"CAUSAS Y EFECTOS" (Escrito por guilleos)
CAUSAS Y EFECTOS. ¿Por qué escribir ahora de estos temas?... Quizás porque queda poco y el tiempo ya no es...
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El Reflejo de los sueños en lunas rotas (II parte)

Autor: kim bertran canut
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 24/07/2007
Leído: 2183 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 10

No hay resumen

Una sincronización en la mirada agónica, intensa, le dio el suficiente entendimiento para saber lo que tenía que hacer.

‑Claro, Padre, entiendo, lo haré, no te preocupes...

Con ojos empañados desabrochó los botones del pantalón del moribundo y extrajo un miembro medio erecto. Andy bajó la cabeza hasta él. Poseyó el único resquicio de vida que le quedaba al pobre viejo, un hilo pasional que acariciaba el primer y último contacto en sus vidas.

‑Bien, hijo... ahora busca en mi bolsillo, ‑balbuceó indicando la chaqueta que le cubría. Andy registró deprisa. Encontró tabaco, cristales rotos, un antiguo reloj de bolsillo del Abuelo, ‑el Contrabandista‑, unas cerillas sueltas, una gorra plegada de algodón y... ¡Dios, esto no...!

‑Sí, hijo, es lo que te pido. Esto duele mucho ¿sabes?, tengo las vísceras casi fuera y me arden, no resistiré tanto dolor.

Andy sostenía la pistola que había sacado de uno de los bolsillos.

‑No puedo hacerlo, no me pidas... ¡te llevaré a un hospital y te curarán! Ya verás, Padre, agarrate a mí, te ayudaré a levantarte, te curarán, sí...

‑No hijo, no saldré de aquí. Dame la mano, no mejor aguántala con las dos, es más seguro, te tiemblan demasiado, ¡no seas capullo!, pon el cañón en mi boca. Será un simple trago más, vamos, no me daré cuenta... el tiro de gracia, hijo no me dejes sufrir, voy a morir, lo sé. En el mundo en que estamos no hay centros hospitalarios, de aquí no se sale conscientemente... vamos, aprieta el gatillo... no me niegues el tiro de gracia... hijo, quiero morir con dignidad... merezco tu perdón Dios, aunque me las hayas hecho pasar putas, agggg, no lo pienses más. Deliraba, sus ojos se extraviaron quién sabe en qué momento de su errante deambular por la carretera que no lleva a ninguna parte.

Cinco segundos y sonó un disparo y el nacer de un llanto entrecortado, rabioso, preguntándose qué había hecho. Abrazó a la muerte exclamando, ¿porqué me has obligado, porqué? Con el revolver en la mano emprendió una carrera con el diablo por aquel maldito cementerio, buscando una entrada o una salida que intuía en el mismo itinerario.

Desafiando al aire, disparó, ciego de cólera y resentimiento.

Una voz grave, potente, le llamaba produciéndole escalofríos. La tormenta empezó a caer con tal dureza que levantaba las tumbas que se hallaban en el suelo. En pocos minutos el terreno se volvió pantanoso, tropezando con huesos y flores de plástico. Costaba andar por el barro que le cubría ya los pies. El viento había arreciado, alcanzando los ciento cincuenta kilómetros hora, derribando todo lo que se interponía en su paso creciente. Andy, amparado por unas providenciales rocas veía pasar rodando o volando cruces, árboles arrancados con sus raíces, calaveras desgastadas, polvo que decidió las cenizas de la vida.

En uno de los pocos momentos de lucidez, pensó que no podía perder el rastro de la puerta luminosa. Cuando la divisó, el agua enfangada le llegaba a ras de las rodillas. La traspasó, cruzando mundos o por lo menos esa era la intención pretendida. Allí estaban los luminosos neones de los bares. Andy se sintió abrigado, aliviado por la globalización, lo que más odiaba, las masas caracterizadas con uniforme humano y preciosas máscaras de ridículo amaneramiento. Recordó una imagen de un libro de historia cuando estudiaba el preciosismo de la sociedad francesa en el siglo XVII.

El reloj de cuerda marcaba las nueve menos cuarto, los chiringuitos estaban repletos a esa hora porque televisaban un partido interesante de fútbol de dos equipos de primera división en la liga española.

‑¿Me pone una cerveza y un bocadillo de tortilla?

‑¿Quinto o mediana....?

‑Mejor una jarra de barril..., gracias.

En el espejo del lavabo se miró de la cabeza a los pies. Mojado sin llover. Tenía un aspecto lamentable. La gente no se había percatado porque el balón les mantenía en trance. Atrapados por la pequeña pantalla, gritaban enfervorizados, vitoreaban, insultaban eufóricos a los jugadores, al entrenador, al árbitro, al presidente del club, a la afición rival... ¿aquello era un deporte? La humanidad se sujetaba con muletas. Quizás Andy fuera la desmedida, la antítesis de la paradoja, el veinte por ciento del pensamiento de la población, sí, seguramente se quejaba de todo, refunfuñaba y se había vuelto huraño urbanizador de la razón, despotricando esto y lo otro, repitiendo siempre las mismas palabras nefastas, inductoras a la depresión. Sí, desde luego se comía el coco cantidad... pero es que no podía entender la mayoría de las cosas que con un poquito de esfuerzo serían problemas solucionados. Pecaba de ingenuo... de inocente. Nunca aprendería...

Entendía el deporte necesario y muy sano, incluso la competitividad podía llegar a ser escalafón o plataforma de la amistad, claro que miraba el lado positivo. Pero lo que antes se denominaba deporte, ahora, llevado al paroxismo, era un hipnótico para dormir las malas conciencias y poder dominar fácilmente a los ciudadanos cada día más cruzados de brazos.

No podía entender el gran movimiento de dinero que se manejaba y lo que es más, la ironía de las pobres gentes que lo generaban; muchos de ellos no tenían para dar de comer a sus hijos. Eran los más entusiastas sin conocer la derrota del fanatismo. Decididamente el Balón‑pie era un negocio‑político mafioso, uno más de ellos, entrando en todas las casas, asolando en la prensa rosa del corazón, iniciando sucesos violentos, enfermizos, dejados sobre las gradas de los campos... rabia, racismo... y sangre. Mas líbranos del mal, amén.

Cada jugada polémica, cada gol, venía seguido por petardos y cohetes.

Al margen de la historia, Andy se secó y adecentó lo mejor que pudo. Comió, bebió, pagó y marchó lo más discretamente posible entre los jalonados gritos de los hinchas histéricos que habían presenciado un tanto de su equipo.

‑¡Joder con la peña!, dejadme pasar, por favor, que voy a salir a la calle.

‑¿Qué pasa, es que no te alegras de que hemos marcado? ¿No serás un cabrón del otro...?

‑No, no, que va. Me alegro un montón, estoy contento y satisfecho, por eso me voy, porque ya sé que ganamos...

‑Oye espera, ‑olía a litros de cerveza‑. Colegas, aquí tenemos a un detractor que se burla de nuestra afición y de nuestros colores.

‑Démosle un escarmiento para que no vuelva a venir por aquí, traidor.

Lo agarraron entre no sé cuantos, lo zarandearon, le golpearon y maltrataron, echándolo a patadas a la calle. Todos reían, se había cumplido su ley. El tiempo seguía estando en el mismo lugar. ÚItimamente el suelo se había convertido en su trono y lo ocupaba asiduamente.

Pese a los moratones, Andy sintió alivio... después de la tormenta llegaba la merecida calma. La vida no le había dado ningún abrazo, así que no tenía demasiado que agradecer. Andy el perdedor, ‑se decía que los perdedores son los verdaderos artistas de la existencia‑ resumía su pasado en una lucha de espermatozoides, de la que por desgracia resultó ser el ¿vencedor?, penetrando en la trompa materna, el útero y la estancia en la placenta. Fueron, ‑se atrevería a decir, los días más felices‑. ¿Porqué su Madre no había abortado?, le habría hecho un gran favor.

No conseguía encontrar un sendero que le llevara al equilibrio, a la estabilidad de una vida cerebrada. La ambigua leyenda de múltiples personalidades, ramificaban sus mentes por distintas morales, instintos secretos jamás compartidos por la memoria guiada por la diversidad de almas y corazones. Como vulgar baraja de naipes marcados y repartidos en infiernos que comenzaban a arder. Arrepentimiento, buena conducta. Un tropiezo y otra vez a la celda de castigo. Hoy no había platos sobre la mesa. En la radio música clásica, el último que cierre la puerta...

Una barquita en el Pacífico navega en aguas de seda, sin tripulación.

Qué puede haber más sensato que los elementos unidos en calma.

‑Hoy no vas al colegio, hijo, tienes mucha fiebre. Levanta un momento y siéntate aquí, ‑acercando una silla‑ mientras te hago la cama.

Acatarrado, se adentraba en la limpia suavidad táctil de sábanas perfumadas de acogedora protección y lazos emotivos de seguridad.

‑Te quiero mamita... te quiero mucho... ¿me vas a contar un cuento?

‑Mamita también te quiere, pequeño. Más que a nada en el mundo... claro que te voy a contar un cuento.

Sentándose al borde de la cama, le ponía la mano sanadora de una Madre en la frente para controlar la calentura.

La mujer procuraba retener en la memoria las historias que le contaron de niña, que no eran muchas. Eran tiempos difíciles, de pobreza y calamidades. Desde los ocho años se ocupaba de dos hermanos menores y de hacer las labores de casa. Debía ayudar a su madre enferma... su padre... le dijeron que murió en la guerra, ella obró con cautela y nunca preguntó para averiguar la verdad. Estaba segura que no le agradaría, así que optó por callar y tragarse la curiosidad.

Casi siempre terminaba por inventarse uno, empezaba improvisando y se sorprendía del cauce imaginativo que poseía, ella, una mujer tan voluble, o eso creía por entonces. ‑Quizás por ahí le venía la vena literaria a Andy.

‑Esto pasó hace mucho, muchísimo tiempo. en una tierra virgen donde poblaban los pastos para los animales de la zona. Un hermoso y frondoso bosque flanqueaba un tierno valle en la falda de unas montañas tan altas como los vientos que pintaban los cielos de purpurina, creando efectos mágicos. En este punto el chiquitín ya dormía, mas la Madre seguía hablando acaso para saber como finalizaba "su cuento", o tal vez para acercarse lo ilimitable a una infancia que hasta entonces no había sentido su aguijón.

Otras noches, cuando no había cuento, Andy esperaba con los ojos cerrados que el sueño se apoderase de él. Se entretenía en seguir el rastro de la mujer. Pasos que circulaban por las distintas habitaciones, imaginaba los instantes, las situaciones. Madre deslizaba la escoba por el piso. Su mano batía huevos en el plato con un tenedor y vertía el contenido revuelto sobre el aceite hirviendo de la sartén. Encendía y apagaba las luces sombreando las paredes del pasillo. Abría y cerraba los grifos goteantes. Una suave y reconfortante quietud de bienestar y armonía se adueñaba a esas horas de la casa. Aquellos simples y mundanos ruidos estaban encantados por una fina textura, una capa de estrellas causantes de un sueño que llegaba apacible y fantástico, el dulce beso de buenas noches.

De lejos se oía el cucú de algún reloj marcando los cuartos. Incrédulo experimentado, no deseaba tropezar de nuevo en la misma piedra, reincidió en asegurarse de la hora que señalaba su reloj de muñeca, las doce y trece minutos. Bien, volvía a estar donde se suponía que debía estar, entre los restos fecales de los mortales. Se acordó de Andreas y su fiesta. Buscó en el bolsillo el papel de fumar, asomó cuando ya lo daba por perdido, hecho una bola arrugada. Encaminó sus botas hacia la dirección anotada. Llamó varias veces al timbre. Esperó. Aporreó con la mano. Esperó. Pegó la oreja a la puerta y esperó, se oían voces, risas y música de fondo y más cerca unos tacones agigantándose.

Por lo menos no le clavaron un cuchillo en la espalda mientras esperaba que le abrieran... los había con suerte, ¿el que quedaba o el que se iba...? El local era "guapo", espacioso y ahora estaba lleno a rebosar, repleto de jóvenes y no tan jóvenes, bebiendo con vasos de plástico y charlando animosamente. Las carcajadas y el ambiente cargado denotaba que llevaban rato dándose impulso hasta llegar a una adulterada y absurda mismidad que desaparecería tan pronto se disiparan las burbujas y se encontraran de cara al cristal opaco de gran angular, otorgando las imperfecciones grotescas de la pantomima llevada hasta el extremo de doblar campanas de duelo. Entonces llorarían ríos de penitencia. Vomitarían sangre en el carnaval del País de las Mil Maravillas ¿Alicia ya no vive aquí? No tengo ni idea, pregúntale a Alicia.

Andy paseaba con una bebida en la mano, escuchando frases sueltas que si las unías creabas la nada. O para hallar la nada tenías que haberlo probado todo. ¿Todo y nada eran la misma persona? Un grupo de chicos repetían "...tocan bien ¿eh?". Por lo menos las tres veces que pasó por su lado.

... pídeme una cerveza... no veas que tetas... tocan bien ¿eh?... te has fijado en aquel tipo... qué uñas tan largas, cómo consigues no mordértelas... son postizas... el colega se ha vuelto misógamo después de tres matrimonios... tocan bien ¿eh?... tenemos que vernos más a menudo... ¿un refresco?... está buenísimo... joder tío... hostia tía, me has quemado el vestido con la mierda del cigarro... vaya ciego que llevo... tocan bien ¿eh? Palmadas en la espalda, besos en las mejillas. En el lavabo una pareja follando sin el menor pudor.

Primer tiempo de la sonata para Arpa.

Sus amigos "Mentehumana Stres Band" actuaban sobre un improvisado palco de madera y metal. El guitarrista rasgaba las primeras notas del "Ojalá estuvieras aquí" del grupo psicodélico Pink Floyd, canción homenaje con connotaciones de dolor para un ácido Syd Barrett. Líder carismático, creativo y colgado que acabó mal como tantos en los años cincuenta, sesenta y setenta, por citar una época "clave" del siglo XX. Todos los siglos, lógicamente han tenido genios malogrados... pero toca el turno de esta etapa más caliente, próxima y reciente para Andy López.

En los cincuenta, a ritmo de Jazz, los Beatniks rechazaron los valores tradicionalmente instituidos y dejando el estatismo, llevaron una vida nómada.

Un grupo literario sembró el escándalo en la América de postguerra, formando la llamada Generación Beat. Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso, William Burroughs y en un apartado especial encabezando la lista, Jack Kerouac, fueron los Padres de la Generación perdida. Compartieron viaje, kilómetros y conocimientos en vagones de trenes o en auto‑stop. Hace falta mencionar que la sociedad embadurnada de conservadurismo, les tachó de amorales y a "su música", Jazz, de infernal.

El antiestablecimiento y el proceso de crisis se agudizó con la estúpida guerra de Vietnam. Ellos, los Beatniks, iniciaron un largo camino que aún hoy seguimos recorriendo. Rompieron esquemas y ofrecieron nuevas visiones. Unos murieron por las minas en la batalla, otros minados por el alcohol y el frío, vagabundeando por las calles testimoniales. La decadencia del movimiento no se acabó aquí. A mediados de los sesenta les sucedieron los Hippies. Hip venía a decir: sabio experimento, según la traducción en la jerga del Jazz negro. Aquello fue un intento de cambiar el Mundo. De ideología nihilista y utopista, platicando filosofías de Buda y de Cristo, el primer pacificador Hippie, cultivaron la tierra en comunas huyendo de las grandes ciudades, buscando el primitivismo de lo esencial y puro principio de la Madre Naturaleza, reencontrando las costumbres de los indios americanos. La realeza de las tribus pioneras en esas tierras, hasta que el hombre blanco se las arrebató, haciéndoselas suyas.

En Francia hubo el Mayo del sesenta y ocho con Dani El Rojo al frente de las revueltas estudiantiles. Había nacido la Contracultura, rechazo de la cultura establecida, del capitalismo y búsqueda de diferente modelo de sociedad. Reivindicando la novedad, la imaginación, la percepción, la espontaneidad, en contra de la tradición, estructura, organización, racionalidad, productivismo...

En España con la muerte del dictador Francisco Franco, termina una larga fase de tercermundismo y de analfabetismo. Es el fin de la opresión fascista y el comienzo de una brindada por la mayoría, transición hacia la democracia. Llega con atraso, pero llega lo que hasta entonces había estado vetado. Se conocen las nuevas músicas, la literatura, el cine sin censuras. Con años de diferencia a otros países, se vive la época del pelo largo, la minifalda, la píldora, Ibiza y Formentera, paz y libertad, la igualdad de los sexos, el amor libre... ¡haz el amor y no la guerra!. Sexo, droga y Rock & Roll. Hermandad y buen rollo, manifestaciones en el ámbito de la enseñanza. Naturaleza y festivales multitudinarios al aire libre que duran días. El Jazz se ve ya con buenos ojos, incluso se baila en los salones comerciales. El Rock es ahora el elemento subversivo, "el ruido infernal" de los jóvenes contestatarios. Se experimenta con las fusiones, creando mestizajes con el Blues, Country, Soul, Espirituales, Folk, Hard, Reggae, salsa, son, ritmos africanos, hindúes... sinfónicos, etcétera.

Varios años se tomaron de una sola dosis, se quiso vivir demasiado aprisa, sin conocer las contraindicaciones. Faltaba información, nadie les había dado el prospecto, nadie conocía la posología ni la composición, las precauciones y mucho menos las interacciones y efectos secundarios. Así las drogas duras empezaron a causar estragos, como dependencias, intoxicaciones y síntomas de sobredosificación.

Fantástico mientras duró, pero las flores acabaron marchitándose.

El mismo consumismo por el que quemaron banderas, al final engulló la Rebelión siendo objeto material en el mercado industrial de las Multinacionales.

Andy López era uno de los que sobrevivieron a la "Generación Perdida". Casi todos los amigos yacían bajo frías losas o caminaban sin reflejos, babeando por los pasillos de psiquiátricos estereotipados.

Ciertamente, reconocía su suerte, aunque solía dudar de ella.

"Mentehumana Stres Band" dieron un recital de canciones de culto para a continuación dar paso a los frutos de su propia cosecha, lo hacían francamente bien. Auténticos profesionales no consagrados por los medios del Marketing.

Cristian "El Púas", tocaba la guitarra desde los siete años, lo suyo era vocacional. Llevaba púas por los bolsillos, de todos los colores y formas. En casa tenía una amplia y extensa colección... de ahí el mote.

‑Qué pasa, me dan suerte chico. Es mi "Karma".

Tenía también obsesión por lo esotérico y místico, creía en el periespíritu, todo ello proveniente de alguna rebelión muerta.

Las luces mortecinas del local iban conectadas al amplificador, al compás del voltaje de animosidad de la pieza interpretada.

Conocía a todos los miembros de la banda. Vivían haciendo bolos por los locales más cañeros de Barcelona y provincias, San Sebastián, Zaragoza, Madrid... Con frecuencia las pequeñas giras resultaban un viaje constante... pero disfrutaban con ello y habían logrado algo muy importante en la vida: hacer lo que les daba la gana.

Alí "El Negro" era afroamericano, del estado de Mississippi. Su perfil recordaba a Martín Luther King y se jactaba de haberle estrechado la mano en el sesenta y ocho, antes de que le asesinaran.

‑Yo había ido a Montgomery, Alabama, a casa de un pariente. Y allí, pasábamos por un parque lleno de gente. Aquello no solía estar tan concurrido así que pregunté a un hermano y me dice todo iluminado: Muchacho, ¡está hablando nuestro pastor! Escucha sus palabras porque son sabias y defienden los derechos de los hermanos negros.

‑¡Joder, cuando le vi! Me quedé blanco, hermano, platicaba con una fuerza que se te metía aquí, en el corazón. Al bajar del palco, me acerqué a saludarle, le dije: Hermano, soy Alí El Negro, me ha gustado mucho tu discurso, te deseo larga vida. Jo, un mes más tarde le mataron, ¡qué hijoputas!

Alí tenía cincuenta y nueve años. Tocaba el saxo, la trompeta y la armónica de boca con facilidad, sentimiento y maestría. Sí señor, todo un profesional del Arte y sensibilización musical.

Mustafá "El Legal", había ejercido la abogacía. Tras comprobarse su valía, lo retiraron del cargo por malversación, abuso de poder y violación a una letrada lesbiana y a su amante, testigo de cargo. En el juicio le cayeron diez años y dos días por premeditación y alevosía. Pero su colega abogado con una actuación acrobática, consiguió rebajar la pena a tres años por estar el acusado en tratamiento con metadona, para reinsertarse a la sociedad y presentar elipsis mentales, lagunas y otras psicosis provenientes de cascos de bala en su guerra interna.

‑En el "Meco" no te enseñan nada bueno. Hay más drogas que afuera. Te petan el culo al llegar y te siguen dando por ahí hasta que sales, si lo logras... Verás, si entra un hombre inocente y te lo digo yo, amigo, escucha, si viene a dar con sus huesos al "talego" un tipo que no ha hecho nada malo y convive días y noches durante largos años, con delincuentes habituales, asesinos, rateros, mafiosos, yonkis... no logrará mantenerse al margen, es imposible arrinconarse, ajeno a lo que sucede por mucho tiempo, porque hasta la escoria necesita amigos y con el roce, aprenderá de ellos, sí, hombre. Uno es lo que es su entorno y alrededor sólo existen barrotes y filos cortantes... es peligroso, eso te perseguirá siempre. La mayoría cuando salen, se sienten inadaptados y eso les hará delinquir para volver a "casa" con la familia.

Mustafá salió con un huésped en el cuerpo: el virus del Sida.

Al principio daba tumbos sin encontrar dirección alguna, con la rabia de la impotencia royéndole por dentro. Continuamente iba "taja"; asiduamente se encontraba en el centro de trifulcas y reyertas callejeras.

Se hallaba desahuciado, acabado, harto de todo... dispuesto a la tragedia, cuando coincidió con Andreas... El bueno de Andreas le persuadió y sedujo con la idea de integrarse al conjunto, dados sus conocimientos de percusión. Mustafá "El Legal", sin dañar a nadie, había encontrado su desahogo al frente de la batería. La pasma dejó de importunarle y controlarle constantemente y le saludaban con simpatía. He ahí el caso de un hombre redimido, que supo contener su belicoso destino.

Gloria Benítez era colombiana. Vino a España a terminar las clases de canto y de piano en el Conservatorio. Se pagaba el alquiler colaborando en talleres de músicos y en orquestas. Obtuvo el permiso de residencia y ya no regresó a su país, atrapada por el clima mediterráneo. Tenía una voz milimétricamente privilegiada. ‑¿Tú viste, papi, tú sabes qué cosa?

Al bajo le daba Andreas, acompañando en los coros.

‑Gracias... esta canción lleva por título: Agujas y Galletas de Coco... y está dedicada a aquellos amigos que recorrieron trayecto en los vagones de un mismo tren y por diversas casualidades fueron apeándose en distintas estaciones... Allí, donde quiera que estéis, no os olvidamos...

Gloria y su voz irrumpió triste, melancólica, percibiendo un imaginario y gris sendero en la orilla exacta, donde dibuja el horizonte una línea dimensional de profundo poder de reflexión...

‑"Me penetraron tus ojos trigueños, pequeña noche nómada que no has existido. Acompañado de Soledad, la lluvia baila mi Norte, marea el abrupto interior. Así es mejor. Baila mi Sur hasta caer en tierra, curvas de arena oscilando... allá, péndulo de estrellas brillando, astillando la oscuridad. Carne de pescado, pensamiento salado. Me perderé en este Mundo blando, me encontraré encima de un Mundo duro, difícil. Cómplice y maduro. Lo sé de buena tinta. Ilusión se fue a la esquina... agujas y galletas de coco. Ebrio de humanidad, lárgate humillación. Baila mi Norte, baila mi Sur, hasta caer en tierra herida... tierra de todos".

La sala se llenó de merecidos aplausos. Andreas se adelantó para anunciar la próxima canción tras dar las gracias repetidas veces.

‑Ahora, una de nuestras favoritas y de las primeras que compusimos. El autor de la letra está aquí esta noche entre nosotros... Andy López... Venga una de manos. La canción se llama "El loco del Sueño" y os puedo decir que no es biográfica. Subió Andy al estrado, saludó efusivo a sus viejos compañeros, mientras le halagaban y hablaban de adolescencias, escogió unos bongos afrocubanos de los tres que estaban en el escenario.

‑No os he dicho que al principio de la formación del grupo, Andy era "El manitas" con los bongos y las congas... luego se dedicó a escribir, un poco de promoción nunca va mal, ¿verdad?, encontraréis su libro en los quioscos y tiendas del ramo. ¿Eh, qué?, ¡ah!, que cómo se llama, claro que idiota, si no lo he mencionado. La novela que ha escrito Andy se titula: "Entre piedras y arena, hojas y mariposas". Os la recomiendo. Bueno, vamos a tocar la canción de Andy, él nos acompañará con la parte de percusión añadida, ¿vale? Venga.

Cada nota sonaba a deseos no acontecidos, a noches de charla entrañable, a la risa de un niño, a su primer paso, el primer beso... primer amor. El adiós de la lluvia cruzada por la flecha que lanza el arco... iris. Iluminaciones ilustradas que despiertan alucinaciones de imposibles.

Andy dejó de golpear la piel al descubrir entre la masa a una joven que le miraba de manera diabólica y espasmódica, como si en un trance se hallara. La chica era Marta Rubens y se ajustaba la chaqueta, ¿se marchaba? Sí, se iba. Abrió la puerta, le miró con ojos desorbitados destellando indignación y salió dejando la puerta entornada a modo de reclamo, o eso creyó él. Tenía que alcanzarla.

‑Bueno, amigos, esto pasó hace muchos lustros, ya me siento la espalda contraída, je, je, ‑rió. La falta de costumbre. De todas formas he disfrutado. Gracias por rememorar una época importante. Seguid gozando de esta maravillosa y solemne velada... Enhorabuena a "Mentehumana Stres Band" porque son buena gente y magníficos músicos como lo están demostrando aquí, hoy, en directo. Y ahora lo siento pero debo irme... gracias, hasta pronto. Pasó corriendo entre el gentío, ya sin darle importancia a las frases cortadas que no eran más que humo desvanecido que sólo contamina la mímica dicción de labios triviales, ejes de dos orejas puntiagudas... tan blando por fuera, que se diría todo de algodón.

Avanzó a grandes zancadas por las empinadas y estiradas callejuelas. Sus ropas estaban empapadas, resoplaba y tiritaba de frío como si hubiera buceado bajo un liquido glacial.

Las saetillas apuntaban hacia las tres de la madrugada. La circular maquinaria conducía, movía y agredía el tiempo, a merced del invento humano, transgresor artilugio de orates poseídos por la ambiciosa avaricia competitiva de atravesar la medida del sueño de la muerte. Sin querer comprender que la sabia naturaleza ya se había encargado de ello.

Las ranas croaban, saltarinas y las luciérnagas brillaban con su particular verdosa fluorescencia, deseosas de emparejarse. Tronó una detonación terrorífica, agujereando el silencio físico de la materia orgánica. Dedos temblorosos mantenían apretado el gatillo de una pistola de cañón humeante... ¿nunca te ha pasado que pareces revivir una escena...? Entre olores, el que predominaba era el de la pólvora quemada. El casquillo de la bala tatuada en su pecho, tirado en el suelo, sollozos y enlace de sangre... ...de su misma sangre. Luces rojas, azules, giraban, se acercaban. Las sirenas le ensordecían. Ambulancias, policía... la urgencia llegaba con alarma de escándalo y el momento se había deteriorado. Andy, nervioso, sin reflexionar, huyó asustado, tambaleándose, sin dirección. Pensó en ir a casa, no, ¿volvía a la fiesta?... Les pondría en un compromiso. Pronto se sintió acosado por los ladridos de los perros adiestrados que los agentes utilizaban para seguir su pista. Harto y destrozado, paró en seco su carrera, se apoyó en una pared recuperando el aliento y decidió esperar. Ni siquiera sabía de qué escapaba, él sólo había... ¡matado a su padre!, ¡Dios, maldita cruz! Tomó la resolución de entregarse, debía penar por un acto tan monstruoso, que además le traía recuerdos de algún otro pasado... Súbitamente, una mano le agarró de la cazadora y le atrajo sin preguntar, al interior de un portal. Una jovencita oriental de preciosos ojos rasgados, cabello largo, liso y negro, de cuerpo celestial, le miraba en la penumbra. ¿Sería un ángel?, puesto que él creía estar en una nube deleitándose del penetrante rocío perfumado de una ninfa asiática.

‑¿Quién eres, dónde vamos?...

‑No preguntes y sígueme, ‑le respondió con dulce voz de acento de la tierra del sol naciente. Subieron los ruinosos escalones de aquella casa en aparente estado de abandono.

Andy, detrás, admiraba las redondeces corpóreas de su ángel custodio, cuyo vestido sedoso se ceñía a unas carnes creadas para ser acariciadas con pasión e ímpetu desenfrenado en una isla desierta y sin dueño. La muchacha, muñequita de movimientos gráciles, sentía el ardor del macho y la fijación de éste hacia sus nalgas y muslos. La feminidad adolescente, el ansia de agradar y una pizca de provocación "lolitista", la hicieron que exagerara aún más sus andares, poniendo especial atención en curvear las caderas con significativo énfasis de animal en celo, disfrutando del preludio de un acontecimiento cuyas riendas sostenía posesiva. Sólo ella con un sencillo chasquido podía decidir sobre el inmediato futuro: ¿Apagaría el fuego de su compañero de escalada?, se giró para ver la cara de Andy y leyó en el bulto del pantalón. El curioso estudiante, investigador de anatomía, suspiraba por cada centímetro de la hembra.

La chica le preguntó, ‑imitando a una actriz de los años treinta, creo que fue Mae West quien lo dijo, sí, creo que fue ella:

‑¿Llevas un arma en el bolsillo o es que te alegras de verme?

Las dos cosas eran ciertas. Guardaba la pistola de su padre en el bolsillo y por otro lado ejercía una erección que no podía disimular. Se sonrojó avergonzado, aparte que le doblaba la edad, no era una buena instantánea para pensar en porquerías en su situación, allí en la plena desnudez de la escalera y sin haber sido presentados como Dios manda. Insinuación, previamente le otorga el morboso saludo de Lascivia... Ahora sí.

Janina, que es como se llamaba la mujer‑niña, se dio la vuelta por completo, con una mano ardiente atrajo la boca de él hasta sus labios, besándolos, mordiéndolos, y con la otra inició la bajada de la cremallera del desconcertado, turbado, perplejo y agradecido voluntario, sacrificado deliberadamente, sin oponer resistencia a la ignominia de los intolerantes, inconformes, impacientes y desasosegados vecinos simétricos, con ojos en las mirillas de las puertas. Vigilantes escandalizados y sin embargo reducidos a la nada del silencio encubridor, cómplices de una masturbación o de una impotencia, acrecentada por la envidia y la obnubilación del ser con oblicua inclinación a la extrema vaciedad imperfecta. La verdad es lo hecho, "verum ipsum factum".

Andy, teorizaba el "manual" del empirismo, ya del todo entregado a su ama y señora doña lujuria. Exprimía la retorcida inquieta lengua de Janina, palpando los pechos golosos, abrazando las caderas precisas, amoldadas a una línea fina, tersa de la todavía niña, convertida tempranamente en el objeto de deseo de la madurez. Andy lamía la mies de su cintura suave, de fresca calentura, sosteniendo con manos omnipresentes las macizas nalgas, mollas de protuberante elevación de un culito respingón. Cambiando de sentidos, le decía al oído sonidos guturales ininteligibles de gozo y placer que formaban parte de los juegos amatorios preliminares. Janina sonriendo, le apartó cariñosamente y excitada susurró:

‑Andy, tenemos que dejarlo, anda vístete... nos hemos dejado llevar por un impulso, este no es el lugar adecuado, ni el momento y nos están esperando. Extrañado él y con dolor de ovarios ellos, a punto de estallar se agachó y apretó las carnes, estrechándolas en su cara para sentirlas al máximo, chupó los muslos, toqueteando, chequeando cada milímetro de piel mientras meneaba el pene con fuertes sacudidas... bueno, tú ya sabes cómo...

‑¡Eh, chico malo!, ¿quieres terminar, eh?, bien, me gustan los finales felices... a ver, ponte de pie... así, ajá... relajate y abre las piernas. Yo me arrodillo en cuclillas y te voy a mordisquear la puntita con mis dientes, ‑dicho y hecho‑, ¿te gusta, a que sí?, claro, esta es una de mis especialidades, la llamo "el ratoncito"... así cariño, sigue tocándome las tetas... así, así... vamos, córrete dentro de mi boca, échame toda tu leche... así, cómo me gusta..., me encanta, aaah, mmmmmm, oooooh, qué buena, me la trago, mmmm, buuufff. Me has dejado extasiada, mojada, ja, ja, tú también has disfrutado ¿eh?, qué bueno... A Andy le flaqueaban las extremidades. Asentía a todos los comentarios que hacía la chica asiática. Había jugado el rol de esclavo sometido, ahora sin duda, tendría que pagar algún tributo.

‑Oye, por cierto Janina, ¿quién nos espera allá arriba...? No me has dicho nada y yo te estoy siguiendo así por el "morro"...

‑Es que no lo sé, querido.

‑¿Qué...? Dices que nos están esperando, pero no sabes quién...

‑Sí, no lo sé, de veras, créeme.

‑¡Ah! y quieres que te crea, ¿pretendes hacerme creer que no sabes nada?, que pasabas por aquí y pensaste: voy a ver si este incauto me soba y nos lo montamos en la escalera. Qué te has creído que soy gilipollas, o qué. Es del todo absurdo y yo, yo ya no soy yo ‑estalló un Andy encolerizado, empezando a perder la paciencia.

‑Mira, chica, yo soy un tipo mediocre. Uno de tantos que te cruzas siempre por el mismo barrio, siempre a las mismas horas, en las mismas calles. Aquel que frecuenta los mismos bares y se sienta enfrente del mismo vaso. El que siempre te encuentras en la misma parada de autobús, en el asiento del mismo vagón de metro. El que salvo raras excepciones, siempre camina en solitario, apartado de los demás, con la mirada abstraída en sus mismos pensamientos, siempre en la mirada del que levanta la vista. Soy un auténtico autista, de planteamientos sencillos. Odio cualquier cambio, las alteraciones me ponen de los nervios ¿sabes?, sí, ya pueden ser buenas o malas, les temo, por eso si puedo evitarlo, ‑no siempre es fácil perteneciendo muy a mi pesar, a esta sociedad‑secta de chalados del culo, que no se enteran de la película la mitad‑, pero eso sí, luego el colgado soy yo, claro, y todo porque no valoro la puta superficialidad en que viven anclados si es sinónimo de miseria; lo que ellos creen importante no es más que un saco de basura diseñada al antojo de los pijos del marketing y sus superventas. Por ello si puedo evitarlo, nunca viajo demasiado lejos. Me he construido una fortificación en la que nadie pueda penetrar y yo intento sentirme cómodo y sin brusquedades anímicas, ¿entiendes, no? Yo ya viajé lo mío en otro tiempo, sí amiga, tenías que haberme conocido entonces. Aquello era diferente, la vieja escuela, la época dorada. Las gentes trataban de renacer, de conocerse, de preocuparse unos de otros, aquello era "guapo", conocía a todo dios viviente, recorrí parte de Europa y Asia y algo de África, tenía colegas en infinidad de ciudades, ¿te imaginas cómo era?, joder, conviví en diferentes culturas y pueblos de etnias generosas, aferrados a tierras arrasadas por las pobrezas, siempre del mismo rico y jodido terrateniente.

Bueno, ‑arqueó los ojos, completamente en blanco‑, dejemos la cháchara. Desde hace apenas unos días me están ocurriendo un glosario encadenado de situaciones que no comprendo y me están convirtiendo en una persona violenta, me desconozco y si no me aclaras este tema, ‑emergió una voz enérgica con un tono de enervante psicopatía‑, estoy dispuesto a recurrir a esta locura que me tiene ciego de rabia, ‑sacó el revolver del bolsillo‑. Ahora te repito la misma pregunta: quién o qué nos espera ahí arriba y tú qué tienes que ver en esto, ¿me habéis tendido una trampa?, ¡habla!, ¿qué me estáis ocultando? Dime algo, porque ya se me han cruzado los cables y no deseo hacerte daño, juro que sólo quiero oir esa preciosa voz contándome la historia que está ocurriendo y que ya no debo permanecer más al margen de este cruel y desesperante desconocimiento total... pido cooperación.

Janina, con la boca del pequeño, pero mortífero cañón, apuntándole en la sien, decidió hablar.

‑Aunque quisiera satisfacerte, en serio te lo digo, no podré serte de mucha ayuda en desentrañar el problema que dices tener. En lo que respecta a mí, es bien sencillo: un hombre me llamó a casa, ofreciéndome un dineral para estar aquí y subir contigo, pero te juro yo también, que no le conozco personalmente. Me pareció extraño, pero la plata me decidió a aceptar un trato que resultaba fácil, o eso me creí entonces.

‑¿Y te dijo que me regalaras tus favores?

‑¡Eh, alto ahí!, por eso ya no paso, yo tengo decisión propia. No niego que me sentí atraída, ¿eso es castigable?, me di perfecta cuenta de cómo me desnudabas con los ojos... lo otro vino rodado por sí solo, yo no busqué nada, ¿es que te arrepientes?, no lo entiendo chico, vas quemado, te doy un poco de cuartel... ¿y te quejas?, jo, qué tío más rarito. Hemos pasado un buen rato ¿no?, pues ya está, ¿así me lo pagas?, no he cometido ningún atropello ni acto vandálico, ni censurable para merecer este trato, además te ayudé a que la "bofia" no te pillara, ¿lo olvidaste?

‑Desde luego es verdad, sí, tengo que agradecértelo, lo siento, la he jodido, perdona hostia, pido disculpas... pareces una tía legal y yo estoy hecho una mierda y ya no razono... si te explicara... Estos últimos días han sido infernales, no sé, creo que me he puesto enfermo, no comprendo lo que pasa a mi alrededor... todo va demasiado rápido... no lo asimilo, no, ‑bajó la pistola y cerró los ojos en un suspiro de cabreo.

La pareja, llevados por la necesidad de extraer a la superficie sus más profundas sensibilidades, se fundieron en el abrazo del miedo y las lágrimas copularon discretamente.

Acabaron de subir los peldaños que les separaban del quinto piso y quién sabe si de las respuestas que tanto esperaba Andy López.

‑Es aquí... quinto primera, sí, lo tengo anotado, ‑rebuscó en el bolso y sustrajo una libretita, se aseguró ‑sí, es aquí ¿qué hacemos, llamamos?

‑Claro que debo llamar, pero tú ya has hecho bastante, mejor vete...

‑¡Qué dices!, yo entro contigo... estoy intrigada ante esta incógnita. Además me tienen que pagar lo acordado.

‑¡Ah, claro!. Es por el puto dinero...

‑Bueno, lo necesito pero sospecho que también a ti. No eres un capricho para mí, no sé qué sientes tú, me gustaría que me lo contaras luego, cuando salgamos. Es la primera vez que me declaro a un hombre, no me lo pongas difícil, te invito a una cena romántica... con velas y tal, ¿vale?

Accionó el timbre en señal de respuesta.

Una nueva puerta dio lugar a una nueva rareza, a una sorprendente, extraordinaria e incomprensible figura que le cogió desprevenido y sintiendo una nausea visceral, vomitó en sus adentros.

‑Hola, pase por favor... le estábamos esperando.

¿Qué diantre hacía aquí el Sargento Martínez vestido de mayordomo?

‑Sígame señor, sin temor, ‑entró precediendo el paso en una sala de pequeñas dimensiones, le hizo sentar y conectó un televisor en color de catorce pulgadas, ‑aquí tiene unas revistas si prefiere leer, póngase cómodo que en unos instantes le atenderán, gracias, ‑se evaporó sin más dilación.

‑¡Eeeh!, espere..., ‑ciertamente había desaparecido.

Pase, sígame... ¿singulares?, se encontraba solo, ¿y Janina?, no la veía, pero había estado allí, existía... todavía notaba la sal en su mejilla, el escozor en el corazón... y en el glande, una irritación.

Estaba siendo objeto de burla. Era el conejo de indias de algún mago desaprensivo que le hacía desaparecer a su antojo, o le sacaba del sombrero, convertido en paloma. Era un número de magia, una carta en la bocamanga, un pañuelo anudado a otros de muchos colores. Una varita y unos polvos le transformaban en transitivo, transmutado en análisis simbólico de un experimento psíquico a metafísico por una supuesta y secreta alquimia aleatoria. O eso o es que la vida es sueño, como diría Calderón, ¿lo era?, ¿en qué lado de la calle vivió Schopenhauer? Seguro que en el más salvaje. O tal vez, Andy, fuera un diente roedor en constante evolución o un embrión perenne, metamorfoseado por una mente desdoblada. Un eyaculador de vidas superpuestas, difusionadas atrozmente en el obsolescente e inanimado cadalso, de soga ridiculizada por la inocencia de un innecesario diluvio caleidoscópico de alusiones suicidas. Resumiendo ¿se había vuelto majara, o le subían los tripis de los setenta? ¡ni hablar!, ni pensamientos de ello ¡nada!, que no se iba a dejar vencer tan fácilmente, con cada dificultad se haría más fuerte. Todo se regía por una lógica que algo despistaba su búsqueda, confundiendo el dietario de un Misoneísta por la agenda de un disoluto acróstico, cuyo maleficio, llevaba gravado sus iniciales.

Un Cuarteto chino para cuerda y un Vals lento para orquesta, de Hauer. En el minúsculo televisor pasaban imágenes de las guerras que inquietaban al Mundo. Escenas hirientes de estremecimiento y compasión. Niños y niñas haraposos, famélicos, esnifando cola, prostituyéndose en Brasil. Negritos mutilados, cubiertos de moscas y hambruna del Este, Asia, África... minas de tierra, bombas biológicas..., despiadado... Cómo se iban a arreglar las cosas, si hasta la pobreza constituía un negocio. Andy, desconsolado cambió de canal; en otro daban "Sansón y Dalila", María Calas cantaba "Mi corazón se abre a tu voz". En otro los "Simpson" divertían con sus locuaces e inteligentes diálogos irónicos, intento de despertar la moral social conservadora, sumida en un letargo sin aparente final. Topos, dormilones y marmotas acaudaladas con recursos para varias reencarnaciones, con refugios antinucleares y reservas de provisiones para cualquier posible imprevisto de emergencia general. Pongamos que hablo de Madrid.

Pero Andy también conocía buena gente que se preocupaba por los marginados, los sin techo, los niños, las mujeres maltratadas y sabía de organizaciones no gubernamentales o gubernativas, de Médicos sin fronteras, de misioneros y protectores de animales, de conservación de la naturaleza y muchos jóvenes voluntarios, solidarios de causas benefactoras para el planeta. Jóvenes militantes, conscientes de la falta de unión del pueblo caníbal y de la contranatura por parte de las naciones gigantes y Estados manipuladores que se atrevían a llamarse Unidos, ‑jerga intelectualoide de sesos contorneándose, desnudos por los jardincillos atrancados por ficticias verjas, de cicatrices y pesadillas de perro atado a su propio hueso. Rejas en ventanas asegurando un confortable sillón junto al televisor y un "Reality Show yankee smiling superficial". Orgullosas tradiciones se trituraban por manos vagabundas. Himnos bien machacados hasta convertirse en un líquido blanco. A continuación se almacenaba en moldes y una vez secos formaban una gruesa masa que se reciclaba repetidamente, en impensantes sesos miméticos de cartón piedra que ahora se contorneaban, vestidos con pudor, por extraños dirigentes alienígenas sectarios promotores de anuncios publicitarios. Una hora menos en Canarias.

Así es, Andy tenía trato con sujetos concienciados, comprometidos a fines admirables que cuidaban bosques y selvas amenazadas, que luchaban y se manifestaban contra los mares y ríos contaminados por vertidos de indiferente progreso industrial y capas de burocracia, estratos financieros, ostentosos intereses y cotizados bursátiles compulsivos. Estas personas sensibilizadas, leían los labios al futuro, traduciendo fielmente los derroteros de la historia, protestando y desafiando a los "malos", exigiendo los derechos humanos de un código inextinguido, esperando una desesperada muestra de reacción tardía que demostraría el sano juicio de las mafias. Pero éstas, sin dejarse ver, no daban opción y todo quedaba en tiempos de ley seca, espejismo y luz de gas.

‑Menos armamento, queremos alimento, ‑gritaban los del Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico, unidos a los Anarcosindicalistas y a los camaradas Bolcheviques, seguidores trotskistas, marxistas‑leninistas. O eso creía Andy López, no muy docto en política.

‑Con el gobierno fascista, los ricos enriquecen y los pobres empobrecen.

Esgrimían pancartas, palos, piedras y puños de hierro levantados.

La noche en el monte pelado, para piano, de Musorgskij.

‑Puta, puta, tu madre es una puta...

Los niños blandían esa palabra, inocentemente, sin conocer su significado. Era una de tantas palabras "prohibidas" que sólo podían decir los mayores. El sólo hecho de pronunciarla les podía costar una colleja, la frase de "niño, eso no se dice" y en el peor de los casos un castigo ejemplar. Andy tenía ocho años la primera vez que la escuchó, tampoco sabía muy bien qué quería expresar, aunque claro está se auguraba un insulto...

Iba al horno a comprar pan y las orugas subían en hilera, con un fuerte olor a cebada, por las paredes amarillas de la fábrica de cerveza. Desde entonces la cebada siempre iría unida a las orugas, a aquellas mañanas que bajaba a por el pan y asociado a la fábrica de cerveza y viceversa. Muchas veces bebiendo uno de aquellos botellines le venían las imágenes del crujir de pan tierno y las calles de poco tránsito, por esos días que circulaban despacio los tranvías, las bicicletas y ciclomotores con sidecar.

En la Avenida Cosmopolitana habían carpas de feria. Andy se quedó pasmado allí de pie, viendo una representación surrealista, ‑escuchó que murmuraban a su alrededor. También dijeron que estaba prohibida, él no tenía ni idea de qué quería decir surrealista y le llamó la atención lo de prohibida: ¿conocería por fin lo que era una puta?

Los actores comunicaban con gestos y ademanes corporales su visión alucinada de la obra "Un perro andaluz" de Buñuel, con guión de Dalí. Un poema de imposible traducción y comprensión que al pequeño Andy impactó.

Con una cuchilla de afeitar, el mimo cortaba el globo ocular gelatinoso de una muñeca tamaño natural. En una de sus blancas manos tenía pintado un ojo que lloraba hormigas. En el fondo del teatrillo, entre bambalinas, dormían burros sobre pianos y estirando los pliegues de una sábana en forma de pantalla cinematográfica, proyectaban sombras chinescas. De súbito, un silbido en clave, anunció que llegaba la policía. Rápidamente el decorado del escenario se transformó en un infantil palco donde unos títeres discrepaban simpáticamente dándose porrazos en la cabeza. El público entregado, reía las pantomimas de burla dedicadas a las autoridades y no a los vapuleos de los monigotes, como entendían los guardia civiles que reían también. Así, todos disfrutaban de las mismas risas.

Un hombre hacía fotos desde una caja de fuelle, que era la cámara oscura apoyada en un trípode y enfrente un caballo de cartón, cansado de posar con traviesos niños que subían a sus lomos y altivos, serios y rectos adultos que desconfiaban del objetivo que todo lo veía. ¿Sería verdad que robaba el alma? Atentos, miren el pajarito... clic.

Una familia de gitanillos, acompañados por un organillo y un acordeón, cantaban y bailaban raíces flamencas. Una cabra subida a un taburete, posaba altanera, soñando en picos rocosos. Un chimpancé vestido con chaleco, frac y sombrero de copa, aguantaba un aro por cuyo interior saltaba una perrita caniche de blanco pelaje. El mono, al término de la función, pasaba un gorro sin color, de lo viejo y las lluvias caídas. ¡Oye!, pues el monito con la gracia y el gorrito, recaudando aplausos recogía su dinerito.

Aquella mañana soleada de finales de marzo, la avenida lucía de gala, alborotada de colores vivos, manzanas con gusanos de caramelo, farolillos verbeneros de papel celofán, nubes de algodón de azúcar. Llamativas sombras cubiertas de confeti y tristezas rociadas por un pacto silencioso que gritaban la necesidad del festejo, predicando diversión y alegría, jolgorio entre la concurrencia y el tumulto. "Todo va de la mejor manera en el peor de los mundos posibles", Baudelaire. La música y las danzas tradicionales giraban decoradas al son de las palmadas de peluche, ganados en el tiro con unas escopetas que nunca apuntaban recto y tras descubrir el truco del desequilibrio, ya podían caer palillos y puros hasta lograr el regalo, bagatela insignificante, pero ofrecido como tributo entre comicidad y sencillez. Con el orgullo de llevar el acuse de recibo del trofeo mayor de un safari africano. Hijos dignos, portadores de la envidia de los demás. El circo de variedades llegaba cada año a Cosmopolitano por las mismas fechas y permanecía alrededor de una semana de continuo carrusel.

Sammy, el hijo del trapecista y de la mujer más fea del mundo, le decía a su amigo Andy, una bucólica tarde de despedida:

‑Andy, eres un buen amigo, payo... pero amigo.

‑Mira el calé este, ‑sonrió‑, que más da el color de nuestras pieles, que más da la diferencia de culturas y de hábitos, si los elementos de la Naturaleza son igual para ambos. Nuestros sentidos más primitivos son los mismos... y podemos intercambiar conocimientos que tendría que ser motivo de unión y no de desacuerdo y discriminación... merecemos el mismo trato...

‑Cierto, aunque quizá cambiemos cuando crezcamos, los adultos se mueven más por intereses... Bueno... ya está todo el campamento recogido, nos veremos el año próximo. Recuerda lo que te conté ayer y cuídate, que estás muy flaco.

‑Es demasiado hermoso, ¿cómo podría olvidarlo? Cuando los cielos estén rojos bueno... sonrosados, da igual si es la Aurora o el Alba que le precede, el Ocaso, un sueño, un efecto óptico, una superposición de colores creados por temporales de luz; cuando el cielo se encienda y enrojezca, ya sea por celos o por vergüenza, yo veré acercándose entre las nubes, una caravana que llega para hacer reír a seres desgraciados y olvidados de la mano de Dios. Será el cielo de los gitanos y pensaré en ti, amigo calé.

Se dieron las manos, pero les supo a poco y abrazaron sus cuerpos sintiendo la fuerza de la amistad en medio del clamor del desalojo, del lánguido desierto desocupado de llenos. Las carpas habían sido arrancadas de cuajo, la Avenida se quedaba yerma y sin espectáculo.

Las familias guardaban las penas dentro de los carromatos. Todo listo, empezaron a desfilar camino del Sur. Eran nómadas buscando el calor del clima y del alma anónima.

Andy, a punto de cumplir los nueve años, saludaba con escondida tristeza, agitando la mano a sus amigos exhibicionistas. A Sammy y a sus padres, a los del mono, la cabra y la perrita caniche, a los del tiovivo, a los de los autos de choque, al escapista y al mago, al domador de pulgas y leones, a las bailarinas, al fotógrafo ladrón de almas y a una larga y profunda estela que se perdía en el camino, entonces de arena, desapareciendo con el polvo que las grandes ruedas de madera levantaban, como despidiéndose en agradecimiento con un último juego de mágica ilusión. Tan sólo quedaba esa sensación de nada después de todo. Restos de recuerdos en las papeleras abarrotadas de residuos de mordidas manzanas de caramelo, de nubes de algodón de azúcar, de farolillos descolgados, de billetes de la tómbola, papeletas que por un lado marcaba un número y por el otro, escrito a mano: Una peseta en la rifa de... y puntos suspensivos.

Andy inició el regreso a casa con el corazón bombeando, dejando atrás un fuerte olor a cebada. Le hubiera gustado trabajar en el circo y secar lágrimas con el estribillo de una canción desentonada. Hacer feliz a las gentes y ver mundo, entrar por las puertas abiertas de par en par, antes de que se cerraran y se volvieran blindadas, quería conocer todo tipo de experiencias. Iba pensando mientras mordía un trozo de pan caliente y le llegaban las voces histéricas de aquellos niños del barrio.

‑Es una puta, es una puta...

Incontenibles, sus gritos se habían convertido en un juego maliciosamente ingenuo. Andy escapó, asustado de aquel pernicioso ritual, cubriéndose los oídos con la chaqueta, simulando tener frío.

Dos días después, paseando de la mano de su tía parisina, Françoise, vio a su madre saliendo de un bar y entrar en un portal acompañada por un hombre. Aprovechando la confiada mirada de su tía puesta en el precio de unos zapatos y a la vez admirando los bien llevados cincuenta años que reflejaba en las cristaleras de los escaparates y en los comentarios de dos obreros de la construcción, palabras soeces nombrando partes del cuerpo, Françoise se sentía joven y dispuesta a demostrarlo. En este punto, Andy se desprendió de ella, soltándole la mano y echando a correr.

‑¡Eeeh!, Andy, ¿qué haces?, ¡vuelve aquí!, no hagas que me enfade, ¿qué me oyes? Pero Andy no la escuchaba, traspasó el portal y subió de dos en dos los mugrientos escalones de la vieja pensión "El Polvo". Al llegar arriba, en el primer piso, le dio el tiempo justo de ver desaparecer a la pareja entornando la puerta de un largo pasillo lleno de ellas. Su corta estatura le ayudó a burlar la vigilancia de una mujer octogenaria que sentada, leía una revista del corazón. En cuclillas, agachado, se escabulló escurridizo hasta verse frente a su destino. Se irguió y entró, la llave no estaba echada... su madre sí y tenía en la boca algo que pertenecía al hombre y éste a su vez, con la cabeza entre las piernas de su madre, gemía, ella también gemía.

‑Madre, ¿qué pasa?, ¿qué te hace este hombre...?

Y como hiciera en otra época Billy El Niño o Pancho Villa, Andy se abalanzó y golpeó la espalda de aquel hombre que hacía gemir de dolor a su amada madre. La memoria en su sitio devolvió el hipnótico chillido de la mujer horrorizada, paralizada con un rictus que asustó a un Andy niño, a un Andy hijo.

‑Mamá, mamá, ¿qué pasa?, dime algo, ¿porqué no te mueves? ¡Mamáááá!, ¿Mamá?

Acudieron presurosas las alcahuetas, la tía Françoise, la Benemérita y los benditos que siempre se unen a las cruentas hazañas. La situación enmarcaba un lienzo dantesco. Señores, desalojen, ¿es que nadie tiene nada que hacer?, venga, a paseo. Caso cerrado y archivado.

Una semana de incertidumbre pasó, antes de que tía Françoise le confesara que su mamita se había ido al cielo.

‑¿Ves aquella estrella que reluce más que ninguna?, ¿si?, allí, ajá, allí está tu madre y te observa siempre sonriente, siempre pendiente de ti, porque tú ya sabes que ella te quiere mucho, ¿verdad...?, ¡claro que lo sabes!. A partir de entonces, la mujer se olvidó de París, se quedó en la casa de su hermana y cuidó lo mejor que supo de su sobrino. Andy aceptó este cambio y la tutela de la tía Françoise, pues del padre ni se conocía el paradero. Vagaba borracho con la botella a medias, nunca vacía, nunca llena. Cuatro monedas en el bolsillo, hebras de tabaco y la pistola como única herencia terrenal. Dormía en vagones abandonados o en suelos fríos de orillas descalzas. Andy admiraba y quería de manera incondicional a su padre, mas no tenía ocasión de decírselo. La ocasión nunca se presentó. El suceso vino impreso en un periódico clandestino:

Una mujer de treinta y cinco años, de profesión "sus labores", muere en un ataque de psicosis epiléptica, producido por un fuerte impacto de shock, mordiendo el miembro de uno de sus clientes, cortándolo de cuajo y atragantándose con el mismo. El hombre, asiduo visitante del burdel y debido a la negligencia por parte de las pertinentes autoridades, llega al hospital general de "La Fe Ciega", blanco como el papel, totalmente desangrado. Una vez más, nos encontramos con una deplorable actuación de irresponsabilidad hacia el ciudadano civil, falto de protección. Los hechos se gestaron en el periférico barrio portuario de Cosmopolitano.

Algunos años más tarde, Andy leyó la noticia en una hemeroteca; fue cuando se enteró de que su madre querida, no era una estrella en el firmamento. Andy López abrió los ojos, regresando del túnel del tiempo por algún narcótico que dejaba de hacer efecto. La sala de espera y el televisor ya no se encontraban en su diccionario holocaustico.

‑El Doctor ya puede atenderle... adelante si es tan amable.

Marta Rubens, bata verde, bloc de notas para concertar visitas y bolígrafo en mano, le dirigía cortesía con celosa parsimonia.

‑¿¡Marta Rubens!?...

‑¿Cómo dice?, ¡ah!, no, no, se equivoca, yo me llamo Andrómeda Kandinski, creo que se confunde, quizá le ha parecido ver en mí a otra persona, ¿cierto? ¿algún ser querido?, oiga, se ha puesto pálido, ¿se encuentra bien?, ‑le cogió la muñeca y hubo un minuto de mutismo. ‑Las pulsaciones están bien, ¿quiere que le haga una infusión?

Decidida, Andrómeda se levantó y salió con un suave roce de medias.

¿Porqué nadie era quien debiera ser?, ¿porqué la vida tenía tantas réplicas? Jamás llegó a tomarse la infusión, cayó al suelo, desmayado, buscando la simbiosis de la difusa irradiación del Aura paranormal con el alma empírica. Reposando de la mezquindad y de la derrota histriónica que se mofaba con mueca hilarante en sus avances nativos en conjunción de principio y maestría expresionista.

Despertó tumbado en una camilla operatoria, atado de pies y manos con electrodos, cables, luces y botones enchufados al electroencefalografo; la pantalla gráfica registraba constantes y oscilaciones del potencial nervioso. Crucificado por la máquina, futuro poder absoluto de la materia y juguete sensitivo de un monstruo accesible a la ludopatía psíquica. Encerrado en una urna de cristal con oxígeno restringido, se encontró siendo objeto de atenta observación. Una jauría de batas blancas y verdes murmuraban en diversos idiomas sin acabar de entenderse, sin embargo, el que aquí no comprendía nada era él, Andy López, que veía como su vida se inclinaba, desperdiciando neuronas como mala semilla que crecía sin rumbo, versátil, repudiada adaptación de caza de brujas a la española, sin "listas negras", partido comunista y senadores McCarthy. Acusado y ajusticiado sin conocimiento de causa.

Al rato, el silencio se hizo eco y el resplandor de la oscuridad dejaba entrever los tintes de una silueta que sigilosa penetraba en aquella burbuja de jabón mecánico, orientada a una austera maquinación destructiva. En lo alto, brillaba una hoja cortante, el filo de furia contenida se clavó varias veces. En segundos se sintió aliviado de la presión que ejercían sobre él aquéllos hilos eléctricos, desconectados por el desconocido. Saltaron chispas y humo, un olor a quemado se filtró rápidamente.

‑Vamos, salgamos de aquí antes de que nos asfixiemos.

Era la voz con dulce acento de mujer joven y no le resultaba desconocida. Andy se colocó la máscara que le tendió la sombra de su salvadora.

Tres personajes con portes muy peliculeros, entraron disparando con unas minúsculas metralletas, ¿serían de sus sobrinitos? Iluminaban cada rincón con ráfagas que agujereaban las paredes, el mobiliario y el "Purple Rain" de Prince que se oía por los altavoces.

‑Al suelo, rápido. Escóndete ahí...

La muchacha que ahora ya podía ver y oler, no era otra que Janina, la Dama Asiática, al servicio de guardar las espaldas al más "pringao". Mostrándose menos femenina que en su anterior encuentro, pero no menos activa; no hace falta constatar que Andy se alegró de volver a verla.

Janina, felina, práctica y eficaz se deshizo fácilmente del hechizo de los tres pistoleros, matones a sueldo, ‑se preguntó si les quedaría una sustanciosa pensión a sus familiares y temió por ellos.

Janina se había convertido en un torbellino que arrasaba asestando a uno unos golpes de karate, acuchillando a otro y pidiéndole prestada el arma, disparó sobre el tercero.

‑Vámonos antes de que lleguen más, ¡corre compañero!

Cargaron con las metralletas y caminaron por largos pasadizos que semejaban túneles quirúrgicos de luminosa fosforescencia aséptica, lejos de este arte futurista, valga de postdata, se hallaban en el alcantarillado del subsuelo de la polis, por los conductos residuales subterráneos ramificados de canales sucios con aguas de lluvia y desperdicios. Las ratas paseaban a centenas como en una pesadilla confiscada por mano inquisidora. Una serie de diapositivas fueron arqueándole las cejas.

‑¡Hostia puta!, Janina, ¿qué es esto...? ¡es increíble!, ¿qué estoy viendo...?

‑Es fantástico, yo ya he estado aquí en varias ocasiones y no deja de sorprenderme, ¡qué fuerte!, ¡eeeh! Andy, despierta, te has quedado alucinado ¿eh?

‑¡Joder, sí!, lógico ¿no?, tope Underground, ¿quienes son estos seres tan raros?

‑¡Ja!, buena pregunta... bien, como ves aquí conviven numerosas sensaciones humanas en forma de tribus suburbanas... Hace un montón de años, llegaron los conquistadores, supervivientes de los disectores de las profundidades. No les convenció nuestra tierra, así que buscaron refugio bajo ella y construyeron sobre terreno seco, en las cloacas, sus viviendas. Dotados de un hiper‑olfato, congeniaron con las ratas y otros animales de características similares. No te preocupes que no se acercarán a nosotros...

‑¿Porqué no?, ¿nos tienen miedo?

‑¡Qué va!, ni mucho menos, pero el olor natural que desprendemos les irrita en su sensibilidad. Vamos, para que entiendas, no les somos gratos a su pituitaria, ¡para ellos apestamos!, agredimos sus sentidos más desarrollados. Entre humedades están resguardados del frío, de las tormentas de invierno y de las palizas que les daban los delincuentes étnicos.

‑Son ratas de alcantarilla y ¿nunca salen al exterior?, ‑preguntó Andy, curioso e interesado por un hecho tan bestialmente fantástico, desde luego la realidad superaba la ficción. No cabía la menor duda.

‑No tienen necesidad de salir, apenas lo hacen y es para engrandecer sus conocimientos climáticos y estudios cosmogónicos. Algunos de los más pequeños aun no se han "estrenado", ¿lo entiendes?, no han visto la luz del día, nada del mundo exterior y sin embargo son geniales. Es fabuloso, te das cuenta de los grandes misterios que esconden esas almas que conocen lo que nosotros desconocemos: el error en que nacimos, la falsedad con que crecemos y el miedo y la inseguridad del morir.

Son pacifistas aunque te resulten un tanto extraños...

‑Sí, parecen bastante legales... yo sólo había conocido a tribus como los Punks, los Mods, Rockers... los Skins, que no son más que modas y facetas.

Estas tribus son pensadores inmortales, clanes auténticos sin depurar, sin etiquetar, lejos de las lesionadas huestes y de la vorágine del vulgo. Relatos de pobreza contados por miserables a los mendigos del hambre.

‑Bueno, tampoco hay que alucinar demasiado, supongo que tendrán sus defectos, ‑sentenció Janina, cansada de tanta bondad.

‑Claro que sí, pero es que esto es superior... es, es... un cuento de ciencia ficción. No lo vemos todos los días, joder tía, ¿has visto sus ojos...?, jamás me fijé en unos tan claros, limpios, transparentes. Su mirada es tranquila y ese color no existe, ¿te has fijado qué tonalidades?, ¡ya entiendo! Ellos hablan mentalmente, se comunican con nosotros. Tienen poderes telepáticos y telequinésicos. Aquí cada uno es lo que es, libres, sin tiempos, sin ídolos, no son competitivos, no tienen prisas, ni políticas... son utópicos, ¡el anarquismo supremo! Analistas de la verdad, el centro del corazón, creo que han hallado el Dorado, serían un potosí para nuestros científicos, ¿no crees?... Pero, pero esto es imposible, ¿qué hacemos aquí?, esto no es real, no está sucediendo ¿verdad que deliramos?, no puede ser, no puede ser, ¡qué va tía!, todo esto es super heavy... pero mejor larguémonos, ¿quieres...?

‑No necesitas convencerme, nene, estaba empezando a tener complejo de inferioridad, vámonos...

Botas duras de metal iniciaban su persecución, soldados adiestrados para matar, instruidos por un asesino que tras el despacho, una bandera y una fotografía enmarcada del cacique mayor, se distraía disparando a marcianitos en su Play Station y clavando chinchetas de supuestas conquistas en distintos radios del sectario mapa de obsesión. Se traspasa nación por defunción del dueño.

Ya se escuchaban cerca las alimañas, los alientos presos de salvaje excitación violenta. Mentes huecas, vaciadas por líderes carismáticos, influenciándoles odio hacia las razas. Los primeros en llegar iban motorizados, otros con patines en línea y bates de béisbol les secundaban. Eran poco originales, sus rostros no mostraban restos de amabilidad y sí de sangrienta ansiedad enfermiza, sacaban espuma por la boca. Janina sin pensárselo, disparó tumbando a unos cuantos.

‑¡Eh!, pájaro bobo, ‑refiriéndose a Andy‑, ¿te animas o qué?, si quieres ya lo resuelvo yo sola, ¿eh? No quisiera molestarte. Total, son muy pocos...

Andy reaccionó con la alusión y el codazo de Janina. Se había quedado traspuesto con los mensajes que le enviaban mediante ondas expansivas, los seres del "Subway", fue inútil, no podía descifrarlo. Desconectó y apretó el gatillo de la metralleta, extrañándose cada vez que se acercaba al blanco.

‑Espera a otra vida, quizá lo consigas..., ‑se burló la muchacha que sin tregua y sin pausa escogió una de las motocicletas más potentes de los enemigos mercenarios abatidos y pensando que no la necesitarían en el más allá, montó con destreza, haciendo señas a Andy para que hiciera lo propio.

‑Oye, es que... yo nunca he llevado una de éstas, si te soy sincero ni siquiera sé ir en bicicleta. Siento defraudarte...

‑Vaya, tío, eres un pozo de sorpresas. El tipo ideal para correrse una aventura, ‑él se encogió de hombros, ‑venga date prisa, sube detrás mío... tesoro.

Escaparon a velocidad máxima. Andy de paquete continuaba ametrallando el aire y de rebote se cargó unos cuantos, recibiendo a cambio una bala en la rodilla y una rozadura en el brazo. Pronto pusieron tierra por medio y terminó aquel toma y daca. Todo hacía sugerir que estaban salvados... o no, pregunto...

‑¿Te duele mucho? Has sabido comportarte con valentía. Ánimo, te llevaré a una cabaña despoblada y tranquila donde nadie nos encontrará y podré curarte esas heridas.

‑Todavía no sé porqué nos perseguían... ¿qué hacía en aquella camilla?, ¿quién eres tú que apareces y desapareces?, ¿quienes eran los presuntos médicos y esta banda de... zumbaos motorizados...?

‑Eres la hostia tío, ¡pues no haces preguntas! Es mejor que te relajes y no pienses. Estás perdiendo mucha sangre, guarda las fuerzas... luego habrá suficiente tiempo para discutirlo todo y sacar conclusiones sin precipitarse, ¿vale?

Saliendo del túnel, rodaron por una bien asfaltada autopista a ciento ochenta durante unos tres cuartos de hora más o menos y después giraron por un atajo medio oculto por la maleza, penetrando en la espesura del bosque, transformando el paisaje urbano por la paz llana de los campos verdes y la frondosidad de árboles frutales que en un día más propicio, con menos incidentes, hubiera podido resultar una magnífica excursión a pleno pulmón.

Yéndosele la visión y la noción en fracciones de tiempo y luz, los ojos estrábicos, mareado, tratando de soportar el dolor cada vez más potente, iban cruzando en travelling, desplazándose en movimientos trepidantes las numerosas familias de álamos, rosáceas, fagáceas, abietáceas y otros tipos de desconocidos arbustos y plantas gigantescas que le hacían sentir limitado en proporciones. El cielo que ya estaba nublado, ennegreció con viejo tinte y sin sorprender porque se veía venir, comenzó una nueva tormenta, empapando los cuerpos y la bujía de la máquina, que paró y no quiso volver a ponerse en marcha. Janina trató de conectarla en vano, nada, ni una maldita chispa. Janina, mujer de temple, con decisión y recursos, la dejó caer por unas rocas y bajó para taparla con matorrales hasta que desapareció de la vista y agarrando a Andy de los hombros, le ayudó a ir andando hasta un pequeño refugio hecho de troncos y cariño de papá... Entraron. Él se estiró en un cómodo sillón, mientras ella encendía la chimenea.

‑Bravo, la leña prende de puta madre, en cinco minutos tenemos caldeada toda la casa. Ahora lo que hay que hacer es secarnos las ropas y curarte... Eso está feo, ‑miró la herida‑, va, no es para tanto, parecía más por la sangre coagulada. Son sólo dos rasguños, no hay casquillo de bala, debe haber rozado o rebotado con algún botón de la cazadora, ha habido suerte, ‑suerte, una palabra que hacía tiempo que Andy no escuchaba‑, últimamente no tenía demasiada "suerte". La suerte le había abandonado y parecía, por lo que decía Janina, que había vuelto, ¿o estaba delirando?

‑Te limpiaré con alcohol y con esta gasa haré un bonito vendaje. Ajá, ya está listo, unos días y a correr. ¿Sabes?, ‑continuó hablando ahora con nostalgia‑, mi padre construyó él solito esta cabaña, fue cuando mi madre se largó con su amante, nos dejó, nos abandonó por una vida más lujosa. Mi padre me explicaba que ella era una mujer muy extravertida y le abrumaba el sedentarismo. Papá creía que cambiaría cuando yo naciera, pero se equivocó. Mi madre quería realizar grandes y largos viajes y disfrutar de los excesos que le estaban permitidos, sin compromisos. Su querido aristócrata se había enamorado locamente y ella le exigió libertad... y todas sus pertenencias en un "elaborado" testamento en el que excluyó a su hijo.

Aquí me traía papá los fines de semana y en las vacaciones de verano y Navidad. Era estupendo ver caer los copos de nieve desde la ventana... qué recuerdos tan entrañables. En esos días mi padre era como un dios, yo lo idolatraba, supongo que por aquello del complejo de Edipo y de Electra. Esa sensación de belleza no la he vuelto a sentir jamás, impresionante, para mí era como tocar el cielo con los cinco sentidos, convivíamos plenamente con la naturaleza, pescábamos en el lago, cazábamos, practicábamos montañismo. Era un excelente deportista, cinturón negro de yudo, tercer dan de karate... aficionado al ring. Me enseñó todo lo que sabía hasta que un cáncer se lo llevó... A mi madre no la he vuelto a ver desde los diez años. Respeto su manera de ser y la quiero, le guardo un rinconcito en el corazón... pero lamentablemente no tengo nada que agradecerle... en fin, ¿te he aburrido mucho?, ¡eh!, pero si estás durmiendo... bueno, de algo ha servido mi charla.

Janina le desvistió y le tumbó en la cama, ‑necesitaría mucho reposo‑. Tendió las ropas aún goteantes cerca del fuego y se dio una ducha para limpiar el pasado que había emergido de las cenizas de su padre, que se hallaban esparcidas por los aledaños de la cabaña. Luego se acostó en la cama contigua a la de Andy. Debía vigilar su sueño. Cerró los ojos y no tardó en deambular por el pasacalles de la ciudad de las percepciones. Noches en los Jardines de España y Concierto de Aranjuez. Falla y Rodrigo. Inesperadamente, Andy López galopaba a lomos de un corcel negro, brillante, de azabache. Saltaba obstáculos y tropezaba una y otra vez, pero la carrera continuaba, no se detenía y él deseaba apearse. Tiraba fuertemente de las riendas y el caballo se levantaba sin derribarle y seguía su marcha tercamente, ¿conocería el animal el camino por donde pisaban?, ¿le llevaba a alguna parte? Si era así, mejor que fuera un buen motivo o no respondía de sus actos.

‑Sooo, caballo, paaaara, paaara, sooo..., ‑ni puñetero caso.

Riiiiinnnnggg, riiiinnnggg, riiiinnnngggg...

‑Sí, ¿diga?

‑¿Andy López?

‑Sí, soy yo... creo, ‑miró el reflejo en el espejo que estaba colocado enfrente del sillón de muelles chirriantes.

‑Sí, yo mismo, ‑con más convicción.

‑Quería hablar contigo, oir tu voz... no me ha defraudado, es dulce y a la par varonil... me podría enamorar fácilmente...

‑Oiga, ¿con quién hablo?, me alegro mucho que le guste mi voz, pero en estos momentos no estoy para halagos y menos para bromas.

‑¿Porqué?, ¿por el gilipollas que llamaba a tu puerta...?, ¡baaah!, no te preocupes, era un mal hombre acostumbrado a rebajar a los demás, hasta el punto de empujarles por el abismo del suicidio sin intranquilizarle el sueño, ningún asomo de remordimiento le asoló jamás. Está mejor así, ya no hará más daño a nadie.

‑Yo no estaría tan seguro, a mí me lo está haciendo...

‑Reestructurando vidas después de muerto, muy clásico de un monstruoso ser.

‑¿Qué sabes tú?, ¿quién eres? Aparentas conocerle bien, ¿no?... mira, si sabes algo, te agradecería que me lo contaras. No puedes imaginar por lo que estoy pasando, ni siquiera sé si estamos hablando o es que deliro, ya declino, dimito de mis responsabilidades mentales. ¿Dónde estás?, ¿nos podemos ver?, dímelo y me tienes ahí enseguida.

‑Sí que te noto muy trastornado...

‑Bueno, no sé a ti, pero para mí estas cosas no forman parte de la cotidianidad del día a día.

‑Ya, claro, es comprensible... quizá pueda ayudarte a salir de los malos sueños sin que notes rastros de secuelas. Practicaremos un aborto para regenerar tu ingreso somático y psíquico a la normalidad de la locura terrestre y sociable, vamos, me refiero a la vida que llevabas antes. En fin, te espero... estoy en el Pacos Club Boys, ¿lo conoces, no?

‑Joder si lo conozco, pero si está debajo de mi casa... ¡ah!, claro, tú ya lo sabías, qué idiota soy... ¿cómo te reconoceré?

‑Sin contratiempos, llevo un sombrero de fieltro gris, gafas oscuras, una gabardina beige y guantes negros...

‑¿Qué? ¿Cómo?... Tú eres, tú eres el del... es decir, la del portal, tú me diste un puñetazo y saliste huyendo... Hostia, ¡qué fuerte¡, joder, me dejas deslumbrado...

‑Siento enormemente lo del puñetazo, de veras, pero tenía prisa. No pensaste ni por un momento que pudiera ser una mujer, ¿eh? Espero no haberte sacudido muy fuerte, esta vez prometo portarme bien. Venga, nos vemos aquí, hasta ahora..., ‑colgó el teléfono y él la imitó bajando el aparato‑, impresionado. En la calle un poeta progresivo recitaba: "Cada persona es un mundo, esperemos que no sea como este".

Sinfonía de Navidad en Re mayor.

Tenía razón la mujer que acababa de llamar, era cierto que ni por un instante se le había ocurrido que bajo aquel atuendo pudiera esconderse una dama. Sí, resultaba bastante machista, ¿verdad?, en el futuro trataría de corregir el entuerto. Qué se había pensado, ¿o es que las señoras no saben dar golpes?, evidente que sí.

Los lobos aullaban a una luna llena en las cimas de rocas recortadas. Un río truchero, de aguas viajeras, plateado por el reflejo del satélite ronroneaba transparente y plácido. Un muchacho trasnochador y soñador enamorado, rasgaba las cuerdas de una guitarra acústica, entonando una estrofa de "Después de la fiebre del oro" del canadiense Neil Young.

     "...habían campesinos cantando, tamborileros tocando

     y un arquero que partía un árbol, había una trompeta

     sonando hacia el Sol, que flotaba en la brisa.

     Mira a la Madre Naturaleza huyendo. En los años setenta..."

Allí sentado en el reflejo del edén, lloró de desamor, pues su paraíso no era correspondido por el sueño elegido y así se cristalizó en sus lágrimas, hasta que le despertaron las manecillas escarchadas del reloj del alba, que amaneció con pinceladas de colores puros en el que sólo un corazón triste y sensible, podía adentrarse formando parte inanimada del cuadro sin rúbrica... anónimo desinteresado.

Andy, el ermitaño urbano, visitó a Jazz, su compañero de raza al que cuidaba el vecino de rellano durante estos días en que se encontraba fuera de órbita en el sentido más estricto de la palabra.

‑Oye Andy, tú cuídate y tranqui... ya sabes cómo me gustan los animales, si no fuera por la parienta que me frena, tendría un zoo en casa. Si es que los prefiero antes que a mucha gente "civilizada". ¡Aaaay, qué mundo, Dios!. Vete, vete y no te preocupes más por Jazz...

En la aturdida calle del "asesino de la plaza de las fechorías", la policía estaba acordonando el bar‑taberna "Pacos Club Boys". Al frente el Sargento‑Mayordomo Martínez.

‑¿Qué ha pasado?, preguntó a la congestión de mirones.

‑¡Eh!, hola Andy, ¡vaya movida chaval! Se han liado a tiros, el que llevaba la pipa se ha largado, no lo han pillado y dos parece que se han quedado "fiambres", mira se los lleva la ambulancia. Jo, tío, qué marcha hay aquí en el barrio últimamente.

Andy se alejó sin querer saber más, hondamente preocupado por los derroteros que iban aconteciendo sin explicaciones para él. Por unos minutos deseó hacer el equipaje y huir a alguna parte donde pudiera olvidar lo que no conocía o quizás lanzarse de cabeza por el primer puente con vistas al mar, mas la cobardía se lo impedía. Una teoría constructiva desvelaba que el suicidio era el punto más lúcido que enfrenta al hombre con la mente colectiva, lapidando la vida para desenterrar en milésimas de segundo la autenticidad de la ciencia de la razón de ser y conocer lo que nunca logra entender en el instante final. Claro que este pensamiento no estaba patentado en las sociedades retrógradas, pues era cosecha libre de Andy López, pero empuñaba la fuerza de la convicción de que el hombre o mujer que se anulan voluntariamente, se llevan la verdad de este mundo, si la hay y desde la incipiente nota hasta el acto de desahucio corpóreo, era básico un ciclo encadenado de coraje, una especie de manual de ejecución del valor al apremio, visto desde un prisma interno del iluminado que resueltamente determina su destino más inmediato, dejando la materia a los que se quedan batallando por ella.

‑chissssttt, sssiiischt, chiiiissss...

Desde la esquina, un sombrero de fieltro gris, gafas oscuras, una gabardina beige y unos guantes negros, le hacían señas. Se acercó disimulando, no era aconsejable ser visto por Martínez.

‑Hola Andy, soy Gloria Colombia, ven, tengo el coche a un par de calles, además aquí sobramos. Dejemos al señor Sargento "no se entera de nada", que saque sus erradas conclusiones avinagradas.

‑Veo que le conoces, ‑acertó a decir Andy‑, un poco cortado al no verle los ojos, el cabello... las manos...

‑Por desgracia sí, y no sólo en esta vida...

‑¿Qué quieres decir con eso...?

‑Bueno, vale, no quiero desorientarte más, ya sé que en pocos días ha variado... cómo lo diría... ¿tu "calidad de vida"?

‑Yo no lo llamaría calidad, sino deterioro. Te confesaré que me he perdido, sí, así de llano y sencillo. Supongo o suponía que todos merecíamos una oportunidad y creo que la mía se ha perdido irrevocablemente en una nulidad eterna. No me hago preguntas, ya no, sería inútil como lo está siendo ahora mismo. Bueno, perdona, no me refiero a eso, en realidad sí que espero respuestas y con prontitud, antes de que me venzan los plazos de la locura. Sé que hay un Cosmos con millones de galaxias, sé que llevo una "pipa" en el bolsillo, ¿y qué...?, pero llegas tú, vienes y me dices no se qué de otras vidas... si querías aclararme las ideas no vas por buen camino, al contrario, me estás liando más la madeja...

‑Lo entiendo y lo siento, no tengo ningún derecho a mezclarte en mis rompecabezas... supongo que no nos encontramos en el mismo nivel de orientación. He de reconocer que mi humor es retorcidamente negro, paradójico, metafórico, irónico y sarcástico. Es una forma de afrontar los problemas, sin embargo me considero muy íntegra y soy una constante luchadora, no me doblego fácilmente y si caigo, vuelvo a levantarme con mayor ímpetu y fuerza de voluntad. Si no, ¿a qué hemos venido a este mundo? Hace siglos, Calderón escribió "La vida es sueño", tú mismo has escrito sobre la posibilidad de los cambios de estados confundiéndolos con una fiebre gradualmente delirante o con los efectos de alucinógenos... a eso me refería cuando he citado la frase: no sólo en esta vida. Y punto. Y un consejo que te daré, es que no esperes al ejército de salvación. Lucha por ti, deja de atormentarte, de tenerte compasión y lucha... no te hundas en lamentos que no curarán tus miedos, al contrario los aviva más...

‑Sí, no es tan fácil cuando las adversidades te llegan en cada peldaño de la escalera desconocida y es tan larga y confusa que se mezcla el negro y el blanco, la razón y la locura, el amor y el odio, lo real con la fantasía, el bien y el mal... etcétera, etcétera. Por cierto, tu manera de hablarme, sabes detalles de mi vida..., es como si me conocieras de siempre...

‑Digamos que te he seguido la pista durante esta última semana.

Voy a aparcar por aquí, mira, ahí hay un sitio.

‑¿Dónde estamos?, no reconozco la zona.

‑Si no me equivoco, hace años que vegetas en Cosmopolitano. Pues bien, estamos en las afueras de la ciudad. Tengo un apartamento y algo que deberías ver y saber. No hay que poner frenos a la historia, tampoco el acelerador... tú has estado en punto muerto, ‑sonrió complacida y mirándole a los ojos, observando su reacción introvertida.

Gloria Colombia era una mujer intrigante, que platicaba con el don especial de dejar en la intemperie palabras significativas que quedaban bailando en la mente, esperando inútilmente más información de la ya recibida. Hizo una buena maniobra y encajó la ranchera en el borde de la acera.

Dándole a un botón, silenció la banda sonora de la película Quadrophenia del grupo The Who. Acto seguido, giró la llave de contacto.

‑Final de trayecto caballero, bajemos...

Entraron en un estudio decorado con inteligencia, elegancia. Cada espacio, cada objeto, ocupaban su lugar con rigurosa precisión, dando la sensación de no sobrar ni faltar nada, ¿cercano a la perfección...? Pasaremos página...

De allí partimos y allá seguimos. Cautivos permanentes de una presencia primigenia, nacida la aureola antes de sembrar la semilla. Un abordaje entre densas nubes gris perla, sin armas, sin tripulación, sin dar a conocer la invisibilidad del engendro de un antaño creado promiscuo.

El tiempo es una micromilésima de milésima de segundo y si lo dividimos en unos cuantos millones de años, da un resultado de ... ¿...?, lo que significa que debemos tiempo al tiempo. Vivimos en un precario chasquear de dedos.

Gloria Colombia husmeaba por las habitaciones.

‑Busco una cinta que quiero que veas... mientras siéntate, te pondré música. Introdujo en el equipo un disco compacto. En la carátula estaba escrito el titulo: Canciones para Andy.

La intrigante mujer todavía no se había desprendido de las gafas negras, ni del sombrero, tampoco la gabardina y los guantes, ¿porqué?

¡Y cómo no!, volvió a sorprenderse cuando empezó a escuchar las canciones para Andy, ¡eran tan suyas! Brotaron las notas que escuchaba estando en el vientre de su madre. Sintonías de infancia, de recuerdos, canciones contestatarias, el silencio de rebeldía adolescente, música sinfónica de duelo, de sentimiento de muerte. La carta a su primer amor. El sonido de letanías y risas. La amistad, la pérdida... el desprecio, la indiferencia. Los días de lluvia, el mar a flote, cielo, pájaros, arena escamosa de playa, caricias de piel, besos de sol. La primera vez... frustraciones, colegio, experiencias de adulto y un sinfín de pensamientos personales. Aquella cinta había grabado los bailes y los compases de estímulos y emociones, olores, colores y formas de sentir, con una exactitud que él no conocía en la trayectoria de sus días. Cercanas muertes dan nuevas perspectivas al camino.

A su espalda, Gloria Colombia le miraba contemplativa a través de los cristales negros.

‑¿Terminaste?, ¿si? Deseo que esto te ayude a entender un poco las diferentes convulsiones en las que te has iniciado...

‑La verdad es que comprendo menos que nada. Este cassette ha penetrado mis interiores y ha llegado hasta mi moral más secreta con certera puntería. Pero mis dudas se ramifican...

‑Bien, iré directamente al grano, ‑testificó Gloria. Muchas veces nos preguntamos si existirá algún planeta similar al nuestro. No sólo sí existe, sino que hay doscientos cinco iguales a la Tierra, con los mismos ciclos rotatorios. Son como estrellas, unas nacen y otras mueren. Tú habitas en una que lleva siglos extinguida. El espacio es un cristal caleidoscópico donde nos vemos multiplicados, creemos que es un simple espejo, nos equivocamos, todos los reflejos son verdaderos. Es un engaño espiritual para no caer en crisis de pánico.

‑¿Y tú?, ¿y yo?...

‑Tú estás navegando a la velocidad de la luz por diferentes tierras, en cada una de ellas eres otro personaje y en distinta época, por lo que no llegas a encontrarte. Y yo he venido de otro planeta Tierra a advertirte de lo que te sucede, soy algo parecido a una curandera sideral. No sé más, también tengo mis dudas, no te creas, lo que si sé es que cuando regrese a mi lugar de origen, todo volverá a la normalidad y tú y yo nos olvidaremos el uno del otro. Así de sencillo, no te habré conocido y lo mismo te pasará a ti. Centrados en un mismo personaje, el que nos ha tocado vivir.

‑¿El disfraz...?

‑Es como tú me ves, imagina si puedes cómo te veo yo...

‑No, no puedo... oye y qué pasa con el asesinato.

‑¿El asesinato? ¡Ja!, han transcurrido unas cuantas cruzadas desde el asesinato del "Hombre Orquesta". Olvida, deja de pensar y vive sin mortificarte, es inútil, no merece la pena sufrir por algo que no prevalece en el tiempo, en la historia, ni en el Universo... nunca ha existido nada.

‑¿Quieres decir que...? ¡Joder, qué fuerte! No lo creo, no, seguro que es otro jodido sueño...

‑No he venido a mentirte, al contrario. El Mundo, la Tierra, nunca ha estado, nunca ha sido. Somos el sueño del Universo, su espejismo, la imaginación del Cosmos, experimento estrellado.

‑Y ahora, ‑preguntó Andy, ¿qué ocurrirá? Me volveré loco como no me digas que esto es una broma, quisiera oírte reír a carcajadas...

‑Eso no puedo hacerlo, te estoy quitando las vendas que te mantenían en un desequilibrio constante. Intenta sólo entender que aunque nada halla real, te haré una cura de desintoxicación, un masaje de olvido y luego seguirás tu "creíble vida", relajado y sin alteraciones, como mínimo sin desdoblamientos. Serás tu propio destino en el inexistente mundo cretino y... lánzate a buscar felicidad, conocimiento...

‑A ver si me aclaro. Ostras, ¡no me puede estar sucediendo esto a mí! Me niego a creer lo que cuentas... así que no vivimos, pero debo vivir: ¿cómo se come eso?

‑Bueno, chico, no tengo todas las respuestas, lo fundamental es que vas a dar un giro de trescientos sesenta grados, que todos tus yo se unificarán en uno sólo indivisible en los límites de la normalidad y de alguna manera habrás hallado la paz interior. Ya no puedo decirte más, porque lo desconozco. Por favor, podrías girarte un momento... sí, no te extrañes... date la vuelta.

Andy López se quedó fijamente mirando la pared.

‑Avísame cuando pueda cambiar de posición, empiezo a estar un poco incómodo... ¿me oyes?, ¡¿Gloria?!

Andy giró en redondo al no escuchar a la mujer y descubrió quién era, estaba tendida en el suelo... la gabardina, el sombrero, las gafas y los guantes.

Andy López caminaba rumbo a casa con una barra de pan y el libro de Nietzsche "Así habló Zarathustra", bajo el brazo.

Se sentía contento, satisfecho de la labor del día en la oficina de la inmobiliaria en la que trabajaba desde hacía dieciséis años. Hoy le había dado una buena lección al encargado jefe y éste le había prometido un aumento para la próxima temporada.

Completamente feliz, tarareaba una canción sin saber cual ni de quién era, ¡que más daba! En el trayecto entró en una joyería y compró una sortija para Janina, su esposa. Una chica oriental preciosa. Llevaban seis meses compartiendo piso y las cosas iban francamente bien. Cerró la puerta del ascensor y extrajo las llaves del bolsillo, oyó ladrar a Jazz. ¡Hogar, dulce hogar! Más tarde, cenando a la tenue luz de las velas, le ofreció el regalo en un pequeño estuche de terciopelo.

‑¡OOOOH, Dios mío, Andrés... es precioso! Te habrá costado muy caro... ¡no me lo digas!, te quiero vida mía, cariñín ven aquí... le besó apasionadamente al tiempo que sonaba el teléfono. Andrés se apresuró a cogerlo antes de que sonara por segunda vez.

‑Sí, diga... ¿quién es?

‑Soy yo, querido...

‑¡Marta Rubens! Te tengo dicho que no me llames a casa, ‑dijo, disminuyendo el tono de voz.

‑Lo sé, lo sé, pero es que te echo tanto de menos y ahora estoy tumbada en la cama con el body negro, ese tan bonito que me regalaste y no he podido contenerme y me he dicho, voy a llamar a mi hombre para que sepa que pienso en él, sí, chatín, pienso en ti y me gustaría que estuvieras aquí, encima de mi voluminoso e insaciable cuerpo, ¡ooooh!, cariño, ¡cómo te deseo!, noto tus manos acariciándome, ¡ooooh, cómo te quiero, mi vida!, ¿cuándo vas a dejar a esa muermo y vas a venir a vivir conmigo?, tienes que decidirte, amor, yo no puedo estar así eternamente.

‑Marta, yo también te quiero, ya lo sabes, pero ahora no puedo hablar. Nos veremos mañana en la oficina, ¿vale?, venga, hasta luego.

‑Hasta mañana. ¡Ah!, llevaré aquella faldita satinada que tanto te excita. Colgaron los dos a la vez sendos auriculares. Él notó la erección y tardó un rato en dirigirse a la habitación contigua, donde esperaba ya semidesnuda la chica de ojos rasgados.

‑Ven, abrázame...

‑Sí, un momento que voy al baño...

‑No tardes, cielo...

Janina tomó el móvil del segundo cajón de la mesita de noche y marcó nueve números.

‑¿Diga, quién es?, ¿eres tú, amorcito...?, se oyó al otro lado de la línea, cruzando la hondonada de la ciudad.

‑Sí, Marta, soy yo. ¿le has llamado, verdad?

‑¡Sí, joder!, ¿cómo se puede ser tan hijoputa?, ¡qué cabrón!...

‑Lo es, pero hay que saber ver el lado positivo. Tenemos mucho que agradecerle, si no hubiera sido por él, no nos habríamos conocido... y eso sí sería una gran putada, ¿no crees? Oye no puedo reprimir las ganas de verte y abrazarte, ¡te deseo tanto!, menos mal que mañana habrá acabado toda esta estúpida e hipócrita historia de enredos y complots. Ya era hora porque no aguantaba más. Lo único que quiero es estar a tu lado, tú me cuidas y me haces sentir querida.

‑Jani... tesoro... tú y yo mañana abandonaremos la rutina y la ciudad, con un montón de pasta para el viaje a las islas y para vivir nuestro idilio... sin agobios, sin...

‑Cariño, llevamos más de dos años viéndonos a escondidas, planeando un desenlace y esta es la mejor solución, un magnífico plan. Nos lo merecemos y Andrés... ¡Andrés que se joda!

Pasaron dos noches y dos días y Andrés estaba paranoico. Por la mañana había encontrado sobre el frigorífico una escueta nota, era de su mujer: Andrés, me voy para siempre. Nunca te quise. Adiós y gracias.

No entendía nada, ¿qué es lo que había fallado?, la veía tan enamorada y de repente el amor se esfumaba. Las dudas y contratiempos le asaltaban. Pensar no era la salida al problema pues no llegaba a ninguna conclusión. La única lógica era que todo había sido una farsa, ella fingió su actitud hacia él y él la creyó hasta la médula. Muy buena actriz o él un pésimo espectador.

En el trabajo, le llamó el jerarca supremo.

‑Tome señor López, mire estas fotos y si tiene algo que explicar...

Cogió las fotos que la mano le alargaba y las miró despacio, incrédulo, una a una, maldiciendo mil veces. Suspirando, las devolvió al dueño de la inmobiliaria, ¿cómo le podía haber hecho esto Marta? Cabreado y humillado le vino a la cabeza la palabra "chantaje", no había otra más directa en el diccionario enciclopédico de la Lengua Española.

‑Creo que son pruebas suficientemente contundentes. Me he cerciorado antes de hablar con usted de que no fuese un montaje y lo lamento, la verdad es que hubiera preferido que resultase una conspiración, yo mismo le hubiera respaldado, pero nos enfrentamos ante un hecho real y para un hombre católico, de principios conservadores, le diré que me resulta imposible tomar otra determinación. Estará de acuerdo conmigo... esto es para que firme la dimisión voluntaria...

‑¿Y si no firmo...?

‑Hará mal, aquí tenemos la notificación de despido por acoso sexual a una subordinada. Usted elige.

‑¿Y Marta Rubens?

‑Con ella quedamos en un acuerdo, a cambio de no remover este pastel, le dimos un suculento cheque con muchos ceros. Mi empresa ha llegado a ser una de las cinco multinacionales más importantes de Europa. ¡El sacrificio de cuarenta años en la brecha!, y estos escándalos no interesan, no podemos permitirnos una denuncia, ni una columna en la prensa acompañada de fotografías desvergonzadas, pornográficas. No, los clientes no lo necesitan... Señor López, sepa que me ha decepcionado, le tenía en mi lista ascendente para ocupar un puesto de prestigio. En fin, me duelen las circunstancias, pero...

Lo que era la vida, en breves instantes se encontraba sin empleo, Janina se había largado y...

Una clara sospecha le obligó a hacer cola en el banco donde tenían depositados los ahorros, indistintamente a nombre de los dos.

‑Ayer la señora retiró y anuló todas las cuentas ‑le dijeron.

‑¡Así!, ¿sin más?

‑Señor, nosotros no acostumbramos a pedir explicaciones, podemos asesorarles, sí, pero la última palabra siempre es la del cliente. Creo recordar, ‑lo podemos confirmar si quiere‑, que la señora pidió cambio en dólares y quedó muy agradecida de nuestro servicio y eficacia, se mostró radiante en todo momento y derrochó generosidad y amabilidad. Salió satisfecha y complacida. Lo que nos honra enormemente como entidad bancaria y humana. Hecha al servicio del ciudadano, para velar sus intereses.

¡Arruinado! Llegó a la casa cuando estaban desalojando los muebles.

‑¿Qué pasa?, ¿qué hacen?, ¡oiga! ‑arremetió contra el que parecía llevar la voz cantante‑, ¿se puede saber qué están haciendo? Aquí vivo yo y si no se van inmediatamente me veré obligado a llamar a la policía.

‑Perdone, pero esta vivienda fue vendida hace siete días y el nuevo dueño quiere instalarse esta semana. Así que por favor, si nos deja hacer nuestro trabajo, todo irá sobre ruedas...

¡Desahuciado! Entre los cajones encontró una cajita que contenía cartas escritas por Marta Rubens, dirigidas a Janina... y el diario de su mujer, lo dejaba bien al descubierto, dos largos años de relaciones. ¡Joder, qué ciego había estado! Se habían burlado de él y lo más probable, vamos, no cabía duda alguna, ¿no eran bastantes pruebas?, seguro que ahora estarían en cualquier parte del planeta, disfrutando de su amor con el dinero de él. Se imaginaba unos parajes paradisíacos en el Caribe. Le estaba bien empleado por jugar con los sentimientos de las personas. ¡Sí señor!, era la puta realidad, no valían lamentaciones, ni llantos..., ¡a joderse tocan!

Encontró la carpeta con el manuscrito de su recién acabada novela y le cambió el título sin pensárselo dos veces. Escribió despacio y con buena letra: Perdido en la eterna oportunidad y la firmó con el pseudónimo de "Hechopolvo".

Había cambiado cuatro veces el título, primero fue Entre piedras y arena, hojas y mariposas, luego Perro de Cartón y más tarde El Sueño de Perroloco. Ahora ya le había puesto el más correcto y leal a la historia, sólo faltaba que las editoriales estuvieran de acuerdo con él.

Desde una de las ventanas del edificio asomó el busto imponente de una hermosa muchacha, que le sonrió y le saludó con la mano abierta.

‑Andrés, ¿qué ocurre?, ven, sube a tomar un café...

Se encaminó a la casa de la vecinita, quién sabe, la última vez fue muy afable y cariñosa con él...






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