MIASMA DE LA BABA
Supongo que para ellas, no era de esperarse que la tragedia, el final de sus días, el ocaso, estuviese a cargo de otro mutante lo cual me declaro al igual que a ellas. Ni tampoco que el escenario del crimen se disponga de tal manera, que si haber llegado hasta allí les resultase un arduo trecho y por demás extenso, a la bestia inhumana solo le bastasen los pocos pasos que tiene que recorrer en la noche, para trasladarse de su dormitorio a la cocina en busca de algún refrigerio que lo sosegase del insomnio.
Pero verlas ahí... Tan salitrosas regodeándose en sus festines de mugre y grasa acumulada de días sin atenerme a las necesidades básicas de limpieza que una persona normal necesita, para que su estar fluya en determinado ámbito de orden y pulcritud... ¿O acaso las personas normales no las hacen? (¿!).
Debo confesar la enorme satisfacción que me provoca verlas agonizar, deslizándose más rápido de lo que usualmente acostumbran, ocultando sus parabólicas a medida que pierden la adhesión al suelo, juntamente al despedir su sustancia vital de la que se valen (la baba).
Pues si así no fuera, no serían ellas, y de otra manera el rito con el que deleito mis vigilias hubiese sido distinto o jamás existiría. Y si de haber sido que mis descomunales matanzas nocturnas no se efectuasen bajo el mando del instinto asesino que un alma insatisfecha requiere con el fin de saciar su sed de espanto, doy por seguro, que si en cambio el motivo fuese mera diversión o pasatiempo, muy pronto todo caducaría y pasaría a ser obra del holgazán que se sonríe al amedrentar a quien por no resultar dinosaurio resulta ser víctima, dando lugar a tantos viceversas y ramas intermedias ligadas entre sí como pueda ser que hayan.
Pero hay mas detrás de todo esto, y es como la cadencia de su estirpe no cesa ni aunque se les otorgue regaladamente el poder entero, queriéndome convertir en el peor asesino que más venganzas cobrará en el mundo. Aunque concretamente, esto no resultó ser mas que una falacia predicha por tantos veterinarios y adiestradores
durante toda la historia, y es que el día en que se reconozcan mis millones de hijos, los reconocidos y los no tanto, la sentencia será prorrogada por dictamen de piedad y resguardo hacia la humanidad.
César Guillermo Castro