OJOS
Lo dejé dormido, sigilosa salí de la habitación, con las palpitaciones de su miedo reflejado en sus ojos; cerré la puerta, su voz melodiosa se convirtió en un grito de reproche, de un rencor a su corta edad que no pude imaginar, que no pude controlar, pues en mi manía de la disciplina pude controlar sus emociones, su libertad de sentir y nunca es bueno controlar a una persona, ni cuando puedas, quieras, y sientas que es tuyo. Puse culpa a quienes no la tenían, conductas adoptadas por él por personas que tampoco tenían que ver, pero que sin embargo él las seguía, pues no entendí que todo niño de su edad absorbe todo y quiere imitar a todos, pues no me he dado cuenta de su inteligencia y eso ha sido un motivo de querer tener poder en él, pues a su corta edad sabia bien como obedecer, me entendía todo, entiende todo, palabra por palabra y sólo cuestiona cosas que nunca tubo respuesta inteligente, siempre una absurda y estúpida respuesta hecha por mi ignorancia o mi ceguera, lo quiero, quiero a su padre, quiero a esa tía quien sin ningún motivo sino el de querer y su hijo también quise controlar. Dónde termina la libertad del otro, dónde termina la imagen de respeto de los padres para poder corregir y dejar a un lado lo que pueda escuchar, ver y sentir el hijo. Ahora se encuentra dormido, con sus ojos angelicales, sueño de niño y una sonrisa pidiendo permiso de realizarla.
Ese día llegó mi primo a cenar, me encontraba preparando la cena mientras mi esposo lo preparaba para el baño, lo envolvió en una toalla y dijo: – ¡Sebastián…! – Grito mi hijo feliz, sus ojos se iluminan cada vez que Sebastián entra por esa puerta, le sonríe, pues a su padre no le hace esas manifestaciones a pesar de convivir los siete días de la semana y todo el año, no hay motivo, decía, pero la realidad era otra: Sebastián a pesar de su diversidad tiene la capacidad de jugar con mi hijo, hacer que tenga imaginación y obedecer, lo que su padre no ha desarrollado, le falta, no tiene tacto, siempre se pelea con él, Oscar lo imita todo; un día antes de esta escena de la cena, un día llegó y cruzó su pierna con tal feminidad que Oscar lo imitó, pasé a su lado y le di una palmada en la espalda indicando que eso que hacia se encontraba mal, se lo dije, mi primo al instante reacciono y se sentó “normal”. Que ciega estoy. Mi hijo lo mira como si fuera su héroe, su dios. Por las noches tenia discusiones con mi esposo por ese motivo, pero al principio pensé en sus celos fueran exagerados, lo fueron, y esa noche cuando llego todo cambio, en un instante todo cambio, pues Sebastián ha presenciado varias ocasiones los gritos, los golpes y los ojos de miedo de mi Oscar, aterrado y fui testigo en esa noche cómo con rencor de un niño de casi cuatro años decía: – No la quiero. Fue una puñalada a mi corazón y fue el motivo de explotar esa noche. Estas palabras se las dijo a mi tía, ella me observaba discretamente, como no queriendo hacer caso y sólo respondió: – No digas eso, si quieres a tu mamá, anda, dile cuanto es lo que la quieres, mi hijo me vio y no fue espontaneo el beso dado después, mi tía me vio con ojos de regaño, de enojo, de reclamo. Salió mi esposo del baño con Oscar envuelto en una toalla, a los minutos salió corriendo hacia mi primo, con los ojos bien abiertos con esa luz que le caracteriza, detrás mi marido secándose el cabello y mi tía, mi madre sentadas en la mesa preparando café instantáneo sin azúcar, pues son diabéticas.
–Sebastián y Oscar vénganse a sentar, Oscar junto de mi y de tu tía, vente. –Ordené a ambos, actitud nada agradable para los demás. Observé a mi tía con ese cariño exagerado, y tal vez con una intención: quererlo, eso me molestaba al grado de decirle al niño que la persona que no tiene disciplina no la quiere, ¡qué mal y qué ciega estoy! Un niño se ama, se le protege y se le respeta, él no quería esa noche que yo lo atendiera, me veía con esos ojos de miedo y rencor sin saber aún el significado de la palabra, mi tía le dio una tortilla, la acepto, al tercer rechazo golpee la mesa mirándolo a los ojos y como soltó las lágrimas mi niño con el temor de ser atacado, reprendido y reprimido, miré a mi tía con el reclamo que ella y él me lo estaban quitando, la pregunta era, ¿qué me estaban quitando? Mi hijo sólo quería un abrazo, mis culpas, mis malas experiencias en la vida los eche en su corazón sin que él lo supiera, sin que él se defendiera y corriera al instante de ser atacado por la gente que se supone lo ama. Ahí sentado con mis ojos con lágrimas volví a pegar en la mesa y entonces sucedió, mi hijo aterrado arrinconado en la silla mi primo me dijo:
–No le grites…
– ¡Tú cállate…! No me quites autoridad delante de él.
–Él no necesita de tu neurosis, bastante tiene en cargar tus gritos para que escuche lo que tú crees que te fue quitado. – S e levanto, me miró a los ojos, fue la primera vez que lo vi así, con esos ojos fijos en los míos, conociéndome y dándome la cara por primera vez, otras veces se quedaba callado, sin decirme nada pues me daba la razón y ese día no me la dio, fue justo, fue realista ante mi actitud prepotente y neurótica de esa noche. – ¿Por qué tienes miedo de amar?, no es debilidad amar. No tengas miedo a que Oscar encuentre felicidad, la cual tú no tienes; analízate…
– ¡Cállate…! Tía dile que se calle… – dije ciega de ira, pues nunca he estado acostumbrada a que me pusieran en mi lugar, él fue el primero y respondí: –Si no te gusta, te puedes ir, ahí esta la puerta… – Le señale la puerta con lo ojos enardecidos, ocultando mi culpa, mis errores de vida y diciéndole a mi Oscar: – ¡Vez, tú tienes la culpa Oscar!
Sebastián se dirigió a la puerta, sus cosas en la mano y su mochila en hombro dijo: – Mamá vámonos. Érica analízate, Oscar no tiene culpa de nada, sólo analízate.
Abrió la puerta, espero a mi tía y salieron, sabía bien sus palabras que dejo en el último momento que salió, sabía bien de mi problema psicológico y aún cuando había pasado el tiempo no pude superar lo que de niña, adolecente y de un amor enterraron en mi vida. No le visto desde hace más de un mes. Mi hijo ha crecido, tiene actitudes de él, no me gustan, él es homosexual; pensé haberlo entendido, es más fuerte y no quiero que se le acerque a mi hijo, hago lo posible por entender y no me explico su condición, es mejor así, alejado de mi vida y la de mi hijo.
Por: Cristopher Salomón Fuentes Rosas.
3 – agosto – 2010.