MI NIÑEZ (Escrito por POLgarci)
MI NIÑEZ Da pena pensar en las pocas cosas que la vida regala, ya que las cosas no son como a primera vista parecen y cuando empezamos...
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Pertenencia

Autor/a: el cimarrón
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Fecha de publicación: 30/11/2013
Leído: 1352 veces
Comentarios (8)
Valoracion de la obra: 5

No hay resumen


por el cimarrón.

 

No cuento esto por figurar, o... ¡O qué se yo! Lo cuento porque no entiendo, es misterioso, despierta mi curiosidad. Por momentos me da gracia y a veces tristeza. Le busco explicación y nada. Será que lo quiero compartir...

 

Pasó en un pueblo chico, condenado a  achicarse cada día más hasta desaparecer. Figura en muy pocos mapas  de Santa Fe y no voy a dar el nombre para evitar exposiciones dolorosas. Cerca pasa una ruta de tierra olvidada por vialidad que se lleva a los que no regresan. Pocas casas, ninguna nueva, y poca gente. Un boliche mezcla pulpería con cambalache, un club en decadencia, un centro educativo radial, la capilla como oportunidad de relacionarse, una comisaría con agentes grises, animales  adueñados del lugar. Todo envuelto en una cotidianidad mediocre que sólo mejora en circunstancias como los domingos, cuando hay cuadreras, o con el reverdecer de septiembre. Yo viví allí: poco por hacer, mucho por salir a buscar...

 

Beto era uno de los tantos chicos del pueblo; pero no uno más. Se notaba la diferencia. Ni más inquieto que otros, ni más travieso, ni más inteligente. Lo de él era la imaginación, la fantasía, lo creativo, lo volado... ¿lo artístico?, se podría preguntar. No precisamente: nada de acuarelas, arcilla, yeso, canto, música, actuación, no. Lo de él era viajar en su máquina. En realidad nunca había llegado más allá de Cayastacito, Arroyo Aguiar, Laguna Paiva o a orillas de la gran laguna. Si bien la madre de crianza, la curandera Pancha, lo sobreprotegía y no permitía que se fuera lejos, era Beto quién no se interesaba por alejarse de su máquina viajera. Su mundo estaba ahí en un punto determinado del patio.

 

El patio, como uno de pueblo. Al costado de una casa con galería al este, cocina, comedor y piezas. El excusado a unos veinte metros, perros hogareños y de los agregados, gallinas dañinas, la bomba de agua y un espacio de jardín. Al atardecer el ámbito se perfumaba de albahaca, romero, burro y demás hierbas. Abundante sombra de árboles viejos, más viejos que el poblado algunos. También había mandarinas, naranjos, limoneros, higueras, moras… y un paraíso.

 

El paraíso había sobrevivido sequías, inundaciones, pestes, podadas implacables y asesinas y hasta quemazones en un hueco del tronco. Para la zona y la época era raro que viviera tanto. Vale decir, además,  que hubo claros intentos de exterminarlo con herbicidas, kerosene y otros químicos. Pero nada, se la aguantaba. No estaba solo. Vaya a saber quién, cuándo, cómo y por qué le plantó al lado un arbusto que padeció igual  maltrato; como que eran dos hermanos en desgracia.

 

Beto tomó posesión de este lugar del patio y comenzó el proceso de transformación: de vegetales a vehículo. La familia acordó gustosa de que por fin se iban a deshacer de esos adefesios. Es que lo que la naturaleza y los actos humanos no pudieron hacer alteraron en fealdad, formas llamativas y fortaleza. La incursión del niño reafirmó esto. Lo que sí se veía era un objeto, si se quiere fabuloso, de ciencia ficción, que nada tenía que ver con las especies.

 

El pibe, se apoderó del lugar, y digo bien, porque ¡guay! que alguien se acercara, tocara o subiese a la máquina. Podía recibir, de mínimo una puteada y de máxima un gomerazo con recortado. Nada fácil meterse con Beto y su máquina. Por más que su madre o cualquiera lo reprendiera, no perdonaba, te la juraba y se desquitaba. Mejor no intentar o pinchar.

 

La máquina estaba inspirada rudimentariamente en una camioneta Ford-T de Don Quiroga, de la que conocía todos los ruidos, vibraciones, chirridos y movimientos. Los reproducía admirablemente y solía quedar disfónico por días. Regulaba, ronroneaba, frenaba y alternaba rebajas con aceleradas sublimes. Atendiendo a esto se podía deducir el momento y la intensidad de la aventura. Para la máquina no existía terreno intransitable. Con viento, lluvia, granizo, refocilos, frío o calor Beto andaba igual, su máquina le respondía. De los recorridos daban cuenta un anecdotario de resfríos, insolaciones y chichones. No faltó un julepe la vez que un rayo pegó cerca. La nave contaba con partes obvias como ser: volante, asientos, espejos, tablero y focos. No tenía ruedas y sí otros detalles que no respondían a criterios mecánicos o de confort.                                                                                                                                                      Cuando Beto se subía nadie podía bajarlo o interrumpirlo. Se posicionaba y posesionaba. El único que lo calmaba en caso de ser necesario era  Don Quiroga. Eso si, tenía que sobornarlo con alguna pieza en desuso de la chatita. Estas situaciones habían aportado al cachivache numerosos accesorios. Conseguido un nuevo artículo restaba esperar que por lo menos le encontrara el lugar dónde ubicarlo, probarlo de ser menester, deambular otro ratito y recién así aceptaba comer, cambiarse o dormir. Diariamente, a la siesta, hacía funcionar la máquina con todo. Si veía venir a Don Quiroga levantando polvareda desde el frigorífico, bramaba. Pataleaba enloquecido haciendo un tierral infernal. Los perros del barrio ladraban con igual descontrol. Los que dormían por ahí se despertaban puteando. Más de una vez, los que tomaban mate alrededor, exasperados, casi atinaron a echarle agua caliente. No faltaron encontronazos con vecinos enojados.

 

Don Quiroga, tío también en carácter adoptivo, era un solterón con historia reservada que  hablaba poco, salvo con Beto. A veces daba la impresión que, sin dialogar, establecían una conversación que no respondía al lugar ni a la época. Él fue quien lo sacó en paseos más allá del caserío. No se lo vio motivado por esas salidas, excepto por aquella en que fueron a Empalme San Carlos y pararon en la chatarra de Pedrito Martinelli. Volvió exaltado. Se trajo un distintivo Ford, una patente y un pedazo de pieza que no se distinguía si de carburador, bomba de nafta o de qué. Desde ese día se sosegó por un tiempito, se dedicó más a la mecánica que a recorrer mundo.

 

Cuando empezó con lo de su máquina, principios de los sesenta, tenía cinco años y todos miraban con simpatía su ocurrencia, ingenio, dedicación y capacidad para entretenerse. Para los catorce llamaba sospechosamente la atención. Un profesional arriesgó comentarios sobre posible falta de madurez. A los diecisiete, declarado en todo el pueblo como loquito o pelotudo. Lo aguantaba la madre, pero ya un tanto preocupada. La muchachada de su edad gastaba bromas para con esa relación viciosa Beto-máquina. Estaban, viene al caso, las vecinitas linderas del norte, tres hijas de Juancho, el juez de las cuadreras, que de chiquitas se exponían ante Beto; éste ni pelota. Ahora, las intenciones de seducción eran propias de la primavera juvenil y el muchachito totalmente en otra. Ellas hacían de todo. Desde chistarlo hasta exhibir descaradamente sus precoces formas. Las miraba, sonreía y saludaba en veloz pasada. Las pibas se hartaron.  Lo puteaban y acusaban de marica. Él se acomodaba en el asiento, se miraba en el espejo, se alisaba el pelo, se retocaba, se agrandaba, transformándose en todo un ganador y se iba por horas. El tío, interlocutor insustituible, cuando intentaban apurarlo sobre el tema mostraba los dientes que le quedaban y en gesto claro murmuraba inaudible, no dando lugar a repreguntar o insistir.

 

La situación de Beto en el ámbito familiar y en el del pueblo se puso  incómoda e insostenible. No era normal. Un chico que no había sufrido meningitis, golpes, sustos y otras yerbas no podía estar tan colifa. Se manejaba la hipótesis, desde los más letrados, que a lo mejor la cuestión del abandono, la adopción, la sobreprotección ¡y que se yo que otra psicología! Pero no, llegado el caso, el Beto, si quería conversar lo hacía como cualquiera del lugar. A la escuela fue siempre y si se escapaba era para venir al patio a hacer un urgente viajecito. ¡Qué se yo! Evidencias clínicas para afirmar que el quía estaba piantado no sé si existían. Normal, lo que se dice normal, vaya uno a saber. ¡¿Qué hacer?!

 

En el dormitorio, el día que Beto cumplía los veintiuno, la mamá le dijo algo así como: -¿Qué hago con usté m´hijito? Fue un dieciocho de septiembre, antes de la primavera, antes que le venga otra vez  la primavera a las ardorosas hijas de Juancho. El anterior fue un día caluroso y en ese vino una tormenta de viento en seco que se llevaba todo. La temperatura seguía alta y la tierra invadía cubriéndolo todo. A Beto el clima no le importó. Se ve que en sus andanzas ya estaba fogueado con este tipo de adversidades. Armó a modo de alforjas unas cosas, miró como al  infinito a su madre, le sonrió y la besó en la frente con estilo cinematográfico. Le dijo: -Hasta la vuelta- y salió al patio.

 

Desde ese patio donde ahora no se escuchaba nada más que el barullo terrible del viento, muchas veces se sintió el motor de la máquina, y en el día aquél, primero se sintió un sonido suave, como a lo lejos, enseguida el sonido aumentó. La Pancha en su dormitorio suspiró, apoyó la cabeza en una mano, dejó  correr  viejas lágrimas contenidas y se animó a reconocer en soledad: -Este chico... Nunca había rugido tan fuerte la máquina como ese espantoso día. Cada vez más, cada vez más. ¡¿Cómo se escuchaba?! En la cocina Don Quiroga mateaba y comentó para si, -¡Jah! Cómo regula la máquina. Juancho le comentó a sus hijas, -Ese infeliz se va a romper la garganta. El viento arremetió con intensidad ¡y la máquina se escuchaba mejor!. ¡¿Qué pasaba?! Entonces, como que se movió y avanzó. Se fue alejando. -Volvé, por favor. -¡Suerte! -¡Pará tarado! -exclamaron individualmente los tres. Fueron las últimas referencias sobre el muchacho hasta hoy que escribo esto. Lo seguro es que del patio desaparecieron Beto y la máquina. Quedó un hueco y una zanja lejana hasta el cielo en dirección a la ciudad. Ambas se borraron rápidamente, como que el pueblo quiso olvidar algo vergonzoso.

                                                      

        Santa Fe, 24 de septiembre de 2003. 

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