Con débil estupor abrí los ojos. La indolencia
me mantenía firme, mirando los caminos, ahora repletos de gente. Pude ver el
desconcierto en sus ojos, y el horror grabado en sus rostros como la tinta en
un lienzo.
Pude oler la desdicha de la noche, el viento
cansado del destino, y los infinitos gritos silenciosos, pero nada de eso
llamaba mi atención. Una sola mirada me invocaba, la mirada fugaz y penetrante
de una niña, de rostro inexpresivo, acaso inexistente. Esa fue mi distracción,
mi torbellino, algunos dirían que el epílogo de un libro.
Un súbito frío helado arremetió sobre mis
manos. Mi despiadado cuerpo existía ahora en el espacio, desconcentrado del
todo. Lo siguiente pasó rápido, el tiempo parecía en una carrera, dispuesto a
ganar, y yo, en mi desgracia, vaticinaba los posibles desenlaces, tristes
algunos, violentos otros, congeniando con mi ser, me conduje a los confines de
mi mente.
Lejos sentí las trompetas, las luces y los
llamados toscos. La felicidad vino al instante, arremetiendo a los ejércitos de
mi infortunio, no pasó demasiado antes del golpe seco que despierta, sentí
entonces al cuerpo, cediendo al atropello, me arrastraron por la tierra cual
serpiente, una que otra piedra bienhechora me hizo daño, mi ser probó el sabor
del arrebato, del alcohol, de la inconciencia, que fugaz, no permitieron, que
viera incluso aquel obstáculo.
Pude notar entonces desde el suelo, aquella
mirada, que me torturó desde un instante, y para siempre, el dédalo del
sufrimiento que no acaba, los ojos de alguien que perdona y no lo hace, que
mira y que no mira, que vive y que no vive, que murió consigo misma.
Nunca lo dije, ahora me animo, me arrepentiré
todo mi tiempo, el dar ocaso a aquella
vida, a aquel sueño, aquel olvido.