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Resumen
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Fecha de publicación: 09/03/2010
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Comentarios (8)
Valoracion de la obra: 6,5
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este cuento narra los sucesos cronologicos de un niños desde la perspectiva del mismo.
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La tragedia de la una y media
Por Erick Mendoza
El lunes, al salir de la escuela, todos los compañeros coincidimos y concluimos en que iríamos al pueblo a ver el parque central, su glorieta con estilo de templo griego, el busto del prócer y fundador de la provincia con su bigote de “el flaco Alcántara”. El cine con carteles de películas para adultos y el olor y el ruido de las maquinas de palomitas de maíz.
Ninguno alcanzaba los siete años, así que Beto, quien cumplía seis años y ocho meses y medio, era indiscutiblemente el jefe de la pandilla de trece niños eufóricos, excitados por la travesía emprendida. Beto además, se ufanaba de valiente y arriesgado y nos contaba las veces que realizo esta hazaña solo, que incluso llego a enfrentar otras bandas de niños “peligrosísimos” y salio ileso. Era como para quedarse con la boca abierta y cagarnos de la risa con sus historias.
Yo por mi parte, tenía un fuerte síndrome de timidez que me ganaba y solo asentía a participar cuando la mayoría mas uno, estaba de acuerdo. Prefería el anonimato, pasar inadvertido. Mi estilo me había mantenido exitosamente con vida hasta entonces. Todo transcurrió como queríamos que trascurriera. Caminábamos como un grupo de turistas europeos, solo que no éramos tan bellos, ni rubios, y no llevábamos cámaras fotográficas.
A mis cinco años y once meses, todavía no había experimentado una aventura tan descomunal, me sentía como flotando, era un mundo de fantasía, el humo de los carros…las carretas con sus caballos fuertes cagândose en cada parada…las sirenas de ambulancias…la gente gritando ¡taxi!
Todo esto solo en la televisión lo había visto, pero ahora era mejor. Aun así, nadie nos prestaba atención, hombres y mujeres parecían marionetas manejados por los hilos de sus agitadas vidas de adultos. Pasamos frente a una gran iglesia monumental, con una inscripción en latín que decía: “perdona mis pecados Señor”. Yo entendí lo que decía por que lo había aprendido en las clases de catecismo dominical.
Me sentía culpable. Tenía ya varios domingos sin confesarme. Pero…¿Como decirle al sacerdote, que yo, había espiado a la mama de Gaguito, mientras de bañaba en la letrina que colindaba con la cerca de alambres de mi casa?... En el barrio decían que ella era puta y yo quería ver en que parte del cuerpo se le notaba; que me había tomado una píldora anticonceptiva de mi Mama, la que me dio una diarrea histórica, que me dejo una semana en cama y más flaco de lo que siempre fui. Pero para pertenecer a la pandilla y ser parte del exclusivo círculo de “jefes” era necesario realizar una serie de requisitos de iniciación, los que cumplí a cabalidad y con meritos.
El éxtasis de todos se vio truncado abruptamente cuando uno de los chicos dijo que hacía una hora que había visto en el reloj de la catedral dar las una con quince minutos. A esa hora era cuando debíamos estar ya en el barrio antes que nuestros progenitores salieran a buscarnos en hospitales, recintos carcelarios o balnearios prohibidos.
A mi se me hizo un nudo en el estomago, empecé a sudar profusamente y mi respiración se acelero igual que mi corazón. Sentí que debía cagarme allí mismo, pero eso no ayudaría mucho. ¿Como carajo habíamos olvidado la hora? Si todo lo calculamos minuciosamente. Beto, se dio cuenta de mi terror interno y me sacudió de los hombros, me cacheteó ambas mejillas, me miro a los ojos fijamente y me dijo que debía comportarme como un “hombre”…con cinco años y once meses de edad.
-¡un gustazo un trancazo!- me dijo. Alboroto mi cabello y me hizo el saludo tradicional de la pandilla de un barrio olvidado.
No me sentía para nada bien, todo lo contrario, en mi cabeza se repetía como un ritual oculto, las palabras: “un gustazo un trancazo”, una y otra vez camino a casa, solo que el gustazo ya lo había olvidado, y el trancazo que estaba por venir consistiría en ser golpeado por mi Mama, con cualquier cosa que tuviera en la mano o a su alcance. Eso para empezar. Porque luego en casa iniciaría el calvario con la golpiza mas encarnizada, desnudo y frente a mis hermanos mayores. Mis gritos se escucharían al final de la calle y mas allá donde no debía ser oído. También seria privado de ver la televisión por dos semanas y solo podría salir para ir a la escuela. Encuerándome desde que llegara de clases.
-¡pendejo!- me dije a mi mismo. -¡¿realmente vale la pena?!-
Todos mis síntomas se incrementaron en un cien por ciento, cuando llegamos al barrio con sus aceras bien aseadas y sus calles sin asfaltar de pedregales y polvo. Si, era el momento perfecto para cargarme, así tal vez, me evitaría los correazos.
-a ninguna madre se le ocurriría golpearte mientras estas todo embarrado de mierda- asumí.
Mi terror, fue interrumpido por la voz de Doña Fabrizia Paldavê, a quien le faltaban casi todos los dientes delanteros y nos hacia temblar y llorar con sus historias de encuentros con fantasmas.
-toma, llevale a tu mama- entregándome medio saco con víveres, frutas y vegetales. Le di las gracias y cuando me disponía a largarme a la velocidad que me permitiera el cargamento, me agarro con sus manos esqueléticas y fuertes por el hombro.
-¡dame el dinero granujas!- me acorde que Mami, me había metido diecisiete centavos en el bolsillo derecho del pantalón antes de salir a la escuela. –cuando vengas de tomar clases pasa por donde Doña Fabrizia y trae la compra, no se te vaya a olvidar eh?-
Mi mama, iría a unos rezos en la mañana y no tendría tiempo de pasar por el medio saco de comestibles para la semana. Levante mi saco una vez mas e inicie mi peregrinaje con el al hombro, tendría que contar diez casas hasta llegar a la mía, con el sol candente de marzo y el polvo que levantaban los carros por las calles que parecían estar detenidas en el tiempo. Llegaría jadiando como perro de caza y con el vaho de las naranjas podridas que Doña Fabrizia incluía en la compra de la semana.
Mientras caminaba se escuchaba en cada hogar, frases celebres y comunes:
-mira coño, te dije que te cambiaras el uniforme…noticiario del caribe presenta las internacionales…Tulio, a este muchacho hay que molerlo a palos-
Como solo tenia un ojo disponible por la carga que llevaba, me imaginaba cada situación en esas casas. Entonces vi una imagen que solo podía ser de un comercial de Jabón palmolive o crema humectante nivea. Era la niña mas linda del barrio y ahora del pueblo. La vi moverse como en “el hombre nuclear”, como si nada le importara mas que ella misma, su carita llena de pecas y su pelo rizo perfecto y suelto al viento amable, entregándole una tierna sonrisa no se a quien coño, porque no veía bien del ojo derecho y por el ardor que me producían las naranjas magulladas. La escuche decir con afecto incalculable como si estuviera cantando una opera irreconocible:
-¡Mimosssooooo!-
Un gato grande que solo de verlo me producía escalofríos y alergia nasal. El maldito era como una gran bola de pelos muy tupidos y negros y con una mancha blanca por los granos y la cola. De pronto me llego una idea poderosísima, así como una ráfaga. Me sentí digno de estar al lado de grandes hombres como Benjamín Franklin, Albert Einstein o Alfred Nobel.
Mi plan era sublime, habría de inventar como meter en peligro de muerte a su maldito gato peludo, mientras yo aparecía de la nada y lo salvaba frente a sus hermosos ojos claros y sus siete años y tres meses bien vividos. Ella también tenia un perro, (adrenalino), el pendejo era muy asustadizo, tenia la horrible manía de cagarse en momentos de mucha tensión. Así que, si por querer impresionar a Maireny, el perro se embarraba encima de mi, tendría que irme del barrio y de la ciudad o no viviría en paz siendo el hazme reír numero único.
Si, definitivamente el gato era mejor, este era su tesoro mas preciado y yo ocuparía ese lugar privilegiado en su vida y su corazón para siempre. Además, todos mis compañeros lo habían intentado sin resultado y donde ellos fallaron yo habría de triunfar. Yo tenia una risita malévola dibujada en mi cara de tonto, cuando por poco olvido todo por la contusión cerebral que me causo una “tabanâ” entre la mitad de la oreja derecha y la cabeza (que es donde se dan), creí que había ocurrido un eclipse solar no anunciado.
-¡pero coño, muchacho del diablo- era mi mama tan furiosa como me la imagine…y mas. -ahora es que tu llegas con la compra y donde carajo tu estabas eh?!- “un gustazo un trancazo”…y fieles hasta la muerte- agregue.
-¡¿Qué tu dices?¡- Segunda “tabanâ” ahora con mas fuerza. –Tu eres único niño- agradecí que Maireny no estuviera ya en la galería y viendo ese bochornoso momento y hasta me resulto tierna en medio de esa guerra de pescozones, la ultima frase de mi mamá – ¡vamos para que te bañes y comas!-
¿Bañarme y comer? Pero y el castigo como la “Santa Inquisición” que me esperaba? Pensé que los planetas se habían alineado o que era 31 de febrero.
Me sentía confundido. Que estaría pensando mi madre. Para que postergar el castigo si solo eso era un castigo. Me aventure a probar su estado de ánimo.
-Ma, como te fue en los rezos?- con voz semi segura. – Como crees que me fue niño, eran unos rezos, solo eso hicimos, rezar- me respondió sin mirarme a la cara y entendí que me había salvado del “trancazo”. Y sonreí.
-por cierto alguien me dijo que vio a una banda de niños con uniformes escolares vagueando por el pueblo. No habrás sido tu y tu grupito?-
Y dejé de sonreír.
Trague en seco aun después de tomarme un vaso grande con agua.- me hubiera gustado ir, pero no- fue un chiste de mal gusto que apago mi risita entupida enseguida.
–jum, hazte loco y atrévete- prueba superada y con meritos.
Cuando termine de comer, me fui a mi cuarto a planificar la estrategia del héroe enamorado. Era perfecto. Hice cálculos y croquis en mi cuaderno de lengua española.
-Los grandes genios plasman sus ideas en papel- me dije.
Así, si uno no los concretaba otro podría terminarlo. Y era feliz en mi proyecto del amor, tanto que me tomo una semana para concluir todo detalle a detalle.
Lo primero era investigar que vehículo pasaba por el frente de la casa de Maireny, que fuera en horas en la que llegáramos de la escuela, la velocidad debería ser la mínima y el tamaño era importante. Todos debían verme salvando su gato maldito o no tendría ningún sentido arriesgarme tanto. Sin conocer el método científico de Pascal, lo aplique a cabalidad, nada podría fallar.
Era lunes otra vez. Invite a la pandilla a comer dulce de tamarindo en el ventorrillo de Kike Miranda, quien tocaba el bongo de manera prodigiosa y daba espectáculos en las fiestas que le llamaran…y aunque no lo llamaran. Yo había coordinado con Cley, al que apodábamos “papá”, para que me sirviera de cómplice sirviéndole sardinas al animal, frente a la casa de la niña de ojos claros y rizos perfectos. Cuidando de que ningún otro felino engullera la carnada o algún pendejo perro realengo.
El vehículo que debería pasar por allí, era la guagüita de Pepe “el atómico”, vendedor ambulante que llevaba a esa hora a sus dos hijas al liceo secundario en el pueblo. Manejaba lento aprovechando para anunciar sus novedades del próximo día. Pero debió hacérsele tarde o quizás sus hijas no se prepararon a tiempo, porque la guagüita traía gran velocidad y una estela de polvo como en el Viejo Oeste. Velocidad que no calcule y que podría traerme problemas serios. Pero ya no había tiempo para mas, el gato salio a comer sardinas, el vehículo de Pepe “el atómico” venia volando y yo estaba un poco lejos. El grito de súper héroe que ensaye seria:
-¡por amoooor!-
Pero solo atine a decir: -¡a la mierda igual!- y me eche a correr como endemoniado picado por avispas caballonas. Frente al estupor de los chicos de la pandilla que también corrieron conmigo, pensando que se trataba de alguna broma consistente en comer dulce de tamarindo sin pagar donde Kike Miranda.
Salio Maireny y su grito se escucho a más de cinco esquinas en todo el sector. Hizo que la gente saliera de sus casas a ver quien sabe que tragedia, de la una y media. Yo acelere como pude y “el atómico” también piso hasta el fondo y todos los espectadores se unieron en gran grito de horror como en el coro de la misa de domingo. El gato peludo abrió sus ojos grandes y grises. Yo salte y lo tome por la cola y escuche en su idioma felino mentarme mi puta madre varias veces mientras volábamos por el aire con una maestría practicada de “Hawai 5-0”.
Pero antes de terminar ese gran momento de acción y derroche de adrenalina, sentí un golpe durísimo en el tobillo perdiendo el equilibrio para mi aterrizaje artístico que se convirtió en una aparatosa caída de culo en la acera.
Cuando el polvo se disipo, estaba tan aturdido por el dolor que no me di cuenta que Mimoso, estaba debajo de mí, gritando. Me enterró sus uñas y luego salio corriendo, no hacia los brazos de Maireny, sino a la casa de su vecina. Las caras de todos, la de los chicos de la pandilla, de Pepe el atómico, de sus hijas, de Kike Miranda y de mi mama, tenían una mueca de asombro por encontrarme con vida. Un olor conocido y pestilente le gano a sus rostros llenos de horror por la muerte instantánea que creyeron ver. Con la fuerza del salto me había cagado y el despliegue físico hizo que mis pantalones se rompieran embarrando el parabrisa de la guagüita, la acera y toda la pared de la casa de Maireny. Como me lo esperaba, todos estaban orgullosos de mí, y aunque no me alzaron en sus hombros, me ayudaron y fui llevado al hospital.
Fue mi segunda oportunidad para ir al pueblo y ver sus carros escupiendo humo, el cine con sus carteles de películas para adultos, las carretas con sus caballos y su gente. También la iglesia monumental con su inscripción en latín. Pero ya no sentía culpa, mi deuda había sido saldada con creces. Estaba enyesado hasta la rodilla y tuve muchos visitantes durante dos semanas. Maireny, nunca me vino a ver. Un día me alegre al ver a su mama llegar y creí que la niña se encontraba detrás de su enorme culo. Pero solo me trajo una gelatina con sabor a fresa y me anime con saber que tal vez su hija había ayudado a prepararla.
Beto, que me daba los pormenores de mi hazaña y los comentarios de la esuela, también me traía a casa las clases de cada día para que no perdiera el hilo. Incluso la maestra vino a saludarme y cuando se despidió me dio un besito ridículo en la nariz y dijo:
-no dejes de hacer la tarea-
Cley, vino a traer la mala noticia de que Mimoso había muerto envenenado por comer unas sardinas descompuestas. Hicimos un instante de silencio, nos miramos a la cara y nos cagamos de la risa. Yo, pensaba en Maireny y la imaginaba deprimida y triste, mientras la consolaba acariciando sus rizos perfectos. Pero Maireny, nunca vino a verme.
Mami, toco la puerta y grito:
-tienes visita niño-
No se para que anunciaba si nunca lo hacia y entonces supe que mi mama era cómplice del héroe del amor. Maireny entro en silencio con sonrisa de niña de domingos y su carita con tantas pecas como siempre.
-hola!!-
Fue todo lo que dijo y yo sentí que se tomo una hora para decirlo. Agarro un cuaderno de los que estaban en la cama y lo ojeó con un finísimo y exquisito estilo. Tomo un lápiz delicadamente y escribió su nombre en mi pierna enyesada y en mi corazón acelerado. El cuaderno que había tomado era el de lengua española y me dio un temor antiguo pero conocido. De pronto dejo el cuaderno, se coloco el pelo detrás de sus grandes orejas y me dijo que cuando me sintiera mejor podría pasar por su casa para que viéramos “Pepero en busca del cóndor dorado” en su televisor de color que era el único de todo el lugar.
Cuando se despidió lo hizo con la mano izquierda moviendo los dedos índice, mayor y anular. Al darme la espalada se detuvo de repente, se volvió y dijo:
-en tu cuaderno no vi que cagarte, fuera parte de tu plan-
¡caray! ahora si que no tenia mas nada que decir, esto no lo había previsto, estaba perdido, me descubrió pero no parecía estar enojada.
-para conquistarme tendrás que hacer más que salvar al gato de mi vecina-
Y se fue guiñándome unos de sus hermosos ojos claros.
Entonces entendí, que amar es sufrir, que cuando vienes a darte cuenta de la realidad, estas tan enredado, que se te hace muy difícil salir y a veces… ni siquiera deseas escapar.
Visité su casa muchos días después. Mami, me había castigo por dos semanas luego de recuperarme. Las hijas de Pepe el atómico, le contaron que me vieron con el uniforme de la escuela paseando como turista europeo por el pueblo, con otros niños de un barrio olvidado y con solo cinco años y once meses edad.
Fin
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