Aquella, sin duda alguna, sería una
Navidad diferente a las demás. Desde su cama de hospital, Pablo se dedicaba a
observar la decoración de su pequeña habitación, que se reducía a una cama, una
mesilla de noche, un sofá para las visitas y una amplia ventana desde la que
podía ver las luces navideñas que solo podía disfrutar acostado y con la cabeza
ladeada. Todo en aquella habitación era blanco, muy impersonal y muy diferente
a su casa en aquella época, siempre llena de vida y color. Sus amigos y
familiares se habían esforzado por crearle un ambiente más navideño. Su madre,
incluso, le había llevado un pequeño bonsái adornado con luces, pero seguía sin
ser lo mismo.
Algunos de sus compañeros y amigos más cercanos habían
acudido a verle aquellos días; ninguno parecía ser realmente consciente de lo
que le estaba pasando a Pablo. La verdad es que él mismo tampoco entendía
muchas cosas referentes a su enfermedad; pero desde luego, sabía más de lo que
médicos, enfermeras o incluso su propia familia estaban dispuestos a contarle.
Lo que menos entendía era por qué se empeñaban todos en ocultarle tantas cosas:
a fin de cuentas, todo se hacía cada vez más evidente.
Pablo se recostó sobre la almohada. Se sentía muy cansado.
No quería cerrar los ojos, últimamente siempre le daba miedo hacerlo; pero
finalmente, el cansancio le venció.
Cuando despertó era bien entrada la noche. La habitación
seguía como siempre, solo que ahora su madre dormía junto a él, como llevaba
haciendo cada noche desde su ingreso en el hospital. Entonces reparó en que no
solo su madre se encontraba allí. Junto a su cama, sonriendo, había otro ser.
Pablo no podía determinar si se trataba de un hombre o una mujer, pero fuera
quien fuera, o fuera lo que fuera, se trataba de la criatura más hermosa que
jamás había contemplado: tenía un perfecto rostro ovalado, ojos rasgados de un
color azul intenso y el cabello negro azabache, ni muy largo ni muy corto,
despeinado.
- Hola Pablo.
- ¿Cómo sabes mi nombre?
- Sé muchas cosas.
- ¿Sobre mí?
- Sin ánimo de lucro, sobre todo.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Te encuentras ante un ser que podría resolverte
cualquier enigma, ¿y es esa tu pregunta? La más acertada, sin duda. La
educación es lo primero. Mi nombre es Jiga.
- ¿Jiga? Es extraño. Como tú. Bueno... O extraña.
Jiga dejó escapar una cálida risa.
- ¿Llegó mi hora?
La risa de Jiga cesó al instante, y su semblante se tornó
serio.
- ¿Tu hora de qué?
- Dice mi abuela que cuando un niño va a morir un ángel
acude a visitarle.
- ¿Cómo sabes si soy un ángel?
- También dice mi abuela que los ángeles son criaturas
increíblemente hermosas, y no creo que pueda existir una criatura más bella que
tú en el mundo.
- Tu abuela parece saber muchas cosas.
- Creo que ella también lo sabe todo.
- ¿De veras?
- Eso creo.
- Lo que yo creo es que deberíamos ir a hablar a otro
lugar. Podríamos despertarla – Jiga señaló con un movimiento de cabeza a la
madre de Pablo.
- No querría hacerlo. Necesita
descansar. Últimamente duerme muy poco.
- Pues no se hable más.
De pronto la cama de hospital había sido sustituida por
una gran roca, y la habitación por un inmenso bosque. Los sillones eran
árboles, las plantas flores de todos los colores, y el techo un oscuro cielo
salpicado por infinidad de estrellas. Una gran y blanca luna coronaba el
paisaje.
- ¿Es esto el Limbo?
- ¿El Limbo?
- Sí. Ese lugar de tránsito donde el ser humano es juzgado
y se decide si irá al Cielo o al Infierno, y donde permanece eternamente y sin
derecho a juicio todo aquel que no ha sido bautizado y liberado, por tanto, del
pecado original.
- ¿Eso también lo dice tu abuela?
- No, mi profesor de Religión.
- ¿Y él también lo sabe todo?
- Yo creo que él no sabe nada. Se limita a imponernos sus
creencias.
- Eso no está bien.
- Nada bien.
- ¿Y cuáles son tus creencias?
- No es una pregunta sencilla.
- Desde luego que no lo es.
- Yo creo en Dios. Creo que este Mundo, este Universo, es
demasiado complejo como para creer solo en lo que podemos ver.
- Pero eso no justifica la existencia de un dios.
- Lo sé. Pero también sé que cuando somos pequeños todo es
nuevo para nosotros, y cualquier cosa nos sorprende, incluso lo que hoy
consideramos cotidiano, como puede ser el contacto con el agua. Y no creo que
la vida termine aquí, no creo que cuando nuestros órganos vitales dejan de
funcionar deje de funcionar el alma. Porque yo reo en el alma, que es donde
residen nuestras emociones, nuestra vida espiritual, y es lo que nos hace
inmortales, aún sin un cuerpo, más allá de toda vida física. Y es el alma lo que
pasa a otro mundo cuando nuestro cuerpo muere. Tal vez no se entienda como lo
más lógico, ¿pero qué entendemos por lógica? ¿Hechos demostrables? ¿Qué
podríamos llegar a demostrar de emplear al máximo nuestra capacidad cerebral?
- Con esa teoría jamás convencerías a un ateo, y sigues
sin justificar la existencia de un dios.
- Jamás intentaría convencer a nadie de nada. No soy como
mi profesor de Religión. Yo respeto cualquier creencia. Solo te digo la mía,
puesto que me la has preguntado.
- Por supuesto. De todos modos, no pretendo convertir esto
en una discusión mística. Realmente se trata de un tema que ningún ser vivo
puede saber con seguridad, y no he venido aquí a hablar de esto. Tampoco sería
justo hacerlo: no hay aquí ningún ateo para rebatirte, ni un agnóstico que
pueda servir de punto de equilibrio. Solo estamos tú y yo: un Cristiano y
alguien que no tiene creencias, sino que sabe todo lo necesario. Así no se
puede debatir bien. Lo entiendes, ¿verdad? En cierto modo, tanto los ateos como
los creyentes, sean de la religión que sean, tienen su parte de razón, y al
final lo que importa es lo que crea cada uno. ¿Tú crees en Dios?
- Sí, ya te lo dije antes.
- Entonces Dios existe.
- ¿Y si yo no creyera?
- Entonces no existiría.
- ¿Todo depende de mí?
- Todo depende de cada persona.
- Pero tú debes saber si Dios existe. No de manera
individual, quiero decir. Me refiero a que tú debes saber si Dios existe para
el Mundo. De hecho, tu sola presencia no hace otra cosa que confirmar mi
creencia: los Ángeles están ligados en cierto modo a la religión Cristiana.
- ¿Cómo sabes si soy un Ángel? Y aún aunque lo fuera, no
es lo importante, si Dios existe o deja de existir para el Mundo. Lo que cuenta
es, como acabo de decirte, lo que crea cada uno. Son las creencias de cada
persona las que dirigen su propia vida.
- ¿Pero y si resulta que yo creo en Dios, y llegada mi
hora – Pablo hizo aquí una breve pausa – resulta que Dios no existe?
- En tal caso, Dios no dejará de existir porque llegue tu
hora.
- Lo sé, me expresé mal, creo que se entiende a qué me
refería: creer en Dios, y que todo sea un engaño.
- Verás, sé que es difícil de entender, pero la existencia
de Dios no es demostrable, y lo mismo ocurre con su inexistencia: ningún ser
humano puede demostrar de un modo lógico que cualquier religión sea verdadera o
falsa, y por eso todas son verdaderas y todas son falsas, y por eso el Ateísmo
y el Agnosticismo son asimismo verdaderos y falsos, porque tanto estos como las
religiones, sean del tipo que sean, tienen argumentos aceptables y rebatibles
según la persona o colectivo de personas a quienes sean planteados. Si tú me
dices que crees en Dios, yo te diré que Dios existe; si tú fueras Ateo, te
diría que no existe un dios; y si fueras Agnóstico, te diría que en la duda
está el privilegio; y no lo haría solo por darte la razón o evitar la
discusión, sino porque así lo creería.
- Creo que entiendo a qué te refieres: cualquier creencia
tiene argumentos aceptables, y como ninguna se puede demostrar, todas son válidas,
aunque cada colectivo tenga la suya, y como para cada persona la válida es la
suya, aun respetando las demás, siempre será la verdadera.
- Eso es, Pablo. Eso es.
- Es algo lioso, y también rebatible.
- Todo es rebatible. Pero es mi creencia, y es válida.
- Pero tú no crees: tú sabes.
- Todos creemos saber.
- Pero...
- Lo que yo diga es tan rebatible como lo que digas tú.
Pablo meditaba sobre lo que Jiga le decía. Parecía
contradictorio en cierto modo: sabía, no creía; pero creía, como todos... Era
un ser extraño, pero había algo en él, o en ella, que le tranquilizaba, y le
llenaba de paz. Por primera vez en mucho tiempo, Pablo se sentía plenamente
feliz.
- ¿En qué piensas, Pablo?
- Pensaba en dos cosas.
- ¿Cómo se puede pensar en dos cosas a la vez?
- Bueno, no pensaba en ambas a un tiempo.
- Pero tú me has dicho que pensabas en dos cosas.
- Supongo que las iba alternando.
- Eres un chico de mente ocupada, por lo que veo, y eso no
es malo, ni muchísimo menos. Es solo que merece más la pena
ir por partes, centrarse cada vez en una de ellas para poder prestarle más
atención, o no prestarás la suficiente a ninguna. ¿En qué pensabas en el
momento en que te pregunté?
- ¿Cómo voy a saberlo? Podría haber sido cualquiera de
ellas.
- ¿Ves lo que te decía?
- Pero a veces te asaltan tantos pensamientos a la vez,
que es difícil capturar uno solo y olvidar los demás.
- No hablo de olvidarlos, sino de dejarlos a un lado.
- Incluso eso es difícil.
- Lo sé; pero siempre puede intentarse. Vamos, dime uno de
esos pensamientos.
- Pues verás, el caso es que pensaba en dos cosas que
dijiste antes. Por una parte, tú dijiste “solo estamos tú y yo”. ¿A qué te
referías?
- No hay que buscar un doble sentido a todo, me refería
simplemente a eso.
- ¿Pero qué lugar es este? ¿Por qué no hay nadie más en
él? ¿Forma parte de La Tierra? ¿No hay criaturas que lo habitan?
- Lo habitarán quienes tú quieras.
- ¿Cómo es eso posible?
- Porque te pertenece.
- ¿Este bosque es mío?
- Este bosque forma parte de tus sueños.
- ¿Cómo dices? ¿Quiere decir eso que estoy soñando?
- No exactamente. Tú y yo somos reales, y lo que estamos
viviendo es real. Es solo que hemos tomado como escenario un bosque con el que
soñaste una vez cuando eras muy pequeño y quedó guardado en tu subconsciente.
Es difícil de explicar.
- Y de entender. Porque comprendo tu explicación; pero es
todo tan extraño... Entonces, si ella despierta...
- Te verá dormido.
- La echo de menos.
- La viste hace apenas...
- Y más que la habré de echar en falta...
- ¿Por qué dices eso?
- Hablemos claro de una vez, por favor – dijo Pablo
levantándose súbitamente de la roca donde hasta el momento Jiga y él habían
permanecido tranquilamente sentados – lo sé todo ¡Nadie quiere decirme nada!
¿Pero quién mejor que yo, que lo siento día a día, va a saberlo?
- Por favor, Pablo, serénate – dijo Jiga. Y parecía triste
de veras.
- Lo siento – dijo él – pero no me gusta que me oculten lo
evidente – y volvió a ocupar su sitio.
- Nadie trata de ocultarte nada.
- Me disfrazan la realidad. Creen que soy estúpido. Un
insignificante niño en medio de una gran masa de personas... y lo soy. ¿Pero
acaso no somos todos individuos en medio de una multitud de personas?
- ¿Y acaso te sientes insignificante por ello?
- Creo que todos somos insignificantes. Cada uno de
nosotros no es más que una minúscula parte de un Universo infinito.
- ¿Seguro que el Universo es infinito?
- No se puede abarcar.
- Tal vez no se dispongan de medios para ello. Realmente
no puedes saber si tiene un principio y un fin.
- No veo por qué todo ha de tener un principio y un fin.
- Aquí volvemos a lo de antes. Es la
discusión por la que nunca llegaremos a una conclusión; pero mira las
estrellas. ¿Cómo son?
- Hermosas.
- ¿No te parecen insignificantes, entonces?
- No en conjunto. Al menos no tanto. Verás, desde mi
ciudad no se ven tan bien, debido a la contaminación, y nunca me paro a verlas;
pero desde aquí... Es otra cosa. Desde aquí las estrellas se ven hermosas, y
por eso me he parado a observarlas. En conjunto merecen la pena. El Ser Humano,
como individuo... Es cierto que todos tenemos nuestras cualidades, y que éstas
nos hacen especiales, pero cada uno de nosotros continúa siendo un ser
insignificante en medio de un enorme Universo.
- Cada una de esas estrellas tiene un nombre; y cada una
de ellas fue descubierta con alegría en algún momento. Cada una tiene sus
cualidades, igual que cada individuo... Nunca menosprecies la capacidad de cada
individuo al margen de la sociedad. Es cierto que el individuo necesita a la
sociedad para desarrollarse y crecer en ella, pero tú mismo lo has dicho: cada
persona tiene cualidades especiales. Tú eres único; todos los Seres Humanos son
únicos. Cada persona es increíble, es una vida. Una vida completa, con un cuerpo,
un funcionamiento, una mente, un pensamiento... Un cuerpo complejo... Eres
importante, Pablo. Tal vez no para el mundo. Aunque nunca llegues a ser
conocido en el mundo entero por haber realizado grande hazañas, seguirás siendo
importante, porque lo que importa es que has hecho felices a los que te rodean,
que has sido importante para alguien, que has arrancado sonrisas a tus seres
queridos, que has reído, que has llorado, que has sentido... Has hecho feliz a
alguien, has hecho llorar a alguien, has hecho cosas buenas, las has hecho
malas... Y sin ti, el mundo nunca hubiera sido igual. Si tú no hubieras
existido, la vida de los que te rodean hubiera sido diferente, y eso hubiera
repercutido en sus experiencias, en toda su vida, y en el futuro de toda tu gente,
de su descendencia... Lo creas o no, cada persona es una gran aportación al
mundo, a la vida... ¿Sigues considerándote un ser insignificante, sabiendo todo
lo que has aportado ya a la existencia?
Pablo reflexionó durante unos instantes. Si él no hubiera
nacido la vida hubiera tomado un curso diferente... ¿hasta qué punto era
aquello de tal manera?
- ¿Te gustaría comprobarlo?
- ¿Me lees el pensamiento?
Jiga respondió con una alegre risa.
- Pero antes...
- Dime – Jiga sonreía.
- Recuerda que pensaba otra cosa... Yo quería hacerte otra
pregunta...
- Claro, Pablo. Pregunta lo que quieras.
- Pues verás, se trata de otra cosa que también dijiste
antes. Cuando hablábamos de la existencia de Dios, hubo un momento en que
dijiste: “pero no he venido aquí a eso”. Ese comentario me hace pensar que has
venido aquí a un motivo concreto... Me gustaría saber de qué se trata...
- Claro que sí. A eso mismo íbamos ahora. Hace poco te
preguntabas si tu vida no habría sido carente de todo sentido. Pensabas que habías
vivido poco, y te preguntabas a ti mismo: “si marchara ahora de aquí, ¿habría
sido mi paso por el mundo de alguna importancia?” Justamente ahora acabábamos
de hablar sobre esto. Pues bien, Pablo, ahora voy a demostrártelo. Viajemos al
pasado.
- ¿Cómo en el cuento de los tres fantasmas que van a
visitar a ese hombre por Navidad?
- Por supuesto que no – rió Jiga – Como en tu propio
cuento, o más bien, tu propia historia. No vas a recibir tres visitas
esta noche. Solo pretendo demostrarte qué hubiera sucedido si tú no hubieras
nacido. Tampoco harás tres viajes esta noche. Solo uno. Un único viaje. Esto no
será más que una visión. ¿Preparado?
Pablo asintió con la cabeza. Entonces sintió una fuerte
sacudida que le recorrió todo el cuerpo de arriba abajo. Sus ojos se cerraron
instintivamente, todo comenzó a darle vueltas, y sintió que aterrizaba en algún
lugar.
Había ajetreo a su alrededor. Podía escuchar voces, un
llanto, una respiración entrecortada... Le daba miedo abrir los ojos... Y
escuchó entonces la cálida voz de Jiga que le susurraba al oído:
- ¿Verdad que jamás imaginaste que llegaría el día en que
pudieras presenciar el momento de tu nacimiento?
Entonces Pablo lenta, muy lentamente, fue despegando los
párpados, porque sabía de quiénes eran las voces, sabía a quién pertenecía
aquella respiración, y conocía al dueño de aquel llanto: nada más y nada menos
que él mismo. Pero estaba muy cambiado, o más bien en aquel momento, en su edad
actual, lo estaba, podría decirse. Ni siquiera se parecía a las fotos que había
en su casa. El Pablo recién nacido de las fotos familiares distaba mucho del
Pablo recién nacido que en aquel momento tenía ante sus ojos, aquel Pablo que
por primera vez miraba al mundo, aquel ser minúsculo, rojo y gritón que parecía
extremadamente angustiado, como deseoso de regresar al lugar del que venía. Su
madre, trece años más joven, le sonreía desde la cama, y lloraba, lloraba de
felicidad por aquella vida que durante nueve meses se había ido gestando en su
vientre, que había ido sintiendo crecer, y que ahora tenía ante sí... Debía ser
una sensación tan maravillosa... Crear una vida... Pablo casi se sentía mal por
todas aquellas veces que en algún “intercambio de opiniones” con su madre había
llegado incluso a acusarla de hacer las cosas de cierta manera solo para
fastidiarle... No podía ser posible que aquella persona que le miraba desde la
cama de hospital, y que tanto se había desvivido por él en los últimos meses,
hubiera hecho en alguna ocasión algo con ese único fin.
- ¿Has visto, Pablo?
- He visto.
- Dentro de poco saldrás de la habitación... el Pablo
recién nacido, quiero decir. Conviene que el Pablo real abandone la estancia
antes de que su recuerdo lo haga. Quiero que vayamos a otra escena.
- De acuerdo.
La misma sensación de antes.
Ahora se encontraban en una sala oscura.
- ¿Qué momento es este?
- Presta atención.
Pablo aguzó el oído, y tras un momento de espera le
pareció escuchar un llanto amortiguado. No podía recordar aquella escena; pero
de pronto alguien encendió la luz, y se vio una vez más a sí mismo, esta vez a
la edad de cinco años. Su madre se encontraba sentada en un rincón del salón,
la cabeza hundida entre las manos, y cinco cajas de los que parecían pastillas
para dormir frente a ella. Un escalofrío recorrió la espina dorsal del Pablo de
trece años.
- ¿Estás enferma? – preguntaba el Pablo
pequeño.
- Un poco, cariño. ¿Por qué no vas a jugar a tu
habitación? Mamá necesita dormir.
- ¿Por qué estás triste?
- Solo estoy cansada.
- ¿Por qué no juegas conmigo?
- Dentro de un rato... tal vez.
- Vale, mami – el Pablo de cinco años se acercó a ella –
te quiero mucho – y le besó la mejilla.
El pequeño Pablo corrió a su habitación. Su madre quedó
pensativa durante unos instantes, como si dudara. ¿Hasta qué punto puede un
“simple” gesto de afecto cambiar una decisión que puede afectar a toda nuestra
vida? El Pablo de quince años pudo comprobarlo en aquel preciso instante,
cuando vio a su madre levantarse y dirigirse a su propia habitación. A mitad de
camino frenó en seco, regresó al salón, cogió los medicamentos y los arrojó a
la basura. Después regresó. Al cabo de un rato se oían risas en el pequeño
cuarto.
De pronto Jiga y Pablo habían regresado al bosque del
sueño.
- ¿Has visto suficiente?
Pero Pablo no podía hablar: un nudo que tenía en la
garganta se lo impedía.
- Lo hubiera hecho, ¿sabes? Tenía problemas con tu padre,
en el trabajo... Había caído en una profunda depresión. Estaba dispuesta. Y no
es solo eso. A los siete años fuiste tú quien integró a Ismael, tu actual mejor
amigo, cuando llego nuevo, y fuiste además su gran apoyo cuando murió su padre.
Hace tan solo un año persuadiste a tu hermano para que no empezara a fumar. Su
destino hubiera sido un cáncer de pulmón a los cuarenta años. Aunque las cosas
hubieran ido por otro camino si tu madre hubiera hecho aquello, o si no
hubieras nacido. Las situaciones no hubieran sido las mismas. Todo Ser Humano
hace cosas decisivas en la vida. Y tampoco es necesario que se trate de salvar
la de nadie. Toda persona hace cosas que influyen en el rumbo que deberá tomar
la vida, tanto para sí misma como para otras personas. Arrancar una sonrisa a
alguien en un momento determinado puede ser decisivo para su futuro. ¿Te das
cuenta, Pablo? ¿Ves lo importante que es el Ser Humano como individuo? ¿Ves
ahora lo importante que eres?
- Es curioso el Destino Humano...
- ¿Y qué consideras que es el Destino? El Destino no está
del todo prefijado. Toda persona tiene marcado un Destino Final. Pero hay mucha
maneras de vivir la vida, y éstas dependen de las decisiones de cada persona.
Tú puedes tomar una decisión en un momento determinado, y esa decisión te
llevará a un camino, y entonces podrás volver a elegir entre más caminos, y
según elijas, irás a más opciones, y así hasta llegar a tu Destino Final. Si tu
primera decisión hubiera sido otra, hubieras ido por una camino diferente, y tu
vida hubiera variado. Tal vez tu Destino Final esté prefijado, pero la forma de
llevar tu vida depende solo de ti, y por eso eres libre. En cualquier caso,
estamos nuevamente ante otro Gran Misterio sin respuesta...
Antes de que pudiera darse cuenta, Pablo se encontraba
nuevamente tumbado en la cama de la habitación del hospital. Su madre
continuaba dormitando a su lado. Jiga permanecía de pie junto a él. Todo estaba
tal y como se encontraba antes de que fueran a aquel bosque de sus sueños.
- Ahora sí, Pablo, comienza el viaje.
- Lo suponía; pero ya no me importa. Porque ahora sé que
mi paso por la vida no ha sido inútil, y que he hecho cosas que han merecido la
pena, al igual que todo Ser Humano. Y ya no me da miedo irme, porque esto no es
un fin, sino un comienzo más, otro viaje que he de llevar a cabo.
Ahora sé que puedo irme tranquilo.
- Cógeme la mano – Jiga sonreía – Queda poco para que
empiece a amanecer.
La mano de Jiga tenía un tacto cálido y suave. Pablo se
aferró a ella con fuerza y juntos se elevaron a unos centímetros del suelo. Él
se volvió unos instantes para echar una última ojeada.
- Sé que ella estará bien.
- Cuenta con ello.
- ¿Sabes? Siempre quise saber qué aspecto tendría dormido.
- Muchos se hacen esa pregunta, por trivial que parezca, y
todos llegan a saberlo.
- Es agradable volar.
- Esto es solo flotar. Ahora volarás de verdad.
- ¿Hacia dónde nos dirigimos?
- Hacia más allá de las estrellas.
Y cogieron impulso. Y abandonaron la estancia por el
ventanal de la misma. Y volaron. Y volar era maravilloso. Pablo se sentía
libre, mejor de lo que jamás se había sentido. Y se elevaron, y elevaron, y
elevaron... hasta perderse en las estrellas.