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En sueños III parte
Autor/a: AdrianaBR

Estadísticas Resumen
Fecha de publicación: 06/08/2007
Leído: 150 veces
Comentarios (0)
Valoracion de la obra: 5

Continuación del cuento "En sueños"

-…Entonces veamos si es capaz de aceptar su culpa, lejos de aquí, y si no lo hace he intenta atentar de nuevo contra nosotros... pueden matarle- terminó Loutra con tono suave. Traled miró a su Señor asustado, luego miró a Jaiki en el suelo, y sintió de nuevo el deseo de correr y ayudarle, pero se quedó ahí plantado, con los puños y dientes apretados.

Jaiki se paró temblando del piso, se tambaleó un poco en sus pies, y miró al caballero de negro en el castillo que una vez fue de su padre, y resbalándole una gran gota de sangre por la mejilla, que se había lastimado cuando cayó, dijo casi sin aliento:

-Vengaré…cada injusticia…todas las pagarás con tu sangre- dijo Jaiki que terminó la frase, casi torcido. Loutra lo miró y acercando su rostro al de él dijo:

-Esperare por ese día- y tomando de nuevo su posición, miró con una leve sonrisa el rostro de Jaiki, quien se volvió a tambalear y se volvió a las Naites con la esperanza de que le ayudarán. Uma quien era la que estaba al frente, lo miró pero no dijo ni hizo nada, pues temía que Loutra le hiciera algo peor, así que con gran dolor bajó el rostro y luego lo volvió a Loutra, quien la miró también, y la miró fijamente. Traled al ver aquello, bajó el rostro también creía que sentir lo que Jaiki estaba sintiendo, y de nuevo gruesas lágrimas le bajaron por el rostro, paro nadie las vio, pues el gorro de su túnica le tapaba la cara.

Jaiki le miró con los ojos cargados de lágrimas, le fulminó con la mirada y luego la empujó con uno de sus hombros, pues se encaminó a como pudo a salir del castillo y del Reino, sentía un gran odio por todos los que estaban ahí, pues todos le habían fallado a él y a su padre que lo único que había hecho fue amarles. También mientras él caminaba, todos se alejaban de él, y le miraban con desconcierto, unos inclusive murmuraban y otros levantaban sus armas, por aquello de que este quisiese hacerles daño.

Cuando llego al final de la hilera de piedra, pudo ver a Saley, quien temblaba y lloraba con desesperación pero tampoco dijo nada o no le dio tiempo, pues Jaiki se quedó estático mirándola por un instante, pero luego le fulminó también con la mirada y siguió su camino arrastrando los pies, la joven se quedó plantada viendo como se perdía entre la gente, que igual abrían el paso cuando este pasaba. Y luego de que se perdiera en el bosque, nunca más se supo de él, inclusive mucha gente lo comenzó a dar por muerto.

 

El muchacho, se mantuvo por mucho tiempo deambulando en las tierras lejanas al Reino, y llegó hasta el temido bosque desconocido, sin saber a donde ir, y que hacer estaba sólo y no podía confiar en nadie pero sabía que era absurdo, pues ¿quien le creería? Pero por otro lado, una parte de él le decía que no tenía que hacerlo, pues todos le habían fallado y con tal de salvarse, harían cualquier cosa por matarlo. Ni siquiera los Conix y extrañas criaturas del bosque como los Colimurgs, Yegs y Kademal, entre otros se acercaban a él, al parecer también sabían quién era, y cuando le veían algunos huían o se escondían y lo miraban de lejos. Los Colimurgs eran una especie de ave cruzada con un murciélago de color negro, tenían el cuerpo de pájaro y la cabeza de murciélago, sólo que tenían un largo pico como de pez vela, que era su boca y de esta salían pequeños pero filosos dientes desordenados, también de sus puntiagudas orejas salían cabellos largos, sus alas eran como las de un murciélago, y su cola tenía largos cabellos como el de sus orejas, que le daban un aspecto parecido a la cola de un caballo. Los Yegs eran reptiles dorados con cara de serpiente, eran altos y muy flacos, en sus pies y manos tenían únicamente tres largos dedos con afiladas garras, que les permitía subir por los árboles con gran agilidad, en sus cabezas tenían dos orejas largas que les llegaban hasta la espalda, y sus ojos a diferencia de los de una serpiente tenían un color azul, su lenguas de culebra también tenía el mismo color. Por otro lado los Kademal eran una especie de gato blanco cubierto de plumas por todo su cuerpo, sus ojos eran de color anaranjado, estos animales eran de cuidado, pues cuando muerden inyectan un veneno que se esparce por el cuerpo, y si no se trata a tiempo, quien es mordido puede perder alguna extremidad, pues mordían especialmente en manos y tobillos. Cada vez que Jaiki se topaba con alguno de ellos estos se erizaban y sus plumas se levantaban de sus cuerpos.

 

Pero vaya que era terrible caminar por aquel tenebroso bosque, pues aparte de la soledad, dolor y pena, no podía tampoco alimentarse, ya que todo lo que comía (como frutos de los árboles) los vomitaba y el collar siempre le generaba un dolor que le apretaba el corazón y sentía que lo ahogaba, por eso andaba lento y solía caer rendido por algún lugar, era por el mismo motivo que su túnica y vestimenta se le fue ensuciando y rompiendo. Así se mantuvo días y noches, hasta que en una de ellas muy fría, caminó por entre unos árboles y cuando los atravesó vio un camino que se iniciaba a partir de ellos, este camino era muy grueso y a cada lado de él había grandes y tenebrosos árboles negros en fila, no tenían hojas y entre ellos se deslizaba una neblina que tapaba el grueso camino, pero no al resto del bosque, caminó a través de él deteniéndose de ves en cuando para ver si alguien lo seguía o asustado por el aleteo de los cuervos en las ramas de aquellos feos árboles, que cuando el joven les miraba o se quedaban estáticos mirándole con ojos rojos, o volaban hacia otro árbol. Luego de caminar un buen rato, vio a lo lejos un árbol con el mismo aspecto horrible, pero a diferencia de los otros estaba en el centro del camino y era muy grueso y exageradamente grueso, Jaiki con el corazón en el cuello siguió caminando a como pudo hasta quedar al frente de dicho árbol, el muchacho pudo ver que en el tronco había un gran y viejo portón de metal, su parte superior era puntiaguda, tenía la siguiente lectura escrita en el tronco en la parte superior con un fuego que ardía como una antorcha: “Olvidados los condenados, como olvidados sus opresores”, Jaiki sabía perfectamente lo que significaba aquello, sabía donde estaba, pero no estaba seguro de estar haciendo lo correcto, sin embrago abriendo el portón que hizo un gran chillirido, se paró en un pequeño rectángulo de este era el inicio de unas viejas escaleras de metal, que descendían en forma de caracol, pero no se sabía hasta donde llegaban pues todo estaba oscuro. El joven apretó los dientes y renqueando comenzó a descenderlas, al tiempo que el portón se cerró con un gran golpe a su espalda, se volvió y lo miró un instante con ojos llenos de lágrimas, pero decidido siguió bajando las escaleras y nunca más se supo de él…

 

Era un mañana muy fría y extraños sueños habían despertado a un joven de 16 años llamada Catalina, tenía la piel muy blanca y los ojos redondos de color café, su nariz era puntiaguda y pequeña y su boca de labios gruesos color rosa, su cabello era café y rizado, pero lo tenía muy despeinado y lo había recogido en con una vieja liga que siempre llevaba; esa mañana miraba a través de una pequeña ventana de un hospital, en el cuarto número diez, tenía la vista clavada en un árbol del inmenso bosque blanco (debido al invierno) que se veía desde su ventana, pero no lo contemplaba sino que lo miraba mientras no paraba de repetir en su cabeza, varios sueños sobre una dama con una túnica rojo sangre, unas veces la veía en un gran bosque verde parecido al del hospital, sentía como si podía andar con toda libertad fuera de él, pues en el sueño siempre se veía con la ropa de aquel lugar; ella la tomaba por las manos y juntas daban vueltas, en un espacio plano que había en medio del bosque, la bella mujer tenía la piel blanca como la nieve, sus ojos eran cafés al igual que su largo cabello rizado, y tenía una mirada tan dulce que hacia que cada vez que Catalina pensara en su rostro, una enorme paz y seguridad se apoderaba de su ser, también cuando recordaba la sonrisa que la mujer siempre le mostraba en sus sueños, se le dibujaba una leve sonrisa. En otros sueños la veía correr entre los árboles, mientras los rayos suaves del Sol se metían entre aquel hermoso lugar y aunque ella la perseguía, la bella mujer se escondía en un árbol, al que le pegaba el Sol. La joven ponía una mano encima de sus cejas para taparse de los rayos solares y poder ver bien el árbol, pero cuando la joven le daba la vuelta la doncella ya no estaba, y salía de un árbol más lejano, o llegaba por detrás y le tapaba los ojos, Catalina asustada tocaba los suaves dedos de aquella mujer, y esta retiraba las manos y la abrazaba con gran fuerza, tanto así que Catalina, creía poder sentirla, pero aunque en esos sueños se sentía profundamente feliz, cuando despertaba sentía una gran tristeza que le daban ganas de llorar, de hecho hubieron veces en la que al despertar y ver que todo era un sueño, y que estaba de nuevo en ese oscuro cuarto, lloraba con gran sentimiento, y cerraba los ojos en un vano intento de dormir nuevamente y ver aunque fuera la bella sonrisa de aquella mujer, pero era inútil no volvía a dormirse.

En parte creía que todos aquellos sueños se producían, por el gran sentimiento de soledad que experimentaba, al no tener a sus padres cerca de ella todo el tiempo, pues estos llegaban dos veces por semana, (o sea los fines de semana) y se quedaban poco tiempo, y cuando estaba en casa los sentía distantes y a veces ni hablaba con ellos, porque como siempre “tenían cosas que hacer”. Así siguió durante una semana más, hasta que tuvo un sueño que cambió su nostalgia por aquella mujer y se volvió en algo que le inquietaba.

El viernes por la noche después de algunos exámenes y chequeos del doctor, se quedó profundamente dormida, por el suero que le inyectaron para que no hubiesen dolores como los anteriores, de pronto, comenzó de nuevo a soñar, estaba de nuevo en aquel hermoso bosque, pero estaba ves no era verde estaba nevando y casi no podía ver por donde iba, al cabo de un rato de estar caminando, vio a lo lejos al pie de un árbol a una mujer de túnica roja, a la que no pudo verle el rostro pues lo llevaba tapado por el gran gorro de su túnica, aceleró el paso mientras sentía como su corazón latía con fuerza, cuando estuvo cerca de ella, no le podía ver aún el rostro, y parecía que no se había dado cuenta de la presencia de la muchacha, pues estaba muy quieta como un maniquí, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo, pero al verle cabello rizado que le bajaba a ambos lados del cuello y que se movía con suavidad por el viento, no le cupo la menor duda de que era “su amiga”, como solía llamarla.

Se agachó para poder verle el rostro, al parecer hasta ese momento se dio cuenta de que Catalina la miraba, así que quitándose cuidadosamente el gran gorro, dejó ver su blanco rostro, pero no sonreía como en los otros sueños, su sonrisa era muy leve, y un tanto falsa, además sus ojos que se clavaron como dos cuchillos en la joven, estaban llenos de lágrimas; la muchacha intentó decirle algo pero sus labios estaban como pegados pues no pudo ni siquiera abrirlos, pero la doncella no la dejó ni tan siquiera que se acercase, ya que comenzó a caminar suavemente en dirección a Catalina, (se quedó plantada sin saber que hacer) mientras el ruedo de su larga túnica arrastraba un poco de nieve con cada paso. La mujer que cuando llegó al frente de la joven, esta pudo ver que era un poco más alta que ella, extendió sus brazos y la abrazó con gran cariño, y luego pasados unos minutos, se volvió a enderezar, miró a Catalina con dos gruesas lágrimas en sus mejillas y dándole la espalda comenzó a caminar en dirección al bosque.

Catalina, la miró y tubo el impulso de correr hacia ella, pero no podía también tenía los pies clavados en el frío suelo, así que de pronto llenándosele los ojos de lágrimas a ella también, se limitó a verla alejarse, pero a lo lejos vio algo que la intrigó, era algo negro que estaba al pie de un árbol, la mujer se dirigía hacia eso, Catalina no sabía si era una persona o un ser por la nieve que caía como lluvia, así que entornó los ojos para poder ver bien, y en efecto era una persona, pero como su cara también estaba tapada por el gran gorro de su túnica negra, no pudo ver su cara, sólo una luz celeste como fuego en forma circular que se movía en sus manos.

La joven asustada aunque no pudo moverse, comenzó a gritar:

-¡No regresa…REGRESA!-

Pero fue inútil, porque la mujer se fue alejando más y más, hasta que todo se quedó en blanco y el llamado de la joven empezó a resonar en su cuarto. Por eso no paraba de pensar en su sueño, aquel día hasta que…

-¡Buenos días princesa!- dijo una voz al abrirse la puerta de la habitación. La chica, que parecía ni haberse dado cuenta, respondió con apagada voz:

-Buenos días, mamá-

-¿Esa es la bienvenida que recibo de mi bebé?- dijo su madre una vez que cerró la puerta. La muchacha no dijo nada, y su mamá que se había quedado unos instantes arregostada a la puerta para ver que decía su hija, como no hubo una respuesta, caminó lentamente hasta la cama y se sentó en esta contemplando a su hija con cariño, luego le acarició el cabello y continuó diciendo con tono suave:

-¿Cómo has estado?-

-Bien- respondió la muchacha sin quitar la mirada del árbol.

-Que bueno…me alegro…- comenzó su madre de nuevo, y mirando por la ventana continuó:

-…y ¿ni siquiera vas a mirarme?-

Catalina pensó no verle pues igual no se sentía bien, pero se sintió un poco mal y al fin la miró, su madre era blanca de ojos azules y mirada un tanto cansada, tenía el cabello rubio oscuro y lacio, pero muy desordenado y grueso, era delgada y casi ni tenía busto y trasero. Ese día le pareció que estaba más vieja y que en lugar de tener cuarenta y cuatro, tenía cincuenta años.

-Así esta mejor- dijo su madre con una dulce sonrisa. La joven en cambio la miraba seria y sin devolverle la sonrisa dijo:

-¿Y papá, vendrá hoy?-

-No lo sé, creo que…no- dijo su madre con tristeza, luego de que se le borrara la sonrisa de cara.

-Ah...-dijo Catalina con desanimó, mirando la cobija blanca de su cama y continuó:

-¿Y cuánto te quedarás?-

-Bueno hoy todo el día, pero mañana no sé si pueda venir… tengo un viaje la próxima semana y tengo que dejar listas algunas cosas… lo siento querida- dijo su madre con manos entrelazadas.

-No importa, ya lo sé…y ¿al menos sabes que pasa conmigo?- dijo la muchacha frunciendo el entrecejo.

-No, Roth no dice nada, sólo que hay que hacer más estudios, porque él no encuentra ninguna alteración en tu corazón, pero no quiere dejarte ir hasta estar seguro de que… no es nada- dijo de nuevo tristemente su madre, que notó como su hija la miró, pero a la mitad de la conversación desvió de nuevo su mirada a la ventana.

-Me alegro de que por lo menos, sepas eso, espero que al menos eso si te importe- dijo la joven, volviendo a ver a su madre.

-¿Qué? ¡Catalina por Dios me importas demasiado! ¡Eres mi hija! ¿Cómo no voy a saber nada de lo malo que te pueda pasar?- estalló su madre, que no daba crédito a lo que su hija le decía.

-¡Pues a no solamente te debería importar las cosas que me afectan, y tu sabes de que hablo!- reclamó su hija, que parecía a punto de llorar.

-¡Tu deber es estar conmigo todo el tiempo, al igual que el de papá, no sólo los necesito para cuando estoy enferma, los necesito en cada cosa que haga, necesito saber por un instante que ustedes están junto a mí apoyándome en las buenas y en las malas, que saben lo que siento, que conocen de mis sueños!- Catalina que decía esto con voz entrecortada, la miraba con ojos bien abiertos llenos de lágrimas. Su madre en cambio, la miró con tristeza, y cuando la muchacha terminó de hablar, bajo la mirada y dijo:

-Lo siento…-

-Si, claro, siempre lo lamentas- dijo la chica que miró al techo, se secó las lágrimas como si quisiera arrancarse las mejillas, se paró de la cama y se puso a mirar de nuevo por la ventana.

-Sí, sí lo siento Catalina, pero no podemos cambiarlo pues lo hacemos por ti y por tus hermanos, tu eres la que tiene que entender algunas cosas, sabes creo que debes tener mucho estrés por estar aquí, por eso dices cosas sin sentido…- le dijo la mujer, que no paraba de mirar hacia el piso, y como no oyó que Catalina replicó, siguió diciendo:

-…creo que volveré cuando estés más calmada- y levantándose de la cama, se dirigió a la puerta, pero cuando se disponía a abrirla, la joven volvió a decir más calmada:

-Sí mamá, como siempre tienes mucha razón…- la chica había dicho las dos últimas palabras con mucha lentitud. La mujer tomó el llavín de la puerta con fuerza, cerró los ojos y tragando grueso salió de la habitación.

Era evidente que las palabras de su hija habían llegado a su corazón, pues sabía lo que se significaba, Catalina estaba pidiendo más atención por parte de sus padres, pues ellos aunque era cierto que trabajaban por la familia de seis miembros, a veces (por no decir todo el tiempo), estaban ocupados en viajes, o simplemente metidos en una computadora. Pero Catalina que en un principio pensaba que sus padres hacían lo mismo con sus demás hermanos, con el pasar de los años comenzó a notar que con ella, la poca atención, era más evidente, especialmente por parte de su padre, pues a veces cuando este que deambulaba por la casa como un ogro, a veces a la cena decidía preguntar a sus hijos como iba todo en el colegio, cuando llegaba a Catalina (que se preparaba para responder), él sólo la miraba unos instantes y comenzaba a decir mirando hacia su comida, “que todos en general deben de dar lo mejor de si”, pues en el fondo no quería que nadie hablase mal de ellos, por su reputación de gran esposo y padre.

 






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