AMARGO VINO DE AMOR (Escrito por efimero_arto)
sirveme un trago de amargo vino tinto cantinera de mi cruel presencia que ya me he quedado borracho de dolor sigo vivo de tu ausente...
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LA DAMA DE LAS TIZAS

Autor: Diego Almansa Ortega
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 23/04/2009
Leído: 3202 veces
Comentarios (5)
Valoracion de la obra: 7,75

Un entrañable y divertido cuento sobre los buenos maestros de escuela, sobre los alumnos aplicados en exceso, y sobre la valía de la educación.

*** LA DAMA DE LAS TIZAS ***

 

 

 

Dedicado a todos los maestros, docentes, y divulgadores

de la enseñanza. Así como a todos los lectores de “LARGA

TRAVESÍA DE UN PEÓN DE NEGRAS”.

 

“Los maestros son los constructores de los cimientos de la civilización”.

 

 

 

 

 

         Sebastián, un avispado y travieso niño de diez años, era invisible para cualquier viandante del paseo. Había hecho de aquel viejo pino centenario, su atalaya. A unos cuantos metros de altura, camuflado entre la frondosidad de tupidas y largas ramas, divisaba todo el paseo sin ser descubierto.

         Su misión nada tenía que ver con vigilar a los paseantes. Se trataba, simplemente, de disfrutar de su “súper escondite”, así designado por el pequeño. Allí arriba daba rienda suelta a sus secretos más profundos; usando un sencillo y gastado dardo azulado, a modo de estilográfica, grababa en la rugosa madera dos nombres encerrados dentro de un corazón: el suyo y el de su idolatrada maestra de Lenguaje. Él sabía que era un amor imposible, mas se extasiaba soñando en semejantes fantasías.

         Doña Ángela, como la llamaba, era una mujer esbelta, delgada y, por supuesto, bellísima. Lucía una melena dorada, sedosa y brillante, que se ondulaba frente a sus ojos cada vez que se apoyaba en su pupitre para explicarle alguna duda. Sebastián, por su parte, no entendía prácticamente nada. El mero hecho de prestar atención se convertía en una tarea imposible. ¿Cómo podía concentrarse con semejante Venus griega junto a sus ojos? Su voz sonaba como el canto de las sirenas que llevaron a Ulises casi a la perdición. A la hipnotizadora melodía de sus cuerdas vocales, se añadía un embriagador aroma que emanaba en torno a su musa; un perfume que debía  provenir de las flores más coloridas y exóticas de todo el mundo. ¿Acaso existía alguien capaz de comprender los entresijos del sujeto y del predicado con tales complementos indirectos revoloteando sobre la frase?...  Él, desde luego, no.

         Si hubiera prestado más atención en clase, se habría percatado de que “Ángela” se escribía con tilde en la primera letra. Sin embargo, le daba igual; el grabado del corazón le parecía una verdadera obra de arte, y no era momento de reparar en detalles superfluos.

         La publicación de su amor en madera solamente era el primer paso en su plan de conquista. Se proponía continuar con el envío de una romántica misiva a su amada. Ya la tenía perfectamente redactada. Según su inexperto criterio, no constaban faltas ortográficas graves; eso sí, exceptuando las odiadas tildes. Sin embargo, no pudo remediar que se le colase algún que otro error tipográfico debido a su deplorable manejo de la máquina de escribir de su padre. Hubiera preferido redactar la carta de su puño y letra, pero no sería tan tonto como para delatarse con su propia caligrafía.

         Finalmente, necesitaba averiguar dónde se encontraba la morada de su musa. Era imprescindible si pretendía  que su Afrodita de oro leyese sus palabras.

         La táctica empleada requirió de todo el ingenio que deambulaba por su alocada cocorota. Seguir a su profesora constituía una misión imposible. Ella se desplazaba en coche y, naturalmente, la velocidad que desarrollaban las cuatro ruedas era desproporcionadamente superior a la que le permitían sus cortas piernas y sus limitados pulmones. En un primer intento, a la salida del colegio, solamente consiguió seguirla durante tres manzanas antes de caer agotado.

         Como segunda opción, pensó en sustituir la fuerza por la maña; surgiendo así una brillante idea: se aprovecharía de la enorme base de datos que tenía a su disposición en la, siempre accesible, guía telefónica.

         Durante toda una tarde estuvo destrozándose los ojos buscando apellidos coincidentes con los de su princesa. Desgraciadamente, no encontró ningún nombre que correspondiese exactamente. Dedujo que quizás no tenía teléfono o, en caso contrario, que sería otra persona la que figurase como titular de la línea. Por fortuna, Sebastián siempre se consideró  un niño de recursos. Y, tras devanarse los sesos por tercera vez, dio con la solución idónea: necesitaría su bicicleta. Ésta sería su vehículo perseguidor; pero aún faltaba un problema por resolver; dado que las dos ruedas de su BH de una marcha aún seguían sin   desarrollar la misma velocidad que un turismo, tuvo que idear un plan para compensar tal desventaja: organizaría una persecución por fases.

         Teniendo en cuenta que Doña Ángela se marchaba del colegio unos cinco minutos más tarde que él, aprovecharía este margen de tiempo para situarse con su bicicleta en el punto donde solía perderla de vista cuando la seguía a pie. Desde allí, la perseguiría a toda prisa hasta que le aguantasen sus piernas, estableciendo, de este modo, un nuevo punto de registro en la ruta de su profesora, e intentando al día siguiente, posicionarse en esta nueva ubicación, siempre y cuando  no estuviera muy distante.

         Era como el típico problema de Matemáticas, que estudiaría dos cursos más adelante, pero aplicado a un caso real:

 “Si el coche de mi profe de Lengua va a una velocidad aproximada de 50 km/h  y mi BH a unos 20 km/h; y suponiendo además, que la casa de Doña Ángela se encuentra a una distancia prudencial del colegio, ¿cuántos días necesitaré para averiguar la localización de la vivienda utilizando mi súper estrategia de persecución?”

Al pequeño Sebastián nunca le importó demasiado la resolución de problemas aritméticos. ¿Quién iba a decirle que estos ejercicios podían resultarle de tanta utilidad? De todas formas, consiguió resolver el dilema por el método empírico, mucho más divertido y sin errores de cálculo. La solución exacta fue: 3 días.

 

Ahora que ya había averiguado la dirección de su musa, tocaba la parte más sencilla, pero también la más arriesgada: proceder a guardar su romántica declaración en un sobre sin remite, e introducirla en un buzón de Correos, desde donde debería llegar a su destino definitivo: la morada de su amada.

 

 

 

         José Carbajales se extrañó al descubrir aquel envío anónimo entre su correspondencia, con membrete en mayúsculas y escrito a mano en un estilo un tanto simplón. Iba dirigido a su mujer, sin embargo, no pudo retener la curiosidad que le incitaba a abrirlo. De todos modos, no sería la primera vez que hurgaba en el correo de su esposa, pues una relación debía basarse en la confianza.

         En su interior solamente encontró la hoja cuadriculada de un cuaderno común doblada en dos mitades. Se escribió, claramente, en una antigua máquina de escribir. Constaba de pocas frases y decía lo siguiente:

 

 

         Querida inteligente y bella dama:

 

                   Usted es la persona más amable, guapa y lista que conozco. ¡Hojala las cosas fueran distintas porque asi es imposible la bonita historia que a mi me gustaría. Tan imposible como intentar ponerle diques al mar, pero quiero que sepa que siempre la querré y la tendré en mi corazón y que me ha ayudado mucho a realizarme como persona.

 

 

 Me despido con un fuerte abrazo y deseandole toda la suerte del mundo.

 

                                                                  Firmado:

 

                                                                                     x

                                                                  Un admirador secreto.

 

P.D.: Si le ha gustado la carta vaya una dia vestida de rosa, y  solamente  con eso seré feliz. Gracias por escucharme.  También le quiero regalar un poema que he escrito a la vuelta. Lo he copiado de un libro de Gustavo Adolfo Becker que tenia en casa y le he cambiado algunas palabras para que sea algo mío. Espero que le guste.

 

 

ADMIRACIÓN  ETERNA

 

PODRÁ NUBLARSE EL SOL ETERNAMENTE;

PODRÁ SECARSE EN UN INSTANTE EL MAR;

PODRÁ ROMPERSE EL EJE DE LA TIERRA

COMO UN DÉBIL CRISTAL.

 

 

¡TODO SUCEDERÁ! PODRÁ LA MUERTE

CUBRIRME CON SU FÚNEBRE CRESPÓN;

PERO JAMÁS EN MÍ PODRÁ APAGARSE

LA LLAMA DE MI ADMIRACIÓN.

 

 

         Al poema apenas le echó un vistazo. Ni le gustaba, ni tampoco entendía demasiado de poesía. Con la carta había tenido suficiente.

         ¡Qué decepción se habría llevado Sebastián  en caso de contemplar el destino de su carta! ¡Con el trabajo que le llevó transcribir aquellos versos! En realidad, no entendía prácticamente nada de lo que significaban, pero el título del poema (en el que había cambiado la palabra “amor” por “admiración” para que no resultara tan cursi) bastó para decidirse por el mismo entre los que estuvo rebuscando. Además,  parecía sonar bastante bonito.

Después de todas las molestias, había sido un trabajo en balde. Se dejó la vista durante toda una mañana, copiándolos de aquel pequeño libro, y no obtendría ninguna recompensa a cambio. ¡Era una pena que hubiesen ido a parar a tan malas manos!

         —Pero… ¿De dónde diablos ha salido el gilipuertas éste? ¡Cómo me entere de quién es, se va a enterar! —amenazó cabreado José Carbajales, rompiendo el silencio que reinaba en la casa—. Hasta se ha acordado de incluir una cursilada de poema.  Ni que fuera un crío de diez años para andarse con estas tonterías —se burló, sin la más mínima sospecha de estar desvelando la más pura realidad.

         Quizás, si se hubiera percatado de que “Ojalá” se escribe sin h y de que escaseaban varias tildes en el texto, podría haber descubierto que era muy raro que  aquella carta estuviera escrita por un adulto. E incluso por la redacción hubiera podido averiguar el posible perfil de aquel desconocido. Sin embargo, tener a una profesora de Lenguaje como esposa no significa ser, por narices o por contagio, un experto en la materia.

         —De momento, esta magnífica carta se autodestruirá en dos segundos, como los telegramas del “Inspector Gadget” —se vengaba José, rasgando el papel en numerosos y pequeños trocitos que, finalmente, fueron a parar al cubo de la basura.

 

         Pasaron dos días. Ajena a todo, Doña Ángela seguía dando sus clases con la misma ilusión de hace nueve años, cuando, tras aprobar la oposición por un estrecho margen, inició el ejercicio de la profesión a la que dedicaría su vida.

         La mañana concluyó como todas: los niños sabían un poco más, y a ella le quedaba un tanto menos por enseñar. A la salida, dispuesta a marcharse a su casa para comer con su marido, se encontró con que su viejo utilitario rugía agónicamente al contacto con la llave, sin lograr poner en marcha su motor. Era un caso perdido. Por fortuna, pasaba por allí Don Teodosio Grijalba, un profesor joven y callado que impartía la asignatura de Matemáticas. El hombre, al percatarse de la avería del vehículo de su compañera, se ofreció, para su sorpresa, acercarla hasta casa.

         Fue extraño, porque aquel maestro treintañero solía mostrarse bastante tímido y reservado. Apenas articulaba más de cinco palabras seguidas las veces  que lo oía intervenir en las reuniones del Consejo Escolar. Aun así, Doña Ángela consiguió desarrollar una pequeña conversación. Le sonsacó la gran afición que tenía por el ajedrez y que, en un futuro próximo, le gustaría ganarse la vida dedicándose por completo al obtuso juego, considerado por Teodosio como un magnífico deporte.

         El trayecto no dio para mucho más. Cuando la charla se tornaba amena e interesante, se vieron obligados a interrumpirla, pues el paseo había llegado a su destino.

         —¡Hasta luego! —se despidió ella, una vez fuera del vehículo—. ¡Y a ver si se convierte en realidad tu sueño de dedicarte al ajedrez!

         —Lo dudo mucho, pero gracias. Me parece tan imposible como intentar ponerle diques al mar —contestó Teodosio, pronunciando su frase típica, por la que era conocido por todos los niños del colegio y parte del profesorado.

         —Ten fe, hombre, que todo llega —intentó pintar Ángela un poco de optimismo en las expectativas de su compañero de trabajo.

 

         José Carbajales espiaba la escena escondido entre las cortinas de la ventana. Y nada más escuchar aquello de los diques en el mar,  ató cabos, desembocando en la certeza de haber logrado desenmascarar  al individuo que enviaba cartas anónimas a su mujer.  De no sentirse ofuscado por los celos, y manteniendo la calma para investigar la trama desde una lógica algo más estricta, no habría cometido semejante error. Pero él ya tenía la cabeza de turco que pagaría aquel indignante atrevimiento de intentar robarle a su mujer.

         —¿Cómo es que vienes con ése? ¿Qué ha pasado con el coche? —preguntó cuando su mujer abrió la puerta, intentando disimular el  resentimiento y  la sed de venganza que se arremolinaban en sus entrañas.

         —El coche no me arrancaba, así que se quedó allí. Esta tarde a ver si lo miras, o llamamos a la grúa para que lo lleve a tu taller —explicó Ángela la situación—. Y entonces, me he encontrado con el profesor de Mates y me ha traído a casa.

         —¿Y cómo es? Lo he visto por la ventana y parecía un poco rarillo —se despreocupó José por el vehículo, centrándose en lo que más le interesaba: intentar obtener más información sobre el enemigo a combatir.

         —¡Hombre! Es un poco tímido, pero tampoco tengo mucha confianza con él. Me ha contado que por las tardes da clases de ajedrez en un club, y que le gustaría dedicarse a ello.

         —¿Y cómo se llama? ¿Es del pueblo?

         —No lo sé. Se llama Teodosio.

         —¡Vaya!, pues entre las pintas y con ese nombre seguro que está soltero —seguía sonsacando datos el marido.

         —Sí. Creo que sí, pero no estoy segura. Parece simpático y tiene su atractivo, no te creas —se sintió ella obligada a defender al ausente ante las críticas indiscriminadas de su esposo.

         De todos modos, ya no hacía falta. José había reunido todas las pistas necesarias para dar con él; así que dejó el tema a un lado y se centró en planear sus próximos movimientos. Averiguaría el domicilio donde el robaesposas impartía aquellas clases de ajedrez, y le haría una breve visita para dejarle las cosas tan claras y diáfanas como el agua del Paleolítico.

 

 

         —Cuando se da mate con la dama hay que tener cuidado de no ahogar al rey. Observad el modo… —la explicación se vio interrumpida por una persona ajena a las clases.

         —Perdón, buscaba a Teodosio —solicitó el desconocido, abriendo la puerta sin llamar.

         —Sí. Soy yo —respondió el aludido.

         —¿Puede salir un momento?

         —Voy —accedió el profesor, intrigado—. Estudiad la posición mientras tanto —ordenó a los niños para mantenerlos entretenidos.

         Una vez en el pasillo, y alejados unos metros del aula, se inició una misteriosa conversación.

         —Verás, soy un amigo de Ángela. Sé que te gusta porque ella me lo ha contado ¿Me sigues? —comentó aquel hombre, algo nervioso,  a Teodosio

         —¿Ángela? ¿La profesora de Lenguaje? —intentaba comprender él, sin saber por dónde iban los tiros.

         —La misma. Como ella sabe que te gusta, me ha pedido que te diga que no hace falta que le envíes más cartas.  Que ni con todas las cartas del mundo la podrás conseguir jamás. ¿Entiendes lo que te quiero decir? —le preguntó aquel desquiciado personaje, mirándole fijamente a los ojos.

         A Teodosio se le aceleró el corazón. Estaba verdaderamente asustado. ¿De dónde había salido semejante individuo? Y, lo que era todavía más extraño, ¿Cómo diablos sabía que se sentía atraído por aquella mujer, si no se lo había contado a nadie en absoluto? Tan siquiera a ella.

 Desde que comenzó en la escuela, aquella mujer le resultó interesante;  pero, coaccionado por su  extrema timidez, siempre fue un sentimiento que procuró mantener en secreto. Además, siempre intuyó que debía tener pareja, circunstancia que ahora quedaba asegurada.

         —Pero… ¿De qué me estás hablando? ¿A qué carta te refieres? —logró articular las palabras dubitativamente, percibiendo incluso el aliento de su agresor en su rostro desencajado.

         —¡Sí, sí… Ahora no te hagas el tonto! Para que te enteres de una vez: ¡Qué dejes lo de hacerte damas para el ajedrez, y no vayas detrás de las de los demás! ¡¿Te queda ya bastante clarito?! —le amenazaba aquel sujeto, gritando y con el puño cerrado frente a su cara.

         —Bueno, bueno. Lo que tú digas tío, pero déjame tranquilo ¿vale? —intentó Teodosio concluir la discusión, apabullado por el miedo, otorgándole la razón como a los locos; Si bien, cuando horas más tarde lo pensó en casa sosegadamente, quizás hubiese sido mejor para él emplear otra estrategia, pues debido a su pasividad, acabó, finalmente, recibiendo un ligero toque de atención que quedó ligeramente reflejado en su rostro.

 

 

         Sebastián anduvo preocupado toda la semana pensando en si su declaración de amor platónico habría llegado a los ojos de su musa de las letras; y en tal caso, en cuál habría sido su reacción ante la misiva.

         Los días en el calendario se sucedían uno tras otro y no ocurría nada, las clases seguían igual. Él esperaba impaciente cada mañana a que se impartiese la asignatura de Lenguaje, deseando comprobar si Doña Ángela se presentaría arropada por el típico color de las rosas; conforme pidió, suplicando, en su romántica carta. Sin embargo, ese momento  nunca llegaba.

         Solamente al final de la semana aconteció un suceso por la que ésta  mereciese ser recordada, una exclusiva en cuanto a la vida cotidiana del colegio se refiere. Aquel viernes el profesor de Matemáticas, Don Teodosio Grijalba, se presentó a impartir la clase con un gran moratón circundándole el ojo izquierdo. Dijo que se dio un golpe con la barandilla de la escalera, pero ni los niños más inocentes se creyeron una versión tan simplista. Preferían jugar con su imaginación para obtener las conclusiones más disparatadas y anecdóticas. Nunca supo nadie, realmente, qué clase de incidente le ocurrió. El caso es que, ese día, no fue el mismo; cuando los escolares menos aplicados de su asignatura jugaron a contar las veces que repetiría su coletilla más característica: “Es como intentar ponerle diques al mar”; observaron, sorprendentemente, como sus contadores quedaban en blanco, a pesar de que nunca solían bajar de siete u ocho veces.

         A Sebastián, en cambio, le gustaba bastante aquella frase hecha. Aunque la mayoría de sus compañeros la utilizasen para burlarse de su  profesor de Matemáticas, y para hacer un poquito más amenas las horas en que digerían los incomestibles misterios del sistema decimal.

 

 

 

         Ese mismo viernes, Ángela regresó a casa un tanto indignada ante la naturaleza cruel del ser humano.

         —¿Sabes que han agredido a Teodosio, el maestro que me trajo el martes a casa? —comentó a su marido,  para intentar desahogar su rabia.

         —¿Sí? ¿Y qué le han hecho? —preguntó José, inquieto y arrepentido, procurando contener el pánico para no delatarse.

         —Tiene un buen moratón en el ojo. No nos ha querido contar nada. Pero yo creo que ha sido algún impresentable que se ha encargado de asustarlo para que no suelte prenda ¡Dios lo castigue con una diarrea de tres semanas! —maldijo la esposa, sin saberlo, a quien dormía con ella todas las noches.

         —¡Bueno, mujer! A todos nos han puesto un ojo morado alguna vez. Lo mismo hasta le sirve para espabilar. Seguramente no ha sido nada serio —José pretendía quitarle algo de hierro al asunto. Su conciencia, en estos momentos, no cesaba en las regañinas contra sus impetuosos actos; y el eco de las mismas, retumbaría durante varias semanas más en los recovecos de su irascible mollera.

         —En fin, espero que lleves razón y haya sido sólo una típica pelea de tráfico, o algo por el estilo.

         —¡Claro, mujer! Si hubieran querido hacerle daño, ahora seguramente estaría de baja —la tranquilizó José desde el sofá.

         —Bueno ¿qué te parece si nos vamos de compras para despejarnos un poco? Y así, aprovechamos el final de las rebajas.

         —Como quieras, chica.

         Cuando Ángela se encerró en el baño, José aprovechó para resoplar, y para secarse con la manga de la camisa las numerosas gotas de sudor frío que chorreaban por su frente.

 

         Al otro lado de la ciudad, Sebastián tomaba obediente la sopa que le preparó su madre. Ésta lo notaba más callado que de costumbre. Lo último que se podía imaginar era que su hijo sufría de mal de amores; y que mientras formaba remolinos con la cuchara, intentado enfriar el primer plato, se entretenía cavilando en sus planes, tratando de dar con la parte en la que podrían haber fallado.

 

         El fin de semana tampoco se vistió de color de rosa para él. Por el contrario, transcurrió  entre tonos apagados y tristes, con la sensación de que sus intencionados esfuerzos no habían servido de nada.

         Ya desesperanzado, regresó el lunes al colegio, sin sospechar que la casualidad se iba a aliar con él aquella mañana.

         Cuando Doña Ángela hizo su aparición en el aula, pudo presenciar atónito y ojiplático, el atractivo porte que aquel traje chaqueta, coloreado en fucsia, otorgaba a su profesora de Lengua. No era exactamente rosa, pero podía pasar perfectamente como tal tonalidad.

         El ingenuo niño de diez años nunca sospecharía que aquella nueva y elegante indumentaria no surgió a consecuencia de su carta; sino que fue, en realidad, producto de unas tentadoras rebajas. No importaba en absoluto. Todo era cuestión de fe, y ésta movía montañas. Desgraciadamente, Doña Ángela nada tenía que ver con semejantes accidentes orográficos; y esta historia de amor se estancaría, irremediablemente, en ese punto,  a lo largo del paso de Sebastián por la Educación General Básica.

         De todos modos, sus efectos se trasladarían de forma muy positiva hacia el mundo de la Literatura, una asignatura que aquella profesora vestida de fucsia sabía transmitir como nadie, logrando que todos amasen las letras y las palabras que con ella se esculpían.

         Eso fue Doña Ángela para Sebastián: una verdadera artista de la Lingüística, la mejor divulgadora del arte del lenguaje, y también, como él la denominaría en un futuro no muy lejano, su musa particular, su “Dama de las tizas”.

        

        

 


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la tiza
te amo
Autor: edwin | Fecha: 10/05/2010 22:06:19

hghghg
fgfgfgfgfgffgfgfgfgfgfgfgfgfgfgfgg:)
Autor: ghgh | Fecha: 07/04/2010 22:06:36

jajajabobo
no me gusto aburido y sin gracia me dormia todo el instante que lo ley
QUIEN LO ESCRIBIO aburidooooooooooooo jajaj sin gracia

Autor: dana | Fecha: 08/08/2009 1:00:51

fantastico
me ha encantado el cuento aunque tenga diez años y no entienda mucho estaba genial, muy bien narrado y por fin alguien escribe un cuento largo jeje  
Autor: P.V.S-G | Fecha: 19/06/2009 15:21:37

qqqqqqqqqqqqqqq
jajajajajajajajajajajaja esta ................................
Autor: cual | Fecha: 21/05/2009 22:35:37

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