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DEL CIELO CAYÓ UN JARDÍN DE DALIAS

Autor: rodolfo
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 03/07/2010
Leído: 373 veces
Comentarios (4)
Valoracion de la obra: 9,5

No hay resumen
Del cielo cayó un jardín de dalias. Cada vez los trigales reverdecían un poco menos, ya sus matices decaían en volúmenes difusos y el viento solo podía acariciar los tallos secos y amarillentos de los pocos trigales que prometían recursos. A medida que notaba el abrupto cambio de sus cosechas de antaño, su poesía pastoril perdía encanto en la línea de su inspiración, se tornaba más opaca su expresión y su sueño de ver el cielo cristalino menguaba cada vez con más fuerza a efecto de que los campos de estío de su añoranza solo eran el resultante de un despojo que no reflejaba armonía al cielo añil que antecedía la turbulenta noche. Evaristo Mendizábal caminaba entre la multitud de transeúntes dispuesto a comprar la ficha del tren que lo llevaría como destino a la sólida costa de Agua Marina. Cerca a las nueve de la mañana el sol calinoso asomaba apenas con sus leves pinceladas entre los primeros arreboles y empezaba a evaporarse la ciénaga, todo en cuanto el cielo descendía entre sus fulgores. Muy probablemente viajaría en clase media, cómodo en los asientos acojinados con terciopelo y marcos pirograbados con rústicas grecas de siglos pasados. Aún a la sombra del acartonado vestíbulo el calor era insoportable, tanto que parecía que el piso iba a entrar en ebullición por entre los resquicios de las tablas discontinuas debido a los vestigios de pasto seco y amarillo que presionaban con fuerza. Se sentó en un raído taburete, sacó un pañuelo de su bolsillo enjuagado de sudor y empezó a pasearlo con dificultad por su agrietada frente, sacándose su sombrero de paño mareado gracias al rigor del aire caliente. Lo embutió en la estopa que llevaba y queriendo relajarse un poco desabotonó el cuello de su camisa y estiro sus manos desprendiéndolas casi de sus hombros, lleno de flacidez y apocado por el intenso estertor que patrocinaba la perenne ausencia del invierno. El tren llegaba a la estación de Pueblo Rico a las onces de la mañana, después de mencionado el horario de viaje, una recua de viajeros desesperados por el sopor del verano de Febrero buscaban sus fichas de viaje atiborrando la taquilla y entre la desmesurada congestión, como desplazada por el demonio apareció a lo lejos una mujer de firme semblante y porte experimentado asiendo de la mano a una niña que cojeaba por los dolores de la vida. Entre el vaivén de gentes se vio rodando por el inestable piso de tabla enmohecida una naranja que precisamente se detuvo en los pies de Evaristo que se hallaba dormitando ensopado por la laxitud y el sudor. Enseguida apareció entre la masa la pequeña criatura de cabello castaño que llevaba un vestido de franela con encajes de florcitas, y abrazaba una muñeca de felpa a descomponerse. Con dificultad se acercó a recoger la naranja del suelo sin medir interrupción y efectivamente lo despertó del sueño infernal, <>, balbuceó congestionado, viendo a la niña estupefacta por el descontrol del sujeto. Ella se mostraba nerviosa, poblada por un ingente temor, con sus pies trémulos por el extraño hombre de exaltado gesto, ella tenía el rostro untado de hollín como si se hubiese pintorreteado adrede. Evaristo se levantó del taburete con la noción perdida mirando a todos lados buscando ver el sol para saber la hora; aún no reconocía a la niña que estaba sembrada en sus temores, se frotó lo parpados y le entregó la naranja. En ese momento y después de ver y sentir el resquemor de la niña, emergieron de su cabeza miles de recuerdos extraviados en los camposantos de la memoria, recuerdos de juventud y de amor que hace años había mitificado en el reposo de la soledad y que su familia embadurno cuando se fueron de Sierra Camelia después de enterarse de que dejo encinta a la mujer de la cual se enamoró. Después de 2 años Evaristo volvió al pueblo y de inmediato arribo a la granja donde ella trabajaba, en el zaguán lo recibió irritada una mujer de edad cargando una bebe, y al fondo se escuchaba el llanto de otro; supo que la criaturita era una bebé por la diadema rosada que hacía juego con los pequeños escarpines tejidos a mano. Muy nerviosa la mujer le ordenó que no vuelva más, que perdía su tiempo intentando visitar a una mujer comprometida. Volviendo en sí, después de recordar parte de su pasado y con la necesidad de conocer a la niña que le hizo retroceder en su historia le dijo. - Hola nena, ¿Cómo te llamas? La pequeña recibió la naranja, dio media vuelta y se echó a correr de súbito tropezando con la multitud. -Niña, te perderás-, le gritó Evaristo tomando rápidamente su estopa y persiguiéndola por entre el motín de personas. Después de salir de la estación, la vio patojear por entre unos guaduales secos, sin flaquear la siguió y finalmente la abordó en un pequeño puente contiguo a un nacimiento de agua dulce. Comprobó que la niña lloraba asiendo fuerte a su muñeca, que era talvez lo único semejante a su protección. Evaristo se acercó flemático y cándido, en tanto ella llena de turbación soltó la naranja y se acurrucó apoyada en una roca desnuda. Como quien otorga confianza al más incrédulo de los seres, muy afable él se arrodillo, frente a sus piernas flexionadas por el miedo y con una sutileza implacable tomo la muñeca de felpa tuerta por el trajín de la vida y cambió el ojo que le faltaba por una semilla de eucalipto que encontró refundida entre el tapete de ramas secas. -¡Aquí tienes! -exclamó sonriente-, Quedó como nueva. Después de la certidumbre que infundía, la niña se pudo tranquilizar un poco y enseguida con voz trémula le pregunto: -¿Donde está mi madre? -miraba con ansias prematuras a su rededor y asintió: -tiene muchas de esas. Apuntó con su pequeño índice la naranja que se encontraba a unos pasos de ella, Evaristo la recogió y lleno de lástima por la desamparada criatura le tomo de las manos y a voluntad quiso empecinarse nuevamente en los recuerdos de su pasado, se le hacía muy familiar ese sollozo y alternando sus pasiones, recordó el día en que se enteró que su hija llegó al mundo y que jamás conoció. Se rumoraba por el pueblo que los Sarmiento habían dejado Sierra Camelia rumbo a Pueblo Rico, no volvió a saber de su amada Ester. La niña tenía alrededor de ocho años y lucía muy bella a pesar del agobio. Se levantó de su posición sin dejar de observar a Evaristo que se hallaba en cuclillas internado en su recuerdo y sacó de su mochila de lana pelada una tarjeta preguntándole: -¿Dónde queda éste lugar? -tomándolo del hombro él se inmutó y leyó la tarjeta guardándola en su carriel. Después de un par de minutos la asió de la mano y empezaron a caminar hasta encontrar una sombra de enjugados ramales. Era notoria la fatiga que llevaba la pequeña, cada vez empalidecía más, por lo cual Evaristo extrajo de su carriel una botella de agua mineral que enseguida destapó y ofreció con un cariño infranqueable a la niña somnolienta por el sopor. Ésta de inmediato la probó y solo le fue suficiente un sorbo para no seguir bebiendo más y dijo: -Esto sabe feo, -y exclamó-, que agua tan amarga. -Es agua mineral, -dijo Evaristo, -la iba a utilizar para afeitarme,- y palpándole el rostro añadió, -pero ¡ya sé!, me afeitaré con agua de río. La pequeña decidió no beber más por el acre sabor del agua. En cierta manera él no podía permitir que la nena enfermara por el agotamiento y se le ocurrió hender la naranja y exprimirla mezclándola con el resto de agua mineral en un mate que llevaba a mano para beber la infusión de hojas de cidro y hierbabuena que siempre tomaba. -Ahora sí, -dijo-, ya sabe mejor. Presionada por la sed bebió con cautela un sorbo y plácida continuo bebiendo infundiendo con cada acto ingente ternura en el noble corazón de Evaristo que comenzó a raer de una roca cercana un trozo de liquen que usó para deshollinarle el angelical rostro. Parecía que el sol se iba a desplomar de su órbita pretendiendo chocar con la tierra y ya Evaristo había perdido el tren del medio día, el sopor se intensificaba ensopando de sudor cada tejido. Avanzaban por entre los guaduales, perdidos de la humanidad, la pequeña a hombros de Evaristo. El sol caldeaba incesante y cada vez el camino se tornaba más polvoriento e infértil. Después de caminar un par de minutos algo excepcional los sorprendió, detuvieron su rumbo y tomó un puñado de una tierra que había en medio del camino arrinconado. -Ésta tierra es fértil -dijo Evaristo-, ¿que santo pasaría por aquí? Descargo a la pequeña de sus hombros e impresionado por tal aparición se puso de hinojos y probó con su boca un poco de tierra fresca que de súbito y milagrosamente despojo la sed de su garganta, en tanto la espontánea criatura lo tomo por los hombros y le dijo: -Es la tierra de San Agustín-. Atisbó en rededor y casi ululando corrió por entre la tierra esparcida. -¡Lo ves!- le dijo apuntando una radiante flor-, es la dalia que tanto quiso tener mi madre. -¿Y tu como lo sabes?-, le preguntó él mientras se acercaba sin dejar de detallar con sutileza la auténtica y fresca flor. Y ella respondió: -Lo se porque así es mi nombre “Dalia”. Era realmente utópico que una dalia pudiera germinar en medio de tal árida e infecunda tierra, y era aún más difícil de creer que apareciera derramada una porción de tierra húmeda bajo el rigor del tórrido calor de verano. Indudablemente examinaron la pequeña extensión de tierra y peculiarmente notaron que de ella emergían pequeños montículos, como si alguien adrede los hubiese dejado tal cual listos para la siembra. Evaristo, muy tenue y galano emprendió la remoción de los montículos y a su sorpresa, como ráfagas coloridas se desprendieron gran cantidad de pétalos que manaron por el aíre, la gran mayoría enredándose en la copa de los altos y secos guaduales. Viendo tal maravilla Evaristo y la pequeña Dalia removieron todos los montículos y efectivamente de todos emergían cientos de pétalos formándose así una densa cortina roja entre todo el ambiente. Después de tal cortejo floral, Dalia le sugirió a Evaristo que siembren las semillas restantes de la naranja en aquella tierra bendita de San agustín; y así fue, sembraron alrededor de ocho semillas distribuyéndolas por todo el lugar. En sinónimo de retribución la pequeña le obsequió a Evaristo una medallita de oro que en su interior llevaba recogida una hermosa y brillante amatista, sin mayor preámbulo y con un fuerte agradecimiento la abrazó y posteriormente sujeto la medallita a su cuello. En la costa de Agua Marina todo estaba en transitoria calma, cada vez trepaban con mayor ímpetu por el aíre los vapores de Septiembre y era más complicado el desplazamiento de los buques debido a las constantes bajas de la marea que se debían a la indiscriminada contaminación de los afluentes, producto de los explosivos utilizados para la extracción de sal de las minas. Samuel Mendizábal recogía caracoles muertos de la playa para el almuerzo, mientras que Agustina Trinidad, su esposa, lo esperaba en casa lista con las espumas para lavarlos y ponerlos en cocción en la olla sometida a leña viva. Cerca al puerto muchas mujeres viudas visitaban la iglesia a pedir a San Isidro Labrador que se subleven las brisas del mar medio para así poder conservar el luto por sus maridos muertos en la contienda protestante. Escaseaba el empleo a efecto de que los comerciantes no encontraban firme asentamiento y el sopor de Septiembre era cada vez mayor. Por una senda de vasta selva marchita por los rigores que dejaba el dióxido de carbono que emanaban de los enormes buques de carga, llegaron en burro Evaristo en compañía de la pequeña Dalia, después de siete meses de buscar a su madre entre el valle de Lucita. Debían llegar hasta el chalé de los Moreno, familia de alta trascendencia en el pueblo costero porque muchos de sus miembros; y quizás los únicos en la región, llegaron a obtener títulos universitarios en el extranjero. -Aquí falleció Demetrio-, manifestó Evaristo. Por un momento se escuchaba solamente la melodía de los pájaros cancioneros y continúo: -sin su ingenio no hubieran siembras de palma de cacao ni huertos con las mejores uvas del sur Occidente. Demetrio Moreno fue uno de los pocos historiadores del pueblo, ecólogo empírico y naturista por excelencia, quien a raíz de sus pasiones fue el primero en fundar una cosecha de cacaos en las extensas riberas de Agua Marina, y fue el único en utilizar recursos no renovables para cercar su huerto de vides y así conseguir la primera exportación de uvas destinadas para la elaboración de los mejores vinos del continente sur. Cerca a las seis de la tarde, hora en donde asomaba el sol de los venados, llegó Evaristo a casa de sus padres con Dalia dormitando entre sus brazos, tocó la puerta. Al otro día, en horas de la mañana el hambre era tan fuerte que Dalia debió comerse la sopa de caracoles casi obligada. El sopor del calor era más fuerte que el de la semana pasada, hasta el punto en que ese día ya no había comercio ni de artesanías ni tampoco de pesca. Menudos por el calor Evaristo y dalia decidieron ir a las autoridades en procura de consultar sobre el paradero de la madre de la pequeña. Sabían que estaba en el pueblo porque debía estar alojada en el convento hasta los primeros días de Diciembre. Una mujer de porte religioso, con su escueta camándula y hábito de monja atendió al llamado de la puerta y por entre la ranura preguntó quien es. -¡Buenos Días!, buscamos a la señora Ester Sarmiento-. Dijo Evaristo sin soltar la mano de la pequeña. -Ella no esta aquí-, respondió irritada la anciana, -la pueden encontrar en el vivero de la calle angosta. Ya daban la una de la tarde y ni tan siquiera un vestigio de agua cerca al desolado vericueto para al menos apaciguar la sed del horror infernal. Contando con buena suerte encontraron a la orilla un limonar, según el aspecto del campo de estío era uno de los pocos que pudo sobrevivir de la sequía pasada. Allí bajo el árbol se encontraba una muchacha reposando del calor monumental que ya casi evaporaba la sangre. -¡Buenas tardes! -Con la voz quebrantada dijo Evaristo exhausto por la caminata-. ¿Falta mucho para llegar al vivero de la calle Angosta? -Un poco -Contesto la muchacha-, si gustan yo los guío. Más de dos horas de camino les demandó para llegar al vivero, en su zaguán se hallaba un pequeño huerto con gran diversidad de plantas medicinales y flores para decorar honras fúnebres. Por entre un rescoldo humeante se escuchó una servil voz femenina llamando a Graciela; la muchacha que los acompaño en todo el camino. En un canasto de mimbre llevaba un manojo de ramas de orégano crudo para Papá Manolo, el patriarca del vivero que padecía de fuertes expectoraciones por sus plazas de joven recorridas. Evaristo entró primero y Dalia se quedó en el pequeño huerto contemplando las flores sembradas allí. Enseguida Graciela volvió con su desajustado corpiño, embutida en su vestido blanco de sugestivas flores tropicales, tenía una belleza extraña, de piel morena y cabello negro recogido con abigarrados tallos de astromelias. -¡Ahora si!, ¿a quien busca señor?-. Preguntó casi sensual. Evaristo observó la llamativa barraca de tabla y cinc construida junto al aljibe de agua lluvia. -Buscamos a la señora Ester Sarmiento, ¿está aquí? Dalia no estaba por ningún lado, Evaristo la llamaba en voz alta sin obtener respuesta alguna. La fue a buscar por entre el huerto y encontró a Papá Manolo intentando hacer su siesta bajo la sombra del único naranjo con copa y raíces que había erguido en el lugar. Había cerca de sus pies enrojecidos por la comezón dos azadones formando una cruz que había dejado así con la firme esperanza de que lloviera al menos un poco. Evaristo lo saludo y pasó a seguir buscando a la pequeña. Finalmente llegó a la cortina que pendía de un marco oxidado de la barraca y entró sin medir precaución, con mucha incertidumbre por encontrarse a Ester de frente, perforó la habitación de tablilla y al fondo de la otra se escuchaba una rapsodia del maestro Ravel que resonaba en un antiquísimo tocadiscos. <> se dijo Evaristo con tenue voz y con mucha sutileza vio por entre la cortina que una mujer peinaba a Dalia con una paciencia indescriptible. Entró silencioso y enseguida Dalia lo reconoció. -¡Evaristo! –gritó la niña jubilosa y sosegada. Como veloz ráfaga de metralla los ojos de quien la peinaba se clavaron en los de Evaristo. -¡Ester Sarmiento! - dijo asombrado y con un hondo sosiego-, eres tú. Por un momento todo el ambiente se petrificó al interior de la barraca, el encuentro despertaba seria confusión y Dalia más confusa que nunca preguntó: -¿Ustedes dos se conocen?-. Nadie respondió nada, Evaristo y Ester no se quitaban la mirada de encima y parecía como si se estuviesen conociendo apenas. -¿Qué haces aquí?, ¿Cómo es que conoces a nuest… a mi hija? Se levantó de la poltrona y le dijo que la espere a fuera. Evidentemente Dalia no entendía nada, su madre le ordenó quedarse en la habitación. Afuera la esperaba Evaristo, lleno de ansia y de preguntas. Después de demorarse un poco, salió Ester confundida pero también ansiosa por el reencuentro. Hablaron casi toda la tarde y finalmente él supo que Dalia era su hija, producto de un amor que ni los Mendizábal ni los Sarmiento pudieron troncar. Al cabo de dos semanas Evaristo envío un telegrama a sus padres y se llevó el ancestral timbal que obedecía a un antiguo patrimonio familiar, posteriormente los tres en nueva comunión, viajaron a Pueblo Rico en búsqueda de la felicidad arrebatada por sus familias en el pasado. Después de un largo recorrido llegaron a la estación férrea del pueblo y de inmediato Evaristo recordó lo que había pasado hace un año en los guaduales. -¿Que será de la tierra bendita de San agustín y de la dalia y sus brillantes pétalos?-. Le preguntó a su hija. Sin duda alguna ellos se desplazaron al lugar donde se conocieron en ese momento sin saber de su parentesco. Antes de llegar a los guaduales vieron una frondosa capa de pétalos rojos, miles de ellos como en una nube roja. Examinaron el lugar y comprobaron que había lúcidos y bien erguidos ocho naranjos atiborrados de dulces y suculentas naranjas maduras, correspondientes a las ocho semillas que tanto Evaristo como Dalia habían sembrado hace un año. Los guaduales revivieron de su agonía y en sus copas reposaba un inmenso jardín de dalias rojas y frescas, era como si se mantuviera por la bendición de San Agustín flotando en el aíre. <> le dijo Evaristo a su pequeña hija <> Contando éste cuento siempre feliz estaré, cada vez que recuerdo con claridad esos momentos, brotan de mis ojos diáfanas lágrimas de felicidad. Fui tan feliz con mis padres allí en donde del cielo cayó un jardín de dalias. Todavía conservo mi muñeca de felpa y no me importa a mi edad jugar con ella. Ésta es mi historia, mañana viajo a Pueblo rico después de diez años de haberme ausentado. Aquí en el vivero las cosas marchan bien, Papa Manolo falleció el año pasado, lo encontraron insolado en el patio, Graciela hace más de un mes que no vuelve de los bosques de niebla, mi madre aguantando el duelo de criar frente a esta escasez dos criaturas más que resultaron siendo gemelas. En fin… antes de partir lo único que añoro es poder disfrutar por última vez de mi jardín de Dalias sembrado en el bendito cielo. FIN.

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hyji6
hinjb y6jhg
Autor: 0y6ktjy5 | Fecha: 18/08/2010 2:17:51

vaaaaaaaaaaaa
no saben escribir ñoños pudranse
Autor: lucia | Fecha: 10/08/2010 1:11:18

los escritores son monses
guacccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccc
Autor: kuji | Fecha: 10/08/2010 1:08:46

nose
solo lo e vajado del internet ni siquiera loe leido bay monse
Autor: lusia | Fecha: 10/08/2010 0:21:46

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