(El nombre no tiene relación con el
texto, es sólo un capricho del autor).
EL OJO
Por
LUIS ARMANDO TORRES CAMACHO
Una historia de amor del siglo
veintiuno.
Cristina mi hermana mayor y yo
caminábamos a la orilla de boulevard. Ella siempre había sido una soñadora; en
busca del hombre romántico que la amase, que la respetase en la tradición
antigua y que tomase en cuenta sus derechos de mujer moderna, igualdad con los demás hombres: un sueño de la mayoría
de las profesionistas de su generación y quizá de muchas mujeres desde
entonces; en especial si consideramos que nació a finales de la década de los
cuarenta y le toco vivir la revolución estudiantil de 1968. Yo su hermano, su
acompañante, y a veces su chaperón, la escuchaba, como siempre lo había hecho a
lo largo de todos los años de nuestra vida, y como siempre, escuché sus quejas
de lo desconsiderados que éramos los hombres de ahora.
Ese día, sin embargo, habría de ser
distinto. El sol campeaba abiertamente en la playa y la avenida, cuando escuchamos una
relativamente antigua canción:
Yo quiero que tú, me adivines quien es la mujer. Se parece a ti…. Una canción del trío Los Tres
Diamantes, o los Martínez Gil, no recordaba con claridad, incluso podría haber
sido de cualquier otro grupo de la época.
Buscamos el origen del sonido: frente
a villa del mar uno de los grupos tradicionales de Veracruz la interpretaba y
Cristina no pudo evitar tararearla, sin embargo, el solista no se encontraba
presente, un disco lo interpretaba mientras los demás complementaban la música.
Cuando terminaron, mi hermana fascinada, preguntó por el solista, y porqué,
ninguno de los presentes lo sustituía. La respuesta fue,
-Su voz nos guía y nos apoya, pero
él, enfermó de algo que no le permite estar
presente, y como sin él no somos nada, nos facilitó una grabación.
Mi hermana abrió los ojos sorprendida,
nunca había escuchado tal consideración por un cantante en un trío local y les
pidió la apoyasen en su deseo de conocerlo. Los músicos la vieron tan
ilusionada que le informaron que Héctor, la primera voz, estaría presente en un
pequeño hotel a la orilla de la playa dos horas más tarde.
Entusiasmada, mi hermana y yo
caminamos y bromeamos a lo largo de la playa contemplando las cortas olas y la
profundidad de un mar, que este día se veía azul hasta lo lejos, de tan feliz,
que incluso utilicé en ella uno de sus apodos de niña, obteniendo como
respuesta un golpe en las costillas. Durante las dos horas siguientes, no quiso
hablar, sólo caminaba y observaba lo que la rodeaba mientras disfrutaba del
cálido sol, y tarareaba la melodía.
Se parece a ti… y paseando y cantando pasaron dos horas mientras nos acercábamos
lentamente al mencionado hotel.
Cuando entramos, en el interior,
sólo estaba la recepcionista y un señor moreno de edad algo arriba de la
mediana, vestido con ropa de charro, de rasgos fuertes y de un obvio mestizaje.
Se encontraba tomando café.
-¡Oh desilusión! –pensé-. No está. A
menos que sea este señor y entonces más ¡Oh desilusión! Mi hermana desde niña
había soñado con el clásico príncipe que sueñan las mexicanas, europeas y las estadounidenses:
blanco, rubio y de ojos azules, gracias a Blanca Nieves y otros cuentos parecidos
de su niñez y juventud, sin que el inexorable paso de los años le hiciese
justicia.
Lo primero que hizo fue preguntar a
la recepcionista:
-Disculpe ¿Con el señor Héctor?
-Es él –contestó señalando al hombre
previamente descrito.
Su reacción, fue incómoda.
-Yo me refiero a Héctor, el
cantante.
-Sí –confirmó la recepcionista-, es
el que le dije.
Cristina lo miró con cierto aire
de suspicacia y desdén.
-¿Hay algún problema conmigo
señorita? –preguntó él.
-Nada –contestó-, es sólo que, lo había
imaginado diferente.
-Entiendo, pensaba en alguien más
joven, de otro color de piel y resulta que soy moreno veracruzano y maduro ¿eh?
En ese caso la comprendo, y no la culpo. Yo soy como soy, orgulloso de mi
tierra y gracias a lo que soy, la voz y
la inspiración van incluidas en el
paquete. Si es que es usted la dama que preguntó por mí., no se preocupe
señorita, siga su camino, y aquí no ha pasado nada.
Al escuchar sus respuestas, mi
hermana sonrió y le dijo.
-No que va, es usted justo al que
deseaba conocer. ¿Me invita un café?
En ese momento comprendí que ya no
era necesaria mi presencia, cada cosa se encontraba en su lugar y el mundo
seguiría siendo rosa para ellos.
Me despedí, pero mi hermana ya casi
no me prestaba atención y sólo me hizo un gesto con la mano. Me encontraba
feliz al estarlo ella, y me despedí con la certeza de que todo saldría bien por
esta vez. Caminé sin dejar de mirarla, intentando retener su imagen en mi
memoria hasta que la distancia me quitó su figura.
De nueva cuenta me tocó pasar frente
a Villa del Mar, pero el grupo ya no se encontraba presente, me detuve
pensativo. Tenía la impresión de que había perdido algo en el camino, decidí
regresar al hotel donde dejé a mi hermana, sólo encontré las ruinas abandonadas
de lo que alguna vez, lo había sido. Las lágrimas brotaron incontenibles de mis
ojos. Recordé su muerte muchos años atrás y que nunca excepto en esta extraña
experiencia, existió el “amor de su vida”. Quizá ahora, cerca de mí, en este
extraño paseo lo había encontrado, considerando que aún me dolía el codazo que
me había propinado en las costillas.