Lazos. (Escrito por alek666)
Lazos . Lazos que nos unen, lazos que se rompen, por cuanto tiempo?, no hay respuesta, solo un suspiro que...
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Página en blanco

Autor: Elio Turmell
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 21/02/2010
Leído: 1087 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 3

Nuevo giro de tuerca en la manera de narrar una historia original. El autor de la obra dirime con sus propios personajes el futuro de éstos mismos, a la vez que implica de manera decisiva a los lectores del relato. Una especie de cuento moderno con trasfondo filosófico y conceptual donde las interpretaciones pueden ser tantas como las de cada lector.

Los dos hombres extraños se mueven acompasados, hermanados por algún

curioso resorte que hace que al contemplarlos parezcan una sola persona. Caminan con

una cadencia absurda que convierte sus movimientos en ridículos y previsibles. Llevan

consigo unas enormes capas grises que les cubren hasta los tobillos. Tal vez pretendan

que la grisura que parece envolver sus vidas quede reflejada en esas tristes y decadentes

capas, o puede que solo se resguarden de la vergüenza que se producen a sí mismos. Sus

pasos son cansinos, avanzan como si no tuvieran mejor opción, o incluso, como si no

les quedara otra. Con las manos en los bolsillos, cabeza gacha, mirando siempre el

mismo suelo monótono por el que caminan. Llevan colgada a la espalda una bolsa

enorme que es todo cuanto tienen como equipaje. Ambos portan sombrero de ala ancha,

que se les zarandea en todas direcciones con la incesante persistencia de un viento

inhóspito como sus almas.

Los lectores aciertan a visualizar para sí a una pareja de tipos vulgares embotados en

dos inmensas capas que caminan a traves de un camino al que el autor de esta historia le

gustaría imaginaran simplemente como dos líneas paralelas de carboncillo pintadas

sobre un papel en blanco. La imagen viene de atrás por lo que los lectores contemplan a

estos dos tipos de espaldas, también dibujados a carboncillo, con trazos muy gruesos. Es

como una imagen básica de dibujos animados, una animación con las técnicas más

prosaicas que imaginarse pueda.

El autor quiere que el viento –al cual visualizaremos a modo de isobaras atmosféricas–

pegue de frente en el rostro de nuestros infelices protagonistas, que tratan de esconderlo

entre las anchas alas de sus capas. No hay nada en ese minimalista camino que pueda

entretener a nuestros protagonistas, solo dos lineas paralelas que, como silentes jueces,

marcan el destino de los dos hombres. No podemos saber su edad, ni la fisonomía de

sus rostros. En realidad, poco importa, probablemente la grisura de sus vidas –solo

hacen que caminar hacia delante– haya arrancado cualquier indicio vital de sus caras. La

única imagen con la que contamos, incluso el propio autor, es la persistencia de sus

espaldas. Los protagonistas no nos dan la espalda, es que nosotros vamos detrás de

ellos, solo eso.

-¿Por qué caminamos? –finalmente se atreve a preguntar el más bajito de los hombres–.

-Llevamos toda la vida caminando ¿y te atreves a hacerme esa pregunta?

-Eso no es una respuesta –replica sereno el hombre más bajito sin dejar de mirar hacia el

suelo–.

-Es que no tengo una respuesta. Supongo que es lo que nuestro autor espera que

hagamos, si no, ¿para que nos ha dibujado? –explica entre ostensibles gesticulaciones el

hombre más alto–.

-Siempre estás tan convencido, tan seguro de ti mismo… –asevera el hombre más

bajito–.

-Lo sé, supongo que me crearon así para entretener al público, al igual que a ti te

crearon reflexivo y sosegado para ser mi contrapunto.

(El hombre más bajito se detiene a pensar).

-Tiene su parte de lógica.

-Es igual que la tenga o la deje de tener. Hasta este camino por el que transitamos no ha

elegido ser camino. Fíjate en él, ni tan siquiera puede llegar a ser protagonista de nada,

solo es un escenario, algo inanimado.

(Los dos hombres empiezan a caminar de nuevo).

-Sí, solo tiene sentido en tanto caminan a través de él.

-Tú lo has dicho amigo –le comenta ufano el hombre más alto golpeándole en la

esplada–.

-¿Quieres decir que en el fondo tampoco nosotros tenemos sentido?

-No hemos elegido ser dos tipos grises caminando sin descanso, pero lo cierto es que no

podemos llegar a ser otra cosa. Solo entretenemos a los lectores de nuestro autor.

-Pero eso es injusto.

-Lo sé amigo, lo sé.

(El viento amaina –por expreso deseo del autor– y hasta parece que empieza a salir

tímidamente el sol).

-Oye, ¿por qué tratas con tanta familiaridad siempre al autor?

-¿Y tú por qué crees amigo?

(El hombre más bajito se vuelve a detener para reflexionar)

-Cierto, por que él lo escribe y lo dicta así.

-Pues eso mismo.

-¿Y por qué te habrá elegido a ti para referirse a él?

-No te ofendas amigo, pero supongo que se identifica más conmigo.

(El hombre más alto deja marchar una socarrona sonrisa de satisfacción).

Parece que entre nuestros dos grises protagonistas se ha establecido una bonita relación

de compliciad que tiene por objeto sobrellevar la pesada carga de ser una simple y

pasajera creación literaria.

-¿Crees que nuestro creador nos quiere?

-A saber a quien quiere ese…

Parece que el hombre más alto, el que parecía más irreflexivo, es quien lleva ahora el

peso de la conversación, y quien dice las cosas más sensatas. El hombre más bajito está

encantado, pues empieza a descubrir que su compañero de viaje puede enseñarle

muchas más cosas de las que hubiera nunca imaginado.

-¿Por qué crees que nos ha dibujado de espaldas? Para él no tenemos rostro, no tenemos

edad. Ni siquiera desea que sus lectores nos pongan rostro …

-Pero nosotros tenemos vida, y por tanto, edad.

-Sí, amigo, mientras él quiera dárnosla.

Es entonces cuando el hombre más bajito siente por primera vez desde que emprendió

el camino una extraña levedad que le hace casi imperceptible, desdibujándose en el

papel blanco, afinandose su trazo, que es lo que le hace visible a los lectores.

-Tranquilo hombre –se apresura a intervenir su compañero–. Te estás desdibujando por

momentos.

-Es que pienso en mi levedad…

-No hay nada que pensar, amigo, solo asumir. Si te sigues cuestionando acabarás por

desparecer del papel.

-No lo puedo evitar…

La angustia del hombre más bajito se acrecentaba a medida que se notaba desaparecer,

desvanecerse en unas cuantas líneas inconsistentes que le convertían casi en un ente

invisible. Justo cuando reflexionó sobre las palabras que le había dirgido su compañero

fue cuando los trazos de su cuerpo volvieron a dibujarse con fuerza y su figura recuperó

el aspecto inicial del principio de la historia.

-Tenías razón, amigo, solo nos queda asumir nuestros designios.

-Veo que lo has aprendido –interviene satisfecho el más alto de los hombres–.

-Soy la levedad de un personaje –parece tratar de convencerse el tipo más bajito–.

-¿Personaje? –se sobresalta su compañero–. ¿Quién ha dicho que seamos personajes?,

ojalá lo fuéramos. No somos ni eso, no somos nada.

Un silencio incómodo y persistente se hizo en ese instante. Ambos sabían que el autor

que les había creado carecía del talento necesario para convertirlos en personajes. Ni

siquiera tenían nombre, ni rostro, ni escenario donde desarrollar una personalidad. Solo

estaban siendo objeto de escarnio por parte de un escritor mediocre que los utilizaba

para mofarse de ellos y hacerlos desaparecer cuando él estimase conveniente. La única y

objetiva realidad era su condición de seres abstractos.

-Vamos amigo, olvídalo, y disfrutemos mientras podamos… –dice el hombre más alto

desperezándose de nostalgia–.

Pero el tipo más pequeño seguía anclado en su ficticio paroxismo literario.

-Disfrutaremos en la medida que él quiera que lo hagamos, ¿no te das cuenta?

(El tipo más alto se aparta el sombrero y mira fíjamente al rostro no descrito de su

compañero).

-¿Y qué, amigo?, ¿acaso piensas que eso nos hace más desgraciados? No decidimos ni

cuando empieza ni cuando acaba esta historia, pero estamos en esta historia, ¿qué

sugieres que hagamos?

-No lo sé. Tengo miedo.

(El tipo más alto se acerca y abraza a su compañero).

-Y yo amigo, y yo.

(Pero algo cambia súbitamente. El tipo más pequeño se revuelve alarmado, al borde de

la desesperación, se aparta de su compañero y se arrodilla deborado por la angustia).

-Pero amigo, tú eres su personaje preferido. Hasta te permite el desdén.

-¿Pero qué diablos te pasa?

-Si tuviera que morir alguno de los dos, ese sería yo, sin duda.

-No digas tonterías, además, solo morirías en la ficción, que es como no morir. Y

además, ¿por qué iba hacer algo así ese escritor mediocre? Si apenas sabe escribir el

infeliz…

-Por que una muerte engancharía a sus lectores, ¿no te has dado cuenta?

-¿Y qué diablos iba a hacer yo?, ¿caminar solo por este maldito camino que no es más

que dos líneas paralelas pintadas a carboncillo…?

-¿No te das cuenta, amigo? Yo solo soy un personaje a quien utiliza para explicar algo

de ti. Tú amigo, eres él, convertido en su propia creación.

Entonces, el hombre más alto, se para a pensar en las palabras que le había dicho su

compañero. Y empieza a comprobar que él si tiene definidos algunos trazos de la cara,

mientras que su compañero, que permanece de rodillas, carece de ellos por completo.

-No te alarmes amigo. No le creo tan mal tipo.

(Entoces el personaje más bajito se pone de pie y comprueba que en su compañero

aparecen dibujados a vuela pluma las aristas de su rostro).

-Tienes dibujado parte del rostro.

-Está jugando con nosotros –responde convencido el tipo más alto–.

(Fue entonces cuando sobre el tipo más bajo también se empiezan a percivir unos leves

trazos en torno a su cara)

-¿Ves?, ahora tú también empiezas a tener cara –comenta entusiasmado el tipo más

alto–.

-Es cierto, ¿qué crees que pretende? ¿comunicar algo a sus lectores? –inquiere renovado

por un repentino y ficticio optimismo–.

- No lo sé, supongo que nos hace más humanos. Quiere demostrar que hace y deshace a

su voluntad.

-Como un perfecto diosecillo.

-¡Vaya!, eso mismo.

Los dos hombres extraños se pusieron de nuevo en marcha y retomaron el camino aquel

por el cual sus vidas iban paralelas. ¿Sería verdad en el fondo eso de que el tipo más

bajo solo era un complemento del tipo más alto, –en realidad, parte de la figura del

propio autor?–.

El camino era de lo más aburrido, ni un solo personaje al que ver venir de frente, ni un

solo paraje de naturaleza, nada de pájaros o árboles, solo infertilidad.

-¿Tendrá que ver en algo esta ausencia de paisaje con la falta de ideas de nuestro autor?

–rompe de nuevo el silencio el tipo más bajo–.

-Es muy probable. Eso, o que pretende que nada distraiga la atención de los lectores.

-Ya, pero es que míranos… No existe nada a nuestro alrededor.

-Sí, pero la historia es esa, un desierto conceptual en busca del cetro del alma.

(El tipo más bajo se vuelve a detener).

-¿Lo has visto? Vuelves a hablar por boca del autor.

-Supongo que así es.

-Entonces… ¿qué pinto yo en toda esta historia?

-Bueno…, representas el otro yo que hay en el resto de personas que uno se encuentra a

lo largo de la vida. Algo así como un resto del mundo supercondensado.

-Pero eso me convierte en un personaje secundario.

-Así es, querido amigo, así es. De momento solo eres un dibujo mal trazado, al igual

que yo.

(Los dos vuelven a retomar el camino).

-Quieres decir que el autor se ve así mismo frente al resto del mundo.

-No, quiero decir que todos somos nuestros propios protagonistas, y los otros, figuras

secundarias. ¿Entiendes? Eso es lo que él pretende hacer llegar a sus lectores.

-Sí, claro. Entonces, yo represento, de alguna manera, a los lectores en esta historia…

-Puede que sí, o puede que no.

Aquella extraña pareja de hombres se limitaban a hacer y decir lo que su creador les

ordenaba, desconociendo por completo la frustrante sensación emanada de no poder

decidir nunca, de no tener alternativas, pues su creador había obviado,

momentaneamente, su capacidad para desear la libertad, aunque estuvieran dotados de

conciencia. No podían ver más allá de aquel aburrido y cargante paisaje en blanco de la

página de papel y de sus dos inseparables líneas paralelas que conformaban el

inexorable destino de aquella extraña pareja de hombres. Andarían y andarían hasta que

su autor lo deseara y dejarían de hacerlo cuando y cómo su creador creyera conveniente,

o no.

-¿Por qué nunca paramos de andar? –vuelve a la carga el hombre pequeño–.

-Por que somos personajes de ficción.

-Es muy insulso no cansarse.

-Al menos sentimos emociones, ¿no crees?

-Ya, pero se supone que la acción de caminar comporta un agotamiento, incluso para un

personaje, o lo que quiera que seamos nosotros.

-Puede que seamos personajes en la medida en que así nos entiendan quienes leen esta

historia –se apresura a matizar el hombre más alto–.

-¿Quieres decir que el autor desvía la responsabilidad de su talento hacia la opinión de

los propios lectores?

-Así es, es muy probable. De esta manera, si el relato resulta un fracaso evitará que las

culpas recaigan solo sobre él.

Un sol pintarrujeado de amarillo chillón apareció en la lontananza de la página de papel

en blanco, y aquellos hombres, que nunca en su vida habían visto uno, se quedaron

paralizados contemplando aquel asombroso y repentino espectáculo.

-¿Qué es aquella bola amarilla? –se pregunta confuso el hombre más bajo–.

-No tengo ni la menor idea, pero parece que nos calienta –contesta maravillado el tipo

más alto–.

-Es cierto, ya no necesitamos los abrigos –dibujos a carboncillo en relidad–.

(Los dos hombres se deshacen del abrigo gris que ha sido hasta entonces compañero

inseparable de su desnortada travesía y permanecen quietos mientras un astro rey de

ficción calienta sus desdibujados cuerpos y prolonga sus esperpénticas sombras a través

del camino)

-Es una sensación agradable, ¿no crees amigo? –inquiere el tipo más alto–.

-Supongo. Hasta ahora nos era desconocida –dice el más bajito–.

Fue entonces cuando de manera sorpresiva, –y por expreso deseo del autor– el sol se

ocultó para siempre y la sensación de calor se desvaneció, volviendo a instalarse el frío

en el tuétano de sus trazos de carboncillo.

-¿Ves lo que te dije del autor? Vuelve a jugar con nosotros…

-Sí, se le hecha de menos a esa graciosa bola amarilla.

Los dos hombres volvieron a recoger resignados sus dos capas grises y a enfilarse

camino adelante. Permanecieron durante un buen rato en total silencio. Cabizbajos,

asimilando que nada podrían decidir mientras les limitaran a ser una simple creación

literaria.

-¿Crees que, al menos, les estaremos gustando a los lectores? –rompe el silencio de

repente el tipo más alto–.

-¿Por qué me haces esa pregunta?

-No lo sé, supongo que me ha obligado a hacerla…

-¿Qué tal si se lo preguntamos a ellos? –responde divertido el hombre más bajo–.

Entonces, los dos hombres extraños se dan la vuelta y se dirigen hacia los ojos de los

incrédulos lectores, –hasta ahora solo los habían contemplado por detrás– que ven como

unos simples personajes de ficción se atreven a interrumpir su lectura para preguntarles

por su participación en una obra literaria. Unos dibujos mal trazados, de forma muy

rudimentaria y que apenas poseen rostro esperan impasibles el veredicto de los lectores,

que, incrédulos, no saben bien como reaacionar, si cerrar el libro, si seguir leyendo, o si

contestar. El descaro de estos personajes no tiene nombre. Interpelar así a los lectores es

una falta de respeto imperdonable. Finalamente los dos extraños hombres lo acaban

entendiendo, deponen su impertinente actitud y prosiguen adelante en su camino.

-¿Les abremos ofendido?

-Bah, no creo que sea para tanto. Debe ser la primera vez que un personaje literario

interroga directamente a su lector –responde ufano el tipo más alto–. Al fin y al cabo no

somos más que lo que ellos quieran que seamos.

-Y seremos mientras permanezcamos en la memoria de la gente.

-En efecto.

-Pero si ni siquiera tenemos rostro, ¿cómo nos recordarán? –responde inquieto el

hombre más bajo–.

Después de este desafortunado incidente, los lectores que han tenido la amabilidad de

continuar con la lectura, tratan de reponerse del sobresalto sin darle la más mínima

importancia y recalando el peso de la culpa en el autor de la obra. De repente, el tipo

más bajo, el reflexivo, deja escapar una frase de esas lapidarias que encoje el corazón de

cualquiera.

-Me siento triste, amigo.

-¿Por qué dices eso ahora?

-He caído en la cuenta de que a medida que transcurre la obra a nosotros nos queda

menos tiempo.

-¿Qué quieres decir? –pregunta algo incómodo el tipo más alto–.

-Que va quedando menos para nuestro desenlace.

El tipo más alto no necesitó decir nada, había comprendido a la perfección a su

compañero de viaje.

-Si al menos tuvieramos rostro… –retoriza casi profético el hombre más bajo–.

-¿Por qué te preocupa tanto tener rostro?

-Para saber quien soy. Para tener una identidad.

-Nosotros no tenemos de eso, amigo, somos lo que la gente quiere que seamos.

-Si pudiera ver mi rostro reflejado en algún sitio sería feliz, amigo mio –comentó al

borde de la tristeza el hombre más bajito–. Antes de morir en la ficción me gustaría

contemplar mi cara.

-Pero eso no depende de nosotros, querido amigo, si no del autor.

Entonces, como si de una hermosa visión se tratara, apareció de la nada, en mitad del

camino trazado por las dos líneas paralelas dibujadas a carboncillo, un precioso río de

agua mansa de color azul celeste del que saltaban pequeños pececillos. Los dos hombres

se detuvieron maravillados, contemplando aquel milagro que era la belleza en medio de

una hoja de papel en blanco y sintieron deseos de sumergirse en el río.

-¿Es eso real? –atina a decir el hombre pequeño–.

-Y tanto que sí, amigo.

Los dos hombres se acercaron hasta el borde del río. Entonces, el hombre más bajito se

arrodilló para contemplar de cerca aquella maravilla recién empezaba a descubrir y

durante unos breves instantes cumplió el deseo de ver su rostro reflejado en las aguas

del río.

-Amigo, amigo, por fin he podido ver reflejado mi rostro.

-¿Y bien?, ¿qué te ha parecido?

-No lo sé. Nunca he visto ningún otro rostro a parte del tuyo –concluye el tipo más

bajito–.

Las aguas del río desaparecieron entonces repentinamente y el color blanco de la hoja

de papel volvió a ser la visión dominante. Tras el susto inicial los dos hombres cargaron

con su bolsa de equipaje y se hicieron otra vez al camino.

-¿Sabes amigo? –pregunta de nuevo el hombre más bajito–. Cuando iniciamos este

camino jamás pensé que pudieras haberme enseñado nada.

-Es normal, esa era la premisa principal del autor, tú debías enseñarme cosas a mí.

-¿Quieres decir que en un principio el autor nos concebió de manera distinta a la que

ahora somos?

-Me temo que sí. Yo sería el imprudente, el visceral, por tanto, el irreflexivo, casi

temerario… Supongo que es lo que un buen lector demanda a su escritor… Pero ya

ves…, yo también puedo sorprender.

(El hombre más pequeño se detiene en seco, perplejo).

-¿Qué te pasa amigo? –pregunta asustado el tipo más alto–.

-¿No te das cuenta, hombre? ¿Y si los personajes pudiéramos llegar a desarrollar una

personalidad propia, al margen del autor que nos crea?

-¿Y cómo podría ser eso?

-Tú mismo lo has reconocido. Somos el uno contrapunto del otro, pero lo cierto es que

yo he pretendido reconocer mi rostro y tú no has resultado ser tan irreflexivo…

(El tipo más alto se desembaraza del equipaje y mira fijamente a su compañero de

desventuras).

-¿Estás diciendo que quizás nos haya conferido una personalidad propia?, ¿qué somos

libres de elegir nuestro destino? ¿Qué no estamos sometidos a sus deseos?, ¿eso estás

diciendo?

-Sí, es muy probable.

-¿Crees que pretende ganarse el afecto de los lectores?

-Pudiera ser, después de todo es la salida que le queda a un escritor mediocre.

-Sí, eso sería un gran golpe de efecto –comenta ensimismado el tipo más alto–. ¿Pero

cómo podríamos actuar?, no tenemos personalidad propia.

(El tipo más bajito no tiene el valor de contestar, se limita a hacer una mueca de

resignación).

Entonces, esos dos tipos extraños del principio, esos hombres grises y absurdos que

caminaban de forma acompasada y cansina, sin motivo ni destino, por el mero capricho

del autor, se encontraron ante el dilema más importante de su corta existencia, buscar la

libertad o resignarse a ser sentenciados de manera arbitraria por la pluma que les había

creado y dado forma. En efecto, el autor les había dado permiso para que pudieran

elegir entre su libertad o el servicio a las ambiciones artísticas de su creador. Para poder

obrar en las mismas condiciones que sus protagonistas el autor decidió colarse en el

mismo escenario en el que sus personajes se debatían en una gran duda existencial. Así

que no se lo pensó y viajó hasta ese lugar recóndito de la imaginación donde sus

personajes pintarrujeados a carboncillo decidían si serle fieles o no.

Como el autor no quería ninguna clase de ventajismos hizo su aparición en escena

convertido en el mismo monigote y con el mismo grotesco aspecto que ellos poseían. El

escenario que había creado en su imaginación era aún más tétrico de lo que nunca

hubiera imaginado. La infertilidad de aquel no paisaje era ciertamente angustiosa.

Quizás otro escritor hubiera adornado aquel yermo paraje de nubes, árboles, flores,

lagos, pájaros… pero a él esas cosas no le salían bien.

-¡Hola, amiguitos! –fue su carta de presentación–.

(Los dos tipos se vuelven alarmados al instante).

-No os asustéis. ¿No sabéis quien soy? –dice tratándose de ganar su confianza–.

(Los dos hombres extraños se le quedan mirando como sin dar crédito a lo que están

viendo).

-Tú eres nuestro creador, ¿verdad? –dice el tipo más alto–.

-Pues claro, hombre… ese al que te refieres constantemente con desdén.

(El tipo más alto permanece abrumado, sin saber bien qué decir).

-Tranquilo…, no pasa nada, no te apures… –replica el autor con mímica exagerada–.

Como veréis estoy de vuelta, recorro el camino a la inversa que lo hacéis vosotros dos.

-Eso es que ya sabes donde acaba el camino –finalmente se decide a hablar el hombre

más bajito–.

-Sí pero vosotros hasta hace un momento os cuestionábais si seguirlo o no, ¿me

equivoco?

(Los dos extraños hombres se revuelven incómodos sin dirigir la mirada al hombre que

los había creado, como si realmente se hubieran sentido aludidos en el peor de los

casos).

-Bueno…, estoy esperando alguna respuesta… –comenta en tono complaciente el

mediocre escritor–. ¿Por que de eso se trata, no?, de tener una vida propia al margen del

autor, y digo más, incluso al margen de los lectores…

-Verás, autor, tenemos miedo, no sabemos que nos aguarda al final de este camino –

comenta creíble el tipo más bajo–. Tú nos creaste y estamos agradecidos…

(El autor les interrumpe de forma grosera).

-¿Estáis agradecidos, seguro? Muchos lectores que ahora nos leen piensan que esto no

es así –les comenta de manera caricaturesca–. ¿Vosotros pensáis que yo sé donde acaba

este camino?, ¿de veras? ¿Y si os dijese que no tengo la menor idea…?

(Los dos hombres se vuelven a mirar incrédulos, sin saber ni qué decir).

-Pero hablad, no os quedéis como pasmarotes…

-Tú eres el autor de esta historia, tienes que saber que final nos espera –dice en tono

melancólico el tipo más alto–.

-¿Sabéis?, tenéis suerte, porque no es mi manera de escribir. No concibo nada por

adelantado, así que ahora vosotros podréis elegir un final. Os convertiréis en autores y

protagonistas, ¿qué os parece?

(Los dos hombres se quedan mirando entre sí como pasmarotes, abrumados por la

responsabilidad con la que el autor acaba de cargarles).

-¿No tenéis nada que decir? Veréis, los autores os creamos para poder decidir sobre

vuestras vidas, ya que, normalmente, no lo podemos hacer sobre las nuestras, ni en

general sobre nada.

(Los dos hombres extraños se vuelven a dirigir una mirada de incredulidad).

-Perdona, creador, desconocíamos este hecho –dice compunjido el tipo más alto–.

Aquella revelación sobrecogió a los dos hombres extraños, que tan desdichados se

creían –ni tan siquiera estaban bien dibujados– en su mundo de papel.

-Se acabó, quiero que abandonéis el equipaje –comenta el autor cambiando

radicalmente de registro–. ¿Os pesaba no?, total, ¿para qué lo necesitáis?, es solo un

adorno literario.

-En él guardamos las experiencias del camino –comenta nostálgico el tipo más

pequeño–.

-Es todo cuanto tenemos –responde lacónico el tipo más alto–.

-¡Vaya!, parece que no os queréis desprender del equipaje… Vosotros sabréis… sois

libres…

(Los dos tipos grises se muestran incrédulos ante las proféticas palabras de su creador).

-¿Libres? –interrogan al mismo tiempo mientras sus rostros van recobrando la forma

que nunca tuvieron–.

-Sí, libres. ¿No es lo qué queríais confirmar en boca de vuestro autor?, ¿que sois libres

de no continuar en esta historia?

-¿No nos dirás qué aguarda al final del camino? –preguntó intrigado el hombre más

bajo–.

-Sois libres de llegar hasta él, o de dar la media vuelta, solo vosotros decidís.

(La responsabilidad se ve reflejada en el cada vez más perfilado y complaciente rostro

de los dos protagonistas).

-No os apuréis, amiguitos, los lectores solo os pueden ver de espaldas, vuestros rostros

en esta historia no tienen importancia –comenta el escritor al borde de la insolencia–.

(Los dos hombres parecen quedar muy afectados por estas palabras).

-¿Cómo podremos ser recordados si no ven nuestro rostro? –cuestiona crítico el tipo

más bajo–.

-No lo sé, supongo que todo radica en una fuente de originalidad –contesta resuelto el

autor–.

-Nadie nos recordará si no nos pones cara –acusa lacónico el tipo más alto-, ni siquiera

tenemos nombre, solo somos dos tipos grises en mitad de un paisaje infértil.

-Pero bueno, ¿qué es todo esto? –replica el escritor abiertamente enfadado–. ¿Queréis

echarme encima a mis propios lectores? Para que lo sepáis, soy el único autor que tiene

la deferencia de compartir escenario con sus personajes, ¿y así me lo agradecéis?, sois

unos ingratos.

Parece que las palabras de su creador han cobrado el efecto deseado.

-Solo queremos ser recordados –explica con un mohín ridículo el hombre más bajito

haciendo de portavoz–.

-Me parece bien –sentencia el autor–. Pero eso no depende de mí.

(Los dos hombres extraños se miran por última vez, conscientes de que su suerte está

echada).

-Bueno, amiguitos, me temo que os tengo que dejar, he de volver a la realidad. Mi

misión aquí ha terminado. Ya sabéis que vuestro autor os deja libres, que no tiene un

final pensado para esta historia.

(Los dos hombres parecen sucumbir a la desesperación).

-Ahora sabéis que la libertad conlleva grandes sacrificios –les dice despidiéndose en la

dirección contaria a la que ellos estaban habituados a recorrer–.

-Pero autor, ¡no nos dejes aquí! –exclama alterado el hombre más bajito–.

-¡Déjalo, amigo! ha desaparecido camino abajo –interviene el tipo más alto–.

Una extraña y desconocida sensación de desamparo invadió la conciencia de nuestros

protagonistas. Se encontraban perdidos, en mitad de la nada, en un camino de doble

dirección por el que solo ellos transitaban, perdidos, por que ahora no tenían destino.

Cuando comprendieron su situación real ya era demasiado tarde.

-Al menos, antes teníamos una finalidad, llegar hasta el fin del camino –comentó

entristecido el tipo más bajo–. Ahora que nuestro creador nos liberó, ¿hacia dónde

caminaremos?

-¡Ojalá lo supiera, amigo, ojalá lo supiera…! –respondió consternado el tipo más alto –.

Fue entonces cuando las líneas paralelas que marcaban el inexorable destino de estos

dos infelices personajes comenzaron a desaparecer, pues la razón por la cual existían –

ser el camino mediante el cual llegar a su final– había dejado de cobrar sentido. Sin

ellos haberlo pretendido habían puesto el prematuro punto y final de su propia

existencia. Sin camino, no había historia. La desaparición del camino se llevó consigo la

desaparición de aquellos dos tipos extraños que nunca serán recordados por nadie y

cuya ficticia historia jamás será ejemplo de nada. Al final, toda su errática e

intranscendente existencia quedó reducida a la obviedad de una página en blanco.

FIN

_____________________________________________________________________


Web del autor:
http://teoremadelasbrasas.blogspot.com

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elioturmell@hotmail.com






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