ESPEJO
INCONFORME...
Alto,
alargado, prístino y de distinguida decoración era el espejo que a
nuestra historia ocupa. Durante años permaneció oculto dentro
del probador de mujeres de un gran almacén. Era un espejo
aislado, hastiado, indiferente a sus compañeros quienes solían
comentar unos con otros el diario vaivén de la tienda
departamental. Era
un espejo de travesuras crueles: gozaba en ampliar su reflejo por el
centro, de modo que ninguna fémina que en él se reflejaba obtenía
la figura que quería ver, sino sus propias caderas ampliadas al
tamaño de una estufa común --hubo alguna que
hasta rompió en llanto y salió corriendo de la tienda, claro, sin
adquirir nada--.
El
día de la remodelación fue de terror para todos, uno a uno los
espejos fueron retirados de su posición sempiterna, muchos
murieron hechos añicos en el proceso y los que sobrevivieron (entre
ellos nuestro héroe), fueron expuestos para su liquidación. La
única mujer que no se fijaba en las malévolas bromas de nuestro
amigo, a quien llamaremos, "el espejo Inconforme",
coincidentemente tenía una figura más bien rechoncha, como la de
cualquier dulce matriarca arriba de sus 50, por lo que poco le
importaba el verse más, o menos amplia. La
dama en cuestión, adoptó a Inconforme, lo envolvió en papel
periódico y con delicado esfuerzo para no romperlo lo llevó hasta a
su pueblo natal, donde acababa de abrir una pequeña "boutique"
con lo más inn de la época, instalada en la plaza
principal. Dado que era un espejo de categoría, decidió
instalarlo no dentro del cuartucho que hacía las veces de probador,
sino en el aparador principal, viendo hacia el parque y la iglesia,
con la esperanza de darle más elegancia al lugar.
Una
vez removida su "por demás corriente envoltura", el
inconforme tomó su lugar de mala gana, maldiciéndose mil veces por
no tener pies para salir corriendo de esa plazuela que tan poco honor
hacía a su gala, o brazos para tomar un martillo y acabar con su
aburrida existencia. Poco a poco fue cambiando de
opinión.
Sus
reflejos comenzaban a cobrar vida: no más mujeres vanidosas, no más
señoras encopetadas, no más parejas ocasionales de empleados
promiscuos haciendo el amor en su recinto. Comenzó a reflejar
la vida diaria, el pasar de carretas tiradas por asnos, el correr de
niños, el panadero en su bicicleta, los atardeceres en el parque
cundidos de amorosos... llegó a imaginar que hasta podía reflejar
el sonido de las campanas eclesiásticas que llamaban a misa a los
fieles. Por
primera vez en su existencia, se sentía feliz. Feliz al grado de
volverse a sí mismo más claro y más brillante, esperando con ansia
que el sol reflejara su lado de la calle para poder llamar la
atención de cualquiera que pasara. Tanta era su
felicidad que hasta se reconcilió con el género femenino, logrando
que cada mujer que se mirara en él apareciera más bella de lo que
en realidad era, desapareciendo los reflejos de verrugas, ojeras,
patas de gallo o peinados estrafalarios que frente a él llegaran.
Así,
se convirtió en su afición volver al paisaje local más pintoresco,
a la luna más brillante, a las campanadas más sonoras –aunque
bien sabía que eso no era posible- pero sobre todo, a devolverles en
amable gesto la belleza que las mujeres del pueblo buscaban al
voltear a verse y verlo, aunque en ocasiones le costara un
considerable esfuerzo.
Las
tenía a todas reflejadas y reconocidas: María, la de la botica;
Diana, la florista; Josefa, la matrona del burdel junto con todas sus
discípulas, Guadalupe, la maestra; Xóchitl, la del puesto de
aguas. Aún su regordeta dueña se regocijaba viéndose en él,
y de él decía que era su mejor inversión, que qué bien le había
ido desde que tenía ese espejito y que no se lo vendía a nadie, le
ofrecieran lo que le ofrecieran las señoras más acaudaladas del
lugar. Sin
embargo, nuestro amigo seguía inconforme. Domingo con domingo,
veía pasar a la única criatura nunca por él reflejada, siempre
cubierta en velo y mantilla, puntual a la misa de 12 y puntual para
regresar por el mismo lugar de donde provenía, sin siquiera
dedicarle una mirada a Inconforme. Al
principio pensó que se trataría de un ser espantoso, casi de
ultratumba, que tenía miedo de mirarse a sí misma por temor.
El deseaba ayudarla, consolarla, estaba seguro que no había mancha,
descoloramiento, cicatriz o signo de fealdad que no pudiese componer
con sus reflejos.
Al
poco tiempo la necesidad de ver en sí a todas las mujeres bellas del
pueblo, lo llevó a obsesionarse con la del velo y la mantilla
inamovibles, la que no volteaba ni para cruzar la calle, la que con
disciplina militar lo ignoraba. Su nombre era Ana. El
espejo no sabía que Ana había pasado por la pena de perder a un ser
amado, había enviudado antes de casarse y ese amor que ya no podría
ver realizado, era la causa de su anonimato, de su andar taciturno,
del velo rasgado que fuera regalo de su prometido y de sus ganas de
ocultar la tristeza de perder al que tanto amó.
Inconforme
se deprimió tanto, que dejó de ocultar las imperfecciones de las
mujeres, mostrándoles sin piedad sus barrigas, sus narices deformes,
el sudor que les corría por la cara, sus canas y sus años.
Debido a la mala actitud de Inconforme, las ventas de ropa de moda se
fueron por los suelos, por lo que la dueña del negocio se limitó a
vender prendas grises, velos y mantillas sin vida y sin color.
Dicen que hasta la campana de la iglesia se oía menos.
Un
domingo como cualquier otro, Ana decidió terminar con su tristeza.
Decidió cambiar de atuendo, comprar un abrigo nuevo que buena falta
le hacía para la temporada de frío que apenas comenzaba, una
mantilla distinta a la que había pertenecido a su abuela y a su
madre, "solo por cambiar" y, por fin, el velo que con tanto
cariño usaba, pero cuyas condiciones ameritaban sustituirlo ya no
por vanidad, sino por necesidad, desechando de paso el símbolo que
tantos recuerdos le traía. Caminó
directamente dentro de la tienda, escogió un velo también negro
pero con vistosas decoraciones, "importado de Valencia"
como la dependienta le dijo. Sin pensarlo dos veces salió al
aparador, quitó la prenda de su cabeza y en lugar de probarse la
nueva se observó a sí misma durante varios minutos, sin quitar la
vista de su propio reflejo ni un momento.
El
espejo, extasiado por tan excesiva belleza, intentó reaccionar,
buscando alguna imperfección qué ocultar, algún reflejo qué
desviar, algo que provocase que Ana quisiera volver a verse a diario
como las otras mujeres. No había modo alguno de
mejorar su imagen. En ese momento decidió que su vida de
copiar las siluetas del mundo exterior había terminado. Ana
dejó los velos y las mantillas, conoció a un exitoso hombre de
negocios y formó una familia con él. Inconforme sigue
colgado, cambió su vida de espejo por una vida de retrato al óleo y
ha recorrido medio mundo y sigue siendo admirado, pero ahora por la
belleza que Ana dejó plasmada en él.