A Daniela, quien me gusta como para inventarme una vida con ella.
Levantó el teléfono. Era él, lo sabía incluso
antes de escuchar su aliento al otro lado del auricular. Esperó un segundo. Tal
vez más. Se detuvo en seco, él habló primero. No quiero que me digas nada
todavía. Sé en lo que piensas, y no te culpo. Tienes la libertad de hacer con
tu vida lo que quieras, con o sin mí. Fue un error besarte esa noche, lo
siento, no debí hacerlo. Me empujó algo dentro. Pero, tomó aire como si fuera a
sumergirse en el agua y las palabras colgaban demasiado frágil en su boca, me
gustas. Me gustas mucho. Me gustas como para que te acompañe a las fiestas de
tu familia cuando no quieres ir sola, o que te diga todo va a estar bien cuando
todo está mal, o que te lleve un flor en San Valentín, aunque admito que me
patea ese día, así como abrir puertas del carro y festejar los cumpleaños, pero
que con mucho gusto lo haría por ti. También me gustas para despertarte en la
mañana y despedirte en la noche, me gustas como para pensar en ti en los
próximos años, en los próximos meses, en los próximos días, no sé. Me gustas
como para traer una foto tuya en la cartera con tu nombre atrás. Me gustas para
ver una película, o escribirte un poema de amor, o decir de repente que te
odio, que no quiero saber nada de ti, cuando en verdad no te odio y quiero
saber todo de ti. Me gustas para pelearnos, para reconciliarnos, para gritarnos
y llorar juntos. Me gustas para que sea tu mano la que acompañe a la mía, para
que sea tu boca la que descanse en la mía, para que sean tus ojos los que
buscan los míos. Me gustas para que seas el hogar al que siempre volveré. Me
gustas, así, en resumen.
Ella no contestó. Si fuera un barco, la orilla
estaría apartándose distante hasta dejarlo completamente náufrago. Lo supo
desde el principio, cuando cerró sus ojos ese día para besarla y encontró los
de ella abiertos. Él sabía que era un error, pero no dijo nada. Se inventó un
mundo en donde podía existir pacíficamente sin ella, pero era un mundo gris,
sin vida. Entonces tuvo que regresar a este en donde se encontró solamente con
su silencio.
La costa lejana se acercó, y el barco que flotaba
en medio del mar, comenzó a hundirse. Tan profundo, en un azul oscuro
envolvente, que el único grito que surgió fue tragado por el azote de las olas
en la arena.
Entonces él dijo Me tengo que ir. Espero que
estemos bien. ¿Estamos bien, verdad? Sí, dijo ella, estamos bien. Y colgó el
teléfono que unos segundos antes había representado su único objeto de
esperanza. Ya no quedaba otra cosa por hacer.
Los dos, sentados frente a un teléfono inerte,
comenzaron a llorar. Lloraron por varias horas. Lloraron de soledad y alegría,
y los abrazó, a cada uno por su cuenta, un sol caliente que entraba por la
ventana.
Entonces los dos se levantaron y caminaron hasta
encontrarse con su reflejo en el vaho del cristal, y supieron que tal vez algún
día volverían a encontrarse en la calle, llenos de otros amores.
Diciembre, 2009, Ciudad Juárez, Chihuahua.