La vendedora de pañuelos. 5
El coche se detuvo
delante del semáforo que acababa de ponerse en rojo y una mucha despeinada, y
de aspecto desaliñado que vestía pantalón vaquero y un chaquetón de ante
mugriento, se acercó a la ventanilla.
-¿Pañuelos?...
Por favor, ayúdeme, hace mucho frío para dormir en la calle.
El
conductor bajó la ventanilla y, después de mirarla fijamente a los ojos, se
rebuscó en los bolsillos de la cazadora. Luego extendió la mano...
-Toma,
Soledad, no te separes nunca de ella.
-Gracias,
señor. Tenga,- y le tendió el paquete de pañuelos de papel.
-No,
déjalo, quédate con ellos. Es un obsequio.
-¿Cómo
sabe mi nombre, señor...?
-Que
más da…
Antes
de que la chica pudiera reaccionar, el R-21 se puso en marcha, aceleró y se
perdió entre el río de coches que, a primera hora de la mañana, llegaba a la
ciudad. Sole soltó un “taco” al conductor del BMV, que por poco la atropella, y
se subió a la acera, a esperar que el semáforo se cerrara de nuevo. Así pasaría
el resto del día, como había venido haciendo los últimos cinco años para
ganarse la vida.
Al
atardecer, camino de la pensión, mientras tiraba del carrito de la compra en el
que llevaba todo cuanto tenía, Sole reinaba en lo que había dado de sí el día.
La
verdad-pensaba- es que no has tenido mucha suerte en la vida y recordaba cuando
con veinte años, después de quedarse huérfana, había llegado a la ciudad como
cantante de una orquesta. Al principio las cosas no iban del todo mal y ganaba
lo suficiente para ir tirando. Luego vino lo que Fernando y la maldita droga.
Creía que podía controlarlo, pero terminó en el “maco”, seis meses por tráfico.
A
Fernando no le había vuelto a ver desde que un día, hacía seis años, le dijo
que estaba embarazada. ¡Total, una ruina!- Iba hablando sola por la calle...Menos
mal que tengo a Ángel…, si no fuera por mi hijo mandaba todo a la mierda.
Se
paró delante del escaparate de un bar y miró ansiosa los bocadillos. Echó
cuentas y se metió la mano en el bolsillo del pantalón buscando el dinero...Seis
euros-pensó- Sacó la calderilla y contó…”cinco euros... y cincuenta, setenta y
treinta céntimos más… seis euros…, justos..., y entró.
………………………………………………….
Rosa
quitó el cierre de seguridad y tiró con fuerza hacia arriba de la persiana de
la puerta. Una vez dentro, organizó la caja y arregló las perchas con la ropa.
Después se paseó por la tienda, orgullosa… A pesar de ser la dueña le gustaba
llegar al trabajo antes que sus empleados.
-Buenos
días, Rosa.
-Hola,
María. Qué, ¿dispuesta a empezar la faena?
-Si,
jefa.
La
recién llegada pasó al vestidor y salió con el uniforme de dependienta.
-Rosa,
¿qué piensas hacer?
-¿De
qué?
-De
vender la tienda. La oferta es tentadora, ¿no?
-Si,
pero no estoy decidida. Además, aún soy muy joven para retirarme. ¡No me
estarás llamando vieja!, ¿eh?- y rió
-A
los cuarenta y cinco nadie es viejo. Por eso precisamente, es el momento…,
coges el dinero y te dedicas a no hacer nada, a… vivir de las rentas…
-No,
María, no sabría estar mano sobre mano. El trabajo es cómodo y me gusta. Además
le tengo cariño…, de momento no venderé. ¡Anda deja de soñar con que me vas a
perder de vista y ve a atender a esos clientes!
Rosa
paseó la vista por la tienda que empezaba a llenarse de gente. ¡Quien me lo iba
a decir!-pensó- Yo, la dueña de esto..., con cuatro empleados- y se llevó la
mano al colgante que llevaba, con una cadenita, al cuello. Estaba contenta. La
tienda, un marido que la adoraba y que además llevaba las cuentas del negocio,
y sus tres hijos... el mayor a punto de casarse. Además,-echó cuentas- de un
piso y ese Ford modesto, pero nuevo, que estaba aparcado en la puerta.
-Oiga,
¿que precio tienen estos pantalones? –la pregunta del desconocido la sacó de
sus pensamientos.
-Pues...,-cogió
el pantalón y miró la etiqueta...- Aquí lo dice,... ciento veinticinco euros….
El
desconocido, sin prestar mucha atención a la etiqueta que le enseñaban, la miró
fijamente a los ojos mientras buscaba en el bolsillo de la cazadora…
-Justos,
aquí tiene- y le tendió un billete de cien, otro de veinte y uno de cinco.
El
hombre cogió la bolsa grande de papel, donde Rosa le había puesto el pantalón y
después de mirarle otra vez a los ojos, se despidió.
-Adiós…
¿Rosa?
-Si,
adiós señor, y muchas gracias por su compra- y no puedo evitar un
estremecimiento.
Pasó
las dos semanas siguientes intranquila y dándole vueltas a la cabeza. ¿Quién
podía ser aquel cliente que había estado en la tienda?- Le había mirado a los
ojos tan…. Así. No sabía por qué, pero estaba segura de conocerlo…. Esa forma
de mirar….
Por
eso cuando sonó el timbre de la puerta aquella mañana de domingo en que Rosa
andaba en la tienda etiquetando ropa y poniéndola en las perchas para tenerla
lista el lunes a primera hora, y se asomó por la cristalera del escaparate,
para ver quien era, se sobresaltó.
-Un
momento que ahora le abro… Es él-pensó.
El
hombre hizo un gesto afirmativo con la cabeza y esperó.
-¿Qué
quiere?,-le preguntó- hoy es domingo.
-Ya,
ya lo sé..., sólo hablar con usted un momento.
-Pase,
pase…
El
hombre entró y la miró nuevamente a los ojos.
-¿Porqué
Rosa...? A mi me gustaba más Soledad.
Rosa
se llevó la mano a la boca para evitar una exclamación y, después, los ojos se
le llenaron de lágrimas.
-¿Es
usted?
-Si,
el mismo.
-Cuántas
veces, desde aquel día, he vuelto al semáforo con la esperanza de verle para
darle las gracias, don… -y esperó a que le dijera su nombre.
-Juan.
-Muchas
gracias, Juan.
-No
hay de qué. Sólo he venido a ver como te iban las cosas, aunque…- y paseó la
vista por la tienda- es evidente que bien.
Se
sentaron y Rosa empezó a contarle como había sucedido todo
-Aquel
día, en el semáforo, no presté mucha atención a lo que me diste, ni siquiera
cuando entré al bar a comprar el bocadillo; pensé que era casualidad…-y Juan
reía a carcajadas.
-¿Entonces?
-A
los pocos días- continuó Rosa- iba por la calle, paseando con mi hijo, y al
pararme delante del escaparate de una tienda de ropa vi unos pantalones para
el…-Rosa apenas podía contener la emoción- No se me olvidará el precio…¡ dos
mil quinientas pesetas de las de entonces! , pero yo sabía que solo llevaba mil
pesetas. Era lo que había sacado el día anterior vendiendo pañuelos de papel…
-¿Y...?
-Metí
la mano en el bolsillo, y cuando la saqué…-Rosa lloraba-…Allí estaban las dos
mil quinientas.., ¡Ni una mas, ni una menos!
-Vaya
sorpresa ¿no?
-Imagínate,…
lo demás ya lo conoces…
-¿Y
cuando trataste de comprar un coche último modelo?, ¿Te acuerdas…? Juan reía.
-Si,
aquello fue una tontería.
-Así
pasó…
-Si,
se puso negra como el tizón. No se veía la cara del Rey, ni nada. Eso fue lo
que me hizo pensar que todo lo que tratara de conseguir debía ser…
-Necesario,..-la
interrumpió Juan- De todas maneras- se removió en la silla, mirando a su
alrededor-¡No está nada mal! ¿Eh, Sole?
-Te
estoy muy agradecida- y empezó a jugar con la cadenita-, si no hubiera sido por
ti…
-Bueno,
Sole, me marcho- y se levantó de la silla- Tengo cosillas que hacer..., un
vendedor en paro… y con cinco hijos... ¡hay que echarle una mano!, es buena
gente, como tú.
Cuando
abrió la puerta de la calle para marcharse, Juan se volvió…
-Es
bonito el nombre de la tienda…”Media moneda de Plata”...
-¿Quien
eres en realidad, Juan?
-Llámame
como quieras, Sole… ¿como te suena, “otra oportunidad”?
-Divinamente.
Rosa,
a no ser porque la tienda estaba cerca de la esquina, hubiera jurado que Juan
desapareció como por arte de magia. Ella se quedó mirando al cielo y en voz muy
baja dijo…
-Seas
quien seas… ¡Gracias, Juan!
©isidromartínezpalazón. Febrero
1996
http://www.isidromartinez.com/