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EL SINÓNIMO FATAL
Autor/a: José Luis Huerta D.

Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 26/06/2007
Leído: 302 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 7

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EL SINÓNIMO FATAL

 

 

Fue en una de sus excursiones por las librerías de viejo en la calle de Donceles, donde Alejandro Papaqui vio una pila de ejemplares del Diccionario de sinónimos de Roque Barcia. Cogió uno de los menos estropeados. Al hojearlo supo que era lectura imprescindible. Se trataba de una obra de principios del siglo anterior, puesta al día casi a finales del mismo.

        Pese al interés suscitado no lo leyó de inmediato. Por un tiempo el ancho lomo negro con letras rojas lució en uno de los entrepaños de su biblioteca, junto a otros libros pendientes de leer. Al cabo de unos meses le llegó su turno. Página tras página quedó sorprendido con tantas palabras que hasta entonces, de manera errónea, había usado indistintamente: anegar por inundar, alcanzar por dar alcance, recapacitar por reflexionar, etc.

        Decidido a no cometer más equivocaciones se volvió cauto en el empleo del léxico: antes de pronunciar una palabra se remitía mentalmente al Diccionario de Sinónimos. Desde luego, no era fácil memorizar más de mil de ellos, así que no pocas veces tardaba en insertar los vocablos correctos en los enunciados, de modo que parecía indeciso en las conversaciones y aun en sus soliloquios.
   Tan ensimismado andaba en su afán perfeccionista del idioma que de continuo le acontecían accidentes: una vez cayó en un hoyo al bajar de la banqueta, imprevisto que no le impidió reflexionar si se trataba de un hoyo o de un agujero; en otra ocasión se golpeó la frente en un toldo; y en una tercera estuvo a punto de ser arrollado por un camión. Un día, sin embargo, cayó al río. No sabía nadar. Por un momento consiguió mantenerse a flote, manoteando. Iba a pedir ayuda; pero titubeó respecto a la palabra a gritar: ¿auxilio o socorro?. «El objeto que recibe auxilio tiene cierto contingente de fuerza –recordó puntualmente la exposición del tratadista–, puesto que el auxilio no consiste sino en aumentar aquel contingente. El objeto que recibe socorro no tiene nada, puesto que se halla desamparado... Decimos, pues, con seguridad, que se auxilia al débil. Se socorre al desvalido». En posesión de la palabra correcta, pero ya en el fondo del río, Alejandro Papaqui sólo alcanzó a emitir un: «¡Glu-glu-glu!...».






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