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EL DIFUNTO EN SUS EXEQUIAS
Autor/a: José Luis Huerta

Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 13/02/2007
Leído: 701 veces
Comentarios (1)
Valoracion de la obra: 3,67

No hay resumen

Por extraño que parezca, el amanecer de hoy no fue distinto a los demás. Me levanté, como de costumbre, al sonar el despertador. Me bañé y rasuré, me vestí y bajé a desayunar. Al disponerme a engullir abrí el periódico y ahí los acontecimientos cobraron un cariz inusitado. Contra mi hábito pasé por alto la sección financiera y, como si ya fuera de mi conocimiento, busqué directamente la esquela a toda página en que se informaba que yo, Benigno Sada, he fallecido «En el seno de nuestra madre, la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana y con la bendición papal». En el ángulo inferior derecho se indicaba discretamente nombre y domicilio de la funeraria: una agencia del zopilote cualquiera.

         Dejé intactos los alimentos y ahora me dirijo al establecimiento de pompas fúnebres. Por el camino los conocidos me saludan persignándose devotos.

–¿En qué sala se recibe mi duelo? –pregunto al empleado, embebido en una revista pornográfica.

El empleado, ajeno al traje pero embutido en él por requerimientos del empleo, se toma su tiempo. Después de repasar las fotos más obscenas con el propósito de ensayarlas en su próximo encuentro erótico, me contesta sin levantar la vista:

–En la dos.

¡Vaya!, si yo estuviera vivo, este empleadillo habría escondido su vulgar revista y me habría reverenciado sabiendo quién soy. Nada más se muere uno muestran su condición de sirvientes rencorosos. En fin, qué le vamos a hacer.

Familiares y amigos me reciben con las mayores demostraciones de dolor. La primera en abrazarme es Esther, llorando a moco tendido. Es difícil consolarla, pero apaciguada pregunta con avidez sobre el testamento. Se tranquiliza al saber que, salvo partidas menores para sobrinos allegados, la herencia la compartirán a prorrata ella y nuestro hijo Juan José, estudiante de administración de negocios en el Tecnológico de Massachusetts.

–Juan José ya viene en camino –dice, adelantándose a mi pregunta–. Rentó un jet en Boston para de estar aquí lo más pronto posible.

Yo apruebo la medida con meneo de cabeza.

–Y a todo esto –interrogo a mi mujer–, ¿de qué morí?

–De un infarto, querido. Sucedió mientras dormías.

–¡Ah! –exclamo.

De muy poco sirvió la fortuna que me gasté en Houston: onerosos tratamientos para sobrevivir poco tiempo a la cardiopatía. Bueno, algún día tenía que marcharme al otro mundo. Pero entonces reparo en que no dormía precisamente cuando sobrevino el infarto fulminante que me impidió concluir satisfactoriamente la última actividad en vida. Razonablemente mi esposa no detalla intimidades en presencia de otros, así que, atendiendo a su pudor, cambio de tema. Luego de algunos comentarios intrascendentes callo para ver a mí alrededor las caras que por aquí y por allá compiten por mostrase las más pesarosas.

Con su cautela habitual y su carraspeo de llamar la atención, Lorenzo Lagüera solicita hablarme en privado.

–Me expongo a que pienses en un abuso de las circunstancias –dice–, pero el favor que voy a pedirte es en extremo importante para mí.

–Estoy para servirte, Lorenzo, que para eso son los amigos –le contesto sin faltar un ápice a la sinceridad.

–Tú sabes cuánto quería a mi hijo Carlos, tanto que a pesar de los años no hallo consuelo a su muerte prematura. Por eso, Nino, y por nuestra amistad a toda prueba, te ruego encarecidamente le entregues esta carta cuando llegues al cielo.

–Pero, Lorenzo –replico–, no estoy seguro de ir al cielo. Tú sabes muy bien que a los hombres del dinero no se nos ve con agrado en ninguna parte, y menos por esos lares.

–No importa, llévala contigo por si llegas a coincidir con él en algún paraje de la otra vida.

Bajo esa reserva acepto el encargo, haciéndome el firme propósito de rechazar en adelante cualquier petición, pues de lo contrario seguramente me empezarían a cargar con paquetes de cabrito y machaca.

Se aparece por ahí Adrián Zambrano, el soltero más codiciado de todo México y respetable filántropo con base en los residuos de sus enormes gastos suntuarios. Al ofrecer sus condolencias a mi atractiva viuda se regodea abrazándola sin recato y no faltan los suspicaces que advierten el atrevimiento. ¡Qué situación tan embarazosa la mía!: yo en cuerpo presente y Adrián propasándose con mi mujer a la vista de medio mundo, sin que ella lo rechace. El incidente me plantea un falso dilema, no por ello menos aflictivo: hacerme el desentendido o defender mi dignidad de muerto con acciones sin efecto. Mas, osado como en los negocios, Adrián enfrenta la situación antes que esperar reclamos vanos de un difunto o alentar murmuraciones quisquillosas de la gente.

–Nino, en modo alguno me gustaría que te llevaras a la tumba una falsa impresión de mi persona, así que debo puntualizar lo siguiente: he cortejado a Esther desde hace algún tiempo. Ella, es cierto, no me ha rechazado tajantemente; pero como dama de su alta condición moral ha evitado escrupulosamente concretar la infidelidad. Ahora las cosas son diferentes, por ello me atrevo a solicitar tu anuencia para que, pasado el período de luto, nos unamos en matrimonio. Ella es joven aún y merece rehacer su vida. Mis intenciones, lo juro ante tu cadáver, son honestas...

         En este punto le interrumpe la emoción, intenta agregar otras palabras pero desiste pues se le ha anudado la garganta y ya ha dicho lo necesario. Esther vuelve la mirada hacia mí, humilde mirada en que mezcla peticiones de perdón y aprobación. Por un momento no sé qué pensar, luego pienso vagamente en modificar el testamento declarando heredero universal a Juan José. ¿Pero qué notario atendería a una voluntad post mortem? Por último ya no quiero pensar y me limito a encogerme de hombros en señal de que pueden hacer lo que les venga en gana. De todos modos lo harán a su manera, y yo, en un gesto magnánimo no exento de inmodestia, prefiero librar a Esther de cargos de conciencia. Ella me lo agradece con tierna sonrisa. Nuevas lágrimas ruedan por sus mejillas, esta vez sin la interposición del pañuelo. Descubro entonces cuán hermosa luce mi mujer con esa sonrisa, esas lágrimas y ese luto. ¡Qué bien le sienta el papel de viuda, aunque yo haga el de finado esposo! Adrián se esfuma; él comprende que ese instante de acendrada afectividad es sólo para dos; él comprende que ha llegado al punto en que sus intereses amorosos deben ceder al respeto por el occiso.

         A eso de las diez de la noche el velorio entra en su apogeo. Se ha pasado de la estupefacción a la pesadumbre, de la pesadumbre a la resignación, de la resignación a la normalidad. El silencio artificial no exento de ruidos involuntarios abre paso a los murmullos ostensibles. En el transcurso de la tarde han arribado, entre otros, Juan José, nuevo pañuelo de lágrimas para Esther, y el gobernador Aristóteles Razo, portador de un mensaje en que el presidente de la república expresa sus condolencias por mi irreparable pérdida y exalta mi contribución empresarial al progreso económico del país.

Cuánto ha cambiado Juan José en apenas cuatro meses que no le veo. Ahora él se ocupará de mis negocios, es decir, ahora administrará sus propios negocios y los de su madre. Brillante alumno, trae consigo lo mejor de las teorías administrativas; pero me preocupa su inexperiencia, así que aprovecho mi estancia en cuerpo presente para impartirle consejos prácticos e insistirle en lo conveniente de adaptar a nuestro medio lo aprendido en el extranjero. No del todo satisfecho (compruebo así que los muertos siempre nos llevamos incertidumbres a la tumba), concluyo mis sugerencias. Más por costumbre que por interés me acerco a un corrillo de los muchos que se han formado. Sonrío al escuchar una mezcolanza de comentarios laudatorios a mi persona y chistes picarescos en voz baja.

–Hace calor –dice Eugenio Treviño.

–¡Uf, muchísimo! –refuerza Crescencio Garza.

–Obséquienme un cigarro –pido a mis amigos.

Todos me miran desconcertados y contestan a coro:

–¡Pero si tú ya no puedes fumar, Nino!

Cómo desentonan los muertos en los velorios, es el lugar menos indicado para ellos, y sin embargo tienen que estar forzosamente allí. Pero no estar vivo tiene sus ventajas: como todo mundo me ignora puedo acercarme a los conversadores deliberadamente apartados sin causar recelos; me entero así de secretos que de otra manera ni siquiera imaginaría. No obstante, las revelaciones escandalosas terminan por aburrirme y prefiero vagar por los alrededores del velatorio.

Pasada la medianoche los asistentes se retiran a descansar. Mañana será el sepelio. Entretanto me toca atravesar, solitario, el parteaguas filoso de la noche, en el que uno queda suspendido entre un futuro apático y un pasado codicioso.

Como quiera que sea llega el nuevo día y otra vez la funeraria se llena de barullo. No hay plazo que no se cumpla y de repente cuatro edecanes de uniforme negro vienen por mí; opongo resistencia pero uno de ellos me hace manita de puerco y no me queda sino portarme dócil. En veinte minutos el cortejo enfila sobre la carretera hacia mi última morada. No hemos recorrido gran distancia y ya se dejan ver los mármoles blancos y grises del cementerio, los cipreses esmirriados que le regatean a su sombra. Pepe Mugüerza, uno de mis mejores amigos, funge como orador fúnebre. Sinceramente compungido, tembloroso, casi cómico, sube al templete; con su tono grave y su impecable dicción rasga el silencio con trazos de mi vida: alabanzas mesuradas, evasión de adulaciones llanas, subrayado sobrio de aciertos y virtudes, atenuación de fracasos y defectos.

Entretanto, los mármoles jaspean sus vetas y los cipreses entregan sus gráciles vaivenes a un vientecillo benévolo. Desde otras tumbas algunos extintos curiosean la solemne mudanza del nuevo inquilino del panteón. Por la dinámica del acto he quedado entre los de última fila, de modo que no desperdicio mi posición para retroceder rumbo a la salida; no he avanzado tres pasos cuando me paraliza la mirada fulminante del sepulturero.

–Es para allá –ordena indicándome la fosa, y como si la conminación no bastara me sujeta del brazo y me conduce él mismo.

–¿Listo? –pregunta–. ¿Le ayudamos a bajar o prefiere saltar?

–¿De veras me van a meter ahí?

–Por supuesto, es el destino de los muertos. ¿O prefiere el crematorio?

–No, mejor la fosa.

Aunque soy consciente de que las lenguas del fuego me lamerían suavemente sin causarme dolor en mi pulverización, aún no me acostumbro a pensar como difunto.

Con la ayuda piadosa de múltiples manos entro en la fosa, no sin antes recibir la bendición del obispo. Es el clímax, y la tía Concha, que llora hasta por el desconocido cuyo cortejo pasa frente a su casa, cae de hinojos en un ataque de histeria, asistida por su hija Lorena que enseguida se contagia.

–Pero acuéstese –me reprende el enterrador, y sus ayudantes lo apoyan mirándome con caras de fastidio.

–¿No me puedo quedar parado?

–No es conveniente, la cabeza quedaría insepulta.

–Mejor, así veré desde el otro mundo lo que sucede en éste.

–Pero al pudrirse nos causaría problemas de salud pública. Además, imagínese, qué espectáculo tan macabro nos daría.

–Sigue las instrucciones, querido –aconseja Esther, gimoteando apoyada en Juan José.

–¡Ya no le hagas al vivo, papá! –reclama Juan José, y la vocinglería unánime lo secunda.

Yo dudo y me pellizco para convencerme de que no estoy muerto; pero soy insensible a los pellizcos y no me arrancan un ¡ay! de la boca por más que me retuerza la piel a toda muñeca.

–¡No mames, güey, ya déjate enterrar! –denuesta entre la multitud un insolente que no se atreve a dar la cara.

–¡Y cierre los ojos, no le vaya a entrar tierra! –advierte el sepulturero aventándome la primera palada en la cara.

–¡Hijo de su...!

Y ni él ni sus ayudantes se detienen sino cuando la fosa queda a ras. Entonces apisonan, tozudos, como previniéndose de una tentativa de escapatoria.

Pues bien, heme aquí, muerto y sepultado, reposando en la paz de mi sepulcro, porque en la muerte nada hay que hacer más que estarse bien muerto (de ahí que esté demás aquello de «en paz descanse»), esperando el día del juicio final o que ahora sí, de veras, suene el despertador y me regrese a la vigilia.


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Autor: OJITO | Fecha: 09/04/2008 2:37:04

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