sueños de soledad (Escrito por davidmil)
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Espejo inconforme...

Autor: nonickmario
Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 25/01/2009
Leído: 945 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 8

Pequeño cuento sobre un espejo un tanto quisquilloso.

ESPEJO INCONFORME...

Alto, alargado, prístino y de distinguida decoración era el espejo que a nuestra historia ocupa.  Durante años permaneció oculto dentro del probador de mujeres de un gran almacén.  Era un espejo aislado, hastiado, indiferente a sus compañeros quienes solían comentar unos con otros el diario vaivén de la tienda departamental.  Era un espejo de travesuras crueles: gozaba en ampliar su reflejo por el centro, de modo que ninguna fémina que en él se reflejaba obtenía la figura que quería ver, sino sus propias caderas ampliadas al tamaño de una estufa  común   --hubo alguna que hasta rompió en llanto y salió corriendo de la tienda, claro, sin adquirir nada--.

 

El día de la remodelación fue de terror para todos, uno a uno los espejos fueron retirados de su posición sempiterna, muchos murieron hechos añicos en el proceso y los que sobrevivieron (entre ellos nuestro héroe), fueron expuestos para su liquidación.     La única mujer que no se fijaba en las malévolas bromas de nuestro amigo, a quien llamaremos, "el espejo Inconforme", coincidentemente tenía una figura más bien rechoncha, como la de cualquier dulce matriarca arriba de sus 50, por lo que poco le importaba el verse más, o menos amplia.  La dama en cuestión, adoptó a Inconforme, lo envolvió en papel periódico y con delicado esfuerzo para no romperlo lo llevó hasta a su pueblo natal, donde acababa de abrir una pequeña "boutique" con lo más inn de la época, instalada en la plaza principal.  Dado que era un espejo de categoría, decidió instalarlo no dentro del cuartucho que hacía las veces de probador, sino en el aparador principal, viendo hacia el parque y la iglesia, con la esperanza de darle más elegancia al lugar.

 

Una vez removida su "por demás corriente envoltura", el inconforme tomó su lugar de mala gana, maldiciéndose mil veces por no tener pies para salir corriendo de esa plazuela que tan poco honor hacía a su gala, o brazos para tomar un martillo y acabar con su aburrida existencia.   Poco a poco fue cambiando de opinión.

Sus reflejos comenzaban a cobrar vida: no más mujeres vanidosas, no más señoras encopetadas, no más parejas ocasionales de empleados promiscuos haciendo el amor en su recinto.  Comenzó a reflejar la vida diaria, el pasar de carretas tiradas por asnos, el correr de niños, el panadero en su bicicleta, los atardeceres en el parque cundidos de amorosos... llegó a imaginar que hasta podía reflejar el sonido de las campanas eclesiásticas que llamaban a misa a los fieles.   Por primera vez en su existencia, se sentía feliz. Feliz al grado de volverse a sí mismo más claro y más brillante, esperando con ansia que el sol reflejara su lado de la calle para poder llamar la atención de cualquiera que pasara.   Tanta era su felicidad que hasta se reconcilió con el género femenino, logrando que cada mujer que se mirara en él apareciera más bella de lo que en realidad era, desapareciendo los reflejos de verrugas, ojeras, patas de gallo o peinados estrafalarios que frente a él llegaran.

 Así, se convirtió en su afición volver al paisaje local más pintoresco, a la luna más brillante, a las campanadas más sonoras –aunque bien sabía que eso no era posible- pero sobre todo, a devolverles en amable gesto la belleza que las mujeres del pueblo buscaban al voltear a verse y verlo, aunque en ocasiones le costara un considerable esfuerzo. 

Las tenía a todas reflejadas y reconocidas: María, la de la botica; Diana, la florista; Josefa, la matrona del burdel junto con todas sus discípulas, Guadalupe, la maestra; Xóchitl, la del puesto de aguas.  Aún su regordeta dueña se regocijaba viéndose en él, y de él decía que era su mejor inversión, que qué bien le había ido desde que tenía ese espejito y que no se lo vendía a nadie, le ofrecieran lo que le ofrecieran las señoras más acaudaladas del lugar.    Sin embargo, nuestro amigo seguía inconforme.  Domingo con domingo, veía pasar a la única criatura nunca por él reflejada, siempre cubierta en velo y mantilla, puntual a la misa de 12 y puntual para regresar por el mismo lugar de donde provenía, sin siquiera dedicarle una  mirada a Inconforme.    Al principio pensó que se trataría de un ser espantoso, casi de ultratumba, que tenía miedo de mirarse a sí misma por temor.  El deseaba ayudarla, consolarla, estaba seguro que no había mancha, descoloramiento, cicatriz o signo de fealdad que no pudiese componer con sus reflejos. 

 

Al  poco tiempo la necesidad de ver en sí a todas las mujeres bellas del pueblo, lo llevó a obsesionarse con la del velo y la mantilla inamovibles, la que no volteaba ni para cruzar la calle, la que con disciplina militar lo ignoraba.   Su nombre era Ana. El espejo no sabía que Ana había pasado por la pena de perder a un ser amado, había enviudado antes de casarse y ese amor que ya no podría ver realizado, era la causa de su anonimato, de su andar taciturno, del velo rasgado que fuera regalo de su prometido y de sus ganas de ocultar la tristeza de perder al que tanto amó.

 

Inconforme se deprimió tanto, que dejó de ocultar las imperfecciones de las mujeres, mostrándoles sin piedad sus barrigas, sus narices deformes, el sudor que les corría por la cara, sus canas y sus años.  Debido a la mala actitud de Inconforme, las ventas de ropa de moda se fueron por los suelos, por lo que la dueña del negocio se limitó a vender prendas grises, velos y mantillas sin vida y sin color.  Dicen que hasta la campana de la iglesia se oía menos.

 

Un domingo como cualquier otro, Ana decidió terminar con su tristeza.  Decidió cambiar de atuendo, comprar un abrigo nuevo que buena falta le hacía para la temporada de frío que apenas comenzaba, una mantilla distinta a la que había pertenecido a su abuela y a su madre, "solo por cambiar" y, por fin, el velo que con tanto cariño usaba, pero cuyas condiciones ameritaban sustituirlo ya no por vanidad, sino por necesidad, desechando de paso el símbolo que tantos recuerdos le traía.   Caminó directamente dentro de la tienda, escogió un velo también negro pero con vistosas decoraciones, "importado de Valencia" como la dependienta le dijo.  Sin pensarlo dos veces salió al aparador, quitó la prenda de su cabeza y en lugar de probarse la nueva se observó a sí misma durante varios minutos, sin quitar la vista de su propio reflejo ni un momento.

El espejo, extasiado por tan excesiva belleza, intentó reaccionar, buscando alguna imperfección qué ocultar, algún reflejo qué desviar, algo que provocase que Ana quisiera volver a verse a diario como las otras mujeres.    No había modo alguno de mejorar su imagen.  En ese momento decidió que su vida de copiar las siluetas del mundo exterior había terminado.   Ana dejó los velos y las mantillas, conoció a un exitoso hombre de negocios y formó una familia con él.   Inconforme sigue colgado, cambió su vida de espejo por una vida de retrato al óleo y ha recorrido medio mundo y sigue siendo admirado, pero ahora por la belleza que Ana dejó plasmada en él.








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