Dejó el libro
sobre la mesa. Aún conservaba el envoltorio azul, y el precio pegado en uno de
los pliegues. Acomodó el abrigo en el placard y, de paso encendió la luz del
escritorio. Se sirvió un trago y se acomodó en el sillón, dispuesta a disfrutar
de su nuevo libro. Le arrancó el papel y lo abrió ansiosa. Siempre que pasaba
frente a la librería lo veía en la vidriera, como esperándola paciente a que
llegara el día en que se fuese con ella. Lo abrió y leyó el prólogo, pasando
inadvertido el comentario del pie de página:”N.del.R.: nunca lea este libro pasadas las 12 de una noche de luna
menguante.” Leyó las primeras páginas casi devorándose las palabras, una tras
otras sin darse cuenta, siquiera, del sentido de lo que estaba diciendo:“…, así prometo obedecer y entregarme por
completo a las fuerzas del reino al que ahora entro, abandonando mi entera
voluntad al rey de las más oscuras tinieblas en las
prof…” y se detuvo. Las manos comenzaron a temblarle hasta que el libro se
dejó caer al suelo, abierto. Miró y pudo ver una lámina negra, brillante; una
cruz invertida prisionera en un círculo dorado. Se aferró de los apoyabrazos
del sillón y subió los pies, hasta quedar en cuclillas arriba del asiento. El
temblor de las manos había empezado a recorrerle todo el cuerpo, hasta llegar a
las piernas. El pelo comenzaba a encrespársele y a abrírsele en gajos. La cara intentaba
endurecérsele en un rictus que le levantaba la comisura izquierda del labio
superior. Clavó las uñas en la madera maciza del sillón y dos uñas volaron por
completo, dejándole la carne viva y sangrienta al descubierto. No podía evitar de
mirar el círculo del dibujo. Los ojos se le abrían cada vez más y más. Sintió
un dolor agudísimo en los lagrimales hasta que oyó al ojo izquierdo salirse del
hueco ocular. La garganta se le cerró, una mano invisible la estrangulaba. En
un esfuerzo infrahumano quiso bajar los pies, pero no pudo más que balancearse
un par de veces hasta caer pesada al suelo helado. Cayó con la cara en el
círculo de la lámina. Las manos entumecidas no le respondían. Los brazos deseaban
por sí mismos doblarse al revés, para quebrarle las articulaciones de los
codos. Lo mismo comenzaba a sucederle con las piernas. Sentía la fuerza de la
articulación haciendo presión dentro de la rótula. Hasta que oyó el crack de un
hueso roto. La mandíbula se le fracturó en dos partes dentro de la boca. Los
colmillos le crecieron desangrando las encías. El vientre se le movía. Algo
dentro quería salírsele a toda costa. Por donde pudiese. Los pechos se le agrandaron
hasta partírsele los pezones en cuartos. Dejó de respirar por un instante hasta
que regurgitó un líquido espeso y nauseabundo…
Con la cara a la
altura del libro abierto, sintió las hojas moviéndose hasta quedar abierto en
una última página. Aunque el aire mismo le secaba el cristalino, pudo leer el
final de una frase que sentenciaba: "en
caso de haber vendido su alma al diablo, sepa que éste nunca cumple con sus
promesas.” Con el rabillo del ojo derecho miró el reloj de la pared de enfrente,
eran las 22:50. Se reincorporó lentamente. Se alisó la ropa y buscó la agenda,
frunciendo el entrecejo: “miércoles 22 de julio: pedir cita con el doctor Mendhelsson.
Psiquiatra.”