MURMULLOS EN EL TEATRO
Escena única.
Escenario después de medianoche, con una ventana de utilería al fondo, abierta de par en par. La galería sin espectadores.
Actores: Vigilante del teatro y voces asexuadas pero perceptiblemente distintas.
PRIMERA VOZ.
SEGUNDA VOZ.
Se abre el telón, se encienden gradualmente las luces. Ruidos. Susurros. Pasos en retirada.
PRIMERA VOZ: Ya se fue.
SEGUNDA VOZ: ¿Seguro?
PRIMERA VOZ: Sí, ha de andar llegando al final del pasillo.
SEGUNDA VOZ: Qué alivio. A veces pienso que alguna noche nos tomará por sorpresa y entonces ¿qué haríamos?
PRIMERA VOZ: Nada, absolutamente nada mientras se sosiega y se le asientan los pelos, convenciéndose de que en altas horas de la noche se le distorsionan los sentidos.
SEGUNDA VOZ: (Asomándose por la ventana) Ahora tocan por este lado (regresa al centro del escenario).
PRIMERA VOZ: Yo no oigo que toquen.
SEGUNDA VOZ: Están tocando. Me he asomado por la ventana y he visto una silueta.
PRIMERA VOZ: No hagas caso, es la silueta de tu imaginación.
SEGUNDA VOZ: ¿La silueta de mi imaginación?
PRIMERA VOZ: Sí, de tu imaginación. Recuerda...
SEGUNDA VOZ: Sí, ya recuerdo. ¡Mi imaginación!, a veces se me desprende y se va lejos.
PRIMERA VOZ: Tu imaginación desprendida. ¡Vaya paradoja!, si tú eres ya imaginación.
SEGUNDA VOZ: Sí, una imaginación que imagina conversar con otra, como dos espejos encontrados que, a falta de objetos a reflejar, multiplican al infinito sus imágenes vacías. ¿Y el gato? (se oye un maullido).
PRIMERA VOZ: Ya no existe; ni el perro (se oye un ladrido), ni el pájaro (se oye un trino), ni tu sombra (corre una sombra a hurtadillas de un extremo al otro), ni mi sombra (corre otra sombra en sentido contrario).
SEGUNDA VOZ: Es cierto. Ellos maúllan, ladran, trinan y corren sólo cuando los evocamos. ¿Hay claro de luna hoy?
PRIMERA VOZ: Aquí siempre hay claro de luna y siempre es de día y siempre es de noche y siempre hay crepúsculos de la mañana y de la tarde. Todo es cosa de elegir, de imaginar.
SEGUNDA VOZ: Bien, todo en orden. Entonces me voy.
PRIMERA VOZ: ¿Adónde?
SEGUNDA VOZ: No lo sé; pero uno siempre se tiene que ir a otra parte.
PRIMERA VOZ: Es que hace tiempo hemos llegado a la última parte: al lugar donde ya no es posible irse a otra parte.
SEGUNDA VOZ: ¡Ah!, también eso se me había olvidado. Llevo tanto tiempo queriendo irme a otra parte para siempre, y siempre debo quedarme. ¡Carajo!
PRIMERA VOZ: Compórtate. A lo mejor, quién sabe, nos escucha el público, o nos lee algún lector en la intimidad de su hogar, junto a la chimenea una fría tarde de invierno, o en el jardín un caluroso día de verano. Y ese alguien que nos presencia sin vernos, ha de pensar: «Esto merece que se lo presentar recomiende a X y a Y». Por ello no es conveniente mostrar el peor aspecto de nuestra vaciedad.
SEGUNDA VOZ: Una recomendación con visos de presentación. No esta mal, siendo tú y yo la antítesis de la existencia, meras entelequias. «Les presento a Nadie y su acompañante del mismo nombre». Y al estrecharnos las manos sujetarían el vacío y terminarían apretando sus propias manos.
PRIMERA VOZ: Tal vez, y por eso jamás especularemos calavera en mano, y tampoco invocaremos «a todos en una», ni despertaremos de un sueño con «este aplauso», ni esperaremos a Godot en vano, y tampoco nos atormentaremos mutuamente a puerta cerrada.
SEGUNDA VOZ: ¡Vaya, aquí ni siquiera hay puerta, y la ventana está abierta de par en par!
PRIMERA VOZ: ¿Qué importa, si de todos modos es nuestro último reducto, la más ínfima fracción de espacio en que nos atormentamos a turnos recordándonos lo que nos sobrevive de memoria para evitar desvanecernos en la nada.
SEGUNDA VOZ: Sssht (habla quedo y se hace bocina con la mano inexistente), ahí viene el tipo de todas las noches.
Estupor en los rostros invisibles de los actores. El gato maúlla, el perro ladra, el pájaro trina y las sombras regresan al escenario, tomadas de la mano danzan fugazmente en el proscenio, y siguen su camino en sentido opuesto al de su primera aparición.
Tac, tac, tac, resuenan los pasos pausados del vigilante que se asoma a la galería.
VIGILANTE: ¡Quién anda ahí! («Ahí…, ahí...», contesta el eco).
Nadie en el escenario, nadie en la galería. Hace horas terminó la última función, pero sin duda los encargados se olvidaron de apagar la luz. El velador baja el interruptor. Por un momento reina la oscuridad, luego enciende su linterna y se alumbra el camino de regreso. Tac, tac, tac, resuenan sus pasos en retirada. «Ya se fue...», alcanza a oír a lo lejos, pero no se inquieta. En altas horas de la noche se le distorsionan los sentidos y está acostumbrado a oír en ese viejo teatro murmullos que su imaginación convierte en susurros.
PRIMERA VOZ: ¿Seguro?
SEGUNDA VOZ: Sí, ha de estar llegando al final del pasillo...