Luís Mairo Hernández Vera
Los Cuatro Tronos
Para Tatiana, Gabriel y Leonardo, mis grandes amigos, gracias por
compartir conmigo los mejores años de mi vida.
Saín, rey de Loftia ha tomado uno de los libros encargados por el mago Parcenphulus a su cuidado hace ya
veinte años. El titulo ha sido desdibujado por el tiempo, pero aun es legible <<Los Cuatro Tronos>>. Allí el
buen rey descubrirá la historia de cómo el hechicero de Amorgorog-Sibat genero la caída de los primeros reinos del
Mundo Conocido, causando la creación del imperio de Ígneos…”
ADVERTENCIA
Epáristus, el gran erudito del Mundo Conocido; dedico toda su vida a investigar las guerras antiguas sucedidas en
la segunda era del tiempo. Se le atribuye a Eparistus el encontrar los documentos perdidos que registraron las
primeras invasiones de Canophulus a los países nacientes.
El erudito, con base a los descubrimientos hechos en los documentos antiguos, escribió cuatro pequeños libros
que resumían las guerras primitivas que dieron origen al imperio de Ígneos, el más largo reinado del Mundo
Conocido: La Edad Oscura.
El libro de la conquista de los cuatro tronos fue escrito en la lengua común a mediados de la quinta era del
tiempo. Epáristus, salvaguardo el libro por años en la ciudad de Zorazath hasta su muerte. Luego el libro pasó a
Ceraf, el rey de Zorazath quien lo declaro gran tesoro de su reino.
Pero después de las guerras de Zorazath contra el reino de Merzarazath, el gran texto fue robado y luego
separados sus cuatro libros, los cuales se perdieron en manos de los comerciantes poderosos del Mundo
Conocido; hasta que 100 años después, el mago del Norte los logro reunir, conservando para él tan valioso tesoro.
LIBRO I
EL PRIMER TRONO
El libro de los manuscritos del anciano Lotvart.
“Del señor de Amorgorog-Sibat, la conquista de Arag-Utum y la caida del primer trono”
ADVERTENCIA
He aquí el único libro escrito basado en los documentos del anciano Lotvart, el último rey de la nueva Itita, la que
surgiría después de la guerra de las tribus en contra de Ígneos y la que seria derrocada por los pueblos venidos del
extremo Este. Han sido para mí muy útiles estos versos ya que con ellos he conocido los cuentos que se narraron
acerca de la llegada de los hechiceros de Amorgorog-Sibat a las tierras fantásticas de Arag-Utum.
La ciudad de Arag-Utum surgió de las tribus de pescadores del Mar del Norte que encontraron en aquel lugar un
buen sitio para desarrollar su comercio, en principio fue una aldea sencilla de casas de madera que después se
convirtió en un pequeño pueblo. Con la unificación de las tribus en aquella zona, la ciudad paso a ser la capital del
reino del Norte, entonces Farell primer rey de la unificación decidió convertirla en su capital forjando los
cimientos del castillo en las colinas bajas que quedaban cercanas a la costa. Allí fue llamada por él la ciudad del
viento y del mar, la hermosa joya de la costa, Arag-Utum, capital de uno de los reinos más ricos del Mundo
Conocido.
“…Y las tribus antiguas formaron reinos, y los reinos formaron países, y con la formación de
los cuatro países llego el fin de la primera era del tiempo…”
Aquella mañana arreciaba el sol del verano en la ciudad de Arag-Utum. El cielo estaba
despejado con el fondo azul profundo adornado delicadamente por los cuerpos amorfos de las
nubes blancas. Pero aquello no era lo que llamaba la atención de los habitantes de la ciudad.
Era una columna densa de humo grisáceo que brotaba del horizonte como una serpiente en
busca del cielo alto, lo que los mantenía mirando al vespertino firmamento.
Los pescadores del mar profundo habían visto en la mañana el volcán de la isla mayor de
Amorgorog vomitar humo y fuego, moviendo la tierra con furia. Los pobladores de la ciudad
encumbrada en una pequeña colina, sufrían por la angustia que les había producido el
terremoto que los levanto de sus camas en aquel día. Muchos se asomaban por las pequeñas
aberturas de sus ventanas de madera de cedro para ver la serpenteante columna de humo que
cada vez se hacia más grande y empezaba poco a poco a tomar la forma de un hongo. Otros,
en cambio, permanecieron en la plaza de la ciudad temerosos, pues la tierra se seguía agitando
como si estuviese viva. Pero en el fondo, no era aquello lo que les angustiaba, sino los rumores
que durante años habían existido sobre aquella isla, rumores que aun conmovían los frágiles
corazones invadiéndolos de un miedo frío y desesperante.
Años atrás al pequeño puerto de Arag-Utum, llego un barco de dos velas grandes hechas de
una tela en apariencia gruesa que nadie en el Mundo Conocido había visto antes. La forma del
barco llamo la atención, era de mediano tamaño, hecho de madera oscura y calafateado con
brea. No tenía remos, ni tripulación, algo más que el viento parecía mover tal mole, algo tan
oculto y misterioso como los símbolos que adornaban toda la cubierta como si fuese la runa
protectora de algún reino perdido. Eran tres triángulos dorados entrelazados entre sí
encerrados en un círculo. Tan bello, tan perfecto, que los ojos no se empalagaban de ver la
perfección con la que habían sido hechos.
Los guardias del reino se acercaron, los pescadores se agolpaban curiosos esperando la
tripulación del monumento. Pero no había nadie en cubierta. Habitaba solamente un vacío
estremecedor en la barca gigantesca. No había capitán, ni marinos, ni animales. Todo
permanecía envuelto por el silbido poderoso del viento que hinchaba las velas como el rosado
buche de un sapo. El barco se anclaba en el puerto como si estuviese vivo. Los guardias
retrocedieron, los marineros empezaban a temer de aquel acto. El misterio se hacia eterno a
medida que las nubes cubrían la luz parda del sol de la tarde-noche. De pronto, unas sombras
reptaron por la cubierta, unos hombres encapuchados de negro aparecieron sosteniendo largas
varas de madera. Todos llevaban brocadas en sus ropas de talar, el mismo símbolo enigmático
que adornaba el barco.
Sus rostros no se veían, era como si fuese sombras y no carne lo que envolvían aquellas capas.
Sostenían lámparas en cuyo interior destellaba refulgente una llama blanca y pálida como la
estrella de la tarde. De pronto, una niebla espesa se apodero del aire, era fría y densa, se metía
en los pulmones y los asfixiaba con su gélida presencia. Los pescadores se quedaron inmóviles
al igual que los temerosos soldados que parecían las estatuas con la que estaba adornada la
entrada al bello muelle del puerto.
Las sombras pasaban como llevadas por el aire frío que mecía la niebla que poco a poco
empezaba a cubrirlo todo con el misterio de lo oculto. No había rostros que divisar en aquellas
formas que pasaban sigilosas en una procesión perfecta, lúgubre. Sostenían sus largas varas de
madera bermeja a la vez que cargaban las lámparas alargadas que llevaban en su interior la luz
blanquecina. Sus pies no tocaban el suelo, flotaban a pocos centímetros como almas penando
una condena en un mundo que no les pertenece. Los pocos que los observaron cerraban sus
ojos mientras pasaban por las calles empedradas de la ciudad. Tomaron el camino del Sur que
conduce al Gran Bosque y más allá a Kramicrogseum, la capital del país del Sur. Nadie
pregunto nada, pues en el fondo sabían quienes eran aquellos hombres de misterio: los brujos
de Amorgorog-Sibat.
Se decía que en la creación de todo lo visible, los grandes sabios encerraron a Ordorug, el
señor de las sombras, en el interior del volcán de Sibat donde nunca más saldría su oscuridad a
invadir la vida de los hombres.
Allí estaban, allí quizás han estado siempre. Nadie sabe de donde salieron ni como han vivido
largos años en aquella isla maldita, la mayor de las tres de Amorgorog. Poco se escribió de ellos
en las primeras exploraciones, pues los escasos hombres que regresaron de aquella gesta
repitieron la misma historia como si la hubiesen puesto en sus mentes con las mismas palabras
y el mismo temor.
Hablaban de ancianos vestidos con ropajes negros hechos de algo parecido a la seda, bailaban
en la penumbra iluminados solo con la luz dorada que salía de sus largas varas, y algunos con
bolas de fuego que no se consumían. Decían que el volcán de Sibat hablaba con voz horrible,
como si una presencia profunda gritara con voz de trueno en su interior. Ellos la atendían,
ellos la veneraban con las mismas palabras antiguas, gritaban como locos y a medida que
gritaban las estrellas bailaban en el cielo, y el cielo se movía tan rápido, que en un solo instante
amanecía y anochecía varias veces; porque allí no había tiempo, ni luz, ni oscuridad. Lo único
cierto allí era esa voz que retumbaba desde el interior del volcán, esa presencia poderosa que
hacia que el mundo se trasformase, y que le daba poder a los ancianos de ropas negras y varas
largas, el señor de Amorgorog-Sibat, el mismo Ordorug, era quien hablaba desde lo más
profundo de los abismos de la tierra.
Muchos de los exploradores no vivían más que un día después de contar la historia del señor
de Amorgorog-Sibat. Amanecían frígidos en sus camas, como si el alma les hubiese sido
robadas la noche anterior, como si una maldición rondara en sus cuerpos, tan extraña, tan
oculta en su ser, como los mismos cuentos lúgubres que traían sus palabras. Si, morían y nadie
supo más de aquella isla, solo que allí vivían unos brujos que adoraban a Ordorug, el señor de
Amorgorg-Sibat.
Todos temieron la presencia de los encapuchados aquella noche. Pocos salieron de sus casas y
los que se aventuraron a ver por las ventanas no podían distinguir más allá de lo que la niebla
les permitió ver.
Al día siguiente el barco no estaba en el puerto. La noche se lo había llevado junto con la
niebla. Los brujos no estaban, nadie daba razón de su partida, pero si de su destino. Los
rumores crecieron, los guardias les había visto pasar en la aldea de Olumenor cerca al gran
bosque, pasaron como volando en el aire, impulsados por algo más que sus pies, arrastrando a
su paso cantos y rezos que nadie entendía. Llevaban un bulto pequeño, un infante de pocos
días de nacido, lo supieron por el llanto seco que retumbaba contra las montañas. Un llanto
aturdidor, un llanto frío y pavoroso, más profundo y desconcertante que los rezos
incomprensibles de los hombres encapuchados. De eso ya cuarenta inviernos. Desde aquellos
hechos nadie supo nada que proviniese de aquella isla. Hasta el día en que el volcán Sibat
erupciono. Solo ese día la ciudad de Arag-Utum sembró sus ojos de nuevo en dirección al
horizonte donde se encuentran las tres islas de Amorgorog.
La ciudad de Arag-Utum es la capital del país del Norte. Fue fundada sobre una colina cercana
a la costa del frío mar del Norte. Allí, en lo más alto de la verde colina yace el castillo de blanca
piedra y techos dorados. Tres torres tiene la ciudadela desde donde reina Ephiras, el señor del
trono del Norte, soberano del país más grande y más rico del entonces Mundo Conocido. El
reino de Ephiras se extendía desde la cordillera de Asoreth hasta los lindes del Gran Bosque.
Eran de su dominio también la gran montaña blanca en cuya cima se dice, se pueden ver en el
verano las ciudades de los cuatro países, incluyendo a Itita, la más escondida. También las islas
del Archipiélago de Verilett y las tres islas de Amorgorog. Y más allá nada, pues después de
aquellas tierras en medio del mar, se extiende el gran abismo donde según se creía
desembocaba el mar hacia la oscuridad eterna del vació. Pocos habían visto el abismo, pero
cierto era que existía el fin del horizonte.
El país del Norte era el más poblado, las aldeas quedaban cercanas a la capital salvo Olumenor,
la más sureña de todas. La economía del país venia del mar y de los tesoros de las minas que
había en las altas montañas de la cordillera de Asoreth al Sureste de Arag-Utum, de la
agricultura y la herrería que al igual que la de Itita, era famosa en el Mundo Conocido.
Famoso también era aquel país por tener a su servicio el ejército más grande de los cuatro
países. Aunque tal poder no había sido creado para la guerra, sino para mantener el orden en la
bastedad de su territorio. El Mundo Conocido no vería jamás hostilidad alguna, pues los
soberanos reyes de los cuatro países firmaron al acuerdo de Sisergath, en el cual se preservaría
la paz y la hermandad entre los territorios. Más aun el imponente ejército del Norte era visto
con recelo por los otros países, su precensia era una amenaza permanente para los pueblos
libres de aquel tiempo.
La fumarola del volcán había tomado forma de hogo deforme por el impulso del viento.
Pronto seria vista desde Sisergath la capital del país del Oeste. En las montañas de la cordillera
de Asoreth, en las aldeas fundadas en la cuesta inclinada de las montañas, ya era visible la
fumarola amorfa. Allí se había sentido el estruendo de la tierra con mayor fuerza. El rugido de
la erupción fue llevada por el viento a sus oídos acostumbrados al silbido brioso del aire en las
montañas, pero aquel estruendo fue horrible, era como si una enorme caña se hubiese
desquebrajado, como si una voz poderosa emergiera del interior de la tierra y los hubiese
amenazado. Ellos también temían a los brujos y creían, como todos en el país del Norte, que
aquella era una señal de las cosas terribles que iban a venir. Era él, el señor de
Amorgorog-Sibat y sus brujos negros los culpables de tal desastre. Eso decían aquellos que
infundían el miedo en los demás, los más creyentes de las cosas que en aquella isla ocurría.
Pronto, la historia de la visita de los brujos tomaba fuerza de nuevo. El miedo irrumpía cada
oído que la escuchaba. Muchos trataban de escapar de las palabras mortificantes de los
especuladores, pero era imposible tratar de pensar en otra cuestión, y más aun, cuando los
temblores continuaban con cierta regularidad, recordándoles en cada estrujón de la tierra
sólida, la pesadilla humeante que se veía en lo alto de los cielos.
El rey ordeno a todos refugiarse en sus casas. Quería evitar que el pánico continuara
desvariando a los ciudadanos de Arag-Utum, quería evitar que aquel miedo se convirtiera en un
monstruo anárquico incontrolable. Aunque en el fondo él mismo sintiera una zozobra tan
terrible como la que sentían todos su súbditos en aquellos momentos de misterios ocultos y
preguntas a medio responder.
El cielo se nublaba cada vez más, el sol sucumbía eclipsado por el humo negrusco que brotaba
de la isla y se esparcía en el cielo como un demonio gigante que se devoraba el cielo
lentamente. La penumbra empezó a amenazar la ciudad. La gente veía llegar una noche
anticipada. Pronto los gritos emergieron y las suplicas a las deidades se sintieron como un eco
eterno que retumbaba en cada casa de la ciudadela. Las calles se vaciaron, solo el viento corría
libremente llenando cada rincón con el perfume asfixiante de la madera quemada. Si, un olor
azufrado e irritante vicio el aire limpio que provenía del mar. Era como si algo enorme se
estuviese quemando sin medida, como si un fuego ciclópeo devorara el mundo dejando solo a
su paso el olor penetrante de los consumido, de lo inerte, de lo muerto por las brasas.
Algo ocurrió, una voz rompió el corto silencio que reino sobre la ciudadela, unos gritos fuertes
y roncos, una angustia invadía aquella voz masculina, una sequedad la atormentaba cada vez
que salía de las profundidades tibias de su dueño. <<Ya vienen… Ya vienen>>
La gente se asomo por las ventanas ensuciadas por los fragmentos de ceniza que empezaban a
flotar en el aire, de la misma forma que el polen en verano invade los prados. Era un hombre,
un pescador de la ciudad que corría como si algo lo persiguiese. Iba en dirección al castillo, y
medida que avanzaba repetía las mismas frases: Ya vienen… Ya vienen.
Los guardias que flanqueaban las puertas del castillo lo detuvieron, pero él le secreteo en los
oídos. Los dos hombres empalidecieron aun más, se quedaron inmóviles, ni siquiera notaron el
momento en que el desesperado pescador atravesó las altas puertas rumbo al salón del trono
donde estaba el buen rey tratando de meditar la situación.
El hombre irrumpió con fuerza. No hubo tiempo de reclamos, se hincó ante el rey y le narro
su historia: Había sido llevado por el viento a la isla de Amorgorog, en la costa espero que la
borrasca cesara, pero algo extraño sucedía. Unas voces de ancianos cantaban a lo lejos, y una
hoguera irrumpía la oscuridad de la madrugada. La curiosidad lo arrastro hacia un bosque de
troncos muertos, allí los vio, eran ellos, los brujos de la isla. Danzaban con sus varas largas
alrededor de la alta hoguera. De pronto, un hombre maduro más joven que ellos se acerco a las
llamas. La danza se calmo, los cantos se convirtieron en rezos cada vez más pronunciados y
acelerados. El hombre caminaba hacia las flamas, una voz se sintió en el aire, una voz profunda
que solo se escuchaba en el alma, tan dura y fría que paralizaba el latir del corazón. Los
ancianos rezaban con delirio, el hombre se interno en las llamas, la voz profunda se aguzaba y
crecía en poder. De pronto, una luz emergió de la hoguera, un espectro blanco de luz intensa
salía asustado rumbo a lo alto de los cielos, un chillido lo acompañaba mientras se elevaba
rumbo a las estrellas danzantes, hasta que el oscuro firmamento lo devoro. Los rezos cesaron,
el hombre emergió del fuego intacto, no había llagas ni quemadura alguna en su cuerpo
desnudo. No había marca ni cicatrices, era como si el fuego le obedeciera, como si fuese su
señor y amo. Los ancianos se arrodillaron ante su presencia. En sus ojos no brillaba la luz, en
su rostro ya no había angustia, en su voz no había miedo ni bondad, solo un eco horroroso que
entonaba unas palabras incomprensibles. Los ancianos se levantaron y con las varas llenas de
una luz dorada entonaban con éxtasis unos versos, unas frases tangibles, un nombre
recuperado al tiempo: Canophulus.
Cuando se escucho ese nombre, la montaña rugió con furia mientras el hombre era vestido
con ropas más finas y tan negras como la de los ancianos, toda ella bordada con el símbolo de
los triángulos. Una vara de metal le fue dada, y una vez esto ocurrió el hombre hablo de nuevo.
No se entendía nada en aquellos versos, pero hubo algo que si fue claro, algo que marco el
destino del pescador: Arag-Utum, eso dijo varias veces con rabia y con odio señalando en
dirección hacia la ciudad. El pescador concluyo su historia diciendo que había huido en el
momento en que oyó tales designios. Tomo su barca y mientras navegaba por el brioso mar, el
volcán erupciono con furia cubriéndolo todo de negro.
En ese momento de dudas un guardia entro con la noticia, un barco había sido divisado desde
la torre alta del castillo, venia rápido y en pocas horas llegaría a la ciudad. El rey vacilo, se sentó
en el trono con la cara empalidecida y una expresión desalentadora. En el primitivo Mundo
Conocido no se sabía de magia, ni de magos, ni de nigromantes, maestros de las artes
sobrenaturales, solo en el Norte habían magos1 pero el vierto no llevaría estas guerras a sus
oídos hasta después de muchos años, cuando ya habría poco que hacer.
A las afueras de la ciudad las tropas se movían con rapidez rompiendo el sonido del viento. Se
dirigían hacia el puerto, así lo había ordenado el rey. Todos los soldados que había en la ciudad
corrían a formar una barrera en contra de los visitantes de la isla. El puerto fue blindado, las
puertas de acceso a la ciudad eran flanqueadas por los jóvenes guardias. Los arqueros se
acomodaron en las atalayas de la muralla baja que rodeaba la ciudadela, al igual que en las
torres del castillo donde se enviaron a los mejores soldados ha proteger la fortaleza del rey.
El barco se acercaba con rapidez en medio de la penumbra que cubría los cielos como una
manta tenebrosa. Las aves cesaron su vuelo ubicándose en los peñascos desnudos que había
cerca de la costa, expectantes a lo que estaba a punto de acontecer. El mar se movía con
suavidad a pesar que el viento mecía los estandartes del ejército con gran fortaleza. La sombra
negra que surcaba a gran velocidad los mares, alcanzo con suavidad misteriosa el majestuoso
puerto. La voz entrecortada, pero fuerte del capitán de las tropas cercanas al muelle les gritaba
que bajasen de la nave en paz. Pero en cubierta nadie respondía, nadie se agitaba para alegar
tales mandatos, nada más que el aire resoplando y el sonido del mar golpeando la nave negra se
oía. Los arqueros templaron sus arcos ante las órdenes del capitán. La lluvia de flechas caería
sobre el barco ante el más mínimo movimiento. Nada se oyó por un buen tiempo, el pulso
temeroso de los soldados se hacia más evidente. De pronto, unas palabras emanaron de
cubierta, unos versos incomprensibles que dejaron a todos los que cerca estaban sumidos en
un mutismo aterrador. Un hombre de rostro lúgubre se asomo en la proa del barco, su piel
dorada por el fuego y sus ojos refulgentes como el magma caliente de un volcán observaban al
grupo de arqueros que rodeaban el barco. Su mirada era estremecedora, tan fría, tan llena de
odio, aquella mirada atravesaba la piel y la carne y se internaba en el alma y la domaba a su
antojo. Las flechas del puerto apuntaron en dirección hacia las torres. Algo había en los ojos
jóvenes de los arqueros, una sombra los opacaba, como si una membrana verdosa los cubriera.
La lluvia de flechas se sintió, algunos soldados de las atalayas cayeron como bultos de harina
1 Me refiero aquí a los señores que creo han vivido desde el origen del sol, en el frío Norte de este mundo,
aquellos de los que poco se habla y poco se sabe: los ancianos magos.
hacia el duro suelo. Desde las torres silbaron más flechas y estas cayeron en el barco sombrío
haciendo un gran bullicio, tan grande, que el sortilegio se rompió, y los arqueros del puerto
despertaron de su sueño. Las flechas invadían la coraza negra y calafateada del barco. Los
hechiceros salieron de su invisible protección. Las varas brillaron con luz dorada, fuerte y
enceguecedora. Las flechas se devolvían hacia sus lanzadores, como si un viento rodeara la
forma sombría de la barcaza. Los arqueros caían como si fuesen de muñecos de trapo
tumbados por el aire frío del otoño. Los brujos flotaron al suelo ceniciento del muelle. Allí la
infantería los atacaba con sus espadas, pero de sus varas salía una fuerza invisible que los
lanzaba por el aire. El hierro de sus armas filosas se calentaban al rojo vivo, y sus escudos se
hacían más pesados y gruesos. Su grito de guerra se perdía lentamente a medida que los veinte
ancianos vestidos de negras ropas, y armados solo por sus varas de luz, se abrían paso en
medio del tumulto de hombres acorazados que los desafiaban. Desde las atalayas y las altas
torres empezaron a silbar las flechas en medio de lo imposible de aquel acto mágico. Alguno de
los brujos alzaba la vara y estas se desviaban de su rumbo, algunas al mar, otras a los cuerpos
de los valientes soldados.
Pronto la puerta que daba al puerto fue alcanzada. Los arqueros y los soldados que la
custodiaban desde la muralla baja, hacían los imposible por detener la estampida de desolación
que poco a poco creaban los brujos de Amorgorog-Sibat, pero inútil era su empresa. Los
brujos llegaron al portón de madera y con rezos y palabras misteriosas lo tumbaron, tan fácil
como si estuviese hecho de niebla y no de roble. La ciudadela fue alcanzada. Dentro, los
esperaba la segunda defensa de las tropas. Las altas lanzas y los fuertes mazos los recibieron.
Los brujos se esforzaban en hacer sus sortilegios, pues aquellos hombres eran más fuertes y
pesados. Las varas brillaron más, evitando la furia de aquello valientes. Pronto se vieron
rodeados por las formas acorazadas e imponentes de aquel batallón. Entonces, cuando todo se
veía ganado, cuatro encapuchados sacaron de la nada unas esferas de vidrio volcánico veteadas.
En el interior se movía lentamente unas formas como niebla, que se mecían con el movimiento
de los astros. Los encapuchados hablaron y las esferas se rodearon de un fuego que no las
consumía. Las lazaron al cielo, y estas volaron como el ave que se suelta de las manos de su
captor; alto como las estrellas y rápido como la luz dorada del sol.
Un estruendo se oyó en lo alto, un rugido abrasador y paralizante. El cielo se rompía, pronto el
sonido se convirtió en luz, y la luz en relámpagos azulados que caían sobre el bello castillo de
Arag-Utum. Era una lluvia de rayos que destrozaban las torres, las murallas y las fachadas de la
fortaleza del rey. Caían como látigos luminosos acabando con la piedra y el metal. Los
protectores de tal obra caían de lo alto, gritando con formas horrorosas que estremecían hasta
el corazón más duro.
Los soldados de la segunda defensa temieron tal mal. Se esparcieron con rapidez buscando
salvar sus vidas de la furia incontenible de los cielos, huyendo de las serpientes de fuego como
llamaria la historia a aquellos truenos que acabaron con el castillo de Arag-Utum y parte de la
ciudadela.
Los hechiceros caminaban son seguridad, a ellos la furia no les afectaba. Marchaban en
procesión marcándole el camino a alguien más poderoso que ellos, alguien que caminaba desde
el puerto con lentitud atravesando los cuerpos inconscientes de los muchos que habían de vivir
para ver el inicio de su muerte, de su propia miseria. Si, eran pocos los muertos y muchos los
heridos, así lo había dispuesto Canophulus. Las fuerzas deberían permanecer para su servicio.
Aquello no era más que una muestra de terror, pues es eso, el miedo mismo, la mejor arma de
dominio. Un pueblo que teme es un pueblo fácil de domar. Y más aun cuando tal obra
sobrenatural era vista por primera vez en los lindes del Mundo Conocido.
El hombre sin alma caminaba entre las calles retumbantes de la ciudadela, observando a lo
lejos la lluvia de relámpagos que caían desde lo alto de los cielos, llamados por esas esferas de
fuego. El señor, el elegido, solo tenía una meta, un propósito: el rey. Los brujos le hacían corte
a su entrada. Un movimiento de sus manos basto para acabar con el quebrar del cielo. La
tormenta ceso, pero no el desconsuelo. El castillo fue semidestruido, pero lo poco que se salvo
fue suficiente para sostenerlo en pie por unos días quizás. Canophulus entro con decisión. El
rey seguía allí, sentado en el trono, el último lugar donde su cuerpo tibio vio la luz pálida de un
trueno. Su piel estaba más que quemada, carbonizada. Sus ojos fijos en la puerta, y su corona
derretida como si un enorme crisol lleno de magma hubiese sido derramado sobre su cuerpo.
Ninguno de los que permanecieron en el edificio sobrevivió, todos fueron muertos por los
truenos, o por los escombros que caían por doquier. La reina murió en su fina cama abrazando
al joven príncipe, aplastados ambos por las vigas de los techos altos. La poca guardia que
acompañaba al rey, también fue calcinada por las serpientes de luz. Al igual que los altos
consejeros y los maestres de la corte. Pero afuera la gente temerosa vivió, aunque la muerte
hubiese sido lo mejor para ellos, pues lo que vendría no se compararía ni con el miedo humano
hacia la muerte.
Canophulus retiro con desprecio el cuerpo carbonizado que usurpaba el lugar que había venido
a ocupar. Se sentó con elegancia y triunfante sonrió mientras sus hechiceros se postraban
rindiendo honor a su señor, el elegido, el soberano, el emperador.
El nombre de la ciudad fue olvidado, Arag-Utum, que en la primera lengua significa Mar y
Viento; fue derrocada. Canophulus se apodero del país del Norte. El primer trono era suyo, y
con él, todo lo que dominaba. El ejército fue sometido con las palabras del miedo. Los
hombres guerreros le temieron al poder del nuevo rey, pero no solo fue temor lo que les hizo
rendirse y ofrecerle su lealtad a Canophulus, también fue su voz hechizante que esclavizo sus
mentes, robo sus almas y convirtió sus cuerpos en cascarones huecos donde retumbaban sus
deseos de guerra, domo sus mentes transformándolas en un eco que repetía muerte, que
repetía sangre, venganza. Ya no eran hombres, eran animales ansiosos por pelear todas las
batallas que Canophulus, su nuevo señor, les impusiese.
El gran ejército fue armado con nuevas armaduras, negras y gruesas, todas marcadas con el
mismo símbolo de los tres triángulos entrelazados entre si: El Trialde. Todo aquel que pudiese
sostener una espada fue obligado a unirse a las tropas. Los demás a los campos a cultivar el
alimento para el gran ejercito del nuevo imperio, los rebeldes fueron castigados, mandados
estos a trabajar en los hornos que rápidamente fueron levantados para fundir las armas y
armaduras de la hueste. Y para aquellos su vida fue miserable y eterna como los fuegos
abrazantes de los hornos.
Y es así como fue conquistado el primer trono. El único que cayó por el poder de la magia. El
único que desaparecería de la faz del Mundo Conocido, pues de Arag-Utum y las comarcas del
país del Norte no se sabrá nunca más.
LIBRO II
EL SEGUNDO TRONO
El libro del escriba de Sisergath
“De la batalla del Istmo del Trébol y la conquista del segundo trono”
ADVERTENCIA
He aquí que en la isla de Geasia, la antes llamada Isla Muerta se han encontrado por mi merced los tres libros de
Aztenamon el escriba de la ciudad de Sisergath, hoy llamada Acuff. El primer libro narra los años valientes de la
ciudad del castillo del gran domo que fue construida cerca de las acantiladas costas de la península del Trébol,
llamada así por la forma singular que apareció en los primeros mapas del Mundo Conocido. Habla también de lo
limites de los reinos y de los dominios de la casa de Sisergath, los cuales incluían la Isla Muerta y el Golfo de Baz,
mostrados aquí en un bello mapa, el único que sobrevivió a las guerras de Ígneos.
El segundo de los libros es el del comercio y la economía, cuenta los tratados de los mares y los caminos del
comercio de pieles, tan famosos en el antiguo país del Oeste. Habla también de las riquezas del mar de Agion, de
sus pescadores y los frutos del mar que eran llevados al interior en las caravanas de los comerciantes de la luna,
llamados así, por que solo en las noches de estrellas brillantes viajaban.
Y el ultimo de los libros narra los eventos de la conquista de Sisergath por el señor del Norte. He leído las paginas
frágiles de este libro y me han conmovido, es por ello que lo incluiré en este historial con sus versos tal y como
fueron escritos, no he de tocar ni una letra, ni un símbolo, pues todo lo que allí escrito esta, es tan completo que
no necesita retoque alguno.
He de escribir por orden de su majestad el rey Nicomedes, los eventos de la mañana. Me ha
ordenado mi señor que narre todo cuanto ocurra en estos días, pues en el Norte se agitan los
mares y se levantan grises humos. Un nuevo señor domina aquel país, pero de aquello poco se
sabe, los rumores son muchos, pero las verdades son pocas.
En esta, la mañana del día veinticuatro del sexto ciclo de la luna, ha llegado un caballero
extranjero portando noticias al rey Nicomedes. Su majestad lo ha de recibir en el salón del
trono donde le acompaña su modesta corte. El hombre de alta estatura y porte principesco se
presenta como Sirelth, y sus ropas son conocidas por este servidor. Sin dudarlo viene de Itita,
lo sé por que todo su ropaje es de una belleza indescriptible para mí. Sé que en Itita las
tejedoras pasan días y algunas veces años entrelazando las telas de las ropas de la corte, es por
ello que las telas del Este son caras y poco apetecidas aquí en el humilde país del Oeste.
El hombre portador de noticias graves, fue enviado por los reyes de su país a espiar los lindes
con el Norte e investigar lo que allí sucedía. Y tales eventos es de mi deber aquí consignarlos:
“…Allí en el Norte hay un señor de ropas negras dominado en los restos de la ciudad de Arag-Utum. Servido
es por veinte encapuchados con varas que dominan los elementos. Los hombres han formado un gran ejército, yo
los he visto partir ayer en la mañana. Tres compañías se mueven como los ríos de las montañas atravesando el
gran valle que termina en la gran montaña. Vienen en conquista de los países libres en nombre de su señor de
ropas negras. Todos portan el nuevo símbolo, el Trialde. Y todo aquello que posea ese signo será propiedad del
señor de ropas negras. He venido ante el rey de Sisergath a prevenirle, pues esta ciudad es la más cercana a
Arag-Utum. Debe armarse mi buen rey y proteger sus dominios pues el enemigo asecha con armas fuertes
comandados por los veinte de Amorgorog-Sibat. Vienen por el valle, una compañía se ha dividido y ha partido
rumbo a Sisergath, su avance es lento, pero su poder mortal. Mañana atravesaran el Istmo y ingresaran a la
península con una sola meta: marcar esta tierra con el símbolo del nuevo rey del Norte…”
El hombre se retiro prometiendo que cabalgaría con rapidez hacia Itita para solicitarles a los
reyes que envíen tropas al Oeste en ayuda de Sisergath, pues es de todos conocido que este no
es un país de grandes ejércitos.
Aunque sus intenciones sean buenas sé que no es mucho lo que se pueda hacer. Itita esta lejos,
tan lejos que tardaría cuatro días o más en llegar a la ciudad cualquier ayuda de ese país. Y
aquello preocupa al rey, quien desconsolado pide consejo a los ancianos que le sirven. No hay
otra alternativa más que enfrentar tal amenaza. Mañana llegaran las tropas y es mucho lo que
hay que pensar y poco lo que se puede hacer.
En la tarde hubo un gran movimiento en la ciudad. Todo varón en edad de batalla fue llamado
a defender el país. A mujeres, niños y ancianos se les pidió dejar sus casas y partir hacia la Isla
Muerta, allí en el refugio de Los Vientos, pasarían los días de la batalla. Poco a poco se
retiraban los barcos del único puerto del país. La zozobra acompañaba a todos los que allí se
embarcaban. Lo sé, por que he despedido en una de esas naves a mi madre y mis hermanos
pequeños que felices se alegraban de pasear en el mar, ignorando los motivos de aquella
travesía. Pero mi madre no gozaba de tal acto, pues en el fondo de su alma sabía que la ciudad
de fachadas cubiertas de caliza, no seria igual cuando la volviese a pisar. Se fue con tristeza de
dejarme aquí, en medio de esta desdicha, yo que fui tan valiente como mi padre muerto, ahora
veía reflejado en su rostro marchito por los años, la misma desesperanza y el mismo temor que
invadía mi alma.
Mi madre me abrazo, fue el ultimo suspiro de su cuerpo cansado lo que hizo que mis lagrimas
dejaran los abismos de los ojos y se perdieran en el mar, allí donde nunca más regresaran a mi
presencia. Ella no lloro, no quería que los niños se asustaran ni que la acosaran con preguntas
de las que ni ella misma sabía las respuestas. Y así se fue, seria y calmada, aunque por dentro la
consumiera todo lo malo que puede consumir el alma de los hombres.
Cuando el barco se perdió en el horizonte rumbo a la silueta grisácea de los picos lejanos de
Isla Muerta, yo retome el camino hacia el castillo de la gran cúpula dorada. (La única bella obra
de valor que tenía la ciudad). Mientras subía las escaleras que se levantan serpenteando el
acantilado desde el puerto, me encontraba con las humildes familias que venían de las dos
únicas comarcas del reino. Sus rostros mugrientos secos por el sol y el viento, no eran
diferentes a los rostros de los demás viajeros. Todos parecían victimas de los mismos gestos
resignados y tristes, pálidos y llenos de cansancio. Era la primera vez que en mi vida
presenciaba tal evento, y aquello me desconsolaba, tanto, que al ver aquellas señas de
desaliento, me veía a mi mismo proyectando tales formas desconcertantes en el ondulante
hemisferio de mi rostro joven. Los ojos secos y rojizos en busca de una cara familiar que les
proyectara una sonrisa, un saludo, un gesto que les devolvería por un instante, la alegría
perdida en las advertencias del rey.
En el interior del castillo las cosas no eran muy distintas. Allí los grandes señores trazaban la
defensa del país. No disimulaban su falta de experiencia, muchas veces fue dibujado en el mapa
las rutas de los ejércitos del Norte, y muchas veces fue discutido el lugar más débil del reino,
allí por donde la batalla seria perdida. Yo los observaba y anotaba todo cuanto me gritaban que
escribiera, pero después corregían los planes y yo los volvía a corregir en las hojas amarillentas.
Pero después, al ver tal desperdicio de tinta, tome la decisión de no anotar más, así los señores
me gritaran que lo hiciera.
Mi señor también discutía, nunca lo había visto tan preocupado por un asunto. Esta vez se
dedicaba como un pintor a sus cuadros, al fino arte de la guerra, del cual nadie, ni siquiera él,
conocía en ese salón. Tal vez si algún general de Itita hubiese venido seria más fácil, pues allí si
que saben de estrategias, pues son ellos los grandes conquistadores de la época. Pero de Itita
nadie llegaría, y debíamos de confiar en las ideas vagas de estos ancianos sabios en letras y
números. Pues en esas mentes de cabellos blancos y poco pelo estaba la escondida la formula
para derrotar a los ejércitos del señor del Norte, del que nadie sabe y del que muchos
empezaban a temer.
Aquella noche fue larga como el suspiro de la eternidad en lo infinito del espacio. El plan fue
hecho, el ataque seria en el istmo de la península, la única entrada a la ciudad. El viudo rey no
durmió. Se la pasaba dando vueltas en sus aposentos. Miraba en dirección a Isla Muerta, quizás
añorando la presencia de su hija única, la bella princesa Jasiria, la flor del otoño, la rosa del
invierno, la dulce. La hija del rey serviría a la ciudad en caso de que la victoria fuese nuestra.
Pero también le preocupaba si la batalla se perdía, entonces, ¿Qué seria de ella?, solo las
lagrimas atravesando el rostro marchito del rey contestaron mi pregunta. Al verlo pensé en mi
madre y en mis pequeños hermanos, y también llore, y entre el llanto y la frialdad de la noche
estrelladas, me quede dormido, soñando que todo era un sueño, imaginando que todo aquello
era imaginado, sonriendo en medio del llanto de los que ya se han ido, y los que pronto se irán.
A la mañana, antes del asomo del alba por el Este, el rey llamo a sus tropas y le dio a esta
presencia la misión más difícil <<Y vos mi buen escriba, estarás en lo alto de la torre de Agion
escribiendo la gran batalla que será ganada por este tú rey, por este tú pueblo; anotadlo todo,
no gastes en detalles, pues esta gesta es digna de ser escrita…>>. Después, hubo de hablarles a
los más de tres mil hombres que salían en caballos hermosos rumbo a la península. Sus versos
fueron de aliento en los tiempos amargos, varias sonrisas de esperanza flotaron en medio de la
espesura de la tropa. Y así en medio de un grito de batalla, partimos con el frío del ocaso de
cielo negro-azul, ellos rumbo a la batalla, y yo rumbo a la torre, armado con una espada de filo
dudoso, los pergaminos, una pluma y tinta.
No niego que el camino fue largo, a pesar que ya era por mis ojos conocido. Pero esta vez no
caminaba rumbo al interior en busca del gran bosque, ni a observar el mar brioso golpear las
rocas de golfo de Sisergath. No, esta vez partía hacia la vieja torre de Agion, construida por los
primeros reyes para vigilar el istmo. Allí en lo alto se podía ver parte de la cordillera de
Asoreth, obstaculizada a la vista solo por la Montaña Blanca, desde donde se dice, se puede ver
las cuatro ciudades.
Al llegar allí, el rey pidió los escritos hechos el día anterior sobre el mapa del Mundo Conocido.
Explico a los casi mil hombres que ya estaban allí el día anterior, el plan de batalla. Una vez
asistí a su majestad, este me envió junto con los arqueros más hábiles rumbo a la torre. Y hacia
allí fui, guiado por el ansia de lo imprevisto, temiendo un mal que no conocía, y que desearía
nunca conocer. La torre de Agion no era tan alta como las de Arag-Utum, media esta desde la
base hasta la corona unos 250 pies, y una base redonda de unos 54 pies de diámetro. Dentro
había una escalera amplia para luchar con espada desde la cual se accedía a los cinco niveles y la
azotea. Cada nivel tenía estrechas ventanas ojivales donde los arqueros se ubicarían para
comandar el ataque. Pero mi puesto estaba en lo alto, allí en la corona de la torre, el último
nivel desde donde podría verlo todo, protegido por los valerosos arqueros, y las altas almenas
que culminaban la torre: mí puesto en esta batalla.
Al llegar allí mire hacia el Este la planicie limpia del istmo bañada por los débiles rayos de la
aurora que se veía venir a lo lejos, atravesando la llanura estaba el río de las tres montañas, que
desde allí parecía una gran serpiente ocre atravesando la pradera. Y más allá se veía cerca una
masa que atravesaba con lentitud: era el ejército del señor del Norte. Pronto los arqueros
gritaron a mi señor el rey, que al salir el sol estaría cerca, y en lo precoz de la mañana estarían
frente a ellos. Yo los observaba lentamente, las antorchas se apagaban cada vez más rápido, y a
medida que los rayos del sol bañaban la explanada se veía cada vez más lo basto de aquel
ejército.
Cada vez más aquella hueste de hombres se asemejaba a un bosque de lanzas que caminaban a
paso de marcha. Ya el suelo retumbaba y los cielos se cubrían con las nubes que arrastraban
bajo sus cabezas la horda negra que venia del Nordeste. Adelante iban cuatro jinetes que
sostenían en sus manos unas varas largas y delgadas, sus cabezas estaban encapuchadas y eran
los únicos que no portaban armadura alguna.
Pronto el cielo se torno de un gris intenso. El viento soplaba desde el Golfo de la Torre Gris
hacia nosotros, el mar brioso retumbaba en las rocas cercanas a las acantiladas costas. El
enemigo llego en el momento imaginado. Pero terror genero en todos al ver la masa uniforme
y numerosa. Desde las alturas se observaba la diferencia: uno a tres. El ejercito del Norte casi
que triplicaba al nuestro. El temor se sintió con fuerza en el rostro de los soldados de
Sisergath, pero mi señor los alentaba con el discurso de la esperanza, y aquello agito la masa de
cascos apenachados que dispuestos estaban a morir por su pequeño país. En tanto el enemigo
se organizaba con sus escudos negruscos solo iluminados por el símbolo del emperador del
Norte. Los arcos se templaron mientras observaba con detalle las armas novedosas del
enemigo, escudos altos, largas lanzas, y potentes arcos. Los encapuchados recorrían
observando el terreno. A veces miraban al cielo como tentando el clima. Sus varas siempre
alzadas como si fuesen sus espadas y sus escudos.
De pronto, se juntaron los cuatro jinetes, comentaron palabras que el fuerte viento se llevaba y
las estrellaba en los acantilados de los dos golfos que flanqueaban el istmo, el de Sisergath y el
de la Torre Gris. La amenaza tomo posición, de las varas emergió una luz de un color dorado
extraño, y fue aquella la señal, y la batalla del Istmo de Sisergath iniciaba en lo precoz de la
mañana.
Los hombres corrieron a su encuentro comandados por el rey. Las dos masas decididas se
encontraron en medio del polvo y los sonidos de las espadas golpeándose las unas contra las
otras. Pronto la sangre y los quejidos de dolor. Atrás los arqueros de la torre libraron su propia
batalla con los similares enemigos. Pero la lluvia de flechas del adversario llegaron primero, y
entonces, muchos de los que a mi lado estaban cayeron sin vida atravesados como acericos de
sastre por decenas de flechas. Yo me protegí en la almena de roca solidad desde la que estaba
observando. Pronto los demás que quedaban en pie cayeron, y a medida que caían eran
reemplazados por otros que venían del interior de la torre, y fue así hasta que las flechas
dejaron de silbar, y los arqueros de la torre se acabaron. En ese instante me asome, y desee no
haberlo hecho, pues lo que mis ojos veían fue aterrador. Pocos penachos luchaban aun en
medio de la mancha negra. Entre ellos mi buen rey. El enemigo consumía las tropas como
consumen las orugas las tiernas hojas de una planta. La esperanza decaía, al igual que los
cuerpos sangrientos de los nuestros, al igual que sus cabezas en el suelo rojo del Istmo, al igual
que las lágrimas de mis ojos que manchaban las letras curveadas por el pulso miedoso que se
apodero de mis manos.
El ultimo que en pie quedo fue mi rey. Desde las alturas lo observe enfrentarse con sus últimas
fuerzas a los encapuchados que blandían espadas gruesas mientras sostenían a la vez las altas
varas. Mi buen rey caminaba con altura, como un caballero digno de su armadura, de su corte,
de su majestad. Fue aquel el ultimo grito de batalla que se oyó en el aire; fuerte y agresivo. La
última fuerza fue arrancada de su cuerpo al igual que su cabeza, al igual que mi alma al ver tal
horror. No grite, ni llore. Solo huí con silencio como el cobarde que soy. Conocía bien los
caminos, y me escabullí del enemigo por detrás de la torre rumbo a los rocosos acantilados del
Golfo de la Torre Gris. Lo último que ví, fue la corona brillante de mi señor alzada por los
encapuchados como el trofeo de su victoria. Después nada más, pues mi cuerpo resbalo por el
abismo que yacía a mis pies, y allí en el frío mar de Agion fui arrastrado a costas seguras donde
escribiría estos versos en las cuevas de las montañas del Humo, desde donde llegaron noticias
de Sisergath por los pocos que habían logrado huir del enemigo en la Isla Muerta y que partían
con esperanza rumbo a Kamicrogseum, la ciudad del Sur.
Los extraños afirmaron que al tercer día de la batalla del istmo de la península del Trébol, hubo
de llegar a Sisergath el señor del Norte, Canophulus, a ocupar el segundo de los tronos
conquistados.
Pregunte por mi madre y mis hermanos, pero su respuesta no fue agradable para mi. Pues me
dijeron con tristezas que era probable que hubiesen sido llevados como los demás, al Norte
como esclavos, para construir la nueva ciudad.
De mi madre y mis hermanos no supe más. Largos años pase escondido en las montañas y la
vejes llego a mi, y con ella la esperanza de la muerte.
Escribí estos mis últimos versos, del fuego del sur, y las noticias de la caida de Kamicrogseum,
y desde allí sentí el rugido de la última batalla en Itita. Partí en medio de las sombras rumbo a
Isla Muerta, a la protección de las ruinas de la fortaleza antigua. Aquel era un lugar seguro,
pues en Isla Muerta no había nada de valor, y nada crecía allí más que los secos espinos y las
tristezas pasadas. Allí he de morir, al amparo del recuerdo de mi madre y mis hermanos, con
los que me encontrare en el descanso de la eternidad, donde no hay sufrimiento, sino el amor
de todo lo creado, de todo lo soñado, de todo lo querido.
LIBRO III
EL TERCER TRONO
El libro de los códices de las cuevas de Imefún
“De la batalla de Kramicrogseum, la muerte del rey Siseron y la conquista del tercer trono”
ADVERTENCIA
He aquí el tercer libro que he escrito en base a los códices que encontré en las cuevas de Imefún al Oeste de las
ruinas de Kamicrogseum. La verdad no sé razón de quien haya podido haber escrito estos bellos libros, pero
cierto es que fueron para mi provechosos.
Los códices están desgastados por el tiempo y los insectos, estos últimos han dañado seriamente gran parte de los
dibujos y los manuscritos. Es por ello que parte de este libro contiene muchas de las narraciones de los ancianos
que encontré en las aldeas cercanas a las cuevas de Imefún, que aunque disertantes, concuerdan en su mayoría con
los eventos que hacen falta y trascienden en los códices. He tomado solo algunos de estos relatos, los más
parecidos a las secuencias de los manuscritos, aunque debo afirmar a vosotros, señores míos; que tales historias
carecen de mi confianza, más sin embargo son ricas en hechos y en trama, y es por ello que he decidido incluirlas
antes que desaparezca como las paginas faltantes de estos códices.
Este es pues el tercero de los cuatro. El que narra la caída de la ciudad del Sur: Kamicrogseum, la capital de la alta
muralla.
Al final de la tarde en la aldea más nórdica del país del Sur se vio cabalgar a un caballero
Ititense. El enviado por la corona pregono una advertencia a este país tan alejado del mundo.
Los que lo oyeron quedaron atrapados en la zozobra de los inesperado, aquella misma que
había afectado los oídos del pueblo del Oeste.
Un ejercito venia del Norte como una sombra que serpenteaba las praderas del valle del río
Selir. Su paso es lento, pues su carga es alta, pero su convicción es aun más grande que su
carga. Pronto rodearan la espesura del gran bosque y llegaran a la ciudad de la muralla alta. Y
dicho esto el caballero partió con la promesa de que Itita enviaría ayuda al país del Sur, el más
lejano de los tres.
Los rumores del caballero fueron confirmados por diez aldeanos que partieron rumbo a las
montañas del Gran Bosque, y lo que allí vieron les aterro. En la frontera con el país del Oeste
se advertía una gran mancha oscura que empezaba a rodear los lindes del Gran Bosque. Su
marcha era constate y hacia rugir la tierra como si estuviese viva. En medio de aquella serpiente
de hombres aglomerados se advertían cinco torretas bélicas acompañadas por sendas ruedas y
haladas por lo que parecían animales fornidos. Y atrás de la marcha las catapultas, que a lo
lejos, parecían cucharones gigantes que se movían lentamente.
Los aldeanos corrieron como nunca lo habían de hacer en sus vidas. En medio de su temor, la
espesura del bosque se volvió mansa y despejada. La aldea estuvo cerca gracias a su osadía. Y
una vez allí, alertaron a todo aquel que tenía oídos para la noticia, y ante tales verdades no
hubo tiempo de lamentarse, ni de quejarse, ni de siquiera sorprenderse, pues solo hubo tiempo
de huir al único lugar seguro y cercano: Kamicrogseum.
El país del Sur era el único que no poseía salida al mar, su economía dependía de las minas de
oro que existían en las montañas cercanas. En la época dorada fue este un país rico, tan rico
que se dio el lujo de edificar una muralla alta y gruesa que rodeara el castillo de la casa de los
Siseron, los señores del Sur.
Kamicrogseum, fue el epicentro de la bonanza de los primeros reyes del confín del Mundo
Conocido. La ciudad fue epicentro del comercio, pues fueron muchos los ricos que levantaron
sus casas de piedra dorada en el interior de las murallas. Pero la bonanza del oro termino, los
yacimientos terminaron con su producción, y cada vez era más complicado encontrar las vetas
del oro ansiado en las montañas, la casa de los Siseron decayó, y con ella el comercio y la
opulencia. Lo único que quedo de aquella época de riqueza, fue la torre alta de un castillo a
medio terminar, las casas de los que alguna vez vieron la fortuna, y que hoy solo son refugio de
pobreza y desventura, y la muralla alta, el más hermoso tesoro de la casa de los señores del Sur.
Desde las atalayas se veía el desfile de aldeanos que venían de las cuatro aldeas del reino, que
trataban con afán de ingresar a la ciudad. Todos traían en sus rostros los lamentos de los
rumores que venían de todas partes. Muchos afirmaron que hacia pocos días se vio fuego cerca
de la Torre Gris de Agion, las noticias de Sisergath eran cada vez más ciertas, y más aun se
afirmaron cuando un grupo pequeño de fugitivos de la Isla Muerta llego a Kamicrogseum en
busca de asilo entre las murallas.
Al interior del castillo de estructuras a medio terminar, yacía sentado en el trono majestuoso el
joven rey Siseron X. Escuchaba las noticias que traían sus habladores súbditos, quienes
afirmaban que en la noche siguiente el ejercito del Norte estaría atacando Kamicrogseum.
Aquello preocupo severamente al joven rey quien no hacia muchos años había sentado su
poder sobre el trono del reino. Su juventud no inspiraba más que lastima, pues ante la tensión
de la guerra que se aproximaba, las únicas palabras que salían de su inexperta boca eran para
alabar al bienaventurado caballero de Itita, aquel que traería ayuda. Afirmaba con seguridad
convincente, que si el enviado de la casa del Este era rápido en sus promesas, la ayuda del
pueblo bendecido estaría cruzando en aquel momento el estrecho del Este rumbo a
Kamicrogseum, y si el buen tiempo y la buena marcha los protegían, llegarían a la ciudad poco
después de que las hordas inmundas del señor del Norte empezaran a desatar la batalla.
<<Itita asegurara nuestro triunfo>>, decía con una seguridad que convencía hasta el más
desesperanzado. Sin embargo sus fieles consejeros sabían que tales servicios nunca llegarían. El
país del Este, tan religioso, tan consagrado, tan poderoso en su fe. No ayudaría jamás a un país
impío, que había renunciado a todo credo y a todo valor de esperanza a cambio del oro y las
riquezas.
El rey Siseron X, no creyó en tales profecías, sin embargo, concedió la duda a las palabras de
sus sabios señores, y siguiendo sus consejos ordeno preparar la ciudad para la guerra.
Los ejércitos estaban dotados de buen armamento, ya que en aquellas tierras era también
abundante el hierro, el cual vendían con facilidad a Itita y Arag-Utum, donde vivían los grandes
herreros.
Aunque el país del Sur no era bendecido con tales maestros, su herrería era buena y le permitía
sostener un ejército preparado para cualquier evento. Pero la mejor arma con la que contaba la
ciudad, era su muralla de roca sólida, alta y majestuosa, casi que impenetrable. Y era aquella
arma lo que alentaba a muchos a buscar protección en la ciudad. Estaban seguros que el sur no
caería, y que primero se rendirían los ejércitos del señor del Norte, antes que la muralla cayese.
Las caravanas de alimentos y barriles cargados con agua empezaron a recorrer las calles
polvorientas rumbo a las sólidas paredes de los acopios construidos en las barbacanas de la
ciudad, mientras que los soldados se ubicaban a lo largo de las terrazas de flanqueo de la
muralla, la poterna de entrada y las dos torres de defensa con las que contaba la gran pared.
Expectantes ante cualquier cambio en el horizonte silueteado por las montañas del Gran
Bosque y la Montaña Blanca, en cuya cima las nieves cambiaban de un tono blanco marfileño a
un naranja refulgente que anunciaba la llegada del ocaso, quizás el ultimo que verían en sus
vidas, pues al Norte amenazaba una negrura espesa de nubes que viajaban con rapidez hacia la
pradera de pastos verdes en la que estaba erguida la ciudad.
El joven rey se ocultaba bajo las cortinas de su propio miedo, caminaba los pasillos
imaginando que todo aquello no era más que un mal sueño, una pesadilla oscura como el
encapotado del cielo nocturno. Llegarían mañana en la noche, envueltos en escudos y torretas
de guerra, llenos de odio, llenos de olor a muerte, poseídos por la fuerza del señor de los dos
tronos. El buen rey meditaba, y entre más meditaba más se llenaba su corazón de dudas y
ansiedad, no había llanto consolador, no había murmullos aliviantes, la hora llegaría, y el joven
muchacho no quería estar allí cuando la batalla llegara, la cobardía fue su verdugo, y la
esperanza el néctar aliviante de su jovial miedo.
El sol de la mañana llego tardíamente, el cielo lucia diferente, envuelto entre densas nubes de
grises y negros. Las aves no cantaron, solo el viento soplaba desde el Este con un aroma
conocido solo, por los pocos que lograron escapar de Sisergath. Al Norte la niebla cubría el
paso del enemigo, nada más que el blanco desolante y frío de la bruma se divisaba en el
horizonte. Los soldados de la muralla estaban atentos, mientras otros trataban de calibrar las
dos catapultas de defensa con las que contaban. La piedras eran subidas una a una por los
hombres fuertes de la ciudad, mientras el joven rey observaba desde un ventanal como la
ciudad se movía ansiosa por la batalla, tan segura de la victoria, tan tranquila y tan llena de la
seca esperanza humana, y aquello lo aliviaba, auque en el fondo de su alma se libraba una
guerra más poderosa, una guerra contra los fantasmas absurdos de su miedo, una guerra de la
que poco hablaba, pero de la que muchos después hablarían2.
2 El rey Siseron X comento acerca de sus dudas y miedos con uno de los ancianos que le servían, así fue
como quedo registrado en los códices la tremenda angustia del rey horas previas a la batalla
El día pasaba como pasan las sombras de las aves cuando rompen la luz del sol al medio día,
rápido y solo perceptible para algunos pocos. En lo alto, el globo de fuego no era más que un
circulo perlado que trataba a tientas de asomarse entre la densidad de los nubarrones. La tarde
llego de sorpresa y poco a poco todo se empalidecía con desesperante rapidez, como el ultimo
soplo de luz de la vela extinta. Todos buscaron refugio, incluso los soldados guardaron abrigo
en lo más profundo de sus almas.
Un viento feroz soplo del Oeste llevándose la niebla que había impregnado el aire durante todo
el día. Era como si la niebla misma temiera lo que ella misma había cubierto. El ejército del
señor del Norte se hizo visible en forma de antorchas de dorado fulgor que invadía el
horizonte, parecía que todas las estrellas del cielo hubiesen caído al mundo formadas en línea
recta. El paso de las tropas retumbaba desde el suelo, el halar continuo de las bestias era
evidente hasta para el más sordo de los hombres. Pronto todo estuvo formado. La muralla fue
enfrentada con el ejército del Norte, las filas de miles de soldados se veían como vetas negras
surcando el piso barroso de la explanada en donde se había construido la ciudad. Las torretas y
las catapultas eran haladas por una especie de toros gigantes y peludos que nadie en el joven
mundo conocido había visto antes, y que solo la magia perversa de los veinte brujos pudo
haber concebido.
Delante de las tropas iban cuatro corceles encapuchados que sostenían un palo largo a especie
de lanza pero sin punta filosa. Miraban hacia arriba en dirección a la poterna y a las torres de
defensa. La puerta forrada con láminas de hierro era también su seducción, largo tiempo las
observaron mientras las tropas se enfilaban con sus arcos y escudos. En lo alto se dio el aviso,
la campana retumbo en los oídos de toda la ciudad: la guerra había llegado.
Los corceles encapuchados levantaron sus varas, y una luz de fulgor dorado irrumpió la
oscuridad. Pronto en una chispa de lucidez se observo la gran horda que estaba lista para el
ataque. Los corazones de los soldados de Kamicrogseum se detuvieron por un segundo ante
tal revelación aterradora, solo el paso refulgente de las rocas ardientes lanzadas por el enemigo
desde sus catapultas los saco del letargo. De las torres de flaqueo volaron las piedras de la
defensa, mientras desde la gran masa empezaban a proyectarse una lluvia de rocas
incandescentes que pronto penetraron en la ciudad causando sendos incendios.
Las catapultas enemigas lanzaban cada vez más rápido las bolas de fuego, el caos se apoderaba
de la ciudad que encerrada trataba inútilmente de sofocar las llamas que parecían tener vida
propia. Afuera, las flechas volaban en todas direcciones, y pronto la defensa de la muralla se
debilito. Las torretas de guerra irrumpieron la muralla alta, las escaleras dominaron la
imponencia de la construcción, la invasión era inevitable, la mejor arma de la ciudad había sido
dominada.
Las catapultas de la portena no resistieron el abate de las tropas del Norte, los soldados se
arrinconaban rumbo a las murallas interiores del castillo real para proteger al rey que yacía en el
interior tratando de convencerse que aquella batalla solo era un producto horrible de sus
miedos profundos. Se tapaba los oídos con las manos fuertemente para evitar escuchar los
estruendos de la batalla, y los quejidos dolorosos de aquellos que eran alcanzados por las
llamas. Cerraba los ojos y entonaba con fuerza los poemas de las épocas de bonanza para tratar
inútilmente de traer a su mente pasmada, los bellos días de la ciudad que ahora yacía en llamas.
Mientras el joven rey se resignaba a sus sueños hermosos, el reino caía lentamente ante la
acción de las llamas. Ahora la muralla de la cual tanto se vanagloriaban era una trampa que no
les dejaba salida alguna, como una cárcel de muerte que los ahogaba lentamente y los
condenaban al fracaso. Las tropas eran firmes, los soldados más fuertes luchaban contra la
invasión que venia desde lo alto de la muralla, los arqueros ubicados en la barbacana
disparaban contra todo aquel desconocido que se asomase en las alturas, también desde las
torres de flanqueo, los sobrevivientes un tanto heridos luchaban para evitar la invasión del
ejercito de Arag-Utum. Mientras que afuera los señores oscuros alzaban sus conjuros sobre la
puerta sólida que protegía la ciudad en llamas, el punto más débil de la batalla, si la puerta era
vencida también lo seria el ejército de Kamicrogseum.
Pero en el castillo de la torre solitaria una voz de batalla salía como un viento voraz que
soplaba con furia. Pronto de la puerta principal de la torre real emergió un caballero con
espada y armadura hermosa, era el rey. Muchos quedaron asombrados mientras el joven
muchacho gritaba a viva voz <<A la lucha soldados, por la victoria>> La delgada figura de
armadura plateada que apuntaba su espada hermosa hacia el cielo pasaba por las estrechas
calles cabalgando el corcel real con gran agilidad. Su voz llena de juventud conmovía los
corazones y los llenaba del ansia hermosa de luchar por lo que les pertenece.
El misterio quedaría en medio del silencio eterno de las paredes del castillo de Kamicrogseum,
nadie comprenderá nunca que ocurrió en la mente del joven Siseron, solo recordaran aquel
grito que lleno sus corazones del ansia fluyente de enfrentar la batalla. Todos, soldados y
campesinos tomaron sus armas y siguieron a su jovial rey en busca de la ya, derruida puerta. Si,
el último bastión de la ciudad caía desmoronado por los encantamientos perversos de los
brujos de Sibat. El grito de la batalla se hizo realidad, las sombras entraron en medio de luces
doradas que emanaban de sus largas varas. Un perfume a muerte rodeo toda la ciudad. El
joven rey marchaba en su caballo y pasando en medio de sus súbditos se dirigió sin miedo y
con seguridad de valiente, en busca de los encapuchados de varas largas. Su rostro denotaba
una gran rabia, como si el espíritu de una bestia lo hubiese poseído. Su espada se levantaba
como un cirio iluminado por la pálida luz de la madrugada fría que llegaba a aquellas tierras
bañadas en sangre valiente. Nada detenía al rey y al ejército de soldados y campesinos que
armados con espadas, cuchillos y sus hoces se levantaban con la misma furia de su rey, en
contra de sus enemigos.
El joven rey Siseron ataco a los cuatro de Sibat, su ira era incontenible como una fiera en
medio de la caza de su ansiada presa. El silbido de su espada rompiendo el aire se combinaba
como una melodía perfecta con el golpe de los hombres contra los hombres. Sus ojos de león
atravesaban la mirada de sus enemigos, quienes inmóviles veían como el joven caballero de
armadura de acero golpeaba sus varas refulgentes con el brío filoso de su espada.
Pronto las flechas silbaron como pequeños zumbidos agobiantes, el cuerpo del joven
atravesado era por la lluvia mortal. Pero aun así lucho contra su enemigo, logrando lo que
hasta ahora nadie había logrado; romper la vara de uno de los brujos de Amorgorog-Sibat. Un
chillido horrible emano del encapuchado, un estrépito que repico en los oídos de cada uno de
los que combatían. Un desconsuelo que solo aquellos que lo vivieron podrán recordarlo en sus
mentes perdidas. El buen rey moría con dignidad en medio de un eco desesperante y
abrumador. Siseron X, el más joven de la casa de los Siseron, el último en su dinastía, moría
con la misma dignidad con la que sus antepasados surgieron como reyes del Sur en el naciente
Mundo Conocido. Su cuerpo lleno de flechas fue finalmente decapitado por el brujo al cual
había roto su preciada vara, aquél mismo que lleno de furia maltrato el ambiente con aquel
grito de dolor. Y con la muerte del joven rey, murió también la ciudad de Kamicrogseum,
aquella por la que muchos alentados por el hermoso cabalgar de su valiente rey, murieron con
el alma del guerrero, como su rey, a quien la historia y solo la historia recordara en los códices
de Imefún.
Nada se escribió del motivo que causo que el joven rey sacara su casta en medio de sus miedos.
Aquel será un secreto que guardado estará en la mente de su hacedor para siempre. El misterio
de Siseron X perduro, más no su cuerpo, que fue desaparecido de la faz del mundo el mismo
día en que Canophulus tomaba posesión del trono del Sur. Muy pocos vivirían para escribir
sobre tal maniobra. Solo se sabe que fue breve, y que izó la bandera bordada con el Trialde en
lo alto de la torre del castillo humeante de Kamicrogseum. Desde donde partiría con su ejército
hacia el reino de Este, el más ansiado por él… Itita.
LIBRO IV
EL CUARTO TRONO
El libro de la leyenda de la corona de la unión
“De la guerra contra Itita, la rotura de la corona de Efftrand-Tored y la caída del ultimo trono”
ADVERTENCIA
Admito a vosotros, que este es el libro más ansiado por mis versos. Itita era el reino más prospero de los cuatro,
comparado solo con Arag-Utum.
De aquella cultura sé mucho, pues sus huellas germinaron a través del tiempo y se quedaron como un recuerdo
hermoso. Mucho se escribió de la ciudad del Este, y de la resistencia que vivió en los tiempos del Canophulus,
antes de la caída de la casa de los Tored, señores del Este y protectores de la sagrada corona de Efftrand, aquella
que cayo del cielo. Según la leyenda aquella pieza de oro rematada con un zafiro de profundo azul, fue entregada
como honor al pueblo más fiel a sus creencias por los dioses antiguos. Decían que mientras la corona estuviese
puesta en la cabeza de los reyes de Itita, aquella ciudad nunca vería la ruina, ni la destrucción de su pueblo. Era
pues la corona de Efftrand, el talismán que había generado la prosperidad del reino del Este, comparado solo con
la de Arag-Utum.
Mucho se especulaba de aquella joya. Pero cierto era que desde que fue entregada en los orígenes del mundo por
la gracia de los dioses al pueblo de Itita. Nunca aquel país había visto sequías ni ruinas, por el contrario sus
conocimientos del mundo afloraron en todos los campos, llegándose a convertir en sabios eruditos y arquitectos,
conocidos herreros y solicitados artesanos. Lo que les permitió avanzar en la ciencia y las artes, convirtiéndose en
un pueblo prospero y pacifico, y por ende el más ansiado por Canophulus, quien sin pensar, estaría gestando con
tal invasión la propia destrucción del imperio de Ígneos casi dos centurias más adelante.
Desde las torres altas del Este, aquellas que se asoman en una saliente de las últimas montañas
de la cordillera de Asoreth, allí mismo donde inicia el estrecho del Este, única entrada al reino
de Itita desde el interior del Mundo Conocido. Se advirtió el paso de un caballero de andar
brioso, la estela de polvo de su andar se veía provenir de las praderas secas como un tornado
magnifico que rompía con la planicie.
Era él, uno de los caballeros de la corte enviado por la majestad de los reyes en busca de los
hechos del Norte hace ya varios días. Iba con prisa como si algo oscuro y siniestro lo viniese
siguiendo, como si un temor extasiante le hostigara el alma. Muchos lo vieron mientras pasaba
por las aldeas del reino hermoso de Itita, con su rostro pálido y sus ojos llenos de un cansancio
que conmovía, como si el sueño hubiese huido de su cuerpo espantado por algo indescriptible.
El caballero llego por fin el puente sobre el río Itita. Vio con regocijo las sendas estatuas que
servían de pilares para el majestuoso monumento que cortaba el brioso río. Eran hombres con
cuerpo mitad hombre, mitad pez, barbas largas y dorso fornido, que sostenían con fuerza el
piso del puente de dorada piedra, que terminaba en un nicho grande en las montañas donde se
alzaban las tres terrazas en las que se asentaba la magnifica ciudad de Itita, hermosa, valiente,
eterna. En la terraza más alta se alzaban las dos torres del castillo de fachada en piedra
amarillenta que contrastaba con el negro de los abismos pronunciados de las montañas de la
cordillera de Asoreth.
Ingreso por la puerta principal del reino, aquella que le dio la despedida días atrás cuando los
reyes lo enviaron al Norte en busca de repuestas a las quejas de los pastores de las altas
montañas, que bajaron el mismo día en que la tierra se meció, llenos de un miedo contagioso.
Vinieron a prevenir a los reyes. Vinieron a narrar de una estela de humo que viajaba en el cielo,
de una lluvia de truenos que trajo fuego a la ciudad lejana de Arag-Utum, de las historias de los
pocos que huyeron del reino del Norte acerca de un señor oscuro que domaba al cielo con su
voz y que destruyo con su hechicería a la ciudad del mar.
El caballero subió las tres terrazas para alcanzar el palacio hermoso de Itita. Allí los reyes lo
esperaban ansiosos pues hacia dos noches se había visto fuego en el pueblo pagano de
Kamicrogseum, como le decían los Ititenses.
Ingreso al salón de mármoles blancos y columnas verdosas. No hubo tiempo para la cortesía
solo para las noticias que se desataban en el Norte. Todo aquello quedo plasmado por el
escriba de Itita:
“Mis señores, he aquí a Sirelth, enviado por vuestras majestades al reino del Norte. debéis preparaos majestades
pues aquel país fue invadido por los brujos de la isla de Amorgorog-Sibat, aquellos que adoran a Ordurug de
Sireug, enemigo de los antiguos dioses y del Mundo Conocido. Con magia perversa han dominado a
Arag-Utum el pueblo grande del Norte, su palacio fue demolido por los truenos y doblegado a este pueblo con
conjuros poderosos, ahora le sirven los ejércitos del Norte, los bastos, los fornidos. Una hueste de hombres con
armaduras gruesas y negras ha asaltado tres de los cuatro reinos del Mundo Conocido. Sus almas claman
sangre, su furia es desatada por las órdenes de Canophulus, el nuevo emperador, aquel que ha dominado el cielo
y los reinos de la tierra. Aquel que construye una fortaleza en las faldas de la montaña Solitaria, una ciudad
majestuosa que será capital de su imperio.
Él viene mis señores, fortalecido con los esclavos dominados en sus batallas contra los tronos libres. Su ira se
sentirá en Itita, el último de los reinos independientes. Preparaos majestades pues la guerra contra el reino de las
montañas llegará pronto de Kamicrogseum, trayendo la muerte y el cielo oscuro.”
Los reyes reflejaron una actitud inesperada, sus cuerpos se entiesaron como si la noticia
hubiese convertido en piedra la fragilidad de la carne. Algo malo sucedía, lo sabía el rey Ermat
digno descendiente de la casa de los Tored en cuya cabeza lucia radiante la corona de la unión.
Sus sueños lo habían prevenido, ellos le hablaron con la voz del misterio, tan profunda como
el nicho en el que se sentaba la ciudad majestuosa. Veía las sombras de Sibat mecerse en barcos
de velas negras que bajaban del cielo cargando un ejercito imponente y tratando de invadir la
estrella de las montañas, la luz que unía a los pueblos del Este, el zafiro de Efftrand, tan azul
como el cielo de verano, y tan brillante como la estrella de la aurora y el ocaso. Eran ellos de
quienes le prevenían los sueños de los últimos meses, eran ellos los ladrones, y ahora vendrían
para culminar su labor, para matar el sueño de un mundo en paz. Era entonces el tiempo de la
guerra, era entonces el tiempo de alzar las armas y luchar por Itita, la grande.
Frente a la roída puerta de Kamicrogseum, esa misma que los brujos de Sibat vencieron con el
poder de la magia, empezaban a llegar los ejércitos de hombres dominados por el hechizo de
Canophulus. Venían de las tierras de Arag-Utum en su mayoría, otros de la invadida Sisergath
que ahora era tierra de agricultores y pescadores que servían al imperio para alimentar la horda
de hombres del magno ejército del señor de Amorgorog-Sibat cuyo general, Canophulus, había
creado y ahora dirigía desde la fortaleza expugnada de Kamicrogseum. Se contaban más de
veinte mil, pero aquello era solo una parte del ejército, los más jóvenes, los más dominados por
el emperador como le decían. Ellos partirían en la aurora en busca del estrecho del Este por
donde llegarían a Itita en dos días, eso si no encontraban resistencia. Todo estaba planeado
desde el principio, desde antes que arribaran los brujos negros al puerto de Arag-Utum aquella
tarde de cielos negros.
Canophulus vendría a fundar un imperio en nombre de su señor, pero había algo a lo que él
temía, algo poderoso que lo inquietaba: la corona de Efftrand-Tored. Debía moverse con
astucia para evitar que los primeros reinos del mundo conocido se unieran por la fuerza de la
corona de la unión. Si aquello ocurría no habría mucho que hacer, pues ni con el poder de los
brujos, ni con la magia de su vara de metal plateada podrían doblegar aquella fuerza. Fue por
ello que ataco con rapidez, dominando a los pueblos con el miedo y la desesperanza,
envolviéndolos con un control poderoso sobre sus mentes; poder que solo podría ser
quebrado por la corona sagrada. Era esa la debilidad de su plan, el punto por el cual los logros
obtenidos caerían con rapidez. Es por ello que su furia se derramara sobre el país de Itita. No
descansara hasta que la corona sea quebrada en dos, rompiendo sus miedos y dándole una
victoria casi eterna sobre la raza de los hombres de los primeros reinos. Y será el mismo
Canophulus quien dirija la batalla, será él quien guíe a sus esclavos mentales hacia la batalla más
grandiosa de los primeros tiempos, la más decisiva, la más concluyente de todas, la batalla por
el cuarto trono, el más deseado por su ambición.
En Itita tropas enviadas por el rey se movían hacia el estrecho del Este formando el primer
anillo de resistencia. En las aldeas la zozobra crecía mientras la desesperanza empezaba a
invadir los corazones gentiles de los humildes aldeanos del reino maravilloso. Las bestias eran
amarradas y los alimentos guardados con delicadeza, el agua era recogida con rapidez en los
cantaros de arcilla, mientras los jóvenes cortaban maderos secos al sol. Parecía que un invierno
inesperado hubiese sido llamado desde el Norte del Mundo Conocido, como si una bestia de
los abismos oscuros de las tierras subterráneas hubiese escapado de su prisión y amenazara
llegar a los valles fértiles de Itita.
Los soldados a su paso armado alertaban las razones del rey, y los jóvenes mozos y fuertes eran
llevados con ellos y otros eran enviados a Itita en medio del llanto de sus padres y esposas,
hermanos e hijos. La guerra del Norte ha llegado al reino hermoso de Itita, y no habrá nada
más que esperar el desenlace lento de esta historia.
En la ciudad del río, la bella Itita, llegaban las reservas que estaban cuidando las fronteras en lo
alto de las colinas de Asoreth desde donde se veía al mar del Norte y más allá. Las tropas que
cercaban el borde del desierto que había al Este y que daban final a las tierras de Itita, fueron
llamados de inmediato por el rey Ermat.
El segundo anillo fue ubicado cerca de la orilla opuesta del río Itita para proteger el puente que
daba a la ciudad, allí en las pequeñas torrecillas que se habían erigido en los primeros años para
resguardar la ciudad en sus primeros días. Fueron estas de nuevo habitadas por los diestros
arqueros del reino. Los herreros forjaron las vírgenes espadas y las puntas de las flechas,
nuevos escudos de hierro y acero, nuevas armaduras y cotas de malla para los aldeanos que
venían a servir a su rey.
El aire se llenaba de un aroma suave que mecía las entrañas. Un perfume a muerte que viciaba
los sentidos y hacia que los nervios se alterasen suavemente, como si un veneno silencioso
matara las esperanzas en los frágiles cuerpos de los valientes soldados. Pronto las torres del
estrecho se alzaron a la vista, mientras el sol de la tarde cubría las nubes de colores naranjas y
púrpuras en medio de un cielo azulado tranquilo en donde el viento soplaba con un halito frío
y místico. La piel se enervaba ante tal helaje, las armaduras no calentaban la carne trémula, y las
aves de la tarde cantaban con agonía, como presintiendo lo peor. Y así las torres se llenaban
del dorado fulgor de la luz de la tarde, la gloria de Itita se manifestaba de nuevo, y un orgullo,
una débil señal de tranquilidad emergía de los corazones mancebos al ver tal hermosura frente
a ellos, y entonces, el orgullo se volvió en lagrimas tenues, y las lagrimas calmaron las ansias, y
las ansias se convirtieron en deseos de luchar, y el fuego emergió de los pechos henchidos por
el aire frío, y la armaduras brillaron con lujo, con la fineza de sus detalles, con lo esplendoroso
de sus formas en medio de la llanura del Estrecho del Este donde diez mil hombres esperaban
fervorosos el encuentro con el enemigo del Norte.
Pero aquella noche seria larga. Solo el ejército de los astros se levantaba sobre las cabezas
acorazadas de los Ititenses valerosos. Más aun el sueño no llego. Más aun el miedo no se fue.
Más aun la esperanza no se canso de reclamar su papel en esta historia, y fue así, como en
medio del fuego abrigador de las fogatas el tiempo paso, y antes del alba el grito esperado llego
rompiendo con la paz del nuevo día.
En las torres se diviso la marcha, una procesión de antorchas que rompían con la penumbra de
la madrugada. Los pasos del animal se escuchaban más cercanos y sincronizados con miedosa
armonía. Los hombres prepararon sus posiciones, unos expectantes, pues poco se veía, en
tanto los demás observaban en las alturas como la mancha oscura se movía con lentitud, al
igual que el alba en el cielo de azules y carmines.
Y el cielo se lleno del brillo ardiente del sol, la llanura de Itita se teñía de verdes y dorados,
mientras que la luz reptaba lentamente acercándose a las montañas rocosas y estériles. Y
muchos desearon que el sol no llegase a aquel lugar, pues la oscuridad se convirtió en hordadas
de hombres, y las hordadas se volvieron incontables y parecían reproducirse con cada rayo que
emergía victorioso en los picos duros de las montañas de Asoreth.
Y la mancha oscura tomaba formas misteriosas, como serpientes que rompían el valle con sus
cuerpos escamosos y silbantes. Y las maquinas de la guerra se volvieron gigantes amenazantes
con garras de hierro y cuerpos de madera. Y las pupilas se abrían con lentitud, mientras las
miradas se llenaban de un desconsuelo conmovedor, y todos los rostros fueron uno solo, de
dolor y de angustia, de miseria y de sollozo. Más aun, en las nervaduras zigzagueantes del
corazón la sangre fluía, y con ella el amor a esa tierra que vieron desde sus días recordables, esa
donde manaba el agua de las montañas y bañaba los verdes sembrados de verduras y frutales,
esa donde corrieron de niños y amaron de hombres, esa que les dio madre y padre, esa misma
que ahora debían no perder. Y entonces cuando los hechiceros levantaron sus varas con fulgor
dorado, justo cuando el ruiseñor canto su melodía suave en los bosques internos, la batalla del
estrecho del Este comenzó opacando todo canto, todo susurro del viento, toda exhalación del
alma.
Unos venían del Norte, de Arag-Utum y sus aldeas, otros venían del Oeste del reino de la
cúpula, Sisergath, y los más numerosos venían del sur, de la ciudad acorazada de
Kamicrogseum. Cada legión era comandada por cuatro de los que visten de negro, y cuando la
multitud confluyo con mística sincronía, los generales levantaron sus varas y la luz dorada que
había visto caer a las capitales de los tronos libres se encendió esta vez en el reino de Itita, el
más hermoso de los cuatro.
Las tropas Ititenses corrían en su encuentro, absortos por tanta multitud de guerreros, y
bañados por la gloria de la victoria. Algo en sus ojos, algo en sus mentes humanas los movían
con decisión, estaban ellos pues bendecidos por la corona de Efftrand-Tored, la de la unión de
los pueblos fieles, era esa la fuerza que los movía, era esa la solidez de sus pasos, la mística
energía de la corona poderosa. El enemigo se estremeció por unos instantes al ver tal expresión
segura en los rostros sudorosos de las tropas Ititenses, pero Canophulus, escondido entre la
negrura de sus tropas movía sus labios entonando los artilugios de la mente, esos que
doblegaron a los hombres de los reinos conquistados por su poder. Y la batalla empezó, y el
sonido inconfundible de las espadas trono con fuerza en el estrecho del Este.
Y la sangre fluyo en la negrura de la tierra bendecida por la gracia de los supremos, y las
armaduras hermosas de los Ititenses fueron rasgadas por las espadas ungidas con el veneno de
las serpientes negras de Únela, y al tocar su sangre los condenaba a la segura muerte. Pero el
ejercito de Itita continuaba su lucha, como si sus cuerpos fuesen de piedra y no de carne, sus
espadas penetraban la dura coraza de las armaduras inmundas del ejercito de Ordorug, y
muchos cayeron a la izquierda y a la derecha, y muchos otros eran detenidos en su forcejear
por las flechas silbantes que llovían desde las torres que flaqueaban el estrecho bañado por la
luz hermosa del sol de la mañana. Y el elegido de Sibat observaba tal acto con ira, mientras sus
versos crecían en poder, pues la fuerza de la corona era suprema.
Itita ganaba terreno, aunque la mancha blanca era más pequeña que la negrura del ejercito de
Ordorug, desde los altos cielos se veía aquella gota de agua rodeada por aceite quemado
avanzando con seguridad, mientras los hechiceros de Amorgorog-Sibat trataban de oscurecer
los cielos y llamar los truenos como en Arag-Utum. Pero allí los cielos eran sordos a su
llamado y el sol brillaba con dorada luz que lastimaba los ojos malvados.
Entonces, se vio a lo lejos un hilo de plata emerger de la negrura, unas palabras siniestras
flotaron en el aire llevadas por el viento a cada rincón del mundo. Y las catapultas soltaron su
carga y el sonido horrible de la piedra mancillada se oyó en las alturas de las montañas, eran las
Torres del Este cayendo en migajas como si fuesen de arena endeble y no de sólida roca, y con
ella el sonido conmovedor de los muchos que caían sin esperanza contra el flanco filoso de las
montañas inertes y tibias por el sol. Y las lanzas altas se interpusieron en el avance de los
señores de Itita, los valientes de armaduras de plata eran estacados con miseria por las armas
potentes del enemigo y luego rematados con flechas y espada, como si fuesen ellos la presa del
cazador, como animales eran arrastrados y dejados allí, sin cabeza y sin brazos, como castigo
de su osadía.
Y los ejércitos de Ordorug sintieron el poder del elegido. Y su odio creció como la luz del sol
en el Este, y su mirada cambiaba y sus almas se perdían en el gusto abyecto del que mata, del
que hace sufrir con su espada corrompida con veneno, la carne tibia de otro infeliz. Matar fue
un gusto emergido del inconsciente, era un placer exquisito para aquellos seres perdidos entre
artilugios y hechizos, y tal fue su libido de muerte, que arrasaron sin compasión con todo
aquello fuese extraño a sus mentes, todo aquello que vistiese de diferente forma, todo aquello
que amenazase su camino. Y es así como doce mil cayeron, muchos de Itita, y otro tanto de
enemigos. Y fueron pocos los que huyeron para contar a su rey como los muertos habían sido
empalados e izados como estandartes sin cabeza y sin manos por el gran ejército de los
hechiceros de Amorgorog-Sibat.
Una orden secreta fue llevada a cada aldea por el rey. Pronto caravanas partían de cada pueblo
en busca del extremo Este, allí donde poco se conoce, y poco se habla, pero lejos de la
desgracia que venia a invadir el país.
El horror desatado en el estrecho del Este conmovió el alma noble del rey Ermat, no quería
ver a su pueblo espetado en las aldeas formando bosques de macabra espesura. Sus miedos
afloraban como en las noches anteriores, pero esta vez no en forma de sueños sombríos, si no
de una realidad atroz que venia lentamente del Sureste. La segunda barrea seria comandada por
él, allí junto con los mejores guerreros de las estepas y de las aldeas de todo el reino, allí con las
armas de la guerra creadas por los sabios de Itita, y con la corona sagrada como su protectora,
la batalla del río Itita llegaría, y nadie penetraría en la ciudad a usurpar el trono del Este.
He aquí que el día paso tranquilo en los cielos, y con temor en la tierra hermosa bañada de
dorados colores, el ocaso llegaba con el aroma del humo que venia de las aldeas vacías. Los
vigías del rey daban noticias desalentadoras, todo aquello que llamase fuego en aquellas aldeas
de empedradas calles era encendido con las antorchas del enemigo, no hubo casa hermosa, ni
cultivo, ni granja que escapase de la horda enfurecida que no encontró carne que desollar, ni
cuerpos que estacar.
En la mañana llegarían, la masa incontable se mecía con rapidez en los valles fértiles de Itita, el
rey replegaba sus fuerzas en la entrada a la ciudad, el puente de vigas sólidas era pues su
fortaleza, la anchura de la construcción resistiría la batalla por Itita, los hermosos tritones
tallados y levantados por los antiguos reyes que vieron por primera vez el sol en estas tierras,
aquellos construyeron los pilotes del gran puente sobre el río Itita, la entrada triunfal a la
ciudad enclavada en la gruta profunda en la montaña.
En los niveles más altos de la ciudadela se alistaban las catapultas y los arqueros, expectantes
ante las órdenes del rey que trazaba con sus consejeros las estrategias de la guerra. Pero en la
mente colmada de ataques y defensas de los Ititenses algo importante escapo de su vista de
guerreros, algo que terminaría por acabar con sus intenciones de ganar.
En la noche eterna de fríos y estrellas de colores titilantes como impávidas flamas de vela
mecidas por el viento, el mundo en Itita pareció pequeño, se sintió la soledad extraña, como si
fuesen aquellos seres los únicos que viviesen en ese mundo de misterios y conflictos, como si
la ciudadela de Itita fuese la única existencia del hombre sobre el Mundo Conocido. Si, estaban
solos en medio de una guerra que pensaron nunca les tocaría batallar, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, esas
preguntas se movían con repuestas inaceptadas, en medio de los fieles al señor Tored, el buen
rey que había de regir la tierra de Itita por los últimos años de la primera civilización.
El latir del corazón se acelero en las calles empedradas cuando los rayos endebles de la mañana
de cielo encapotado dejo ver el gran ejercito de Ordorug de Sireug, el llamado traidor de la
comunidad de los sabios, aquel que lleno de codicia intento apoderarse del secreto del todo, las
palabras que dieron origen a las montañas y a los ríos, a la lluvia y al sol. Desafió al sabio
Efftrand quien lo venció en el abismo de Nurecart y fue despojado de su alma inmunda, la cual
encerrada fue por el sabio Elf, el de blancas ropas, en los fuegos eternos de Sibat, donde nunca
despertaría. Pero la sombra de Nurecart ha despertado, y ya no hay sabios en el mundo que
defiendan a los pueblos libres de su amenaza. Por lo menos, eso era lo que en aquellos tiempos
se creía.
Los cielos cubiertos estaban por la sombras de la lluvia, los rugidos de los truenos estremecían
el alma de los Ititenses que temían un ataque pavoroso como el de Arag-Utum. Allí estaba
frente a ellos el ejército oscuro, tan tumultuoso e imponente como el de Itita. La cantidad
estaba levemente a favor de los brujos de Amorgorog–Sibat. Allí torretas y sendas catapultas
tomaron posición dirigiendo sus blancos hacia ciudadela que se veía hermosa incrustada en la
cordillera de Asoreth.
Un silbido irrumpió el silencio desesperante, una flecha de plateada punta rompía el aire con
velocidad al mismo tiempo que los brujos levantaban con lentitud su varas altas de madera
oscura. La firme flecha viajaba por el firmamento con vuelo perfecto clavándose con fuerza en
el pecho tibio de un soldado ititense que guardaba las torres que flanqueaban la entrada al
enorme puente sobre el río Itita. Pronto, una gota endeble de rojo color resbalo por la
armadura de plateado brillo surcando las nervaduras perfectas de las talladas formas que
adornaban el pectoral de hierro. El llanto del cuerpo adolorido caía a la tierra con rapidez al
mismo tiempo que la primera gota de la lluvia, y fueron la gota de agua y la gota de sangre una
sola, y al estrellarse contra el suelo seco y maltratado de la llanura un sonido estruendoso
emergió de los brujos de Sibat, y sus varas brillaron con dorado fulgor al tiempo que el cuerpo
muerto de joven arquero caía contra el suelo solidó. Y el rey Ermat colocase la corona de
Efftrand-Tored y levantando la espada de acero dio el grito de batalla. La caballería iba en
frente veloz como el viento que mecía la lluvia. Los brujos de Sibat corrieron a su encuentro
mientras atrás, las sendas catapultas lanzaban sólidas rocas contra la ciudadela.
El ejercito de Ordurug carecía de caballería, solo tenía una especie de lobos gigantes que
montaban algunos soldados y que fueron en encuentro del ejercito de Itita. Pronto las tropas
desenfundaron sus armas en busca de la masa oscura de hombres que formaban el ejército del
señor de Amorgorog-Sibat.
Los hechiceros desenfundaron sus espadas en contra de la caballería enorme que se cernía
sobre ellos, alistaron sus varas para usar las fuerzas oscuras, pero algo frenaba su carrera, una
fuerza que se oponía a ellos con creciente potencia. Sus varas cesaron el fuego y volaron de sus
manos como si huyesen de algún mal conocido. Aquello los asusto, sobre todo al ver que la
caballería potente se lanzaba en rastre contra ellos. Y fue allí en ese momento de dudas cuando
el segundo anillo de defensa fue desatado. Desde las ventanillas y azoteas de las torres de
flanqueo se lanzo una lluvia imponente de flechas que se descargaron contra las tropas
enemigas. En tanto que los brujos de Sibat continuaron su ataque con espadas como sombras
cabalgando en medio del mar de jinetes que los atacaban sin suerte alguna.
La caballería arrasaba el frente del bloque del ejército negro, en tanto que los arqueros detenían
a los arqueros enemigos que apuntaban contra las torres. Itita emergía como una fuerza
poderosa que empezaba a vencer al enemigo del Norte. Los hombres venidos de las comarcas
bajas del río Itita, empuñaban sus espadas con rabia y quebraban las gruesas armaduras como
titanes dotados de una increíble potencia. El enemigo titubeaba a medida que la segunda
defensa se levantaba en contra de ellos, similar a un animal furioso que ataca sin piedad a su
débil presa.
Canophulus obraba sus hechizos, pero eran débiles, algo incomodaba sus artes de magia, algo
poderoso qua ahogaba sus versos malditos, era el poder de la corona de la unión. Sus mente se
llenaba de insoportables ruidos y de él emanaban palabras cada vez más fuertes y menos
entendibles, las venas de sus manos se hincharon a medida que empuñaba con energía su vara
de plata que brillaba débil en medio de sus tropas conmovidas por la fuerza del enemigo. El
reino del Este ganaba la batalla de la llanura del río, esa que terminaba allí en el cañón forjado
por la fuerza de la corriente de las aguas del río Itita, esa que solo era unida a las Asoreth por el
puente magno de la ciudad.
Las catapultas cambiaron sus objetivos y atacaron las torres de defensa del puente que cayeron
humedecidas por la lluvia enérgica que caía sobre aquel lugar. En tanto de la ciudadela salían
disparadas más rocas en contra de las catapultas de los enemigos, destruyendo dos en varias
descargas. El enemigo sintió una fortaleza en sus ánimos y avanzo aprovechando la caída de las
torres de defensa, la entrada al puente estaba siendo tomada, pero las tropas comandadas por
el rey que aguardaban en el puente desplegaron sus fuerzas. La corona de la unión entraba en la
batalla acabando con el enemigo que se metía como insecto por cualquier rincón posible. Pero
Itita resistía y ganaba la batalla en medio del vuelo peligroso de las rocas que estremecían los
cimientos de la ciudad que se balanceaban con el ruido potente que viajaba por el canal como
un eco apabullante.
El reino del Este ganaba la batalla, mientras las tropas del Norte sentían la ira del pueblo
humillado hace días. Canophulus tomo la bestia negra con ojos de fuego que montaba, y
atravesó la multitud levantando la vara de plata y desafiando la energía de la corona de
Efftrand-Tored. Sus hechiceros llamaron con magia a sus varas, y siguiendo a su señor se
abalanzaron sobre las tropas haciéndolas volar como si fuesen muñecos de trapo lanzados por
el viento a la merced del destino. Pero la corona brillo en la cabeza del rey, pero solo los brujos
y Canophulus vieron aquella luz hermosa, azulada, perfecta que brotaba de la corona de la
unión. Y los brujos de Sibat, y su señor se sintieron débiles y frenaron su andar, atormentados
por un dolor en sus almas insoportable.
Y aquello desalentaba el hechizo que dominaba las mentes de las tropas de Ordorug de Sireug,
y los Ititenses arrasaban con más facilidad aquel desafío. El rey se llenaba de esperanza
contagiante a medida que el enemigo cedía en su intención, a pesar que cada vez más se
internaban en el puente sobre el río Itita, donde eran detenidos por las tropas reales y las
flechas que venían de la ciudadela.
La batalla se extendía por todo el reino, sin el juicio del tiempo, sin la clemencia de la lluvia de
centellantes rayos que los cobijaba. La victoria se veía cada vez más cercana, el enemigo era
fuerte aun, pero su potencia caía con cada baja que tenían. Los pueblos del Este se mantenían
unidos bajo el propósito del triunfo. Pero el elegido luchaba contra aquella fuerza, e invocando
sus misterios se levanto de su aletargante dolor, tomo su vara del suelo fangoso y entonando
los sortilegios de su oscuro señor anduvo entre los soldados como si estos le abriesen paso. Sus
ojos pálidos miraban la luz del zafiro de la corona de Efftrand-Tored, le molestaba la vista,
pero aun así la seguía como si fuese esta la única luz en medio de la oscuridad de la noche.
Ermat, el buen rey observo el cabalgar amenazante del hechicero, sus vista se conmovió al ver
aquella forma imponente que sostenía la vara de plata. Era como ver a la muerte misma
dirigirse a él. Entonces, un frío, un paso amargo de saliva recorrió su garganta seca por la
batalla, al tiempo que levantaba su espada bañada de sangre y con su caballo de ocre pelaje
hizo frente a su amenaza con decisión. En el cielo las nubes se revolvían con rapidez, y
Canophulus entono un sortilegio poderoso, y de las nubes broto un rayo enorme, al mismo
tiempo que del interior de Sibat, una voz monstruosa replicaba los mismos versos de
Canophulus, y fueron las voces un coro perfecto, y el cielo perturbado vomito su ira con
rapidez. Y aquella llamarada del cielo, aquel dragón serpenteante de cuerpo de fuego,
desquebrajo con perfecta medida la corona de Efftrand-Tored en dos partes, al igual que el
cuerpo mortal del rey Ermat, el último de los reyes del primer reinado de Itita.
Una onda de luz de color azul intenso emergió del zafiro precioso de la corona rota, aquello
fue viento, fue fuego, fue poder disipado. La onda viajo con velocidad atravesando piedra y
carne, Canophulus fue desprendido de su capucha mientras su rostro era encendido por la
candente onda, mientras los hechiceros de Ordorug eran arrojados en todas direcciones como
si tuviesen cuerpos livianos. El tiempo se detuvo mientras los cuerpos calcinados del enemigo
volaban por la llanura fértil, mientras los soldados Ititenses cubrían sus ojos ante el esplendor
azulesco que cegó su vista. Pronto un remezón sacudió la tierra como un llanto de amargura,
tan horrible, tan miserable que la lluvia fría se espanto ante tal horror. Después el viento que
soplo con fuerza, se metía entre los poros de la desnuda piel como tratando de salvarse de
aquel acto. Y después, el silencio, tan misterioso, tan frágil, este era un silencio de extraña
forma, como si el mundo entero se hubiese perdido de la mente y de los sentidos, como si el
mundo se hubiese desvanecido, como si aquel eco insoportable fuese el desgarramiento de la
tierra misma quejándose de su miserable final, era aquel un silencio eterno, mezclado con el
olor de la carne calcinada, putrefacta, un hedor mortecino que reclamaba su existencia en las
delicadas fosas de la nariz.
Y lo ojos se abrieron lentamente y aquello que observaron ni en los libros más tristes se puede
describir, tres cuartas partes del ejercito de Ordorug de Sireug yacían caídos, ardiendo como
pequeñas hogueras moribundas en el suelo de Itita, pero aquello no fue lo que conmovió a los
hombres de letras que hablaron de esta guerra. Fueron los ojos tristes, fueron las palabras
conmovedoras de aquellos que yacían agonizantes y liberados de un hechizo que durmió sus
mentes por quien sabe cuantos meses, y que ahora en medio de sus extrañes se veían allí
tirados con las vísceras ardiendo en un campo chamuscado, con armadura y espada, como en
un sueño de horrible realidad.
Canophulus, el elegido, el sin alma, se levantaba de su caída con el rostro en carne viva y un
ojo perdido, levanto su vara con dificultad y entono los rezos de Sibat, aquellos oscuros y
misteriosos, las palabras que dominan la mente, y entonces las tropas sobrevivientes se
levantaron de su zozobra y emprendieron la batalla. Mientras los incorruptos soldados de Itita,
no mancillados por el fuego del zafiro de Efftrand, se levantaron con más fuerzas que nunca,
impulsados por una ira incontenible, al ver a su líder caído en dos partes en medio del colosal
puente.
Y la batalla emergió en medio de la muerte, y los soldados de hermosas armaduras se
levantaron como un eco en el abismo, y fue de nuevo el golpear de las espadas y el serpenteo
de las flechas, y la victoria era del pueblo de Itita, el bendecido por los dioses. Pero aquello
perturbo a Canophulus, quien calmo las aguas furiosas del río y lo convirtió en un suave correr
de agua, mientras las flechas provenientes de las terrazas de la ciudad silbaban a sus
alredededor sin acertarle, como si fuesen movidas por una fuerza invisible antes de punzar su
cuerpo.
Los brujos de Amorgorog-Sibat no se levantaron más, varas y esferas fueron rotas y sus
ancianos cuerpos fueron liberados del mal que los consumía, la muerte fue su alto precio. Pero
aquello no opaco a Canophulus, el elegido. Aun había algo que escondía su corrupta mente,
algo que se develaba poco a poco, en el andar pausado de las barcas.
Y vieron desde las terrazas unos barcos de banderas negras serpentear el río calmado. Y los
ojos se dilataron, y el sudor frío broto de los poros sucios y sangrantes, al ver el símbolo del
enemigo bellamente bordado en aquellas velas mugrientas. Entonces las flechas silbaron en
aquella dirección, pero no penetraron coraza alguna, pues el poder de las varas de los ocho
hechiceros que faltaban emergió en medio de las aguas dulces desviando la amenaza hacia lo
duro de la roca del abismo.
Partieron del puerto de Arag-Utum hacia el Este en busca de los briosos vientos del Golfo de
Itita que agitan con fuerza el mar del Norte, y su magia venció la furia del incontenible aire, y
así se internaron por el río Itita que allí desemboca, y subieron contra la corriente impulsados
por el viento de la magia, hasta llegar a Itita, la imponente.
Sus barcos tocaron el bajo puerto sobre el río, el punto frágil del reino libre. Y pronto los
hombres más fuertes de todas las tropas desembarcaron con rapidez invadiendo la ciudadela,
derribando las puertas con arietes y asaltando todo aquello que se moviese contra ellos. Las
demás tropas fueron avisadas por el sonido del cuerno, y allí en medio del puente majestuoso,
allí mismo donde Canophulus tomaba una de las dos partes de la corona rota de
Effrand-Tored, la única que encontró, allí mismo se inicio el ultimo aliento de la batalla de
Itita, la grande. Y los soldados de hermosas armaduras fueron atacados, con espadas y flechas
venenosas, y con la magia perversa de los ocho hechiceros, y por la vara de plata de
Canophulus quien caminaba con seguridad en medio de la batalla rumbo al trono de los reyes
caídos, sosteniendo en una de sus manos la dorada mitad de la corona rota.
Itita perdió ante la fuerza brutal de aquel ejército, la corona de Tored les quito las fuerzas y
débiles fueron, les quito el amparo y frágiles fueron. Algo más fuerte se movía en el corazón de
su enemigo, un orgullo que movía los músculos potentes de los soldados de armaduras negras,
aquellos que le abrían paso a su señor arrojando desde la altura del puente a los moribundos
jóvenes Ititenses a merced del río calmo. Y fue así como el sol brillo en el ocaso del día, con un
color rojo como la sangre que teñía la tierra de aquella zona del Mundo Conocido, aquella que
vio florecer una sociedad hermosa que hoy era extinta por el poder de la oscuridad.
Canophulus se sentaba en el trono real bañado por la luz rojiza del ocaso, mientras se colocaba
con ironía la mitad de la corona de Efftrand-Tored, aquella que había venido a vencer, aquella
que se oponía contra los planes de su señor, aquella que ahora se veía cortada, débil,
impotente. Y entonces los muchos soldados de Itita que aun se ponían en pie, se rindieron
ante las tropas del Ordorug, entregando con ello sus años jóvenes a la esclavitud eterna.
Y fue así como la historia cuenta que cayó el último de los tronos libres del Mundo Conocido
en la segunda era del tiempo. Por varios meses duro la búsqueda de las mujeres, niños y
ancianos que huyeron, y la otra parte de la corona de Efftrand-Tored. Pero ninguno cayó bajo
las manos de Canophulus, el elegido. Quien desconocía que al Este, un pueblo sediento
atravesaba el desierto de Yipte en busca de las estepas, llevando consigo al descendiere de la
casa de los Tored, aquel que de cuya sangre provendrá la liberación de los pueblos de Ígneos.
He aquí lo que afirma Eparitus, el llamado erudito del reino de Zorazath quien encontró los
escritos antiguos y levanto estas palabras:
“Mirad ahora que aquellos que eran libres fueron esclavos, y con látigo y miseria levantaron la
ciudad nueva, la llamada Ígneos, la capital del Imperio Oscuro. Aquella majestuosa que en cien
años vio culminarse. Y un nuevo mundo se levanto cerca de la Montaña Solitaria, una ciudad
de rocas grises y estériles, una ciudad de torres y callejuelas empedradas, una obra hermosa a
pesar de sus dueños. La misma que vería caerse en las guerras de las tribus, aquellas gestadas
por el señor de ropas blancas, el venido del Norte, el llamado Demberalf... Pero aquella es otra
historia que otro buen sabio habrá de contar…”
Bogotá, D.C 14 de junio de 2006