cabreo
de su compañero.
—Venga
arreglado, atiende a los señores— concluyó Fonsi.
Esa
misma noche, cerrado ya el restaurante y dedicado el personal a las tareas de
limpieza, daba comienzo el segundo asalto que Fonsi había estado esperando toda la noche. Ahora, Ismael no
tenía clientes con quien cubrirse y tan
siquiera sabía la que se le venía encima. Iba a conocer, de sopetón, como se
las gastaba Fonsi.
La
reprimenda comenzó mientras Ismael barría el comedor.
—Ismael
—le llamó.
—¿Sí?
—¿Cuántos días llevas
trabajando aquí? —preguntó Fonsi con tranquilidad.
—No
sé, dos semanas más o menos.
—Pues
yo llevo dos años, así que cuando esté hablando con los clientes no te metas de por medio. Tengo bastante más
experiencia que tú y sé perfectamente resolver toda clase de problemas. Tú,
como has dicho, sólo llevas dos semanas, así que mantente tranquilito y no
pretendas organizar esto como si fueras el dueño del local. De momento, sólo eres
un empleado a prueba que acaba de empezar —Fonsi hizo una pequeña pausa, para
observar la expresión de pánico de su presa. Ismael se quedó blanco; mientras
tanto, su atacante se regocijaba con su venganza lanzando su zarpazo final—. ¿Entiendes
lo que quiero decir?
—Yo
sólo quería ayudar, no creí que fuera para tanto —se defendió como pudo Ismael.
—Cuando
yo estoy con un cliente no necesito que nadie me ayude. ¿Podrás recordarlo para
la próxima vez? —siguió Fonsi hurgando en la herida.
—Bueno,
bueno… Perdona. No lo hice a mala fe.
—Muy
bien. Asunto aclarado entonces.
Fonsi
se marchó con la satisfacción de haber hecho mella en su víctima. Mientras
tanto, Ismael quedó asustado en el sitio con cara de desagradable sorpresa.
Estuvo
acordándose constantemente de aquella reprimenda durante un par de días. Menos
mal que pronto llegó Fran con su habitual pregunta de "¿qué tal en el
curro?", aprovechando entonces la ocasión para contarle lo ocurrido y
desahogarse un poco.
—Tú
pasa de esa gente. Ese tío seguro que está amargado del trabajo y lo paga con
los demás. En todos sitios te encuentras con uno así —le había aconsejado Fran.
También
deseaba mucho compartir la incómoda experiencia de su primera discusión laboral
con Marion pero, o no encontraba el momento apropiado, o la vergüenza se lo
impedía cuando tenía la oportunidad. Tanto él como ella eran un poco tímidos. La
conversación entre ambos fluía poquito a poco. Si bien, según trascurrían los
días, la confianza aumentaba e Ismael “platicaba”, como ella decía, con más
desenvoltura.
Cierto
día, por fin, le contó su disputa con Fonsi.
—Tú
no te comas la cabeza. Si no es más que
un gilipollas —fue la respuesta de la colombiana cuando Ismael le relató los
hechos.
—Ya
veo que a ti tampoco es que te caiga muy bien.
—¿Cómo
me va a caer bien?, si no es más que un prepotente, y siempre está jodiendo a
los demás.
—¡Vaya
genio! No conocía esta faceta tuya —a Ismael le hizo gracia la reacción de
Marion. No imaginaba que la chica encerrase tanto carácter.
—Si
es que me pone de los nervios. Es tan maleducado y tan borde que no lo soporto.
Ya podía ser la mitad de atento que tú.
—¡Vaya!
Gracias por la parte que me toca —el piropo aceleró con fuerza el corazón de
Ismael—. Tú también eres muy simpática.
—Lo
dices por quedar bien.
—No,
en serio. Es muy agradable charlar contigo.
—Pues
nada. Gracias —con la cosa de los piropos ambos se quedaron cortados, surgiendo
unos segundos de silencio hasta que el color blanco retornó a sus mejillas.
Marion fue la que retomó la conversación. Siempre le gustaba alargarlas lo
máximo posible. Andaba preparando lasañas y canelones para meterlos al
congelador hasta que llegase el momento de su consumo, e Ismael hacía otro
tanto preparando bocadillos. Era el mejor momento del día para charlar, momento
en el que ambos coincidían en la cocina y podían intercambiar más de dos
palabras tranquilamente.
—Espero
que, a pesar de Fonsi, estés contento con el trabajo. ¿Qué tal lo llevas?
—Bien,
es entretenido. Se trabaja mucho pero no te aburres.
—Eso
es porque los fines de semana no te toca andar fregando y fregando platos sin
parar.
—Bueno
claro, supongo. La verdad es que a ti te toca la peor parte. Yo, por lo menos,
me paseo y hablo con los clientes, pero estar ahí, dando que te pego fregando
platos, tiene que ser desesperante.
—Ni
te lo imaginas —contestó apesadumbrada. A Ismael le dolía verla desanimada por
lo que intentó ponerle remedio al problema.
—No
te preocupes, toda la vida no te la vas a pasar fregando platos, ya cambiarán
las cosas a mejor.
—O a
peor —intervino Marion con perspectivas pesimistas—. La vida es muy complicada,
y más para mí que soy de Colombia. Es muy difícil conseguir un trabajo mucho
mejor que éste, a no ser que me toque la lotería o algo así. A fuerza de fregar
platos no levanta uno cabeza en la vida —sentenció la chica, ejecutando sin
piedad cualquier atisbo de optimismo que intentase crear Ismael.
—Pues
yo creo que sí. Con este sueldo me veo con capacidad de ahorrar. Sin derrochar mucho supongo que se puede ahorrar algo
de dinero.
—Pero
tú eres soltero. En cuanto tengas hijos, el coche y la casa, veremos a ver si
ahorras.
—Hombre,
pero a ese momento ya hay que llegar preparado. Ahora yo puedo ahorrar. No
fumo, no bebo, no tengo coche, sólo tengo que pagar el piso, el agua, la luz y
la comida. Después, cuando reúna un
dinerillo decente, busco un trabajo mejor o incluso monto un negocio. Y para
adelante.
—Pues
ahorra, ahorra… —pareció contestarle con sarcasmo—. ¿Y si resulta que no has
podido llegar preparado, que tienes un hijo y algún vicio como fumar o ir de
compras? Porque si no, vaya mierda de vida —Marion comenzaba a alterarse con el
rumbo que estaba tomando la conversación. Era como si el tema le afectase
personalmente—. Y necesitas coche y un piso entero para ti, no uno compartido
como pagas tú. Entonces, ¿quién ahorra?... Y ya, si encima te rompes una pierna
o algo, pues nada, a vivir debajo de un puente porque si no te llegaba con lo
que trabajabas, ahora que no puedes trabajar, a ver quién te ayuda, ni el mismo
ángel de la guarda —Ismael estaba alucinando. No sabía que aquella tímida chica se pudiese excitar de aquel modo. La
verdad es que, mirándolo de ese modo, Marion llevaba parte de razón, pero… ¿Por
qué se ponía así?
En esto
pensaba Ismael cuando Fonsi entró, de malas pulgas, a la cocina.
—¡Menos
cháchara!, que no se os paga por hablar, se os paga por trabajar, aunque sea
poco, así que a lo vuestro y ya vale de palique por hoy que algún día a lo
mejor me canso de avisar y vais directamente a la calle.
Ambos
permanecieron callados, sin contestar, era lo mejor. Continuaron con sus
respectivas tareas mientras el inoportuno Fonsi se dedicaba a darle un repaso a
las existencias para comprobar si escaseaba algún producto y era necesario traerlo del almacén.
—Yo Necesitar
tomate frito, canelones y tallarines —comentó Ana, la cocinera ucraniana a la
cual llamaban "la Kournikova"; este era el apellido de una famosa
tenista rusa y que, igualmente, se llamaba Ana. A los compañeros de trabajo les
hizo gracia el apodo, ideado por Miguel, desde el primer día. A la joven
tenista rubia de cuerpo escultural se la conocía más por su belleza y
exuberancia en las pistas de tenis que por su buen juego. En cambio la cocinera,
a pesar de reunir ciertas similitudes
con la deportista, tales como la procedencia del este y el cabello rubio, no podía decirse que también contase con el
moldeado físico de la jugadora, y en ese punto residía el chiste. Al principio
"la Kournikova" no sabía si tomárselo a broma o como un insulto; sin
embargo, con el tiempo, hasta terminó por cogerle cariño al apelativo.
—Y de
champiñones y atún también andas escasa. Como algún día se me olvide venir a
hacer la revisión seguro que luego te falta algo —contestó Fonsi dándoselas de
capitán al mando. En realidad, bajo estos comentarios prepotentes, se escondía
una clara falta de autoestima. Era la manera de marcar su territorio en aquella
jungla llamada sociedad.
—Sí,
sí, sí… Tú siempre tener verdad —le llevaba
“la Kournikova” la razón como a los locos con mucha gracia.
CAPÍTULO 7
LA
BALANZA SE INCLINA, POR FIN,
A SU FAVOR
30
de Noviembre
Llegó,
por fin, el final del mes. Ismael había esperado con ansia este día, debido al hecho
de que hoy cobraría su primera nómina, evento de por sí memorable, pero con el
aliciente añadido de que también le ayudaría a olvidarse por una temporada de
los apuros por los que pasaba su departamento de tesorería.
Algo
le temblaba dentro del pecho, una sensación que oscilaba entre emoción e
inquietud provocada ante la impaciencia de recibir su retribución dineraria.
Su
sistema nervioso se altero aun más ante una ocurrencia recién urdida que su
subconsciente calificaba de excelente. Había pensado invitar a Marion a una
cena, con sesión de cine incluida anterior o posteriormente a la actividad
nutritiva, según resultara mejor. El motivo sería la celebración de su primer
sueldo, si bien, también podría ser la excusa según desde el punto de vista del
que se mirase el asunto. En cualquier caso, esperaba que ella aceptase
ilusionada, de lo contrario su orgullo sufriría un duro varapalo.
Con
estos tejemanejes en la cabeza llegó al trabajo especialmente contento, casi podía
apreciársele una descomunal sonrisa de oreja a oreja.
La jornada
transcurrió como siempre: colocando las mesas del comedor, preparando
bocadillos, reponiendo bebidas y sirviendo algún que otro café. El personal se
mostraba más alegre que otros días. Miguel le soltaba algún que otro comentario jocoso, relacionado con el sueldo,
para ponerle los dientes largos.
—¿Qué?,
Ismael... ¡Ya ves billetes por el aire rondándote por la cabeza! ¿Verdad? Ten
cuidado, no te lo vayas a gastar todo en putas. Apartas mil duros y ya. Lo
demás al banco.
A última
hora del turno de mañana el jefe, Mario
Bros., como todos le llamaban a sus espaldas desde que Ismael les comentó
el parecido, solicitó la presencia de los empleados para firmar las nóminas.
Uno a
uno fueron pasando por caja para firmar la nómina hasta que llegó el turno de
Ismael, el último en antigüedad y, por tanto, el último en cobrar.
—Aquí
tienes Ismael —Mario le entregó un
sobre blanco algo abultado—, las cuatro semanas de este mes. Cuéntalo, debe
haber ciento diecinueve mil pesetas.
Allí
estaba el resultado matemático de su trabajo: un montón de billetes “gordos”, todos bien juntitos. Aquel
puñado de papeles significaba la consecución de su independencia por
materialista que pudiese parecer. ¡Qué ilusión le hacía!
Los
contó, firmó la nómina y se marchó más contento que unas pascuas. Ahora quedaba
lo más duro: invitar a Marion a cenar. Lo haría a última hora, cuando todo
estuviese más tranquilo.
Tras
cumplir con su turno de mañana, ya que estaba de tan buen humor, pensó en llamar
por teléfono a su tía para contarle lo bien que le iba, y de paso, intentar que
dejase de preocuparse por él de una vez por todas.
—Hola
tía, soy yo, ¿qué tal andáis por allí?
—¡Hola
hijo, qué alegría! ¿Cómo estás tú?, por aquí todo como siempre.
—Muy
bien, hoy he cobrado mi primer sueldo. Ya puedes estar más tranquila que no me
hace falta dinero.
—¿De
verdad?... No sabes cuánto me alegro. ¿Y cómo te va en el trabajo?
—Bien,
espero estar mucho tiempo. ¿Y por allí cómo estáis?
—Por
aquí como siempre hijo. Aunque bueno, te tengo que contar algo. Supongo que es
bueno.
—¿El
qué?
—Pues
que han cogido a quien atropelló a Benito.
—¿Cómo?
¿Seguro? —esta noticia le pilló por sorpresa,
tardando un poco en reaccionar—. ¿Y quién es?
—Fue
el hijo de los Bustos, el del matadero. Lo detuvieron hace unos días pero, como
no tengo tu teléfono, no te pude avisar.
—¡Pero
si ese es de mi edad! ¡Si hasta fue al colegio conmigo!
—Pues
ya ves hijo. Lo siento. ¿Qué le vamos a hacer? A ver si le meten en un
reformatorio, y no sale en mucho tiempo.
—¡Ojalá
lo metan en la cárcel, que ya es mayor de edad! ¡Si estaba visto!... Ya en la
escuela era un gamberro. Conmigo se metía un montón de veces, y claro de mayor
ha seguido igual, como un puto delincuente. Por mí, como si se lo cargan en la
cárcel, un problema menos al que dar de comer —concluyó Ismael dando rienda
suelta al odio que, desde entonces, había retenido en su interior hacia un
desconocido homicida al que ahora podía asignarle un rostro.
—Quizás
te llamen como testigo o algo —le advirtió su tía.
—Bueno,
no me apetece mucho recordar aquello pero tendré que ir si me llaman. En fin ya
me irás contando. Si quieres te doy ya mi número de teléfono por si me tienes
que llamar para algo.
—¡Ah
vale, mejor! Espera que coja un boli —desde el otro lado del hilo telefónico su
tía, contenta con la idea, se apresuró a buscar lápiz y papel. Su sobrino le reveló,
por fin, el número de su móvil. Nada más anotarlo, tía Cari quiso tratar de
averiguar también el paradero de su sobrino, aún desconocido, mediante una
pequeña estratagema.
—Este
prefijo… ¿De dónde es?, ¿de Madrid?
—No
tía, es un móvil de estos nuevos. No tiene prefijo. Pero bueno, te voy a decir
donde estoy para que te quedes más tranquila, ¡pero prométeme que no vas a
venir a buscarme!
—¡Claro
hijo! ¿A qué voy a ir yo allí? Si tú ya estás haciendo tu vida.
—Pues
estoy en Toledo, aquí al lado como quien dice.
—Nada,
pues muy bien. Por lo menos no andas muy lejos.
La
conversación había sido fructífera. Tanto él como su tía se arrancaron, por
completo, esa espinita clavada en su relación de franqueza. Sin embargo, tras despedirse, Ismael albergaba un extraño sentimiento.
La noticia del arresto del tal Bustos le había dejado tocado. Hace unos
minutos, hubiera podido asegurar que ya no quedaba en él ni una brizna de la
antigua tristeza que experimentó por la muerte de su amigo. «¿Seré egoísta?...» se auto
inculpó Ismael, «…Benito muerto y yo aquí tan feliz, como si
nunca hubiera existido»
¿Acaso
debía demostrar la pena a cada momento del día? Aunque tal actitud pareciera
muy sensible y emotiva, en realidad, sería algo absurda y totalmente contraria
al instinto de supervivencia. Todo ser vivo debe pensar en sí mismo, en
disfrutar de una vida digna. Ciertamente, cualquiera que pretenda mantenerse
mentalmente sano ha de tener un punto de egoísmo. De hecho, su propio cuerpo se
lo exigía, le pedía vivir, satisfacer sus propios deseos. Le pedía algo
totalmente contrario a sumirse en el luto, sin ilusiones por nada como un
vegetal que espera su fin.
Él no era un egoísta, era un ser vivo y como
tal, su propio organismo le obligaba a la supervivencia. Nunca se olvidaría de
su amigo Benito, pero necesitaba asumir su muerte, y eso significaba centrarse
en sí mismo plenamente para poder seguir adelante; no tener a su amigo
constantemente presente en la cabeza; no debía preocuparse demasiado si su
amigo caía, a ratos, en el olvido. En los momentos oportunos resurgiría su
recuerdo haciéndole rememorar quién era y quién había sido.
Así
pasó Ismael gran parte de la tarde, dándole vueltas a la cabeza sobre si era o
no un insensible, y llegando a la siguiente conclusión: «Sólo soy un chico normal que quiere superar una
traumática experiencia, ¿acaso es pecado? No puedo fingir un dolor que no siento
con el único fin de hacer honor al recuerdo de Benito. Debería estar feliz por
recuperar aquellas ilusiones con que soñaba de niño. Ya soy un adulto y ha
llegado el momento de llevarlas a cabo».
Justo
al anochecer, regresó al restaurante para cumplir con el segundo turno. Una vez
inmiscuido en el trajín de las labores, logró apartar a un lado sus reflexiones
morales y, cuando los clientes se fueron marchando y se aproximaba la hora de
cerrar, aplicó el esfuerzo de sus neuronas en discurrir el modo en cómo proponerle
a Marion la ansiada invitación gastro-cinematográfica para el día siguiente.
Las
mesas estaban vacías, los minutos volaban limpiando la cocina, e Ismael se
encontraba al lado de Marion sin atreverse a abrir la boca. Era ahora o
perdería la oportunidad. Él lo sabía y por ello se lanzó titubeante aunque
estuviera asustado.
—¡Marion!
—la llamó tembloroso.
—¿Si?
—Verás,
hoy he cobrado mi primer sueldo y las cosas me van mejor, así que quería
celebrarlo mañana yendo al cine y a cenar por ahí, pero como no quiero ir solo
he pensado a ver si querías venir conmigo que yo te invito, ¿te apetece?
—concluyó satisfecho su
proposición. Después de todo, la proposición parecía haberle quedado mejor de lo que esperaba.
—¡Vaya!,
no sé qué decir.
«Pues
di que sí», pensó Ismael aunque no se atrevió a
decirlo en voz alta.
—Si
no tienes nada urgente que hacer —intentó convencerla el tímido muchacho de
metro ochenta de altura y de casi noventa kilos de peso.
—Hombre,
siempre hay cosas que hacer, pero bueno si no se nos hace muy tarde.
«¡Esta
hecho, me está diciendo que sí!» Ismael empezaba a notar como
la adrenalina recorría sus venas ante la victoria obtenida en la batalla.
—Sí,
sí. Cuando tú quieras volvemos a casa —insistió él.
—¿Y
qué película quieres ver?
—Pues
no sé. Ya miraremos a ver que ponen y lo decidimos.
—Bueno,
pero de acción no, que no me gustan mucho.
—De
acuerdo. Alguna de miedo o de risa —«o de
amor» quiso añadir también el avergonzado pretendiente
pensando en ablandarla y, quién sabe,
tal vez incluso llegar al culmen de abrazarla o besarla durante la proyección.
Cuando
llegó a casa a la una de la madrugada todavía estaba excitado. Dormían todos
menos Nacho, que estaba en su habitación con la puerta abierta, enfrente del
ordenador.
—¿Qué
tal Nacho? ¿No duermes? —se ánimo a preguntar Ismael aprovechando su estado de
euforia.
—Ando
contando aldeanos a ver si me entra el sueño —contestó Nacho a sabiendas de que
no lo entendería.
—¿Qué?
—Estoy
viciándome a un juego en el que haces de Dios, más o menos. Es para comprobar
si soy capaz de hacerlo mejor que nuestro señor todopoderoso.
—No
sabía que existieran juegos de ese tipo.
—Pues
ya ves, todo se inventa hoy día. En este tú manejas unos cuantos aldeanos de un
pueblo, y puedes ordenarles que corten árboles o que recojan bayas, o incluso
mandarlos a pescar al río; y luego puedes construir casas, granjas…; montar un
ejército para invadir a los otros poblados, y así hacerte el señor del mundo
entero haciendo honor a la naturaleza del ser humano. ¿A qué está guay?
—¡Vaya!, que cosas inventan.
—¿Y
tú qué? ¿Has servido muchas pizzas? —le preguntó Nacho encauzando la
conversación hacia un tema más normal.
—Las
de siempre más o menos.
—¿Mañana
libras no?
—Sí y no.
—¿Cómo
que sí y no?
—Es
que he quedado con Marion para ir al cine.
—¡Anda!
¡Qué sorpresa! ¡Y parecías bobo cuando te cambiamos por la borrica vieja! ¿Y
después del cine tenéis algún plan más? —bromeó el informático heavy.
—¡No
hombre! Sólo ir al cine y a cenar quizás —se sonrojó Ismael; para él sugerir esas cosas eran palabras mayores.
—Eso
está bien. Sí señor, una relación muy romántica.
Justo
cuando se habían quedado sin conversación oyeron una puerta que se abría y unos
pasos que se acercaban hacia ellos. Era Fernando que, con cara de pocos amigos,
se asomó a la habitación.
—Hay
gente que quiere dormir, ¿sabéis?
—Claro,
debe ser por eso que las calles están vacías —bromeó Nacho para relajar un poco
el ambiente, pero con Fernando el humor irónico del informático no funcionaba
sino que era contraproducente.
—Córtate
un poco ¿vale? —replicó Fernando dirigiéndole una mirada asesina y marchándose
de nuevo hacia su habitación sin esperar respuesta.
En
realidad lo que más molestaba a Fernando era el simple hecho de no poder
conciliar, por sí mismo, el sueño. Llevaba una hora intentándolo y sus
compañeros no fueron, verdaderamente, el óbice para conseguirlo. Empezaba a dar
vueltas y vueltas en la cama, pero no alcanzaba ese estado de relajación
imprescindible para dormir. Y cuanto más
tiempo pasaba, más nervioso se ponía y más difícil se presentaba su descanso
nocturno. Por eso, cuando oyó las voces, decidió utilizarlas como una excusa
para desahogarse, sin embargo, en su interior sabía que éstas no eran la razón
de su insomnio. Andaba preocupado por las clases y porque tampoco lograba
adaptarse bien a la vida universitaria. Notaba la falta de amigos exactamente
afines a él, y a menudo se sentía sólo.
Era
una situación muy común que se presentaba en algunos jóvenes el primer año que
emigraban de casa; y al parecer, este síndrome le estaba afectando más de lo
previsto.
Mientras
tanto, Nacho e Ismael quedaron estupefactos ante la distante reacción de su
compañero de piso.
—¡Joder!,
tiene más humos que un tren del siglo XV —se le ocurrió comentar a Nacho para
quitarle hierro al asunto, si bien, poco podía quitársele añadiendo una
metáfora sobre una máquina ferroviaria.
—Quizás
se nos oye demasiado —susurró Ismael bajando la voz e intentado compartir la
culpa.
—¡Joder!,
pero si no puede dormir que haga lo que todo el mundo: una pajilla y a sobarla.
¡Digo yo, no sé, a lo mejor es que me estoy volviendo loco!
—Bueno.
Yo también voy a ver si duermo.
—Pues
nada, que descanses mejor que Fernando.
—Igualmente.
Ismael
también tardó en conciliar el sueño. Estaba preso por la emoción de su primera
cita y no paraba de pensar en ello. No obstante, tras numerosos giros sobre su
eje maltratando el estrecho colchón con su destacado peso, se quedó dormido, adelantando a Fernando en
la carrera por el sueño.
Se
levantó a las once de la mañana. El primer pensamiento que le invadió nada más
abrir los ojos fue Marion. Se vistió y fue a desayunar más contento que otras
veces.
En la
cocina se encontró con Nacho que ya tenía vacío el vaso de leche.
—Buenos
días. ¿No tienes clase? —preguntó Ismael.
—Buenas.
Iré por la tarde.
—¿Y
Fernando y Fran?
—Cultivando
sus mentes en la universidad, supongo.
—Bueno,
voy a desayunar y luego ya veré a que me dedico.
—¿Qué
pasa? ¿No tienes planes hasta tu súper-cita?
—Pues
no. Iré a comprar algunas cosillas y poco más. ¿Y tú qué vas a hacer?
—Pues
estar ahí, con mi mejor amigo.
—¿Con
quién?
—Con
el ordenador, y quizás me acompañen también mis amigos los Iron Maiden.
—¡Ah ya!,
de los Iron Maiden algo he oído, pero
no mucho.
—Pues
peor para ti. Representan la excelsa poesía del señor oscuro.
Tras
el breve desvarío del informático heavy cada uno se fue por su lado, Nacho a su
habitación e Ismael hacia la calle para echar un vistazo por el barrio.
El
cielo se dibujaba completamente azul y el sol le pareció más luminoso que de
costumbre. Pocas veces desde que estaba allí le había resultado tan agradable
cruzar el parque por donde pasaba todos los días de camino al trabajo. Quizás
fuera por la alegría contenida que residía en su interior.
Observó
el movimiento de los gorriones sobre los verdes pinos resaltados por el sol,
dando saltos hacia uno y otro lado sin permitir ningún silencio en las
sinfonías de trinos aleatorios.
Paseaba
tranquilamente observando el contraste de la hierba con la tierra ocre del
parque, y con las fachadas sombreadas de los edificios del fondo. Se fijaba en
la gente, en las casas, en las tiendas y en los coches. Estando cerca de un “Todo a cien” captó su
atención un Mini Cooper rojo con la
bandera del Reino Unido estampada en el techo.
En realidad, el coche de mini tenía poco, pues su motor encerraba más de
cien caballos. «¡Qué chulada! ¿Cuándo tendré yo uno como este?» pensó Ismael, ilusionándose con la idea de ahorrar para
comprarse un auto y presentarse un día, por sorpresa, a ver a su tía Cari.
Anduvo
divagando en estas aspiraciones mientras terminaba sus recados. Compró algo de
comida, champú, gel de baño, y unos bombones para regalárselos a Marion.
De
vuelta a casa, se encontró de nuevo a Nacho frente al ordenador bastante
concentrado.
—Hola.
—Hola
—contestó susurrando sin apartar la vista de la pantalla.
—¿Ya
estás jugando con tus aldeanos?
—¿Eh?
—dijo Nacho absortó en la máquina, volviendo a quedar en silencio. Aunque
cuando pasaron un par de segundos, su
cerebro de informático activó la placa
base y procesó la pregunta que le había formulado Ismael y que aún permanecía
en su memoria RAM, reaccionando para darle una respuesta—. No, ahora estoy con
temas de alto nivel. Estoy jugando al ajedrez.
—¡Ah
vaya!. ¿Y vas ganando?
—Pues…
Ahora mismo acabo de cagarla. Le he regalado una torre a lo bobo. Nada, me
rindo, esto está perdido —Nacho dio un clic de ratón y el tablero de cuadros
desapareció de la pantalla.
—¿Tú
sabes jugar a esto? —Preguntó a Ismael.
—No.
Yo sé a las damas, al parchís y a las tres en raya, pero al ajedrez no he
jugado nunca.
—Bueno,
es un pelín más complicado. Si quieres te enseño, así aumentamos tu cultura
popular.
—¿Cuándo?
¿Ahora?
—Sí…
¿Por qué no? ¿Tienes que hacer algo? Yo tengo la mañana libre.
—No,
nada en especial.
—Pues
venga. Vamos al salón si quieres, que estaremos más cómodos.
—Como
quieras.
Nacho
extrajo un ajedrez magnético del cajón de la mesita de noche y se marcharon hacia
la sala de estar. En unos minutos le enseñó a colocar las piezas y le ilustró
en los movimientos de las mismas y en cómo se comían unas a otras.
—Mi
preferido es el caballo, porque esta medio loco. Va saltando de casilla en
casilla y a veces se te planta en el sitio más inesperado. Es jodido tenerlo
controlado, será porque mueve en ele; si moviese en uve doble sería otra
historia —bromeó haciendo gala de su humor absurdo.
—Pero
la mejor es la dama, ¿no? —preguntó el inexperto Ismael.
—¡Hombre!,
eso es de tácito consenso mundial. Las mujeres siempre son las que mandan. Ya
lo dice el refrán, tiran más dos tetas que dos carretas, entre otras cosas,
porque los que tiran son los caballos, no las carretas.
—¡Ja,
Ja...! Lo cierto es que es la pura verdad —rió Ismael un chiste efusivamente, por
primera vez desde hacía mucho tiempo.
Jugaron
un par de partidas rápidas en las que Nacho le iba enseñando cómo atacar y cómo
defenderse. Ismael se concentraba en asimilar los movimientos y las estrategias
a seguir; y con prudente precocidad, empezó a jugar decentemente.
—Aprendes
rápido pequeño saltamontes —le piropeó Nacho imitando a un conocido monje
tibetano, experto en artes marciales, que emitían años atrás en una serie de
televisión.
—Bueno,
es cuestión de calcular posiciones como a las damas, pero más complicado. Aquí
cualquier despiste te joroba una partida, hay que tener demasiadas cosas en
cuenta.
—¡Qué
me vas a contar! Ese es mi punto débil, los despistes.
Tras cuatro
rápidos enfrentamientos, Ismael contaba con sendas derrotas y cero victorias en
su haber. Sin embargo, como compensación al vapuleo, ya conocía defensas básicas contra el Mate Pastor, las dobles amenazas, la
descubierta y la clavada.
Fran
y Fernando llegaron de la universidad cuando se estaba disputando el quinto
mach. Se asomaron al salón y observaron con sorpresa a ambos contrincantes.
Uno
de los mejores modos de despertar el interés por algo, es observar a alguien
que parece estar disfrutando con la labor; y así sucedió en este caso.
—¡Hombre!,
si han venido a visitarnos Karpov y Kasparov, y nadie nos ha avisado —gritó
Fran distrayendo a los jugadores.
—Silencio
por favor, que están jugando profesionales —pidió Nacho llevándose el índice a
los labios sin apartar la vista del tablero.
Fernando
observaba las piezas en silencio, pero Fran no hizo ningún esfuerzo por sujetar
su lengua inquieta.
—Después
os reto a unas simultáneas, que os voy a dar una paliza a los dos que se va a
cagar la perra. ¡La torre Ismael! ¡Cubre la torre!
—¡Calla
hombre!, que está jugando él —ordenó Nacho con la esperanza de que cerrase la
boca.
—¡Cúbrela
con el caballo Ismael! —seguía Fran cómo si el asunto no fuese con él.
Ismael
se tomaba su tiempo y hacía caso omiso a los consejos del parlanchín, que no
conseguían ayudar al aprendiz pero si distraer al maestro. En consecuencia,
Nacho tuvo un error y se dejó una torre casi al final de la partida, lo que
permitió a Ismael lograr unas triunfantes tablas.
—Tuviste
la victoria delante y no la viste Ismael —anunció Fernando que había estado
callado durante toda la partida.
—¡¿Qué
dices hombre?! La he tenido ganada hasta que me equivoqué al final por culpa de
este —replicó Nacho, herido en su orgullo, señalando a Fran enérgicamente con
el dedo.
—¿Te
lo demuestro? —Le retó Fernando.
—¡Venga!
—aceptó Nacho.
Fernando,
que recordaba la posición crítica a la cual se refería, volvió a colocar las
piezas en su sitio. Después, anduvieron un buen rato analizando el final de
partida hasta que se demostró que Fernando llevaba razón. Jugando correctamente
Ismael hubiera ganado; quedando también demostrado que él único que usaba
gafas, Fernando, era también el que más sabía del juego entre los allí
presentes, acontecimiento que permitió al aplicado estudiante de empresariales,
inyectarse una buena dosis de autoestima.
Después
de comer, anduvieron casi toda la tarde jugando al ajedrez. Se impuso
claramente Fernando. El sabor de la
victoria le sirvió de perfecto antídoto para olvidar el enfado de la noche
anterior, a causa de la algarabía nocturna de sus compañeros.
Nacho
y Fran anduvieron empatados en recuento de puntos, y observaron que Ismael
podía resultar una gran promesa, pues casi llegó a alcanzar su mismo nivel de
juego en el primer día en que se
inmiscuía, con un mínimo de profundidad, al mundo de las sesenta y cuatro
casillas.
A
media tarde, yacían todos rendidos en el sofá viendo la televisión. La sesión
había finalizado. Faltaban unas dos horas para la cita con Marion e Ismael se
dispuso a merendar para reponer energías.
Tras
degustar un sensacional bocadillo de crema de cacao, se encerró en el baño,
durante media hora, para ducharse y ponerse guapo.
Se
vistió tan elegantemente como la poca ropa de que disponía le podía permitir.
Incluso Fran tuvo que prestarle una camisa y un poco de colonia.
Salió
de casa con bastante antelación. No quería llegar tarde. Sus compañeros le
desearon suerte, y a última hora, Fran, para burlarse un poco de él, le regalo
un preservativo que Ismael rechazó como si fuese veneno.
Justo
antes de atravesar el portal se realizó una auto revisión: llevaba dinero, el
peinado y la ropa estaban correctos, y la cantidad de colonia parecía ser la
adecuada. Realizado el auto examen, partió raudo al encuentro; olvidando,
después de tanta precisión, la caja de bombones que compró ex profeso, encima
de la mesita de su habitación.
Habían
quedado en la plaza Zocodover. Por
alguna razón, Marion no permitió que Ismael fuera a recogerla a casa.
Aún
faltaban diez minutos para que la chica hiciese acto de presencia. Inquieto, se
entretuvo paseando de un lado a otro enfocando continuamente la vista hacia el
gran arco de piedra por donde Marion debía de hacer su aparición.
A las
ocho y cinco exactamente, por fin se presentó la imagen ante los ojos de
Ismael. Vestía unos vaqueros claros, falsamente desgastados en los muslos para
resaltar los mismos, y un jersey de cuello alto tejido en fina lana rosada. El
conjunto armonizaba con unas deportivas color nieve que acentuaban la juventud
y sencillez de la muchacha.
Sus
miradas se encontraron e Ismael se acercó, impaciente y a la vez con calma, a
su encuentro.
—Estás
muy guapa —piropeó Ismael sin que nada más original hiciese amago de pasársele
por la cabeza.
—Gracias
—contestó Marion de forma igualmente predeterminada.
—Bueno…
¿Vamos para el cine?
—Vale.
La
timidez emanaba de ambas partes. Les hubiera agradado recorrer el camino hasta
el cine, cogidos de la mano, mas ninguno se atrevió a buscar los receptivos
dedos del otro.
Tras
estudiar detenidamente la cartelera, optaron por una película de miedo. La
protagonizaba Bruce Willis, un actor
americano, metido en el papel de un gran psicólogo que intenta ayudar a un
extraño niño propenso a ver alucinaciones de fallecidos.
A
ambos les encantó la elección del género terrorífico. Aparte de que el film
había recibido maravillosas críticas, el miedo les podría servir como excusa
para abrazarse o tocarse, en las escenas
de máxima tensión, con mayor confianza. Y así sucedió,
irremediablemente, en el primer susto que surgió en la trama: un muchacho que
apareció, de repente, con la cabeza abierta por la mitad. Marion agarró,
fuertemente y con ambas manos, el fornido brazo de Ismael, descargando un
potente escalofrío que recorrió todo el cuerpo del inocente grandullón. El
hielo estaba roto. Ambos sintieron un súmmum de mariposas en el estómago, y así
permanecieron hasta el final de la aterradora proyección, pegados como las
etiquetas de la ITV a la luna de un Seiscientos.
Tras otros
tantos sobresaltos en la butaca, dos horas más tarde paseaban sosegadamente
bajo una fría noche estrellada, intentado decidir donde cenar. Reían y
comentaban la película, acaramelados como adolescentes de quince años, si bien
cargaban a sus espaldas, un lustro más por cabeza.
Dirigieron
sus pasos de nuevo hacia la plaza de Zocodover,
intentado dar con un lugar donde cenar tranquilamente sin necesidad de
desembolsar demasiado dinero.
Se
hacía tarde, y para no dar muchas vueltas se decidieron por una hamburguesería situada
en aquella misma plaza. Marion no era muy partidaria del local, pues pertenecía
a una cadena de restaurantes procedentes de Estados Unidos, país que mantenía
muy malas relaciones con su Colombia natal. Sin embargo, la noche era muy especial
y no era cuestión de poner reparos, no se arriesgaría a estropearla.
La
elección del menú estaba clara, pues no había mucha variedad. Hamburguesa a
elegir entre unas diez indiferenciables especialidades, con patatas fritas,
saturadas de sal, de acompañamiento obligatorio.
Mientras
daban mordiscos al redondo bocadillo, y pescaban alargados trozos de tubérculos
con los dedos, hablaron de sus vidas. La familia fue el tema predominante.
Marion le contó que echaba de menos su país y a sus gentes, a pesar de que aquí
vivía mejor. Ismael, por su parte, le habló de la que consideraba su única
familia, tía Cari, y también de su amigo Benito y de lo que de él había sido
hace pocos meses; si bien, maquilló algunos aspectos de las trágicas viviendas de
las que había sido partícipe para evitar rememorar malos tragos.
—Por
eso vine aquí, para empezar de nuevo, aunque suene típico —le decía Ismael.
—Pues
yo simplemente para empezar, porque allí algunos no salen de pobres en toda su
vida, aunque otros muchos viven muy bien, no te creas.
—Pero
eso pasa en todos los sitios. Aquí también.
—Sí
pero, en general, aquí las cosas están mejor, menos para los que no tienen
papeles como yo, que está algo más complicado.
Hacía
año y medio que la chica había llegado a España. Vino como turista, pero con la
intención de quedarse para conseguir una vida más próspera. De momento, lograba
tener un trabajo decente, mas sus ahorros crecían demasiado lentamente, y aún
no disponía de todos esos papeles que tanto ansiaban los extranjeros.
—Tengo
perdidos los dedos de kétchup —comentó Ismael para cambiar hacia un tema menos
melancólico.
Los
dos sonrieron y, posteriormente, hubo un silencio que Marion decidió que había
que romper como fuese.
—¡Haber…!
—susurró la chica con voz coquetona mientras agarraba la mano del muchacho, y
en una fugaz succión de sus traviesos labios limpió el tomate de los dedos de
Ismael, quién quedó tan sorprendido que hasta se le dilataron las pupilas como
a un gato cercano a su presa. No supo qué decir, se limitó, ensimismado, a observar
como Marion reía pícaramente.
—¡Eh!
¿Qué confianzas son esas? —preguntó retóricamente el muchacho uniéndose a las
risas y saliendo del limbo.
—Era
para ver que hacías.
—Pues
ten cuidado no te manches tu también, que estaré preparado.
—¿Y a
mí qué? ¡Mira!, ya estoy manchada —la chica se pringó el dedo con tomate y lo
extendió hacia Ismael desafiándolo, pero él era mucho más tímido que ella y se
quedó paralizado. Aún así, su orgullo le prohibía quedarse mirando sin hacer
nada. Reaccionó con instinto reprimido, lo único que se le pasó por la mente
fue darle un torpe lametón de perro en su índice, no era lo que deseaba
exactamente, mas sirvió para evitar que se frenase el coqueteo.
Sin
las ataduras de la vergüenza, Ismael hubiera anhelado saborear lentamente toda
la mano de la chica hasta lograr extraerle, por completo, cualquier resquicio
de esencia de kétchup. Jamás tal condimento le hubiera resultado tan exquisito.
Tras
el momento cumbre, las hormonas fueron calmándose paulatinamente hasta pasadas
las once y media.
—Es
muy tarde. Me tengo que marchar —Marion daba por cerrada la velada.
—Vale.
Venga, te acompaño —se resignó Ismael.
Ambos
se marcharon cogidos de la mano, y se adentraron en las callejuelas que
conducían a casa de la chica. Tras unos minutos, llegaron a su destino. Era una
antigua casa de una sola planta, pequeña y un tanto desmejorada. Quedaron
clavados en el portal mirándose el uno al otro.
—Bueno,
ya hemos llegado —dijo Marion.
—Si —se
lamentó Ismael.
—Hay
que irse a descansar que mañana nos toca trabajar otra vez.
—¡Qué
remedio! —se resignaba él mientras discurría en cómo despedirse.
Ambos
se sentían cortados. Surgió un pequeño silencio en el cual ni sus enredadas
mentes sabían en qué pensaban. Ambos pecaban de falta de arrojo, si bien,
Ismael tenía más agravado el problema, a pesar de ser el varón en esta cultura
de cuento de hadas; y se lo demostró la propia chica adelantándosele y
estampándole un beso relámpago en los labios que apenas llegó a notar.
—Bueno,
pues hasta mañana. Ten mucho cuidado por el camino.
—Descuida.
Hasta mañana entonces.
Ismael
emprendió el trayecto de vuelta observando cómo su apreciada compañera de
trabajo agitaba la mano izquierda en señal de alegre despedida. Se marchaba
satisfecho. Podía decir que su dicha era casi
tan completa como en sus mejores sueños había imaginado. No podía quejarse en absoluto. Hasta ahora,
consideraría este día como el más feliz de su vida, porque quizás no hubiera
muchos más de este calibre.
Toda
persona guarda en la cabeza y en el corazón ciertos momentos de felicidad
absoluta que han marcado su existencia, y suelen bastar los dedos de la mano
para contarlos. Son experiencias tan repletas de felicidad que una vez ancladas
en el pasado, causa nostalgia su recuerdo, casi tristeza, porque se está seguro
de que no se volverán a repetir. ¿Qué se le va a hacer?, así es la vida, un
compendio de recuerdos que ayudan a sobrevivir a la vejez.
Para Marion
también fue una noche inolvidable, mas tampoco fue completo su júbilo. Le
hubiera gustado invitar a Ismael a casa, pero aún no era posible. Cuando entró
a su humilde morada un niño, ya crecido y en pijama, apareció corriendo por el
pasillo para recibirla.
—¡Hola
mamá!, tengo hambre.
—Hola
cariño —Marion cogió al niño en brazos y le dio un beso.
—¡Venga!,
vamos a prepararte algo.
Ahí
estaba la razón de su falta de hospitalidad. Antes de invitar a Ismael a casa, se
sentía en la obligación de contarle que era madre de un niño de siete años.
Cuando
llegó al piso, sus compañeros aún estaban despiertos, apoltronados en el sofá del
salón con la tele encendida y cambiando de cadena con el mando a distancia sin
interesarse por nada en particular.
—Hola
a todos.
—¡Hombre!
¿Qué tal capullo? ¿Has mojao el churro o vienes sin comerte una rosca? —bromeó
Fran a su estilo habitual, levantándose del sofá para dar un amistoso golpe a
Ismael en la espalda.
—¿Qué
dices hombre! Hemos ido al cine, a cenar y nada más. Es la primera vez que
salimos.
—¡La
primera vez dice…! ¡Cómo que no me habré levantao yo a un montón de tías la
primera vez! —refutó Fran fanfarroneando.
—¡Pero
hombre, Ismael está enamorado, va a otro ritmo! —dijo Nacho como amago de
excusa.
—Eso
es igual. En este piso no queremos vírgenes, y tú y Fernando sois los que
faltáis, ¡a ver si os dais un poquito de prisita! —bromeaba Fran involucrando
también a Fernando.
—¿Y
tú que sabes lo que he hecho yo en mi pueblo? —contraatacó Fernando—. De todos
modos, antes hay que encontrar a la
persona adecuada, no a la primera que se te ponga a tiro como haces tú, ¡qué
vas a pillar cualquier cosa!
—¡A
ver… ahí voy a estar, a verlas venir! La juventud hay que disfrutarla.
—Bueno,
yo me voy a dormir —se despidió Ismael que deseaba rememorar tumbado en la cama
los mejores momentos con Marion.
—Nada,
pues que duermas bien. Ahora tendrás que descargar el fusil porque sino eso se
atasca y luego vienen los problemas —Fran, como siempre, tenía que decir la
última palabra, pronunciando automáticamente lo primero que se le pasaba por la
cabeza.
En la
soledad de su habitación, también se percató de la confianza que había
establecido con los que, hace un mes, eran unos completos desconocidos; y que
gracias a unas horas de convivencia al día, parecían ahora amigos de toda la
vida. Le parecía mentira lo mucho que habían mejorado las cosas. Quién se lo
hubiera dicho dos meses atrás, nuevos amigos, un trabajo, independencia y hasta
novia seria quizás. Se sentía como si le hubiera tocado la lotería. Rebosaba
felicidad. Ésta, al fin y al cabo, pensaba que era el mejor premio que se podía
obtener. Si lo hubiera sabido, habría tomado mucho antes la alocada decisión de
huir de casa.
CAPÍTULO 8
NO
TODO PODÍA IR TAN BIEN
2
de Diciembre
El
día siguiente en el restaurante transcurrió con miradas de complicidad entre
Marion e Ismael, y algún que otro arrumaco cuando nadie los veía. De todos
modos, aunque procuraron esconder los avances en su relación a los ojos de sus
compañeros de trabajo, éstos pronto sospecharon que entre ellos podría haber
algo más que amistad.
Enseguida
empezaron a proliferar las bromas hacia la pareja. Sobre todo por parte de
Miguel, “¡Uy, uy, uy…! esto acaba en boda” decía cuando los veía mirarse con
ojos acaramelados.
Al
único que parecía molestarle el enamoramiento de la pareja era a Fonsi. Cada
vez que los pillaba tonteando se enervaba, “¡Venga!, más velocidad con eso que
no tenemos todo el día” les reprochaba a ambos. Sin embargo, detrás de tales
ataques, se ocultaba una envidia insana; a sus treinta años aún no había llegado
a tener una relación estable, sino todo lo contrario; sólo llegó a intimar con
un par de chicas y ambas decidieron zanjar la relación antes del primer mes.
Las causas se debieron, principalmente, a su carácter; aunque no era feo, una
vez se trataba con él, asomaba su extrema seriedad, la ausencia de sentido del
humor y la prepotencia de la que a menudo hacía gala, y que solía molestar a
las personas que le rodeaban. Pero sobre todo, su aspecto social más grave era
cierta intolerancia hacia todos aquellos que no compartiesen sus mismos puntos
de vista, y que podían cuantificarse en la gran mayoría. Con el único que, de
vez en cuando, se le veía sonreír era con el jefe, ya que lo consideraba como
el único del restaurante perteneciente a su mismo estatus social, permitiéndole
esta circunstancia tratarlo con confianza desde una posición de igualdad. Estos
aires de grandeza eran lo único que le ayudaba a olvidarse de la gran
frustración que le carcomía su alma. En el fondo, Fonsi deseaba tener amigos
como Marion o Ismael, pero su arraigado prejuicio de creer que no estaban a su
altura se lo impedía, y así, día tras día, iba alimentando su animadversión
hacia ellos sin que éstos pudieran hacer nada para defenderse.
Ajenos
a los sentimientos de Fonsi, Ismael esperaba con ansia el siguiente miércoles
para volver a salir con Marion. Ella por su parte, no tenía claro el deseo de que
llegase tal día. Si pensaba tomarse seriamente la relación debería contarle a
Ismael toda la verdad; informarle de que tenía un hijo de siete años que cuidar
aunque tal confesión llevase consigo el riesgo de perderle. Desde luego, no
podría ocultarlo eternamente. “Las mentiras tienen las patas cortas”, decía un
refrán.
Sopesando
la situación, cuanto antes se lo contase todo, antes desaparecería la angustia
de la incertidumbre de su sistema nervioso.
La
pareja se iba conociendo poco a poco mediante las mini-conversaciones que
mantenían en el trabajo cuando las circunstancias de las labores permitían que
ambos coincidieran juntos. Casi siempre era en la cocina o en el comedor,
preparando bocadillos o disponiendo las mesas para los comensales.
Aquella
mañana del jueves surgió un tema relacionado con las añoranzas personales.
—¿Qué
es lo que más morriña te da cuando te acuerdas de tu país?
—preguntó
Ismael.
—Pues
no sé... Allí la vida es distinta, más relajada y alegre que aquí, aunque
también más conflictiva. Y también hay menos plata, muchos se conforman con muy
poco. Todo tiene su lado bueno y su lado malo. ¡Eso sí!, la gente es muy
abierta y agradable. Y en lugar del fútbol, allí lo que más gusta es el
beisbol; digamos que es el deporte nacional y, sin embargo, aquí en España es
muy difícil ver un partido. ¿Y tú qué? ¿No echas de menos nada de tu tierra?
—Bueno,
sí; pero tampoco mucho. Me preocupo mucho por mi tía, pero yo tenía que hacer
mi vida, así que me fui. Tampoco había mucho que me atase allí —confesó
reservado, como era propio de él.
Ismael
ya le había revelado que sus padres fallecieron cuando él era pequeño y que,
desde entonces, su tía Caridad se había convertido en su madre. También le
especificó que, aparte de Benito, no tenía grandes amistades en su pueblo.
—¿Y
cuando piensas hacer alguna visita? ¿Para navidad? —Marion preguntó confiada,
sin percatarse de que ponía al muchacho en un apuro. Ismael, aún no le había
confesado las verdaderas circunstancias en que se marchó de casa, y que, por
supuesto, influían bastante en su situación actual.
—Pues
no sé… —dudó en responder. De repente, se arrepintió de no haber vuelto a
llamar a su tía, aunque sólo hacía unos días que habló con ella, parecía como
si hubiera pasado mucho más tiempo. Probablemente, aún seguía algo preocupada,
y era muy raro que no hubiera tratado de ponerse en contacto con él, pues en la
última conversación recordó haberle dado su número de teléfono. Se prometió que
hoy, sin falta, daría un telefonazo.
—¡Ojalá
pudiera ir yo a Colombia para navidad a ver a mi madre y a mis hermanos!
—¿Cuesta
mucho el billete?
—Pues más de un mes de sueldo, y con los gastos que
tengo aquí no me lo puedo permitir.
Antes
de que alguno de los dos tuviese oportunidad de abrir la boca, se abrieron las
puertas de la cocina e irrumpió Fonsi, dispersando del clima el ambiente de
honestidad, al igual que una fuerte granizada dispersa a todo bicho viviente
del contacto con cielo abierto.
—No
sé si sabéis que mientras vosotros andáis de cháchara hay algunos que estamos
trabajando.
«Y
también, mientras otros trabajan, siempre anda alguien incordiando por ahí como
si tuviese una aceituna metida en el culo»,
pensó en contestarle Ismael al estilo que estaba aprendiendo de Nacho, si bien,
le faltaba la temeridad de éste para llevarlo a cabo. Su valor era otra de las
debilidades personales que tenía que perfeccionar.
Ya no
se volvió a hablar en el restaurante durante toda la mañana. Cuando quisieron
darse cuenta, las mesas habían sido rodeadas por hambrientos clientes que
solicitaban unos espaguetis a la carbonara o una lasaña de espinacas, obligando
a toda la plantilla laboral a mantenerse activamente manos a la obra.
Aunque,
según el contrato, el primer turno concluía a las cuatro de la tarde, el reloj
de Ismael marcaba tres cuartos de hora más tarde en el momento en que cruzó las
puertas del restaurante hacia la calle. Lo primero que hizo fue dirigirse hacia
una cabina de teléfonos donde la llamada le saldría más barata que por su
móvil.
Tras
apuñalar nueve dígitos con el dedo índice, previa introducción de calderilla rebuscada
en los bolsillos, y esperar cuatro pitidos de llamada, la voz de su primo
Roberto emergió del auricular.
—Dígame.
—Hola
Roberto, soy yo, Ismael, ¿qué tal andáis
por ahí?
—¡Vaya,
que sorpresa! Pues aquí todo como siempre. ¿Qué querías?
—notaba la frialdad con la
que su primo le estaba saludando. Desde su polémica escapada, la reputación de
Ismael en la familia había ido cayendo en picado paulatinamente.
—Nada.
Sólo saludar a tu madre, y para ver si estáis bien.
—Pues
seguro que no tan bien como tú.
—Siento
si os he causado problemas pero pensé que marcharme era lo mejor para todos ¿Se
puede poner tu madre?
—No.
—¿No
está?
—Está
en el hospital.
—¿Cómo?
¿Ha pasado algo?
—Bueno,
nada grave —se apreciaba cierto tono de ansiedad en la voz de su primo Roberto—.
Se cayó en la cocina y se dio un golpe.
—¿Y
qué le ha pasado? ¿Se ha roto algo?
—No
sé. Se resbaló, y se dio un golpe en la cara.
—¡Vaya,
qué mala suerte! ¿Y cuando le dan el alta?
—No
sé, pronto. A lo mejor mañana o pasado.
—¿Dónde
está?, ¿en Albacete?
—Sí.
—Voy
a ver si puedo ir a verla.
—Como
quieras.
—¿Puedes
apuntar mi número de teléfono?, y así me avisáis si pasa algo.
Un
pequeño y extraño silencio antes de acceder a la petición desenmascaró el
desagrado de Roberto.
—Bueno
—contestó al fin, para no discutir.
—Apunta:
555 28 12 77 —dictó Ismael pausadamente.
—Ya
está —dijo su primo que tan siquiera había cogido papel y bolígrafo.
—Bueno,
pues nada. Da recuerdos a todos; voy a ver si lo arregló para visitarla.
—Vale.
Adiós.
—Hasta
luego.
Cuando
colgó el auricular, pequeños dardos de culpabilidad comenzaron a surgir de no
sé sabe dónde, clavándose en la mente de Ismael. Mientras él rebosaba de
felicidad estos días, su tía se encontraba en el hospital.
Se
encaminó, sin dudarlo, hacia la estación de ferrocarril para informarse de los
horarios disponibles correspondientes al trayecto Toledo-Albacete. A las cinco
y diecisiete salía un tren; Ahora sólo faltaba pedir permiso al jefe para poder
marcharse. Le daba un poco de apuro porque hacía cuatro días que había empezado
a trabajar, mas su causa era justa. Sin embargo, comprobaría en unos minutos
que en el mundo real eso daba exactamente igual.
—¡¿Cómo?!
¿Qué te quieres ir justo el fin de semana? ¡Cuando hay más trabajo
precisamente! —se exasperó el jefe ante
la solicitud.
—Sólo
serán dos o tres días, es que llevó mucho sin ver a mi tía, y además
seguramente la tienen que operar.
—¿Es
muy grave? —se interesó el jefe simulando una falsa empatía.
—Bueno,
creo que tampoco es muy grave.
—Pues
entonces mañana por la tarde te quiero aquí. Tú verás cómo te lo montas.
—¿Mañana?
¡Pero si aún no he salido!
—Pues
sales ahora, y mañana a las nueve como muy tarde, te quiero aquí. La ves y te
vuelves. Si está muy mal el lunes vuelves, te tendrás que conformar con esto.
—Bueno,
vale, voy a intentarlo a ver si me da tiempo.
—Pues
nada, hasta mañana entonces.
—Hasta
luego —se despidió Ismael con un sabor agridulce. Al menos había conseguido un
día.
Acto
seguido, volvió a informarse sobre los horarios. El último tren que volvía a Toledo llegaba a las cuatro
y media de la tarde, por lo que tendría tiempo de sobra para respetar el margen
dado por su superior. Después de comprar un billete de ida y vuelta, tan
siquiera le daba tiempo a pasar por casa, el tren salía en veinticinco minutos.
—Hola,
¿me puede decir en qué habitación se encuentra Caridad Martínez? —preguntó en
información.
—Haber,
espera un momento —la mujer buscó en el ordenador —. Está en la habitación 222.
—Gracias.
No
cogió el ascensor. Prefirió subir corriendo las escaleras para no estar esperando.
Estaba nervioso y no soportaba permanecer parado. Tras perderse un par de veces
por el entramado de pasillos, por fin encontró el correspondiente a la 222.
«220,
221,…», leía en las puertas mientras avanzaba tembloroso; «…y 222», allí estaba su destino.
Ismael golpeó la madera con los nudillos y, acto seguido, asomó la cabeza a la
estancia.
—Hola
—saludó a la vez que echaba un vistazo. Se encontró con las miradas de sorpresa
de su prima Isabel y de su tío Bruno. También pudo contemplar a su tía tumbada
en la cama con media cabeza vendada.
—¡Primo!
—exclamó Isabel sorprendida.
—¿Y
tú de dónde sales ahora? —le preguntó su tío con peores modos.
—Llamé
a casa y me enteré de lo ocurrido, así que he pedido el día libre para venir a
verla. ¿Cómo está?
—A buenas
horas. Desapareces y apareces como te da la gana, y así te quieres enterar de
las cosas —le seguía reprochando su ex padrastro.
—Mañana
la operan. Dice el médico que no es muy grave, molesto más que nada —terció su
prima Isabel intentando poner calma.
—Imae, hijo, e aleia —intentaba pronunciar su tía
que acababa de abrir los ojos al reconocer la voz de su sobrino. Tenía serias
dificultades para hablar, pues en el golpe se había partido la mandíbula, hecho
del que no le informó Roberto a pesar de conocer los detalles.
—Hola
tía ¿Cómo estás?
—ien,
eo no ueo abar —trataba de expresarse la paciente.
—Que
no puede hablar, pero que está bien —tradujo su prima a pesar de que Ismael
también lo había captado a la primera.
—¿Y
tú omo eta?
—¿Qué
como éstas? —volvió Isabel a ejercer de traductora.
—Bien,
tía. Estoy trabajando de camarero en Toledo, y vivo en un piso compartido con
unos compañeros —Caridad asintió con la cabeza y sonrió mostrando que le
agradaban las noticias.
—¿Y
cuándo vuelves? —preguntó ahora su prima.
—Me
han dado permiso hasta mañana, me quedaré esta noche y mañana al mediodía o así
tengo que coger el tren otra vez.
—No
hace falta, si tienes cosas que hacer puedes irte, nosotros estamos con ella
todas la noches —atacó su tío con intención de echarlo con bastantes buenos
modos, para lo que él estaba acostumbrado a expresar.
—No
importa, además ya he pedido el día libre —se reafirmó Ismael sin dudarlo; los
rostros de su prima y de su tía reflejaban la conformidad que necesitaba para
su decisión. Sin embargo, en la otra cara allí presente podía percibir la
incomodidad que suponía su presencia
allí.
Después
de todo, no llegó demasiado tarde. Resultó que su prima hacía pocas horas que se
había presentado en el hospital, a pesar de que su madre llevaba ingresada casi
dos días. Hasta ahora, Caridad estuvo acompañada por su marido desde el momento
del desgraciado accidente. Isabel acababa de llegar para relevar a su padre en
la labores de acompañante por esta noche.
Bruno
se marchó dos horas después de la inesperada visita de su sobrino. Volvió al
pueblo a descansar y a ocuparse del trabajo que dejó pendiente. Tal
circunstancia contribuyó al bienestar de Ismael, que quedó mucho más cómodo y
tranquilo al encontrarse a solas con las dos personas con las que mejor se
llevaba de la familia, su prima y su tía; prescindiendo del tío Bruno, al que
nunca supo cómo tratar.
La
imaginaria transcurrió sin incidentes. Ismael invirtió casi todo el tiempo en
limitarse a permanecer junto a la cama, sin promover demasiado la charla ante
las dificultades de vocalización de su tía.
Lo
más interesante fue la conversación que mantuvo con Isabel cuando bajaron
juntos a la cafetería del centro hospitalario a cenar un rápido bocadillo.
—Ésta
muy contenta de que hayas venido, de verdad —comenzó Isabel mientras bajaban
las escaleras.
—Debería
haber llamado antes —se auto inculpó él.
—No
te preocupes, nosotros también teníamos que haberte avisado.
—También
es mala suerte, menudo golpe debió de darse.
—Sí, todavía
no sé cómo ocurrió exactamente —dijo la chica ensimismada—. Es muy raro que se
haya dado semejante golpe por un simple resbalón. Lamentó no haber estado
presente, quizás lo hubiera evitado.
—¿Cómo?
—se extrañó Ismael al oír las ambiguas divagaciones de su prima.
—No
sé, cosas mías. La verdad es que las cosas por casa no andan muy bien, sobre
todo desde que te marchaste.
—¡Vaya,
lo siento!
—No
te preocupes, tampoco es culpa tuya. Es mi padre, ya sabes cómo es. Te puso de
hoja de perejil cuando te fugaste.
—¿Se
enfadó mucho?
—¡Bastante!.
Y claro, mamá te defendía y él se cabreaba todavía más.
Llegaron
a la cafetería y pidieron un sándwich acompañado de un refresco con cafeína que
les mantuviera despiertos. Una vez sentados a la mesa, mientras satisfacían su
apetito, reanudaron la conversación.
—Así
que ya ves como andamos por casa, cada vez hay peor ambiente, siempre con
gritos y discusiones. Y Roberto cada vez más rebelde y más pasota, sólo se
preocupa de su coche; que si le pone alerones, que si el equipo de música, las
llantas… Me da que hace mucho el loco por ahí, esperemos que nunca tengamos una
desgracia.
—Pues
vaya panorama tenéis. ¿Y tú qué tal? ¿A qué te dedicas?
—Como
siempre, con los estudios por la mañana y por la tarde sacándome unas pelillas
en la empresa del padre de mi amiga Nuria.
Isabel
compatibilizaba los estudios de administrativo con un trabajo a media jornada
en una gestoría propiedad de la familia de su mejor amiga. A ambas actividades
iban siempre juntas, pasando casi todo el día juntas. Incluso podría decirse
que se consideraban casi hermanas.
Ambos
primos se informaron de su actual situación social, económica y laboral durante el transcurso de la noche en el
hospital. Caridad no habló apenas, ya que su mandíbula se lo impedía.
Ya de
madrugada, Isabel quedó en llamarle para contarle cómo había ido la operación
cuando ésta se produjese al día siguiente. También se prometieron que se
escribirían para no perder el contacto. Ismael prefería usar misivas escritas
en ocasiones como está; aparte de contener un punto de romanticismo, las
emociones plasmadas en tinta solían ser más precisas y completas que las relatadas
boca a boca improvisadamente.
Después
de desayunar tuvo que marcharse de vuelta a la estación sin haber dormido ni un
par de horas seguidas.
En
soledad, caminando por las aceras, no paraba de darle vueltas a la cabeza al insólito
accidente de su tía, «¿habrá sido en verdad un
simple resbalón, yendo a dar con la mandíbula en la encimera?». Tenía la sospecha de que su tío tenía algo que ver en
el asunto, «Quizás se le haya ido la mano; o el puño
para mayor veracidad en los hechos. En cualquier caso, no sé qué puedo hacer yo
estando tan lejos». La rabia comenzaba a adentrarse en su alma,
sin tan siquiera estar seguro de lo que ocurrió en realidad, lo que aumentaba
la sensación de impotencia ante la confusa situación.
Dando
cabezazos contra la ventanilla al compás del traqueteo del tren, llegó de nuevo
a Toledo. Tocaba, de nuevo, volver al trabajo; ésta era la cruda realidad en la
vida de cualquier obrero del último grupo en la escala de cotización a la
seguridad social.
CAPÍTULO 9
MÁS
NOVEDADES
3
de Diciembre
El
tren llegó puntual y sin contratiempos a la ciudad del Tajo. Le daba tiempo de
sobra a pasar por casa a descansar un poco, antes de que tocase diana para
reincorporarse al trabajo.
Nada
más aparecer por casa, Nacho y Fernando le preguntaron, con un retintín de
picardía, dónde había pasado la noche, creyendo que la habría dedicado a
disfrutar de las dulces mieles del amor en casa de su nueva amiga, nada más
lejos de la realidad.
Les
contó, en su lugar, el episodio que vivió en el hospital de Albacete. Si
hubiera estado Fran presente, que en estos momentos estaba en clase, le habría
exigido, con toda seguridad, más detalles de lo acontecido; sin embargo, sus
otros dos compañeros de piso tuvieron la cortesía de permitirle ir a echar una cabezadilla
para reponer fuerzas.
Ya en
el restaurante, informó igualmente a Marion del imprevisto, pues ésta también había
quedado preocupada. Todos en el trabajo, excepto Fonsi, se interesaron por Ismael,
y él les explicó brevemente la situación antes de volver desganado a las
obligaciones de su puesto.
Hasta
la mañana del día siguiente, cuando Isabel le llamó por teléfono, estuvo desposeído del ánimo habitual con que
realizaba sus labores, como consecuencia de la preocupación que le provocaba la
ausencia de noticias de su tía.
Su
prima le tranquilizó, comentándole que la operación había ido bien y que
enseguida darían el alta a su madre, si bien debería de cuidarse, durante un
tiempo, de mover la mandíbula lo menos posible.
Tras esta
pequeña conversación, el mes de diciembre retomó su normalidad, truncada levemente
en aquella primera semana. Lamentablemente, esta dulce cotidianeidad no duraría
mucho, pues las navidades y sus vísperas venían cargadas de interesantes
acontecimientos.
En el
restaurante sólo hubo un pequeño cambio, a su lista de tareas se sumó el
reparto de pizzas en motocicleta. Al principio le costó hacerse con la máquina
motorizada. Tuvo un par de caídas sin importancia pero acabó por cogerle el
tranquillo.
A
pesar de su escasa experiencia en conducción, pronto aprendió a desenvolverse
sin problemas. No era muy rápido pero, probablemente, si sería el repartidor
más prudente de la ciudad. No escatimaba en precaución a la hora de tomar las
curvas e igualmente se comportaba con respecto a la velocidad.
La
misión de repartir pizzas era, exclusivamente, por las mañanas. Para las tardes
había dos jóvenes estudiantes contratados específicamente para esta labor.
La
mejor parte de estos repartos a domicilio, eran las propinas que recibía de los
clientes, a veces ridículas y, en algunas ocasiones, generosas. También le
gustaba despejarse un poco con la agradable sensación de frescor que le
proporcionaba el aire golpeándole la cara mientras tomaba velocidad, placer que
duró muy poco, concretamente una semana, cuando su jefe, Mario Bros.., le
obligó a ponerse un abultado casco en todos los viajes. Por supuesto, dado su
prudente carácter, no puso reparos al asunto, es más, se arrepintió de no
haberlo exigido, por sí mismo, el primer día que le endilgaron aquella ruidosa Vespino.
La
parte mala de estos cambios era que coincidía menos con Marion. Si bien, para
compensarlo decidieron pasar todos los miércoles, que era el día en que
libraban, juntos. Y en el primero de ellos viviría una de las novedades que
este mes, caracterizado por la nieve y el frío, le reservaba.
Todo comenzó
a hilarse un inofensivo martes.
—Mañana
si quieres te invito a comer a mi casa —le propuso Marion en el restaurante.
—Vale,
¿quieres que lleve algo? —se ilusionó él ante la invitación.
—No
hace falta. Además, así aprovecho para contarte una cosa.
Quedó
intrigado sobre cuál podría ser ese secreto pero tampoco le dio demasiada
importancia; la charla evolucionó, intencionadamente, por otros derroteros, y
olvidaron el tema.
Desde
aquella primera vez que quedaron para ir al cine y cenar, Ismael siempre
acompañaba a Marion a casa cuando terminaban la jornada laboral, pues
prácticamente le pillaba de paso. Sin embargo, nunca llegó a pasar a la
vivienda de la chica, ella nunca le invitó. Suponía, sin cuestionárselo
demasiado, que la hora era muy intempestiva como para entretenerse.
Aquella
noche, todo transcurrió con idéntica normalidad. Por el camino a sus hogares,
ultimaron los detalles de la cita del día siguiente hasta que Marion llegó a su
destino, momento en el cuál, se despidieron con el mismo beso relámpago con que
se estrenaron la primera vez, y que siempre daba la chica. Ismael seguía igual
de tímido a pesar de su corpulencia, que en cualquier otro joven de sus
características, solía venir acompañada de una generosa dosis de arrojo y
valentía; sin embargo, en él parecía no surtir ese efecto. Muchas veces le daba
vueltas a la cabeza sobre cómo arreglar tal limitación, y ante el esfuerzo que
le suponía, solía terminar por aparcar el dilema en su agenda en la sección de
tareas pendientes.
Cuando
Ismael llegaba al piso después del trabajo, solía estar Fran preparado para
sonsacarle todas las confidencias de su vida.
—Así
que mañana te ha invitado a su casa, ¿ya sabrás entonces lo que quiere, no?
Llévate condones.
—Ya
estás con tus tonterías.
—Tonterías
dice; como se nota que no has andado con mujeres. Esa lo que quiere es mambo.
—Bueno,
lo que tú digas —le ignoraba Ismael mientras huía hacia su habitación.
Aunque
parecía que el día de su anhelada cita nunca llegaba, el tiempo transcurría con
la misma rapidez y pronto asomó el sol por la ventana de la habitación,
amaneciendo despejada la mañana del martes.
Nada
más abrir los ojos, su maquinaria intelectual se puso en funcionamiento
imaginando un idílico transcurso de la ansiada cita. Estrujó al máximo su
creatividad para aportar alicientes al encuentro. Se le ocurrió llevar su
cámara de fotos, que desde que llegó la tenía abandonada, para inmortalizar los
mejores momentos.
Decidió,
por tanto, salir a comprar un carrete y una pequeña tarta que endulzase sus
paladares a la hora del postre.
Batió
su tiempo récord en llegar a casa de Marion. Inyectó a sus pasos una velocidad
inusitada y enseguida embocó la calle empedrada, de aires medievales, donde
vivía la chica. La casa era vieja y antigua, de una sola planta. Sustentada sin
cimientos, entre gruesas paredes de adobe encaladas en la época en la que aún se
vendía la leche en bolsas de plástico.
Presionó
el rudimentario timbre, atornillado al maltrecho marco de la maciza puerta de
madera, a la cual se le estaba desconchando la pintura de tonos cafeinados. Se
oyó retumbar un arcaico sonido de chicharra en el interior.
Estaba
nervioso, escuchó acercarse unos pasos y,
cuando estos cesaron, la puerta se abrió exhalando un leve crujido.
—Hola
Ismael —saludó Marion sonriente y vestida, sencillamente, con un chándal rosa
de algodón y unas zapatillas de andar por casa a juego, coronadas en el empeine
con un abultado pompón de suaves fibras.
—Hola
—se quedó mirando él fijamente, como un bobalicón.
—Pasa,
pasa. No hacía falta que trajeses nada —comentó la chica observando la tarta de
chocolate que lucía sobre las manos del muchacho.
—Es
para celebrarlo —contestó sin que ninguno de los dos supiese, en realidad, que
se celebraba.
—Trae,
la llevaré al frigorífico —dijo ella quitándole el postre de las manos y dirigiéndose rápido hacia una estancia de la
que emanaba un apetitoso aroma a pollo asado —. Deja la chaqueta en esa silla
si quieres.
Mientras
se despojaba de la prenda de abrigo, echó una ojeada a su alrededor. La casa
era pequeña, algo oscura y humilde a simple vista. Por las ventanas apenas
entraba luz en el salón. Éste se hallaba escuetamente amueblado con un gastado
sofá y un enorme televisor de los años ochenta sin mando a distancia; entre
ambos había una mesa camilla con cuatro sillas alrededor, situada un poco hacia
un lado para que no estorbase la visión de los programas televisivos a
cualquiera que se sentase en el sofá.
—Bueno,
antes de comer te tengo que contar una cosa —dijo Marion nerviosa, mientras
juntaba las manos a modo de rezo.
—Vale,
lo que quieras.
—A
ver… Se trata de alguien que tengo que presentarte. Ven, sígueme.
Ismael
obedeció intrigado dirigiéndose hasta una puerta cerrada al fondo del salón.
Tras unos golpecitos en la misma, Marion la abrió lentamente, de par en par, para
que nada quedase oculto en su interior.
Un
niño estaba sentado en su escritorio haciendo deberes de clase, apartó la vista
de la suma inacabada y miró con curiosidad al enorme invitado.
—Este
es Jorge, mi hijo —confesó Marion disponiéndose a observar cualquier mínima
reacción en el rostro de Ismael.
—Hola
—saludó él cortado, levantando una mano y agitando los dedos suavemente; nunca
hubiera imaginado que la chica que le gustaba pudiese tener un hijo.
—¿Has
acabado los deberes? —preguntó ella al niño.
—Sí.
Bueno, me queda un poco —dudó el chiquillo, vislumbrándose las pocas ganas que
tenía de hacerlos.
—Es
un poco vago, y además necesita ponerse al nivel de sus compañeros porque trae
un poco de retraso de allí de Colombia. Allí le enseñaban lo esencial y ahora
claro, le cuesta mucho estudiar tantas asignaturas.
—Es
normal —contestó Ismael sin saber que decir.
—Estoy
a ver si le pongo clases particulares o algo.
—Claro,
le vendría bien —asentía Ismael de forma automática, a la vez que se centraba
en asimilar el nuevo factor que se acababa de añadir al resto de variables a
tener en cuenta en la nueva situación de su relación amorosa con Marion.
—Bueno,
¡venga Jorge, vamos a comer ya!, luego sigues por la tarde
—concluyó diciendo Marion,
dando por salvado el escollo que le supuso destapar la existencia de su hijo.
Mientras
regresaban al salón, la joven madre observaba por el rabillo del ojo a su
pretendiente y posible futuro padrastro de su niño, tratando de desentrañar la
influencia que la noticia había provocado en él.
Ismael,
por su parte, volvía a la normalidad conforme iban desapareciendo los efectos
del shock inicial ante la primicia, sin pararse a pensar en las consecuencias
positivas y negativas que suponía la aparición de Jorge. Ahora tocaba disfrutar
de la velada, ya estudiaría más tarde ese tema detenidamente.
Ya
que tres comensales sentados en una mesa redonda sólo pueden colocarse de una única
manera, a no ser que uno sea muy discriminativo en cuanto a quién se sitúa a su
derecha y quién a su izquierda, es por tanto innecesario explicar la posición
de los implicados; salvo por el matiz de que Marion había afianzado su silla lo
más cerca que pudo de la puerta de la cocina, de la cual salía en estos
momentos portando en sus manos una fuente de barro en la que humeaban unos
dorados muslos de pollo atrincherados entre patatas fritas de corte fino y
alargado.
—¡Qué
bien huele! Llevó sin comer pollo dos meses por lo menos —comentó Ismael
halagando la vianda.
—Je,
Je —se rió Jorge al que alegraba la presencia del invitado.
—¡A
ver!, espero que os guste —vaticinó la cocinera depositando la fuente en el
centro de la mesa.
El
menú se degustó pausadamente y sin incidentes. Charlaron sobre Jorge y su año
escolar, además de otros temas triviales relacionados con la actualidad, tales
como el clima, el trabajo o las navidades.
Se
demostró que el tiempo que se pasa con disfrute y deleite transcurre rápidamente;
cuando se dieron cuenta, estaban en el postre y sólo quedaba un trozo de la
tarta que había aportado Ismael. En tales momentos, suele plantearse un típico
dilema: en qué actividades emplear el resto de la tarde.
Tras
someterlo a democrática votación, decidieron dar un paseo por un extenso parque
que Toledo escondía a orillas del Tajo, y que coincidía con el mismo en el que
Ismael casi pasó su primera noche en Toledo. Ahora, volvería en unas
circunstancias muy distintas, hecho que valoró muy positivamente.
Tuvieron
la meteorología de cara. El cielo les brindó un día soleado con temperaturas
indulgentes que el niño aprovechó andando absorto en los columpios; era único
dueño y señor de los mismos, hasta que tuvo el placer de compartirlos con otro
par de chicos, más o menos de su edad, que se unieron a los pocos minutos.
Mientras tanto, la pareja hablaba de sus cosas.
—Bueno,
¿te esperabas que tuviera un hijo? —abrió el debate la chica esperando
averiguar la postura de Ismael sobre el tema.
—No,
claro, ¿qué iba a saber yo? —respondió cortado.
—¿Y
qué te parece?
—Bien,
supongo. ¿Y dónde está…—le costaba abordar una cuestión tan delicada; hace unos
días que había abandonado esa vida carente, en gran medida, del trato social y
afectivo que había seguido durante dieciocho largos años, y ahora de golpe y
porrazo, se encontraba con esta disyuntiva. Afortunadamente, Marion le
comprendía, y también había intuido la
pregunta que Ismael había tratado de formular, trataba sobre la existencia del padre del
niño.
—La
verdad es que no lo sé, supongo que andará en Colombia. Se desentendió del tema
en cuanto se enteró que estaba embarazada.
—¡Vaya!
¿Qué sinvergüenza, no?
—Pues
sí, un cabrón con todas las letras. Aún así, he tirado para delante, no he
necesitado su ayuda.
—Ya
veo, eres muy valiente.
No
sabían que más decir. Los dos miraban en silencio hacia Jorge, que seguía
jugando alegre en los columpios. Marion quedó más tranquila, parecía que Ismael
no se había tomado mal el hecho de que tuviese un hijo de otro hombre. De momento,
con esto era suficiente, quizás en un futuro incluso formase una familia junto
a este tímido joven, ¿quién sabe?, todo puede ocurrir; nadie se espera nunca
las vueltas que da la vida, ni el puerto donde termina atracando finalmente
nuestro barco.
Tampoco
iba a ser diferente para la entusiasmada pareja, ni uno ni otro podían imaginar
la vuelta de tuerca que les deparaba el destino; si bien, por el momento,
tocaba seguir el consejo al que aludía una famosa frase: “Carpe diem”.
El
día fue completo. Después del paseo fueron al cine, donde vieron una divertida
película de dibujos animados por ordenador, en la que un enorme ogro verde
acompañado por un burro parlanchín, era contratado por un supuesto príncipe
azul para ir a rescatar a la que sería la princesa prometida de éste último,
una divertida trama a la que podía sacarse mucha punta.
Aparte
de disfrutar de unas buenas risas, aprendieron una interesante lección sobre
los estereotipos: a veces, las apariencias engañan.
Tras
saborear las mieles del séptimo arte, Marion, Ismael y un Jorge algo cansado,
se encaminaron a la búsqueda de un buen sitio donde saciar su apetito, a pesar
de que aún faltaba un rato para la hora de la cena.
Las
preferencias del niño obligaron a la pareja a decantarse entre pizza o
hamburguesa, únicas opciones que Jorge había propuesto.
Se
adentraron en las estrechas calles empedradas de Toledo, parándose alguna que
otra vez, para descansar de las empinadas cuestas o para observar curiosos
escaparates en los que lucían su porte y filo enormes espadas medievales, que
quizás se usaron hace unos siglos para cercenar las cabezas de todo aquel que
osase invadir aquellas tierras.
Media
hora más tarde, extenuados por casi dos kilómetros de caminada, dieron con un
local en el que la pizza era dueña y señora de la carta gastronómica. Aquí
acabaron los recuerdos conscientes de Jorge; mientras devoraba la pizza y
saciaba su apetito, se iban aletargando el resto de sus sentidos, fijando éstos
el blanco en la cálida y mullida cama de su casa. Allí es donde se encontró,
casi sin darse cuenta, después de haber digerido hasta la última migaja del
típico plato italiano.
—Es
muy tarde Ismael, ¿quédate a dormir si quieres? —le propuso Marion, entre
susurros, para no despertar al niño.
—No
sé, mejor me voy a casa que llevo todo el día
sin aparecer por allí
—se excusaba el tímido
joven, dubitativo ante lo que él interpretó como una atrevida y comprometida
proposición.
—¡Qué
sí, hombre! ¡Qué vives muy lejos!, y así mañana vamos al trabajo desde aquí que
pilla más cerca —insistía la chica, a la que él volvía a mostrar negativas
improvisadas sin ningún fundamento.
Minutos
más tarde, Ismael debería estar llegando a su piso, sin embargo, intentaba
conciliar el sueño entre unas sábanas ajenas a su tacto.
—Toc,
Toc. —golpearon a su puerta.
—¿Sí?
—contestó él. La puerta se entreabrió y Marion asomó la cabeza.
—Si
necesitas algo, tú como en tu casa, ¿vale Ismael?
—Vale,
gracias —dijo un tímido hombre con metro ochenta de altura y casi noventa kilos
de peso.
Una
vez apagada la luz, le costaba conciliar el sueño, sentía demasiadas emociones
juntas como para mantenerse relajado. De todos modos, era mejor así, porque de
haberse dormido a los veinte minutos le hubieran vuelto a despertar.
—Toc,
Toc. —llamaron de nuevo a su habitación mientras se oían ceder las bisagras—.
¿Estás despierto Ismael? —susurraba la voz de Marion entre la oscuridad.
—Sí —contestó
el aludido un tanto sobresaltado.
La chica
se acercó a su cama y se sentó a la orilla.
—Verás,
es que no consigo dormir; ando preocupada por algunas cosas, puedo quedarme aquí
un rato contigo.
—Sí,
sí, claro —respondió él entrecortadamente. Le latía el corazón a un ritmo
superior a lo normal, y la poca luz que las farolas de la calle conseguían
introducir por la ventana bastaba para que pudiese vislumbrarse una especie de
camisón corto con el que Marion se cubría. Aún así, se adivinaba la moldeada silueta
de su cuerpo, podía apreciar a la perfección la parte de sus muslos que quedaba
al descubierto.
—Verás,
es que no quiero que Jorge suponga un problema para ti. Siempre, cuando alguien
se entera que tengo un niño, suele desaparecer y… —Marion hizo un silencio; además,
hablaba pausadamente para que sus palabras surtiesen efecto.
—No, de
verdad, a mí no me importa; no tienes que preocuparte —le cortó nervioso
Ismael.
—¿Lo
dices en serio? —le preguntó ella con ternura, de tal modo que el joven pudo
sentir hasta el aliento de la chica sobre su rostro.
—Sí,
claro, de verdad —el ritmo de su corazón volvió a subir precipitadamente. Los
labios de Marion se acercaban a los suyos lenta e inexorablemente; se mantuvo
paralizado hasta que se produjo el contacto, sólo entonces, comenzó a disfrutar
del primer beso de su vida, al que siguió muchísimo más sin apenas darse cuenta
y, a la vez, apreciando cada mínimo detalle de todos los movimientos.
Cuando
despertó por la mañana, abrazado a aquella joven colombiana madre de un niño,
se había convertido en otra persona; aunque él, de momento, no lo supiera.
De
camino al trabajo, acompañado de una sonriente y contenta Marion, él no sabía
exactamente cómo comportarse; se limitaba a transitar a su lado más arrimado
que de costumbre y dándole conversación. La chica, consciente de que el tímido
Ismael no se decidiría a establecer contacto, tomó la iniciativa y entrelazó
sus brazos.
—Yo
creo que ya podemos ir un poco más agarrados, ¿no? —comentó ella sin perder la
sonrisa.
—Sí,
claro —contestó Ismael dejándose llevar.
No obstante,
una vez en el restaurante, con los compañeros de trabajo pululando alrededor,
no se sintieron tan valientes como para mostrar tantos detalles de afectividad.
Ese
día, como los que vinieron después, lograron hacer mucho más llevaderas las
largas jornadas laborales que se requerían en aquella dura rama de la
hostelería.
Tampoco
duro mucho el secreto de su idílico romance. Todos sus compañeros se percataron
del mismo en menos de una semana. En más de una ocasión, los sorprendieron in
fraganti proporcionándose arrumacos. Aún así, aguantaron bastante; en cambio,
bastó ese mismo día, para que sus compañeros de piso le sonsacasen la buena
nueva.
—¡Hombre!,
¡por fin apareció el desvirgado! —le soltó Fran en cuanto le vio aparecer por la
puerta. Ismael, sin saber que responder, se limitó a mostrar una tímida sonrisa
de culpabilidad.
—¡Lo
veis! ¡El cabrón no lo desmiente! ¡Este hijoputa mojó anoche! —gritó Fran a los
cuatro vientos para que se pudiesen enterar todos los habitantes del edificio y
parte del vecindario.
Cuando
recibía este tipo de burlas picantonas Ismael se ruborizaba, pero en el fondo,
estaba entusiasmado en volver a probar las mieles del éxito, pues no recordaba
cuál era la última vez en la que sus méritos le habían posicionado como el
protagonista del momento. No sabía cuántos años transcurrieron, contando en su
haber, sólo penas y desdichas. Ahora, el rumbo había cambiado hacia una ruta
favorable, al igual que las carabelas de Colón pasaron, en un segundo, de estar
perdidas, a la deriva, a encaminarse a toda vela hacia el dorado. Así era la
vida, llena de rachas malas y buenas; aunque, por supuesto, tuvo que poner
bastante esfuerzo para obtener los frutos. Quizás fue una decisión demasiado
radical salir huyendo de aquella manera de su pueblo natal, sin embargo, hay
estaban los resultados. El cambio de aires que le exigió su corazón había
funcionado, ya había comenzado la buena racha y sólo cabía mejorar.
CAPÍTULO 10
NAVIDADES
21
de Diciembre
Lo
que quedaba de Diciembre transcurrió con la presencia de la tranquilidad y la
calma que suelen acompañar a la vida rutinaria.
Ismael
empleaba casi todo el tiempo en trabajar y en pequeños ratos de ocio cuando era
posible; dedicados, casi por entero, a jugar al ajedrez con sus amigos del piso,
o a salir con Marion a pasear.
El
día en que Jorge trajo las notas del colegio se plasmó un claro ejemplo de lo
que supone el principio de acción-reacción. La acción se reflejaba en la gran
cantidad de “Necesita Mejorar” que
aparecían en las calificaciones del niño, y la reacción fue que, tras previa
llamada de auxilio de Marion, Ismael optó por intentar poner remedio a la
trayectoria educativa del muchacho, impartiéndole clases suplementarias de su
propia mano. Aunque nunca había ejercido como maestro, siempre fue un buen
estudiante, y pensó que merecía la pena intentarlo.
Pronto
llegó Noche Buena. Se topó ante el compromiso ineludible de pasar tal festividad
en compañía de su tía; con el agravante de que no la veía desde aquella vez que
la visitó en el hospital.
Le atosigaba
una especie de remordimiento de conciencia. Él, disfrutando de lo lindo en la
romántica ciudad de Toledo, apenas se acordaba de Caridad. Se encontraba tan a gusto
en compañía de Marion y los demás que, conforme caían las hojas del calendario,
le era más prescindible el cariño de su tía, el cual, antaño tanto había
necesitado. Por tal motivo, ahora guardaba un solidario sentimiento, sentía como si le tocase devolver el favor.
Tales compromisos familiares podían catalogarse como los daños colaterales de
la independencia.
Decidió,
finalmente, pasar Noche Buena en su pueblo, con su familia; y el resto de las
navidades las disfrutaría con Marion en Toledo.
—Diga
—contestó Isabel al teléfono.
—Hola.
Soy yo, Ismael ¿Cómo os va por allí?
—Bien.
Mamá está ya mejor ¿Y tú qué tal?
—No
me puedo quejar. He pensado que podría ir para allí en Noche Buena.
—Estupendo,
así tendremos más compañía. Espera, que voy a llamar a mamá —Caridad ya venía
de camino, pues se enteró enseguida que era su sobrino él que llamaba.
—Hola
hijo, ¿cómo estás? —saludó ilusionada.
—Muy
bien tía. Veo que hablas mejor, ¿estás ya curada del todo?
—Dónde
va a parar, antes parecía que tenía un zapato en la boca. Menos mal que ya se
pasó. ¿Y tú entonces qué?... Me dice Isabel que vienes para Noche Buena.
—Sí.
Eso había pensado.
—Pues
mira, así ya estamos todos. Al final, nos vamos a juntar un montón.
Aparte
de sus tíos y sus primos, a esta típica cena navideña solían acudir también, un
hermano de su tío Bruno con su mujer; y quizás este año, según le informó
Caridad, puede que su primo Roberto apareciese a una novia que se había echado.
En ese momento, Ismael cayó en la cuenta; tal vez, él podría también traer a
Marion. No obstante, tras pensarlo un segundo, descartó totalmente la idea, era
muy precipitado, y más, considerando que la chica era colombiana y traería un
niño a su cargo. La propia invitada se convertiría en una bomba de relojería
para una familia tan tradicional y costumbrista en temas de árbol genealógico.
Casi
sin darse cuenta, el 24 de diciembre fue protagonista en los almanaques. Ismael
se vio obligado, de nuevo, a pedir un día libre en el trabajo para poder viajar
a su pueblo y pasar allí la fiesta tranquilamente. Finalmente, al igual que la
última vez que solicitó idéntica petición, sólo consiguió una tarde y a
regañadientes. El jefe le explicó que, en tales fechas, había muchísimo trabajo
y era imposible tomar vacaciones. El tímido Ismael tuvo que luchar, como nunca
antes, para hacerse oír. En las últimas semanas había avanzado mucho en este
tema, y sus habilidades sociales estaban mejorando notablemente, gracias a las
experiencias en el trabajo. Se entrenaba a diario, tratando con clientes
indignados y con algunos compañeros estresados, que se tornaban un tanto
impertinentes. Y cómo no hay mal que por bien no venga, aquellos malos ratos
que pasó en tales situaciones repercutieron finalmente en su favor, sirviéndole
ahora para conseguir una tarde libre, nada desdeñable.
Por
fortuna, el día 25, inexplicablemente, también era festivo en el restaurante,
por lo que dispondría de un día y medio de vacaciones, ¡una auténtica
barbaridad en aquel oficio!. Ismael aún no entendía porque en su empresa no se
disfrutaba de ningún día de los marcados en rojo en el calendario laboral. Es
más, se le exigía el doble de trabajo y alguna que otra hora extra de más, e
irónicamente, éstas no se reflejaban en la nómina por ningún sitio. Ahora
entendía porque, de unas diez personas que optaron a su puesto, lo cogieron a él sin tener nada de experiencia.
Seguramente, nadie más aceptó semejantes condiciones.
Caridad
fue a recoger a su sobrino a la estación. Acababa de anochecer y la temperatura
invitaba a la gente a refugiarse en sus hogares.
Cuando
la máquina ferroviaria hizo su aparición en la lejanía, todos los que esperaban
sentados en los bancos se levantaron, prácticamente al mismo tiempo, para
recibir a sus allegados.
El
reencuentro fue rápido. Se aperaron del tren unas treinta personas. La estatura
de Ismael destacaba sobre la mayoría, por lo que fue fácil para su tía
encontrarlo con rapidez.
—¡Cuánto
tiempo hijo! ¿Qué tal el viaje? —saludó mientras daba a su sobrino un
entrañable beso de bienvenida.
—Un
poco cansado, pero bien.
Tras
entretenerse un rato con el recibimiento, se marcharon a pie hacia casa. El
camino hasta ella les llevaría unos veinte minutos, así que aprovecharon para
ponerse al día en cuánto sus vidas. Aunque no había ninguna novedad destacable,
disfrutaron contándose los pequeños detalles, y esta pequeña conversación
sería, en realidad, la más larga que iban a tener durante la breve estancia de
Ismael en la localidad. Nada más llegar a casa, Caridad debía encargarse de
preparar la abundante cena de Noche Buena y de atender a todos los invitados
conforme fuesen llegando.
Al contrario
que en otras ocasiones, este año, Ismael notó cierta frialdad hacia él mientras
degustaban el redondo de ternera que su tía había preparado. Solamente ella y
su prima Isabel le prestaron algo de atención a lo largo de las conversaciones
que se desarrollaron entre los presentes. «Quizás
sea mejor así. Menos mal que ha venido el hermano de mi tío y la novia de
Roberto. Creo que han ayudado a que yo pasé desapercibido. Si no, quizás se
hubiesen dedicado toda la cena a cargar contra mí»,
pensaba Ismael que apenas abría la boca, salvo para comer.
No
hubo más. Cuando acabaron, era ya demasiado tarde para hacer cualquier cosa que
no fuera irse a dormir. Sólo a su primo Roberto le quedaban todavía ganas de
marcha en el cuerpo, así que se fue a dar una vuelta por los bares del pueblo
mientras Isabel e Ismael ayudaban a Caridad a despejar la mesa de platos, vasos
y demás aperos que se utilizaron en la gran celebración gastronómica.
Su
tío Bruno también se marchó enseguida, no tardó demasiado en buscar el refugio
de la cama, justo cuando los demás empezaron a recoger. Sólo entonces, ya más
en confianza, su sobrino pródigo se soltó un poco e intercambió algunas
palabras con su hija.
No
contaron nada nuevo. Isabel seguía estudiando y trabajando en compañía de su
inseparable amiga Nuria. Ismael, por su parte, desveló que estaba empezando a intimar
con una chica de Toledo. No tardaron en acosarle a preguntas, pero él no contó
ni la mitad de la realidad. Les dijo, solamente, que era una amiga con la que
hablaba, de vez en cuando, en el trabajo. Prefería ir despacio a la hora de
informar de estos asuntos, para no crear mucho revuelo. Si bien, en su piso y
en el trabajo, esto había sido imposible.
Fue
muy extraño pasar la noche en su antigua habitación. No había cambiado nada, estaba
exactamente igual que la dejó aquella fría noche de su fuga. Sin embargo, ya no
la sentía como propia; parecía estar de prestado, como si de un dormitorio
utilizado por invitados se tratase.
A la
mañana siguiente, empaquetó lo poco que quedaba de él en aquella casa. Se había
traído la mochila prácticamente vacía para recoger las cosas con las que no
había podido cargar durante su huida: algunos libros, todas sus cintas de
música y la mitad de su antiguo vestuario, de lo que andaba bastante escaso.
El
único asunto pendiente que le quedaba por hacer allí era la temida visita al
camposanto que tenía prometida a su amigo Benito.
Por
el camino notaba como si todo el mundo lo observase y, a la vez, lo rehuyese,
como si de un bicho raro se tratase. Si hace unos meses, sólo era considerado
como tal en su clase del instituto, ahora este juicio parecía haberse extendido
a todo el pueblo. Cada vez tenía más claro que su futuro no se encontraba entre
aquellas calles.
De
pie, parado y contemplativo, se encontraba Ismael frente a aquella lápida sin
saber cómo actuar exactamente. Sentía como si hubiese pasado toda una eternidad
desde el desgraciado acontecimiento, y hacía tan solo unos meses. Aquellas
letras doradas sobre el enlutado mármol brillante, transmitían una triste
sensación de olvido. Se percató, ante semejante panorama, de que detestaba el
concepto de tumba. Dudaba mucho que a Benito le hubiera gustado estar allí
representado, con su nombre artificialmente grabado y con esa ovalada foto
donde su rostro se mostraba totalmente inexpresivo. Allí, rodeado de
desconocidos esqueletos que no significaban nada, tan solo materia como la roca
o la madera.
«Éste
no eres tú amigo, prefiero llevarte aquí dentro», se
decía Ismael llevándose la mano al pecho. «Ten
por seguro que aquí estarás hasta que nos reencontremos».
Compungido
pero fuerte, dio la espalda a los nichos y se encaminó de nuevo a casa, dejando
atrás el mármol, las fotos, ese cargante olor a flores de camposanto y su
pasado. Nada quedaba por hacer allí.
Después de comer, el tren le esperaba de nuevo a las cinco y diecisiete de la
tarde para llevarle de regreso a Toledo.
Durante
la Navidad comió casi todos los días en casa de Marion, ya que en su piso lo
habían dejado solo. Todos sus compañeros estaban en sus respectivas ciudades
celebrando las fiestas con sus familias. Tras tanto tiempo juntos, la confianza
con Marion había aumentado considerablemente, quizás demasiado debido a las
consecuencias que tal situación podía conllevar. Cuando un compromiso empieza a
ser serio suelen añadírsele nuevas responsabilidades que no todo el mundo sabe asumir.
Reunidos
los tres como una familia, en casa de Marion, esperaban sonrientes a que bajase
el carrillón acompañado de su peculiar y enérgica melodía.
Nada
más comenzar el año, minutos después de vivir las campanadas por televisión en
la Puerta del Sol y de comer las doce uvas como manda la antiquísima y original
tradición, Marion le sorprendió con una atrevida proposición.
—Acabamos
de empezar el año Ismael, y como dice el dicho que año nuevo vida nueva, He
pensado que incluso podrías venirte aquí a vivir con nosotros, y así podríamos
ahorrar también un dinero en el alquiler.
Ismael
se tornó blanco y se quedó sin palabras. Sólo hacía unas semanas que eran novios
y aquella atrevida joven ya quería dar el segundo paso. Era un tema delicado
que debía sopesar sosegadamente.
—No
sé, Marion —se arrancó él—. Me parece muy precipitado.
—Bueno,
tú piénsatelo tranquilamente, y ya me dirás.
—Yo
lo pienso, pero ya te digo que me parece todo demasiado deprisa —se explicó, intentando no dar falsas esperanzas.
Por
un lado, con Marion siempre se encontraba a gusto, feliz y encantado; pero
pasar las veinticuatro horas del día junto a una persona era una historia muy
distinta, entraba en juego el concepto de convivencia, y de todos es sabido que
tal lazo es complicado de llevar.
No
hubo más sobresaltos durante aquellos días de frío y nieves. Ismael visitaba
con frecuencia a la chica. Estaba probando a ver cómo se le daba impartir
clases particulares a Jorge, tenía la esperanza de conseguir ponerlo un poco al
día. Una vez perdido el miedo a los extraños, era un niño algo rebelde y
desobediente que costaba bastante controlar. Al principio, logró elevar su
rendimiento sensiblemente pero, conforme pasaba el tiempo, el chaval volvía
otra vez a sus trece en cuanto a pereza y desinterés se refiere.
Respecto
a la opción de compartir piso en pareja, dudó muchísimo. Prometía ser una
oferta muy tentadora y todo parecían ser ventajas. Sin embargo, determinados
detalles le suscitaban a no lanzarse al vacío. Por un lado, el trato con Jorge
era, a veces, demasiado difícil de encauzar. Incluso a Marion se le crispaban
los nervios con el niño, pudiéndose vislumbrar una cara oculta en el rostro de
la chica. Ésta, podía llegar a enfadarse muchísimo si se le hurgaba en
determinados circuitos, y si había una cosa que Ismael no pudiese soportar, esa
eran los gritos. Ya en su día tuvo suficientes en la casa de su tío Bruno, había
quedado de ellos hasta las narices, y de éstas a la coronilla restaba muy poca
distancia para estallarle la cabeza.
En
definitiva, estas pequeñas cosas le condujeron, de momento, a dejar las cosas
como estaban. Por fortuna, la chica tampoco se lo tomó muy mal; es más, fue muy
comprensiva. “Lo que tenga que venir, ya llegará” contestó zanjando el tema la impetuosa
colombiana.
Ni él
era capaz de comparar que le hizo más ilusión, si cobrar su primer suelto o el segundo.
Con éste último, incluso podría permitirse un buen regalo de Reyes. Tenía
pensado, desde hace un tiempo, agenciarse un ordenador de segunda mano que no
fuese muy caro. Nacho, que estaba muy puesto en el tema, le podía aconsejar
cuando volviese de las vacaciones, y quizás entre los dos encontrasen una buena
oferta que le ayudase a introducirle en el fascinante mundo de la informática,
según lo denominaba su compañero. Asimismo, Nacho también podría pasarle los
programas para el aparato sin cobrarle un solo duro. Cómo Ismael andaba todavía
bastante necesitado de dinero, un poco de piratería en este caso, estaría
justificado, por mucho que lo condenasen aquellos anuncios televisivos
últimamente.
No
existían muchos más apartados en la lista de planes de Ismael. Sólo quedaba
trabajar duro y con paciencia para alcanzar con éxito sus metas. Ahora
disfrutaría de una agradable temporada de tranquilidad que cuantos quisieran
llevar desde el nacimiento hasta la mismísima muerte, exceptuando quizás a los
amantes de la escalada o el parapente, que suelen necesitar de emociones fuertes
para disfrutar de la vida plenamente.
CAPÍTULO 11
EL
DESTINO
5 de Agosto
—¡Jaque!
—amenazó el sexagenario acariciándose la barba, cuidadosamente arreglada, y
manteniendo la mirada fija en el tablero de ajedrez.
Acababa
de tomar una de las torres de su adversario limpiamente, y lo mismo podría
hacer con la otra en el siguiente movimiento. Sin embargo, no se fiaba, el
joven que tenía delante no parecía estar tirando la toalla, se le veía muy
concentrado y parecía no importarle la pérdida de material.
Ismael
volvió a estudiar la posición por si se había dejado algún cabo suelto, pero ya
tenía preparada la defensa contra esa jugada; si bien, debía apresurarse pues
en su reloj sólo figuraban tres minutos mientras que su rival apenas había
malgastado cinco de los quince iniciales.
Apartó
su rey de la trayectoria de la dama enemiga a sabiendas de que se quedaría sin
torres sobre el tablero. Sin embargo, aún le quedaba una posibilidad de ataque.
Un último cartucho que gastaría antes de caer derrotado.
¿Quién
lo iba a decir? Hace unos ocho meses
aprendió a jugar al ajedrez y ahora se encontraba entre los diez primeros de
los ochenta jugadores del torneo, empatado a puntos con Fernando, su compañero
de piso y la persona con la que más
había aprendido sobre el juego. Todos los días se desafiaban en un par de
partidas, y después siempre analizaban los errores cometidos.
Sin
nada que pudiese evitarlo, su rival se zampó con su alfil la segunda torre; era
lo que Ismael se temía. El turno pasaba a sus manos. De momento, adelantó un
peón del centro del tablero, bloqueando con él la defensa de casillas
importantes para la dama contraria, y creando al mismo tiempo amenazas en el
otro flanco. Desgraciadamente, su rival disponía de un caballo con el que
protegerse y no dudó en utilizarlo.
Ismael
estaba temblando. El tiempo se le agotaba y debía de probar su combinación,
pero estaba tan nervioso que no acababa de verla clara.
—De
perdidos al río —susurró en voz muy baja Agarrando uno de sus
caballos y atacando con un jaque al rey enemigo.
El
sexagenario desplazó su monarca a una de las casillas que tenía disponibles. Rápidamente y sin pensar, Ismael
volvió a hacer jaque pero, esta vez, con su dama; era un movimiento inesperado,
su rival aún no lo entendía, pues podía comer la dama plácidamente para
librarse de la amenaza. Supuso que se debería simplemente a la desesperación ante
los apuros de tiempo de su contrincante.
Sin
tener la tranquilidad que aparentaba, el veterano tomó la dama de Ismael ya que
tampoco tenía otras alternativas.
Justo
cuando soltó la pieza se percató; increíblemente, su rival ejecutaba un
espléndido jaque mate con aquel insignificante alfil. Solamente le quedaban
tres piezas menores y bastaban para condenar a su rey. Él, en cambio, todavía disponía,
sorprendentemente, de todas sus piezas fuertes sobre el tablero, y no podía
hacer nada para salvarse. Ya no se molestó en pulsar el reloj para pasar el
turno; con la dama de Ismael aún entre los dedos, levantó el brazo para
estrechar la mano con aquel joven y dar por terminado el encuentro.
—Muy
buena partida —felicitó el maestro al aprendiz.
—Gracias
—contestó Ismael que aún no se lo creía.
Sólo
dos espectadores presenciaron la batalla. Uno de los cuáles, muy alto y que
parecía saber bastante, comenzó a aplaudir silenciosamente para no molestar al
resto de los jugadores que aún permanecían concentrados en sus sillas.
—Es
la mejor partida que he visto en mi vida —le comentó a Ismael en voz baja
cuando éste se levantó.
—Aún
no me creo como ha podido salir —contestó él todavía temblando y con una sensación de triunfo dentro del
cuerpo que parecía impulsarle a gritar y a golpear las mesas para descargar
toda la adrenalina.
Posición
tras: 22.Df6+…
TRANSCRIPCIÓN
DE JUGADAS DE LA PARTIDA DE ISMAEL
1. e4 e5, 2. f4 exf4, 3. Ac4
Dh4+, 4. Rf1 b5, 5. Axb5 Cf6, 6. Cf3 Dh6, 7.
d3 Ch5, 8. Ch4 Dg5, 9. Cf5 c6, 10. g4 Cf6, 11. Tg1
cxb5, 12. h4 Dg6, 13. h5 Dg5, 14. Df3 Cg8, 15. Axf4
Df6, 16. Cc3 Ac5, 17. Cd5 Dxb2, 18.Ad6 Dxa1+, 19.Re2
Axg1, 20. e5 Ca6, 21. Cxg7+ Rd8, 22. Df6+ Cxf6, 23. Ae7++ (ISMAEL 1 – SEXAGENARIO 0)
(Tal partida corresponde a un enfrentamiento real celebrado en
Londres, año 1851, por dos grandes jugadores de ajedrez: Adolf Anderssen
(Blancas)-Lionel Kieseritzky (Negras).
Debido a la gran belleza de la misma se la conoce, mundialmente,
con el sobrenombre de: “LA INMORTAL”)
Pasado
un rato, tras esperar ansioso la clasificación final, se enorgullecía de haber
quedado en cuarta posición, incluso por delante
de Fernando que estaba el décimo.
No
había ganado el torneo pero le supo a
victoria igualmente. Además, también recibiría un pequeño premio en
metálico y un diploma conmemorativo por su buena clasificación.
Para
celebrarlo, y aprovechando que estaba de vacaciones, esa misma noche invitó a
cenar a su novia a un restaurante chino. Sería la primera vez que probaría la
cocina oriental.
Se
vistió con sus mejores vaqueros y con la única camisa de marca que tenía, una
muy elegante de finas rayas verticales azules y blancas. Se la compró en las
rebajas de enero, y aunque era agosto y hacía calor, la manga larga le vendría
bien para el frío que solía aparecer por las noches.
Ismael
estaba prácticamente solo en el piso. Fernando volvió a su casa nada más
terminar el torneo de ajedrez; había quedado algo desilusionado por su
clasificación a pesar de que era muy buena. Le corroía cierta envidia de su
amigo. Después de años de partidas, resultaba que un novato le adelantaba en
sus primeros meses de juego. «¡Qué injusta es la vida!», pensaba mortificándose
el estudiante de empresariales de vuelta a su pueblo. En realidad, llevaba parte
de razón. Siempre hay unos pocos elegidos que nacen particularmente dotados
para ciertas actividades. Sin embargo, puestos a ser puntillosos, también
dependía de con que cristal lo mirase cada cual. En cuanto a los deportes
físicos se refiere, Fernando superaba a Ismael claramente, precisamente por una
cuestión de azar de la misma índole: la constitución genética del cuerpo.
Mientras que Ismael nació corpulento y pesado, Fernando gozaba de una delgadez
y de una coordinación que le ayudaba a destacar en fútbol, tenis o atletismo. De
tal manera, por este lado el favorecido era él e Ismael el perjudicado.
Se
podría definir entonces como una injusticia relativa, de la que uno no debería
quejarse. Mucho peor sería el caso de una injusticia absoluta. Por ejemplo, la
de esos africanos que morían engullidos por el océano al intentar huir de la pobreza de
sus países, impuesta ésta desde el primer segundo de su vida.
Volviendo
a asuntos tan triviales como el peinado que Ismael intentaba perfeccionar
frente al espejo, la joven promesa ajedrecística sólo disponía de Nacho para que
le aconsejase sobre el mismo; aunque poco valía, en este caso, la opinión
estética de un personaje que destacaba por sus descuidadas greñas y su estrafalaria
indumentaria.
Fran
hubiera podido aconsejarle más adecuadamente si en estos momentos no estuviera
pasando el verano con su familia.
Aún
faltaban un par de horas para ir a buscar a Marion, por lo que aprovechó para
llamar a su tía para contarle su cuasi
triunfo en el evento deportivo.
—Hola
prima, soy Ismael.
—Hola
¿a qué te dedicas últimamente?
—Pues
por aquí ando, de vacaciones hasta la semana que viene. Así que seguramente me
pasó por allí a veros. No he podido antes porque hoy tenía un torneo de
ajedrez.
—¡Ah,
sí! ¿Y cómo se te ha dado?
—Me
quedé cuarto.
—¡Vaya,
qué bien! Pero si hace nada que aprendiste a jugar.
—Ya,
pero parece que le he cogido el truco. Bueno, ¿está por ahí tu madre?
—Está
en la cocina. Ahora la llamo… ¡Mamá, tú sobrino! —gritó Isabel sin soltar el
auricular—. Ya se pone.
—¿Cómo
estás hijo? —preguntó Caridad.
—Bien,
bien. Seguramente esta semana voy a veros. Hoy es que he tenido un torneo de
ajedrez y no podía.
—Pues
ten cuidado en el viaje ¿Cómo vas en el trabajo?
—Bien.
A ver si ahorro para recuperarme de lo del coche y puedo ir al pueblo más a
menudo.
—¡Uy!,
tú ven en tren que hace muy poco que te sacaste el carnet y la carretera es muy
peligrosa —se alarmó Caridad ante la idea de que su sobrino condujese por la temida
carretera.
—Bueno,
ya veré. ¿Y por allí? ¿Hay alguna novedad?
La
conferencia no se alargó mucho más. Desde aquel accidente doméstico que sufrió
su tía, parecía como si las cosas hubieran cambiado extrañamente. Siempre que
hablaba con ella, percibía un tono de tristeza en su voz que antes no existía.
Tras la visita al hospital, Ismael se preocupó por mantener el contacto con su
familia, sobre todo con Isabel y su tía que era con las que mejor se llevaba, ya
que por parte de su tío y de su primo sólo parecía recibir indiferencia y,
algunas veces, hasta desprecio.
Por
lo demás todo le iba perfectamente. Incluso se había sacado el carnet de
conducir hacía ya un mes, con el mérito adicional de aprobarlo todo a la
primera. Quizás el hecho de que el pago de las clases afectase a su propio bolsillo,
influyó positivamente en el empeño que aplicó en la empresa. No le agradaba
malgastar ni una sola de las pesetas que tanto le costaba ganar a base de horas
y horas sirviendo platos de lasaña y desencorchando botellas de vino. Al menos,
como compensación a tales esfuerzos, había logrado reunir unos nada desdeñables
ahorros que hasta le dieron para comprar un utilitario de segunda mano. Lo
había estrenado dos semanas atrás, con la misma ilusión que un niño se sube a
su primera bicicleta.
Era su
única posesión importante en cuanto a valor económico se refiere, adelantando a
las que, hasta ahora, habían ocupado tan privilegiado puesto: su cámara
fotográfica y su obsoleto ordenador.
En un
principio, le costó bastante lanzarse hacia aquella inversión. En cierto modo
era comprensible, nunca había asumido responsabilidades de tal magnitud.
Siempre había estado bajo la protección de sus padres cuando era niño, y de sus
tíos siendo ya un adolescente; y en ambos casos, su papel siempre consistió en
obedecer a los adultos y portase bien. Apenas tenía margen de decisión en los
asuntos que le afectaban personalmente.
En
circunstancias como ésta es normal que cualquier ser humano desarrolle cierta
inseguridad. Una persona necesita aprender a asumir los riesgos de sus propios
actos para fortalecerse a sí misma y para tener posibilidad de madurar.
Ismael
se encontraba en su habitación dándose los últimos retoques cuando llamaron a
su puerta.
—¿Sí?...
Pasa —contestó a Nacho, que era la única persona que podía estar en el piso.
—¡Vaya!
¡Qué guapo! ¿Dónde vas? ¿A un restaurante de treinta y siete tenedores?
—No.
A un chino simplemente.
—Pues
mejor. Allí además de tenedores también tienen palillos —Nacho hizo una pausa
para que surtiese efecto su chiste—. A propósito, ¿vienes hoy a dormir?
—Sí,
hoy sí, porque como estoy de vacaciones aprovecharé para hacer mis tareas
pendientes. Mañana quizás vaya a mi pueblo a hacer una visita y, luego, también
tengo que revelar unas fotos que tengo atrasadas.
—Lo
decía por si podíamos ver una peli esta noche o jugar unas partidillas a la
consola; que aquí, a veces, como esto está tan solitario, se aburre uno más que
un borrico haciendo punto.
—Vale, si no se me hace
muy tarde. Pero al de fútbol no, que siempre me ganas y además no me aclaro con
los controles, si acaso al Sonic o al
Wonder Boy que me entretienen más.
—¡Joder! ¿Cuándo vas a
cambiar de siglo? —se quejó su amigo que compartía otros gustos.
—Tú dijiste que eran
clásicos —achacó Ismael.
—Ese fue mi error,
alabarlos tanto.
El
rollito de primavera fue lo que más entusiasmo a Jorge. Ese sabor, resultante
de la mezcla de carne y verdura, era algo nuevo para él. Y cuando descubrió que
con aquella salsa naranja, denominada agridulce, tomaba un cariz totalmente
distinto, quedó encantado con la comida china.
Hasta
ahora, al escuchar las historias que contaba la gente de la calle, había
fabulado que la gastronomía asiática se componía, esencialmente, de platos
cocinados con toda clase de bichos medio crudos. ¡Cuán tranquilo se quedó al
comprobar que los ingredientes eran cotidianos y fácilmente identificables!
Marion
e Ismael también disfrutaron de la cena. A pesar de que no consiguieron manejar,
ágilmente, los típicos palillos que debían usarse con aquellos platos. Como la
mayoría, tuvieron que recurrir a la última tecnología del menaje occidental, el
tenedor y el cuchillo.
Probaron
varias especialidades, intentando abarcar gran amplitud de sabores: tallarines
tres delicias, pollo al limón y brotes de soja salteados. Sólo con éste último
se llevaron una decepción, demasiados germinados, quizás, para unos paladares
tan desacostumbrados. Todas las demás novedades, puede que por el mismo hecho
de serlo, les parecieron unas delicatessen.
En
una hora, más o menos, la cena había llegado a su fin.
—¿Han
telminado? —preguntó el camarero asiático con su acento tan peculiar.
—Sí,
gracias —contestó Ismael.
—¿Quielen
chupito?
—¡¿Chupito?!
—repitió sin entender.
—Sí, es
legalo de la casa. Hay licol de manzana, de plátano, de flesa, de melocotón y
de lagalto.
—Bueno,
vamos a probar ¿no? —propuso Marion mirando a Ismael.
—¡Yo
también quiero! —reclamó Jorge a sabiendas de que su madre no le dejaba beber
alcohol.
—Tú
no que eso es muy fuerte para ti —le negó su madre.
—Hay
sin alcohol señola —terció el camarero para que todos quedasen contentos.
Finalmente,
saborearon tres chupitos de plátano tan ricos que incluso se quedaron con ganas
de repetir.
Al
rato, volvió el camarero con la cuenta y con una bandeja que portaba unas
pequeñas toallitas blancas humeantes enrolladas. Dejó ambas cosas sobre la
mesa.
—¿Y
esto? —preguntó Ismael señalando las toallas.
—Es
pala limpialse las manos al final de la cena.
—¡Ah,
vaya! ¡Muchas gracias! —respondió la pareja sorprendida al unísono.
Aún
fue mayor el asombro cuando echaron mano de las originales servilletas y
notaron que estaban ligeramente mojadas y muy calientes, desprendiendo cierto
olor a jabón.
Todos
disfrutaron mucho limpiándose las manos con aquel invento, de tacto cálido y
suave para la piel.
Y
aquí se difuminaban los recuerdos de Ismael, en esta última sensación de placer
mientras se frotaba las manos con aquel paño tibio. A partir de este momento
todo quedaba en blanco.
CAPÍTULO 12
EN
BLANCO
8 de Agosto
Abrió
los ojos. Se encontraba bastante cansado. Le daba la impresión de haber dormido
muchísimas hora seguidas y no sabía ni qué día era. Se giró para mirar el reloj
de su mesita de noche pero tan siquiera estaba allí. No se encontraba en su
habitación, había demasiada luz y empezaba a darse cuenta de que el mobiliario
era distinto.
De
repente, apareció una mujer vestida de blanco antes sus ojos.
—Hola
Ismael, ¿qué tal te encuentras? —le preguntó en tono agradable.
—¿Eh?,
bien ¿Dónde estoy? —balbuceó desconcertado.
—Estás
en un hospital. No te preocupes, enseguida viene el doctor y te explica todo.
—Pero…
¿Qué ha pasado? —Ismael no salía de su sorpresa.
—¿No
recuerdas nada?
—Sólo
sé que estaba cenando en un restaurante.
—No
te preocupes, es normal. Pero tranquilo… ¡Mira! ya viene el doctor. Él te
explicará lo que te ha pasado.
Un
hombre alto de mediana edad, vistiendo una imponente bata blanca, se acercó a
la cama.
—No
recuerda nada —informó la enfermera al médico.
—Verás
Ismael… —se dirigió a él aquel hombre con un semblante muy serio —. De vuelta a
casa sufriste un accidente de coche un poco fuerte.
—¡¿Pero
cómo?! ¡¿Cuándo?!
—Fue
hace tres días. Has estado inconsciente desde entonces. En accidentes
repentinos de este tipo es normal sufrir episodios de amnesia, pero ahora
tienes que procurar descansar. Te vamos a hacer unas pruebas para ver como
evolucionas, porque has sufrido lesiones de cierta gravedad y hemos de tenerte
vigilado, ¿de acuerdo?
—¡Pero!... ¡¿Y Marion y el niño?! ¡La chica que estaba conmigo!
—No
te preocupes, están bien. En el coche
ibas tú solo. Seguramente esta tarde podrás verla en el turno de visitas.
Ahora, me vas a ir respondiendo a las preguntas que te voy a hacer.
El
doctor comenzó a comprobar su estado de salud de arriba hacia abajo, mirándole
los ojos, la cara, el tórax… Durante el chequeo, Ismael tenía que responder
cuestiones muy sencillas sobre su respiración y los posibles dolores que
notase.
Todo
fue bien hasta el final. La última prueba que le hizo el doctor, fue la que
despertó una incipiente sensación de
nerviosismo y preocupación.
—Vamos
a ver, intenta mover el pie izquierdo Ismael —a priori era muy sencillo, mas
cuando lo intentó se percató, no sólo no podía mover el pie sino que ni tan
siquiera lo sentía. Tenía las piernas como dormidas, no las notaba en absoluto.
—No
siento nada, ¿qué pasa? —se alarmó.
—A
ver, tranquilo. Dime si notas algo —el doctor apretaba con los dedos en las
piernas de Ismael pero éste no abría la boca. Los dos se miraban preocupados.
Uno esperando una respuesta, y el otro pidiendo una explicación que le
tranquilizase.
—Bueno,
no te preocupes. Aún es muy pronto. Sufriste algunas lesiones en la espalda y
tenemos que curarlas, ¿vale? Estarás aquí unas semanas, así que tenemos tiempo.
Ahora descansa, y si necesitas cualquier cosa llamas a la enfermera que estará
siempre por aquí cerca, ¿de acuerdo?
—Pero…
¿Me puedo quedar paralítico? —quería saber Ismael por mucho terror que tal idea
le provocase.
—Ya
te he dicho que es muy pronto. Tendremos que esperar. Lo que no quiero es que
pierdas la esperanza ni te hagas paranoias, que aún no hay nada claro.
Quedó allí tumbado y asustado, sin que hiciese
efecto la enorme apariencia de serenidad que intentó transmitirle el médico. No
entendía nada; hace un momento se encontraba limpiándose las manos con aquellas
toallitas templadas de los chinos y ahora aparecía, de repente, en la cama de
un hospital.
La
soledad y el tiempo de que disponía para pensar en aquella sala eran muy mala
combinación para su optimismo. Su cerebro se convirtió en una máquina de
elucubrar desgracias como antaño lo había sido. Se veía postrado en una silla
de ruedas y encerrado para siempre en una residencia. Menos mal que pronto
llegó la hora de las visitas, recibiendo una grata sorpresa con la que pudo
despejar, por unos mementos, ese cielo de nubes negras que se cernía sobre él.
—¡Hola,
hijo mío! ¡Me has tenido en un sin vivir! —dijo Caridad lagrimeando mientras se
acercaba a besar suavemente a su sobrino.
—¡Tía!
¿Qué haces aquí?
—¡Cómo
no voy a venir a verte después de lo que ha pasado!
—Hola
Ismael, ¿cómo estás? —preguntó Marion que también venía a visitar al herido.
—¡Marion!
¡Menos mal que te veo! ¿Qué pasó? No recuerdo nada.
—Tuviste
un accidente Ismael.
—Eso
me ha dicho el médico pero yo no me acuerdo de nada.
—Bueno
hijo, mejor así ¿Para qué vas a andar ahora pensando en eso? —intervino Caridad.
—No
sé, necesito saber al menos que me ha ocurrido. Tendré que asimilarlo de alguna
manera. Esto parece un sueño.
Las
dos mujeres callaron sin saber qué decir. Se limitaban a mirarle con
condescendencia intentando compartir su dolor. Sin embargo, desde el punto de
vista de Ismael, él era el único que tendría que soportar la pesada carga por
mucho que lo mirasen de aquella manera. Necesitaba respuestas, y tras insistir
un poco, consiguió sonsacar a Marion algunos detalles de su accidente. Si bien,
la muchacha tuvo la delicadeza de no contarle ni la mitad de lo que en realidad
sucedió.
Los
acontecimientos que se desencadenaron cuando abandonaron el restaurante fueron
exactamente los siguientes: tras dejar a Marion y a Jorge en su casa y
despedirse de ellos, él se metió en el coche para volver a casa, lo había
dejado allí aparcado con esa intención. La chica trabajaba al día siguiente,
pero él aún disponía de una semana de vacaciones por delante y había pensado en
ir al pueblo a visitar a su tía ese mismo domingo que acababa de empezar.
Era casi
la una de la madrugada cuando cruzaba por la conocida Puerta de Bisagra, uno de los monumentos más característicos de
Toledo. Tras echarle un rápido vistazo mientras rodeaba la rotonda, una luz le
deslumbró por el retrovisor. Procedía de un coche deportivo que se pegaba
demasiado a su estela. Incluso podía oír la música, desorbitadamente alta, con
la que retumbaba las tranquilas calles su desalmado perseguidor. En ese momento, ambos coches empezaban a
bajar una cuesta larga y pronunciada que se dirigía hacia el gran puente que
cruzaba el río.
Ante
el agobio que le provocaba aquella atosigante persona, Ismael pisaba más el
acelerador sin quererlo, pero aquel individuo seguía sin separarse de su
rebufo.
Circulaba
a unos sesenta kilómetros por hora cuando observó, delante de él, un coche
aparcado en doble fila; por lo demás, la calle estaba solitaria. Pensó entonces
en adelantarlo, hasta realizó el amago, cuando advirtió que por el carril
contrario se aproximaba un pequeño camión con algo de prisa. No le daba tiempo
a rebasar el vehículo que obstaculizaba su marcha, así que tuvo que pisar el
freno a fondo para no chocar contra él. Fue una frenada fuerte, quizás
demasiado. Consiguió evitar la colisión con el coche de enfrente pero no la del
deportivo que le seguía. Éste último no tuvo ni un solo segundo para
reaccionar. Se empotró, sin darse cuenta, contra aquel novato al que andaba
metiendo prisa, sin tener la más mínima posibilidad de reaccionar con el pedal
de freno.
El
choque fue bastante fuerte pero sin peligro grave para sus ocupantes. Por
desgracia, la amenaza se presentaba por otro lado; ese impacto lanzó el
vehículo de Ismael hacia el carril contrario y quedó totalmente a merced de
aquel camión que se acercaba. El camionero si dispuso de algo de tiempo de
reaccionar, pero no el suficiente. Embistió al pequeño utilitario,
convirtiéndolo en un amasijo de hierros y en una trampa mortal para cualquiera
que viajase en él.
Ismael
perdía la consciencia en el acto. Ahora su vida estaba en otras manos, las del
equipo de urgencia que lo atendía sobre el asfalto veinte minutos después.
Sus
rescatadores se vieron en una cruda encrucijada: o lo sacaban por la fuerza de
aquel enredado metálico, con el riesgo de agravarle las lesiones que tuviera, o
era muy probable que muriese allí desangrado, pues el denso líquido rojizo que
manaba por su costado asustaría al más curtido cirujano.
Nunca
nadie tendría la certeza de que opción hubiera sido la correcta; tan siquiera
Jaime Arenas, el médico que se encargaba de su caso.
Instantes
después de hablar con su paciente, que había pasado casi dos días en coma,
miraba ensimismado una radiografía correspondiente a la columna vertebral de
éste.
—¿Tú
como lo ves? —preguntó a un compañero suyo, allí presente, que trabajaba en
casos similares.
—No
le des más vueltas. Sabes que hace falta un milagro para que ese chico vuelva a
andar —respondió sin reparos, destapando la cruda realidad.
Jaime
resopló decepcionado. Le tocaba el duro trámite de informar de la oscura noticia
a aquel chaval personalmente. Aunque había aprendido a esgrimir muchísimo tacto en casos como estos, hasta hoy
aún no conocía a nadie que no se hubiera venido abajo al intuir la sola
posibilidad de quedarse paralítico o tetrapléjico para el resto de sus días.
CAPÍTULO 13
VISITAS
DE CORTESÍA
8 de Agosto
Ese
primer día que despertó en el hospital no fue nada comparado con los que
vendrían después. La compañía de su tía y de Marion durante las escasas dos
horas de visita contribuyó a levantarle el ánimo.
Se
enteró, aunque con grandes lagunas, de lo sucedido. De todos modos, como era de
entender, tan siquiera había comenzado aún el proceso de asimilación respecto a
las consecuencias que este maldito accidente produciría en su vida.
Caridad
intentó tranquilizarlo insuflándole dudosas esperanzas: “El tiempo todo lo cura”,
decía. Le comentó también que el próximo fin de semana vendrían a visitarle sus
primos y su tío, y que podían traerle lo que quisiera o lo que necesitase. Ismael
nunca hubiera imaginado que el sentimiento de lástima pudiera despertar, a tal
nivel, la amabilidad de todos los que le rodeaban.
Prácticamente
todo su círculo de parientes y amigos fueron a visitarlo tarde o temprano.
Marcándose incluso el detalle de llevarle algún que otro regalo. Desde una
novela de moda hasta una radio portátil que lo entretuviese en momentos de
soledad.
Casi
toda la plantilla del restaurante fue a verlo el miércoles, después de que
Marion les contase que Ismael ya estaba fuera de peligro. Allí, en su
habitación, todos en tropel, ofrecían una extraña imagen ante los ojos del
protagonista de la situación; allí plantados sin saber qué decir y observando
callados al paciente, intentando animarlo por unas horas con improvisados y
triviales comentarios que, simplemente, encerraban ese fin.
El
viernes, los que se acercaron fueron sus compañeros de piso. Nacho les avisó de
lo sucedido y no dudaron en acudir a interesarse por el estado de su amigo.
—¿Cómo
estás Ismael? —preguntó Fran sin su habitual sonrisa en el rostro.
—Ya
veis, un poco jodido. Tan siquiera sé cuándo podré volver al piso.
—¡Bueno,
hombre! Olvídate de eso ahora.
—En
algo tendré que pensar. Me tiró aquí todo el día solo y encerrado.
—Eso
tiene solución. Mira lo que te traemos —Fran hizo una seña a Fernando y éste
metió la manos en una gran bolsa azulada que traía consigo. Sacó un ajedrez
magnético con bastante buena pinta.
—Te
traemos incluso un par de libros sobre la materia para que te entretengas.
Tienen problemas de ajedrez, partidas increíbles, estudio de aperturas y
finales… En fin, para que pases tus ratos libres —le explicó Fernando mostrando
aquellos tesoros frente a sus ojos, desvaídos por las circunstancias.
—¡Vaya!
Muchas gracias, me vendrán muy bien.
—Y por si te aburres de tanta mierda
intelectual… —irrumpió Nacho en la conversación— …Te voy a dejar, en modo de
préstamo, este cómic —su amigo el heavy,
extendió hacia él un gran libro de pasta dura, con un humanizado gato,
elegantemente vestido de detective, dibujado en la portada a todo color; se
titulaba Blacksad. (Este título pertenece a un cómic real de Juan
Díaz Canales y Juanjo Guarnido)
—Es
de la biblioteca, no te vayas a creer. Así que en una semana o así lo tengo que
devolver. Si te gusta, te sacó el segundo tomo. A mí me encantan los dibujos y
las frases que sueltan los bichos.
—¡Qué
bien! ¡Cuántos detalles! —se alegró Ismael, olvidándose de los problemas
durante un rato.
—¡Qué
menos hombre! Siempre hay que echar una manita a los colegas —contestó
Fran, esta vez más sonriente.
El
turno de visitas no dio para mucho más. Sus amigos se marcharon y tuvo que
esperar hasta el sábado para volver a tener compañía. En esta ocasión, los que
le sorprendieron fueron sus primos y su tío, que habían hecho el esfuerzo de salir,
tan lejos de casa, por primera vez en mucho tiempo.
A
pesar de existir lazos de unión sanguínea, esta visita fue bastante más fría
que la del viernes. Su tío Bruno y su primo Roberto se limitaron a preguntarle “¿Cómo
estás?” y poco más. La que si se interesó de verdad por su salud fue Isabel,
planteándole incluso cuestiones de índole muy personal.
—¿Volverás
a casa hasta que te recuperes totalmente? —trató de averiguar su prima.
—No
sé, aún no tengo ni idea de nada ¡A ver qué pasa! —contestó Ismael con sinceridad,
mostrando un apesadumbrado semblante.
—Pero
si tienes que quedarte en casa un tiempo no te preocupes, que nos tienes a
todos allí para ayudarte —intentó sugerirle para tranquilizarle Caridad, tras
percibir cierta preocupación e inseguridad en la cara de su sobrino.
—Gracias
tía —apreció Ismael la proposición a sabiendas de que no la ofrecía por igual
el resto de la familia.
El
plazo de permiso que el efecto del shock le había otorgado para mantener su
cabeza pululando por las nubes estaba llegando a su fin. Ese fino cristal sobre
el que se posaba en el cielo había comenzado a quebrarse, y pronto rompería en
mil pedazos enviando de vuelta a la tierra a su desgraciada persona. Ismael
empezaba a ser consciente de los hechos acontecidos y de sus consecuencias; y, desgraciadamente, dispondría de demasiado
tiempo para pensar en ello durante las próximas semanas.
Las
únicas que permanecieron a su lado durante su convalecencia fueron Marion y
Caridad. De no ser por ellas, casi con toda seguridad, Ismael se hubiese venido
abajo rápidamente. El apoyo que le ofrecieron no tenía precio; sobre todo en
aquel fatídico lunes que se avecinaba.
Había
pasado todo el fin de semana postrado en aquella estresante camilla. La
blanquecina palidez de sus sábanas, únicamente decoradas con el descolorido
logotipo del centro hospitalario, contagiaba un crudo pesimismo, del que
estaban infectadas todas las habitaciones.
La
mañana transcurrió tranquila, pero esta aparente calma rezumaba unas gotas de
inquietud muy preocupantes. Para bien o para mal, esta incertidumbre que percibía,
se despejaría esa misma tarde, justo al recibir la visita de Jaime Arenas, su
médico.
—Hola
Ismael, ¿cómo te encuentras hoy?
—Como
siempre, cansado ya de estar aquí —contestó su paciente con desgana.
—Bueno,
pues tendrás que ser fuerte porque aún te quedan unas semanas por lo menos —el
doctor hizo una pausa y miró al chico antes de continuar—. Verás, como ya te
hemos comentado, en el accidente tuviste una lesión medular; concretamente en
la vértebra T10. Eso es un poco más abajo de la mitad de la espalda, para que
tú me entiendas. Tras las radiografías y las pruebas que te hemos hecho parece
ser que la fractura es prácticamente completa —Jaime Arenas volvió a tomar aire
mientras observaba el rictus asustado de su paciente—. No te voy a engañar Ismael,
eso significa que es difícil que vuelvas a recuperar una movilidad normal desde
esa vértebra para abajo. Todavía no te puedo asegurar nada, pero sí que dentro
de poco tendrás que ir una temporada a rehabilitación para ver como
evolucionas. Siento mucho tener que darte estas noticias. Ahora tendrás que
sacar, de donde sea, mucha fuerza de voluntad para recuperarte. No te desanimes,
dentro de lo que cabe has tenido mucha suerte, tu lesión está a una altura
bastante baja. Si se hubiera producido más arriba habría sido mucho peor.
—Pero
entonces… ¡¿No voy a poder volver a andar?! —se espantó Ismael sin tan siquiera
asimilar la noticia—. ¡¿Y mi trabajo?! ¡¿Qué voy a hacer ahora?!
A su
mente acudieron, repentinamente, las preocupaciones más comunes, pero también
las más banales si uno se para a pensarlas un momento.
—Ahora
el trabajo es lo menos importante. Pronto te daremos de baja laboral para que
puedas centrarte en tu recuperación. De todos modos, puedes encontrar salidas
laborales en muchas otras ramas. Pero, de momento, tenemos que centrarnos en la
rehabilitación. Cuando te recuperes del todo, irás a un centro especializado y
podremos comprobar tus posibilidades. Para cualquier duda o pregunta que tengas
yo estaré por aquí. Y no dudes nada en plantear tus cuestiones.
—¿Lo
saben mis familiares?
—Creo
que ya están al tanto, sí. Además, su apoyo te va a venir muy bien.
Ismael
quedó allí tumbado, con la mirada perdida en el vacío, recordando aquellos
paseos por los sitios más recónditos de su pueblo natal, armado con su cámara
de fotos y, con paso firme y veloz, en busca de la imagen perfecta; trepando a
lo alto de gruesos muros derruidos e incluso a dóciles árboles desde donde
poder contemplar bellos paisajes secretos.
Ya no
volvería a disfrutar de tales estampas. En estos instantes, al intentar
proyectar en un futuro las mismas escenas, se imaginaba sentado en una silla de
ruedas, cargando torpemente con su cámara sin conseguir captar las panorámicas
deseadas ante las limitaciones de su campo de acción.
Ismael
no lograba esquivar el pesimismo que le acechaba. Cualquier esfuerzo era en
vano por más que intentaba ilusionarse imaginando
alegres acontecimientos advenedizos en compañía de Marion. Ella era la única
persona que le ayudaba a pensar en el mañana, y tan siquiera sabía si iba a
permanecer a su lado lo que quedaba de año.
El
doctor Arenas estuvo explicándole con más detenimiento los detalles de su
lesión. Hasta ahora, no tenía ni idea de lo que era un L1 o un C6. Ahora sí, era
el nombre por el que se identificaba a cada tipo de lesionado medular; y a él
le habían catalogado como un T10, lesión en la vértebra torácica número diez. «Peor hubiera sido ser un C3 que tampoco pueden mover los
brazos y suelen necesitar respiración asistida»
pensaba Ismael, mientras escuchaba las explicaciones del doctor, para mitigar
su pena en cantidades insignificantes. «Mal
de muchos, consuelo de tontos», recordaba tal refrán
posteriormente evitando auto-engañarse.
Lo
que le había ocurrido era durísimo. Poco importaban las estratagemas que
utilizase para mitigar su dolor, tendría que aprender a asumirlo con el paso
del tiempo y a tratar de vivir sin pensar mucho en ello.
Su
vida había dado un cambio radical. «A
partir de ahora estoy obligado a acostumbrarme a esta maldita sonda que llevó
enchufada en mis partes. Nunca podré prescindir de ella», se lamentaba al observar los tubitos que le asistían a
la hora de hacer sus necesidades.
En
este asunto, la teoría de la probabilidad se había cebado con él. Existían
cinco grados para calificar la gravedad de una lesión. Se clasificaban desde la
“A” a la “E”, en función de su severidad. Su caso se correspondía con la, desde
ahora, aborrecida primera letra del abecedario. Ésta indicaba ruptura completa
de los nervios. Significaba pérdida total de la sensibilidad, incluso a la hora
de hacer las necesidades básicas.
Respecto
a su vida sexual, también sufriría un contundente varapalo. El doctor le
explicó que existían algunos tratamientos para mejorarla; pero, sin duda, se
vería notablemente afectada.
Con
este panorama tan desolador recibía un rato después la infalible visita de su
tía y de su novia.
—Me
han dicho que seguramente no pueda volver a andar —les comentó en tono
melancólico y apagado.
Varias
lágrimas latentes tiritaban en los ojos de
Caridad sin llegar a caer. No encontraba ningún modo de poder consolar a
su sobrino. Tan siquiera podía consolarse a sí misma.
—No
digas eso. Yo voy a estar contigo hasta que estés bien —consiguió pronunciar
con voz temblorosa mientras agarraba con fuerza la mano de su querido sobrino.
La
colombiana observaba desde lejos sin saber cómo comportarse. La fuerza de aquel
lazo familiar parecía superar a la de su amor por el joven. Un acercamiento
ahora le parecía una intromisión en aquel vínculo tan estrecho. Casi de madre-hijo
podría asegurar viéndolos.
Ella
había disfrutado y compartido, durante nueve largos meses, multitud de
experiencias con aquel chico. El más encantador que había conocido nunca. Sin
embargo, no podía evitar dibujar en su mente un
futuro muy oscuro. Le costaba muchísimo sacar un hijo y una casa
adelante sin ayuda. Precisamente este apoyo era, en parte, lo que siempre había
buscado. En aquel muchacho se albergaba la seguridad de haberlo encontrado, y
ahora, de la noche a la mañana, todo se había truncado completamente.
La
joven muchacha, madre de un niño, no conseguía frenar el egocéntrico
pensamiento que redefinía a Ismael como otra carga más a soportar. «¡Cómo si no tuviese yo bastante con lo que tengo!...», no podía evitar quejarse Marion. «…¡Ahora, alguien más de quien cuidar!».
De
momento, no era la hora de torturarse con aquellas ideas. Desechó temporalmente
el pesimismo y se centró en animar a su actual novio, que era el más
necesitado. Además, sólo le quedaba un rato para ofrecer su compañía, pues
debía volver a su ineludible puesto de trabajo. Había llegado a un acuerdo con
el jefe, por el cual se le permitía robar una hora al turno de tarde para poder
ver a Ismael hasta que éste se recuperase. Por supuesto, previa reducción
correspondiente en su sueldo.
De
todo adulto experimentado es sabido que en el mundo del dinero no suele haber
amigos, no importa lo extremos que sean los casos. Desgraciadamente, la
iniciativa hacia la solidaridad debe encontrarse en un cromosoma muy extraño
que muy poca gente posee. O quizás, todos tengamos un gen específico para ello aunque
permanezca en estado latente; y quizás baste un golpe de efecto, directo a las
propias carnes, para poder activar ese don de la fraternidad.
Aunque
no fuese consciente de ello, Ismael iba a necesitar de tal cualidad como de
agua en un desierto. Principalmente, de su círculo más querido. Al contrario
que su antiguo jefe, el dinero en tales circunstancias significaba para él lo
mismo que una esmeralda para las gacelas de la sabana.
Pasadas
dos semanas y evolucionando favorablemente de sus heridas más graves, los
médicos decidieron sacarlo de la unidad de cuidados intensivos y trasladarlo a
la planta general, dónde podría estar permanentemente acompañado por la gente
que él quisiera.
Era
una habitación doble, pero de momento no tenía compañero. Para bien o para mal,
seguiría permaneciendo en soledad, una asquerosa soledad a la que
preocupantemente, se estaba acostumbrando.
Después
de aquellas tres visitas seguidas de novia, familiares y amigos, el goteo de
gente que acudía a verlo comenzó a sufrir drásticas reducciones, hasta el punto
de que solamente su tía y su novia permanecieron en la brecha. Éstas le
contaban que todos preguntaban mucho por él. Sin embargo, Ismael percibía este
solidario interés como una incipiente señal de despedida y abandono. Toda la
gente le estaba decepcionando y, curiosamente, tampoco encontraba nada que pudiese
reprocharles.
Nacho
volvió una vez para recoger aquel cómic, propiedad de la biblioteca, que le había
prestado para que matase el tiempo. Tras charlar un rato con él, su amigo quedó
en traerle el segundo tomo. Aún lo
estaba esperando; una pena, porque leer mientras apreciaba aquellas logradas
ilustraciones era de las pocas cosas que conseguían relajarle.
Respecto
a aquellos libros de ajedrez que también le regalaron, apenas los había ojeado.
Para ello se precisaba pensar, y para esta actividad cerebral necesitaba estar
concentrado y motivado, dos estados de ánimo que, hace muchos días, sus
neuronas decidieron guardar en los rincones más recónditos de su cerebro.
El jueves,
tres días después de su traslado a planta, prometía ser otra jornada tranquila
y aburrida. Era la primera vez que se despertaba y se encontraba totalmente
solo. Marion estaba trabajando y su tía se había marchado al pueblo a ocuparse
un poco de la casa y de su marido. Bruno ya empezaba a impacientarse con la
vuelta de su mujer. Estaba un poco harto de que volcase toda la atención en el
sobrino y a su familia de sangre la tuviera medio abandonada. Para él, Ismael
siempre había sido una especie de problema que no era de su incumbencia, y en
las circunstancias actuales parecía estar agravándose bastante más de lo
admisible.
Desde
el accidente de su sobrino, esta era la primera vez que Caridad regresaba a
casa, y tenía pensado regresar a Toledo al día siguiente para cuidar a quien, según ella consideraba,
más lo necesitaba en estos momentos.
La
mañana se presentó despejada, tal y como se adivinaba por la viva luminosidad
con que los rayos solares atravesaban las cortinas de la ventana.
A
Ismael las condiciones meteorológicas le daban exactamente igual dadas las
circunstancias, incluso le fastidiaba
que hiciese tan buen día. «¡Ojalá cayese un
nevazo igual de alto como de ancho!», se
decía observando a través del cristal las variaciones del clima.
Se
disponía a coger un walkman que le habían regalado para escuchar la radio o
algo de música cuando recibió la visita de un desconocido. Era un hombre adulto,
alto y bien vestido; con un traje oscuro que casi hacia juego con la corbata
azul marino. Portaba un típico maletín de piel, negro y elegante, de esos en
los que siempre parecen esconderse documentos importantes.
—Buenos
días. Usted es Ismael Torres, ¿verdad?
—Sí.
—Soy
Pablo Morán, de la compañía de seguros —dijo alargando la diestra para saludar
a Ismael.
Éste,
desde su cama, respondió al gesto como si estuviese en cámara lenta, buscando
detalles que le permitiesen averiguar a qué se debía la visita de aquel señor.
Tras
el pausado apretón de manos, Pablo Morán se arrancó en lo que parecía ser un
largo discurso.
—Bien.
Verás, me he acercado hasta aquí para tratar algunos asuntos concernientes a
las coberturas de tu póliza. Bueno, ante todo, decirte primero que lamentamos
muchísimo lo que te ha ocurrido. Son cosas que, por desgracia, a veces suceden.
—Gracias
—reconoció Ismael el detalle aunque sólo fuera por cortesía.
—En
fin, esperamos poder compensar algo los gravísimos daños que has sufrido —hizo
una pausa mientras buscaba un sitio para colocar el maletín. Lo encontró en la
cama vacía de al lado. Allí mismo, lo abrió y extrajo unos papeles antes de continuar
con su discurso—. Bien, como ya ha quedado demostrado por los informes
policiales y demás, está claro que el conductor que te precedía fue el
principal culpable del accidente.
—¿Cómo!
—se extrañó Ismael que apenas recordaba nada. En los últimos días había tenido
imágenes borrosas de lo sucedido aquella noche cuando volvía en su coche de
regreso a casa. Recordaba que conducía cuesta abajo y que un deportivo, con la
música a todo volumen, le atosigaba a sus espaldas metiéndole prisa, instante
en el cual toda la escena se difuminaba.
—Sí. Aquél
fue el vehículo que te embistió por
detrás y te desplazó hacia el carril de enfrente, donde se produjo la colisión —le
aclaró el hombre del seguro para poder continuar con el asunto que había venido a tratar. Sin
embargo, esto le iba a ser imposible. Acababa de revelar una información que
desencadenó la recuperación de unos recuerdos que, para su cliente, habían
permanecido ocultos hasta este momento.
Ismael
consiguió recrear, en un instante y con suficiente precisión, aquel maldito
accidente en que se vio involucrado. Su pulso se aceleró de tal manera que
parecía que iba a estallarle el corazón.
—¿Cómo!
¿Me estás diciendo que estoy aquí clavado en esta maldita cama por un maldito
niñato hijo de puta!... —comenzó a desahogarse el muchacho, elevando cada vez
más los gritos y los insultos—… ¿Por culpa de un puto gilipollas que lo único
que sabe es dar por culo con el coche! ¡Dime que se mató! ¡Si no, cuando salga
de aquí me cargo a ese pedazo de cabrón que me ha jodido la vida!... —a la vez
que gritaba comenzaban a saltarle las lágrimas.
Un
médico y un par de enfermeras irrumpieron en la habitación alarmados por el
jaleo. Pablo Morán, congelado y atónito, observaba avergonzado como sujetaban
al chico y lo calmaban con la ayuda de algún tranquilizante.
—Tiene
una crisis de ansiedad. Salga de aquí, por favor —le ordenó el doctor enfadado.
—¡Pero,
si no he hecho nada! —se disculpó confuso.
—Da
igual. Mejor vuelva en otro momento —le insistió empujándole suavemente hacia
el exterior.
—¡Dime
quién ha sido ese hijo de puta! ¡Dímelo! —coleaban sus maldiciones antes de que
hiciese efecto el medicamento.
Por
la tarde, la tormenta dio paso a la calma. Ismael, todavía afectado, pero mucho
más tranquilo, yacía inmóvil en la cama con la mirada en el vacío. Tenía el
walkman conectado y escuchaba un casete de un grupo de rock que le gustaba bastante.
Se
había quedado intrigado por lo que aquel señor del seguro tendría que decirle.
Supuso que tarde o temprano se enteraría. Así que decidió olvidarse de ello y
matar el tiempo zambulléndose en aquella canción que sonaba en sus oídos; y
que, curiosamente, parecía estar compuesta para él.
Si el camino fuera suave,
y si el cielo más azul,
miraría al horizonte siempre como miras tú.
Si pudiera ir más despacio, sin tropiezos ni
traspiés…
Si el camino fuera suave, si no hubiera que
correr.
Pero es duro, es salvaje, y no tiene
compasión.
Te disparan por la espalda, aquí no existe
el honor.
He visto caer a gente sin poder mover un
pie.
También vi como los fuertes no apostaban por
su piel.
Y aunque fuera necesario, no quisiera echar
la hiel.
Si el camino fuera suave, si no hubiera que
correr.
Ya estoy en ninguna parte, ya no puedo
regresar.
Son ya muchos treinta años para poner marcha
atrás.
He gastado en esta historia mi energía, mi
ilusión.
Masticando con firmeza que quizá lo que
importa no es jugar sino ganar.
Y aunque fuera necesario no quisiera echar
la hiel.
Si el camino fuera suave, si no hubiera que
correr.
(Canción
perteneciente al Grupo REVOLVER, titulada “Si
no hubiera que correr”)
Al
día siguiente todo volvió, dentro de lo que cabe, a la normalidad. Caridad
regresó de Villarrobledo para ocuparse de su sobrino que, conforme pasaban los
días, se mostraba más apagado anímicamente a pesar de que se estaba recuperando
muy bien de sus heridas. Incluso, esa misma semana recibió la, ya inesperada,
visita de Nacho, que le traía la segunda parte de ese cómic que tanto le había
gustado. Sin embargo, ya no le quedaban ganas para nada. A pesar de ello, su
amigo se lo dejó encima de la mesita. Tarde o temprano seguro que le echaba una
ojeada.
Su
compañero de piso intentó distraerlo contándole las novedades que se habían
producido en su ausencia, pero a Ismael apenas le importaban. Prefirió, por el
contrario, sacar a la palestra el tema de su futuro próximo en cuestión de
vivienda.
—Seguramente,
cuando salga de aquí, me voy del piso. No creo que pueda adaptarme a un tercero
sin ascensor. Os lo digo para que estéis avisados. Ya os pagaré cuando pueda el
último mes —informó apesadumbrado de sus intenciones.
—¡Pero
hombre! No te atormentes ahora pensando en esas cosas —le contestó Nacho sin
recibir más respuesta que el silencio.
A la
semana siguiente se enteró, por fin, del asunto del que vino a informarle aquel
señor del seguro. Pablo Morán se atrevió a volver al hospital y le comunicó de
una forma muy escueta, por lo que pudiera pasar, que la indemnización económica
que recibiría por los daños ocasionados oscilaría de unos treinta a unos
cincuenta millones de pesetas. El seguro se haría cargo de todo y le mantendría
informado en los próximos días.
—No
sabía que se pudiera poner precio a unas piernas tan fácilmente —contestó Ismael con ironía y
desesperanzado, sin intención de añadir nada más.
Esta
fue la última novedad destacable que se produjo durante sus dos meses de estancia en el hospital. Casi nadie
le visitó en las últimas semanas. Solamente su tía aguantaba firme a su lado.
Incluso Marion comenzó a reducir paulatinamente sus visitas conforme él se iba
recuperando. Como quien no quiere la cosa, parecía estar zanjando su antiguo
romance suavemente. Quizás los lazos del amor no fueran tan fuertes como él
creía. En cualquier caso, no tardaría mucho tiempo en comprobarlo; había
llegado el día de su alta médica, ahora se suponía que debería intentar volver,
en la medida de lo posible, a su vida normal. Sin embargo, los cambios se
avecinaron nada más cruzar la puerta de salida del hospital. En lugar de marcharse
de pie y andando, lo hacía sentado, y girando con sus manos las ruedas de una
silla de ruedas que no destacaba por su
velocidad y mucho menos por su libertad
de movimientos.
CAPÍTULO 14
DEFINITIVAMENTE,
LA VIDA
NO ES JUSTA
2 de Octubre
Siempre
en compañía de su tía Caridad, llegó la hora de incorporarse a la realidad. La
próxima parada de su nuevo rumbo se situaba en el Hospital Nacional de
Parapléjicos de Toledo, especializado en este tipo de rehabilitaciones.
—Te
guiaré en una visita rápida para que puedas conocer un poco las instalaciones —le
dijo el nuevo doctor, o lo que fuera, que salió a recibirlo.
Ismael
estaba harto de la palabra “visita” y de las personas con bata blanca. En las
últimas semanas había tenido tiempo de sobra para saturarse de cosas como estas.
Pero no existía escapatoria, aún le quedaban trivialidades de este tipo por
aguantar.
Accedió
al pequeño paseo de reconocimiento sin rechistar, mas tampoco mostró demasiada
atención y entusiasmo mientras observaba lo que, de momento, conformaría su nuevo
hogar.
Le
presentaron a su compañero de cuarto, un joven totalmente rapado que andaría
por los treinta años. Su nombre era Juan Antonio, aunque insistió en que lo
llamase Juanan. Apenas tuvo tiempo de charlar con él, era la hora de comer y de
comprobar si los menús que allí preparaban seguían la misma línea que en su
antiguo hospital.
Por
la tarde tenía planeado volver a su antiguo piso a recoger todas sus
pertenencias. Intentaba adaptarse a su nueva vida lo más rápidamente posible.
Justo
después de degustar un filete de pollo acompañado de arroz y de judías verdes,
se encaminó hacia tan desagradable labor con la ayuda de un trabajador del
centro y de su tía Caridad. Era el último día que ella permanecería a su lado
de forma continua. Dentro de unas horas y, antes de cumplir con la tarea de
dejar instalado a su sobrino, volvería a casa.
Ismael
tan siquiera pudo subir a su piso a colaborar con la mudanza. Tuvo que
permanecer en el portal del edificio observando como los demás bajaban sus
cosas y las metían en la furgoneta.
Nacho,
Fran y Fernando también ofrecieron su ayuda para bajar enseres. Teniendo en
cuenta que las posesiones de su amigo eran más bien escasas, apenas tardaron
media hora en acabar con el trabajo. Durante ese tiempo, Ismael sólo se dedicó
a ensimismarse observando la ropa y demás objetos personales de los que parecía
haberse olvidado, a pesar de que sólo habían pasado unas semanas prescindiendo
de su uso.
En
las horas que siguieron se precipitaron las escenas de despedidas. Primeramente,
con sus ya ex compañeros de piso; Y en segundo lugar, en la estación de tren, donde
su tía le prometió ir a verle, por lo menos, una vez por semana.
Ahora
su vida quedaba en otras manos; las de fisioterapeutas, psicólogos, enfermeras
y demás personal de sanidad que intentarían conseguir que su paciente se
adaptase a las nuevas circunstancias.
Se
necesitaría un macrodocumental para describir, con una mínima dedicación, todos
los aspectos destacables del nuevo mundo en que Ismael se había introducido.
Para
empezar, le avisaron de que su estancia allí sería temporal. Harían lo posible
por ayudarle a readaptarse a sus nuevas necesidades y a tomar el camino que él
quisiera con la mayor independencia posible de los demás. El tiempo de
recuperación dependía sólo de él, pero siempre debería de tener presente que su
estancia allí no era indefinida. Le explicaron que aquello era un centro de
recuperación y no una residencia de incapacitados, y que tendría que usar estas
ventajas como trampolín no como sofá.
El centro
se encontraba al noroeste de Toledo. En una finca llamada Peraleda, situada a las afueras de la ciudad junto a la ribera del
Tajo.
Conoció
a otros jóvenes en su misma situación, y a algunos en muchas peores
circunstancias. Con quién más contacto tenía era con Juanan, su compañero de
habitación. A pesar de su rudo aspecto, totalmente rapado, con una pequeña
anilla colgada en la oreja derecha y el tatuaje de un cuervo luciendo en su
brazo izquierdo, se mostró bastante amable con Ismael. Tenía veintinueve años,
y en seguida desveló que su estancia allí se debía a un accidente de moto y al
maldito ingeniero que se le ocurrió instalar aquellos quitamiedos de mierda en
aquella curva; más que contribuir a lo que su nombre indicaba, habían hecho
todo lo contrario. Ahora, cada vez que contemplaba algún quitamiedos de este
tipo en la carretera, no podía evitar señalarlo y maldecir al incompetente
Ministerio de Fomento que aún seguía sin invertir en la imprescindible reforma,
a pesar de las muertes por esta causa se
mantenían año tras año.
Ismael,
por su parte, también le resumió rápidamente la historia que le había traído
hasta allí.
—Al
menos a ti te darán una buena indemnización —fue el comentario que utilizó
Juanan para intentar consolar la pena de su nuevo compañero—. Aprovéchala para
comprante una bonita casa sin escaleras antes de que venga el euro y empiece a
subir todo —le aconsejó también, ejerciendo de su agente de finanzas
particular.
Pero
Ismael, de momento, no pensaba en esos temas. Tenía otras preocupaciones:
Marion, sus amigos, su trabajo, su familia… La verdad es que cualquier cosa que
se le ocurría era transformada, automáticamente, en algo con lo que martirizarse
en sus pensamientos más profundos.
Las
segundas personas con las que más contacto tuvo durante su estancia allí fueron
las enfermeras, todas mujeres, que le atendían. Había varias, pero con quien
más afinidad tenía era con Antonia y con Ángela. La primera le recordaba mucho
a su madre antes de que le dejase, siendo él un niño, en aquel accidente de
tráfico. Cuando se paró a pensarlo, se percató de que en todas las desgracias
que había sufrido en la vida, siempre hubo vehículos de por medio. Tras esta
reflexión, decidió firmemente no volver a ponerse al volante un coche nunca
más. Odiaba esas malditas máquinas de matar que parecían estar esperando el
momento para robarle la felicidad que tanto le costaba conseguir. «Es como si las fabricase el mismo diablo», imaginaba Ismael atando cabos.
Ángela,
la otra enfermera, era en realidad una auxiliar; aunque se estaba planteando cursar
la carrera universitaria. Tenía treinta años pero aparentaba menos edad. A
primera vista, parecía una chica seria y tímida, quizás las gruesas gafas que
utilizaba contribuyesen a darle aquel aspecto. Sin embargo, existía algo en su
expresión que transmitía cierto atractivo. Ismael interpretaba en sus rasgos un
buen corazón y una paciencia infinita. Tal vez fuese simplemente una imagen
platónica que el mismo creaba, influenciado por la circunstancia de que Ángela
era la única chica joven que tenía cerca en aquel centro. Otro aspecto a favor
de ella residía en la gran determinación y fuerza de voluntad que poseía la
chica, propias de un curtido guerrero de la edad media. A pesar de que su
trabajo podría catalogarse como el más desagradable de todo el centro, lo hacía
sin quejarse y sin perder la amabilidad. A veces, incluso le tocaba limpiar los
residuos producidos por la pérdida del control de esfínteres que padecían
numerosos internos. Supuso que la chica ya estaría acostumbrada y que, por
tanto, no le suponía ningún esfuerzo.
Aunque
contase con la ayuda de personas tan agradables, a Ismael le costaría Dios y
ayuda adaptarse a las actividades de su programa de rehabilitación. El motivo
principal era que carecía de motivación. De poco servía el empeño que empleaba
el fisioterapeuta para obligarle a realizar los ejercicios de recuperación
física. Al principio, todo lo hacía con desgana y esgrimiendo excusas. La
concentración que ofrecía como paciente aumentaba demasiado lentamente para el
gusto de sus médicos.
La
gota que colmó el vaso llegó cuando un día recibió la visita de Marion.
—¿Qué
tal lo llevas Ismael? —preguntó la muchacha muy cortada.
—Bien.
Hago ejercicios para mejorar la movilidad y cosas de esas.
—Me
alegro de que te vayas recuperando. ¿Qué tal los compañeros?
—Son
muy majos, siempre intentan animarme —contestaba él a las preguntas de forma
muy escueta, como si hubiera perdido parte de la confianza de la que antaño había
gozado.
—Seguro
que son mejores que los del restaurante. Fonsi sigue igual de borde y el jefe
no para de dar caña porque hay mucho trabajo. Estoy hasta las narices pero
bueno... ¡Encima! He tenido que contratar a una chica para que le dé clases
particulares a Jorge, que va muy retrasado en el colegio. Y así estamos, como
siempre.
Ismael
no sabía si le estaba contando sus problemas porque quería que la ayudase, si
lo hacía para hacerle olvidar a él sus desgracias particulares o, simplemente,
para rellenar el silencio que se producía entre ellos cada pocos minutos.
La
conversación sólo sirvió para que ambos comprendieran que aquella chispa que
surgió largo tiempo atrás, había terminado por extinguirse. Al menos, por parte
de ella, ya que no pasaba un día sin que él recordase las más bellas escenas
vividas con aquella muchacha colombiana.
Ismael,
desde su prisión emocional, donde él mismo se había encerrado, parecía enviar
imperceptibles señales de auxilio que nunca llegaban a su receptora. Despidió a
Marion como si de otro “hasta luego” cualquiera se tratase, pero el tono que
percibió, en sus últimas palabras, sonó demasiado melancólico. “Adiós Ismael.
Ya nos veremos otro día”, fue lo último que oyó de los labios de la chica.
Nada
más oírlo intuyó el matiz de una mentira piadosa. Se dio cuenta de que Marion
lo abandonaba y sólo fue capaz de contestar con un triste “hasta pronto”,
mientras la cara más cruda de la soledad invadía toda su alma.
Visto
desde fuera, cualquiera lo habría definido como un corriente desamor; pero,
escondido en su habitación, Ismael lloraba y lloraba como si su pena no conociese
fin. Llorando incluso más que un año atrás cuando perdió, de forma mucho más
definitiva, a su inolvidable amigo Benito.
Ya
sólo le quedaba su tía. Ella sí que no le abandonaría nunca. De eso estaba
seguro. Tal como prometió, todas las semanas se acercaba a visitarlo por lo
menos una vez. Sin embargo, este apoyo era insuficiente para él. Si quería
salir de aquel pozo de amargura necesitaría algún aliciente más que lograse
despertar la ilusión perdida por la vida.
Después
de semejante decepción en el mundo del amor, su rendimiento en la
rehabilitación tuvo un importante bajón. Anduvo varios días bastante apagado, y
ni las enfermeras ni su compañero, lograban subirle la moral.
—¿Tú
crees en Dios? —le preguntó una noche Juanan a ver si tirándole un poco de la
lengua conseguía sacarlo de su hermetismo.
—No.
Dudo que exista. Y si así fuera, sería un maldito psicópata
—respondió Ismael desahogando así su
frustración.
—¡Hombre,
tampoco te pases! Uno nunca sabe porque suceden las cosas —intentaba calmarlo
aquel treintañero rapado con aspecto de duro.
—Si
yo fuera todopoderoso no dejaría que nadie sufriera —contraatacaba Ismael—. ¿Y
tú?, ¿crees en Dios?
—Yo
creo que debe existir algo. No sé, una especie de ente que dirija un poco la
historia. Algo que te situé en lugar que te merezcas dependiendo de los méritos
personales, que te recompense según tus actos; pero claro, entonces lo que no
entiendo es… ¿Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza!
¿Quién? —acabó Juanan, gritando y gesticulando, en tono de broma, imitando
graciosamente a un conocido personaje de un curioso programa de televisión, que
había inmortalizado tal frase para los anales de la historia. De esta forma,
logró arrancar una pequeña, pero valiosa sonrisa, al desanimado Ismael.
—¡Vaya!
¡Por fin te veo sonreír! ¡Ya iba siendo
hora! —le felicitó su compañero orgulloso de su logro.
Poco
a poco, conforme pasaban los días, fue dedicando más esmero en las sesiones de
rehabilitación.
Una
tarde, incluso se atrevió a jugar un partido de baloncesto. Solamente encestó
una canasta de los seis tiros que ejecutó pero, al menos, pasó un rato
entretenido. Además, su desastrosa actuación sirvió de aliciente para rebuscar,
dentro de sí, otras habilidades en las que si destacaba. Recordó entonces lo
bien que se le daba la fotografía y jugar al ajedrez; añadiendo el hecho de que
también disfrutaba con ello, que era lo más importante. Podría incluso impartir
clases del juego de las 64 casillas a sus compañeros. Parecía una tontería,
pero esta idea surgió como una revelación. Se estaba dando cuenta de que tenía
muchas cosas que aportar a los demás. Supuso que si había gente a la que podía
hacer feliz, entonces merecía la pena vivir.
Hasta
su fisioterapeuta le agradeció, efusivamente, aquel cambio de actitud. Empezó a
mejorar en todas las actividades. Lo único a lo que no se acercaba, ni de
lejos, era al simulador de conducción, un servicio en el que se ayudaba, a los
que deseasen, a adaptarse a los nuevos mandos y mecanismos de un vehículo
preparado especialmente para ellos, por si en un futuro decidían revalidar su
licencia para la circulación y así poder volver a sentarse al volante de una elegante
berlina. Mas por mucho que le insistiesen, Ismael no perdonaría a aquellas máquinas infernales,
a las que achacaba todas sus desgracias. En realidad, este paso atrás apenas
suponía una minucia si conseguía recuperar, por completo, su antiguo optimismo.
Era
lunes por la mañana. El día había amanecido soleado y tenían planeada una ruta
turística por Toledo. Comprobarían si las barreras arquitectónicas, de las que
padecía la ciudad, eran tan molestas, como se decía, para aquellos que se
desplazaban en silla de ruedas o para los que tuvieran como desventaja
cualquier otra minusvalía.
Ismael
y Juanan decidieron bajar a desayunar a la cafetería. Se habían acostumbrado a
tomar café y zumo natural para empezar bien la jornada. Todo formaba parte de una
agradable rutina. Entre sorbo y sorbo, echaban un vistazo al telediario para
enterarse de las nuevas noticias. De repente, para su sorpresa, mencionaron en
las mismas el nombre de su pueblo:
“Nos
encontramos en Villarrobledo, una ciudad de la provincia de Albacete, que esta
mañana se ha levantado conmocionada ante la que suma la víctima número setenta
de la violencia doméstica en lo que va de año. Se trata de C.T.M., una mujer de
54 años, que la noche del domingo, era encontrada por su propia hija, con
varias puñaladas en el abdomen. B.R.G., su marido, de 57 años y que no tenía
ninguna denuncia por malos tratos, se ha entregado de madrugada en la comisaría
de la ciudad…”
Ismael
quedó congelado. No escuchó nada más. No podía creer lo que sus ojos veían ni
lo que captaban sus oídos. Era imposible. Tenía que haber un error. Ella no se
lo merecía. Todos los datos coincidían con los de su tía.
Empezó
a temblarle todo el cuerpo, los brazos, las manos, la cabeza… Era la rabia que
le atravesaba las venas como puñales. Con los ojos llorosos y desencajados,
mirando fijamente al vacío, lanzó un grito tan desgarrador que pudo oírse en
todo el hospital. Al mismo tiempo, la mesa volaba por los aires con los cafés,
todavía calientes, sobre la misma; la empujó dos metros adelante haciéndola
girar incluso sobre su propio eje. Después, al no tener nada a mano para
descargarse, acabó por golpear frenéticamente las partes más cercanas de su
propia silla de ruedas mientras gritaba con el rostro desencajado.
—¡NO,
NO, NO! ¡No es justo, no es justo! —repetía constantemente.
Sólo cuando se encontró totalmente agotado,
calló, por fin, y optó por utilizar las manos, ensangrentadas ahora de los
golpes, para taparse su cara enrojecida. Ocultó su rostro y se limitó a
derramar el resto de lágrimas que todavía mantenía acumuladas en su alma.
Naturalmente,
la excursión del día había terminado para él. Los demás, lamentaron la
desgracia pero optaron por no cancelar la salida. Juanan, sin embargo, se
prestó a proporcionarle toda la compañía que necesitase durante estos
momentos tan amargos. De todos modos, de poco sirvió el bello gesto de
su amigo. Ismael sólo deseaba pasar el día encerrado en su habitación sin más
compañía que la soledad. No quería a su alrededor gente que intentase consolarle.
No necesitaba a nadie, todo el mundo le sobraba. Además, su cabeza no paraba de
dar vueltas y vueltas, sin tan siquiera saber en qué pensar, prácticamente, al
borde de un ataque de ansiedad.
Horas
más tarde, los psicólogos intentaron mitigar su dolor mediante medicación; si
bien, esto era pan para hoy y hambre para mañana. De momento podía funcionar
aunque no serviría por mucho tiempo. “Es imprescindible que transcurran unos
días o semanas para asimilar la desgracia” aconsejaban los expertos.
Ordenaron
a las enfermeras mantenerlo vigilado. Sin embargo, no podían estar todo el rato
pegado a él. De madrugada, Ismael se las arregló para encerrarse en el baño con
muy malas intenciones. Había utilizado lo que quedaba de su ingenio para reunir
una cantidad suficiente de medicamentos. Un año después, se acababa de
replantear seriamente otro intento de suicidio. En ello ocupo la mayor parte
del duro día que hoy le había tocado sufrir; Al menos, sirvió como un método
para mantener alejada la pena que le corroía por dentro. “¿Para qué seguir?
Cada vez que me sacudo el polvo de las caídas soy nuevamente derribado con un golpe
más contundente. Ya estoy harto. Mi paciencia ha superado el límite”, pensaba
Ismael intentando auto convencerse de que era la mejor salida. Se encontraba
incluso peor que en la situación de antaño. Se culpó de no haberlo conseguido
en aquella ocasión. Podría haberse librado de todos estos padecimientos, aunque
no significa que por ello hubiera cambiado el destino de su tía.
—¡Malditos
vendimiadores entrometidos! —comentó para sí, recordando a sus antiguos
rescatadores—. Esta vez será la definitiva, nadie podrá pararme —amenazaba al
vacío luchando por disipar las dudas.
Se
ajustó los cascos de su walkman y pulsó el botón de reproducción para escuchar
la que sería su última canción, elegida a propósito para el momento. La letra
hablaba de su historia, como si estuviera escrita para él. Se echó todas las
pastillas a la boca y se dispuso a disfrutar:
Tan difícil como hacer
fuego sólo con los ojos
es burlarse del destino.
Cuando menos te lo esperas,
suelta un golpe y te demuestra
quien es el que manda aquí.
Hey, muchacho, ya lo sabes,
es mejor ir con cuidado,
no decida ir a por ti.
Fui viajero en el andén y quizás pasó mi
tren
pero aquí debo seguir.
La ruleta gira y gira,
la partida está servida
mucho antes de empezar.
Y la gente que más quiero
se me va, no sé si al cielo,
pero el caso es que se va.
Hey, muchacho, ya lo sabes,
es mejor ir con cuidado,
no decida ir a por ti.
Fui viajero en el andén y quizás pasó mi
tren
pero aquí debo seguir.
Donde la noche es más
bella
sigo esperando mi tren.
Donde los sueños se van en el sabor de un
café,
sigo esperando mi tren…
(Canción
perteneciente al grupo REVOLVER, titulada “Esperando
mi tren”)
CAPÍTULO 15
ONCE
AÑOS MÁS TARDE
21 de Marzo
El apático
chaval de quince años no prestaba la más mínima atención. Tumbado en el diván
de la consulta se limitaba a responder con simples “sies” y “noes” a las
profundas cuestiones que le planteaban.
Gerardo
se hallaba encarcelado en una infinita espiral de decepción vital generada a
partir de una larga depresión. Esto le impedía, radicalmente, rendir en sus
estudios, en sus relaciones sociales y en las demás facetas de su vida. El
psicólogo se percataba de ello, pero no tenía muy claro cómo tratar la grave
situación.
El muchacho
miraba distraído hacía el balcón acristalado del que disponía la estancia.
Allí, varias plantas, entre las que destacaba un imponente bonsái, tomaban
dulcemente el sol. Aquella flora parecía estar compitiendo con un gato
anaranjado, que dormía plácidamente junto a los tiestos, a ver quién era capaz
de trasmitir más sensación de paz y tranquilidad, como si ambos contendientes
estuvieran practicando el Taoísmo. Si por él fuera, le daría la victoria al
felino. «Ya me gustaría a mí dormir así», pensó el quinceañero. Verdaderamente, no le interesaba
demasiado lo que pudiera decirle aquel hombre, experto en materia psicológica,
que tenía frente a sí. Su madre le había obligado a presentarse a, por lo
menos, una consulta, y se limitaría a permanecer allí, totalmente indiferente,
hasta que finalizase la sesión.
A
pesar de ello, le era imposible mantenerse totalmente pasivo, no podía frenar
la curiosidad por echar un vistazo a aquella curiosa habitación. Se hallaba
decorada con bellas fotografía de paisajes y, en un gran escritorio, lucía un
portentoso juego de ajedrez, el más bello que hubiera visto nunca. Las grandes
piezas negras de madera natural, brillaban en tonos caoba con más ímpetu si
cabe que el ejército blanco. Gerardo trataba de discernir, en la distancia,
cuáles eran las pocas piezas que habían abandonado su posición inicial
construyendo alguna especie de apertura. En ello centraba su atención, cuando aquel hombre
le habló de nuevo.
—¿Sabes?...
Me recuerdas mucho a mí en cierta ocasión.
—Cómo
tú digas —respondió él tajante.
—Quizás
no te lo creas, pero, en un pasado, me encontré exactamente en tu lugar y puede
que algo peor. Llegué hasta el punto de llenarme la boca con un montón de
pastillas con la intención de… en fin, ya te lo puedes imaginar.
—¡Ah
sí! ¿Y no se murió? —entonó con sarcasmo el muchacho para intentar fastidiarle.
—No
llegué a tragármelas.
—¿Y
qué se lo impidió?
—Tal
vez fue una simple enfermera que me interrumpió cuando iba a proceder a la
ejecución de semejante estupidez.
—¡Qué
bonito, le salvó la vida! —contestó de nuevo Gerardo con ironía..
—No
creo que ella fuese tan determinante en aquel momento. En realidad, la vida se
la salva uno mismo. Podría haber contestado que me encontraba bien y continuar
tranquilamente con mis propósitos. De hecho, así ocurrió. Sin embargo, parece
ser que mis propósitos no coincidían, realmente, con mis arrebatos. De lo único
que estaba seguro es que la decisión que estaba pasando por mi cabeza debía
tomarse muy meditadamente, con la mente fría y serena. No porque fuera una
decisión radical, las decisiones radicales también pueden estar bien, sino
porque era una decisión irreversible y definitiva, sin posibilidad de
corrección. En esta clase de decisiones hay que guardar la calma y
recapacitarlas detenidamente. No hay que dejarse llevar por arrebatos. Los
arrebatos son un estado de demencia pasajero, y, si uno se deja llevar por
ellos, puede cometer errores trágicos e irreparables. Fíjate si no en el
exterminio nazi.
—Muy
filosófica la reflexión, sí señor —puntualizó el muchacho con desdén; si bien,
demostró a la vez que estaba prestando atención.
—Lo
que importa es que sea correcta no que sea filosófica —continuó el psicólogo
contento de captar el interés de Gerardo—. El caso es que antes de hacer nada
debía saber responder con certeza a la duda de sí me merecía la pena seguir
viviendo o no. La respuesta es mucho más compleja de lo que parece porque hay
que tener en cuenta demasiadas variables: el futuro, el posible futuro, los intereses personales, la gente que nos
rodea, consecuencias…¡Vamos, qué es más
fácil de lo que crees meter la pata!
—Se
supone que él que está pasando consulta soy yo, no usted —le cortó el muchacho.
—Je,
je. Sí, no te preocupes. Te lo descontaré en el precio —. Resumiendo entonces, una
de las conclusiones definitivas a la que llegué fue que: si hay gente a la que
puedes hacer feliz, entonces merece la pena vivir. La verdadera ilusión por
este mundo reside en el hecho de compartir. ¿De qué sirve hacer la obra más bella de la tierra si no hay nadie
que pueda contemplarla?... Si te paras un poco a pensarlo comprenderás que esa
obra no vale absolutamente para nada. La verdadera felicidad reside en el
modesto sentimiento de compartir. Si tienes algo que compartir merece la pena
luchar. Es simple pero cierto —su paciente lo miró,
pero esta vez no dijo nada—. ¿Acaso crees que tú no puedes hacer feliz a nadie?
¿Crees que no tienes nada que compartir? —preguntó el psicólogo.
—No
creo.
—Haremos
una cosa. Piensa en ello y el próximo día yo te propondré a tres personas, si
eres capaz de decirme sinceramente que no te importan, te devuelvo el coste de
la consulta y te doy el alta, ya que, entre otras cosas, es probable que seas
un psicópata asesino. pero en caso contrario, te deberás comprometer a venir durante
una temporada, ¿te parece?
—Tú
mandas —respondió el chaval llegando a la conclusión de que aquel hombre estaba
más loco que él.
—Entonces,
nos vemos el viernes. Hasta luego.
Se le
había hecho tarde. Había quedado con su mujer para ir a comer a un nuevo
restaurante que acababan de abrir en la ciudad.
Sonó el
“ding-dong” del timbre y aún no estaba preparado.
—¿Sí?
—contestó por el telefonillo.
—¡Venga
anda!, que vamos mal de tiempo —le apremió su esposa.
—Aún
no estoy. Voy a quitarme esta camisa y nos vamos. Sube mientras, si quieres.
—¡Qué
no! ¡No hay tiempo! ¡Baja como estés! —insistió ella nerviosa.
—Bueno,
luego si me mancho la camisa buena, no me eches la bronca.
—Da
igual, no te preocupes.
El
psicólogo vivía en un primer piso. Aún así, bajó por el ascensor. Le era
imposible utilizar las escaleras debido a la silla de ruedas que utilizaba para
desplazarse.
Ángela
le esperaba sonriente en el portal. Se acercó hasta él y le estampó un rápido
beso en los labios con inusitada ternura.
—Cierra
los ojos, que te tengo que enseñar una cosa —para asegurarse, la mujer se situó
detrás de él y le tapó los ojos con las manos.
—A
ver la que me has liado esta vez —contestó el psicólogo con aparente calma, si
bien le picaba sobremanera la curiosidad.
—Venga,
sal a la calle.
El
hombre giraba suavemente, con sus manos callosas, las ruedas de su silla
dejándose guiar por su esposa. Una vez en la calle, Ángela lo frenó.
—¿Preparado?
—le preguntó.
—¡Qué
remedio!
Nada
más apartar las manos de sus ojos pudo contemplar la sorpresa. Un impecable Minicooper amarillo limón se encontraba aparcado frente a
él, ataviado con un enorme lazo rojo que rodeaba la brillante carrocería.
—¿Pero
qué es esto! —exclamó sorprendido.
—¿Te
gusta? —preguntó Ángela pícaramente entre sonrisas.
—Pero,
¿cómo has podido conseguir uno de estos?
—Ya
ves. El que la sigue, la consigue; y ya era hora de cambiar nuestra cascada
tartana.
—Muchísimas
gracias, cielo.
—Te mereces esto y mucho más, Ismael.
—Pues no se hable más. Vamos a probarlo y me
cuentas como has sido capaz de montar todo este tinglado a mis espaldas—hacía
tiempo que Ismael había hecho las paces con las máquinas de cuatro ruedas. Obtuvo el carnet de conducir seis años atrás y, hasta la fecha, aún no
había sido sancionado ni con una mísera multa de aparcamiento.
Tras
la más dura travesía que jamás hubiese podido imaginar, Ismael Torres García
había logrado alcanzar, centímetro a centímetro, su Ítaca particular. Sólo él
era consciente del supremo esfuerzo que, día tras día, tuvo que emplear para
escapar de aquellas crudas tempestades y abismos en los que se sintió atrapado
y sin salida.
En un
principio, el agua le llegaba hasta el cuello y creyó imposible resistir las
abatidas. Sin embargo, conforme la vida avanzaba, se veía obligado a sacar
fuerzas de dónde fuera.
Un
día más tarde del incidente de las pastillas, su prima Isabel lo llamó por
teléfono. Estaba desconsolada, tan afectada como él o incluso más. Apenas
consiguió informarle del día del entierro de su madre. Ahogada en un manantial
de lágrimas como estaba, Ismael se encontró en la obligación de ampararla y al
día siguiente se presentó en su pueblo natal. De su tío Bruno ya poco tenía que
temer, pasaría entre rejas una larguísima temporada, y ya le había infligido
todo el daño que era capaz de ocasionar. Ahora le haría compañía al hijo de los
Bustos, el maldito asesino de Benito del que tampoco se había olvidado.
Acudió
a la despedida de su tía Caridad como si de una madre se hubiera tratado, pues
realmente eso es lo que fue para él. Días después, regresó al hospital para
continuar con su recuperación, su prima lo necesitaba y, para ello, el debía
estar en plenas facultades.
Una
vez en el centro, con la imponderable ayuda de la gente que allí empleaba sus
horas y, principalmente, con el apoyo de su compañero Juanan y con el de la
encantadora Ángela, que le siempre dedicaba especial atención, se recuperó de
sus heridas emocionales lenta pero satisfactoriamente.
Un
mes más tarde, recibió la indemnización por su accidente, unos cuarenta
millones de pesetas, cantidad nada desdeñable aunque no pagaba ni de lejos el
precio de sus piernas. Aconsejado por Ángela, decidió emplear parte de la suma
en estudiar una carrera universitaria que le animase a marcarse una ilusión. Su
elección fue Psicología, era lo que le inspiraba el corazón y, por tanto, no se
molestó en escuchar otras sugerencias más prácticas que la gente se empeñaba en
recomendarle.
Su
vida, durante unos meses, transcurrió entre Toledo y Villarrobledo, donde no
perdía el contacto con su prima, sino todo lo contrario, cada día se estrechaba
más un incipiente lazo de hermandad. No fue total su éxito, pues respecto a su
primo Roberto, la relación con éste se enfrió hasta tal punto como si de
desconocidos se tratase. Quizás fueron las circunstancias o quizás nunca se
llevaron bien, en cualquier caso lo mismo le daba, se hallaba acostumbrado a
derrotas peores.
Cuando
se acercaban las fechas de dejar el centro de rehabilitación de forma
definitiva, le atosigó de nuevo un
sentimiento de desamparo. Tras rebuscar en su alma, descubrió que se trataba de
Ángela; además de su auxiliar de enfermería también fue su mejor amiga en los
últimos meses, no podía soportar la idea de perder el contacto con ella. Soñaba
con tenerla en exclusiva para él en los años que se avecinaban. «¿Pero quién va a querer a un tullido como yo?», pensaba Ismael sin encontrar armas con que luchar por
ella.
Guardó
sus sentimientos en silencio hasta el último momento. Para su sorpresa, fue
ella quien se adelantó, “no quiero que te vayas de Toledo”, fueron las palabras
que emergieron de su boca, quedando grabadas a fuego en la memoria de Ismael.
Nunca imaginó que pudiese corresponderle, era diez años mayor y, al contrario
que él, ella si podía caminar. Sin embargo, al parecer aquellos supuestos
inconvenientes sólo residían en su cabeza, o quizás en su orgullo. De todos
modos, se presentó la oportunidad y supo aprovecharla. Compartiría con Ángela
todo aquello que fuera susceptible de compartir.
El
vínculo se selló con un beso. No fue el primer beso de su vida aquel con el que
ofreció su amor a Ángela, pero sí experimentó, de los labios de aquella sencilla
treintañera con gafas de gruesa montura, el beso más generoso que recibiría
nunca.
“Nunca sabes lo que te puede enseñar el
destino”
Cómo se hizo
La presente novela ha sido escrita durante
el transcurso de diez largos años, entre
épocas de estudio y periodos laborales. Se trata de la primera
publicación de este autor; es, por tanto, comprensible, una probable ausencia
de precisión gramatical.
No ha recibido premios, ni galardones; y,
por supuesto, sus ganancias dinerarias aún están por llegar; lo que no
significa que no destaque por su calidad; en la actualidad, ésta depende, en su
mayoría, del marketing publicitario. No obstante, la única pretensión final
consistía en elaborar una novela sencilla, apta para todos los públicos, y con
un claro mensaje que pudiese calar en el alma de algún lector.
Aunque hay detalles que se han tomado de la
vida real, se trata de una historia ficticia, aunque podría ser perfectamente veraz.
Que no quepa duda de que la realidad supera la ficción. No hay que dudar de que,
en nuestras calles, existen travesías que superan a la de nuestro protagonista.
Aun así, quedan reflejadas muchas situaciones comunes que desembocan en lo que
conocemos por Adversidad. El único deseo del autor es proporcionar otra
herramienta más para poder luchar contra ella.
Críticas y comentarios en: diegoalmansaortega@hotmail.es
Sinopsis
¿Cómo te replantearías
la vida si empezaras a odiarla?... Esta conmovedora novela ofrece, desde la
perspectiva de un inadaptado adolescente, un curioso modo de encarar el
destino. Es una emotiva historia que trastocará tu conciencia y tu modo de ver
la vida. Te identificarás con Ismael, su protagonista, cuando opte por
abandonar sus estudios sin estar seguro de acertar en la decisión. Pero no
solamente dejará atrás sus estudios, sino muchísimas otras cosas. Todo ello,
para adentrarse en un mundo totalmente distinto. Merece la pena conocer su
historia. Las sorpresas están aseguradas, tanto en la novela como en la vida.
Biografía del autor
Nacido en el día de los Santos Inocentes, en Villarrobledo,
pleno centro topográfico de las allanadas tierras manchegas, se crió
humildemente entre paredes de cal y adobe. A
la temprana edad de once años presenció, desde su propio esfuerzo, los
sacrificios de la clase trabajadora; comprobando el padecimiento de labores
agrícolas y artesanas.
Logró,
durante su infancia (quizás entonces por compasión), varios certámenes de Poesía
y Cómic. Cursó estudios de administración
que luego aborreció, prendiendo
entonces, en su interior, la llama del amor por las letras. Gran devorador de
novela moderna, siempre manipula libros entre sus manos; dedicándose a la
invención de historias en las que nunca falte el mensaje social; cuestionando,
desde su particular punto de vista, los axiomas tradicionales.
Gran aficionado Al ajedrez y a la Historia, intenta extraer
tiempo para su estudio rebuscándolo entre los trabajos esporádicos con los que
sobrevive.
Aparte
de en su tierra natal, ha habitado en varias ciudades de España, tales como
Toledo, Gijón o Salamanca; yendo a parar actualmente a Zamora, donde reside con
su familia.